jueves, 13 de junio de 2013

La Espiritualidad del Cuerpo, parte 9

Capitulo 11
El amor y la fe

La aseveración de que “no sólo de pan vive el hombre” implica que una persona necesita tener fe, además de pan, para sobrevivir. Mientras que el pan basta por sí solo para sustentar el cuerpo, el animal humano necesita otro sustento para su espíritu. Ese alimento espiritual es el amor, que consiste en una profunda y sentida conexión con otra u otras personas, con otra criatura, con la naturaleza o con Dios. Yo no creo que los seres humanos sean los únicos que tienen esa necesidad. El espíritu de un animal languidece si se le aísla del contacto con la vida. Se puede caracterizar la conexión de un animal con su medio, incluidas las criaturas que en él se encuentran, como una relación de amor en el mismo nivel que el amor que puede sentir una persona por su hogar o su tierra.

¿Los animales tienen fe? La respuesta se contesta según hablemos de la fe como un sistema de creencias o como una actitud corporal. La distinción es muy importante pues es posible que un individuo proclame su fe y sin embargo actúe de modo que desmienta esa aseveración.
Si el amor es una sensación corporal y la fe una actitud corporal, podemos decir que un animal es capaz de sentir amor y tener fe.
Esa era la condición del hombre en los primeros días de su existencia, antes de adquirir conciencia de sí mismo. Entonces, su fe con la naturaleza y la vida estaba biológicamente determinada por el pleno y libre flujo de la excitación del cuerpo.

En vez de tener fe, los occidentales hemos depositado nuestra confianza en la ciencia, que representa el poder de la mente humana para superar todas las dificultades que nos rodean. La ilusión de superioridad frente a la naturaleza destruye la conexión que da su significado a la vida, la excitación y su alegría. Esa ilusión niega la naturaleza espiritual del hombre. Necesitamos establecer un equilibrio y una armonía apropiados entre las fuerzas antagónicas de la personalidad, entre la mente racional y el cuerpo animal, entre la aspiración a volar y la necesidad de arraigarnos a la realidad de la dependencia de la tierra, de la que extraemos alimento y sustento.

En Oriente, por amor de sus creencias animistas, la gente mantiene la fe en el poder curativo del cuerpo. En muchos casos comprobados, la fe ha convertido un diagnóstico fatal en una cura aparentemente milagrosa. Esto no se debe a la acción de fuerzas misteriosas del exterior. La fe opera desde dentro, aunque se puede invocar a través de la experiencia del amor. Cuando alguien establece una conexión con lo universal, su energía se eleva al punto de inundar su cuerpo, y se irradia en un estado de gozosa excitación. Y como esa excitación o energía es la fuente de la vida, puede superar los efectos destructivos de la enfermedad. La fe debe definirse, por lo tanto, como el estado de una actitud abierta y el resultado de la excitación que fluye libremente por el cuerpo.

Por desgracia, muchas personas se encuentran parcialmente cerradas a la vida y al amor debido a las traiciones que sufrieron en su infancia, y que las obligaron a contraer el cuerpo, reduciendo su energía y debilitando su fe. Estas personas adquirieron tensiones musculares crónicas que pueden compararse con una armadura. Pero es su defensa misma la que perjudica su salud y lo torna vulnerable a la enfermedad.
Si la apertura es una actitud vital positiva, cerrarse en algún grado es una actitud negativa. Estos rasgos negativos se mantienen en la edad adulta a través del temor de dejarse llevar, de entregar el cuerpo o renunciar a tenerlo todo bajo control.

Como el hombre nunca puede por entero someter a la naturaleza, está en constante lucha con ella. Esta lucha, que se refleja en la lucha entre el yo y el cuerpo, priva al hombre de la tranquilidad de espíritu que necesita para experimentar el gozo que ofrece la vida. Sólo los niños pequeños y los animales salvajes conocen ese gozo, que Dostoievsky describió como el regalo de Dios. Esta lucha es más intensa entre los individuos neuróticos que en los sanos. A menudo asume el disfraz de una lucha por el poder, por el éxito, por la autoestima o por el amor.

El individuo no encontrará seguridad en ningún proceso de pensamiento disociado de sus raíces, que se arraigan en las sensaciones del cuerpo.
Muchos individuos han enfrentado la muerte sin temor porque ser francos consigo mismos era más importante que vivir con una mentira. Ser franco con uno mismo significa conocer y aceptar todos los sentimientos que uno tiene.

El narcisista no confía en sus sentimientos, no puede aceptarse a sí mismo, porque siente que lo que es no está a la altura de lo que se espera que sea. Incapaces de confiar en nosotros mismos, no podemos confiar en los demás. Carentes de confianza o fe en nosotros mismos, somos incapaces de confiar en la naturaleza.

La persona que tiene fe no crea presiones explosivas que deban suprimirse por ser potencialmente destructivas; en consecuencia, no tiene ningún temor a perder el control. Al tener fe en la vida, esta persona puede permitir el libre flujo de sus impulsos naturales, a los que sólo modificará para asegurarse de que su expresión sea apropiada. Y entonces el hecho de perder el control, como ocurre en el orgasmo sexual, como ocurre en las danzas sufíes y en la práctica del zen, conduce al gozo y la plenitud: al sentido de la espiritualidad del cuerpo.



martes, 11 de junio de 2013

La Espiritualidad del Cuerpo, parte 8

Capitulo 10
La Tranquilidad de espíritu

En el nivel físico, el conflicto entre el yo y el cuerpo ocasiona una pérdida de armonía. El mismo conflicto resta tranquilidad de espíritu al individuo. Sin tranquilidad de espíritu, la plenitud de ser, que se manifiesta psicológicamente en una actitud de amabilidad, resulta imposible.
La mayoría de los problemas tienen origen en un conflicto entre el sentimiento y el pensamiento, entre lo que uno quiere hacer y lo que uno cree que debe hacer. Si tuviéramos fe en nuestros sentimientos y los obedeciéramos, como hacen los animales, tendíamos tranquilidad de espíritu.
Creyendo que sabe y pensando que tiene razón, el hombre se vuelve contra la naturaleza. Es una batalla que no puede ganar, pero tiene miedo de perder.
Debemos entender que la tranquilidad de espíritu proviene de la armonía dentro del yo y con la naturaleza.

Si no nos apaciguamos, no podemos acumular las reservas de energía que necesitamos para enfrentar las exigencias de la vida moderna. Y para apaciguarnos, debemos habitar plenamente nuestro cuerpo.
Un principio básico de la Bioenergía es que un individuo pierde contacto con cualquier parte del cuerpo que sostenga una tensión muscular. Cuanto más rígido está el cuerpo, menos sensaciones tiene el individuo y más se asemeja su cuerpo a una máquina. Al mismo tiempo, el cerebro se vuelve más activo y el individuo comienza a basar su sentido del yo en los procesos mentales. Hay muy poca vida en una persona así, y no mucha espiritualidad.

Los antiguos chinos eran muy conscientes de la necesidad de armonía entre posiciones antitéticas y fuerzas opuestas. Hoy en día, podríamos lograr esa armonía integrando las filosofías oriental y occidental. La vía occidental a la tranquilidad de espíritu se hace a través del proceso conocido como análisis o terapia. La vía oriental, a través de la meditación.

Es un error creer que los conflictos emocionales profundos se pueden resolver a través del mero razonamiento consciente. Las actitudes y conductas neuróticas se han incorporado en gran medida al cuerpo por medio de tensiones musculares crónicas sobre las cuales la mente no tiene ningún control. Estas tensiones deben ser eliminadas primero para lograr una verdadera solución al conflicto.
La Bioenergética ofrece una ruta más directa al inconsciente. Por vía de leer el lenguaje del cuerpo, se pueden determinar los conflictos de la personalidad, en las zonas de rigidez y tensión crónicas.
Trabajando con el cuerpo, se pueden percibir estas tensiones y a ponerse en contacto directo con el subconsciente.

Los sentimientos suprimidos son en general demasiado atemorizadores como para experimentarlos sin el apoyo y la comprensión de un terapeuta.
La experiencia terapéutica puede compararse con el relato que hace Dante en la Divina Comedia. Cuando el poeta se encuentra perdido en el bosque frente a tres animales feroces, apela a Beatriz, su protectora en el cielo. Como el camino al hogar pasa a través del infierno y el purgatorio, Beatriz le envía al poeta romano Virgilio para que lo guíe. Al atravesar el infierno Dante ve los castigos impuestos a los pecadores. El recorrido es peligroso porque un paso en falso lo dejaría atascado en alguno de los abismos del infierno. Sólo gracias a la guía de Virgilio puede Dante pasar a salvo a través del infierno y el purgatorio. El paciente en terapia atraviesa una experiencia similar en el camino hacia el autoconocimiento y la salud. Su propio infierno privado consiste en los sentimientos dolorosos que suprime para poder sobrevivir: desesperación, pánico, furia, humillación. Las tensiones musculares crónicas que acompañan a estos sentimientos no pueden aflojarse del todo hasta que los sentimientos son atraídos a la conciencia y expresados. Ese proceso requiere la ayuda de un terapeuta que hubiera enfrentado su infierno, que conociera sus peligros y atravesara su propia salida.

En su gran mayoría, las personas de hoy están suspendidas entre el cielo y el infierno, atisbando al uno o al otro ocasionalmente. Podemos experimentar momentos de júbilo, pero con demasiada frecuencia sentimos que podríamos caer en un abismo. La única salida a esta situación es hacer lo que hizo Dante. Explorando el infierno personal, descendiendo a las profundidades del propio ser con la luz de la conciencia, se elimina el infierno, que sólo puede existir en la obscuridad. De manera similar, cuando los sentimientos suprimidos son atraídos a la conciencia y aceptados, ya no pueden seguir atormentándonos.

Concebimos el infierno como un lugar en lo más hondo de las entrañas de la tierra. Nuestro infierno personal se sitúa en lo más hondo de las entrañas del cuerpo, en la cavidad pélvica que aprisiona la sexualidad. Aquí se encuentran las raíces de nuestra verdadera espiritualidad. Aquí, en la matriz, es donde empieza la vida y donde experimentamos por primera vez la gloria del paraíso. Cuando venimos al mundo, somos expulsados del paraíso. Podemos recuperar esa sensación de gloria cuando, en la seguridad de los brazos de nuestra madre, nos prendemos de su pecho. También la podemos tener cuando, en la seguridad del amor de nuestro compañero, nos unimos a él en un abrazo sexual. Hay otras ocasiones en las que experimentamos el júbilo de la plenitud, pero eso depende de que estemos en contacto con la parte más profunda de nosotros mismos. Reconocemos ese contacto cuando notamos esa onda de excitación fluir a través del cuerpo a la base pélvica y a través de las piernas hasta el suelo.

Las religiones orientales reconocen la importancia de que el individuo salga de su cabeza y descienda a las profundidades de su ser. La técnica usada es la meditación. El aquietar los ruidos parásitos de la mente nos permite escuchar los sonidos del alma.
La clave de la meditación consiste en respirar profundamente, lo que ayuda al individuo a relajarse.

Yo aplico un tipo de meditación que resulta muy útil. Mientras camino, centro la atención en el cuerpo para sentir cada uno de sus movimientos. Cuando puedo dejar que me lleven las piernas, siento una unión con el cuerpo, el suelo y el entorno. La respiración se hace espontáneamente más profunda, llegando a la pelvis. La mente deja de formar palabras a medida que persigue las sensaciones del cuerpo. La misma técnica es útil en los ejercicios bioenergéticos. El principio consiste en sentir el cuerpo y los ejercicios están diseñados para conseguirlo. Es un principio que se puede aplicar a todas las actividades.

Uno vive plenamente el presente cuando habita plenamente el cuerpo. Cuendo el estado de conciencia se extiende tan profundamente dentro del cuerpo uno siente la pulsión de la vida. Así es como funcionan los animales. Un gato tendido al sol que mira por la ventana es el cuadro perfecto de un organismo en paz consigo mismo y con el mundo. Nosotros, los seres humanos, experimentamos ese estado cuando nuestro presente incluye el pasado y determina el futuro, y la tradición sirve de eslabón conector.

En el centro mismo de cada uno de nosotros hay un alma animal en armonía con la naturaleza, con el mundo y con el universo. Si nos separamos de ella, nuestra mente sigue funcionando lógicamente, pero nuestros pensamientos tienen poco valor humano. Como escribió Saul Bellow: “En la más grande de las confusiones sigue habiendo un canal abierto al alma. Puede ser difícil de encontrar… pero el canal está siempre allí, y nos compete a nosotros mantenerlo siempre abierto, tener acceso a la parte más profunda de nosotros mismos… a esa parte que es consciente de un estado superior de conciencia”.

Ese canal no existe en la mente. Existe, en cambio, en el cuerpo, y es el canal a través del cual pasan las ondas de excitación a la pelvis. Luego, por ser pendular, la onda fluye hacia arriba tanto como antes corría hacia abajo. Un estado superior de conciencia se conecta con una conciencia más profunda. Un árbol puede tender al cielo sólo en la medida en que sus raíces se hunden en la tierra.

jueves, 6 de junio de 2013

La Espiritualidad del Cuerpo, parte 7

Capitulo 9
“De cara al mundo”

La cara, que contiene la boca, la nariz, los ojos y las orejas, es la parte del cuerpo más expuesta al mundo exterior. Utilizada para indicar sentimientos y actitudes, es también la zona más expresiva del cuerpo. Se puede decir que la cara difunde al mundo lo que sentimos, a menos que estemos resueltos a mantener ocultos nuestro sentimientos. Aun en este caso, un observador experto podrá detectar una expresión falsa.

La sonrisa estereotipada es la máscara más común que usa la gente. Sirve para ocultar sentimientos de tristeza, ira y temor, y para que al individuo se le identifique como una persona “agradable”. Pero es sólo una fachada.
Los ojos revelan inevitablemente la diferencia entre una sonrisa genuina y una máscara. Una sonrisa genuina es el resultado de una onda de excitación que fluye hacia arriba, alumbrando el rostro e iluminando los ojos.

Si pudiéramos mirar con suficiente profundidad a los ojos de las personas, observaríamos sus temores, su dolor, su tristeza, su ira….cada uno de sus sentimientos. Pero son sentimientos que la gente no quiere exponer. Tratamos de ocultar nuestras debilidades a los demás y a nosotros mismos. Creo que funcionamos de acuerdo con un pacto tácito: “Yo no miraré tu alma, si tú no miras la mía. Consideramos una cuestión de cortesía no traspasar las máscaras que usa la gente. Como resultado, rara vez vemos a la gente.
El contacto visual es no sólo una forma de reconocimiento sino también un medio de establecer una conexión energética con otra persona. Esto se debe a que cuando están cargados de energía, proyectan un rayo activo. Si el rayo que se establece entre los ojos de dos personas es tierno y afectuoso, puede despertar un sentimiento de amor en sus corazones.
Nuestro espíritu se manifiesta y se irradia desde los ojos, la vía más directa para la expresión de la espiritualidad del cuerpo.

Nada determina tanto la relación entre madre e hijo como la calidad del contacto visual entre ambos. Cuando un niño ve placer y amor en los ojos de su madre, se distiende y se llena de contento. No son muchos los niños que han tenido tal fortuna. Si una madre está deprimida sus ojos tristes y vacuos se convertirán en una sombra sobre el hijo.
Todos rehuimos el dolor, psíquica y físicamente. No queremos percibir expresiones y escenas dolorosas o desagradables. Si la renuencia a ver se hace crónica o inconsciente, perturba el funcionamiento visual del ojo. El ojo miope es un ojo asustado, miedo que se remonta a la infancia cuando temía percibir una mirada de odio o de ira en los ojos de sus padres. Al reducir el campo visual, elimina la amenaza.
Cuando se expresa un sentimiento a través de los ojos, la visión mejora siempre. Los ejercicios de arraigo mejoran la visión al aumentar el flujo de energía no sólo hacia bajo, hasta los pies, sino también hacia arriba, a los ojos.

Tanto la boca como la mandíbula se conectan con los ojos por vía del conductor energético situado en la parte anterior del cuerpo. Una tensión significativa en los músculos de la mandíbula reduce la carga de energía en los ojos y debilita la agudeza visual.
Toda tensión constante en la mandíbula refleja una personalidad crónicamente decidida. La mandíbula tensa puede dirigirse hacia adelante o hacia atrás. La mandíbula adelantada denota una actitud agresiva, que expresa una disposición a pelear. La mandíbula retrasada denota la contención de cualquier impulso agresivo, el individuo es tímido y débil. En cualquiera de los casos, la persona debe liberar su mandíbula hasta moverla francamente hacia adelante, hacia atrás y a los lados.
La personalidad sometida y la personalidad rebelde son en realidad las dos caras de la misma moneda. Así como el rebelde combate su propia tendencia a someterse, la persona de voluntad débil alberga una rebeldía interior.

El impulso de morder es el último aspecto a considerar con referencia al tema de la tensión de los músculos mandibulares. Las personas que sufren el síndrome de tensión en los músculos mandibulares tienen impulsos de morder suprimidos. Esto debilita los dientes.
Hundir los dientes en un objeto significa poseerlo, como saben todos los animales cazadores. Las personas necesitan sentir su capacidad de morder y apreciar la sensación de poder que les brinda.
Desde luego, no todos los impulsos orales son hostiles. Los bebés alargan los labios para mamar, y los adultos para besar. Sin embargo, a muchas personas les resulta difícil extender los labios con suavidad, pues mantienen la mandíbula en actitud negativa.
Para experimentar la excitación y el gozo de vivir, el individuo debe ser capaz de entregarse plenamente a su anhelo y sus deseos de intimidad y contacto.

Algunas personas se enorgullecen de su capacidad para resistir a los sentimientos de dolor y tristeza. Aun frente a la pérdida de un ser querido, muchos creen que no llorar es una muestra de fortaleza. En ocasiones puede ser conveniente no abatirse ni ponerse a llorar, pero para que sea una reacción sana debe ser una opción consciente, y no una actitud incorporada. Si uno no puede llorar, tampoco podrá regocijarse.
El llanto es como la lluvia: a veces suave, otras violento, pero siempre esencial para la vida de la tierra. Una vida sin lagrimas se convierte en un desierto. Si no podemos llorar, nos separamos de los demás.

Tras una tormenta, el cielo es nuevamente límpido y sereno, el mundo parece estar en paz. Lamentablemente, en los seres humanos las tormentas emocionales rara vez sirven para despejar la atmósfera del todo. El motivo es que la paz del espíritu depende de la paz del cuerpo. Un cuerpo en paz no está inmóvil; por el contrario, su corriente de excitación es como la de un ancho río: profunda y plena. Así como las rocas que hay en el río perturban la corriente, la tensión muscular crónica en el cuerpo interrumpe el flujo de sensaciones, produciendo conflictos y “ruido” emocional. Estas interrupciones determinan que los seres humanos sean las únicas criaturas a quienes falta la tranquilidad de espíritu. Cómo recuperarla es el tema de nuestro siguiente capítulo.

martes, 4 de junio de 2013

La Espiritualidad del Cuerpo, parte 6


Capitulo 8
La dinámica estructural
Del cuerpo

El cuerpo humano está equilibrado energética y estructuralmente. Energéticamente, se mantiene en equilibrio entre dos fuerzas opuestas, una actúa desde arriba e impulsa al organismo a ascender, y otra que actúa desde abajo y lo mueva a descender. Una vez más viene a colación el ejemplo del árbol: las ramas crecen hacia arriba, hacia el sol; mientras las raíces se extienden dentro de la tierra.
La vida se desarrolló en la superficie de la tierra, donde la energía del sol interactuó y se unió con la energía de la tierra. La unión de los opuestos para crear vida es el principio de la reproducción sexual.

El equilibrio de fuerzas opuestas es inherente al fenómeno de la pulsación, en el que se basa la vida misma. La pulsación, que consiste en un proceso de expansión y contracción, se manifiesta en la respiración, la peristalsis, los latidos del corazón y otras funciones corporales.
Este modelo también es aplicable a la conducta: la alternancia de tender hacia los demás y retraerse es una forma de pulsación. Abrirse a los demás produce el contacto entre el mundo exterior y el yo, y el retraimiento conduce al contacto con el yo. No hay estado que sea superior al otro, y ambos son necesarios para la buena salud. Quedarse atascado en cualquiera de los dos es patológico, porque la vida depende de la pulsación, de la capacidad de tender hacia afuera o de replegarse, según lo requiera la situación.

En el organismo humano, todo impulso expansivo carga de energía cada uno de los extremos por igual, (la cabeza, las manos, los pies y los genitales) así como toda contracción retira la energía de todos ellos. En las personas expansivas y sociables, estos puntos encierran más energía que en los individuos retraídos o deprimidos.

La estructura corporal de todos los organismos superiores está basada en la del gusano, un tubo dentro de otro tubo, y compuesta de segmentos. El tubo interior consta de los sistemas respiratorio y alimentario. El tubo exterior funciona como sistema muscular voluntario. Un gusano se mueve cuando recorren su cuerpo ondas de excitación que producen expansiones y contracciones en sucesivos segmentos. En el cuerpo humano, en el curso de la evolución, diversos segmentos se fusionaron para formar tres segmentos mayores -la cabeza, el tórax y la pelvis- y dos segmentos menores: el cuello y la cintura.

La dinámica estructural nos permite comprender el fenómeno de la escisión, un grave trastorno del cuerpo relacionado con un trastorno igualmente significativo de la personalidad.
Hay muchas personas cuya cabeza no está conectada con el corazón y cuyo corazón no está conectado con sus genitales. En todos estos casos, se comprueban tensiones en los músculos del cuello y la cintura que limitan la corriente de excitación entre los segmentos mayores.

Las experiencias de vida de una persona estructuran su cuerpo, que a su vez, moldea el carácter. De este modo, el pasado de una persona vive en su presente. Para liberarse de las restricciones del pasado, un individuo debe hacer conscientes las experiencias que dieron lugar originalmente a esas restricciones. Esta es la tarea del análisis, que suministra un marco de referencia dentro del cual se puede efectuar una reestructuración. La reestructuración requiere un trabajo directo con el cuerpo para reducir las tensiones musculares. El análisis y la reestructuración deben avanzar en forma conjunta.

La personalidad es vulnerable al proceso de escisión debido al conflicto entre la mente racional y el cuerpo animal, entre el impulso de dominar y la necesidad de pertenecer. Este conflicto es inherente a la naturaleza humana. El resultado en la vida de un individuo depende de la gravedad del conflicto y de la profundidad de la escisión. Depende también de la sociedad en la que vive el individuo y cómo maneja su propia escisión entre cultura y naturaleza. Traspuesta al terreno de la familia, la escisión de la sociedad se convierte en una guerra: entre marido y mujer y entre padres e hijos. En esta situación, el niño suele quedar hecho pedazos.

Todo individuo en nuestra cultura sufre de algún grado de escisión. Cuando no es severa, esta escisión va acompañada de rigidez. En la medida en que un individuo está escindido, se ve despojado de su armonía y privado de la experiencia espiritual de identificarse con lo universal. Pues así como la voluntad separa la cabeza del cuerpo, también separa al individuo de la comunidad.
Pensamos que es importante lograr determinadas cosas, tener éxito o superarnos, sin darnos cuenta de que no hay nada que superar en la vida salvo nuestro miedo a la vida misma. Cuanto más miedo tenemos, más rígidos nos hacemos.

Para aflojar el control, la cabeza debe someterse al cuerpo. ¡Que difícil es esto para la mayoría de las personas en el mundo industrializado! Demasiados de nosotros vivimos en nuestra cabeza y no con nuestro cuerpo. ¿Cómo detener la incesante actividad de nuestra mente?

jueves, 30 de mayo de 2013

La Espiritualidad del Cuerpo, parte 5

Capitulo 7 “Arraigarse: la conexión
con la realidad


La calidad de las sensaciones sexuales de un individuo dependen  de la cantidad de energía o excitación que contenga su cuerpo, pues una energía reducida significa una menor sensibilidad. También depende del grado de armonía que tenga el cuerpo, que permite que la carga energética fluya libre y plenamente. Por último, depende de lo conectado que esté el individuo a la tierra, energéticamente, de su arraigo. Si un sistema energético (un circuito eléctrico, por ejemplo) no está conectado a tierra, existe el riesgo de que lo haga estallar una fuerte sobrecarga. Del mismo modo, los individuos desarraigados corren el riesgo de que las sensaciones fuertes, sexuales u otras, los  sobrecarguen y abrumen.
Para evitar que suceda, los individuos desarraigados deben reducir todas las sensaciones, porque si se ven abrumados, se aterrorizan. En contraste, un individuo arraigado puede soportar una fuerte excitación, que experimentará como una sensación de gozo y trascendencia.

Los humanos somos como los árboles, arraigados a la tierra en un extremo y tendiendo al cielo desde el otro. Cuán alto podemos tender depende de la fuerza de nuestro arraigo. Si se desarraiga un árbol, mueren sus hojas; si se desarraiga una persona su espiritualidad se convierte en una abstracción carente de vida.
Como criaturas de la tierra, estamos conectados al suelo a través de las piernas y los pies.
Cuando decimos que un individuo está enraizado o que tiene los pies en la tierra, eso significa que sabe quién es y dónde está parado.

La ausencia de sensaciones en las piernas hace que el contacto con el suelo sea sólo mecánico. No basta con saber que uno tiene los pies en el suelo. Lo que se requiere es el proceso energético en el que la onda de excitación descienda por el cuerpo hasta las piernas y los pies. Nos sentimos enraizados cuando la onda de excitación llega al suelo, invierte su dirección y fluye hacia arriba, como si la tierra nos empujara para mantenernos erguidos.
Dado que los seres humanos pensamos constantemente mientras permanecemos despiertos, podríamos preguntarnos si la distracción no es natural. Pero normalmente la atención oscila con suficiente rapidez como para que sea posible tener conciencia de lo que sucede en la mente y en el cuerpo simultáneamente. El éxito de esta práctica depende de la presencia de una pulsación energética en el cuerpo que conecte sus dos extremos.

La calidad del enraizamiento de un individuo determina su sensación interna de seguridad. Si está bien enraizado, se siente firme sobre sus piernas. Lo que importa no es lo fuerte que sean sus piernas sino la sensibilidad que tengan.
La sensación básica de seguridad de un individuo está determinada por su relación primera con la madre. Las experiencias positivas - cuidados, cariño, apoyo, afecto, aprobación- dejan el cuerpo del niño en un estado suave, natural y gracioso. El niño experimentará su cuerpo como una fuente de placer y de gozo, identificándose y sintiéndose conectado con su naturaleza animal. Por el contrario, cuando un niño sufre la falta de atención afectiva por parte de la madre, su cuerpo se tensa. La madre es nuestra tierra personal, así como la tierra es nuestra madre universal.
Cualquier inseguridad que sienta el niño en la relación con su madre quedará registrada en su cuerpo. Una vez que se ha registrado ésta, el individuo queda atrapado en un círculo vicioso, ya que continuará sintiéndose socavado mucho después de haber dejado de depender de la madre.
El problema de la inseguridad es insoluble si el individuo no cobra conciencia de su desarraigo. Quizá crea estar seguro de sí mismo porque tiene dinero, una posición y una familia, pero carecerá de una sensación interna de seguridad si no está enraizado.

Además de la relajación muscular, es esencial que el cuerpo mantenga un correcto alineamiento  para que la excitación lo recorra libre y plenamente. Ese alineamiento comienza en el pie, en donde el arco actúa como un mecanismo de resorte que absorbe los golpes que se producen al caminar. Los pies planos ocasionan una pérdida del efecto de resorte en el paso e indican que los pies están insuficientemente cargados de energía. Los arcos elevados, por su parte, suelen observarse en individuos con piernas extremadamente delgadas. Criados por madres inaccesibles u hostiles, esos individuos se sienten obligados a despegarse del suelo.
La posición de los pies es importante también para el alineamiento apropiado. Debemos aprender a pararnos con los pies derechos y separados unos veinte centímetros, y las rodillas ligeramente flexionadas y en línea con la parte media de cada pie.

Es importante que el individuo perciba sus piernas y sus pies esté caminando, de pie o sentado. Al estar sentado, es importante que cobre noción de sus asentaderas.
Los individuos que no están enraizados padecen problemas lumbares. Los que están enraizados y son armoniosos se mantienen erguidos por obra de una fuerza vital que corre desde el suelo a través de los pies, las piernas, los muslos, la pelvis, la espalda, el cuello y la cabeza. La existencia de esta fuerza o energía vital es reconocida en la disciplina yoga, se llama Kundalini y se dice que fluye del sacro a la cabeza a lo largo de la columna vertebral cuando el discípulo medita en la posición del loto. De pie o caminando, uno experimenta este movimiento energético que proviene del suelo.

Al igual que los árboles, los seres humanos miramos al cielo como fuente de energía vital, pero también dependemos de la tierra para nuestra substancia. Si nos disociamos de nuestra naturaleza animal (y de la mitad inferior del cuerpo), perdemos nuestro enraizamiento. Para estar enraizado hay que ser una persona sexual. Y para que uno sea un adulto sexual, los movimientos de la pelvis deben ser libres.
En general, nuestros movimientos son armoniosos sólo si permitimos que la onda de excitación fluya hacia arriba, sin impedimentos, desde el suelo. Para esto es imprescindible que la pelvis esté relajada. Cuando la pelvis se mueve libremente, uno se siente elevado, desenvuelto y lleno de gracia.

Uno podría preguntarse cómo se aplica el principio del enraizamiento al acto sexual cuando dos personas yacen una sobre la otra en la cama. Si el hombre se coloca encima, puede enraizarse presionando sus pies contra los pies de la cama o contra la pared. Con las rodillas flexionadas, la pelvis se moverá naturalmente. Si la cama no tiene barandilla y no hay ninguna pared al alcance, el hombre puede enterrar los dedos de los pies en el colchón de modo que el movimiento pélvico parta de los pies. Si la mujer se coloca bajo, puede enraizarse presionando los pies en el colchón o colocando las piernas alrededor de su compañero de modo que su propio cuerpo se convierta en suelo. (Desde luego, ambos pueden intercambiar las posiciones.) La aplicación de este principio a los movimientos sexuales del coito constituye una importante diferencia en la calidad e intensidad de las sensaciones. La excitación aumenta debido a que toda la parte inferior del cuerpo participa activamente en el acto sexual, y no sólo el aparato genital. Si uno está enraizado en el acto sexual, le es más fácil entregarse a la descarga orgásmica.

Cuando la terapia tiene éxito, los pies del paciente se agrandan, las piernas se ablandan, la pelvis se afloja, la respiración se hace más profunda y los hombros descienden. El individuo ya no se impulsa a sí mismo hacia arriba sino que deja que lo sostenga el suelo.
Lamentablemente, nuestra cultura se está alejando del cuerpo como fuente de sentimientos y espiritualidad. Nuestros programas de acondicionamiento físico no están diseñados para aumentar la sensibilidad del cuerpo sino para pulirlo como si fuera una máquina. De este modo, resultan individuos aptos sólo para cubrir la carrera de la vida. Si la meta es llegar a la cima, supongo que los programas de acondicionamiento físico serán útiles. Pero si la meta es experimentar la alegría de estar cabalmente vivo, la excitación de sentirse parte del universo pulsante y la profunda satisfacción de ser una persona armónica y agradable, entonces habrá que buscar otro medio.

Es difícil aminorar el ritmo cuando el mundo pasa corriendo a nuestro lado. Es difícil arraigarse cuando la cultura misma está desarraigada, cuando niega la realidad y fomenta la ilusión de que el éxito representa un estado superior y que la gente de éxito lleva una vida más rica y plena. De todos modos, los verdaderos valores en la vida son valores “terrenos”: la salud, la gracia, la conexión, el placer y el amor. Pero estos valores cobran significado sólo si se tiene los pies firmemente asentados en la tierra.

lunes, 27 de mayo de 2013

La Espiritualidad del Cuerpo, parte 4

Capítulo 6  “Sexualidad y Espiritualidad”

Muchas personas creen que la sexualidad y la espiritualidad son diametralmente opuestas. A su entender, la espiritualidad se registra en la cabeza, y la sexualidad tiene lugar en la parte inferior del cuerpo. Este punto de vista distorsiona la realidad del ser humano, un individuo sexualmente diferenciado en cada célula de su cuerpo. Análogamente, la espiritualidad también es una función de todo el cuerpo.
 La espiritualidad disociada de la sexualidad se convierte en una abstracción, y la sexualidad disociada de la espiritualidad en un acto puramente físico.

Cuando el sentimiento de amor ocupa la cabeza, uno percibe su propia conexión con el Universo y lo universal. Cuando ocupa la pelvis y las piernas, uno se siente conectado con la Tierra y lo particular.
Un principio Bioenergético básico establece que la corriente de excitación hacia arriba y hacia bajo en el cuerpo es pulsátil, lo que significa, en lo que atañe a la sensibilidad, que no podemos ser más espirituales de lo que somos sexuales.
Cuando nuestro espíritu interviene plenamente en cualquier acto, ese acto asume una cualidad espiritual. Puede experimentarse del modo más vívido en el acto sexual, que lleva a la fusión de dos personas en la danza de la vida. Cuando se produce esta fusión, los amantes trascienden las fronteras del yo para convertirse en una unidad con las principales fuerzas del universo.

El amor es la clave de esa fusión. La intimidad entre un hombre y una mujer está motivado por el mismo sentimiento de amor que une a la madre y el hijo, a una persona con su mascota, al ser humano y su prójimo. El amor es un estado de excitación placentero que varía en intensidad según la situación. Esa misma excitación se produce en la unión mística de una persona y su dios.

Desde luego, la excitación que sienten dos amantes cuando están juntos contiene una dimensión adicional, que fluye hacia bajo por el cuerpo y excita con fuerza los órganos genitales. Cuando esto sucede, la excitación y la tensión alcanzan tal grado que la persona  siente la imperiosa necesidad de un contacto más íntimo y la descarga de la excitación.
 El gozo del sexo contiene dos vertientes: 1) el placer que obtiene la persona de la excitación del contacto y 2) la plenitud que brinda la descarga genital de la excitación. El placer inicial es sensual y anticipatorio; el placer de la descarga orgásmica es puramente sexual y notablemente satisfactorio. En el clímax, llega al nivel del éxtasis.
Tras una fuerte descarga orgásmica, la persona siente una profunda calma. Puede invadirla el sueño antes de que recobre la conciencia del yo. A este adormecimiento de la conciencia los franceses lo describen como le petit mort, la pequeña muerte. Uno siente que ha renacido tras la experiencia.
 
Un hecho generalmente no reconocido es que el acto sexual fue la fuente de inspiración del método primitivo de obtención del fuego. La secuencia de: fricción, calor, llama; es común a ambas acciones, cuya finalidad es producir una hermosa llama. Lamentablemente, pera la mayoría de la gente, el acto sexual culmina en unos cuantos chispazos, y no en la llama que consume la carne, convirtiéndola en puro espíritu. En eso consiste la trascendencia.

Todo acto creativo contiene cierto grado de trascendencia. Se requieren dos factores para producir esta trascendencia: inspiración y pasión. La inspiración de una obra artística contiene siempre algún toque del espíritu divino, que le permite al artista renunciar a su yo y fundirse con su obra. A través de esta renuncia y fusión, nace algo nuevo que siempre es superior al artista mismo, ya sea una gran pintura o una gran composición musical, y que contiene un espíritu capaz de conmover profundamente a los ejecutantes y al público. Estas creaciones parecen tener vida propia.

Un individuo no experimentará el misterio y la grandeza del sexo, a menos que se deje llevar por la pasión divina del amor.
En muchos casos, esta pasión es sofocada muy pronto en la vida por ciertas experiencias dolorosas en los periodos oral y edípico del desarrollo.
Las sensaciones sexuales se limitan cuando son causa de dolor, humillación y/o peligro. La pesadez y pasividad de la parte inferior del cuerpo es una forma que suele adoptar ese daño.
Generalmente, los individuos no son conscientes de su pelvis inmovilizada, pero la capacidad de entregarse al orgasmo se ve particularmente afectada por la tensión de la base pélvica.

Dado que la actividad sexual, como la defecación y la micción, es una de las funciones más estrechamente asociadas con nuestra naturaleza animal, tal vez resulte difícil aceptar que existe una conexión entre la espiritualidad y la sexualidad. Si no advertimos esa conexión, es porque hemos perdido el contacto con aquello que las une: el corazón del cuerpo. Cuando amamos a nuestro compañero sexual con todo el amor que tenemos en el corazón, la unión es tanto espiritual como sexual. Esta noción puede parecer una herejía pero la actividad sexual ha sido utilizada desde hace mucho tiempo en los ritos religiosos de las culturas primitivas para conectar con la divinidad.
 Cualquiera que sea el medio empleado para establecer una conexión sensible con lo infinito, debe incluir al cuerpo si se pretende que sea algo más que una idea que se tiene en la cabeza. Todas las religiones reconocen que un hombre debe renunciar a su yo para unirse a su dios. No hay modo mejor ni más directo que experimentar esta renuncia, que el acto de amor sexual.

viernes, 24 de mayo de 2013

La Espiritualidad del cuerpo, parte 3

Capitulo 5 “Sensación y Sentimientos”

Una sensación no es sólo una idea o una creencia; es más que un proceso mental, ya que incluye al cuerpo. Hay una fuerza unificadora que conecta la mente consciente con la actividad corporal.
Por otra parte, es posible que el cuerpo esté activo sin que se produzcan sensaciones si hay una división entre el órgano perceptor, el Yo, y el objeto de percepción, el cuerpo. Este trastorno es típico de la personalidad narcisista.

El impulso de conectarse con el entorno representa el deseo de placer y plenitud. El impulso de replegarse es una respuesta al hecho de experimentar o prever dolor y da lugar a un sentimiento de temor.
Cuando un impulso llega a la superficie, provocando una disposición a actuar, el sentimiento surge llévese o no la acción. Uno puede estar colérico sin atacar, temeroso sin huir, o triste sin llorar.
Algunas personas hablan de amor sin sentir el impulso de buscar contacto con otra de un modo cálido y tierno. En este caso, el amor es un pensamiento, no una sensación

La salud, no es la ausencia de dolor sino la presencia de una condición básica de placer en el cuerpo.
Nuestros cuerpos resuenan con otros cuerpos vivientes (empatía). Si no resonamos, es porque no resonamos dentro de nosotros mismos. Quien suprime su propia sensación de estar vivo, suprime también todo sentimiento por otros seres, humanos y otros.

Nuestras acciones no están determinadas exclusivamente por los estímulos que recibe el cuerpo. También respondemos a impulsos que surgen espontáneamente de nuestro interior.
El Yo puede dirigir o bloquear la expresión de un impulso por vía de la contracción de los músculos necesarios. Una persona puede bloquear conscientemente un impulso para evitar su expresión.

En nuestra cultura, el cuidado de los hijos entraña a menudo una confrontación en la que la libertad del niño se ve frecuentemente coartada y su espíritu doblegado.
Cuando se retiene conscientemente un impulso, la contracción resultante es aguda. Cuando la tensión se hace crónica, los músculos quedan inmovilizados y la retención del impulso se vuelve inconsciente. No puede abrirse paso a un movimiento espontáneo.

La supresión de un sentimiento tiende a reducir la sensibilidad en general. Si se suprime la ira, también tiende a decrecer el amor, la tristeza y el temor.
Las emociones son la expresión directa del espíritu de una persona. Cuando uno se mueve con sensibilidad, el movimiento tiene gracia porque es el resultado de una corriente energética en el cuerpo. Por lo tanto, la sensibilidad es la clave de la gracia y la espiritualidad del cuerpo.

Toda persona cuyo espíritu ha sido doblegado retiene una furia suprimida que queda enquistada en la tensión muscular de la parte superior de la espalda y los hombros.
La postura erguida es el símbolo distintivo del espíritu libre.  
Mientras el espíritu esté doblegado el individuo tendrá furia en su interior, sea o no consciente de ello. Y mientras esa furia siga sin expresarse, el individuo continuará doblegado.
Exteriorizar la furia en contra de aquellos que no han sido quienes doblegaron el espíritu de uno, no establece un efecto positivo, porque uno no puede sentirse satisfecho de esa conducta. Sino que provoca sentimientos de culpa y aumenta la tensión.
Debemos aprender a expresar nuestra ira, lo cual, a diferencia de la furia, es una acción armoniosa porque constituye un movimiento fluido. Expresarnos no con la idea de aplastar o destruir sino al mismo tiempo, de resguardar nuestra integridad y proteger nuestro espíritu.
La expresión apropiada de la ira libera el espíritu.

El temor tiene un efecto paralizante sobre el espíritu. Congela el cuerpo, contrayendo los músculos. Cuando persiste ese estado, el cuerpo se entumece y el individuo ya no siente el temor.
La tarea es lograr que la persona tome consciencia de su temor haciéndole sentir las tensiones del cuerpo.
Si la tensión física del temor es crónica, su alivio sólo puede lograrse convirtiéndolo en ira.

Casi todos nosotros también le tenemos miedo a la tristeza que llevamos dentro. Nuestra tristeza tiene fondo, pero justo antes de tocarlo, experimentamos un sentimiento de desesperación. El terapeuta puede ayudar haciendo ver que la misma está originada y relacionada con las experiencias de la infancia.
No se trata de llorar mucho sino de llorar profundamente.

Hay estados de sensibilidad generalizada que no llegan a ser emociones. Uno de éstos es la humillación, que al igual que las emociones, puede ser suprimida para no ser consciente de ella. Pero este estado suele expresarse en el cuerpo por una postura encorvada y la tendencia a agachar la cabeza. Muchos fuimos sometidos a una constante humillación como respuesta a cualquier expresión manifiesta de sexualidad.
El abuso sexual, bajo cualquiera de sus formas, es una experiencia muy humillante, así como las palizas. De hecho, toda forma de abuso tiene un efecto humillante sobre el espíritu.
Dado que la sexualidad no puede ser negada, la sensación de humillación asociada con la sexualidad esta constantemente presente.

Otro estado de sensibilidad pertinente es la culpa. Se asocia con la sensación de haber hecho algo malo. En mi opinión, está relacionada con la sensación general que se tiene en el cuerpo.
Los pacientes que se sienten culpables frente a sus padres, pierden su sentimiento de culpa cuando expresan su cólera hacia el progenitor en la terapia.

Sentir es la vida del cuerpo, así como pensar es la de la mente. Conocer y sentir cuánto nos han herido puede provocar dolor.
En muchos casos, tomar conciencia de lo que se siente conduce a la expresión espontánea del sentimiento y a una descarga resultante de la tensión.

Suprimimos nuestros sentimientos por temor a no poder manejarlos cuando afloran. Pero éste temor se deriva de nuestra experiencia infantil. Tener conciencia de la propia ira proporciona cierto grado de control y por tanto, seguridad.
Para mejorar la salud, hay que determinar cuanta sensibilidad tiene cada parte del cuerpo.
Cualquier región del cuerpo que esté crónicamente tensa e insensible es una zona potencialmente problemática que puede sufrir daños.
Para recuperar la armonía y la salud, necesitamos sentir cada zona del cuerpo.