IRA Y TEMOR
El otro par de emociones, ira y temor, está relacionado con la experiencia o con la expectación del dolor. Su afloramiento a la conciencia coincide con el crecimiento y con la coordinación del sistema muscular. Antes de cumplir el primer año de vida, un niño comienza a reaccionar frente al dolor y a la angustia con movimientos volitivos. Su respuesta anterior, puramente involuntaria, se manifestaba llorando, sacudiéndose, retorciéndose y pataleando sin ton ni son. Estos movimientos expresan un sentimiento de irritación que, cuando el niño se hace más fuerte, se convierte en ira. En lugar de intentar evitar una situación desagradable, tirará lejos un objeto que le disgusta, empujará con los brazos o incluso morderá cuando se sienta frustrado o herido. La emoción de ira lentamente anula el llanto como medio de liberación de la tensión. La ira de un niño, sin embargo, es generalmente ineficaz para cambiar su situación y suele dar paso al llanto, el mecanismo básico de liberación de la tensión.
Hablando en general, la ira es una respuesta más efectiva que el llanto, dado que apunta a eliminar la causa del dolor. En consecuencia, se necesita capacidad para discernir una causa y conocer el objeto contra el cual ha de ser dirigida la ira. El llanto da una sensación de impotencia ante la situación, mientras que con la ira se supera esa sensación.
En el sentimiento de ira, la excitación carga el sistema muscular de la parte posterior del cuerpo, movilizando los poderosos movimientos de ataque. Los principales órganos de la agresión están localizados en el extremo superior y delantero del cuerpo, debido a que este extremo está directamente conectado con la necesidad de buscar y tomar el alimento. En consecuencia, la ira se experimenta como una oleada de sensaciones hacia arriba por la parte posterior del cuerpo y hacia la cabeza y los brazos. Esta oleada de sensaciones está asociada a un fuerte flujo de sangre hacia estos lugares, que justifica que algunas personas literalmente vean todo rojo cuando su ira es muy intensa. Si hay inhibiciones y tensiones que bloquean estas sensaciones, puede aparecer una jaqueca causada por la tensión.
El llanto, en cambio, se experimenta como un abatimiento. En el llanto, la carga se retira del sistema muscular y la tensión se libera en una serie de sollozos convulsivos. La ira es, en muchos aspectos, como una tormenta eléctrica. Cuando la ira se descarga por medio de movimientos violentos, el rostro se aclara y se recupera el bienestar. El llanto es como una lluvia suave.
La ira y el temor pertenecen al grupo de las emociones de emergencia; ambas activan el sistema simpático-adrenal para brindar la energía adicional para la lucha o para la huida. En ambas emociones, el sistema muscular se carga y se moviliza para la acción. Si se trata de un sentimiento de ira, el organismo ataca la fuente del dolor. Cuando se trata de temor, se vuelve y huye del peligro. Estas dos direcciones opuestas de movimiento reflejan lo que sucede en el cuerpo. El movimiento hacia arriba por el lomo, que eriza los pelos del cuello de un perro, junto con un movimiento de la cabeza hacia adelante y una bajada de los hombros es la preparación para un ataque. El movimiento hacia abajo, a lo largo del lomo, provoca la contracción de la zona de la cola y la carga de las piernas para la huida.
En un estado de temor pone pies en polvorosa. Si huir es imposible, la excitación queda en el cuello y en el lomo, sube los hombros, abre completamente los ojos, empuja la cabeza hacia atrás y mete el rabo entre las patas. Dado que ésta es una típica expresión de temor, esta actitud corporal indica que la persona está en un constante estado de temor, sea o no consciente de él.
La vía del flujo de excitación en la ira, por la espalda y hacia la cabeza, puede explicarse por el hecho de que en el hombre, como en la mayoría de los mamíferos, los órganos primarios de ataque son la boca y los dientes. El impulso de morder es la forma primordial de expresar ira. Casi todos los niños muerden y a veces lo hacen también los adultos, particularmente las mujeres. Es una forma muy efectiva de ataque, dado que causa un dolor intenso, pero tiene la desventaja de requerir un contacto muy cercano. La acción de golpear, que tiene una variedad más amplia y permite más maniobrabilidad, ha anulado, en consecuencia, el mordisco como principal expresión física de ira. Pero cuando una persona está muy iracunda, su rostro generalmente adopta una expresión de gruñido que está asociada con el mordisco.
Las inhibiciones del mordisco son parcialmente responsables de muchos de los trastornos que impiden expresar la ira. Estos trastornos adoptan la forma de una incapacidad de sentir ira, ataques de histeria y persistentes sentimientos de irritación. La ira, como todas las verdaderas emociones, es una expresión egosintónica. A diferencia de las reacciones histéricas, no estalla contra la intención consciente; está dirigida por el ego y apunta a un resultado positivo, a saber, eliminar una causa de frustración o dolor. La ira no es hostilidad, ya que no es un rechazo ni un congelamiento.
Las inhibiciones del mordisco impiden el flujo de excitación hacia la cabeza y la boca y bloquean la experiencia natural de esta emoción. La incapacidad de las personas de “morder la vida” o de “hincar los dientes en una situación” es uno de los resultados de la represión del impulso de morder. No abogo por que se aliente a los niños a morder; pero no se los debería castigar por el mordisco ni por alguna otra expresión de ira. La persona a quien se niega el derecho de expresar ira queda indefensa. Queda reducida a un estado de temor e impotencia que intentará superar manipulando a su medio. Bioenergéticamente, se ha demostrado que debajo de todos los sentimientos crónicos de temor e impotencia subyace ira reprimida.
La correspondencia entre temor e ira es tal, que lo uno se convierte en lo otro. Si una persona atemorizada se vuelve para atacar, se irritará y perderá el temor. Esto sucede porque el flujo de excitación ha cambiado de dirección dentro del cuerpo. Su nuevo sentimiento es la percepción de este cambio. Cuando una persona que ataca comienza a retirarse, temerá por la misma razón. El sentimiento de ira se descarga con los movimientos de ataque. El sentimiento de temor se descarga a, través de la huida.
El temor se desarrolla cuando una fuerza aparentemente superior plantea una amenaza de dolor. La cautela aconsejaría retirarse para evitar resultar herido, pero la cautela es la voz de la razón y las emociones no están sometidas al control de la razón. La opción por la lucha o por la huida dependerá del individuo y de la situación. A pesar de la fuerza superior del agresor, podemos reaccionar con ira frente a la violencia en circunstancias en las que la retirada es física o psíquicamente desaconsejable. La verdadera ira añade un considerable grado de fuerza al individuo y generalmente es suficiente para comprender una desventaja en tamaño o peso. La persona que siente ira generalmente se sostiene con la convicción de que su posición es justa o correcta.
Sin embargo, en situaciones en las cuales no puede movilizarse la ira porque el peligro es vago, desconocido o impersonal, el temor es una reacción natural. Los niños, por ejemplo, sienten temor cuando están solos en la oscuridad. Se sienten impotentes y corren o lloran. Por la misma razón, los adultos temen a lo desconocido. Es absurdo decirle a un niño que no debería temerle a la oscuridad. Puede señalarse que no hay un peligro real, pero debe reconocerse que su temor es una respuesta biológica que no puede juzgarse.
Les infligimos un daño irreparable a los niños al decirles que son cobardes, haciendo que se sientan avergonzados de sus reacciones naturales. Esta actitud irracional de los adultos se debe en parte a su confusión en cuanto a la naturaleza de las respuestas emocionales. En parte, también, representa la transferencia a los niños del trato que ellos recibieron cuando eran jóvenes e indefensos.
Si bien cuando tememos el impulso espontáneo es huir, este impulso puede bloquearse con un esfuerzo de la voluntad. La voluntad es un mecanismo de emergencia controlado por el ego, que puede, a veces, anular la respuesta emocional. Y en algunas situaciones puede salvarnos la vida. La voluntad, sin embargo, no disminuye el temor. Le permite a un individuo afirmarse o avanzar frente a él. También puede ser audaz, como cuando se utiliza la voluntad para vencer el temor en aras de la gratificación del ego.
Cuando el ego se identifica con el cuerpo, apoya las respuestas opcionales de éste y las orienta hacia acciones efectivas. Si una persona tiene miedo, el ego funcionará para asegurar su huida del peligro. Sin el control del ego que se produce a partir de la identificación con los propios sentimientos, el temor puede fácilmente degenerar en pánico. De igual manera, cuando una persona siente ira, su ego limita su comportamiento a lo necesario para evitar resultar herido o lesionado. El ego agrega un elemento racional a la ira y evita que quede fuera de control. Dado que generalmente la ira cede cuando cesa la violencia, no se la puede considerar destructiva. No sucede lo mismo con la cólera. Cuando disminuye la identificación del ego con el cuerpo y se debilita su control, el arrebato de ira generalmente estalla en cólera, que con frecuencia es destructiva para la persona y para su medio.
Como la mayoría de las funciones de la personalidad, el pánico y la cólera guardan entre sí una relación polar. Ambas se basan en una sensación de estar atrapados. Cuando una persona se enfrenta a una amenaza agobiante de dolor que no puede contrarrestarse con la huida ni con la lucha, desarrollará un sentimiento de pánico o de cólera. Si huye, su huida será desesperada, un deseo salvaje de escapar a cualquier precio. Correrá ciegamente, es decir, sin una apreciación correcta de la realidad de su situación; en otras palabras, sin el control o dirección del ego. Si no puede huir, reaccionará con cólera.