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martes, 12 de marzo de 2019

¿Qué nos hace falta? parte 21


 Salud Sexual

Hay una identidad entre salud física y salud mental, entre salud emocional y salud sexual. Una ruptura en cualquier elemento, trastornará la salud de otros.
La salud física se manifiesta en un cuerpo bello y grácil, vibrantemente vivaz, no simplemente libre de enfermedades. Un cuerpo así, indica el funcionamiento de una mente calmada y clara, en la que no hay conflictos reprimidos.
Similarmente, la salud emocional consiste en tener plena posesión de nuestras facultades, y la plena gama de nuestros sentimientos. Incluye la capacidad de sentir y expresar plenamente nuestra sexualidad, y la capacidad de experimentar el gozo de esta expresión.

Las ansiedades y problemas sexuales afectan seriamente la salud física, emocional y mental de una persona . Y no es suficiente con liberar a una persona de las ansiedades sexuales que pueda tener en su mente, es también necesario liberar a su cuerpo de la tensión, y restaurar la movilidad de su pelvis.

La toma de tierra, o sea, el hecho de que la persona sienta sus pies sólidamente sobre el suelo, es un requisito previo para descargar las tensiones en cadera y pelvis. No basta con saber que uno tiene los pies en el suelo. Lo que se requiere es el proceso energético en el que la onda de excitación descienda por el cuerpo hasta las piernas y los pies.
Un cuerpo sexualmente vivo se halla caracterizado por una pelvis de balanceo libre. La pelvis debe moverse espontáneamente con cada respiración. Igualmente, con cada paso que damos. Si buscamos estar vibrantemente vivos, la pelvis debe ser liberada, y el flujo de sentimiento sexual abierto. El modo en que una persona sostiene su pelvis, es pues un tema de estudio tan importante como el modo en que lo hace con su cabeza.

La pelvis no se moverá de un modo natural, esto es, libre y espontáneamente, salvo que quede suspendida entre la cabeza y los pies. Este es el principio del arco. Este principio se aplica al movimiento de la pelvis. Si los pies se hallan plenamente en contacto con el suelo, sólo es necesario empujar la pelvis hacia atrás, para crear la carga que la moverá espontáneamente hacia delante.
La energía para la carga es producida por los procesos metabólicos del cuerpo, en conexión con la respiración. Por consiguiente, cualquier tensión en el cuerpo que restrinja la respiración o impida la toma de tierra, limita la motilidad pélvica.

Las tensiones pélvicas se desarrollan para limitar la sensación sexual, por lo que no podremos liberar la pelvis si estamos inhibidos acerca de la sensación sexual.
Cuando no hay bloqueos que perturben el flujo, las emociones tienen un signo o calidad positivo. El sentimiento de fe, es el sentimiento de la vida fluyendo en el cuerpo, de un extremo a otro.

Sólo con humildad y franqueza es posible enfrentar al manantial de sentimientos que fluye de todo ser humano.
Necesitamos comprender nuestro cuerpo como manifestación exterior de nuestro espíritu.
Trabajemos sobre nosotros mismos, agotemos nuestros potenciales, desarrollemos nuestras metas y nuestra moral por nosotros mismos, inventemos el sentido de nuestras vidas. Definamos los principios según los cuales deseamos vivir.

Sexualidad y Espiritualidad
La sexualidad, es la función biológica de expansión (fuera del “yo“), desde el centro a la periferia.
Un principio bioenergético básico establece que: la corriente de excitación es pulsátil, lo que significa, en lo que atañe a la sensibilidad, que no podemos ser más espirituales de lo que somos sexuales.
En otras palabras, la espiritualidad, disociada de la sexualidad, se convierte en una abstracción; y la sexualidad, disociada de la espiritualidad, en un acto puramente físico. El amor es la clave de esta fusión.
El amor es un estado de excitación placentera que varía de intensidad según la situación. Cuando nuestro espíritu interviene plenamente en cualquier acto, ese acto asume una cualidad espiritual, debido a la trascendencia del yo.

Desde luego, la excitación que sienten dos amantes contiene una dimensión adicional, que fluye hacia abajo y excita con fuerza los órganos genitales. Tras una fuerte descarga orgásmica, la persona siente una profunda calma.
Tanto en la experiencia mística como orgásmica, hay una sensación de comunión con las fuerzas superiores de la naturaleza.
Pero para tener una sensación tan poderosa, hay que controlar la creciente excitación hasta que abarque todo el cuerpo. Ello requiere un “yo” fuerte, pues uno débil se atemoriza.
Convertir la carne en espíritu, en eso consiste la trascendencia.

La trascendencia puede lograrse también por actos que no sean sexuales, como cuando nos anima una gran pasión o nos conmueve una experiencia significativa. Ya no sentimos que tenemos un espíritu, sino que estamos poseídos por él.
Todo acto creativo tiene cierto grado de trascendencia. Se requiere inspiración y pasión. Estas creaciones parecen tener vida propia.
Nuestra incapacidad para experimentar la respuesta orgásmica, se debe a la falta de pasión en nuestras relaciones.

En el periodo oral, (tres primeros años), si un niño es destetado prematuramente, experimentará la pérdida de su mundo. Si esta pérdida se reafirma a través de respuestas inapropiadas por parte de los padres, puede conducir a la sensación de que nunca voy a tener lo que quiero.
El niño se acoraza contra este dolor reteniendo el aliento y tensando los músculos del pecho, limitando la capacidad al amor y a la entrega de un vínculo íntimo.
A los tres años, muchos niños ya han sufrido una marcada pérdida de vivacidad.

La mayoría de la gente mantiene rígida la base pélvica por el temor inconsciente de que al aflojarla podría producirse una descarga inesperada. Este temor se deriva de las experiencias primarias del entrenamiento para el control de los esfínteres.
El individuo educado en una atmósfera de negación a la vida y al sexo,  contrae angustia de placer (miedo a la excitación placentera).

Es sumamente importante no poner rígido el trasero. Estas tensiones representan el temor a “abandonarse”. Originadas en el entrenamiento de nuestra más tierna infancia en pos de una limpieza de excrementos, estas tensiones son ahora inconscientes, y bloquean la entrega total a la descarga sexual.

Además, por lo general, cualquier respuesta sexual de parte del niño, lo expondrá a la reprobación y la humillación. Como forma de autodefensa, los niños suspenden sus sensaciones sexuales. Con esto, el amor queda desconectado del deseo sexual.
Al igual que cualquier otra sensación, las sexuales se suprimen a través de una tensión muscular crónica que evita que la excitación invada la pelvis, o que la pelvis se mueva en caso de una sensación excitante.
Sobra decir, que se considera a la propia sexualidad como algo sucio, sensación que se localiza en la parte inferior del cuerpo.

El niño que vive temeroso esta tenso, contraído, ansioso. Es un estado que genera dolor, y para no sentir ese dolor y ese temor, el niño se adormece a sí mismo. El proceso se convierte en una modalidad de vida para el sujeto. El placer queda subordinado . Se genera división entre cuerpo y ego.
La mayoría de la gente no se da cuenta de lo aterrada que está.  Cada músculo crónicamente tenso es un músculo aterrado. Es además, un músculo enojado, ya que el enojo es la reacción natural a la contención forzada y a la privación de la libertad. Y tiene tristeza, por la pérdida de su estado de excitación placentera.

La excitación sexual puede ser muy fuerte, pero para muchos hombres terminará en una eyaculación prematura debido a que la rigidez de la pelvis limita su capacidad de contener la carga hasta que abarque todo el cuerpo.
Cuando se llega a adulto, se tiene tan arraigado el hábito de mantener oculta la sexualidad, que se pierde cualquier esperanza de encontrar a alguien a quien amar plenamente.
Las experiencias infantiles en sí mismas no son patológicas, pueden, debido a la inhibición actual, cargarse de un exceso de energía sexual.
Frenar nuestras emociones produce ansiedad neurótica.

Para resolver el conflicto, en el nivel psicológico, el individuo tiene que adquirir una comprensión de su persona y de sus antecedentes. Físicamente, necesita movilizar la mitad inferior del cuerpo hasta sentirlo. Debemos comenzar con alguna actividad vibratoria de las piernas. Tarde o temprano esto se extenderá hacia arriba, hasta incluir a la pelvis. A continuación, es importante desarrollar el sentimiento de estar “tomando tierra”, puesto que la sexualidad adulta se halla relacionada con el sentido de independencia, y de plantarse sobre sus propios pies. Finalmente, la respiración ha de ser profunda y abierta en el vientre, y coordinada con los movimientos pélvicos.

El sentido del yo de un individuo se asienta sobre su sexualidad. La ansiedad, sentido de culpa o inseguridad sexual, debilitan este asiento, y minan la fuerza de nuestro ego.
Para formar nuestro ego de un modo saludable, es necesario trabajar sobre nuestros problemas sexuales. Pero es igualmente necesario trabajar con el dominio de uno mismo y la expresión de sí mismo.

La armonía es la señal distintiva de la persona auténticamente sexual. Esto implica un cuerpo flexible en el que hay una corriente de excitación y una sensación de vitalidad y de placer en la capacidad de moverse.
El estado de vivacidad es la base física de la experiencia de alegría. La alegría es una experiencia religiosa.
La alegría pertenece al ámbito de los sentimientos corporales positivos. No es una actitud mental.
El sentimiento de alegría pertenece al mundo animal, y no al mundo de los intelectuales civilizados.
Solo sentimos alegría cuando somos fieles a nosotros mismos.

Dado que la actividad sexual, como la defecación y la micción, están estrechamente ligadas con nuestra naturaleza animal, tal vez resulte difícil aceptar que existe una conexión entre la espiritualidad y la sexualidad.
Los humanos somos como los árboles: arraigados a la Tierra en un extremo, y tendiendo al cielo desde el otro.
Cuando nos unimos a Dios con el amor de nuestro cuerpo, el contacto es sexual a la vez que espiritual.

martes, 14 de marzo de 2017

El Gozo, parte 39

Capítulo 12 (continuación)

El gozo es la experiencia de esa encantadora espontaneidad característica del comportamiento de los niños, que conservan intacta la inocencia y no han perdido la libertad. Como vimos, los niños pierden la inocencia y la libertad más bien temprano bajo la presión de las crueles realidades de la vida familiar moderna.
La supervivencia, y no el gozo, se transforma en el tema central de sus vidas. Para sobrevivir se necesita sofisticación, engaño, manipulación y un estado de alerta constante basado en el temor.

Sin embargo, la supervivencia implica una autoderrota; exige retirarse de la autoconciencia, de la autoexpresión y de la autoposesión. La vida se transforma en una lucha y aunque en nuestra situación de adultos no exista ninguna amenaza de muerte, el individuo común sigue luchando como si existiera.
Una y otra vez, los pacientes me dicen: “No puedo decirle lo que pienso ni lo que siento. Tengo miedo de que me rechace”. Una vez, una paciente dijo: “No puedo decirle que lo amo. Me va a rechazar”. Otro dijo: “No puedo demostrarle que siento ira hacia usted. Me va a echar”. No obstante, aún el hecho de decirlo constituía un paso hacia la libertad. Para ser franco, incluso con un terapeuta que promueve la libre expresión, se necesita mucho  coraje. El paciente lo adquiere en forma lenta pero pareja a través del proceso bioenergético que consiste en aumentar la energía del paciente, promover la autoexpresión y ayudarlo a que entienda su problema.


El objetivo de la terapia no es aprender a ser asertivo. Esos procedimientos alientan la pseudoagresión, que es una acción voluntaria, no espontánea. Los pacientes me dicen: “¿Sabe lo que me pasó ayer? Mi jefe me habló de mal modo y sin pensar le dije “no me hable así”, y me pidió disculpas”. Me dicen “lo que me paso”, y no “¿sabe lo que hice?” El paciente que me lo contó estaba más sorprendido de su franqueza que su jefe.
Después de romper una vez la barrera del temor, resulta mas fácil volver a abrir la puerta a la libertad. La irrupción inicial es una experiencia alegre procedente de la corriente de vida que fluye por el cuerpo. No es necesario iniciar una terapia para tener experiencias como esta. Alguien a quien debe efectuársele una biopsia para determinar si un tumor o lesión es canceroso experimentará el mismo gozo y la misma sensación de estar libre de temores cuando le digan que el resultado de la biopsia es negativo. En este caso, el gozo también procede de una corriente de vida. La diferencia entre las dos situaciones es que la experiencia terapéutica no depende de la buena suerte sino que es el resultado lógico de un proceso de autodescubrimiento.

La alegría aumenta a medida que avanzamos en el descubrimiento del self. Hace poco en un taller, una participante se volvió hacia mi y comentó: “Es la primera vez que siento mi cuerpo haciendo eso”. Se refería a la pulsación. Su cuerpo había cobrado vida y constituía una fuerza independiente capaz de superar la sensación que ella tenia de ser un objeto controlado por su mente. Esta experiencia fue el resultado de muchos ejercicios tendientes a profundizar la respiración, utilizar la voz y expresar los sentimientos. Era como cebar una bomba de agua para que pueda funcionar por si sola.

Cuando el cuerpo se mueve por si solo, en una forma total, como un organismo, resulta una experiencia conmovedora. Esto es lo que sucede cuando un niño salta de alegría. No es que el niño primero sienta gozo y después salte o viceversa. La causante del salto es una corriente de excitación placentera que fluye por el cuerpo del niño. El salto no es consciente. El cuerpo es elevado del suelo y en esa experiencia sentimos alegría.

La libertad constituye la base del gozo. No se trata solo de sentirse libre de las limitaciones externas, si bien eso es esencial. Se trata, en particular, de liberarse de las restricciones internas, derivadas del temor y representadas por tensiones musculares crónicas que inhiben la espontaneidad, restringen la respiración y bloquean la autoexpresión. Estamos literalmente atados por estas restricciones. Toda irrupción representada por un brote de sentimiento también constituye un escape hacia la libertad. Estas irrupciones y escapes ocurren cada tanto en el curso de la terapia cuando una carga energética crece con fuerza suficiente detrás de un impulso de salir al exterior, de abrirse, de expresar un sentimiento.

Entregarse a Dios es entregarse a los procesos vitales del cuerpo, a los sentimientos, a la sexualidad. La corriente de excitación que fluye por el cuerpo crea sentimientos sexuales cuando desciende y sentimientos espirituales cuando asciende. La acción es pulsátil y tiene exactamente la misma fuerza en las dos direcciones. En mi libro anterior señalé que una persona no puede ser más espiritual que sexual ni más sexual que espiritual.  La sexualidad no implica que exista un coito, del mismo modo que la espiritualidad no implica ir a la iglesia o pertenecer a una orden religiosa. Hace referencia a sentimientos de excitación hacia otra persona del sexo opuesto, mientras que la espiritualidad alude a sentimientos de excitación hacia la naturaleza, la vida y el universo. La mayor entrega a Dios puede tener lugar durante un acto sexual, si el clímax tiene la intensidad suficiente como para hacer que la persona entre en orbita con los astros. En el caso de un orgasmo total el espíritu trasciende el self y pasa a formar parte del universo pulsátil.

La excitación sexual hace que el cuerpo gire. La experiencia de esos giros se hace más visible cuando perdemos el control de tanto girar en los movimientos convulsivos del orgasmo, lo cual produce en el individuo una sensación de éxtasis. Si la excitación sexual es muy intensa, es posible que la cabeza realmente nos de vueltas, lo cual puede convertirse en un sentimiento de gozo si no tememos a esa sensación. Incluso un sentimiento de amor puede hacer que rodemos en circulo o que rodeemos con los brazos a la persona amada.

Reich tenia el brillante concepto de que el proceso energético del coito se asemeja al proceso cósmico que el denominó superimposicion. Según su teoría, cuando dos sistemas energéticos se atraen entre sí, comienzan a girar en torno al otro mientras se van atrayendo cada vez más. Ese proceso de superimposicion cósmica puede apreciarse en fotografías de galaxias que muestran el movimiento espiral o giratorio de las estrellas mientras dan vueltas en el espacio. Puede observarse este movimiento en la fotografía de la nebulosa espiral conocida como G 10, que aparece en el libro de Reich, Super posición cósmica.

Reich consideraba que los dos brazos de la nebulosa eran ondas energéticas de corrientes que atraían y acercaban más las estrellas de la nebulosa mientras giraban unas en torno a las otras. La fuerza activa que hace que estas estrellas se atraigan entre si es la gravedad; vale decir que cuando los objetos del espacio se acercan lo suficiente se atraen entre si. En el mundo animal, a la fuerza que atrae a dos individuos la denominamos amor o sexualidad. En el caso de los mamíferos, en el que el macho monta a la hembra en el abrazo sexual, su posición y actividad es similar al fenómeno de superimposición. El movimiento de las ondas de excitación que recorren el cuerpo de los individuos asemeja al hecho cósmico antes descrito.

Para mi, la idea de que el proceso vital deriva de los procesos cósmicos y los refleja tiene sentido. Cualquier otra forma de ver las cosas negaría nuestra identificación con el universo. La vida sobre la tierra es un hecho cósmico que no difiere del nacimiento y la muerte de las estrellas, aunque su proporción es infinitesimal.
Si nos regocijamos con Dios ante el giro de las esferas celestiales, también podemos regocijarnos con él ante el giro de nuestros cuerpos durante la pasión sexual. Sin embargo, esto sucede solo cuando la excitación sexual es un hecho que incluye a todo el cuerpo y no está limitada al aparato genital. Cuando nos entregamos a esta pasión, nos entregamos al dios interior y exterior. Si  bien el sexo es una experiencia placentera para la mayoría de las personas, los únicos que pueden experimentar su verdadero gozo son aquellos capaces de entregar sus egos. 

miércoles, 14 de mayo de 2014

Las bases biológicas de la fe y la realidad, parte 10

El sentimiento de fe
 
La pulsación y relación entre los dos polos puede mostrarse con un esquema, en términos del cuerpo, o dialécticamente. En el cuerpo, estas dos direcciones de flujo se localizan en el movimiento de la sangre, que después de salir del corazón, fluye hacia arriba, a través de la aorta ascendente y hacia abajo por la aorta descendente. Sabemos que en un momento de enfado,  o excitación muy fuerte la sangre se agolpa en la cabeza y cuando hay una excitación genital se agolpa en esa zona. Se sabe que si no llega riego suficiente de sangre a la cabeza puede causar la pérdida de la conciencia. Las figuras 1 y 2 muestran algunas de estas relaciones:



Si nos imaginamos que el cuerpo está dividido en su sección central por un anillo de tensión en el área diafragmática, los dos polos se transformarían en campos opuestos, en vez de ser dos extremos opuestos de una sola pulsación que se mueve en ambas direcciones simultáneamente o como los puntos extremos de un balanceo pendular que se mueve entre ellos. Pues bien, es una realidad que la mayoría de la gente tiene cierto grado de tensión diafragmática. Ya lo señalé anteriormente al referirme a la pérdida de sensaciones en el vientre, hara, debido a tener restringida la respiración abdominal profunda. Y también es cierto que casi todos los occidentales tienen cierto grado de “escisión”. El efecto de esta división, es una pérdida de la percepción de la unidad. Las dos direcciones opuestas de flujo se transforman en dos fuerzas antagónicas. La sexualidad se experimenta como un peligro para la espiritualidad, igual que la espiritualidad se contemplaría como una negación del placer sexual.
Se ha introducido un bloque en las figuras 3 y 4 para simular  donde se interrumpe el flujo de excitación.



Cuando no hay bloqueos que perturben el flujo, las emociones tienen un signo o calidad positivo. Cuando el flujo es bloqueado por tensiones musculares crónicas, dentro de cada zona hay un estancamiento de la excitación, que produce sentimientos de flujo negativo.

El sentimiento de fe es el sentimiento de la vida fluyendo en el cuerpo de un extremo a otro, desde el centro a la periferia y vuelta de nuevo. El individuo se siente como una unidad, como un continuo. Los diferentes aspectos  de su personalidad están integrados. No es una persona espiritual en tanto que opuesta a una persona sexual; no es sexual el sábado por la noche y espiritual el domingo en la mañana. No tiene dos caras. Su sexualidad es una expresión de su espiritualidad, porque es un acto de amor. Su espiritualidad tiene un sabor terrenal; es el espíritu de la vida, que respeta tal y como se manifiesta en todas las criaturas de la tierra. No es una persona cuya mente domine a su cuerpo, ni un cuerpo sin mente.

Pero igual de importante es su sentido de continuidad. La persona viene del pasado, existe en el presente, pero pertenece al futuro. La vida es un proceso continuo, un constante desvelar posibilidades y potencialidades que están ocultas en el presente. Si no se tuviera alguna esperanza y compromiso hacia el futuro, la propia vida se paralizaría, que es lo que les ocurre a los deprimidos. Biológicamente cada organismo está comprometido con el futuro a través de las células germinales que lleva en su cuerpo.

El sentido de continuidad también es horizontal. Estamos metabólicamente conectados con todos los seres vivientes de la tierra, desde los gusanos que orean el suelo hasta los animales que nos proporcionan nuestra diaria alimentación. Sentir esta sensación de estar conectado y actuar de acuerdo de acuerdo con él es la característica del hombre de fe, de un hombre que tiene fe en la vida. La propia fe es tan fuerte como la propia vida, porque es una expresión de la fuerza vital dentro de cada persona.

La gente que tiene verdadera fe se distingue por una cualidad que cualquiera reconoce: la gracia. Una persona con fe está llena de gracia en sus movimientos, porque su fuerza vital fluye fácil y libremente a través de su cuerpo, con la vida y con el universo. Su espíritu está encendido y la llama de la vida brilla dentro de ella. Tiene un lugar en su corazón para cada niño, porque cada niño es su futuro, y tiene respeto por los “mayores” porque ellos son la fuente de su ser y el fundamento de su sabiduría.


lunes, 27 de mayo de 2013

La Espiritualidad del Cuerpo, parte 4

Capítulo 6  “Sexualidad y Espiritualidad”

Muchas personas creen que la sexualidad y la espiritualidad son diametralmente opuestas. A su entender, la espiritualidad se registra en la cabeza, y la sexualidad tiene lugar en la parte inferior del cuerpo. Este punto de vista distorsiona la realidad del ser humano, un individuo sexualmente diferenciado en cada célula de su cuerpo. Análogamente, la espiritualidad también es una función de todo el cuerpo.
 La espiritualidad disociada de la sexualidad se convierte en una abstracción, y la sexualidad disociada de la espiritualidad en un acto puramente físico.

Cuando el sentimiento de amor ocupa la cabeza, uno percibe su propia conexión con el Universo y lo universal. Cuando ocupa la pelvis y las piernas, uno se siente conectado con la Tierra y lo particular.
Un principio Bioenergético básico establece que la corriente de excitación hacia arriba y hacia bajo en el cuerpo es pulsátil, lo que significa, en lo que atañe a la sensibilidad, que no podemos ser más espirituales de lo que somos sexuales.
Cuando nuestro espíritu interviene plenamente en cualquier acto, ese acto asume una cualidad espiritual. Puede experimentarse del modo más vívido en el acto sexual, que lleva a la fusión de dos personas en la danza de la vida. Cuando se produce esta fusión, los amantes trascienden las fronteras del yo para convertirse en una unidad con las principales fuerzas del universo.

El amor es la clave de esa fusión. La intimidad entre un hombre y una mujer está motivado por el mismo sentimiento de amor que une a la madre y el hijo, a una persona con su mascota, al ser humano y su prójimo. El amor es un estado de excitación placentero que varía en intensidad según la situación. Esa misma excitación se produce en la unión mística de una persona y su dios.

Desde luego, la excitación que sienten dos amantes cuando están juntos contiene una dimensión adicional, que fluye hacia bajo por el cuerpo y excita con fuerza los órganos genitales. Cuando esto sucede, la excitación y la tensión alcanzan tal grado que la persona  siente la imperiosa necesidad de un contacto más íntimo y la descarga de la excitación.
 El gozo del sexo contiene dos vertientes: 1) el placer que obtiene la persona de la excitación del contacto y 2) la plenitud que brinda la descarga genital de la excitación. El placer inicial es sensual y anticipatorio; el placer de la descarga orgásmica es puramente sexual y notablemente satisfactorio. En el clímax, llega al nivel del éxtasis.
Tras una fuerte descarga orgásmica, la persona siente una profunda calma. Puede invadirla el sueño antes de que recobre la conciencia del yo. A este adormecimiento de la conciencia los franceses lo describen como le petit mort, la pequeña muerte. Uno siente que ha renacido tras la experiencia.
 
Un hecho generalmente no reconocido es que el acto sexual fue la fuente de inspiración del método primitivo de obtención del fuego. La secuencia de: fricción, calor, llama; es común a ambas acciones, cuya finalidad es producir una hermosa llama. Lamentablemente, pera la mayoría de la gente, el acto sexual culmina en unos cuantos chispazos, y no en la llama que consume la carne, convirtiéndola en puro espíritu. En eso consiste la trascendencia.

Todo acto creativo contiene cierto grado de trascendencia. Se requieren dos factores para producir esta trascendencia: inspiración y pasión. La inspiración de una obra artística contiene siempre algún toque del espíritu divino, que le permite al artista renunciar a su yo y fundirse con su obra. A través de esta renuncia y fusión, nace algo nuevo que siempre es superior al artista mismo, ya sea una gran pintura o una gran composición musical, y que contiene un espíritu capaz de conmover profundamente a los ejecutantes y al público. Estas creaciones parecen tener vida propia.

Un individuo no experimentará el misterio y la grandeza del sexo, a menos que se deje llevar por la pasión divina del amor.
En muchos casos, esta pasión es sofocada muy pronto en la vida por ciertas experiencias dolorosas en los periodos oral y edípico del desarrollo.
Las sensaciones sexuales se limitan cuando son causa de dolor, humillación y/o peligro. La pesadez y pasividad de la parte inferior del cuerpo es una forma que suele adoptar ese daño.
Generalmente, los individuos no son conscientes de su pelvis inmovilizada, pero la capacidad de entregarse al orgasmo se ve particularmente afectada por la tensión de la base pélvica.

Dado que la actividad sexual, como la defecación y la micción, es una de las funciones más estrechamente asociadas con nuestra naturaleza animal, tal vez resulte difícil aceptar que existe una conexión entre la espiritualidad y la sexualidad. Si no advertimos esa conexión, es porque hemos perdido el contacto con aquello que las une: el corazón del cuerpo. Cuando amamos a nuestro compañero sexual con todo el amor que tenemos en el corazón, la unión es tanto espiritual como sexual. Esta noción puede parecer una herejía pero la actividad sexual ha sido utilizada desde hace mucho tiempo en los ritos religiosos de las culturas primitivas para conectar con la divinidad.
 Cualquiera que sea el medio empleado para establecer una conexión sensible con lo infinito, debe incluir al cuerpo si se pretende que sea algo más que una idea que se tiene en la cabeza. Todas las religiones reconocen que un hombre debe renunciar a su yo para unirse a su dios. No hay modo mejor ni más directo que experimentar esta renuncia, que el acto de amor sexual.