RITMOS DE MOVIMIENTO
La tercera gran raíz del placer reside en nuestra relación con el mundo exterior. Esto incluye todos nuestros contactos con las personas, el trabajo que realizamos y las condiciones ambientales en que vivimos. Generalmente somos actores conscientes en esta relación, percibiendo estímulos y respondiendo con movimiento. La parte del cuerpo que más participa en estas actividades es el tubo externo del organismo. Este está compuesto por la piel, los tejidos subyacentes, la musculatura estriada y la lisa. Estas estructuras forman una capa que cubre al cuerpo y constituyen un verdadero tubo. El organismo de los mamíferos está construido sobre la base del principio del gusano. Es un tubo dentro de otro tubo.
El tubo externo está directamente involucrado en la percepción y en la respuesta a los estímulos ambientales. Para cumplir estas funciones está abundantemente provisto de terminaciones nerviosas. En consecuencia, somos más conscientes de las sensaciones, particularmente de las de placer o dolor, en esta parte del cuerpo que en cualquier otra.
Todos los estímulos que rozan la superficie del cuerpo y son percibidos por el organismo son placenteros o dolorosos. No hay ningún estímulo indiferente, ya que un estímulo que no provocara una sensación no sería percibido.
Podemos preguntarnos: ¿Qué cualidad del estímulo determina si la respuesta será placentera o dolorosa? ¿Por qué, por ejemplo, algunos sonidos son agradables al oído, mientras que otros son cacofónicos y aun dolorosos? El simple conocimiento superficial de la naturaleza humana nos indica que tales preguntas no pueden responderse objetivamente. Las personas reaccionan de forma diferente a estímulos idénticos. El placer de un hombre puede ser el dolor de otro; depende tanto del temperamento como de los modales del individuo que recibe la impresión sensorial.
Existe una enorme diferencia entre una caricia y una bofetada; sin embargo, a veces una caricia puede no ser placentera o una bofetada no ser dolorosa. Los niños se niegan a que los acaricien cuando están activos y una palmada en la espalda puede recibirse como una expresión de aprecio.
Hablando en general, hallamos placer sensorial en los estímulos que armonizan con los ritmos y con el tono de nuestros cuerpos. La música para bailar es agradable cuando queremos bailar, pero puede ser perturbadora cuando estamos tratando de pensar. Incluso nuestra sinfonía favorita puede distraernos cuando estamos conversando seriamente. Lo mismo ocurre con otros sentidos. Una comida bien preparada es una delicia para una persona con hambre, pero no para la persona que no tiene apetito. Un encantador paisaje campestre es agradable de contemplar cuando estamos tranquilos y satisfechos, pero no si estamos inquietos e impacientes. Las impresiones sensoriales placenteras no sólo levantan el ánimo sino que aumentan la actividad rítmica de nuestros cuerpos. Son, por decirlo simplemente, excitantes.
Aparentemente todos podríamos experimentar placer sensorial de una forma u otra. Pero pensemos en la persona que está "contrariada” y no experimenta placer con lo que ve y oye a su alrededor. Está, como decimos, en desacuerdo consigo misma. Está contrariada porque en este momento no disfruta de un estado de armonía interna. Carente de un tono coherente o patrón de actividad rítmica, no puede responder abiertamente a ningún estímulo del medio. La persona deprimida o retraída está en una situación similar.
Los placeres sensoriales o sensuales no están a su alcance, ya que no puede responder al estímulo. Ahora bien, lo que está deprimido en la persona retraída es la actividad rítmica de su cuerpo. Sin ritmo, no hay placer.
La relación del ritmo con el placer se ve más claramente en la función motora del tubo externo, es decir en los movimientos voluntarios del cuerpo. Toda actividad motora que se realiza rítmicamente es placentera. Si se la realiza mecánicamente, sin sentir el ritmo, es dolorosa. El mejor ejemplo es caminar. Caminar es agradable cuando lo hacemos rítmicamente. Cuando caminamos hacia un destino tan rápido como podemos, la actividad física se convierte en una tarea. Incluso empleos tediosos como rastrillar hojas o barrer el suelo pueden ser actividades placenteras cuando los movimientos son rítmicos. El placer o la falta de placer en las vidas de las personas pueden medirse por la forma en que éstas se mueven.
Los movimientos rápidos, bruscos y compulsivos de la mayoría de las personas de nuestra cultura delatan la ausencia de alegría en sus vidas. Un recorrido por cualquiera de las calles principales de la ciudad de Nueva York puede ser una experiencia chocante. Nos aprietan, empujan y pisan personas que se apresuran a llegar a algún lugar, casi sin pensar en las cosas y las personas que las rodean. La persona que vive placenteramente se mueve con ritmo, sin esfuerzo, con gracia.
Si una persona siente placer porque sus movimientos son rítmicos o si sus movimientos son rítmicos porque ella se halla en estado de placer carece de importancia. El placer es ritmo y el ritmo es placer. El motivo de esta identidad es que el placer es la percepción del flujo rítmico de excitación en el cuerpo. Es el modo natural y saludable de funcionamiento del cuerpo. Si nos identificamos con el cuerpo y con su búsqueda de placer, nuestros movimientos se vuelven rítmicos, al igual que los movimientos de un animal. Todos los movimientos de un animal tienen esta hermosa rítmica.
Bailar es, por supuesto, el ejemplo clásico de placer del movimiento rítmico. La música enciende el pulso en nuestros cuerpos, que luego se traduce en el patrón rítmico del paso de baile. Es doloroso ver que no nos movemos al compás de la música y es perturbador ver que la música no está en armonía con nuestro pulso interior. Las marchas musicales son al paso lo que la música bailable es al baile.
Al intensificar el pulso y centrar nuestra atención en el ritmo, la música aumenta el placer que experimentamos al movemos. Es importante advertir que la música no crea el ritmo. La música es, en realidad, una expresión del ritmo del cuerpo del compositor, que encuentra eco en el cuerpo del que escucha. Sería correcto decir que la música evoca los ritmos que se encuentran en nuestro interior. Toda actividad corporal es intrínsecamente rítmica; los movimientos voluntarios no son la excepción, aunque estén bajo el control de la conciencia. Pero debido a que están sometidos al ego, podemos movemos arrítmicamente si el ego ignora la sensación de placer del cuerpo e impone una meta dominante.
Los movimientos voluntarios, en contraposición a los involuntarios, requieren un alto grado de coordinación antes de ser rítmicos. El bebé, cuyos movimientos de succión son coordinados cuando nace, realiza esta actividad de forma rítmica y placentera. Necesitará bastante práctica del desarrollo de la coordinación para realizar actividades tales como caminar, correr, hablar y manejar herramientas en forma rítmica. Cuando adquiere mayor coordinación en sus movimientos corporales, éstos también se vuelven rítmicos y se convierten en una fuente de placer para él. Observe a un niño pequeño saltar sobre una cama o a una niña más grande saltar con la comba y tendrá alguna idea del placer que estas actividades rítmicas simples proporcionan a los jóvenes. Deberíamos recordar que el ego es importante para la adquisición de éstas y otras habilidades, ya que fija las metas y mantiene el esfuerzo.
Los adultos, que tienen más coordinación, buscan ritmos más complejos para excitar sus cuerpos. Encuentran estos ritmos en los deportes. Sea cual fuere el deporte que se prefiera, es el carácter rítmico de sus movimientos en el deporte el que les proporciona placer. Esquiar y nadar, dos deportes que me gustan, son buenos ejemplos. Ambos requieren considerable coordinación. Cuando ésta se logra y el esquí o la natación adquieren ritmo, el placer es enorme.
En el momento en que se pierde el ritmo, la actividad se transforma en una lucha penosa. Los deportes juegan un rol tan importante en la vida de las personas porque sus actividades cotidianas han perdido su carácter rítmico. Las personas caminan mecánicamente, trabajan compulsivamente y hablan monótonamente, sin ritmo y a veces sin rima ni razón. Es posible que la falta de ritmo se deba a una ausencia de placer en estas actividades. Es igualmente cierto que la falta de placer se debe a la pérdida del ritmo.
Hemos dividido nuestro mundo en las cosas que realizamos seriamente, con algún propósito o con fines de lucro, y las cosas que hacemos por diversión o por placer. La actividad espontánea y rítmica parece no caber en los asuntos serios de la vida. Buscamos la fría eficiencia de la máquina. Luego intentamos, esperanzados, recuperar nuestro ritmo y nuestro calor en los deportes, juegos y otras formas de recreación. Pero aquí también muchas veces nos sentimos frustrados por el impulso compulsivo del ego hacia el éxito o hacia la perfección.
Al hombre le fascina la eficiencia productiva de la máquina, que puede realizar cualquier operación mejor que él. La máquina adquiere su eficiencia limitándose a un patrón rítmico único. Por supuesto, una serie de máquinas pueden realizar operaciones más complejas, en las que cada unidad realiza sólo su operación única. En cambio, el hombre tiene un número casi ilimitado de patrones rítmicos que corresponden a diferentes estados de ánimo y deseos. Es capaz de modificar ritmos cuando varía su excitación. Es capaz de tejer complejos patrones de ritmos para aumentar su placer y alegría. Está, en otras palabras, biológicamente estructurado para el placer, no para la eficiencia.
El hombre es un ser creativo, no un ser productivo. No obstante, de sus placeres han surgido grandes logros. Desafortunadamente, en sus logros ha encontrado escasa alegría, porque la productividad se ha vuelto más importante que el placer.