LA CAPACIDAD CRITICA
En su maravillosa serie de Portraits from Memory, Bertrand Russell hace el siguiente comentario sobre sí mismo: “Cuando más deseaba que se quedara en silencio, mi intelecto escéptico me susurraba dudas, me aislaba de los entusiasmos fáciles de los demás y me transportaba a una desoladora soledad”. Aunque era consciente de que sufría debido a su intelecto escéptico, Russell no podía acallarlo. Era intrínsecamente parte del hombre y pasó a ser parte de su trabajo. Esta declaración da lugar a dos importantes preguntas: ¿Sería Russell el pensador que es,sin su intelecto escéptico? y ¿podría alguien tener un intelecto real si no incluyera un tamiz de escepticismo? Mi respuesta a ambas preguntas es “No”.
El escepticismo de Russell es una expresión de su individualidad e independencia. Es el atributo de un pensador libre que forma sus propios juicios sobre la base de su propia experiencia. Es la mente de un hombre que puede decir “no”. Nadie puede dudar de la capacidad deRussell de sostener una opinión opuesta. Lo detuvieron en 1915 por expresar su oposición al ingreso de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial. Sus colegas liberales lo condenaron al ostracismo por oponerse al comunismo ruso en los años veinte. Fue condenado por organizar la oposición a la guerra de Vietnam en 1965. A pesar de lo que se pueda pensar sobre sus acciones, nadie puede cuestionar el coraje y la integridad que movieron a esas acciones. Esta integridad es evidente en todas las obras de Russell porque es la cualidad del hombre. Sería un grave error creer que Russell carece de entusiasmo. Todo en el hombre y todas las líneas de sus obras lo muestran enamorado de la vida, positivo en su perspectiva y constructivo en su punto de vista. Su escepticismo intelectual es el freno moderador que ejerce un ego seguro sobre un carácter entusiasta.
En cambio, los entusiasmos fáciles del individuo común son una búsqueda desesperada de significado y seguridad. Carente de un centro interior de convicción, el hombre masa se vincula a cualquier idea nueva que momentáneamente pueda servir para sostener su vacilante ego. El entusiasmo fácil es el signo de un amante inconstante.
La capacidad crítica o intelecto escéptico no es lo mismo que ser negativo o desconfiado. La verdadera crítica exige un punto de vista basado en la experiencia y sostenido por un razonamiento objetivo y claro. La experiencia de la cual depende la capacidad crítica debe ser personal, no un dogma que nos han enseñado. Criticar desde el punto de vista de un dogma es la señal de una mente cerrada. Russell no es incrédulo. Cree en la humanidad. Cree que los seres humanos tienen una capacidad innata de vivir en armonía con su mundo y de se felices. Pero no es ingenuo ni tiene la ilusión de que exista una respuesta simple al dilema humano. Es un erudito que estudió el pensamiento de otras personas y está, en consecuencia, bien informado. Su creatividad deriva de su persistente esfuerzo por integrar estos dos mundos, el subjetivo y el objetivo.
La crítica es esencial para el pensamiento creativo. Cada avance en la adquisición del conocimiento nace a partir del cuestionamiento y la negación de los conceptos establecidos. No puede realizarse ningún movimiento hacia adelante en el pensamiento sin trascender y, en consecuencia, modificar una interpretación o formulación anterior. Copérnico rechazó el concepto ptolomeico por el cual la Tierra era el centro del universo y demostró que era un planeta que giraba en una órbita alrededor del sol.
Darwin negó la visión escolástica según la cual Dios había creado a cada especie animal. Así nació la teoría de la evolución. Einstein negó que la física de Newton fuera aplicable a los fenómenos astronómicos e introdujo la teoría de la relatividad. El psicoanálisis no habría revelado los secretos del inconsciente si Freud no hubiera desafiado las ideas aceptadas de la histeria. En consecuencia, estos logros fueron posibles porque cada uno de estos hombres tuvo su propia opinión y el coraje de decir “no”. La mente inquisitiva es el intelecto escéptico de una persona entusiasta y curiosa.
Todos los individuos tienen algo que añadir a su reserva de conocimiento, basándose en el carácter único de sus experiencias personales. No hay dos personas que vean el mundo con los mismos ojos. Cada persona tiene un cuerpo único y vive una existencia única. En consecuencia, todos podemos ser pensadores creativos si aceptamos nuestra individualidad. Sin embargo, rechazamos nuestra individualidad cuando subordinamos nuestro propio pensamiento a la voz de la autoridad. Debemos aprender lo que sabe la autoridad, pero sólo aprenderemos cuando escuchemos a la autoridad con nuestra capacidad crítica activa.
Se adquiere conocimiento cuando se desglosa la información y se la asimila a la personalidad. Hasta que no se haga esto, la información es como una herramienta que es inútil porque la persona no sabe cómo usarla. Aprender no es simplemente cuestión de adquirir información. La persona erudita sabe cómo aplicar esta información a la vida, especialmente a su s propia vida. La ha relacionado con sus sentimientos y la ha integrado en su experiencia. Se ha convertido en un segundo sentido, que es la verdadera naturaleza del conocimiento. Esto es lo que queremos expresar cuando decimos, por ejemplo, que un carpintero sabe cómo construir un armario. Obviamente tiene la información necesaria pero también posee la habilidad que le permite utilizar esta información sin pensar demasiado en ella. Su información forma parte de su habilidad, que es verdadero conocimiento. Su pericia lleva el sello de su experiencia y en su área de trabajo identifica su individualidad.
Un carpintero aprende su oficio realizándolo y un niño aprende sobre la vida viviéndola. No podemos enseñarle a un niño cómo vivir. La enseñanza imparte información que debe transformarse en conocimiento para ser útil. El catalizador de esta transformación es la experiencia personal. La información que se ensambla con la experiencia propia se convierte en conocimiento; el resto pasa por la mente sin ser asimilado y pronto se lo olvida.
¿Cuántos recordamos las matemáticas o la historia de nuestra escuela secundaria? ¿Cuánto retuvimos para la vida posterior de lo que nos enseñaron nuestros profesores en la universidad? Mucho del aprendizaje real que se realiza en la universidad es extracurricular; lo recibimos de nuestros compañeros, en las reuniones sociales y a través de las actividades externas. Sin embargo, esto a menudo justifica el precio de la educación universitaria.
El énfasis que pone el sistema educativo de Estados Unidos en la enseñanza en lugar del aprendizaje refleja la creencia inconsciente en que la información es más valiosa que el pensamiento. Conscientemente, todos los educadores desean que sus alumnos aprendan, pero consideran que es mucho más importante transmitirles la información que se les ha encargado impartir. ¿Por qué se hace tanto hincapié en la información? ¿Es un artificio para impedir que las mentes jóvenes cuestionen los valores que subyacen a una cultura? Con seguridad, la cantidad de información que se exige que aprendan los alumnos no les deja tiempo para el pensamiento creativo. Se supone que habrá creatividad una vez que se haya adquirido la información, pero en ese momento se habrá perdido el placer de aprender y se habrá sofocado el impulso creativo.
La tesis doctoral de posgrado, el último paso en el proceso educativo, revela la propensión del sistema educativo norteamericano hacia la información en lugar del conocimiento. Se desalienta el pensamiento creativo en favor de la investigación. Resulta irrelevante que la investigación no tenga ningún significado personal para el estudiante y que la información que brinda no tenga valor para la sociedad. Es información y, en nuestra era informatizada, suponemos ingenuamente que con la suficiente información podemos resolver todos los problemas de la humanidad.
¿Qué lugar puede ocupar el pensamiento creativo en un mundo informatizado? Si lo único que necesitamos es información, ¿no estamos abandonando la función creativa de la personalidad humana? Sin una chispa creativa desaparece el placer de la vida. Nos convertimos en robots cuyo comportamiento está determinado electrónicamente porque nuestras acciones pueden calcularse electrónicamente. Esta no es una perspectiva placentera, pero puede suceder si no afirmamos nuestra individualidad.
Debemos conservar el derecho de pensar por nosotros mismos, pero no podemos hacerlo si nuestro pensamiento se basa sólo en estadísticas. Supongamos que cuatro de cada cinco personas prefieren cierto producto, ¿es ésta una razón para que usted prefiera ese producto? Si es así, significa que usted no tiene gusto y que no puede juzgar por sí mismo. Pero usted sostendría que una preferencia tan marcada indica que el producto es superior. Sin embargo, su intelecto escéptico debería informarle que en un mercado masivo las preferencias se crean por la publicidad. Aunque es común que el valor de un producto puede comprobarse personalmente, los publicistas saben que el público en general tiene escaso gusto y carece de capacidad crítica. Si pensaran de otra manera, no basarían su publicidad en encuestas de preferencia.
El gusto es el fundamento de la función crítica. Sin sentido del gusto, la persona no tiene la base para la crítica. El juicio que no expresa un sentimiento personal es moralizante. El crítico que, por ejemplo, aprueba o desaprueba una obra dramática debido a sus ideas, sin decir si disfrutó con ella o no, emite un juicio moral, no un análisis crítico. Si el gusto personal de un crítico no constituye el criterio para su juicio, aquél está actuando como una autoridad que cree que tiene un conocimiento superior de lo bueno y lo malo. Mi intelecto escéptico cuestiona su derecho a emitir tales juicios. El gusto de una persona puede coincidir o no con el mío, pero si lo expresa honestamente puedo respetar su juicio.
Si una persona tiene gusto, puede expresarlo sobre la base de sus sentimientos, ya sea que le agrade o no una cosa. Saber lo que nos agrada y nos desagrada es un conocimiento subjetivo. Puede decirse que esa persona sabe lo que quiere. Si, además, la persona puede decir por qué le agrada o le desagrada algo, es decir, si puede sustentar su gusto con razones sensatas, tiene capacidad crítica.
Aunque queramos que nuestros hijos sean pensadores creativos y desarrollen la capacidad crítica, negamos su gusto y les imponemos el nuestro. En casa y en la escuela intentamos mejorar su gusto diciéndoles lo que debería agradarles. No advertimos que el sentido del gusto nace en la persona y que, si bien es posible perfeccionarlo, no se lo puede crear. Puede ampliarse el gusto exponiéndolo a nuevas experiencias, pero la persona que no sabe lo que le agrada o desagrada no logra nada de esta manera.
Nacemos con sentido del gusto, porque desde ese momento somos capaces de distinguir el placer del dolor. Perdemos el sentido del gusto cuando no se tienen en cuenta nuestras elecciones y se nos priva del derecho a decir “No”.
Todos los cursos de apreciación artística, programas de apreciación musical, la literatura que se enseña en la escuela sólo reúnen información. Rara vez contribuyen a desarrollar el gusto. Si se pregunta por qué, la respuesta es que se los presenta autoritariamente. De antemano nos dicen que éste es un arte elevado, una bella música o buena literatura y que deberían gustamos. Estamos en la misma posición que el niño cuya madre le dice lo que debe gustarle, ya que ella sabe más. ¿Quién puede responder con placer a esta persuasión? Y si no respondemos con placer, ¿cómo podemos considerar lo que nos ofrecen como un objeto bello? Lo que obtenemos de la presentación autoritaria es información, no conocimiento y ciertamente no una apreciación de lo bello.
El resultado concomitante a la sociedad de masas es la producción de una cultura de masas. Tal vez parezca una gran bendición para la humanidad la reproducción de las obras de los grandes maestros a precios que todos puedan pagar, pero el efecto real de este esfuerzo comercial es la reducción del valor de estas obras a mera información. El exceso de información puede ofuscar la mente y el exceso de exposición puede adormecer el gusto. Cuando la escultura se convierte en un fenómeno de masas, se pierde el buen gusto. Las distinciones entre alto y bajo, bueno y malo se desvanecen cuando desaparece el gusto.
No me opongo a la idea de que todas las personas tengan derecho a conocer la cultura en que viven. Sin embargo, no creo que pueda acercarse la cultura a las masas. El rol de la cultura es transformar al hombre masa en un verdadero hombre, pero para hacerlo se debe reconocer la individualidad de cada persona, apoyar su lucha por el placer y respetar plenamente su derecho a decir “no”. No deberíamos confundir información con conocimiento. Este último se adquiere sometiendo la información al juicio de los sentidos. El individuo no aprende sólo con la cabeza, sino con el corazón y con todo su ser. Se conoce verdaderamente aquello que se aprende de esta manera. Lo que se conoce sólo con la cabeza es información.
El aprendizaje es una actividad creativa. La promesa de placer nos inspira a aprender y esta promesa se cumple cuando efectivamente aprendemos algo. Buscamos información para profundizar nuestro conocimiento y aumentar nuestro placer. No necesitamos que nos fuercen a adquirirlo, como lo hacen tantos sistemas educativos. Cuando la educación está orientada hacia el placer, la escuela se convierte en una aventura gozosa hacia el autodescubrimiento.