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lunes, 19 de agosto de 2013

El Narcisismo, la enfermedad de nuestro tiempo, parte 16 (final)

LA IRREALIDAD DE HOY EN DÍA

Sin un sentido de contacto con el cuerpo, uno deja de estar arraigado en la realidad. Y esto es lo que le sucede a mucha gente hoy en día. La forma más sencilla de caracterizar esta realidad del mundo moderno es decir que está hechizada por las imágenes. Estoy convencido de que esto explica el gran interés que mucha gente siente por el mundo de la moda y por los modelos masculinos y femeninos.  Pareciera que los modelos poseen una aura de superioridad.  Mucha gente joven intenta imitar el estilo de los modelos, es decir, parecer guapo, elegante, encantador, extrovertido, apasionante, muy varonil o muy femenina. Lo importante es la apariencia. Pero quien modela es alguien que posa para ganarse la vida.Un modelo es un maniquí vivo, que los publicistas utilizan y dirigen. No es una vocación asociada con un sentido de dignidad, si bien no necesariamente requiere renunciar al respeto por uno mismo.

Donde más se evidencia la relación entre la pérdida de vida y la fascinación por las imágenes, es en el mucho tiempo que la gente dedica a ver televisión o videos. He oído a más de una persona quejarse de que cuando ven la televisión durante varias horas se sienten más cansados que antes. Esto se explica por el efecto hipnótico que tiene la televisión. Una vez que uno empieza a ver un programa, sigue con los ojos fijos en el televisor, casi en contra de su propia voluntad, y se traga un programa detrás de otro. Una vez rendidos a la pasividad del espectador, perdemos la energía para reanudar la vida activa. Este proceso de pérdida de vitalidad, lleva a la persona a encender el televisor para estimularse, lo que , por supuesto, crea un círculo vicioso.

Estoy convencido de que la principal razón de que la televisión sea tan popular es que permite a la gente escapar de sí misma. Ver la tele tiene aspectos de fenómeno regresivo. Se entretiene al televidente como si fuera un bebé, sin esperar una respuesta y casi sin exigirle que use la imaginación. Si la regresión, es una forma de evasión, otra forma sería  fundirse en las imágenes y la trama que aparece en la pantalla, a tal grado que se pierda el contacto con las necesidades y responsabilidades de la propia situación vital. El mundo irreal de la pantalla substituye temporalmente el mundo real de los sentimientos y las relaciones personales.

Las tendencias de evasión son muy fuertes en nuestra sociedad. El difundido uso de enervantes y alcohol, especialmente entre los jóvenes, da testimonio de esto. Creo que los jóvenes recurren a los enervantes porque no pueden con el exceso de estimulación al que están sometidos.
La evasión influye también en la fascinación que mucha gente siente por el espacio. Las películas de aventuras y guerras espaciales tienen un éxito en taquilla casi increíble, a pesar de que en ellas aparecen seres extraños en situaciones irreales. La gente reacciona a estas películas como si fueran más significativas o reales que los encuentros verdaderos en los que la gente participa.
Por otra parte, la sensación de seguridad y bienestar del común de la gente en la vida real está amenazado por fuerzas impersonales que no pueden identificarse con facilidad: fuerzas económicas como la inflación y el desempleo, fuerzas políticas como las guerras y la corrupción, fuerzas sociales como la violencia o la burocracia.  Las imágenes del espacio exterior, que no poseen una realidad objetiva, provocan más sentimientos reales que la vida cotidiana en la tierra.

En su imaginación o en la realidad, el hombre moderno parece necesitar una sensación de poder para superar una desesperación interna que proviene de la experiencia de haberse sentido impotente cuando niño y ahora como adulto. Pero creer que ese poder puede resolver los complejos problemas humanos es tan sólo una ilusión. Lo irreal del mundo moderno es su fe en el poder. Dios a sido substituido por Superman. Y aunque Superman es únicamente una imagen, representa la creencia de que con suficiente poder un hombre puede arreglar el mundo. Ésta es la filosofía que hay detrás de la revolución tecnológica que ha dado lugar a la llamada era de la información. La meta última es eliminar la enfermedad, superar el envejecimiento y vencer a la muerte. ¿Puede haber mayor megalomanía?

Podemos reconocer que nuestro conocimiento siempre es incompleto, que nuestro poder será siempre insuficiente para  determinar nuestro destino, que somos mortales. Este reconocimiento es la base de la humildad y del humanismo. Es lo que nos permite decir: “no lo sé”. Y también lo que posibilita la empatía hacia los demás, pues aceptamos que somos iguales que ellos. El reconocimiento y aceptación de nuestros límites nos permite llegar a ser personas reales, no narcisistas.

La irrealidad de la “buena vida” consiste en que, a pesar de su apariencia de placer, no produce gozo. Esto no significa que no haya gozo en el mundo. Sin embargo, en este estilo de vida, no hay gozo. Al ver a la gente que estaba en el hotel Hayatt de Kaanapali en la isla de Maui, no vi que sus caras o cuerpos expresaran gozo. Aparte de los niños que jugaban en la alberca, en ninguno de los vacacionistas pude ver una chispa de vida exuberante. No pude percibir ningún placer real en lo que eran o lo que hacían. Claro que esto es una generalización, pero apoya mi afirmación de que la “buena vida” es más exhibición que sentimiento.

En mi opinión, la irrealidad de nuestra era en ningún lugar es más evidente que en Las Vegas. Los grandes hoteles y los casinos parecen palacios de Kublain Kan, sacados de un cuento de hadas, donde la gente puede escapar de sí misma. Las luces, la música y la actividad bombardean los sentidos y apabullan el sentido de la realidad. Es obvio que la gente necesita de esta estimulación; ha de hacerla sentirse viva. Y esa es la naturaleza del nuevo hedonismo. No es una obsesión por el placer sino una búsqueda de estimulación y sensación para superar la falta de sensibilidad en los cuerpos sin vitalidad. El juego en Las Vegas también sirve a este propósito. Desde la perspectiva de los administradores de los casinos, la atmosfera de irrealidad ayuda a que los clientes se desentiendan del dinero con gran facilidad, pues el dinero asume también una cualidad de irreal. Al observar las caras de la gente que estaba en las mesas de juego, pude ver su deseo desesperado de ganar. Su excitación es negativa, no produce un placer real.

El concepto de excitación negativa es aplicable al conflicto narcisista. Al igual que todos, la persona narcisista necesita excitación en su vida; sin embargo, como ha negado sus sentimientos, no puede experimentar la excitación del anhelo y la pasión. Entonces, busca su excitación en el reto de ganar o perder, en las luchas por obtener poder y en las situaciones peligrosas. Su excitación se deriva del elemento de amenaza, proviene del elemento negativo de la situación, y el placer que él obtiene es más bien alivio que satisfacción.

El placer es una experiencia vital positiva. Un trago de agua fresca cuando se tiene sed es un ejemplo de placer real. De manera similar, cualquier alimento cuando se tiene hambre produce placer. Por otra parte, el comer el mejor de los manjares sin tener hambre puede resultar desagradable. Todos hemos experimentado el placer de dormirse cuando estamos cansados y con sueño. Sin embargo, aunque conozcamos estos placeres sencillos, las vidas de la mayoría de nosotros no se organizan alrededor de ellos. Comemos y dormimos a horas fijas, sin tomar en consideración nuestros sentimientos.

El deseo es la clave del placer. La cantidad de deseo que uno puede sentir está determinada por la vitalidad de uno. Los muertos no tienen deseos, los deprimidos tienen pocos y los ancianos tienen menos que los jóvenes. Los niños, como son los más vitales, sienten el mayor deseo y, cuando éste se cumple, gozan el mayor placer. Se ve al niño saltar de alegría. Éste es el secreto del gozo -estar tan excitado que la emoción te desborde-. Pero para sentir alegría, hay que estar libre de la ansiedad que provoca el temor a dejarse llevar por los sentimientos y a expresarlos. O, por decirlo de otra forma, hay que ser despreocupado e inocente como un niño. Los narcisistas no son ni una cosa ni la otra. Han aprendido a jugar el juego del poder, a seducir y manipular. Están siempre pensando en la opinión y la respuesta de los demás con respecto a ellos. Y tienen que mantener el control, porque la pérdida del control despierta su miedo a la locura.

Estoy seguro que alguno de nosotros hemos conocido momentos de alegría cuando nuestros egos pasaron a segundo plano y el niño que todos llevamos dentro fue libre para reír y amar. Desafortunadamente, perdimos nuestra inocencia muy temprano, y lo que es peor, no nos importa perderla. No queremos ser inocentes, porque eso nos expone al ridículo y nos hace vulnerables. Queremos ser mundanos -eso nos permite sentirnos superiores-. La gente mundana es aparentemente la que más disfruta -asiste a fiestas, bebe, es un poco salvaje, niega los límites- ¿Y los inocentes que? Cuentan con un corazón abierto, con placeres sencillos, con la fe. Cuánto más atractivo tener una mente aguda, conocer todo en la vida, tanto lo bueno como lo malo, tener poder, ser admirado, sentirse especial. La seducción del poder es difícil de resistir, especialmente cuando de niño, nos traicionaron  y lastimaron los mismos a quienes amábamos. Entregar el reino del cielo a cambio de tener poder es un pacto con el diablo. Es el pacto que realiza el narcisista.

jueves, 30 de mayo de 2013

La Espiritualidad del Cuerpo, parte 5

Capitulo 7 “Arraigarse: la conexión
con la realidad


La calidad de las sensaciones sexuales de un individuo dependen  de la cantidad de energía o excitación que contenga su cuerpo, pues una energía reducida significa una menor sensibilidad. También depende del grado de armonía que tenga el cuerpo, que permite que la carga energética fluya libre y plenamente. Por último, depende de lo conectado que esté el individuo a la tierra, energéticamente, de su arraigo. Si un sistema energético (un circuito eléctrico, por ejemplo) no está conectado a tierra, existe el riesgo de que lo haga estallar una fuerte sobrecarga. Del mismo modo, los individuos desarraigados corren el riesgo de que las sensaciones fuertes, sexuales u otras, los  sobrecarguen y abrumen.
Para evitar que suceda, los individuos desarraigados deben reducir todas las sensaciones, porque si se ven abrumados, se aterrorizan. En contraste, un individuo arraigado puede soportar una fuerte excitación, que experimentará como una sensación de gozo y trascendencia.

Los humanos somos como los árboles, arraigados a la tierra en un extremo y tendiendo al cielo desde el otro. Cuán alto podemos tender depende de la fuerza de nuestro arraigo. Si se desarraiga un árbol, mueren sus hojas; si se desarraiga una persona su espiritualidad se convierte en una abstracción carente de vida.
Como criaturas de la tierra, estamos conectados al suelo a través de las piernas y los pies.
Cuando decimos que un individuo está enraizado o que tiene los pies en la tierra, eso significa que sabe quién es y dónde está parado.

La ausencia de sensaciones en las piernas hace que el contacto con el suelo sea sólo mecánico. No basta con saber que uno tiene los pies en el suelo. Lo que se requiere es el proceso energético en el que la onda de excitación descienda por el cuerpo hasta las piernas y los pies. Nos sentimos enraizados cuando la onda de excitación llega al suelo, invierte su dirección y fluye hacia arriba, como si la tierra nos empujara para mantenernos erguidos.
Dado que los seres humanos pensamos constantemente mientras permanecemos despiertos, podríamos preguntarnos si la distracción no es natural. Pero normalmente la atención oscila con suficiente rapidez como para que sea posible tener conciencia de lo que sucede en la mente y en el cuerpo simultáneamente. El éxito de esta práctica depende de la presencia de una pulsación energética en el cuerpo que conecte sus dos extremos.

La calidad del enraizamiento de un individuo determina su sensación interna de seguridad. Si está bien enraizado, se siente firme sobre sus piernas. Lo que importa no es lo fuerte que sean sus piernas sino la sensibilidad que tengan.
La sensación básica de seguridad de un individuo está determinada por su relación primera con la madre. Las experiencias positivas - cuidados, cariño, apoyo, afecto, aprobación- dejan el cuerpo del niño en un estado suave, natural y gracioso. El niño experimentará su cuerpo como una fuente de placer y de gozo, identificándose y sintiéndose conectado con su naturaleza animal. Por el contrario, cuando un niño sufre la falta de atención afectiva por parte de la madre, su cuerpo se tensa. La madre es nuestra tierra personal, así como la tierra es nuestra madre universal.
Cualquier inseguridad que sienta el niño en la relación con su madre quedará registrada en su cuerpo. Una vez que se ha registrado ésta, el individuo queda atrapado en un círculo vicioso, ya que continuará sintiéndose socavado mucho después de haber dejado de depender de la madre.
El problema de la inseguridad es insoluble si el individuo no cobra conciencia de su desarraigo. Quizá crea estar seguro de sí mismo porque tiene dinero, una posición y una familia, pero carecerá de una sensación interna de seguridad si no está enraizado.

Además de la relajación muscular, es esencial que el cuerpo mantenga un correcto alineamiento  para que la excitación lo recorra libre y plenamente. Ese alineamiento comienza en el pie, en donde el arco actúa como un mecanismo de resorte que absorbe los golpes que se producen al caminar. Los pies planos ocasionan una pérdida del efecto de resorte en el paso e indican que los pies están insuficientemente cargados de energía. Los arcos elevados, por su parte, suelen observarse en individuos con piernas extremadamente delgadas. Criados por madres inaccesibles u hostiles, esos individuos se sienten obligados a despegarse del suelo.
La posición de los pies es importante también para el alineamiento apropiado. Debemos aprender a pararnos con los pies derechos y separados unos veinte centímetros, y las rodillas ligeramente flexionadas y en línea con la parte media de cada pie.

Es importante que el individuo perciba sus piernas y sus pies esté caminando, de pie o sentado. Al estar sentado, es importante que cobre noción de sus asentaderas.
Los individuos que no están enraizados padecen problemas lumbares. Los que están enraizados y son armoniosos se mantienen erguidos por obra de una fuerza vital que corre desde el suelo a través de los pies, las piernas, los muslos, la pelvis, la espalda, el cuello y la cabeza. La existencia de esta fuerza o energía vital es reconocida en la disciplina yoga, se llama Kundalini y se dice que fluye del sacro a la cabeza a lo largo de la columna vertebral cuando el discípulo medita en la posición del loto. De pie o caminando, uno experimenta este movimiento energético que proviene del suelo.

Al igual que los árboles, los seres humanos miramos al cielo como fuente de energía vital, pero también dependemos de la tierra para nuestra substancia. Si nos disociamos de nuestra naturaleza animal (y de la mitad inferior del cuerpo), perdemos nuestro enraizamiento. Para estar enraizado hay que ser una persona sexual. Y para que uno sea un adulto sexual, los movimientos de la pelvis deben ser libres.
En general, nuestros movimientos son armoniosos sólo si permitimos que la onda de excitación fluya hacia arriba, sin impedimentos, desde el suelo. Para esto es imprescindible que la pelvis esté relajada. Cuando la pelvis se mueve libremente, uno se siente elevado, desenvuelto y lleno de gracia.

Uno podría preguntarse cómo se aplica el principio del enraizamiento al acto sexual cuando dos personas yacen una sobre la otra en la cama. Si el hombre se coloca encima, puede enraizarse presionando sus pies contra los pies de la cama o contra la pared. Con las rodillas flexionadas, la pelvis se moverá naturalmente. Si la cama no tiene barandilla y no hay ninguna pared al alcance, el hombre puede enterrar los dedos de los pies en el colchón de modo que el movimiento pélvico parta de los pies. Si la mujer se coloca bajo, puede enraizarse presionando los pies en el colchón o colocando las piernas alrededor de su compañero de modo que su propio cuerpo se convierta en suelo. (Desde luego, ambos pueden intercambiar las posiciones.) La aplicación de este principio a los movimientos sexuales del coito constituye una importante diferencia en la calidad e intensidad de las sensaciones. La excitación aumenta debido a que toda la parte inferior del cuerpo participa activamente en el acto sexual, y no sólo el aparato genital. Si uno está enraizado en el acto sexual, le es más fácil entregarse a la descarga orgásmica.

Cuando la terapia tiene éxito, los pies del paciente se agrandan, las piernas se ablandan, la pelvis se afloja, la respiración se hace más profunda y los hombros descienden. El individuo ya no se impulsa a sí mismo hacia arriba sino que deja que lo sostenga el suelo.
Lamentablemente, nuestra cultura se está alejando del cuerpo como fuente de sentimientos y espiritualidad. Nuestros programas de acondicionamiento físico no están diseñados para aumentar la sensibilidad del cuerpo sino para pulirlo como si fuera una máquina. De este modo, resultan individuos aptos sólo para cubrir la carrera de la vida. Si la meta es llegar a la cima, supongo que los programas de acondicionamiento físico serán útiles. Pero si la meta es experimentar la alegría de estar cabalmente vivo, la excitación de sentirse parte del universo pulsante y la profunda satisfacción de ser una persona armónica y agradable, entonces habrá que buscar otro medio.

Es difícil aminorar el ritmo cuando el mundo pasa corriendo a nuestro lado. Es difícil arraigarse cuando la cultura misma está desarraigada, cuando niega la realidad y fomenta la ilusión de que el éxito representa un estado superior y que la gente de éxito lleva una vida más rica y plena. De todos modos, los verdaderos valores en la vida son valores “terrenos”: la salud, la gracia, la conexión, el placer y el amor. Pero estos valores cobran significado sólo si se tiene los pies firmemente asentados en la tierra.