viernes, 22 de mayo de 2026

La Experiencia del Placer, parte 35

 VERGÜENZA Y HUMILLACIÓN

El sentimiento de vergüenza, al igual que el de culpa, tiene un efecto desintegrador sobre la personalidad. Destruye la dignidad de un individuo y socava su sentido del Sí-mismo. Sentirse humillado en general es mucho más traumático que ser herido físicamente. La cicatriz que deja rara vez sana de manera espontánea. Se experimenta como una mancha de la personalidad y generalmente se requiere un considerable esfuerzo terapéutico para eliminarla.

En nuestra cultura, pocas personas crecen sin experimentar algún sentimiento de vergüenza o humillación. Se avergüenza a la mayoría de los niños para que se comporten civilizadamente. Se les hace sentir vergüenza si aparecen desnudos en público, si no desarrollan el control de sus deposiciones y si no aprenden modales propios de la mesa. Recuerdo una escena en una reunión familiar en la cual mi hijo de dos años y medio se estaba metiendo entre la blusa de su madre para tomar  algo de su “lechecita”. En esa época todavía se amamantaba. Viendo esta acción, su abuelo dijo: “¡No te da vergüenza, un chico grande como tú, que todavía quiera  mamar!”. Le pregunté al abuelo, que nació y se crió en Grecia, cuánto tiempo se había amamantado. Cuando me respondió: “Cuatro años o más”, advirtió qué irracional había sido su comentario anterior.

Existen muchas actitudes irracionales vinculadas a la vergüenza. En una época en que el pecho femenino se expone públicamente para el deleite de los adultos, se considera vergonzoso que una mujer amamante a su hijo en público. Y mientras no mucho tiempo atrás una mujer joven se hubiera avergonzado de no ser virgen, hoy puede avergonzarle admitir que todavía lo es. La minifalda, que hoy es socialmente aceptable, antes hubiera sido una fuente de vergüenza. Por lo mismo, llevar un vestido largo hasta la rodilla confundiría o avergonzaría a la mujer moderna.

Es obvio que la vergüenza está estrechamente relacionada con los estándares de comportamiento socialmente aceptados. Así como toda cultura tiene su sistema de valores, toda sociedad tiene su código de conducta, que encarna estos valores. Si hemos de comprender la sensación de vergüenza, es importante reconocer que ese código de conducta no es siempre el mismo para cada miembro de la sociedad. Puede variar considerablemente con la posición social del individuo.

 Esto se hace inmediatamente evidente cuando advertimos que el comportamiento que una clase de persona consideraría vergonzoso, puede ser considerado como aceptable por otra. Los modales en la mesa son un buen ejemplo. Una persona en una familia de clase alta se sentiría avergonzada si comiera en compañía de sus amigos con los modales de un campesino. Los modales en la mesa, al igual que la  dicción y la vestimenta, reflejan la crianza y los antecedentes de la persona y, en consecuencia, se los considera signos de su posición social. Una persona se  sentirá avergonzada si su conducta en estos ámbitos la hace darse cuenta de su inferioridad social. Tal vez el ejemplo extremo sea la vergüenza que embargaba a un gentilhombre inglés del siglo pasado que se veía forzado a trabajar. Se asociaba el trabajo con las clases bajas y ésta era una señal de inferioridad social.

La vergüenza, sin embargo, tiene raíces más profundas que la distinción de clases. Hay acciones que se consideran vergonzosas sin tener en cuenta la posición social de la persona. Estas acciones corresponden a las funciones corporales de excreción y sexualidad. En nuestra cultura, se entrena a todos los niños, desde temprana edad, en la limpieza de los excrementos y este entrenamiento  necesariamente indica una sensación de vergüenza en cuanto a esta función. Todos los adultos llevan dentro de la estructura de su ego un sentido de la vergüenza en cuanto a ensuciarse o mojarse, aún cuando estos hechos sean  inevitables. Lo vergonzoso no es la función sino la manera de cumplirla.

Si un hombre orinara en la calle, recibiría de los transeúntes miradas destinadas a avergonzarlo. Y si estuviera en pleno uso de sus facultades mentales, es decir ni ebrio ni psicótico, se avergonzaría. La vergüenza no reside en el acto de orinar, sino que se origina en el hecho de que ésta no es una forma socialmente aceptada de comportarse para un hombre. A un niño pequeño se le puede permitir actuar de esta manera y a nuestras mascotas se les permite “hacer sus necesidades” en  público, pero cuando una persona se comporta como un animal lo consideramos vergonzoso.

La primera distinción de clases, y en la que se origina el sentimiento de culpa, es la que existe entre el hombre y los animales. Esta distinción se da en todas las culturas y está basada en que el hombre se considera superior a los animales. Decirle a una persona que se comporta como una bestia o que en la mesa tiene los modales de un animal, es un comentario despectivo. Aunque el comportamiento en cuestión puede no ser típico de un animal, el comentario está realmente destinado a expresar que es impropio en un ser humano. El hombre, a diferencia del animal, vive según un conjunto de valores conscientes. Estos valores varían en  las diferentes culturas, pero sean cuales fueren subyacen al sentimiento de vergüenza cuando no se obedece a ellos.

Los valores son juicios del ego sobre el comportamiento y los sentimientos y, como todas las funciones del ego, pueden actuar para producir placer o para negarlo. La limpieza es un ejemplo simple. Valoramos la limpieza — algunas personas dicen que es algo próximo a la santidad— porque nos hace sentir que en cierta medida controlamos nuestro medio inmediato. Una casa sucia o llena de polvo indica una falta de control. Rebaja al ego a vivir como un puerco. Dado que la limpieza  agranda el ego, puede aumentar el placer que se siente en la casa. También puede decirse que la limpieza es más saludable, pero esto sólo se da con una limpieza mínima. El polvo, suciedad o desperdicios normales que perturbarían a un ama de casa común no amenazan la salud. Sin embargo, cuando la limpieza se convierte en un valor disociado, cuando se vuelve una obsesión, puede estropear seriamente el placer que se siente en el hogar. En demasiados hogares se sacrifica el placer de vivir, por un estado de limpieza que sólo tiene sentido en relación con el sentimiento de vergüenza del ama de casa porque su hogar no está a la altura de algún estándar. Para muchas personas, la suciedad es un reflejo personal que disminuye la propia posición o status.

La vergüenza y el status están estrechamente relacionados. Si el propio status dentro de un grupo dependiera de tener un automóvil nuevo, la persona se sentiría avergonzada si condujera un automóvil viejo. De la misma manera, si el status dentro de un grupo estuviera determinado por la medida en que se rechazan los valores establecidos, entonces la suciedad podría convertirse en un nuevo valor y el individuo que se viste con demasiado esmero se avergonzaría frente a quienes sostienen el nuevo valor si buscara aceptación. Sólo sobre esta base podemos  comprender la atracción de las nuevas modas adolescentes.

Antes una persona se habría avergonzado de no usar zapatos, mientras que ahora, en algunos círculos, se avergüenzan de no andar descalzos. En la medida en que  existan valores del ego que determinen posición y status surgirá el sentimiento de vergüenza.

El status, como hemos visto anteriormente, juega también un importante rol en las sociedades animales. Sin embargo, está determinado por factores diferentes de los que utilizamos nosotros. En la mayoría de los grupos de animales se desarrolla una jerarquía en la cual los miembros más fuertes y agresivos están en la cima del orden y los más débiles y jóvenes abajo. Nunca se cuestiona esta desigualdad, basada en dotes naturales. Por otra parte, no conduce a sentimientos de superioridad o inferioridad, ni provoca vergüenza entre los miembros del grupo. Las diferencias se aceptan como hechos de la naturaleza y no se deben a juicios basados en valores del ego.

Entre las personas existen diferencias naturales, y debido a que se las acepta como un hecho, no provocan vergüenza. Estas diferencias determinarán un orden de prestigio y autoridad. El luchador más valiente será elegido naturalmente para dirigir a su grupo hacia el combate. Los hombres más viejos y sabios son normalmente los consejeros. Cada miembro de una verdadera comunidad  encuentra el lugar apropiado para aplicar su talento y sus habilidades y no se siente avergonzado si ese lugar es diferente o inferior del de los demás. A nivel del cuerpo, cada persona se siente igual a las demás; comparte las mismas funciones y tiene las mismas necesidades y deseos.

Este sentido de igualdad existe entre los niños, que viven mucho más en función de su sensibilidad corporal y que aún no han desarrollado un conjunto de valores del ego. Cuando se desarrollan estos valores y se convierten en la base a partir de la cual se determina la relativa posición social de unos con respecto a los otros, se pierde el sentido corporal de igualdad y se juzga a los individuos como superiores o inferiores. La vergüenza deriva de la conciencia de inferioridad. Cualquier acto que haga que la persona se sienta inferior la hará sentirse también avergonzada. La vergüenza y la humillación van de la mano. Ambas le quitan al individuo la dignidad, el respeto a sí mismo y el sentimiento de que es igual a (tan bueno como) los demás.

En consecuencia, puede decirse que todas las personas que carecen de sentido de dignidad y que se sienten deficientes sufren un sentimiento de vergüenza y humillación que puede ser consciente o inconsciente. La desaparición gradual de las diferencias de clase ha disminuido el sentimiento de vergüenza en muchos  aspectos de la vida. Hay una creciente aceptación del cuerpo y sus funciones. La exhibición del cuerpo, que en el pasado se hubiera considerado vergonzosa, hoy es socialmente aceptable. Lo mismo ocurre con las referencias al sexo en público. 

En realidad a algunos observadores puede parecerles que las personas han perdido todo sentido de la vergüenza. Desafortunadamente, no es verdad. Con  frecuencia se niegan los sentimientos yendo al extremo opuesto.

Al rechazar un valor del ego, eliminamos la vergüenza que atañe sólo a ese valor. Pero nuevos valores toman su lugar y se convierten en los criterios de status, dando origen a sentimientos de vergüenza cuando el propio comportamiento no alcanza a cumplir con los nuevos estándares. Observo que las personas se avergüenzan de sus cuerpos cuando no se adaptan a la moda del momento. La nueva moda respecto de los cuerpos es la juvenil. Muchas personas se sienten avergonzadas porque sus cuerpos se ven algo gordos o porque sus vientres son  protuberantes. En otras épocas, éstos eran signos de abundancia y se los valoraba en consecuencia. La apariencia juvenil es un valor del ego que puede o no  aumentar nuestro placer. Si parecemos jóvenes porque nos sentimos vibrantes y vivos, éste es un valor positivo. Pero hacer pasar hambre al cuerpo y estirar los músculos para satisfacer una imagen del ego no es el camino hacia el placer corporal. 

El éxito es otro valor del ego y muchas personas se sienten avergonzadas porque no alcanzaron el éxito que otros miembros del grupo parecen haber obtenido.  Observo que muchas personas están avergonzadas de sus sentimientos. Aun en la terapia, se sienten confundidas al admitir sus debilidades, avergonzadas de llorar,  humilladas al reconocer su temor e impotencia. “No seas llorón” es una manera de avergonzar a un niño para que reprima su desdicha. “No seas cobarde” avergüenza a un niño para que reprima su temor. La lucha excesiva por el éxito que caracteriza a nuestra cultura tiene sus raíces en la humillación a la que se somete a los niños cuando no están a la altura de la imagen de sus padres.

La vergüenza, al igual que la culpa, es una barrera para la autoaceptación. Nos vuelve autoconscientes y, en consecuencia, nos quita la espontaneidad, que es la esencia del placer. Coloca al ego en contra del cuerpo y, al igual que la culpa, destruye la unidad de la personalidad. La salud emocional no es posible en el individuo que lucha contra un sentimiento de vergüenza.

¿Significa esto, entonces, que los seres humanos deben renunciar a sus modales civilizados para liberarse de esta carga? Yo pienso que no. Una civilización requiere formas civilizadas de comportamiento si ha de funcionar armoniosamente. Yo no estoy dispuesto a renunciar a nuestra civilización, aunque creo que deberían introducirse muchos cambios en ella. Debemos eliminar el uso de la vergüenza en nuestros métodos educativos. Se la emplea porque los padres y maestros no confían en los impulsos naturales de un niño. Suponen que se resistirá a aprender  modales civilizados a menos que se lo presione. Olvidan que el animal humano quiere y necesita ser aceptado por su comunidad y que hará todos los esfuerzos para aprender los modales aceptados. Se facilitará este esfuerzo si se asocian  estos modales con el placer y no con el dolor de la vergüenza.

Educar a un niño con placer en lugar de vergüenza es un enfoque creativo de la enseñanza de los modales civilizados. En este enfoque no se utilizan ni premios ni  castigos. Si el patrón de comportamiento de un hogar conduce al placer, un niño adoptará este patrón espontáneamente. Naturalmente, imitará a sus padres si ve   que su manera de actuar torna la vida más agradable. Y aprenderá las formas aceptadas de interrelación social cuando vea que éstas facilitan las relaciones  interpersonales.

Algunas madres me han preguntado qué pueden hacer con un niño que se resiste a ir al retrete e insiste en usar pañales. Dejando de lado el trabajo adicional que puede darle a la madre, la única persona que queda verdaderamente disminuida es el niño. Sea cual fuere el miedo que puede tenerle al retrete, es improbable que  persista en sus modales infantiles cuando vea que otros niños se han liberado de esta incapacidad. Si la madre pudiera superar su propio sentimiento de vergüenza, este problema se resolvería naturalmente. Nunca he conocido a un niño que siguiera utilizando pañales en la escuela. Una gran comprensión del sentimiento del niño evitaría un serio conflicto que podría tener efectos traumáticos. Si no se  juzga a un niño, aprenderá los modales civilizados a través de su lucha natural por el placer, sin desarrollar un sentimiento de vergüenza. 

Al dividir la unidad de la personalidad, el sentimiento de vergüenza produce su  opuesto, la vanidad. Al igual que la persona con sentido de la vergüenza, la persona vanidosa es autoconsciente, aunque su juicio sobre su aspecto personal es positivo. ¿No es la vanidad una reacción al estado previo de vergüenza?

Habiendo reprimido todos los aspectos de su comportamiento y apariencia que la hacían sentirse avergonzada, ahora puede desfilar como modelo de su clase, y efectivamente, lo hace.

Pero es sólo un modelo, no un ser humano. Los sentimientos normales con respecto al cuerpo, que están libres de los juicios de valor, son la modestia y el orgullo naturales, una persona expresa su identificación con su cuerpo y el placer y la alegría de su funcionamiento.


lunes, 27 de abril de 2026

La Experiencia del Placer, parte 34

 CAPITULO 9

Culpa, vergüenza y depresión

CULPA

En nuestra cultura hay demasiadas personas que están llenas de sentimientos de culpa y vergüenza o sufren depresión. Sus vidas emocionales están confundidas y  llenas de conflictos. En este estado es muy improbable que puedan tener un enfoque creativo de la vida y, de hecho ,esta tendencia a la depresión indica una conciencia interna del fracaso.

¿Cómo se origina el sentimiento de culpa? No es una emoción verdadera, derivada de la experiencia de placer o dolor. No está arraigada en los procesos biológicos del cuerpo. Fuera del hombre, no se la encuentra en el mundo animal. En consecuencia, debemos suponer que la culpa es un producto de la cultura y de los valores que la caracterizan. Estos valores se encarnan en principios morales y códigos de conducta con los que los padres adoctrinan a los hijos y que pasan a formar parte de la estructura del ego del niño. Por ejemplo, se enseña a la mayoría de los niños que mentir está mal. Si ellos aceptan este principio y luego dicen una mentira, se sentirán culpables. Y si se rebelan contra la enseñanza, se ven forzados a entrar en conflicto con sus padres, lo cual también puede producir sentimientos de culpa.

El problema se complica más porque se considera mal mentir en situaciones de confianza. Se lo considera incorrecto porque se siente que es malo; es decir, provoca un estado de dolor en el que engaña porque perturba la armonía entre él y aquellos que confían en él. En consecuencia, hay alguna justificación para el precepto moral por el cual no se debería mentir, pero rara vez se utiliza esta justificación biológica en la enseñanza de los principios éticos. En cambio, los padres y otras personas se apoyan en una actitud doctrinaria, que vuelve rígido el  principio moral y lo disocia de su conexión con la vida emocional del individuo. 

Un principio moral que se ha convertido en una norma autoritaria necesariamente  entrará en conflicto con el comportamiento espontáneo deu n individuo, que se guía por el principio de placer-dolor. Una cultura sin un sistema de valores carece de sentido.

La cultura en sí es un valor positivo. Una sociedad sin un código de conducta aceptado, basado en principios morales, degenera en anarquía o dictadura. Cuando el hombre desarrolló la cultura y trascendió el estado puramente animal, la moral comenzó a formar parte de su modo de vivir. Pero ésta era una moral natural basada en el sentimiento de lo bueno y de lo malo, especialmente aquello que promovía el placer en Contraposición a aquello que conducía al dolor. Ilustraré este concepto de moral natural con otro ejemplo de la relación padres-hijos. A un padre normal le duele la falta de respeto de su hijo y al niño lo perturba el dolor de su padre. Todos los hijos quieren respetar a sus padres; esto es moral natural. Sin embargo, no lo harán si esto conduce a una pérdida de respeto hacia sí mismos, a una renuncia a su derecho a la autoexpresión.

Si el padre respeta la individualidad del niño, y sobre todo su lucha por el placer, habrá mutuo respeto entre el padre y el hijo, lo cual aumentará el placer y la alegría que cada uno experimenta con el otro. En esta situación ni el padre ni el hijo incubarán sentimientos de culpa.

El sentimiento de culpa surge cuando se impone un juicio moral negativo sobre una función corporal que está fuera del control del ego o de la conciencia. Por ejemplo,  sentirse culpable de tener deseos sexuales no tiene sentido desde el punto de vista biológico. El deseo sexual es una respuesta corporal natural a un estado de excitación y se desarrolla independientemente de la voluntad. Tiene origen en las funciones del placer del cuerpo. Si se juzga a este deseo como moralmente malo, significa que la conciencia se ha vuelto contra el cuerpo. Cuando esto sucede se rompe la unidad de la personalidad. En todos — los individuos trastornados emocionalmente hay sentimientos conscientes o inconscientes de culpa que alteran la armonía interna de su personalidad.

La aceptación de los propios sentimientos no implica que tengamos el derecho a actuar sobre la base de ellos en cualquier situación. El ego sano tiene el poder de controlar el comportamiento para adecuarlo a la situación. La falta de poder en un ego débil, o personalidad enferma, puede conducir a acciones destructivas para los individuos y para el orden social. Aunque la sociedad tiene el derecho y la  obligación de proteger a sus miembros del comportamiento destructivo, no tiene derecho a etiquetar como malos los sentimientos en sí mismos.

La distinción es más clara si reconocemos la diferencia entre la culpa como juicio moral de los propios sentimientos y la culpa como juicio legal de las acciones de una persona. Esta última implica determinar qué cierto comportamiento ha violado una ley establecida. La primera da origen a un sentimiento que generalmente no guarda ninguna relación con las propias acciones. Una persona que viola una ley es culpable de un delito, se sienta culpable o no. Un niño que experimenta hostilidad hacia sus padres puede sentirse culpable, aunque no haya cometido ningún acto destructivo.

El sentimiento de culpa es una forma de autocastigo. Cualquier sentimiento o emoción puede convertirse en fuente de sentimientos de culpa, si se lo vincula a un juicio moral negativo. Sin embargo, generalmente, son nuestros  sentimientos de placer, deseos sexuales o eróticos, y la hostilidad los que están teñidos con estos juicios, que derivan directamente de actitudes paternas y en última instancia de costumbres sociales. Al niño se lo hace sentir culpable de sus luchas por el placer a fin de convertirlo en un trabajador productivo, y se lo hace sentir culpable de su  hostilidad para volverlo obediente y sumiso. Durante este entrenamiento se destruye su potencial creativo.

La mayoría de los esfuerzos psicoterapéuticos están orientados a la eliminación de los sentimientos de culpa a fin de restablecer la integridad de la personalidad. Ya que es el sentimiento de culpa el que socava el poder del ego de controlar el comportamiento por el bien del individuo y de la comunidad Y es el sentimiento de culpa el que mueve a las personas a actuar de forma destructiva impidiendo los  procesos autorreguladores naturales del cuerpo. En todo niño obediente hay un rasgo de rebeldía que puede surgir en cualquier momento. En toda persona sexualmente reprimida existen tendencias a la perversión. Todo individuo privado de placer se ve tentado por la aventura que promete diversión.

Para eliminar el sentimiento de culpa, primero se debe hacer consciente la culpa. Puede parecer contradictorio hablar de un sentimiento que no se siente, pero el hecho es que en las personas hay sentimientos latentes, es decir sentimientos que han sido reprimidos y que están bajo la superficie de la conciencia. Los mejores ejemplos están en el reino del sexo. En el cambiante mundo de hoy, muchas  personas niegan sentirse culpables por sus actividades sexuales. Guiadas por la moral de la diversión, creen que “todo vale” entre dos “adultos que consienten”, siempre que nadie resulte herido. En consecuencia, se jactan de que no se sienten culpables de su promiscuidad sexual o de sus relaciones extramatrimoniales. No obstante, cuando les pregunto a algunas de estas personas que me consultan por  la masturbación su expresión es de disgusto. Creen que la masturbación es mala y la evitan. Se quejan de que no experimentan placer en la masturbación. ¿Pero cómo es posible? Si disfrutan del sexo, deberían disfrutar de la masturbación cuando no hay una pareja sexual disponible. 

Cuando admiten que se sienten mal después de masturbarse, puede señalarse que éste es un sentimiento de culpa sin sus implicaciones morales. Pronto se evidencia que sus otras actividades les dejan sentimientos mezclados. Sienten algún placer, pero también algún dolor en forma de dudas sobre sí mismos y autocastigo.

La carga del sentimiento de culpa deriva de la emoción natural. Cuando una emoción se expresa plenamente y se libera la excitación, la persona se siente bien. Tiene un sentimiento de placer y satisfacción. Sin embargo, cuando no se expresa plenamente una emoción, la excitación residual no descargada deja a la persona insatisfecha, descontenta y mal. Este sentimiento de malestar puede interpretarse como de culpa, pecado o maldad, según cuál sea el juicio moral. Es inútil evitar las etiquetas de culpa o pecado para cambiar la sensación de malestar subyacente.

Una experiencia de completa satisfacción y placer no deja espacio para que actúe la culpa.La culpa crea un círculo vicioso. Si una persona se siente culpable de sus deseos sexuales, no podrá entregarse totalmente a estos deseos o comprometerse sinceramente en la relación sexual. Su actividad sexual en estas condiciones no puede ser completamente satisfactoria o agradable. El freno del inconsciente, empujado por la culpa, introduce un elemento doloroso en la experiencia y la persona sale de ella con la sensación de que fue de alguna manera "mala”. Para sentirla como buena, una actividad debe ser agradable o placentera. Entonces, realmente se la siente como buena. Cuando carece de esta cualidad, se puede suponer que no fue totalmente buena y la persona necesariamente se sentirá tanto o más culpable que antes.

En consecuencia, la existencia de sentimientos inconscientes de culpa se evidencia en una menor capacidad de sentir placer, en un énfasis en la  productividad, en el éxito y en la persecución frenética de la diversión. Negándose el placer, las personas pueden enmascarar su culpa, pero esta maniobra también traiciona su culpa. Su capacidad reducida de gozar la vida está originalmente causada por la culpa. Los “debes” y “no debes” con que se cría a los niños tienen un efecto insidioso que induce a la culpa, aun cuando se eviten palabras tales  como “malo” y “pecaminoso”. “No debes perder el tiempo* es un imperativo común. La noción misma de perder el tiempo es un reflejo de la culpa inconsciente.

Cuando el niño haya crecido, el sentimiento de culpa y las inhibiciones que produce se habrán estructurado en su cuerpo en forma de tensiones musculares crónicas. Mientras tanto, puede haberse vuelto rebelde, expresando su desafío  mediante métodos que sus padres no aprobarían, pero este procedimiento no modifica la culpa subyacente. Puede inclusive aumentarla. Puede creer racionalmente que se ha liberado de la culpa, pero sólo la reprime a niveles en los  que resulta inaccesible. Enla medida en que el cuerpo esté atado a tensiones musculares crónicas que limiten su motilidad y reduzcan la autoexpresión del individuo, no puede negarse la existencia de la culpa inconsciente.

La culpa está unida no sólo a la lucha por el placer sino también a sentimientos de hostilidad. Ambos están directamente relacionados; un niño se vuelve hostil cuando se frustra su búsqueda de placer y se le castiga y se le hace sentir culpable de su enfado. He aquí nuevamente una lista de cosas que “debes” y “no debes” hacer. “No debes gritar”, “Debes escuchar a tus padres”, “No debes enfadarte”, etcétera. Dado que el niño siente la hostilidad resultante como mala, se convence de que él es malo. Él es el culpable.

Una de mis pacientes me hizo ver la relación entre la ira reprimida y la culpa. Me dijo que se sentía terriblemente culpable y que decidió golpear la cama con una raqueta de tenis. Este es uno de los ejercicios terapéuticos de la bioenergética. Lo hacía con todo el rigor, entregándose totalmente a la actividad. Cuando había terminado, el sentimiento de culpa desaparecía totalmente. “La culpa — dijo— no es más que ira reprimida.”

Sin embargo, he tenido pacientes que no podían golpear el diván terapéutico eficazmente. No obtenían ninguna satisfacción con esta actividad. Muchos decían que era tonta. En tales casos, el análisis siempre revela un sentimiento de culpa por la expresión de la hostilidad, especialmente hacia la madre. En consecuencia, el paciente no puede comprometerse con la actividad. Analizando la culpa subyacente, y con práctica constante, el paciente se vuelve más agresivo, golpea con más fuerza y con más sentimiento. Puede ser sorprendente, pero cuando se  descarga toda la hostilidad, el paciente no siente culpa y resurge el afecto hacia sus padres. 

Dado que el sentimiento de culpa es una forma de autocastigo, se lo puede superar con autoaceptación. Subjetivamente, somos lo que sentimos. Negar un sentimiento o emoción es rechazar una parte de uno mismo. Y cuando una persona se rechaza a sí misma le queda un sentimiento de culpa. Las personas  rechazan sus sentimientos porque tienen una imagen idealizada de sí mismas que no incluye sentimientos de hostilidad, temor o cólera. Sin embargo, el rechazo es sólo mental; los sentimientos aún están allí, enterrados y cubiertos con la costra de la culpa.

El rechazo inicial es siempre el de los padres. "Eres un niño malo porque no obedeces a tus padres”; si esto se repite lo suficiente, puede lavar el cerebro del niño para que crea que es malo. Ningún niño nace bueno ni malo, obediente ni desobediente. Nace como un animal, con la tendencia instintiva del animal a buscar el placer y evitar el dolor. Si este comportamiento es inaceptable para sus  padres, también lo es el niño. El padre que cree que ama al niño pero no puede aceptar su naturaleza animal básica, es culpable de autoengaño.

El sentimiento original de culpa nace de la sensación de no ser amado. La única explicación que un niño puede formular a este estado de cosas es que no merece el amor. Es incapaz de pensar que el error está en su madre. Este concepto se desarrollará más tarde, cuando haya obtenido más objetividad. A edad temprana, su salud mental y su supervivencia dependen de que vea a su madre bajo una luz positiva, como la “buena madre”, todopoderosa y protectora. Los aspectos del comportamiento de su madre que contradicen esta imagen se niegan y proyectan sobre una “mala madre” que no es realmente la verdadera. Esta reacción del niño es coherente con la visión según la cual el amor maternal es innato e instintivo. Si la madre es “buena”, el niño deberá ser malo, dado que estas categorías sólo se aplican a opuestos. Estas distinciones no surgen cuando madre e hijo satisfacen sus necesidades mutuas y se proporcionan el placer del amor.

De la misma manera que algunos sentimientos se juzgan moralmente malos, otros se juzgan moralmente superiores. Estos sentimientos se cultivan deliberadamente  y la persona representa un espectáculo de amor, compasión y tolerancia que no se sienten genuinamente. Este pseudoamor produce una sensación de bienestar moral, pero no de placer. La persona recta no ama porque tenga la esperanza de un placer sino como un deber u obligación moral. Dicho comportamiento está destinado a ocultar los sentimientos contrarios. El pseudoafecto de la persona recta cubre su hostilidad reprimida. 

La persona recta ha reprimido su lucha por el placer en favor de un ego de superioridad moral. Ha reprimido también su sentimiento de culpa por sus verdaderas emociones. Su rectitud, sin embargo, traiciona su culpa, ya que la rectitud y la culpa son como la cara y la cruz de una misma moneda. Una no existe sin la otra, aunque no se muestran ambas a la vez. Cada persona que se siente culpable tiene también un sentimiento oculto de superioridad moral.


martes, 24 de marzo de 2026

La Experiencia del Placer, parte 33

IRA Y TEMOR

El otro par de emociones, ira y temor, está relacionado con la experiencia o con la expectación del dolor. Su afloramiento a la conciencia coincide con el crecimiento y  con la coordinación del sistema muscular. Antes de cumplir el primer año de vida, un niño comienza a reaccionar frente al dolor y a la angustia con movimientos volitivos. Su respuesta anterior, puramente involuntaria, se manifestaba llorando, sacudiéndose, retorciéndose y pataleando sin ton ni son. Estos movimientos expresan un sentimiento de irritación que, cuando el niño se hace más fuerte, se  convierte en ira. En lugar de intentar evitar una situación desagradable, tirará lejos un objeto que le disgusta, empujará con los brazos o incluso morderá cuando se sienta frustrado o herido. La emoción de ira lentamente anula el llanto como medio de liberación de la tensión. La ira de un niño, sin embargo, es generalmente ineficaz para cambiar su situación y suele dar paso al llanto, el mecanismo básico  de liberación de la tensión.

Hablando en general, la ira es una respuesta más efectiva que el llanto, dado que apunta a eliminar la causa del dolor. En consecuencia, se necesita capacidad para  discernir una causa y conocer el objeto contra el cual ha de ser dirigida la ira. El llanto da una sensación de impotencia ante la situación, mientras que con la ira se supera esa sensación.

En el sentimiento de ira, la excitación carga el sistema muscular de la parte posterior del cuerpo, movilizando los poderosos movimientos de ataque. Los principales órganos de la agresión están localizados en el extremo superior y  delantero del cuerpo, debido a que este extremo está directamente conectado con la necesidad de buscar y tomar el alimento. En consecuencia, la ira se experimenta como una oleada de sensaciones hacia arriba por la parte posterior del cuerpo y hacia la cabeza y los brazos. Esta oleada de sensaciones está asociada a un fuerte flujo de sangre hacia estos lugares, que justifica que algunas personas literalmente vean todo rojo cuando su ira es muy intensa. Si hay inhibiciones y tensiones que bloquean estas sensaciones, puede aparecer una jaqueca causada por la tensión. 

El llanto, en cambio, se experimenta como un abatimiento. En el llanto, la carga se retira del sistema muscular y la tensión se libera en una serie de sollozos  convulsivos. La ira es, en muchos aspectos, como una tormenta eléctrica. Cuando la ira se descarga por medio de movimientos violentos, el rostro se aclara y se recupera el bienestar. El llanto es como una lluvia suave.

La ira y el temor pertenecen al grupo de las emociones de emergencia; ambas activan el sistema simpático-adrenal para brindar la energía adicional para la lucha o para la huida. En ambas emociones, el sistema muscular se carga y se moviliza para la acción. Si se trata de un sentimiento de ira, el organismo ataca la fuente del dolor. Cuando se trata de temor, se vuelve y huye del peligro. Estas dos direcciones opuestas de movimiento reflejan lo que sucede en el cuerpo. El movimiento hacia arriba por el lomo, que eriza los pelos del cuello de un perro, junto con un  movimiento de la cabeza hacia adelante y una bajada de los hombros es la preparación para un ataque. El movimiento hacia abajo, a lo largo del lomo, provoca la contracción de la zona de la cola y la carga de las piernas para la huida. 

En un estado de temor pone pies en polvorosa. Si huir es imposible, la excitación queda en el cuello y en el lomo, sube los hombros, abre completamente los ojos, empuja la cabeza hacia atrás y mete el rabo entre las patas. Dado que ésta es una típica expresión de temor, esta actitud corporal indica que la persona está en un constante estado de temor, sea o no consciente de él.

La vía del flujo de excitación en la ira, por la espalda y hacia la cabeza, puede explicarse por el hecho de que en el hombre, como en la mayoría de los mamíferos, los órganos primarios de ataque son la boca y los dientes. El impulso de morder es la forma primordial de expresar ira. Casi todos los niños muerden y a veces lo hacen también los adultos, particularmente las mujeres. Es una forma muy efectiva de ataque, dado que causa un dolor intenso, pero tiene la desventaja de requerir un contacto muy cercano. La acción de golpear, que tiene una variedad más amplia y permite más maniobrabilidad, ha anulado, en consecuencia, el  mordisco como principal expresión física de ira. Pero cuando una persona está muy iracunda, su rostro generalmente adopta una expresión de gruñido que está asociada con el mordisco.

Las inhibiciones del mordisco son parcialmente responsables de muchos de los trastornos que impiden expresar la ira. Estos trastornos adoptan la forma de una incapacidad de sentir ira, ataques de histeria y persistentes sentimientos de  irritación. La ira, como todas las verdaderas emociones, es una expresión egosintónica. A diferencia de las reacciones histéricas, no estalla contra la intención consciente; está dirigida por el ego y apunta a un resultado positivo, a saber,  eliminar una causa de frustración o dolor. La ira no es hostilidad, ya que no es un rechazo ni un congelamiento.

Las inhibiciones del mordisco impiden el flujo de excitación hacia la cabeza y la boca y bloquean la experiencia natural de esta emoción. La incapacidad de las personas de “morder la vida” o de “hincar los dientes en una situación” es uno de los resultados de la represión del impulso de morder. No abogo por que se aliente a los niños a morder; pero no se los debería castigar por el mordisco ni por alguna otra expresión de ira. La persona a quien se niega el derecho de expresar ira queda indefensa. Queda reducida a un estado de temor e impotencia que intentará superar manipulando a su medio. Bioenergéticamente, se ha demostrado que debajo de todos los sentimientos crónicos de temor e impotencia subyace ira reprimida.

La correspondencia entre temor e ira es tal, que lo uno se convierte en lo otro. Si una persona atemorizada se vuelve para atacar, se irritará y perderá el temor. Esto  sucede porque el flujo de excitación ha cambiado de dirección dentro del cuerpo. Su nuevo sentimiento es la percepción de este cambio. Cuando una persona que ataca comienza a retirarse, temerá por la misma razón. El sentimiento de ira se descarga con los movimientos de ataque. El sentimiento de temor se descarga a, través de la huida.

El temor se desarrolla cuando una fuerza aparentemente superior plantea una amenaza de dolor. La cautela aconsejaría retirarse para evitar resultar herido, pero la cautela es la voz de la razón y las emociones no están sometidas al control de la razón. La opción por la lucha o por la huida dependerá del individuo y de la  situación. A pesar de la fuerza superior del agresor, podemos reaccionar con ira frente a la violencia en circunstancias en las que la retirada es física o  psíquicamente desaconsejable. La verdadera ira añade un considerable grado de fuerza al individuo y generalmente es suficiente para comprender una desventaja en tamaño o peso. La persona que siente ira generalmente se sostiene con la convicción de que su posición es justa o correcta.

Sin embargo, en situaciones en las cuales no puede movilizarse la ira porque el peligro es vago, desconocido o impersonal, el temor es una reacción natural. Los niños, por ejemplo, sienten temor cuando están solos en la oscuridad. Se sienten impotentes y corren o lloran. Por la misma razón, los adultos temen a lo desconocido. Es absurdo decirle a un niño que no debería temerle a la oscuridad. Puede señalarse que no hay un peligro real, pero debe reconocerse que su temor es una respuesta biológica que no puede juzgarse.

Les infligimos un daño irreparable a los niños al decirles que son cobardes, haciendo que se sientan avergonzados de sus reacciones naturales. Esta actitud irracional de los adultos se debe en parte a su confusión en cuanto a la naturaleza  de las respuestas emocionales. En parte, también, representa la transferencia a los niños del trato que ellos recibieron cuando eran jóvenes e indefensos.

Si bien cuando tememos el impulso espontáneo es huir, este impulso puede bloquearse con un esfuerzo de la voluntad. La voluntad es un mecanismo de emergencia controlado por el ego, que puede, a veces, anular la respuesta emocional. Y en algunas situaciones puede salvarnos la vida. La voluntad, sin embargo, no disminuye el temor. Le permite a un individuo afirmarse o avanzar frente a él. También puede ser audaz, como cuando se utiliza la voluntad para vencer el temor en aras de la gratificación del ego.

Cuando el ego se identifica con el cuerpo, apoya las respuestas opcionales de éste y las orienta hacia acciones efectivas. Si una persona tiene miedo, el ego funcionará para asegurar su huida del peligro. Sin el control del ego que se produce a partir de la identificación con los propios sentimientos, el temor puede fácilmente degenerar en pánico. De igual manera, cuando una persona siente ira, su ego limita su comportamiento a lo necesario para evitar resultar herido o lesionado. El ego agrega un elemento racional a la ira y evita que quede fuera de control. Dado  que generalmente la ira cede cuando cesa la violencia, no se la puede considerar destructiva. No sucede lo mismo con la cólera. Cuando disminuye la identificación del ego con el cuerpo y se debilita su control, el arrebato de ira generalmente estalla en cólera, que con frecuencia es destructiva para la persona y para su medio.

Como la mayoría de las funciones de la personalidad, el pánico y la cólera guardan entre sí una relación polar. Ambas se basan en una sensación de estar atrapados.  Cuando una persona se enfrenta a una amenaza agobiante de dolor que no puede contrarrestarse con la huida ni con la lucha, desarrollará un sentimiento de pánico o de cólera. Si huye, su huida será desesperada, un deseo salvaje de escapar a cualquier precio. Correrá ciegamente, es decir, sin una apreciación correcta de la realidad de su situación; en otras palabras, sin el control o dirección del ego. Si no  puede huir, reaccionará con cólera.

Estamos familiarizados con el pánico, por el comportamiento de las personas que se sienten atrapadas por el fuego. En su deseo de huir de la situación amenazante suelen pasar por alto posibles vías de escape y se vuelven autodestructivas. Generalmente hay pánico en épocas de guerra, cuando las personas huyen ciegamente del enemigo que avanza. Lo que no podemos comprender es que un niño puede ser presa del pánico cuando es amenazado por un padre iracundo. Está literalmente atrapado, dado que ni la lucha ni la huida son posibilidades
razonables. Como no hay escape, su pánico puede manifestarse en forma de gritos histéricos. Los niños que viven bajo una amenaza de dolor relativamente constante desarrollan un estado de pánico, sentimiento que reprimirán cuando crezcan. Esta represión es sólo relativamente eficaz. El pánico se abre paso más tarde en la vida, en situaciones de estrés que no justifican racionalmente una reacción tan intensa. 

Algunas personas están tan próximas al pánico que temen salir solas de su casa. He tratado numerosos casos de este tipo. En otras, el pánico está justo bajo la superficie. Generalmente, se manifiesta en el pecho inflado y en la dificultad respiratoria, La persona que se halla en estado de pánico siente que no puede aspirar suficiente aire. A la inversa, cuando una persona no puede aspirar suficiente aire cae presa del pánico. Un grito reprimido subyace a la dificultad respiratoria. Si se libera el grito terapéuticamente, mejora la respiración y disminuye el sentimiento de pánico. Cuando una persona se siente atrapada, también puede reaccionar
con cólera, especialmente si hay algún objeto sobre el cual puede descargarla. En el estado de cólera, la excitación muscular es excesiva y la persona pierde el control sobre sus acciones. Al igual que el pánico, la cólera es ciega. La persona con cólera golpea indiscriminadamente, sin darse cuenta de los efectos destructivos de sus acciones. A diferencia de la ira, la cólera no está asociada con una provocación específica, porque tiene origen en la sensación de estar atrapado.

¿Cómo podemos comprender la cólera que algunos padres manifiestan  ocasionalmente hacia sus hijos? Es difícil imaginar cómo un niño puede causar un temor avasallante en los padres. Debemos buscar la explicación en la sensación de la madre de estar atrapada por el niño. Por una parte, una madre está atada a su hijo. Sabe que tiene la obligación de brindarle atención y cuidados constantes. Si
su energía está baja, sentirá que el niño es una carga. Si su relación con su esposo es dolorosa, verá al niño como una cadena que la ata al dolor de esta relación. Si sus propias necesidades infantiles no recibieron satisfacción se sentirá agraviada por las demandas de amor del niño. 

A menos que su experiencia de crianza sea un placer y una alegría, se sentirá atrapada por la obligación que ha asumido. Y en momentos de extremo estrés se volverá contra el niño con cólera.
El efecto de la cólera materna sobre el niño es el terror. Describiré esta emoción en el próximo párrafo. Aquí me gustaría afirmar que este efecto se produce aun cuando la cólera no adopte la forma de violencia manifiesta. El niño que siente la violencia latente en su madre queda igualmente afectado. La expresión de cólera en el rostro de su madre es algo que un niño no puede comprender o tolerar. Es una amenaza para la existencia del niño. He visto a madres mirar a sus hijos con cólera en sus rostros. Ha sucedido en mi consultorio sin que la madre fuera
consciente de su expresión. La cara de la madre se ensombrecía, como si una nube negra hubiera descendido sobre su frente y sus ojos. Su mandíbula estaba fija. Los ojos fríos y duros. Era la mirada de un asesino. Al enfrentarse con esta mirada, un niño se congela de terror.

En el terror, el sistema muscular se paraliza, imposibilitando cualquier forma de lucha o huida. El terror es una forma de miedo más intensa que el pánico y se
desarrolla en situaciones en las cuales todo esfuerzo por resistir o escapar parece inútil. El terror es una forma de shock; se retira el sentimiento de la periferia del cuerpo, reduciendo la sensibilidad del organismo hacia la agonía final anticipada. Representa una huida hacia el interior. El niño que experimenta terror hacia sus padres desarrolla una personalidad esquizoide. La estructura de su cuerpo muestra todos los signos de esta emoción; está tiesa y contraída o fláccida debido a su tono muscular pobre. La superficie del cuerpo está insuficientemente cargada. Los
ojos tienden a estar en blanco y la expresión facial parece la de una máscara. La respiración está gravemente constreñida por contracciones en los músculos de la garganta y los bronquios. La inspiración es superficial y el tórax se mantiene en la posición espiratoria. La paralización del movimiento conduce a una despersonalización, es decir, a una disociación entre el ego perceptivo y el cuerpo.

Cuando el sentimiento subyacente es de pánico, el cuerpo tiene una expresión diferente. Está tenso, como si estuviera dispuesto para la huida. El pecho está inflado y se mantiene en la posición inspiratoria. El temor mueve a la persona a aspirar aire para obtener el oxígeno adicional que se requiere en la lucha o en la huida. En el pánico se retiene el aire, se cierra la garganta y puede parecer que la persona no respira. Esta incapacidad de expeler totalmente el aire mantiene el estado de pánico, tal como la incapacidad de inspirar plenamente prolonga el estado de terror.

La furia es la contrapartida del terror. Es una ira sin remordimiento y tiene un efecto devastador. A diferencia de la ira, que es escalonada, y de la cólera, que es salvaje, la furia es fría y dura. Representa, en consecuencia, el aspecto agresivo del odio. Una persona que odia está furiosa por dentro y exteriormente es fría. Una persona que ama está internamente relajada y externamente es cálida.

Este espectro de emociones simples no pretende ser definitivo. Es un esquema conveniente para mostrar el orden biológico que prevalece en este nivel de la
personalidad. En el próximo capítulo analizaré cómo distorsionamos nuestra vida emocional.

lunes, 16 de marzo de 2026

La Experiencia del Placer, parte 32

 AFECTO Y HOSTILIDAD

Las emociones pueden clasificarse en simples o compuestas. La emoción simple tiene sólo un tono de sentimiento, placer o dolor. Las emociones compuestas  contienen elementos de placer y de dolor. La tristeza y la compasión son, como lo veremos, emociones compuestas.

También pueden combinarse dos o más emociones para producir una respuesta más compleja. En el resentimiento, por ejemplo, hay ira más temor. Generalmente, los juicios de valor se superponen a los propios sentimientos, produciendo lo que yo llamo emoción conceptual. La culpa, la vergüenza y la vanidad entran en esta categoría.

A veces, las sutiles respuestas emocionales de las personas escapan a una definición. Las palabras son inadecuadas para describir todos los matices de  sentimientos que el ser humano es capaz de experimentar.

No es mi intención analizar cada respuesta emocional. Sin embargo, algunas son importantes para comprender la personalidad humana. Estas, que incluyen las emociones simples, recibirán toda nuestra atención.

Hay dos pares de emociones simples, cuyos miembros guardan una relación polar entre sí. Temor e ira forman un par; amor y odio forman el otro. El segundo par abarca a todas las emociones que pueden agruparse bajo los títulos afecto y hostilidad. Generalmente definen nuestros sentimientos hacia los demás, aunque podemos hablar de amor y odio a objetos y situaciones.

El afecto es el acercamiento a los demás y al mundo desde un estado excitado de expectación placentera. Representa una reacción expansiva en el cuerpo. Se basa en el flujo de sangre hacia la superficie del cuerpo que se produce por la dilatación del sistema sanguíneo periférico.

El flujo de sangre hacia la superficie crea una sensación de calor físico. Los sentimientos afectuosos se caracterizan por su calor. Decimos que una persona afectuosa es cálida. Las demás manifestaciones físicas de placer también están  presentes. La musculatura está floja y relajada, el latido cardíaco es lento, las pupilas están contraídas, etcétera.

El calor del afecto está principalmente en la piel, la sangre fluye hacia ella. Esto produce un deseo de algún contacto físico con la persona que es objeto de estos  sentimientos: un apretón de manos, un abrazo o un beso. Todos los sentimientos afectuosos tienen un aspecto erótico y son una expresión del impulso erótico, o Eros. Los elementos eróticos del afecto pueden ser secundarios o dominantes. Son secundarios en la amistad y dominantes en el amor sexual. Un fuerte elemento erótico es el provocado por un alto grado de excitación, con centro en las zonas eróticas. Luego éstas se sobrecargan con sangre.

Los sentimientos opuestos, a saber, aquellos que pueden denominarse hostiles, están también determinados por el flujo de sangre, pero en dirección opuesta. La sangre abandona la piel y la superficie del cuerpo, provocando una sensación de frialdad. Todos los sentimientos hostiles son fríos. La persona hostil retrae su afecto y se vuelve fría hacia otro individuo. Pierde todo deseo erótico que pueda haber tenido y repele cualquier idea de contacto físico.

Todos los sentimientos hostiles representan, en consecuencia, la retracción del sentimiento. Ni el afecto ni la hostilidad representan una actitud agresiva. La agresión es una función del sistema muscular, que no participa activamente en los sentimientos que estamos tratando. Generalmente se añade un componente  agresivo a estos sentimientos, transformándolos en acciones específicas. El acto sexual requiere este añadido para que se produzca la copulación. Cuando un elemento agresivo se une a un sentimiento hostil, se produce un ataque o una agresión, que difiere de la reacción puramente hostil de volverse frío.

La palabra “agresivo” se utiliza en psicología como opuesto a lo pasivo. Agresivo implica moverse hacia la persona u objeto, mientras que “pasivo” indica una  inhibición de este movimiento. Una persona puede ser agresivamente hostil o agresivamente afectuosa; del mismo modo, puede ser pasiva al expresar hostilidad o afecto. Es obvio que la palabra “activo” no puede utilizarse en este contexto como opuesta a pasivo, dado que carece de la connotación de una dirección u objetivo. Un jugador de tenis agresivo, juega para ganar; un jugador activo no  necesariamente tiene esta meta.

Para demostrar la polaridad de los sentimientos afectuososy hostiles, trataré y compararé amabilidad con hostilidad y amor con odio. La amabilidad distingue nuestros sentimientos por la persona que tiene actitudes y gustos similares a los nuestros, de nuestros sentimientos por un extraño. Los placeres se comparten con un amigo. Dudamos de compartirlos con extraños. Pero por el acto mismo de  compartir un placer con un extraño, éste se convierte en un amigo.

La reserva que se manifiesta hacia el extraño es muy evidente en la mayoría de los niños grandes. Un niño pequeño, que tiene el sentido del sí-mismo sin desarrollar,  no hace distinciones entre los niños de su misma edad. En cambio, no sólo un grupo establecido de niños mira al recién llegado con reserva, sino que él también se acerca cautelosamente al grupo. Durante algún tiempo, observa las actividades a la distancia. Luego se aproxima gradualmente.

Cuando se familiariza más, uno de los otros niños puede invitarlo a participar en su juego. Cuando él lo hace, su aceptación está asegurada.

El extraño representa un elemento perturbador del sentimiento de calma y armonía que inunda a un grupo establecido. Su presencia puede inhibir el flujo de  sensaciones placenteras que se da entre amigos íntimos y, en consecuencia, puede provocar algún grado de hostilidad o frialdad. Por otra parte, el extraño introduce novedad y excitación, con su promesa de placer. En consecuencia,  provocará alguna curiosidad, que conducirá al contacto.

Cuál de los dos factores tiene más peso a la hora de determinar la respuesta al extraño depende de la personalidad de los miembros del grupo. Una persona  segura estará más dispuesta a aceptar a un extraño que una insegura.

La amabilidad con un extraño se manifiesta más en las personas que disfrutan que en las personas que se hallan en una situación de poder. Hablando en general, cuando las personas lo están pasando bien, tienden a ser receptivas con un extraño. Este placer las vuelve expansivas y las abre a nuevas experiencias. Un extraño siempre es bien recibido en una fiesta; generalmente es persona non grata en un enclave de poder. En la lucha por el poder las personas desconfían del extraño y le temen. Cuando no hay placer, el extraño suele encontrar hostilidad o inclusive enemistad.

Muchos años atrás, vi una tira cómica que mostraba vívidamente esta situación. Dos hoscos galeses estaban de pie en un campo mirando a un extraño que se acercaba.

—¿Lo conoces, Bill? —preguntó el primero.

—No —respondió el segundo galés.

—Tírale una piedra —dijo el primero.

La hospitalidad con el extraño es un concepto que se enseña como parte de la tradición judeo-cristiana, entre otras. La civilización moderna, con sus facilidades para los viajes y las comunicaciones, tiende a quebrar las barreras naturales entre los extraños. Pero éste es sólo un fenómeno superficial. Debajo de la aparente cordialidad con que se recibe al turista, siempre podemos captar la reserva y  frialdad subyacentes que sienten por el extraño las personas cuyas vidas están privadas de alegría.

La persecución del extraño es una expresión de odio, más que de simple hostilidad. Dado que puede ser un objeto natural de sentimientos hostiles, se convierte fácilmente en blanco de odios reprimidos que tienen origen en experiencias dolorosas de la niñez. Las personas proyectan sobre el extraño las hostilidades intensas que inicialmente experimentaron hacia la figura paterna y que han reprimido a través de la culpa. El extraño se transforma en el chivo expiatorio sobre el que se descargan estos sentimientos de hostilidad. Esta transferencia generalmente encuentra aprobación social y el ego la racionaliza fácilmente. La  hostilidad con que se recibe al extraño puede superarse con una creciente familiaridad, pero sería un error pensar que el odio hacia el extraño pueda superarse con educación.

Para liberar los odios reprimidos se necesita una situación terapéutica. Primero, debe utilizarse alguna forma de técnica analítica para hacerles conscientes. Segundo, se debe superar y liberar la culpa que sirve para reprimir estos  sentimientos hostiles. Y tercero, se debe ofrecer algún medio para la expresión física de la hostilidad en un ambiente controlado, de manera que se descarguen las tensiones físicas que subyacen a estos sentimientos. Cuando esto ocurre, se restablece la capacidad de experimentar placer y el “bienestar” se convierte en el tono normal del cuerpo. 

El amor y el odio son un conocido par de opuestos. No es difícil comprender la polaridad si advertimos que el odio es amor congelado, es decir, un amor que se ha enfriado. Cuando el amor se transforma en odio, no se debe a una decepción. Dado que el amor está basado en la esperanza del placer, se desvanece lentamente cuando no hay placer.

Un pretendiente rechazado se siente herido, pero no odia. La causa del odio es una sensación de traición. Si hemos dado un compromiso de amor que la otra persona ha aceptado, nuestro corazón está totalmente abierto, hemos depositado nuestra confianza en el otro. La traición de esta confianza es como un cuchillo clavado en nuestro corazón.

Provoca un shock en la personalidad, que paraliza todos los movimientos y frena todos los sentimientos. Es como el congelamiento rápido de los alimentos, que preserva el sabor deteniendo todos los procesos bioquímicos.

Es la sensación de traición la que siempre transforma los sentimientos afectuosos en animadversión. La traición de una amistad transforma el sentimiento positivo en  enemistad. La traición de la confianza convierte el afecto en animadversión. En consecuencia, el grado de animadversión es proporcional a la cantidad de sentimiento positivo invertido en una relación.

Los sentimientos afectuosos unen a las personas en un verdadero espíritu de comunidad, de manera tal que el bienestar de una persona le interesa a la otra. En particular el amor implica atención y dependencia mutuos. La persona enamorada lleva a la persona amada a su corazón y al mismo tiempo le entrega su corazón a la otra. Es fácil ver por qué una traición tiene un efecto tan profundo. Provoca una profunda herida que sana muy lentamente y deja una cicatriz.

La traición más importante es la de los padres, especialmente la de la madre al hijo. El niño no sólo depende de su madre, sino que está naturalmente abierto a ella. Una madre traiciona a su hijo cuando expresa hostilidad o muestra una actitud destructiva hacia él. El niño sólo puede reaccionar con el sentimiento: “Realmente no le importo”. Una manifestación de enfado no tiene el mismo efecto. El enfado es un sentimiento positivo y expresa una inquietud real. La hostilidad hacia un niño es otra cuestión. Nunca está justificada biológicamente,ya que el niño es una  prolongación de la madre. Es una expresión del odio a sí misma y una transferencia de la hostilidad que se desarrolló debido a que la mujer fue traicionada por su propia madre.

La hostilidad hacia un niño generalmente nace cuando éste no satisface la imagen que tienen los padres sobre lo que debería ser su hijo. Esta imagen es también su propia autoimagen idealizada e inconsciente. Cuando el niño no está a la altura de esta imagen, los padres se sienten traicionados. Esta sensación de traición transforma el afecto de los padres en hostilidad, lo cual provoca entonces una  reacción negativa del niño. Así se crea un círculo vicioso del cual no pueden escapar ni los padres ni el hijo. Los padres pueden evitar una situación tan desafortunada si advierten que un bebé o niño es un animal cuyo comportamiento está regido por el principio del placer. Educar al niño para que se convierta en miembro de la sociedad civilizada requiere tener un enfoque creativo basado en una apreciación de este principio, si se han de evitar los efectos destructivos de la hostilidad paterna.

El odio contiene la posibilidad de amar. Por ejemplo, si se perdona la traición, la persona se descongela y el amor fluye nuevamente. Esto sucede frecuentemente en las últimas etapas de la terapia. En las primeras etapas, el paciente se hace consciente de la hostilidad u odio reprimidos que siente hacia sus padres debido a su traición.

Estos sentimientos negativos se liberan como se describió anteriormente. Cuando ha descargado sus tensiones y ha recuperado su bienestar, un paciente puede aceptar que el comportamiento de su madre estuviera determinado por su propia crianza y puede perdonarla. Ahora siente un genuino afecto por su madre, en lugar del amor compulsivo con el que lo agobiaron. El odio se vuelve a convertir en  amor, también fuera de la terapia cuando hay un intercambio honesto de sentimientos y una verdadera reconciliación.

No son desconocidas las situaciones en las que una reacción inicial de odio se transforma espontáneamente en amor. Esta evolución puede explicarse suponiendo que siempre existió una fuerte atracción pero que el temor a la traición impidió que ésta fluyera. Este temor puede expresarse de la siguiente manera: “Si me permito amarte, tú te volverás en mi contra y me lastimarás, entonces te odio”. A medida que  disminuye el temor, florece el amor. El temor a la traición subyace a los celos excesivos que nos hacen sospechar de todos los movimientos de la persona amada.