VERGÜENZA Y HUMILLACIÓN
El sentimiento de vergüenza, al igual que el de culpa, tiene un efecto desintegrador sobre la personalidad. Destruye la dignidad de un individuo y socava su sentido del Sí-mismo. Sentirse humillado en general es mucho más traumático que ser herido físicamente. La cicatriz que deja rara vez sana de manera espontánea. Se experimenta como una mancha de la personalidad y generalmente se requiere un considerable esfuerzo terapéutico para eliminarla.
En nuestra cultura, pocas personas crecen sin experimentar algún sentimiento de vergüenza o humillación. Se avergüenza a la mayoría de los niños para que se comporten civilizadamente. Se les hace sentir vergüenza si aparecen desnudos en público, si no desarrollan el control de sus deposiciones y si no aprenden modales propios de la mesa. Recuerdo una escena en una reunión familiar en la cual mi hijo de dos años y medio se estaba metiendo entre la blusa de su madre para tomar algo de su “lechecita”. En esa época todavía se amamantaba. Viendo esta acción, su abuelo dijo: “¡No te da vergüenza, un chico grande como tú, que todavía quiera mamar!”. Le pregunté al abuelo, que nació y se crió en Grecia, cuánto tiempo se había amamantado. Cuando me respondió: “Cuatro años o más”, advirtió qué irracional había sido su comentario anterior.
Existen muchas actitudes irracionales vinculadas a la vergüenza. En una época en que el pecho femenino se expone públicamente para el deleite de los adultos, se considera vergonzoso que una mujer amamante a su hijo en público. Y mientras no mucho tiempo atrás una mujer joven se hubiera avergonzado de no ser virgen, hoy puede avergonzarle admitir que todavía lo es. La minifalda, que hoy es socialmente aceptable, antes hubiera sido una fuente de vergüenza. Por lo mismo, llevar un vestido largo hasta la rodilla confundiría o avergonzaría a la mujer moderna.
Es obvio que la vergüenza está estrechamente relacionada con los estándares de comportamiento socialmente aceptados. Así como toda cultura tiene su sistema de valores, toda sociedad tiene su código de conducta, que encarna estos valores. Si hemos de comprender la sensación de vergüenza, es importante reconocer que ese código de conducta no es siempre el mismo para cada miembro de la sociedad. Puede variar considerablemente con la posición social del individuo.
Esto se hace inmediatamente evidente cuando advertimos que el comportamiento que una clase de persona consideraría vergonzoso, puede ser considerado como aceptable por otra. Los modales en la mesa son un buen ejemplo. Una persona en una familia de clase alta se sentiría avergonzada si comiera en compañía de sus amigos con los modales de un campesino. Los modales en la mesa, al igual que la dicción y la vestimenta, reflejan la crianza y los antecedentes de la persona y, en consecuencia, se los considera signos de su posición social. Una persona se sentirá avergonzada si su conducta en estos ámbitos la hace darse cuenta de su inferioridad social. Tal vez el ejemplo extremo sea la vergüenza que embargaba a un gentilhombre inglés del siglo pasado que se veía forzado a trabajar. Se asociaba el trabajo con las clases bajas y ésta era una señal de inferioridad social.
La vergüenza, sin embargo, tiene raíces más profundas que la distinción de clases. Hay acciones que se consideran vergonzosas sin tener en cuenta la posición social de la persona. Estas acciones corresponden a las funciones corporales de excreción y sexualidad. En nuestra cultura, se entrena a todos los niños, desde temprana edad, en la limpieza de los excrementos y este entrenamiento necesariamente indica una sensación de vergüenza en cuanto a esta función. Todos los adultos llevan dentro de la estructura de su ego un sentido de la vergüenza en cuanto a ensuciarse o mojarse, aún cuando estos hechos sean inevitables. Lo vergonzoso no es la función sino la manera de cumplirla.
Si un hombre orinara en la calle, recibiría de los transeúntes miradas destinadas a avergonzarlo. Y si estuviera en pleno uso de sus facultades mentales, es decir ni ebrio ni psicótico, se avergonzaría. La vergüenza no reside en el acto de orinar, sino que se origina en el hecho de que ésta no es una forma socialmente aceptada de comportarse para un hombre. A un niño pequeño se le puede permitir actuar de esta manera y a nuestras mascotas se les permite “hacer sus necesidades” en público, pero cuando una persona se comporta como un animal lo consideramos vergonzoso.
La primera distinción de clases, y en la que se origina el sentimiento de culpa, es la que existe entre el hombre y los animales. Esta distinción se da en todas las culturas y está basada en que el hombre se considera superior a los animales. Decirle a una persona que se comporta como una bestia o que en la mesa tiene los modales de un animal, es un comentario despectivo. Aunque el comportamiento en cuestión puede no ser típico de un animal, el comentario está realmente destinado a expresar que es impropio en un ser humano. El hombre, a diferencia del animal, vive según un conjunto de valores conscientes. Estos valores varían en las diferentes culturas, pero sean cuales fueren subyacen al sentimiento de vergüenza cuando no se obedece a ellos.
Los valores son juicios del ego sobre el comportamiento y los sentimientos y, como todas las funciones del ego, pueden actuar para producir placer o para negarlo. La limpieza es un ejemplo simple. Valoramos la limpieza — algunas personas dicen que es algo próximo a la santidad— porque nos hace sentir que en cierta medida controlamos nuestro medio inmediato. Una casa sucia o llena de polvo indica una falta de control. Rebaja al ego a vivir como un puerco. Dado que la limpieza agranda el ego, puede aumentar el placer que se siente en la casa. También puede decirse que la limpieza es más saludable, pero esto sólo se da con una limpieza mínima. El polvo, suciedad o desperdicios normales que perturbarían a un ama de casa común no amenazan la salud. Sin embargo, cuando la limpieza se convierte en un valor disociado, cuando se vuelve una obsesión, puede estropear seriamente el placer que se siente en el hogar. En demasiados hogares se sacrifica el placer de vivir, por un estado de limpieza que sólo tiene sentido en relación con el sentimiento de vergüenza del ama de casa porque su hogar no está a la altura de algún estándar. Para muchas personas, la suciedad es un reflejo personal que disminuye la propia posición o status.
La vergüenza y el status están estrechamente relacionados. Si el propio status dentro de un grupo dependiera de tener un automóvil nuevo, la persona se sentiría avergonzada si condujera un automóvil viejo. De la misma manera, si el status dentro de un grupo estuviera determinado por la medida en que se rechazan los valores establecidos, entonces la suciedad podría convertirse en un nuevo valor y el individuo que se viste con demasiado esmero se avergonzaría frente a quienes sostienen el nuevo valor si buscara aceptación. Sólo sobre esta base podemos comprender la atracción de las nuevas modas adolescentes.
Antes una persona se habría avergonzado de no usar zapatos, mientras que ahora, en algunos círculos, se avergüenzan de no andar descalzos. En la medida en que existan valores del ego que determinen posición y status surgirá el sentimiento de vergüenza.
El status, como hemos visto anteriormente, juega también un importante rol en las sociedades animales. Sin embargo, está determinado por factores diferentes de los que utilizamos nosotros. En la mayoría de los grupos de animales se desarrolla una jerarquía en la cual los miembros más fuertes y agresivos están en la cima del orden y los más débiles y jóvenes abajo. Nunca se cuestiona esta desigualdad, basada en dotes naturales. Por otra parte, no conduce a sentimientos de superioridad o inferioridad, ni provoca vergüenza entre los miembros del grupo. Las diferencias se aceptan como hechos de la naturaleza y no se deben a juicios basados en valores del ego.
Entre las personas existen diferencias naturales, y debido a que se las acepta como un hecho, no provocan vergüenza. Estas diferencias determinarán un orden de prestigio y autoridad. El luchador más valiente será elegido naturalmente para dirigir a su grupo hacia el combate. Los hombres más viejos y sabios son normalmente los consejeros. Cada miembro de una verdadera comunidad encuentra el lugar apropiado para aplicar su talento y sus habilidades y no se siente avergonzado si ese lugar es diferente o inferior del de los demás. A nivel del cuerpo, cada persona se siente igual a las demás; comparte las mismas funciones y tiene las mismas necesidades y deseos.
Este sentido de igualdad existe entre los niños, que viven mucho más en función de su sensibilidad corporal y que aún no han desarrollado un conjunto de valores del ego. Cuando se desarrollan estos valores y se convierten en la base a partir de la cual se determina la relativa posición social de unos con respecto a los otros, se pierde el sentido corporal de igualdad y se juzga a los individuos como superiores o inferiores. La vergüenza deriva de la conciencia de inferioridad. Cualquier acto que haga que la persona se sienta inferior la hará sentirse también avergonzada. La vergüenza y la humillación van de la mano. Ambas le quitan al individuo la dignidad, el respeto a sí mismo y el sentimiento de que es igual a (tan bueno como) los demás.
En consecuencia, puede decirse que todas las personas que carecen de sentido de dignidad y que se sienten deficientes sufren un sentimiento de vergüenza y humillación que puede ser consciente o inconsciente. La desaparición gradual de las diferencias de clase ha disminuido el sentimiento de vergüenza en muchos aspectos de la vida. Hay una creciente aceptación del cuerpo y sus funciones. La exhibición del cuerpo, que en el pasado se hubiera considerado vergonzosa, hoy es socialmente aceptable. Lo mismo ocurre con las referencias al sexo en público.
En realidad a algunos observadores puede parecerles que las personas han perdido todo sentido de la vergüenza. Desafortunadamente, no es verdad. Con frecuencia se niegan los sentimientos yendo al extremo opuesto.
Al rechazar un valor del ego, eliminamos la vergüenza que atañe sólo a ese valor. Pero nuevos valores toman su lugar y se convierten en los criterios de status, dando origen a sentimientos de vergüenza cuando el propio comportamiento no alcanza a cumplir con los nuevos estándares. Observo que las personas se avergüenzan de sus cuerpos cuando no se adaptan a la moda del momento. La nueva moda respecto de los cuerpos es la juvenil. Muchas personas se sienten avergonzadas porque sus cuerpos se ven algo gordos o porque sus vientres son protuberantes. En otras épocas, éstos eran signos de abundancia y se los valoraba en consecuencia. La apariencia juvenil es un valor del ego que puede o no aumentar nuestro placer. Si parecemos jóvenes porque nos sentimos vibrantes y vivos, éste es un valor positivo. Pero hacer pasar hambre al cuerpo y estirar los músculos para satisfacer una imagen del ego no es el camino hacia el placer corporal.
El éxito es otro valor del ego y muchas personas se sienten avergonzadas porque no alcanzaron el éxito que otros miembros del grupo parecen haber obtenido. Observo que muchas personas están avergonzadas de sus sentimientos. Aun en la terapia, se sienten confundidas al admitir sus debilidades, avergonzadas de llorar, humilladas al reconocer su temor e impotencia. “No seas llorón” es una manera de avergonzar a un niño para que reprima su desdicha. “No seas cobarde” avergüenza a un niño para que reprima su temor. La lucha excesiva por el éxito que caracteriza a nuestra cultura tiene sus raíces en la humillación a la que se somete a los niños cuando no están a la altura de la imagen de sus padres.
La vergüenza, al igual que la culpa, es una barrera para la autoaceptación. Nos vuelve autoconscientes y, en consecuencia, nos quita la espontaneidad, que es la esencia del placer. Coloca al ego en contra del cuerpo y, al igual que la culpa, destruye la unidad de la personalidad. La salud emocional no es posible en el individuo que lucha contra un sentimiento de vergüenza.
¿Significa esto, entonces, que los seres humanos deben renunciar a sus modales civilizados para liberarse de esta carga? Yo pienso que no. Una civilización requiere formas civilizadas de comportamiento si ha de funcionar armoniosamente. Yo no estoy dispuesto a renunciar a nuestra civilización, aunque creo que deberían introducirse muchos cambios en ella. Debemos eliminar el uso de la vergüenza en nuestros métodos educativos. Se la emplea porque los padres y maestros no confían en los impulsos naturales de un niño. Suponen que se resistirá a aprender modales civilizados a menos que se lo presione. Olvidan que el animal humano quiere y necesita ser aceptado por su comunidad y que hará todos los esfuerzos para aprender los modales aceptados. Se facilitará este esfuerzo si se asocian estos modales con el placer y no con el dolor de la vergüenza.
Educar a un niño con placer en lugar de vergüenza es un enfoque creativo de la enseñanza de los modales civilizados. En este enfoque no se utilizan ni premios ni castigos. Si el patrón de comportamiento de un hogar conduce al placer, un niño adoptará este patrón espontáneamente. Naturalmente, imitará a sus padres si ve que su manera de actuar torna la vida más agradable. Y aprenderá las formas aceptadas de interrelación social cuando vea que éstas facilitan las relaciones interpersonales.
Algunas madres me han preguntado qué pueden hacer con un niño que se resiste a ir al retrete e insiste en usar pañales. Dejando de lado el trabajo adicional que puede darle a la madre, la única persona que queda verdaderamente disminuida es el niño. Sea cual fuere el miedo que puede tenerle al retrete, es improbable que persista en sus modales infantiles cuando vea que otros niños se han liberado de esta incapacidad. Si la madre pudiera superar su propio sentimiento de vergüenza, este problema se resolvería naturalmente. Nunca he conocido a un niño que siguiera utilizando pañales en la escuela. Una gran comprensión del sentimiento del niño evitaría un serio conflicto que podría tener efectos traumáticos. Si no se juzga a un niño, aprenderá los modales civilizados a través de su lucha natural por el placer, sin desarrollar un sentimiento de vergüenza.
Al dividir la unidad de la personalidad, el sentimiento de vergüenza produce su opuesto, la vanidad. Al igual que la persona con sentido de la vergüenza, la persona vanidosa es autoconsciente, aunque su juicio sobre su aspecto personal es positivo. ¿No es la vanidad una reacción al estado previo de vergüenza?
Habiendo reprimido todos los aspectos de su comportamiento y apariencia que la hacían sentirse avergonzada, ahora puede desfilar como modelo de su clase, y efectivamente, lo hace.
Pero es sólo un modelo, no un ser humano. Los sentimientos normales con respecto al cuerpo, que están libres de los juicios de valor, son la modestia y el orgullo naturales, una persona expresa su identificación con su cuerpo y el placer y la alegría de su funcionamiento.