martes, 10 de marzo de 2026

La Experiencia del Placer, parte 31

 CAPITULO 8

Las respuestas emocionales

AMOR

En su búsqueda del conocimiento, el hombre diferencia y aísla los diversos fenómenos de la naturaleza. Como consecuencia de este proceso, cada aspecto tiende a perder sus conexiones con el todo y se lo ve como una variable  independiente. Cuando este proceso analítico se aplica a las emociones, éstas se definen como respuestas fisiológicas del cuerpo o bien como patrones de comportamiento que la voluntad puede adoptar o desechar. El temor, por ejemplo,  es una reacción corporal producida fisiológicamente por la secreción de adrenalina en respuesta a una situación de peligro. Aunque ni la secreción ni nuestra reacción corporal estén bajo control de la conciencia, constantemente aconsejamos a los niños que no teman, lo cual significa que pueden controlar su respuesta emocional.

Esta confusión en cuanto a la naturaleza de las emociones es más evidente en nuestras actitudes frente al amor. Nuestros sermones y nuestra literatura están llenos de instancias y admoniciones al amor.  También  suponemos, por otra parte, que el amor es un sentimiento natural en determinadas relaciones, que todas las madres naturalmente aman a sus hijos y que todos los hijos aman a sus madres. Generalmente nos sorprende descubrir que esto no siempre es así. Visto desde la conciencia, ambas actitudes tienen alguna validez. Reconocemos la importancia del amor y sería útil que nos la recordaran. La apelación al amor está destinada a reducir la concentración de la persona en su ego y a restablecer la conciencia, al menos momentáneamente, de su relación con los demás y con su comunidad. Al mismo tiempo, reconocemos que debería haber amor en todas las relaciones íntimas. 

Sin embargo, lo que no vemos es que nuestras respuestas emocionales no son fenómenos aislados. No son reacciones voluntarias o meros reflejos condicionados. Por ejemplo, el amor no puede divorciarse del placer. Nace de la experiencia de placer y su existencia depende de la expectación del placer.

El término “emoción” es un movimiento “hacia afuera, por o a partir de”. En consecuencia puede definirse a la emoción como el movimiento que surge por un estado excitado de placer o dolor. Sandor Hado clasifica las emociones en dos grupos: emociones de bienestar y emociones de emergencia. Según Rado, las emociones de bienestar, que incluyen el amor, la compasión y el afecto, son elaboraciones diferenciadas de la experiencia y de la expectación del placer. En resumen, amamos lo que nos promete placer. De manera similar, nuestra compasión se extiende a las personas con las cuales tenemos una relación  placentera. Normalmente no somos compasivos con personas que representan una amenaza de dolor. 

Las emociones de emergencia, tales como temor, ira y odio, nacen de la experimentación y de la previsión del dolor. Recuerdo y expectación juegan un importante rol en la diferenciación de la respuesta emocional a partir de las  reacciones básicas de placer-dolor. Si una situación nos ha herido, esperaremos un dolor similar si la situación se repite. Al prever el dolor, responderemos con temor o ira, según cuál sea la dirección de nuestro movimiento. Si huimos de la situación, experimentaremos temor; si la enfrentamos, intentando eliminar la amenaza del dolor, experimentaremos ira. Si el recuerdo y la expectación no guían nuestro comportamiento, nuestra respuesta estará determinada por el efecto de un contacto directo con el objeto. Un efecto placentero nos inducirá a buscar el objeto;  uno doloroso nos moverá a retiramos.

El niño recién nacido no siente ni manifiesta amor por su madre. Sus reacciones se basan en sensaciones de placer y dolor. Sin embargo, puede suponerse que desde el nacimiento ya hay capacidad de amar, pero para que florezca es necesaria la maduración de la conciencia y la experiencia del placer del contacto del niño con su madre.

Pronto llegará esta experiencia, ya que, si el niño ha de sobrevivir, su madre, o una madre suplente, deberá satisfacer sus necesidades. Cuando la conciencia en  desarrollo del niño le permita identificar estas experiencias placenteras con la madre, nacerán sentimientos de afecto por ella. Se ilumina cuando ella se acerca y se pueden ver pasar olas de excitación placentera por su cuerpo.

Desafortunadamente, al menos en nuestra cultura, el contacto de un niño con su madre no produce placer uniformemente. Si bien una madre debe satisfacer las  necesidades básicas de un niño, puede hacerlo de manera tal que perturbe el bienestar de éste. Oímos llorar a demasiados bebés y vemos a demasiados niños infelices como para tener la ilusión de que en la infancia se satisfacen todos los deseos. Los niños necesitan un contacto casi ilimitado con el cuerpo de su madre y muy pocas mujeres están preparadas para darle a un niño todo su tiempo y atención. Generalmente, sus necesidades personales entran en conflicto con las del niño. Si acceden a las demandas del niño, se sienten irritadas y resentidas. Si no lo hacen, el niño sufre alguna aflicción. En cualquier caso, generalmente se desarrolla una situación dolorosa para el niño, que limita su amor por su madre.

Con mucha frecuencia, la actitud de una madre hacia su hijo es ambivalente. El bebé no es una pura bendición. Es deseado y no deseado. En consecuencia, el niño se convierte en objeto de alguna hostilidad, principalmente inconsciente pero expresada con gestos de incomodidad, miradas de enojo, manipulaciones rudas, etcétera. No son desconocidos los actos de violencia contra niños. Se reconoce que el síndrome del niño golpeado es más común de lo que originalmente se pensaba. En su libro The Fear of Being a Woman, Joseph Rheingold documenta y demuestra que la hostilidad materna prevalece entre las mujeres. La vincula con la experiencia de la mujer en manos de su propia madre y con el conflicto entre ellas. 

Mi propia experiencia clínica apoya sus observaciones. En todos mis años de práctica, no he tratado a un solo paciente que no experimentara algún sentimiento negativo hacia su madre, plenamente justificado por las experiencias de su infancia.

Las experiencias dolorosas no dan origen a sentimientos de afecto y amor. En la medida en que se vea venir el dolor, la respuesta es cautelosa o negativa. Una persona no puede amar lo que la hiere, a menos que haya desarrollado un carácter masoquista.

Si el amor surge de la expectación del placer, su opuesto, el odio, debe surgir de la expectación del dolor. Exploraré el espectro de estas dos emociones, amor y odio,  en la próxima sección. Aquí es importante comprender su relación con el placer y con el dolor.

La relación entre el amor y el placer, que parece clara más arriba, se confunde cuando advertimos que el amor maternal es también una reacción instintiva hacia la propia descendencia. Es innato en las especies en las cuales el cuidado maternal es esencial para la supervivencia de las crías. Está tan profundamente arraigado, que, desde el momento de dar a luz, una hembra defenderá a su hijo con su vida, si fuera necesario. No obstante, aún en el reino animal el instinto no es suficientemente fuerte como para impedir que la madre destruya a sus hijos en determinadas circunstancias. Se sabe que las hembras que se encuentran en cautiverio abandonan a su cría y lo mismo ocurre a veces con las mascotas. Puede presumirse que el rechazo del animal joven se produce en circunstancias que niegan a la madre la esperanza del placer al cumplir su función. En los animales superiores, el pleno funcionamiento del instinto de amor maternal aparentemente depende del placer que normalmente brinda la satisfacción del instinto. Si falta este placer, el instinto se debilita. Por el contrario, el placer fortalece las acciones instintivas y las transforma en comportamiento consciente.

Dado que un instinto no puede desaparecer completamente, nunca hay una ausencia total de amor maternal, aun en la mujer más endurecida. A pesar del  temor de ser mujer, todas saben en su cuerpo que sólo a través de la satisfacción de su naturaleza femenina pueden experimentar la alegría de vivir. Si esta profunda conciencia se contradice con las experiencias de su vida, cuyo recuerdo la conduce a su actual comportamiento, es una mujer conflictiva, cuyo deseo de amar a su hijo es tan poderoso como su hostilidad. Sin embargo, no podemos pasar por alto el hecho de que, si no hay placer, es inevitable una actitud destructiva, y no creativa, hacia el niño.

La necesidad biológica de contacto y la cercanía de otra persona subyacen a la emoción del amor. Este contacto estimula y excita nuestros cuerpos; sin él, tienden a enfriarse y a endurecerse. La necesidad en sí se percibe como un sentimiento de anhelo, que bioenergéticamente se asemeja al hambre cuando necesitamos alimentamos. El anhelo, al igual que el hambre, se intensifica cuando la persona se ve privada de su satisfacción. Es también más fuerte en los niños pequeños, cuya necesidad de contacto es mayor. Cede levemente durante el período de latencia y  surge de nuevo durante la adolescencia, cuando se activa la función sexual.

Es importante advertir la diferencia entre el sentimiento de anhelo y la emoción del amor para comprender el amor. El anhelo guarda la misma relación con el amor que el hambre con el apetito. Tanto el hambre como el anhelo son necesidades biológicas no discriminatorias. Una persona hambrienta comerá cualquier cosa; una persona que se siente sola aceptará a cualquiera como amigo. En cambio, el apetito y el amor están dirigidos hacia fuentes específicas de placer. Tenemos apetito de ciertas comidas; amamos a una persona en particular como amigo o pareja. La persona enamorada es consciente del objeto de su amor como fuente de placer. Si a la esperanza de placer se añade el anhelo biológico de contacto o cercanía, la necesidad se transforma en verdadera emoción. 

La diferencia entre amor y anhelo se manifiesta en los modales y en el  comportamiento de la persona. El enamorado prevé el placer, su cuerpo está placenteramente excitado, cálido y abierto. La persona que anhela está triste y retraída.

El sentimiento de anhelo se denomina también de amor dependiente, generalmente confundido con el verdadero amor. Si una persona depende de otra, expresará su  sentimiento como de amor. Dirá: “Te amo”, cuando lo que quiere decir es: “Te necesito”. Necesitar y amar no son lo mismo. La necesidad indica carencia; el amor es plenitud.

Necesitar puede ser doloroso; amar es placentero. El amor dependiente ata a una persona a otra; el verdadero amor alienta la libertad y la espontaneidad, elementos esenciales del placer. La actitud dependiente reduce la posibilidad de sentir placer y, en consecuencia, dificulta, si no imposibilita, el verdadero amor. El amor dependiente está marcado por la demanda de amor o de placer; el verdadero amor brinda placer. La demanda de amor se racionaliza de la siguiente manera: Te necesito. Te quiero. Te amo; por lo tanto, tú deberías amarme.

La persona cuyo amor es dependiente, cree que su demanda de amor está justificada. Sin darse cuenta, le ha transferido a otra persona el anhelo insatisfecho de su infancia. Su dependencia refleja su experiencia infantil, en la cual dependía realmente de su madre. Entonces, su satisfacción dependía del amor de ella y se justificaba que se sintiera con derecho a ese amor por necesidad. Su inconsciente se niega a aceptar la realidad actual: 1) que ya no es un niño y 2) que el amor adulto se basa en compartir el placer.

En vista de la relación entre el amor y el placer, ¿cómo se puede exigir amor? Sin embargo, esto se hace constantemente. Los padres se lo exigen a sus hijos e  incluso consideran que ésta es una obligación del hijo como respuesta al esfuerzo que hacen por criarlo. Pueden recibir muestras de amor si logran que el niño se sienta culpable, pero la verdadera emoción no está sujeta a órdenes. Ni se lo puede ganar, cómo piensan algunas personas, mediante actos de autonegación. La esposa que se sacrifica generalmente descubre decepcionada que su esposo se ha enamorado de otra mujer. La madre que se sacrifica ,frecuentemente se entera, con sorpresa, de que sus hijos no apreciansu martirio.

Generalmente rechazamos la actitud de autonegación y las personas que disfrutan de la vida nos atraen. He oído decir a muchos pacientes: “Desearía que mi madre se hubiera dado más placeres”. 

Pero si el placer es esencial para el amor, el amor es también necesario para el placer. Ya que el amor representa el compromiso que posibilita el placer. Hemos visto que sin un compromiso con el trabajo, no hay placer en el trabajo. Es igualmente importante que una persona se comprometa en una relación si ha de disfrutar de dicha relación. El compromiso, al igual que el amor, surge de la expectación del placer. En consecuencia, es válido decir que la cantidad de placer guarda una relación directa con el grado de compromiso o con la cantidad de sentimiento que se invierta en una actividad o en una persona. 

El amor cumple otra importante función en las relaciones íntimas entre personas, de las cuales depende el ciclo de la vida. Les añade un grado de seguridad que le permite a la otra persona comprometerse en forma similar en la relación. Esta necesidad de seguridad es particularmente evidente en la relación madre-hijo. Debido a su desvalimiento absoluto, el niño necesita experimentar una sensación de seguridad tal que sólo se la puede brindar el compromiso total de su madre con su bienestar. Cualquier ruptura en su sensación de seguridad sume inmediatamente al niño en la angustia y en la ansiedad, cuyos efectos no son fáciles de superar.

Cuando advertimos que el niño recién nacido ha abandonado una situación en la que todas sus necesidades se satisfacían automáticamente, para iniciar una existencia independiente, podemos ver lo importante que es para su bienestar el amor maternal que saluda su llegada.

Los adultos no están desprotegidos, como los niños, pero en sus relaciones íntimas necesitan también una sensación de seguridad. Necesitan tener la seguridad de  que el placer de hoy no se convertirá en el dolor de mañana, por la pérdida de la persona que les brindó ese placer. El ser humano es claramente consciente de que cuanto mayor sea el placer de que disfruta hoy, mayor deberá ser el dolor que sentirá cuando el anhelo de cercanía e intimidad resurja y no se lo pueda satisfacer. Ya que la naturaleza del animal es buscar la renovación de su placer en la situación en la que lo experimentó por primera vez.

El hombre, más que ningún otro animal, vive en un presente que incluye su pasado y afecta su futuro. Es agudamente consciente, desde sus primeras experiencias, de que al abrirse al placer se expone a la posibilidad del dolor. Si ha sufrido numerosas decepciones será extremadamente cauteloso en su expectación de placer. Se reducirá su capacidad de amar y su disposición a experimentar placer disminuirá. Pero aun con los mejores antecedentes, una persona no desea comprometerse en una relación íntima que no tiene posibilidades de sostenerse. El amor es la promesa de que el placer de hoy existirá mañana. No es ninguna garantía, ni constituye una obligación. La expresión “Te amo” constituye un  compromiso que incluye el futuro en la declaración actual del sentimiento. No es una promesa de amar mañana, ya que esta emoción, como cualquier otra, surge  espontáneamente de la profundidad de nuestro ser y no está sometida a la voluntad. Sin embargo, más que esto no se exige y menos es insuficiente. Sólo con la seguridad que nos proporciona el amor podemos entregarnos plenamente al placer del amor.

Hablar de amor disociándolo del placer es moralizador. La moral nunca ha resuelto las dificultades emocionales del hombre. Por otra parte, es irresponsable acentuar la importancia del placer en desmedro de la necesidad básica de las personas de tener alguna seguridad, estabilidad y orden en sus vidas. Esto sólo puede conducir al caos y a la desdicha. La condición humana exige un enfoque creativo de sus necesidades. Debemos reconocer que cuanto más placer sintamos, mayor será nuestra capacidad de amar.

Debemos saber que al ofrecer nuestro amor, aumentamos nuestro placer. En esta sección utilicé la palabra “amor” como si fuera uniforme. En realidad, el amor abarca un espectro de sentimientos, todos relacionados con la experiencia o con la esperanza del placer. El término amplio para estos sentimientos es afecto. Los sentimientos afectuosos varían desde la amistad hasta el amor. Los describiré en la próxima sección.

 


 

lunes, 9 de febrero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 30


LA CAPACIDAD CRITICA

En su maravillosa serie de   Portraits from Memory, Bertrand Russell hace el siguiente comentario sobre sí mismo: “Cuando más deseaba que se quedara en silencio, mi intelecto escéptico me susurraba dudas, me aislaba de los entusiasmos fáciles de los demás y me transportaba a una desoladora soledad”. Aunque era consciente de que sufría debido a su intelecto escéptico, Russell no podía acallarlo. Era intrínsecamente parte del hombre y pasó a ser parte de su trabajo. Esta declaración da lugar a dos importantes preguntas: ¿Sería Russell el pensador que es,sin su intelecto escéptico? y ¿podría alguien tener un intelecto real si no incluyera un tamiz de escepticismo? Mi respuesta a ambas preguntas es “No”.

El escepticismo de Russell es una expresión de su individualidad e independencia. Es el atributo de un pensador libre que forma sus propios juicios sobre la base de su propia experiencia. Es la mente de un hombre que puede decir “no”. Nadie puede dudar de la capacidad deRussell de sostener una opinión opuesta. Lo detuvieron en 1915 por expresar su oposición al ingreso de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial. Sus colegas liberales lo condenaron al ostracismo por oponerse al comunismo ruso en los años veinte. Fue condenado por organizar la oposición a la guerra de Vietnam en 1965. A pesar de lo que se pueda pensar sobre sus acciones, nadie puede cuestionar el coraje y la integridad que movieron a esas acciones. Esta integridad es evidente en todas las obras de Russell porque es la cualidad del hombre. Sería un grave error creer que Russell carece de entusiasmo. Todo en el hombre y todas las líneas de sus obras lo muestran  enamorado de la vida, positivo en su perspectiva y constructivo en su punto de vista. Su escepticismo intelectual es el freno moderador que ejerce un ego seguro  sobre un carácter entusiasta. 

En cambio, los entusiasmos fáciles del individuo común son una búsqueda desesperada de significado y seguridad. Carente de un centro interior de  convicción, el hombre masa se vincula a cualquier idea nueva que momentáneamente pueda servir para sostener su vacilante ego. El entusiasmo fácil es el signo de un amante inconstante.

La capacidad crítica o intelecto escéptico no es lo mismo que ser negativo o desconfiado. La verdadera crítica exige un punto de vista basado en la experiencia y sostenido por un razonamiento objetivo y claro. La experiencia de la cual depende la capacidad crítica debe ser personal, no un dogma que nos han enseñado. Criticar desde el punto de vista de un dogma es la señal de una mente cerrada. Russell no es incrédulo. Cree en la humanidad. Cree que los seres humanos tienen una capacidad innata de vivir en armonía con su mundo y de se   felices. Pero no es ingenuo ni tiene la ilusión de que exista una respuesta simple al dilema humano. Es un erudito que estudió el pensamiento de otras personas y está, en consecuencia, bien informado. Su creatividad deriva de su persistente esfuerzo por integrar estos dos mundos, el subjetivo y el objetivo.

La crítica es esencial para el pensamiento creativo. Cada avance en la adquisición del conocimiento nace a partir del cuestionamiento y la negación de los conceptos  establecidos. No puede realizarse ningún movimiento hacia adelante en el pensamiento sin trascender y, en consecuencia, modificar una interpretación o formulación anterior. Copérnico rechazó el concepto ptolomeico por el cual la Tierra era el centro del universo y demostró que era un planeta que giraba en una órbita alrededor del sol.

Darwin negó la visión escolástica según la cual Dios había creado a cada especie animal. Así nació la teoría de la evolución. Einstein negó que la física de Newton fuera aplicable a los fenómenos astronómicos e introdujo la teoría de la relatividad. El psicoanálisis no habría revelado los secretos del inconsciente si Freud no hubiera desafiado las ideas aceptadas de la histeria. En consecuencia, estos  logros fueron posibles porque cada uno de estos hombres tuvo su propia opinión y el coraje de decir “no”. La mente inquisitiva es el intelecto escéptico de una persona entusiasta y curiosa.

Todos los individuos tienen algo que añadir a su reserva de conocimiento, basándose en el carácter único de sus experiencias personales. No hay dos personas que vean el mundo con los mismos ojos. Cada persona tiene un cuerpo  único y vive una existencia única. En consecuencia, todos podemos ser pensadores creativos si aceptamos nuestra individualidad. Sin embargo, rechazamos nuestra individualidad cuando subordinamos nuestro propio  pensamiento a la voz de la autoridad. Debemos aprender lo que sabe la autoridad, pero sólo aprenderemos cuando escuchemos a la autoridad con nuestra capacidad crítica activa.

Se adquiere conocimiento cuando se desglosa la información y se la asimila a la personalidad. Hasta que no se haga esto, la información es como una herramienta que es inútil porque la persona no sabe cómo usarla. Aprender no es simplemente cuestión de adquirir información. La persona erudita sabe cómo aplicar esta información a la vida, especialmente a su s propia vida. La ha relacionado con sus sentimientos y la ha integrado en su experiencia. Se ha convertido en un segundo sentido, que es la verdadera naturaleza del conocimiento. Esto es lo que queremos expresar cuando decimos, por ejemplo, que un carpintero sabe cómo construir un armario. Obviamente tiene la información necesaria pero también posee la habilidad que le permite utilizar esta información sin pensar demasiado en ella. Su información forma parte de su habilidad, que es verdadero conocimiento. Su pericia lleva el sello de su experiencia y en su área de trabajo identifica su individualidad.

Un carpintero aprende su oficio realizándolo y un niño aprende sobre la vida viviéndola. No podemos enseñarle a un niño cómo vivir. La enseñanza imparte información que debe transformarse en conocimiento para ser útil. El catalizador de esta transformación es la experiencia personal. La información que se ensambla con la experiencia propia se convierte en conocimiento; el resto pasa por la mente sin ser asimilado y pronto se lo olvida.

¿Cuántos recordamos las matemáticas o la historia de nuestra escuela secundaria? ¿Cuánto retuvimos para la vida posterior de lo que nos enseñaron nuestros profesores en la universidad? Mucho del aprendizaje real que se realiza en la universidad es extracurricular; lo recibimos de nuestros compañeros, en las reuniones sociales y a través de las actividades externas. Sin embargo, esto a menudo justifica el precio de la educación universitaria.

El énfasis que pone el sistema educativo de Estados Unidos en la enseñanza en lugar del aprendizaje refleja la creencia inconsciente en que la información es más valiosa que el pensamiento. Conscientemente, todos los educadores desean que sus alumnos aprendan, pero consideran que es mucho más importante transmitirles la información que se les ha encargado impartir. ¿Por qué se hace tanto hincapié en la información? ¿Es un artificio para impedir que las mentes jóvenes cuestionen los valores que subyacen a una cultura? Con seguridad, la cantidad de información que se exige que aprendan los alumnos no les deja tiempo para el pensamiento creativo. Se supone que habrá creatividad una vez que se haya adquirido la información, pero en ese momento se habrá perdido el  placer de aprender y se habrá sofocado el impulso creativo.

La tesis doctoral de posgrado, el último paso en el proceso educativo, revela la propensión del sistema educativo norteamericano hacia la información en lugar del conocimiento. Se desalienta el pensamiento creativo en favor de la investigación. Resulta irrelevante que la investigación no tenga ningún significado personal para el estudiante y que la información que brinda no tenga valor para la sociedad. Es información y, en nuestra era informatizada, suponemos ingenuamente que con la suficiente información podemos resolver todos los  problemas de la humanidad.

¿Qué lugar puede ocupar el pensamiento creativo en un mundo informatizado? Si lo único que necesitamos es información, ¿no estamos abandonando la función creativa de la personalidad humana? Sin una chispa creativa desaparece el placer de la vida. Nos convertimos en robots cuyo comportamiento está determinado electrónicamente porque nuestras acciones pueden calcularse electrónicamente. Esta no es una perspectiva placentera, pero puede suceder si no afirmamos nuestra individualidad.

Debemos conservar el derecho de pensar por nosotros mismos, pero no podemos hacerlo si nuestro pensamiento se basa sólo en estadísticas. Supongamos que cuatro de cada cinco personas prefieren cierto producto, ¿es ésta una razón para que usted prefiera ese producto? Si es así, significa que usted no tiene gusto y que no puede juzgar por sí mismo. Pero usted sostendría que una preferencia tan marcada indica que el producto es superior. Sin embargo, su intelecto escéptico  debería informarle que en un mercado masivo las preferencias se crean por la publicidad. Aunque es común que el valor de un producto puede comprobarse  personalmente, los publicistas saben que el público en general tiene escaso gusto y carece de capacidad crítica. Si pensaran de otra manera, no basarían su publicidad en encuestas de preferencia.

El gusto es el fundamento de la función crítica. Sin sentido del gusto, la persona no tiene la base para la crítica. El juicio que no expresa un sentimiento personal es  moralizante. El crítico que, por ejemplo, aprueba o desaprueba una obra dramática debido a sus ideas, sin decir si disfrutó con ella o no, emite un juicio moral, no un  análisis crítico. Si el gusto personal de un crítico no constituye el criterio para su juicio, aquél está actuando como una autoridad que cree que tiene un conocimiento superior de lo bueno y lo malo. Mi intelecto escéptico cuestiona su derecho a emitir tales juicios. El gusto de una persona puede coincidir o no con el mío, pero si lo expresa honestamente puedo respetar su juicio.

Si una persona tiene gusto, puede expresarlo sobre la base de sus sentimientos, ya sea que le agrade o no una cosa. Saber lo que nos agrada y nos desagrada es un conocimiento subjetivo. Puede decirse que esa persona sabe lo que quiere. Si, además, la persona puede decir por qué le agrada o le desagrada algo, es decir, si puede sustentar su gusto con razones sensatas, tiene capacidad crítica.

Aunque queramos que nuestros hijos sean pensadores creativos y desarrollen la capacidad crítica, negamos su gusto y les imponemos el nuestro. En casa y en la escuela intentamos mejorar su gusto diciéndoles lo que debería agradarles. No advertimos que el sentido del gusto nace en la persona y que, si bien es posible perfeccionarlo, no se lo puede crear. Puede ampliarse el gusto exponiéndolo a  nuevas experiencias, pero la persona que no sabe lo que le agrada o desagrada no logra nada de esta manera.

Nacemos con sentido del gusto, porque desde ese momento somos capaces de distinguir el placer del dolor. Perdemos el sentido del gusto cuando no se tienen en cuenta nuestras elecciones y se nos priva del derecho a decir “No”.

Todos los cursos de apreciación artística, programas de apreciación musical, la literatura que se enseña en la escuela sólo reúnen información. Rara vez contribuyen a desarrollar el gusto. Si se pregunta por qué, la respuesta es que se los presenta autoritariamente. De antemano nos dicen que éste es un arte elevado, una bella música o buena literatura y que deberían gustamos. Estamos en la  misma posición que el niño cuya madre le dice lo que debe gustarle, ya que ella sabe más. ¿Quién puede responder con placer a esta persuasión? Y si no respondemos con placer, ¿cómo podemos considerar lo que nos ofrecen como un  objeto bello? Lo que obtenemos de la presentación autoritaria es información, no conocimiento y ciertamente no una apreciación de lo bello.

El resultado concomitante a la sociedad de masas es la producción de una cultura de masas. Tal vez parezca una gran bendición para la humanidad la reproducción de las obras de los grandes maestros a precios que todos puedan pagar, pero el efecto real de este esfuerzo comercial es la reducción del valor de estas obras a mera información. El exceso de información puede ofuscar la mente y el exceso de exposición puede adormecer el gusto. Cuando la escultura se convierte en un fenómeno de masas, se pierde el buen gusto. Las distinciones entre alto y bajo, bueno y malo se desvanecen cuando desaparece el gusto.

No me opongo a la idea de que todas las personas tengan derecho a conocer la cultura en que viven. Sin embargo, no creo que pueda acercarse la cultura a las  masas. El rol de la cultura es transformar al hombre masa en un verdadero hombre, pero para hacerlo se debe reconocer la individualidad de cada persona, apoyar su lucha por el placer y respetar plenamente su derecho a decir “no”. No deberíamos confundir información con conocimiento. Este último se adquiere sometiendo la información al juicio de los sentidos. El individuo no aprende sólo con la cabeza, sino con el corazón y con todo su ser. Se conoce verdaderamente aquello que se aprende de esta manera. Lo que se conoce sólo con la cabeza es  información.

El aprendizaje es una actividad creativa. La promesa de placer nos inspira a aprender y esta promesa se cumple cuando efectivamente aprendemos algo. Buscamos información para profundizar nuestro conocimiento y aumentar nuestro placer. No necesitamos que nos fuercen a adquirirlo, como lo hacen tantos sistemas educativos. Cuando la educación está orientada hacia el placer, la  escuela se convierte en una aventura gozosa hacia el autodescubrimiento.



 

martes, 3 de febrero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 29

 AUTODOMINIO Y “NO”

Todo organismo está rodeado de una membrana que lo separa de su medio y determina su existencia individual. Esto significa que se trata de un sistema de energía autocontenida y que todos sus intercambios con el medio se producen a través de esta membrana, cuyo funcionamiento normal determina la salud del organismo. Si es demasiado porosa, el organismo se derramará sobre lo que lo rodea; si es impermeable, no entrará nada. Toda membrana viva tiene una permeabilidad selectiva que, por ejemplo, permite que entren los alimentos y que los productos de desecho fluyan hacia afuera.

En un ser humano, la membrana funcional del cuerpo está compuesta por la piel, el tejido adiposo y conectivo subyacente y los músculos estriados o voluntarios. Estos músculos están incluidos en esta membrana porque forman una funda alrededor de todo el cuerpo debajo de la piel y, al igual que la piel, juegan un rol en la función de la percepción.

La piel y los órganos sensoriales de la superficie del cuerpo reciben todos los estímulos que ingresan. Los músculos voluntarios, junto con los nervios propioceptivos participan en la percepción de los impulsos que salen. Existen otras  membranas superficiales en el cuerpo humano, tales como las que envuelven a las vías digestivas y al sistema respiratorio, pero éstas no están directamente vinculadas a la personalidad.


La relación de esta membrana funcional con la conciencia puede comprenderse mejor si se considera al cuerpo como una célula única. Los estímulos que actúan
sobre la superficie desde fuera, dan origen a sensaciones si su intensidad es suficiente como para producir un efecto sobre la superficie De la misma manera, los impulsos que provienen del interior del cuerpo se perciben cuando llegan a la superficie. La conciencia es un fenómeno de la superficie: en él participan la superficie de la mente y la superficie del cuerpo. Freud definió al ego, que abarca las funciones de percepción y conciencia, como “la proyección de una superficie sobre una superficie”. Lo que sucede en la superficie del cuerpo se proyecta sobre la superficie de la mente, donde tiene lugar la percepción.

Dentro del cuerpo se producen muchos hechos o movimientos que no llegan a la conciencia. Comúnmente no somos conscientes de la acción del corazón, no percibimos nuestros movimientos intestinales y no sentimos la producción ni el flujo interno de la orina. Generalmente, surge la sensación y se produce la percepción cuando una actividad interna afecta lasuperficie del cuerpo. Por ejemplo, cuando el corazón late con tanta fuerza que provoca un golpe en el pecho, sentimos que el corazón salta.
Teóricamente, los impulsos se originan en el centro de un organismo y se dirigen hacia afuera, hacia los objetos del mundo exterior. Sin embargo, no somos conscientes de estos impulsos hasta que llegan al sistema muscular, donde puede tener lugar una acción que satisfará el objetivo del impulso. La percepción no depende de la contracción real de los músculos. Se percibe un impulso cuando los músculos están “dispuestos” a actuar o “preparados” para responder.

Un sistema muscular demasiado flexible o carente de cohesión deja pasar los impulsos sin un adecuado control del ego y antes de que estén completamente registrados en la conciencia. El comportamiento de las personas con este defecto será demasiado impulsivo o histérico. A pesar de su hiperactividad o de sus explosiones violentas, en estas personas se reduce la sensibilidad. Muestran una deficiencia en la autocontención o autodominio y sus egos pueden calificarse de débiles. La impulsividad y el comportamiento histérico son comunes en ciertas personalidades esquizoides. En cambio, una membrana inflexible, que obedece a una pauta general de rigidez muscular, bloquea la expresión de sentimientos y limita la liberación de los impulsos. La persona rígida muestra una falta de
espontaneidad y su comportamiento tiende a ser compulsivo y mecánico. La rigidez muscular también disminuye la sensibilidad, ya que el sistema muscular no
puede reaccionar ni responder libremente.

La membrana límite, especialmente la piel, cumple también una función protectora con respecto a las fuerzas que entran. Le permite al individuo tamizar los estímulos y distinguir los que requieren respuesta de los que se pueden ignorar. Cuando la piel está insuficientemente cargada, como en el estado esquizofrénico, el individuo se siente fácilmente agobiado por los estímulos que provienen de su medio. En nuestro lenguaje común, hipersensibilidad equivale a ser de piel fina, e insensibilidad, a ser de piel gruesa. Cualquier parte del cuerpo que quede
temporalmente desnuda de piel, es tan sensible que aún soplar suavemente sobre la zona es extremadamente doloroso.

El “no” funciona como membrana psicológica que es en muchos aspectos similar a la membrana fisiológica descrita arriba. Impide que las presiones externas agobien al individuo y le permite discriminar entre las demandas y los incentivos a los cuales siempre está sometido. Lo protege de una impulsividad exagerada, ya que la persona que puede decirles “no” a los demás puede también decirle “no” a sus propios deseos cuando sea necesario. Define las fronteras del ego de un individuo, tal como la membrana física define las fronteras del cuerpo.

Decir “no” es una expresión de oposición que sirve de piedra angular al sentimiento de identidad. Oponiéndose a otro, la persona está efectivamente diciendo: “Yo soy yo, no soy tú, yo tengo mi propia mente”. ¿Pero qué sucede con la persona que constantemente parece decir “no” y no puede decir “sí”? Siempre surge esta pregunta cuando toco este tema en las conferencias. La persona que no puede decir “sí” teme que su asentimiento la comprometa irrevocablemente con un curso de acción. No cree tener derecho a cambiar de opinión y su posición negativa es una defensa contra el temor a ser dominada. Su “no” no es una declaración de oposición sino de retirada o de no participación. Es un freno pasivo, no un acto para contrarrestar al otro. Cuando su “no” se analiza en el diván, su poder vocal es débil y sus movimientos carecen de coordinación. Generalmente, cae frente a un desafío.

La fuerza del “no” como expresión de autoafirmación deriva del conocimiento del sí-mismo. Para poder decir “no” con efectividad, la persona debe saber quién es y qué quiere. Los deseos y el impulso sólo pueden conocerse cuando llegan a la superficie o a la membrana límite del organismo. La fuerza de esta membrana depende, en consecuencia, de la carga interna del organismo. Sin embargo, al mismo tiempo, protege la integridad de éste. El derecho a decir “no” garantiza el derecho a saber. Existe una relación de doble dirección entre la lucha por el placer y la capacidad de decir “no”, entre la autoexpresión y la autoafirmación.

La autoafirmación implica que la persona tiene su propia opinión. Implícito en el concepto de tener una opinión propia está el derecho y la capacidad de cambiar de opinión. Habiendo expresado su propia opinión y afirmado su propia personalidad, la persona estará más dispuesta a escuchar el punto de vista de los demás. Cambiar un “no” por un “sí” es relativamente fácil; es mucho más difícil invertir el
procedimiento. Más aún, el “no” le da a la persona tiempo para pensar y decidirse y su asentimiento final puede considerarse entonces como el resultado de una decisión madura. Para conocer su mente, le debería importar su“no”.

Sin la capacidad de decir “no”, el asentimiento es meramente una forma de sumisión y no la libre expresión de la voluntad. Podemos sospechar que hay una capa de negatividad reprimida subyacente a esta actitud de sumisión e instintivamente desconfiamos de una persona que no puede decir “no”. En mi trabajo terapéutico he visto reiteradamente cómo los pacientes que desarrollan la capacidad de decir “no” tienen actitudes más positivas y se tornan más seguros de su identidad. Ganan autodominio. Esta mejora se ejemplifica con el siguiente caso.

Algunos años atrás traté a una joven, Lucy, de aproximadamente dieciocho años que era marcadamente retrasada en su desarrollo emocional e intelectual. Además, su coordinación muscular estaba gravemente afectada, condición típica de los retrasados. Superficialmente, era una persona muy agradable y placentera que hacía, un leve esfuerzo por realizar los ejercicios y movimientos que yo le  sugerí. Sin embargo, sus movimientos tenían una duración muy limitada y representaban un gesto de cooperación en lugar de un compromiso serio con la actividad. Por ejemplo, pateaba el diván varias veces, diciendo “No” en voz baja y
sin convicción. Luego se detenía, después de unos cortos instantes de actividad, y me miraba para ver si yo lo aprobaba o no. Era obvio que Lucy necesitaba mi
aprobación y así lo hice, alentándola al mismo tiempo a dejarse llevar más plenamente por estas expresiones.

El tratamiento de Lucy apuntaba al fortalecimiento del ego a través de su oposición
afirmativa y al desarrollo de una mejor coordinación muscular. Se utilizaron también ejercicios de bioenergética para profundizar su respiración y aflojar su cuerpo. Me complació observar que al final de cada sesión había una notable mejoría en la paciente. Levantaba la voz con más facilidad y sus ideas comenzaron a fluir más
libremente. Sobre todo, disminuyó la tristeza de sus ojos y gestos.

Su capacidad para expresar sus sentimientos estaba bloqueada por extremas tensiones físicas en el cuerpo. Los músculos de la parte posterior de su cuello estaban contraídos en duros nódulos. El intento de deshacerlos con masajes era doloroso y yo siempre me detenía cuando se atemorizaba. Sin embargo, en cada sesión podía trabajar con algo más de fuerza con ella. Al principio, Lucy no podía
tolerar ningún estrés durante más de unos instantes. Su tolerancia aumentó lentamente cuando aflojaron las tensiones y su respiración se hizo más libre y profunda. Inicialmente movía los brazos y las piernas como una marioneta, sin ritmo ni sentimiento. Cuando ganó una sensación de libertad, al expresarse, sus movimientos se cargaron más de sensibilidad. Golpeaba y pataleaba con más vigor y se elevó el timbre y la intensidad de su voz cuando gritaba “No” y “No lo haré”. El resultado fue una mejoría constante en su coordinación.

La terapia de Lucy finalizó cuando su familia se mudó a otro lugar de Estados Unidos. Habíamos trabajado juntos una vez por semana, durante dos años. Al final, hubo ocasiones en las que un observador casual habría tomado a Lucy por una persona normal. Había progresado considerablemente y yo esperaba que, con aliento y apoyo, continuaría haciéndolo. Tuvo la fortuna de encontrar este tipo de apoyo en un miembro de su familia.

La causa del retraso mental es generalmente la lesión cerebral y probablemente los casos más severos tengan este origen, pero en este caso la historia clínica no revelaba ningún trauma o enfermedad que pudiera justificar el estado de Lucy. Fuera de la práctica médica he visto otros dos casos en los que se desarrolló una incapacidad emocional e intelectual en niños normales que, agobiados por sus padres, se volvieron sumisos por temor. Pueden caber escasas dudas de que el temor, especialmente un temor constante, tenga un efecto de anulación de la
personalidad. Sólo se puede lavar el cerebro de la persona cuando el temor la ha privado de su juicio.

El “no” de un niño puede suprimirse, pero no eliminarse. Se mantiene operativo en el inconsciente y se estructura en tensiones musculares crónicas, principalmente en la región del cuello y la cabeza. Los músculos que hacen rotar la cabeza de un lado a otro en el gesto de negación se vuelven rígidos y espásticos para inhibir este gesto. Se endurece el cuello de la persona y su “no” silencioso se transforma en obstinación inconsciente. Los músculos de la mandíbula se contraen de manera tal que ésta adquiere una expresión rígida y desafiante o una actitud de encerrarse en el sí mismo.

Se desarrollan tensiones musculares en la garganta para reprimir el grito desafiante. Estas tensiones musculares crónicas representan una negación inconsciente. Dado que estas tensiones musculares reducen la motilidad del individuo, éste está efectivamente diciendo: “No me moveré”. Su rigidez corporal constituye una resistencia inconsciente que toma el lugar de la oposición que él no podría expresar. Desafortunadamente, se transforma en una actitud generalizada contra cualquier demanda del medio y en consecuencia se autoanula.

Si no se reprime el “no”, sino que se bloquea su expresión normal, esto conduce al comportamiento negativo irracional. Este es un problema que enfrentan muchos
maestros en su esfuerzo por mantener el orden en el aula. Una de mis pacientes, que enseñaba en primer grado en el sistema escolar de Nueva York, lo resolvió muy ingeniosamente. La mayoría de sus alumnos provenían de hogares de bajos recursos y muchos de ellos sufrían perturbaciones emocionales. Generalmente, su trabajo en el aula se veía interrumpido por una constante inquietud que  ocasionalmente estallaba en desobediencia activa. En lugar de intentar luchar contra esta inquietud con disciplina más estricta, que tal vez no habría dado resultado, organizaba la negatividad bloqueada de los niños. En la mitad de cada
sesión de la mañana, o de la tarde, hacía que sus alumnos formaran una fila y marcharan por el aula golpeando el piso con los pies y gritando: “No, no lo haré. No, no lo haré”. Este procedimiento iba seguido de ejercicios de respiración. Mi
paciente no intentó evaluar objetivamente los resultados de su experimento, pero me dijo cuánto le sorprendió la efectividad del procedimiento. Después de expresar sus sentimientos negativos, los alumnos eran mucho más receptivos con ella y con el trabajo escolar.

LA CAPACIDAD CRITICA

martes, 27 de enero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 28

 CAPITULO 7   

Autoconocimiento y autoafirmación

CONOCIMIENTO Y NEGACIÓN

Una persona no puede ser consciente de su individualidad si no tiene el derecho y la capacidad de afirmarla. Dicho con claridad, el autoconocimiento depende de la autoafirmación. Afirmarse a sí mismo implica la idea de oposición y difiere en este aspecto de expresarse a sí mismo, que no tiene esta connotación. La autoafirmación es la declaración de la propia individualidad frente a las fuerzas que la niegan.

Dichas fuerzas están en la sociedad y en el hogar. Para salvaguardar la individualidad de la persona, la Constitución de los Estados Unidos contiene la garantía de la libre expresión cuyo elemento esencial es el derecho a disentir. Sin el derecho de expresar la oposición, la individualidad se debilita y se socava la creatividad. Con frecuencia me ha impresionado observar que la incapacidad de un paciente de conocerse a sí mismo se corresponde con su incapacidad de decir “no”. Ante preguntas tales como: “¿Tenía rabietas cuando era niño?” o “¿Le dieron pecho?”, invariablemente responde: “No sé”. La falta de conocimiento sobre la propia infancia es algo comprensible, sabiendo que Freud demostró que los  primeros recuerdos de la infancia se reprimen. Sin embargo, aún preguntas relacionadas con el presente —“¿Por qué sonríe?”, “¿Qué siente?”, “¿Qué desea?”— con frecuencia dan lugar a la misma respuesta: “No sé”.

La incapacidad de decir “no” se manifiesta en el comportamiento del paciente bajo el estrés de las situaciones de la vida. No puede decirles “no” a las figuras con autoridad, no puede rechazar amablemente exigencias que considera excesivas y no puede resistirse a las presiones de su medio social. La misma dificultad se hace  evidente en la terapia cuando el paciente intenta gritar “No” y “No lo haré”, golpeando con los puños y pateando la cama. Su voz carece de convicción y resonancia. Sus movimientos carecen de coordinación y son débiles. Con  frecuencia, se detecta una nota de temor en la voz mediante la presencia de una inflexión ascendente, o se acorta el sonido y esto da la impresión de una protesta  ineficaz. Aun un observador que mira las acciones del paciente en una película, nota la falta de autoafirmación.

El paralelo entre el desconocimiento del sí-mismo y la debilidad caracterológica de la capacidad de decir “no” me hizo pensar que debe existir una conexión lógica entre ambos. Cuando el paciente dice “No sé”, ¿está también diciendo “No niego”, es decir, “No digo “no’ ”? La similitud de sonido entre las palabras “sé” y “no”** puede ser simplemente casual, pero da lugar a la pregunta: ¿Hasta qué punto es la negación un ingrediente esencial del conocimiento?

El conocimiento es una función de discriminación. Para saber qué es A, se lo debe distinguir de todo lo que es no-A. El conocimiento surge del reconocimiento de las diferencias. La primera diferencia que puede reconocer un organismo es la que existe entre lo que siente que es bueno para el cuerpo, o placentero, y lo que siente que es doloroso. Incluso distinciones tan elementales como el día y la noche, la luz y la oscuridad, arriba y abajo, se encuentran fuera del alcance del ser humano recién nacido. Hasta que abre los ojos, el bebé vive en un mundo en el cual el sí-mismo corporal es el universo y el otro, el no-sí- mismo, no existe en la conciencia. Cuando comienza a distinguir, unos de otros, los diferentes aspectos del mundo exterior, el bebé los identifica, en su mente, como sensaciones corporales. La madre se convierte en la persona que transforma la angustia en contento, el hambre en saciedad. En este nivel temprano, el comportamiento del bebé es puramente impulsivo. Sus reacciones son involuntarias. No ha aprendido a pensar y no ha adquirido ningún conocimiento.

El paso de la respuesta impulsiva al pensamiento exige la introducción de una frustración y de una negación. Si las acciones impulsivas de un organismo fueran capaces de satisfacer todas sus necesidades y deseos, el pensamiento consciente sería innecesario. La necesidad del pensamiento consciente surge cuando los patrones automáticos de comportamiento no satisfacen al organismo. En todos los  experimentos de aprendizaje con animales, la frustración es la palanca que obliga al animal a aprender un nuevo comportamiento para alcanzar el fin deseado. En uno de los más famosos experimentos de este tipo se colocó una banana fuera de la jaula de un mono y fuera de su alcance. Después de varios intentos inútiles de alcanzar la banana con el brazo, el mono finalmente descubrió un palo que le  habían dejado dentro de la jaula. Utilizando el palo pudo acercar la banana. En las oportunidades posteriores, utilizó el recurso del palo después de menos esfuerzos inútiles para alcanzar la banana con la mano. Podría decirse que el mono aprendió una nueva habilidad, que el aprendizaje implicó pensamiento y que en el proceso adquirió el conocimiento sobre una nueva forma de utilizar el palo.

El rol de la frustración en el pensamiento es evidente; el de la negación es oscuro. La frustración no necesariamente conduce a pensar; puede transformarse, con la misma facilidad, en ira o cólera. Estas son, de hecho, las respuestas más naturales a la frustración. Sólo puede haber pensamiento cuando la energía del deseo frustrado se aparta de esta vía de liberación. Un tiempo antes de que la frustración se vuelva agobiante, el animal debe detener el esfuerzo inútil. “Detente a pensar” es una antigua máxima.

El “detente”, que es tan esencial para el pensamiento, es un “no” silencioso, una orden negativa de un centro superior que frena la reacción emocional y deja que una facultad superior tome el control. Esta orden que detiene un esfuerzo inútil, y encauza la energía del impulso por un nuevo canal, es la voz del ego en su función creativa. En el impulso creativo participan tres elementos: el primero es un fuerte impulso que busca la satisfacción en el placer; el segundo es una frustración que  impide la satisfacción a través de las acciones habituales, y el tercero es un grado de autocontrol y autodisciplina que impide que el impulso frustrado se convierta en un comportamiento destructivo. Si la motivación del placer es débil, el esfuerzo puede conducir a un sentimiento de resignación. Si la autodisciplina es débil se transformará en cólera.

Un ego sano tiene las riendas de las respuestas involuntarias del cuerpo. No sustituye con sus ilusiones los deseos del cuerpo. Su influencia es restrictiva y es el fundamento del autodominio. Esto se ilustra con el siguiente incidente. Un joven que conocí quedó atrapado en una peligrosa contracorriente y descubrió que, a pesar de que estaba haciendo sus mejores esfuerzos por nadar, no podía salir. Advirtiendo que comenzaba a atemorizarse y a desesperarse, se dijo: “No te dejes ganar por el pánico”. Después de pensar un instante, observó que debía ahorrar  fuerzas y pedir auxilio. Así lo hizo y lo rescataron. Este ejemplo podría multiplicarse muchas veces.

Yo sostengo que la capacidad de decirse “no” a sí mismo y de decirles “no” a los demás son meramente las dos caras de una misma moneda. Si se niegan el derecho y la capacidad de afirmar la propia oposición, la autodisciplina y el autodominio necesariamente sufrirán.

Ahora encaremos esta cuestión de una forma algo diferente. Cuando nuestro hijo crezca, inevitablemente entrará en conflicto con sus padres. Pero supongamo que  es de una naturaleza inusual, que escucha todo lo que dice su madre y cumple sus órdenes al pie de la letra. “Come este puré”, le ordena su madre, y el niño obedece fielmente. Si este programa continuara a todos los niveles, ¿cómo aprendería el niño a pensar? No necesitaría pensar, ya que mamá sabe más. No necesitaría aprender, dado que su madre prevería todos los problemas y controlaría todas las  contingencias. No adquiriría ningún conocimiento, ya que no necesitaría de él. Afortunadamente, ningún niño normal nace con esa predisposición, ya que terminaría siendo un idiota impotente.

Cuando un niño obedece una orden, se lo priva de la oportunidad de aprender y de adquirir conocimientos. Esto no significa que nunca se le deban dar órdenes a un niño. Las órdenes son necesarias en emergencias, pero no en las situaciones de aprendizaje. Esto último requiere un libre juego de voluntades, si ha de haber pensamiento.

El “No niego” comienza en el hogar. Se inicia cuando un padre avasalla la oposición de un niño e impone su voluntad por encima de las objeciones de éste. Esto es tan común que generalmente pasa inadvertido. Después de todo¿qué sabe un niño? Un padre sabe más y con seguridad niega mejor. Pero los problemas en los cuales surge el conflicto entre padres e hijos rara vez son solucionables con un  conocimiento superior. Un niño se aleja unos pasos en el supermercado y su atenta madre le ordena que regrese. Si el niño no responde con suficiente rapidez, es probable que su iracunda madre lo levante de un sacudón. He visto esto varias veces. Es sorprendente la dureza con que se dan estas órdenes. “Deja de hacer eso”, “Siéntate* “No corras”, “No toques los caramelos” se expresan con tonos tan  autoritarios que me sorprendo cuando algunos niños se resisten con tanta temeridad.

El observador que mira a padres e hijos sólo puede deducir que ésta es, rara vez, una cuestión de “mamá sabe más”; más bien se trata de una cuestión de autoridad y obediencia. A un niño debe enseñársele a obedecer a sus padres; de lo contrario, temen, no podrán ejercer ningún control sobre él y podrá volverse malo. Este temor pasa por alto el hecho de que el niño es un ser social cuyas acciones espontáneas son autoexpresivas y no autodestructivas.

Desde el momento de su nacimiento, sus respuestas están orientadas por impulsos arraigados en la sabiduría del cuerpo. Si partimos de la premisa de que la disciplina debe imponerse desde fuera, no puede desarrollarse una verdadera autodisciplina. El niño se vuelve sumiso por temor: esto no es lo mismo que autocontrolado. El niño “bueno” y obediente que sacrifica su derecho de decir “no” pierde la capacidad de pensar por sí mismo. Creer que los niños “irán por mal camino” si no se les impone disciplina muestra una falta de fe en la naturaleza humana. Los niños no son intrínsecamente monstruos, pero pueden transformarse en tales cuando los padres son hostiles y reprimen su independencia. A los ojos de un niño, ese padre  es un monstruo al cual sólo puede oponerse con sus propios métodos. Así, el niño se torna como su padre.

 Es sorprendente la facilidad con que las personas olvidan la ley fundamental de la reproducción: de tal padre, tal hijo. La cualidad monstruosa de un padre es su falta de respeto por la individualidad de su hijo. Es inhumano que un padre no acepte a su hijo tal como es sino que trate de moldearlo según una imagen, que tiene en su propia mente, de lo que debería ser el niño.

Todos los niños atraviesan una fase negativa en su desarrollo. Entre los dieciocho meses y los dos años le dirán “no” a muchas exigencias y ofertas de sus padres. Este “no” revela que el niño es cada vez más consciente de que puede pensar por sí mismo. Frecuentemente es tan espontáneo que el niño puede efectivamente decir “no” a algo que le gusta. Recuerdo haberle ofrecido a mi pequeño hijo una de sus galletitas preferidas. Antes de reconocerla siquiera, dio vuelta la cabeza con un gesto de rechazo. Sin embargo, una rápida mirada lo convenció de que era un  objeto deseado y lo buscó. Pero cualquier insistencia de mi parte habría afirmado su negativa inicial.

El permitirle o no a un niño efectuar su propia elección en cualquier situación depende de las circunstancias. En principio, siempre debemos respetar el derecho de un niño a decir “no”. En la práctica, es aconsejable dejar que el niño haga lo que desee siempre que sea posible. Esto le permitirá desarrollar su sentido de la responsabilidad por su propio comportamiento, que es una tendencia natural en  todos los organismos. Cuando los primeros esfuerzos de un niño por establecer una norma autorreguladora son rechazados por los padres, surgen conflictos difíciles de superar. El niño que tiene el derecho de decirles “no” a sus padres, crece y se convierte en un adulto que sabe lo que quiere y quién es.

La imposición de patrones de pensamiento se denomina popularmente lavado de cerebro. Se puede lavar el cerebro de una persona sólo cuando se vencen su resistencia y voluntad. Se la debe privar de su derecho a decir “no”. Mientras tenga ese derecho, intentará descubrir las cosas por sí misma. Puede cometer errores, pero aprenderá. Los pacientes que son incapaces de expresar su oposición no  podrán descubrir nada por sí mismos. Esperan que el terapeuta les dé respuestas que no tiene. No saben qué quieren realmente o quiénes son. Afortunadamente, a muy pocos pacientes se les lava completamente el cerebro. La mayoría de ellos sufren una relativa limitación en su capacidad de autoafirmarse, pero esta limitación es la responsable de sus dificultades y de su falta de autoconocimiento.