lunes, 27 de julio de 2026

La Experiencia del Placer, parte 40

 

EL RITMO DEL AMOR

Hablar del amor como raíz del placer es poético pero ilógico. En la jerarquía de las funciones de la personalidad, el amor es una emoción que nace del placer. No obstante, como todos sabemos, placer y alegría derivan de amar y ser amado. 

Hasta aquí, he descrito las raíces del placer en cuanto a la relación con el universo, con la madre como representante de la tierra y con el mundo que nos rodea. Si buscamos la raíz del placer dentro de nosotros mismos, la encontraremos en el fenómeno del amor. En este capítulo he clasificado las actividades rítmicas del cuerpo en tres categorías y las he descrito por separado. Esta clasificación no implica la independencia de una categoría con respecto a otra. Las funciones del tubo interno, digestión y respiración, están íntimamente conectadas con los movimientos del tubo externo, o músculos voluntarios. Y ambos tubos dependen de las actividades rítmicas de los órganos y tejidos que mantienen la integridad interna del organismo. 

En la mayoría de las situaciones de la vida, sin embargo, nuestra atención se concentra en una u otra categoría. Generalmente, no asociamos el funcionamiento de los órganos vitales con el placer. No somos mayormente conscientes de su actividad rítmica. Si el corazón se salta un latido o repentinamente aumenta su ritmo, inmediatamente nos alarmamos. En consecuencia, estamos satisfechos si no sucede nada que despierte nuestra conciencia. Sin embargo, estos órganos, especialmente el corazón, juegan un importante rol en la experiencia del placer y en la alegría. El corazón participa  directamente en el fenómeno del amor. La relación del corazón con el amor fue explorada profundamente en mi libro Love and Orgasm.Aquí me gustaría tratar el amor como un ritmo que se inicia con una excitación en el corazón que se extiende y abraza a todo el cuerpo. Este es el ritmo del amor.

En cuanto a su actividad rítmica, el corazón es único entre los órganos del cuerpo. Anteriormente he mencionadoque un trozo del músculo del corazón sumergido en una solución fisiológica salina manifestará contracciones rítmicas espontáneas. Un corazón de sapo aislado, al que se le inyecta sangre oxigenada, continuará latiendo sin estimulación nerviosa. Esto significa que el ritmo cardíacoes inherente a su tejido, el músculo cardíaco. El músculo cardíaco es único en cuanto a que es una combinación de músculo voluntario con involuntario. Posee estrías como la  musculatura voluntaria, pero está inervado por el sistema nervioso autónomo, que, salvo en este caso, activa sólo los músculos lisos del cuerpo.  En consecuencia, tiene un grado de motilidad que no posee ningún otro órgano del cuerpo.

El amor y la alegría son sentimientos que pertenecen al corazón. La alegría del amor y el amor a la alegría son respuestas corporales a una excitación que llega al corazón y lo abre. La conexión entre estos dos sentimientos y el corazón se expresa en la Novena Sinfonía de Beethoven, también denominada Sinfonía Coral porque termina con una ejecución coral del poema Oda a la alegría, de Schiller. El  coro, como en una tragedia griega, está destinado, creo, a representar a la audiencia. Beethoven quería que cada oyente experimentara el sentimiento de alegría de la naturaleza y de la fraternidad entre los hombres. Para lograrlo, debía llegar con su música a los corazones de su audiencia. Debía conseguir que cada oyente sintiera el ritmo de su propio corazón latiendo al unísono con los corazones de los demás. Beethoven alcanzó su objetivo en los tres primeros movimientos de la sinfonía. El primer movimiento expresa, tal como yo lo siento, la súplica de amor del hombre y la respuesta del universo: “¡Alégrate!”.

Es tan poderoso, que uno de mis amigos observó: “Me desgarra abriendo mi pecho y exponiendo mi corazón”. El segundo movimiento está marcado de tanto en tanto por dos golpes de timbal. Estos sonidos son tan similares a los sonidos del corazón que está claro el significado de este movimiento. Se puede sentir el ritmo del corazón, latiendo tranquila y suavemente en algunos pasajes, con entusiasmo y expectación en otros. Todos los corazones están expuestos; y a medida que cada instrumento empieza a ejecutar el tema, sentimos que ningún corazón late solo. 

El tercer movimiento lírico expresa, a mi juicio, el carácter emocional del corazón. Es el órgano del amor. El amor mora en el corazón. Una vez que el corazón está abierto y se ha revelado su amor, la audiencia puede compartir la expresión de la alegría, que es el tema del último movimiento. La ejecución coral transforma la sinfonía de una presentación objetiva en una expresión subjetiva y traduce la experiencia del nivel dramático al personal. En esta sinfonía, Beethoven, a través de su genio, abrió nuestros corazones a la alegría y así trajo la alegría a nuestros corazones.

El amor sexual comienza con una excitación que acelera la sangre hacia los órganos genitales, produciendo erección en el hombre y lubricación en la vagina de la mujer. Durante el coito, esta excitación produce dos patrones rítmicos de  movimiento, uno voluntario y el otro involuntario. Durante la primera fase del coito, los movimientos pelvianos del hombre y de la mujer son conscientes y están bajo el control del ego. En esta etapa, la excitación corporal es relativamente superficial, aunque se profundiza gradualmente a través del contacto por fricción y los  movimientos pelvianos. La respiración es bastante tranquila, aunque profunda y el latido cardíaco está sólo levemente acelerado.

Cuando la excitación alcanza su punto más alto, inunda los órganos genitales, introduciendo el clímax. En el hombre las vesículas seminales, la próstata y la uretra comienzan una pulsación que culmina con la eyaculación del semen. En la mujer la pulsación se manifiesta en las contracciones del útero y de los labios menores extendidos. Si la excitación sigue limitándose al área genital, se produce sólo un orgasmo parcial. Si se extiende hacia arriba y llega al corazón, todo el cuerpo entra en una reacción convulsiva en la cual todo control voluntario se rinde ante una pulsación primitiva.

En el orgasmo completo, los movimientos pelvianos, cuya frecuencia ha ido en aumento, se vuelven involuntarios y más rápidos. Su ritmo se coordina con el ritmo de las pulsaciones genitales. La respiración se profundiza y acelera para entrar a formar parte de este ritmo general. El corazón acelera su latido, se vuelve  consciente, y sentimos el pulso de la vida en todas las células del cuerpo.

Existen muchas maneras de interpretar lo que sucede en el orgasmo completo. En este contexto puede decirse que en la reacción convulsiva del orgasmo todo el cuerpo se convierte en un gran corazón. Este es el éxtasis.

El éxtasis del orgasmo es una respuesta corporal única a la excitación sexual que comienza en el corazón y termina con el corazón tan abierto que abraza al mundo. Todo sentimiento de amor se inicia en el corazón e irradia a la persona. Todas las personas que han conocido el amor han experimentado esta excitación en su corazón. El amor nos hace sentir el corazón ligero. La pérdida del amor nos hace  sentir que el corazón nos pesa por la pena. No creo que éstas sean metáforas vacías Un corazón excitado es ligero. Brinca de alegría. Pero no sólo el corazón salta de alegría. El enamorado salta y baila por la calle. No puede contener la  excitación de su corazón. Llena todo su ser.

El latido del corazón es el ritmo del amor.

martes, 21 de julio de 2026

La Experiencia del Placer, parte 39


RITMOS DE MOVIMIENTO

La tercera gran raíz del placer reside en nuestra relación con el mundo exterior. Esto incluye todos nuestros contactos con las personas, el trabajo que realizamos y las condiciones ambientales en que vivimos. Generalmente somos actores conscientes en esta relación, percibiendo estímulos y respondiendo con movimiento. La parte del cuerpo que más participa en estas actividades es el tubo  externo del organismo. Este está compuesto por la piel, los tejidos subyacentes, la musculatura estriada y la lisa. Estas estructuras forman una capa que cubre al cuerpo y constituyen un verdadero tubo. El organismo de los mamíferos está construido sobre la base del principio del gusano. Es un tubo dentro de otro tubo.

El tubo externo está directamente involucrado en la percepción y en la respuesta a los estímulos ambientales. Para cumplir estas funciones está abundantemente provisto de terminaciones nerviosas. En consecuencia, somos más conscientes de las sensaciones, particularmente de las de placer o dolor, en esta parte del cuerpo que en cualquier otra.

Todos los estímulos que rozan la superficie del cuerpo y son percibidos por el organismo son placenteros o dolorosos. No hay ningún estímulo indiferente, ya que un estímulo que no provocara una sensación no sería percibido.

Podemos preguntarnos: ¿Qué cualidad del estímulo determina si la respuesta será placentera o dolorosa? ¿Por qué, por ejemplo, algunos sonidos son agradables al oído, mientras que otros son cacofónicos y aun dolorosos? El simple conocimiento superficial de la naturaleza humana nos indica que tales preguntas no pueden responderse objetivamente. Las personas reaccionan de forma diferente a estímulos idénticos. El placer de un hombre puede ser el dolor de otro; depende tanto del temperamento como de los modales del individuo que recibe la impresión sensorial.

Existe una enorme diferencia entre una caricia y una bofetada; sin embargo, a veces una caricia puede no ser placentera o una bofetada no ser dolorosa. Los niños se niegan a que los acaricien cuando están activos y una palmada en la espalda puede recibirse como una expresión de aprecio.

Hablando en general, hallamos placer sensorial en los estímulos que armonizan con los ritmos y con el tono de nuestros cuerpos. La música para bailar es agradable cuando queremos bailar, pero puede ser perturbadora cuando estamos tratando de pensar. Incluso nuestra sinfonía favorita puede distraernos cuando estamos conversando seriamente. Lo mismo ocurre con otros sentidos. Una comida bien preparada es una delicia para una persona con hambre, pero no para la persona que no tiene apetito. Un encantador paisaje campestre es agradable de contemplar cuando estamos tranquilos y satisfechos, pero no si estamos inquietos e impacientes. Las impresiones sensoriales placenteras no sólo levantan el ánimo sino que aumentan la actividad rítmica de nuestros cuerpos. Son, por decirlo simplemente, excitantes.

Aparentemente todos podríamos experimentar placer sensorial de una forma u otra. Pero pensemos en la persona que está "contrariada” y no experimenta placer con lo que ve y oye a su alrededor. Está, como decimos, en desacuerdo consigo misma. Está contrariada porque en este momento no disfruta de un estado de armonía interna. Carente de un tono coherente o patrón de actividad rítmica, no puede responder abiertamente a ningún estímulo del medio. La persona deprimida o retraída está en una situación similar.

Los placeres sensoriales o sensuales no están a su alcance, ya que no puede responder al estímulo. Ahora bien, lo que está deprimido en la persona retraída es la actividad rítmica de su cuerpo. Sin ritmo, no hay placer.

La relación del ritmo con el placer se ve más claramente en la función motora del tubo externo, es decir en los movimientos voluntarios del cuerpo. Toda actividad motora que se realiza rítmicamente es placentera. Si se la realiza mecánicamente, sin sentir el ritmo, es dolorosa. El mejor ejemplo es caminar. Caminar es agradable cuando lo hacemos rítmicamente. Cuando caminamos hacia un destino tan rápido como podemos, la actividad física se convierte en una tarea. Incluso empleos tediosos como rastrillar hojas o barrer el suelo pueden ser actividades placenteras cuando los movimientos son rítmicos. El placer o la falta de placer en las vidas de las personas pueden medirse por la forma en que éstas se mueven. 

Los movimientos rápidos, bruscos y compulsivos de la mayoría de las personas de nuestra cultura delatan la ausencia de alegría en sus vidas. Un recorrido por cualquiera de las calles principales de la ciudad de Nueva York puede ser una  experiencia chocante. Nos aprietan, empujan y pisan personas que se apresuran a llegar a algún lugar, casi sin pensar en las cosas y las personas que las rodean. La  persona que vive placenteramente se mueve con ritmo, sin esfuerzo, con gracia.

Si una persona siente placer porque sus movimientos son rítmicos o si sus movimientos son rítmicos porque ella se halla en estado de placer carece de importancia. El placer es ritmo y el ritmo es placer. El motivo de esta identidad es que el placer es la percepción del flujo rítmico de excitación en el cuerpo. Es el modo natural y saludable de funcionamiento del cuerpo. Si nos identificamos con el cuerpo y con su búsqueda de placer, nuestros movimientos se vuelven rítmicos, al igual que los movimientos de un animal. Todos los movimientos de un animal tienen esta hermosa rítmica.

Bailar es, por supuesto, el ejemplo clásico de placer del movimiento rítmico. La música enciende el pulso en nuestros cuerpos, que luego se traduce en el patrón rítmico del paso de baile. Es doloroso ver que no nos movemos al compás de la música y es perturbador ver que la música no está en armonía con nuestro pulso interior. Las marchas musicales son al paso lo que la música bailable es al baile.

Al intensificar el pulso y centrar nuestra atención en el ritmo, la música aumenta el placer que experimentamos al movemos. Es importante advertir que la música no crea el ritmo. La música es, en realidad, una expresión del ritmo del cuerpo del compositor, que encuentra eco en el cuerpo del que escucha. Sería correcto decir que la música evoca los ritmos que se encuentran en nuestro interior. Toda actividad corporal es intrínsecamente rítmica; los movimientos voluntarios no son la excepción, aunque estén bajo el control de la conciencia. Pero debido a que están sometidos al ego, podemos movemos arrítmicamente si el ego ignora la sensación de placer del cuerpo e impone una meta dominante.

Los movimientos voluntarios, en contraposición a los involuntarios, requieren un alto grado de coordinación antes de ser rítmicos. El bebé, cuyos movimientos de succión son coordinados cuando nace, realiza esta actividad de forma rítmica y placentera. Necesitará bastante práctica del desarrollo de la coordinación para realizar actividades tales como caminar, correr, hablar y manejar herramientas en  forma rítmica. Cuando adquiere mayor coordinación en sus movimientos corporales, éstos también se vuelven rítmicos y se convierten en una fuente de placer para él. Observe a un niño pequeño saltar sobre una cama o a una niña más grande saltar con la comba y tendrá alguna idea del placer que estas actividades rítmicas simples proporcionan a los jóvenes. Deberíamos recordar que el ego es importante para la adquisición de éstas y otras habilidades, ya que fija las metas y mantiene el esfuerzo.

Los adultos, que tienen más coordinación, buscan ritmos más complejos para excitar sus cuerpos. Encuentran estos ritmos en los deportes. Sea cual fuere el deporte que se prefiera, es el carácter rítmico de sus movimientos en el deporte el que les proporciona placer. Esquiar y nadar, dos deportes que me gustan, son buenos ejemplos. Ambos requieren considerable coordinación. Cuando ésta se logra y el esquí o la natación adquieren ritmo, el placer es enorme.

En el momento en que se pierde el ritmo, la actividad se transforma en una lucha penosa. Los deportes juegan un rol tan importante en la vida de las personas porque sus actividades cotidianas han perdido su carácter rítmico. Las personas caminan mecánicamente, trabajan compulsivamente y hablan monótonamente, sin  ritmo y a veces sin rima ni razón. Es posible que la falta de ritmo se deba a una ausencia de placer en estas actividades. Es igualmente cierto que la falta de placer se debe a la pérdida del ritmo.

Hemos dividido nuestro mundo en las cosas que realizamos seriamente, con algún propósito o con fines de lucro, y las cosas que hacemos por diversión o por placer. La actividad espontánea y rítmica parece no caber en los asuntos serios de la vida. Buscamos la fría eficiencia de la máquina. Luego intentamos, esperanzados,  recuperar nuestro ritmo y nuestro calor en los deportes, juegos y otras formas de recreación. Pero aquí también muchas veces nos sentimos frustrados por el impulso compulsivo del ego hacia el éxito o hacia la perfección.

Al hombre le fascina la eficiencia productiva de la máquina, que puede realizar cualquier operación mejor que él. La máquina adquiere su eficiencia limitándose a un patrón rítmico único. Por supuesto, una serie de máquinas pueden realizar operaciones más complejas, en las que cada unidad realiza sólo su operación única. En cambio, el hombre tiene un número casi ilimitado de patrones rítmicos  que corresponden a diferentes estados de ánimo y deseos. Es capaz de modificar ritmos cuando varía su excitación. Es capaz de tejer complejos patrones de ritmos para aumentar su placer y alegría. Está, en otras palabras, biológicamente estructurado para el placer, no para la eficiencia. 

El hombre es un ser creativo, no un ser productivo. No obstante, de sus placeres han surgido grandes logros. Desafortunadamente, en sus logros ha encontrado escasa alegría, porque la productividad se ha vuelto más importante que el placer.