CAPITULO 8
Las respuestas emocionales
AMOR
En su búsqueda del conocimiento, el hombre diferencia y aísla los diversos fenómenos de la naturaleza. Como consecuencia de este proceso, cada aspecto tiende a perder sus conexiones con el todo y se lo ve como una variable independiente. Cuando este proceso analítico se aplica a las emociones, éstas se definen como respuestas fisiológicas del cuerpo o bien como patrones de comportamiento que la voluntad puede adoptar o desechar. El temor, por ejemplo, es una reacción corporal producida fisiológicamente por la secreción de adrenalina en respuesta a una situación de peligro. Aunque ni la secreción ni nuestra reacción corporal estén bajo control de la conciencia, constantemente aconsejamos a los niños que no teman, lo cual significa que pueden controlar su respuesta emocional.
Esta confusión en cuanto a la naturaleza de las emociones es más evidente en nuestras actitudes frente al amor. Nuestros sermones y nuestra literatura están llenos de instancias y admoniciones al amor. También suponemos, por otra parte, que el amor es un sentimiento natural en determinadas relaciones, que todas las madres naturalmente aman a sus hijos y que todos los hijos aman a sus madres. Generalmente nos sorprende descubrir que esto no siempre es así. Visto desde la conciencia, ambas actitudes tienen alguna validez. Reconocemos la importancia del amor y sería útil que nos la recordaran. La apelación al amor está destinada a reducir la concentración de la persona en su ego y a restablecer la conciencia, al menos momentáneamente, de su relación con los demás y con su comunidad. Al mismo tiempo, reconocemos que debería haber amor en todas las relaciones íntimas.
Sin embargo, lo que no vemos es que nuestras respuestas emocionales no son fenómenos aislados. No son reacciones voluntarias o meros reflejos condicionados. Por ejemplo, el amor no puede divorciarse del placer. Nace de la experiencia de placer y su existencia depende de la expectación del placer.
El término “emoción” es un movimiento “hacia afuera, por o a partir de”. En consecuencia puede definirse a la emoción como el movimiento que surge por un estado excitado de placer o dolor. Sandor Hado clasifica las emociones en dos grupos: emociones de bienestar y emociones de emergencia. Según Rado, las emociones de bienestar, que incluyen el amor, la compasión y el afecto, son elaboraciones diferenciadas de la experiencia y de la expectación del placer. En resumen, amamos lo que nos promete placer. De manera similar, nuestra compasión se extiende a las personas con las cuales tenemos una relación placentera. Normalmente no somos compasivos con personas que representan una amenaza de dolor.
Las emociones de emergencia, tales como temor, ira y odio, nacen de la experimentación y de la previsión del dolor. Recuerdo y expectación juegan un importante rol en la diferenciación de la respuesta emocional a partir de las reacciones básicas de placer-dolor. Si una situación nos ha herido, esperaremos un dolor similar si la situación se repite. Al prever el dolor, responderemos con temor o ira, según cuál sea la dirección de nuestro movimiento. Si huimos de la situación, experimentaremos temor; si la enfrentamos, intentando eliminar la amenaza del dolor, experimentaremos ira. Si el recuerdo y la expectación no guían nuestro comportamiento, nuestra respuesta estará determinada por el efecto de un contacto directo con el objeto. Un efecto placentero nos inducirá a buscar el objeto; uno doloroso nos moverá a retiramos.
El niño recién nacido no siente ni manifiesta amor por su madre. Sus reacciones se basan en sensaciones de placer y dolor. Sin embargo, puede suponerse que desde el nacimiento ya hay capacidad de amar, pero para que florezca es necesaria la maduración de la conciencia y la experiencia del placer del contacto del niño con su madre.
Pronto llegará esta experiencia, ya que, si el niño ha de sobrevivir, su madre, o una madre suplente, deberá satisfacer sus necesidades. Cuando la conciencia en desarrollo del niño le permita identificar estas experiencias placenteras con la madre, nacerán sentimientos de afecto por ella. Se ilumina cuando ella se acerca y se pueden ver pasar olas de excitación placentera por su cuerpo.
Desafortunadamente, al menos en nuestra cultura, el contacto de un niño con su madre no produce placer uniformemente. Si bien una madre debe satisfacer las necesidades básicas de un niño, puede hacerlo de manera tal que perturbe el bienestar de éste. Oímos llorar a demasiados bebés y vemos a demasiados niños infelices como para tener la ilusión de que en la infancia se satisfacen todos los deseos. Los niños necesitan un contacto casi ilimitado con el cuerpo de su madre y muy pocas mujeres están preparadas para darle a un niño todo su tiempo y atención. Generalmente, sus necesidades personales entran en conflicto con las del niño. Si acceden a las demandas del niño, se sienten irritadas y resentidas. Si no lo hacen, el niño sufre alguna aflicción. En cualquier caso, generalmente se desarrolla una situación dolorosa para el niño, que limita su amor por su madre.
Con mucha frecuencia, la actitud de una madre hacia su hijo es ambivalente. El bebé no es una pura bendición. Es deseado y no deseado. En consecuencia, el niño se convierte en objeto de alguna hostilidad, principalmente inconsciente pero expresada con gestos de incomodidad, miradas de enojo, manipulaciones rudas, etcétera. No son desconocidos los actos de violencia contra niños. Se reconoce que el síndrome del niño golpeado es más común de lo que originalmente se pensaba. En su libro The Fear of Being a Woman, Joseph Rheingold documenta y demuestra que la hostilidad materna prevalece entre las mujeres. La vincula con la experiencia de la mujer en manos de su propia madre y con el conflicto entre ellas.
Mi propia experiencia clínica apoya sus observaciones. En todos mis años de práctica, no he tratado a un solo paciente que no experimentara algún sentimiento negativo hacia su madre, plenamente justificado por las experiencias de su infancia.
Las experiencias dolorosas no dan origen a sentimientos de afecto y amor. En la medida en que se vea venir el dolor, la respuesta es cautelosa o negativa. Una persona no puede amar lo que la hiere, a menos que haya desarrollado un carácter masoquista.
Si el amor surge de la expectación del placer, su opuesto, el odio, debe surgir de la expectación del dolor. Exploraré el espectro de estas dos emociones, amor y odio, en la próxima sección. Aquí es importante comprender su relación con el placer y con el dolor.
La relación entre el amor y el placer, que parece clara más arriba, se confunde cuando advertimos que el amor maternal es también una reacción instintiva hacia la propia descendencia. Es innato en las especies en las cuales el cuidado maternal es esencial para la supervivencia de las crías. Está tan profundamente arraigado, que, desde el momento de dar a luz, una hembra defenderá a su hijo con su vida, si fuera necesario. No obstante, aún en el reino animal el instinto no es suficientemente fuerte como para impedir que la madre destruya a sus hijos en determinadas circunstancias. Se sabe que las hembras que se encuentran en cautiverio abandonan a su cría y lo mismo ocurre a veces con las mascotas. Puede presumirse que el rechazo del animal joven se produce en circunstancias que niegan a la madre la esperanza del placer al cumplir su función. En los animales superiores, el pleno funcionamiento del instinto de amor maternal aparentemente depende del placer que normalmente brinda la satisfacción del instinto. Si falta este placer, el instinto se debilita. Por el contrario, el placer fortalece las acciones instintivas y las transforma en comportamiento consciente.
Dado que un instinto no puede desaparecer completamente, nunca hay una ausencia total de amor maternal, aun en la mujer más endurecida. A pesar del temor de ser mujer, todas saben en su cuerpo que sólo a través de la satisfacción de su naturaleza femenina pueden experimentar la alegría de vivir. Si esta profunda conciencia se contradice con las experiencias de su vida, cuyo recuerdo la conduce a su actual comportamiento, es una mujer conflictiva, cuyo deseo de amar a su hijo es tan poderoso como su hostilidad. Sin embargo, no podemos pasar por alto el hecho de que, si no hay placer, es inevitable una actitud destructiva, y no creativa, hacia el niño.
La necesidad biológica de contacto y la cercanía de otra persona subyacen a la emoción del amor. Este contacto estimula y excita nuestros cuerpos; sin él, tienden a enfriarse y a endurecerse. La necesidad en sí se percibe como un sentimiento de anhelo, que bioenergéticamente se asemeja al hambre cuando necesitamos alimentamos. El anhelo, al igual que el hambre, se intensifica cuando la persona se ve privada de su satisfacción. Es también más fuerte en los niños pequeños, cuya necesidad de contacto es mayor. Cede levemente durante el período de latencia y surge de nuevo durante la adolescencia, cuando se activa la función sexual.
Es importante advertir la diferencia entre el sentimiento de anhelo y la emoción del amor para comprender el amor. El anhelo guarda la misma relación con el amor que el hambre con el apetito. Tanto el hambre como el anhelo son necesidades biológicas no discriminatorias. Una persona hambrienta comerá cualquier cosa; una persona que se siente sola aceptará a cualquiera como amigo. En cambio, el apetito y el amor están dirigidos hacia fuentes específicas de placer. Tenemos apetito de ciertas comidas; amamos a una persona en particular como amigo o pareja. La persona enamorada es consciente del objeto de su amor como fuente de placer. Si a la esperanza de placer se añade el anhelo biológico de contacto o cercanía, la necesidad se transforma en verdadera emoción.
La diferencia entre amor y anhelo se manifiesta en los modales y en el comportamiento de la persona. El enamorado prevé el placer, su cuerpo está placenteramente excitado, cálido y abierto. La persona que anhela está triste y retraída.
El sentimiento de anhelo se denomina también de amor dependiente, generalmente confundido con el verdadero amor. Si una persona depende de otra, expresará su sentimiento como de amor. Dirá: “Te amo”, cuando lo que quiere decir es: “Te necesito”. Necesitar y amar no son lo mismo. La necesidad indica carencia; el amor es plenitud.
Necesitar puede ser doloroso; amar es placentero. El amor dependiente ata a una persona a otra; el verdadero amor alienta la libertad y la espontaneidad, elementos esenciales del placer. La actitud dependiente reduce la posibilidad de sentir placer y, en consecuencia, dificulta, si no imposibilita, el verdadero amor. El amor dependiente está marcado por la demanda de amor o de placer; el verdadero amor brinda placer. La demanda de amor se racionaliza de la siguiente manera: Te necesito. Te quiero. Te amo; por lo tanto, tú deberías amarme.
La persona cuyo amor es dependiente, cree que su demanda de amor está justificada. Sin darse cuenta, le ha transferido a otra persona el anhelo insatisfecho de su infancia. Su dependencia refleja su experiencia infantil, en la cual dependía realmente de su madre. Entonces, su satisfacción dependía del amor de ella y se justificaba que se sintiera con derecho a ese amor por necesidad. Su inconsciente se niega a aceptar la realidad actual: 1) que ya no es un niño y 2) que el amor adulto se basa en compartir el placer.
En vista de la relación entre el amor y el placer, ¿cómo se puede exigir amor? Sin embargo, esto se hace constantemente. Los padres se lo exigen a sus hijos e incluso consideran que ésta es una obligación del hijo como respuesta al esfuerzo que hacen por criarlo. Pueden recibir muestras de amor si logran que el niño se sienta culpable, pero la verdadera emoción no está sujeta a órdenes. Ni se lo puede ganar, cómo piensan algunas personas, mediante actos de autonegación. La esposa que se sacrifica generalmente descubre decepcionada que su esposo se ha enamorado de otra mujer. La madre que se sacrifica ,frecuentemente se entera, con sorpresa, de que sus hijos no apreciansu martirio.
Generalmente rechazamos la actitud de autonegación y las personas que disfrutan de la vida nos atraen. He oído decir a muchos pacientes: “Desearía que mi madre se hubiera dado más placeres”.
Pero si el placer es esencial para el amor, el amor es también necesario para el placer. Ya que el amor representa el compromiso que posibilita el placer. Hemos visto que sin un compromiso con el trabajo, no hay placer en el trabajo. Es igualmente importante que una persona se comprometa en una relación si ha de disfrutar de dicha relación. El compromiso, al igual que el amor, surge de la expectación del placer. En consecuencia, es válido decir que la cantidad de placer guarda una relación directa con el grado de compromiso o con la cantidad de sentimiento que se invierta en una actividad o en una persona.
El amor cumple otra importante función en las relaciones íntimas entre personas, de las cuales depende el ciclo de la vida. Les añade un grado de seguridad que le permite a la otra persona comprometerse en forma similar en la relación. Esta necesidad de seguridad es particularmente evidente en la relación madre-hijo. Debido a su desvalimiento absoluto, el niño necesita experimentar una sensación de seguridad tal que sólo se la puede brindar el compromiso total de su madre con su bienestar. Cualquier ruptura en su sensación de seguridad sume inmediatamente al niño en la angustia y en la ansiedad, cuyos efectos no son fáciles de superar.
Cuando advertimos que el niño recién nacido ha abandonado una situación en la que todas sus necesidades se satisfacían automáticamente, para iniciar una existencia independiente, podemos ver lo importante que es para su bienestar el amor maternal que saluda su llegada.
Los adultos no están desprotegidos, como los niños, pero en sus relaciones íntimas necesitan también una sensación de seguridad. Necesitan tener la seguridad de que el placer de hoy no se convertirá en el dolor de mañana, por la pérdida de la persona que les brindó ese placer. El ser humano es claramente consciente de que cuanto mayor sea el placer de que disfruta hoy, mayor deberá ser el dolor que sentirá cuando el anhelo de cercanía e intimidad resurja y no se lo pueda satisfacer. Ya que la naturaleza del animal es buscar la renovación de su placer en la situación en la que lo experimentó por primera vez.
El hombre, más que ningún otro animal, vive en un presente que incluye su pasado y afecta su futuro. Es agudamente consciente, desde sus primeras experiencias, de que al abrirse al placer se expone a la posibilidad del dolor. Si ha sufrido numerosas decepciones será extremadamente cauteloso en su expectación de placer. Se reducirá su capacidad de amar y su disposición a experimentar placer disminuirá. Pero aun con los mejores antecedentes, una persona no desea comprometerse en una relación íntima que no tiene posibilidades de sostenerse. El amor es la promesa de que el placer de hoy existirá mañana. No es ninguna garantía, ni constituye una obligación. La expresión “Te amo” constituye un compromiso que incluye el futuro en la declaración actual del sentimiento. No es una promesa de amar mañana, ya que esta emoción, como cualquier otra, surge espontáneamente de la profundidad de nuestro ser y no está sometida a la voluntad. Sin embargo, más que esto no se exige y menos es insuficiente. Sólo con la seguridad que nos proporciona el amor podemos entregarnos plenamente al placer del amor.
Hablar de amor disociándolo del placer es moralizador. La moral nunca ha resuelto las dificultades emocionales del hombre. Por otra parte, es irresponsable acentuar la importancia del placer en desmedro de la necesidad básica de las personas de tener alguna seguridad, estabilidad y orden en sus vidas. Esto sólo puede conducir al caos y a la desdicha. La condición humana exige un enfoque creativo de sus necesidades. Debemos reconocer que cuanto más placer sintamos, mayor será nuestra capacidad de amar.
Debemos saber que al ofrecer nuestro amor, aumentamos nuestro placer. En esta sección utilicé la palabra “amor” como si fuera uniforme. En realidad, el amor abarca un espectro de sentimientos, todos relacionados con la experiencia o con la esperanza del placer. El término amplio para estos sentimientos es afecto. Los sentimientos afectuosos varían desde la amistad hasta el amor. Los describiré en la próxima sección.