martes, 24 de marzo de 2026

La Experiencia del Placer, parte 33

IRA Y TEMOR

El otro par de emociones, ira y temor, está relacionado con la experiencia o con la expectación del dolor. Su afloramiento a la conciencia coincide con el crecimiento y  con la coordinación del sistema muscular. Antes de cumplir el primer año de vida, un niño comienza a reaccionar frente al dolor y a la angustia con movimientos volitivos. Su respuesta anterior, puramente involuntaria, se manifestaba llorando, sacudiéndose, retorciéndose y pataleando sin ton ni son. Estos movimientos expresan un sentimiento de irritación que, cuando el niño se hace más fuerte, se  convierte en ira. En lugar de intentar evitar una situación desagradable, tirará lejos un objeto que le disgusta, empujará con los brazos o incluso morderá cuando se sienta frustrado o herido. La emoción de ira lentamente anula el llanto como medio de liberación de la tensión. La ira de un niño, sin embargo, es generalmente ineficaz para cambiar su situación y suele dar paso al llanto, el mecanismo básico  de liberación de la tensión.

Hablando en general, la ira es una respuesta más efectiva que el llanto, dado que apunta a eliminar la causa del dolor. En consecuencia, se necesita capacidad para  discernir una causa y conocer el objeto contra el cual ha de ser dirigida la ira. El llanto da una sensación de impotencia ante la situación, mientras que con la ira se supera esa sensación.

En el sentimiento de ira, la excitación carga el sistema muscular de la parte posterior del cuerpo, movilizando los poderosos movimientos de ataque. Los principales órganos de la agresión están localizados en el extremo superior y  delantero del cuerpo, debido a que este extremo está directamente conectado con la necesidad de buscar y tomar el alimento. En consecuencia, la ira se experimenta como una oleada de sensaciones hacia arriba por la parte posterior del cuerpo y hacia la cabeza y los brazos. Esta oleada de sensaciones está asociada a un fuerte flujo de sangre hacia estos lugares, que justifica que algunas personas literalmente vean todo rojo cuando su ira es muy intensa. Si hay inhibiciones y tensiones que bloquean estas sensaciones, puede aparecer una jaqueca causada por la tensión. 

El llanto, en cambio, se experimenta como un abatimiento. En el llanto, la carga se retira del sistema muscular y la tensión se libera en una serie de sollozos  convulsivos. La ira es, en muchos aspectos, como una tormenta eléctrica. Cuando la ira se descarga por medio de movimientos violentos, el rostro se aclara y se recupera el bienestar. El llanto es como una lluvia suave.

La ira y el temor pertenecen al grupo de las emociones de emergencia; ambas activan el sistema simpático-adrenal para brindar la energía adicional para la lucha o para la huida. En ambas emociones, el sistema muscular se carga y se moviliza para la acción. Si se trata de un sentimiento de ira, el organismo ataca la fuente del dolor. Cuando se trata de temor, se vuelve y huye del peligro. Estas dos direcciones opuestas de movimiento reflejan lo que sucede en el cuerpo. El movimiento hacia arriba por el lomo, que eriza los pelos del cuello de un perro, junto con un  movimiento de la cabeza hacia adelante y una bajada de los hombros es la preparación para un ataque. El movimiento hacia abajo, a lo largo del lomo, provoca la contracción de la zona de la cola y la carga de las piernas para la huida. 

En un estado de temor pone pies en polvorosa. Si huir es imposible, la excitación queda en el cuello y en el lomo, sube los hombros, abre completamente los ojos, empuja la cabeza hacia atrás y mete el rabo entre las patas. Dado que ésta es una típica expresión de temor, esta actitud corporal indica que la persona está en un constante estado de temor, sea o no consciente de él.

La vía del flujo de excitación en la ira, por la espalda y hacia la cabeza, puede explicarse por el hecho de que en el hombre, como en la mayoría de los mamíferos, los órganos primarios de ataque son la boca y los dientes. El impulso de morder es la forma primordial de expresar ira. Casi todos los niños muerden y a veces lo hacen también los adultos, particularmente las mujeres. Es una forma muy efectiva de ataque, dado que causa un dolor intenso, pero tiene la desventaja de requerir un contacto muy cercano. La acción de golpear, que tiene una variedad más amplia y permite más maniobrabilidad, ha anulado, en consecuencia, el  mordisco como principal expresión física de ira. Pero cuando una persona está muy iracunda, su rostro generalmente adopta una expresión de gruñido que está asociada con el mordisco.

Las inhibiciones del mordisco son parcialmente responsables de muchos de los trastornos que impiden expresar la ira. Estos trastornos adoptan la forma de una incapacidad de sentir ira, ataques de histeria y persistentes sentimientos de  irritación. La ira, como todas las verdaderas emociones, es una expresión egosintónica. A diferencia de las reacciones histéricas, no estalla contra la intención consciente; está dirigida por el ego y apunta a un resultado positivo, a saber,  eliminar una causa de frustración o dolor. La ira no es hostilidad, ya que no es un rechazo ni un congelamiento.

Las inhibiciones del mordisco impiden el flujo de excitación hacia la cabeza y la boca y bloquean la experiencia natural de esta emoción. La incapacidad de las personas de “morder la vida” o de “hincar los dientes en una situación” es uno de los resultados de la represión del impulso de morder. No abogo por que se aliente a los niños a morder; pero no se los debería castigar por el mordisco ni por alguna otra expresión de ira. La persona a quien se niega el derecho de expresar ira queda indefensa. Queda reducida a un estado de temor e impotencia que intentará superar manipulando a su medio. Bioenergéticamente, se ha demostrado que debajo de todos los sentimientos crónicos de temor e impotencia subyace ira reprimida.

La correspondencia entre temor e ira es tal, que lo uno se convierte en lo otro. Si una persona atemorizada se vuelve para atacar, se irritará y perderá el temor. Esto  sucede porque el flujo de excitación ha cambiado de dirección dentro del cuerpo. Su nuevo sentimiento es la percepción de este cambio. Cuando una persona que ataca comienza a retirarse, temerá por la misma razón. El sentimiento de ira se descarga con los movimientos de ataque. El sentimiento de temor se descarga a, través de la huida.

El temor se desarrolla cuando una fuerza aparentemente superior plantea una amenaza de dolor. La cautela aconsejaría retirarse para evitar resultar herido, pero la cautela es la voz de la razón y las emociones no están sometidas al control de la razón. La opción por la lucha o por la huida dependerá del individuo y de la  situación. A pesar de la fuerza superior del agresor, podemos reaccionar con ira frente a la violencia en circunstancias en las que la retirada es física o  psíquicamente desaconsejable. La verdadera ira añade un considerable grado de fuerza al individuo y generalmente es suficiente para comprender una desventaja en tamaño o peso. La persona que siente ira generalmente se sostiene con la convicción de que su posición es justa o correcta.

Sin embargo, en situaciones en las cuales no puede movilizarse la ira porque el peligro es vago, desconocido o impersonal, el temor es una reacción natural. Los niños, por ejemplo, sienten temor cuando están solos en la oscuridad. Se sienten impotentes y corren o lloran. Por la misma razón, los adultos temen a lo desconocido. Es absurdo decirle a un niño que no debería temerle a la oscuridad. Puede señalarse que no hay un peligro real, pero debe reconocerse que su temor es una respuesta biológica que no puede juzgarse.

Les infligimos un daño irreparable a los niños al decirles que son cobardes, haciendo que se sientan avergonzados de sus reacciones naturales. Esta actitud irracional de los adultos se debe en parte a su confusión en cuanto a la naturaleza  de las respuestas emocionales. En parte, también, representa la transferencia a los niños del trato que ellos recibieron cuando eran jóvenes e indefensos.

Si bien cuando tememos el impulso espontáneo es huir, este impulso puede bloquearse con un esfuerzo de la voluntad. La voluntad es un mecanismo de emergencia controlado por el ego, que puede, a veces, anular la respuesta emocional. Y en algunas situaciones puede salvarnos la vida. La voluntad, sin embargo, no disminuye el temor. Le permite a un individuo afirmarse o avanzar frente a él. También puede ser audaz, como cuando se utiliza la voluntad para vencer el temor en aras de la gratificación del ego.

Cuando el ego se identifica con el cuerpo, apoya las respuestas opcionales de éste y las orienta hacia acciones efectivas. Si una persona tiene miedo, el ego funcionará para asegurar su huida del peligro. Sin el control del ego que se produce a partir de la identificación con los propios sentimientos, el temor puede fácilmente degenerar en pánico. De igual manera, cuando una persona siente ira, su ego limita su comportamiento a lo necesario para evitar resultar herido o lesionado. El ego agrega un elemento racional a la ira y evita que quede fuera de control. Dado  que generalmente la ira cede cuando cesa la violencia, no se la puede considerar destructiva. No sucede lo mismo con la cólera. Cuando disminuye la identificación del ego con el cuerpo y se debilita su control, el arrebato de ira generalmente estalla en cólera, que con frecuencia es destructiva para la persona y para su medio.

Como la mayoría de las funciones de la personalidad, el pánico y la cólera guardan entre sí una relación polar. Ambas se basan en una sensación de estar atrapados.  Cuando una persona se enfrenta a una amenaza agobiante de dolor que no puede contrarrestarse con la huida ni con la lucha, desarrollará un sentimiento de pánico o de cólera. Si huye, su huida será desesperada, un deseo salvaje de escapar a cualquier precio. Correrá ciegamente, es decir, sin una apreciación correcta de la realidad de su situación; en otras palabras, sin el control o dirección del ego. Si no  puede huir, reaccionará con cólera.

Estamos familiarizados con el pánico, por el comportamiento de las personas que se sienten atrapadas por el fuego. En su deseo de huir de la situación amenazante suelen pasar por alto posibles vías de escape y se vuelven autodestructivas. Generalmente hay pánico en épocas de guerra, cuando las personas huyen ciegamente del enemigo que avanza. Lo que no podemos comprender es que un niño puede ser presa del pánico cuando es amenazado por un padre iracundo. Está literalmente atrapado, dado que ni la lucha ni la huida son posibilidades
razonables. Como no hay escape, su pánico puede manifestarse en forma de gritos histéricos. Los niños que viven bajo una amenaza de dolor relativamente constante desarrollan un estado de pánico, sentimiento que reprimirán cuando crezcan. Esta represión es sólo relativamente eficaz. El pánico se abre paso más tarde en la vida, en situaciones de estrés que no justifican racionalmente una reacción tan intensa. 

Algunas personas están tan próximas al pánico que temen salir solas de su casa. He tratado numerosos casos de este tipo. En otras, el pánico está justo bajo la superficie. Generalmente, se manifiesta en el pecho inflado y en la dificultad respiratoria, La persona que se halla en estado de pánico siente que no puede aspirar suficiente aire. A la inversa, cuando una persona no puede aspirar suficiente aire cae presa del pánico. Un grito reprimido subyace a la dificultad respiratoria. Si se libera el grito terapéuticamente, mejora la respiración y disminuye el sentimiento de pánico. Cuando una persona se siente atrapada, también puede reaccionar
con cólera, especialmente si hay algún objeto sobre el cual puede descargarla. En el estado de cólera, la excitación muscular es excesiva y la persona pierde el control sobre sus acciones. Al igual que el pánico, la cólera es ciega. La persona con cólera golpea indiscriminadamente, sin darse cuenta de los efectos destructivos de sus acciones. A diferencia de la ira, la cólera no está asociada con una provocación específica, porque tiene origen en la sensación de estar atrapado.

¿Cómo podemos comprender la cólera que algunos padres manifiestan  ocasionalmente hacia sus hijos? Es difícil imaginar cómo un niño puede causar un temor avasallante en los padres. Debemos buscar la explicación en la sensación de la madre de estar atrapada por el niño. Por una parte, una madre está atada a su hijo. Sabe que tiene la obligación de brindarle atención y cuidados constantes. Si
su energía está baja, sentirá que el niño es una carga. Si su relación con su esposo es dolorosa, verá al niño como una cadena que la ata al dolor de esta relación. Si sus propias necesidades infantiles no recibieron satisfacción se sentirá agraviada por las demandas de amor del niño. 

A menos que su experiencia de crianza sea un placer y una alegría, se sentirá atrapada por la obligación que ha asumido. Y en momentos de extremo estrés se volverá contra el niño con cólera.
El efecto de la cólera materna sobre el niño es el terror. Describiré esta emoción en el próximo párrafo. Aquí me gustaría afirmar que este efecto se produce aun cuando la cólera no adopte la forma de violencia manifiesta. El niño que siente la violencia latente en su madre queda igualmente afectado. La expresión de cólera en el rostro de su madre es algo que un niño no puede comprender o tolerar. Es una amenaza para la existencia del niño. He visto a madres mirar a sus hijos con cólera en sus rostros. Ha sucedido en mi consultorio sin que la madre fuera
consciente de su expresión. La cara de la madre se ensombrecía, como si una nube negra hubiera descendido sobre su frente y sus ojos. Su mandíbula estaba fija. Los ojos fríos y duros. Era la mirada de un asesino. Al enfrentarse con esta mirada, un niño se congela de terror.

En el terror, el sistema muscular se paraliza, imposibilitando cualquier forma de lucha o huida. El terror es una forma de miedo más intensa que el pánico y se
desarrolla en situaciones en las cuales todo esfuerzo por resistir o escapar parece inútil. El terror es una forma de shock; se retira el sentimiento de la periferia del cuerpo, reduciendo la sensibilidad del organismo hacia la agonía final anticipada. Representa una huida hacia el interior. El niño que experimenta terror hacia sus padres desarrolla una personalidad esquizoide. La estructura de su cuerpo muestra todos los signos de esta emoción; está tiesa y contraída o fláccida debido a su tono muscular pobre. La superficie del cuerpo está insuficientemente cargada. Los
ojos tienden a estar en blanco y la expresión facial parece la de una máscara. La respiración está gravemente constreñida por contracciones en los músculos de la garganta y los bronquios. La inspiración es superficial y el tórax se mantiene en la posición espiratoria. La paralización del movimiento conduce a una despersonalización, es decir, a una disociación entre el ego perceptivo y el cuerpo.

Cuando el sentimiento subyacente es de pánico, el cuerpo tiene una expresión diferente. Está tenso, como si estuviera dispuesto para la huida. El pecho está inflado y se mantiene en la posición inspiratoria. El temor mueve a la persona a aspirar aire para obtener el oxígeno adicional que se requiere en la lucha o en la huida. En el pánico se retiene el aire, se cierra la garganta y puede parecer que la persona no respira. Esta incapacidad de expeler totalmente el aire mantiene el estado de pánico, tal como la incapacidad de inspirar plenamente prolonga el estado de terror.

La furia es la contrapartida del terror. Es una ira sin remordimiento y tiene un efecto devastador. A diferencia de la ira, que es escalonada, y de la cólera, que es salvaje, la furia es fría y dura. Representa, en consecuencia, el aspecto agresivo del odio. Una persona que odia está furiosa por dentro y exteriormente es fría. Una persona que ama está internamente relajada y externamente es cálida.

Este espectro de emociones simples no pretende ser definitivo. Es un esquema conveniente para mostrar el orden biológico que prevalece en este nivel de la
personalidad. En el próximo capítulo analizaré cómo distorsionamos nuestra vida emocional.

lunes, 16 de marzo de 2026

La Experiencia del Placer, parte 32

 AFECTO Y HOSTILIDAD

Las emociones pueden clasificarse en simples o compuestas. La emoción simple tiene sólo un tono de sentimiento, placer o dolor. Las emociones compuestas  contienen elementos de placer y de dolor. La tristeza y la compasión son, como lo veremos, emociones compuestas.

También pueden combinarse dos o más emociones para producir una respuesta más compleja. En el resentimiento, por ejemplo, hay ira más temor. Generalmente, los juicios de valor se superponen a los propios sentimientos, produciendo lo que yo llamo emoción conceptual. La culpa, la vergüenza y la vanidad entran en esta categoría.

A veces, las sutiles respuestas emocionales de las personas escapan a una definición. Las palabras son inadecuadas para describir todos los matices de  sentimientos que el ser humano es capaz de experimentar.

No es mi intención analizar cada respuesta emocional. Sin embargo, algunas son importantes para comprender la personalidad humana. Estas, que incluyen las emociones simples, recibirán toda nuestra atención.

Hay dos pares de emociones simples, cuyos miembros guardan una relación polar entre sí. Temor e ira forman un par; amor y odio forman el otro. El segundo par abarca a todas las emociones que pueden agruparse bajo los títulos afecto y hostilidad. Generalmente definen nuestros sentimientos hacia los demás, aunque podemos hablar de amor y odio a objetos y situaciones.

El afecto es el acercamiento a los demás y al mundo desde un estado excitado de expectación placentera. Representa una reacción expansiva en el cuerpo. Se basa en el flujo de sangre hacia la superficie del cuerpo que se produce por la dilatación del sistema sanguíneo periférico.

El flujo de sangre hacia la superficie crea una sensación de calor físico. Los sentimientos afectuosos se caracterizan por su calor. Decimos que una persona afectuosa es cálida. Las demás manifestaciones físicas de placer también están  presentes. La musculatura está floja y relajada, el latido cardíaco es lento, las pupilas están contraídas, etcétera.

El calor del afecto está principalmente en la piel, la sangre fluye hacia ella. Esto produce un deseo de algún contacto físico con la persona que es objeto de estos  sentimientos: un apretón de manos, un abrazo o un beso. Todos los sentimientos afectuosos tienen un aspecto erótico y son una expresión del impulso erótico, o Eros. Los elementos eróticos del afecto pueden ser secundarios o dominantes. Son secundarios en la amistad y dominantes en el amor sexual. Un fuerte elemento erótico es el provocado por un alto grado de excitación, con centro en las zonas eróticas. Luego éstas se sobrecargan con sangre.

Los sentimientos opuestos, a saber, aquellos que pueden denominarse hostiles, están también determinados por el flujo de sangre, pero en dirección opuesta. La sangre abandona la piel y la superficie del cuerpo, provocando una sensación de frialdad. Todos los sentimientos hostiles son fríos. La persona hostil retrae su afecto y se vuelve fría hacia otro individuo. Pierde todo deseo erótico que pueda haber tenido y repele cualquier idea de contacto físico.

Todos los sentimientos hostiles representan, en consecuencia, la retracción del sentimiento. Ni el afecto ni la hostilidad representan una actitud agresiva. La agresión es una función del sistema muscular, que no participa activamente en los sentimientos que estamos tratando. Generalmente se añade un componente  agresivo a estos sentimientos, transformándolos en acciones específicas. El acto sexual requiere este añadido para que se produzca la copulación. Cuando un elemento agresivo se une a un sentimiento hostil, se produce un ataque o una agresión, que difiere de la reacción puramente hostil de volverse frío.

La palabra “agresivo” se utiliza en psicología como opuesto a lo pasivo. Agresivo implica moverse hacia la persona u objeto, mientras que “pasivo” indica una  inhibición de este movimiento. Una persona puede ser agresivamente hostil o agresivamente afectuosa; del mismo modo, puede ser pasiva al expresar hostilidad o afecto. Es obvio que la palabra “activo” no puede utilizarse en este contexto como opuesta a pasivo, dado que carece de la connotación de una dirección u objetivo. Un jugador de tenis agresivo, juega para ganar; un jugador activo no  necesariamente tiene esta meta.

Para demostrar la polaridad de los sentimientos afectuososy hostiles, trataré y compararé amabilidad con hostilidad y amor con odio. La amabilidad distingue nuestros sentimientos por la persona que tiene actitudes y gustos similares a los nuestros, de nuestros sentimientos por un extraño. Los placeres se comparten con un amigo. Dudamos de compartirlos con extraños. Pero por el acto mismo de  compartir un placer con un extraño, éste se convierte en un amigo.

La reserva que se manifiesta hacia el extraño es muy evidente en la mayoría de los niños grandes. Un niño pequeño, que tiene el sentido del sí-mismo sin desarrollar,  no hace distinciones entre los niños de su misma edad. En cambio, no sólo un grupo establecido de niños mira al recién llegado con reserva, sino que él también se acerca cautelosamente al grupo. Durante algún tiempo, observa las actividades a la distancia. Luego se aproxima gradualmente.

Cuando se familiariza más, uno de los otros niños puede invitarlo a participar en su juego. Cuando él lo hace, su aceptación está asegurada.

El extraño representa un elemento perturbador del sentimiento de calma y armonía que inunda a un grupo establecido. Su presencia puede inhibir el flujo de  sensaciones placenteras que se da entre amigos íntimos y, en consecuencia, puede provocar algún grado de hostilidad o frialdad. Por otra parte, el extraño introduce novedad y excitación, con su promesa de placer. En consecuencia,  provocará alguna curiosidad, que conducirá al contacto.

Cuál de los dos factores tiene más peso a la hora de determinar la respuesta al extraño depende de la personalidad de los miembros del grupo. Una persona  segura estará más dispuesta a aceptar a un extraño que una insegura.

La amabilidad con un extraño se manifiesta más en las personas que disfrutan que en las personas que se hallan en una situación de poder. Hablando en general, cuando las personas lo están pasando bien, tienden a ser receptivas con un extraño. Este placer las vuelve expansivas y las abre a nuevas experiencias. Un extraño siempre es bien recibido en una fiesta; generalmente es persona non grata en un enclave de poder. En la lucha por el poder las personas desconfían del extraño y le temen. Cuando no hay placer, el extraño suele encontrar hostilidad o inclusive enemistad.

Muchos años atrás, vi una tira cómica que mostraba vívidamente esta situación. Dos hoscos galeses estaban de pie en un campo mirando a un extraño que se acercaba.

—¿Lo conoces, Bill? —preguntó el primero.

—No —respondió el segundo galés.

—Tírale una piedra —dijo el primero.

La hospitalidad con el extraño es un concepto que se enseña como parte de la tradición judeo-cristiana, entre otras. La civilización moderna, con sus facilidades para los viajes y las comunicaciones, tiende a quebrar las barreras naturales entre los extraños. Pero éste es sólo un fenómeno superficial. Debajo de la aparente cordialidad con que se recibe al turista, siempre podemos captar la reserva y  frialdad subyacentes que sienten por el extraño las personas cuyas vidas están privadas de alegría.

La persecución del extraño es una expresión de odio, más que de simple hostilidad. Dado que puede ser un objeto natural de sentimientos hostiles, se convierte fácilmente en blanco de odios reprimidos que tienen origen en experiencias dolorosas de la niñez. Las personas proyectan sobre el extraño las hostilidades intensas que inicialmente experimentaron hacia la figura paterna y que han reprimido a través de la culpa. El extraño se transforma en el chivo expiatorio sobre el que se descargan estos sentimientos de hostilidad. Esta transferencia generalmente encuentra aprobación social y el ego la racionaliza fácilmente. La  hostilidad con que se recibe al extraño puede superarse con una creciente familiaridad, pero sería un error pensar que el odio hacia el extraño pueda superarse con educación.

Para liberar los odios reprimidos se necesita una situación terapéutica. Primero, debe utilizarse alguna forma de técnica analítica para hacerles conscientes. Segundo, se debe superar y liberar la culpa que sirve para reprimir estos  sentimientos hostiles. Y tercero, se debe ofrecer algún medio para la expresión física de la hostilidad en un ambiente controlado, de manera que se descarguen las tensiones físicas que subyacen a estos sentimientos. Cuando esto ocurre, se restablece la capacidad de experimentar placer y el “bienestar” se convierte en el tono normal del cuerpo. 

El amor y el odio son un conocido par de opuestos. No es difícil comprender la polaridad si advertimos que el odio es amor congelado, es decir, un amor que se ha enfriado. Cuando el amor se transforma en odio, no se debe a una decepción. Dado que el amor está basado en la esperanza del placer, se desvanece lentamente cuando no hay placer.

Un pretendiente rechazado se siente herido, pero no odia. La causa del odio es una sensación de traición. Si hemos dado un compromiso de amor que la otra persona ha aceptado, nuestro corazón está totalmente abierto, hemos depositado nuestra confianza en el otro. La traición de esta confianza es como un cuchillo clavado en nuestro corazón.

Provoca un shock en la personalidad, que paraliza todos los movimientos y frena todos los sentimientos. Es como el congelamiento rápido de los alimentos, que preserva el sabor deteniendo todos los procesos bioquímicos.

Es la sensación de traición la que siempre transforma los sentimientos afectuosos en animadversión. La traición de una amistad transforma el sentimiento positivo en  enemistad. La traición de la confianza convierte el afecto en animadversión. En consecuencia, el grado de animadversión es proporcional a la cantidad de sentimiento positivo invertido en una relación.

Los sentimientos afectuosos unen a las personas en un verdadero espíritu de comunidad, de manera tal que el bienestar de una persona le interesa a la otra. En particular el amor implica atención y dependencia mutuos. La persona enamorada lleva a la persona amada a su corazón y al mismo tiempo le entrega su corazón a la otra. Es fácil ver por qué una traición tiene un efecto tan profundo. Provoca una profunda herida que sana muy lentamente y deja una cicatriz.

La traición más importante es la de los padres, especialmente la de la madre al hijo. El niño no sólo depende de su madre, sino que está naturalmente abierto a ella. Una madre traiciona a su hijo cuando expresa hostilidad o muestra una actitud destructiva hacia él. El niño sólo puede reaccionar con el sentimiento: “Realmente no le importo”. Una manifestación de enfado no tiene el mismo efecto. El enfado es un sentimiento positivo y expresa una inquietud real. La hostilidad hacia un niño es otra cuestión. Nunca está justificada biológicamente,ya que el niño es una  prolongación de la madre. Es una expresión del odio a sí misma y una transferencia de la hostilidad que se desarrolló debido a que la mujer fue traicionada por su propia madre.

La hostilidad hacia un niño generalmente nace cuando éste no satisface la imagen que tienen los padres sobre lo que debería ser su hijo. Esta imagen es también su propia autoimagen idealizada e inconsciente. Cuando el niño no está a la altura de esta imagen, los padres se sienten traicionados. Esta sensación de traición transforma el afecto de los padres en hostilidad, lo cual provoca entonces una  reacción negativa del niño. Así se crea un círculo vicioso del cual no pueden escapar ni los padres ni el hijo. Los padres pueden evitar una situación tan desafortunada si advierten que un bebé o niño es un animal cuyo comportamiento está regido por el principio del placer. Educar al niño para que se convierta en miembro de la sociedad civilizada requiere tener un enfoque creativo basado en una apreciación de este principio, si se han de evitar los efectos destructivos de la hostilidad paterna.

El odio contiene la posibilidad de amar. Por ejemplo, si se perdona la traición, la persona se descongela y el amor fluye nuevamente. Esto sucede frecuentemente en las últimas etapas de la terapia. En las primeras etapas, el paciente se hace consciente de la hostilidad u odio reprimidos que siente hacia sus padres debido a su traición.

Estos sentimientos negativos se liberan como se describió anteriormente. Cuando ha descargado sus tensiones y ha recuperado su bienestar, un paciente puede aceptar que el comportamiento de su madre estuviera determinado por su propia crianza y puede perdonarla. Ahora siente un genuino afecto por su madre, en lugar del amor compulsivo con el que lo agobiaron. El odio se vuelve a convertir en  amor, también fuera de la terapia cuando hay un intercambio honesto de sentimientos y una verdadera reconciliación.

No son desconocidas las situaciones en las que una reacción inicial de odio se transforma espontáneamente en amor. Esta evolución puede explicarse suponiendo que siempre existió una fuerte atracción pero que el temor a la traición impidió que ésta fluyera. Este temor puede expresarse de la siguiente manera: “Si me permito amarte, tú te volverás en mi contra y me lastimarás, entonces te odio”. A medida que  disminuye el temor, florece el amor. El temor a la traición subyace a los celos excesivos que nos hacen sospechar de todos los movimientos de la persona amada.


 

martes, 10 de marzo de 2026

La Experiencia del Placer, parte 31

 CAPITULO 8

Las respuestas emocionales

AMOR

En su búsqueda del conocimiento, el hombre diferencia y aísla los diversos fenómenos de la naturaleza. Como consecuencia de este proceso, cada aspecto tiende a perder sus conexiones con el todo y se lo ve como una variable  independiente. Cuando este proceso analítico se aplica a las emociones, éstas se definen como respuestas fisiológicas del cuerpo o bien como patrones de comportamiento que la voluntad puede adoptar o desechar. El temor, por ejemplo,  es una reacción corporal producida fisiológicamente por la secreción de adrenalina en respuesta a una situación de peligro. Aunque ni la secreción ni nuestra reacción corporal estén bajo control de la conciencia, constantemente aconsejamos a los niños que no teman, lo cual significa que pueden controlar su respuesta emocional.

Esta confusión en cuanto a la naturaleza de las emociones es más evidente en nuestras actitudes frente al amor. Nuestros sermones y nuestra literatura están llenos de instancias y admoniciones al amor.  También  suponemos, por otra parte, que el amor es un sentimiento natural en determinadas relaciones, que todas las madres naturalmente aman a sus hijos y que todos los hijos aman a sus madres. Generalmente nos sorprende descubrir que esto no siempre es así. Visto desde la conciencia, ambas actitudes tienen alguna validez. Reconocemos la importancia del amor y sería útil que nos la recordaran. La apelación al amor está destinada a reducir la concentración de la persona en su ego y a restablecer la conciencia, al menos momentáneamente, de su relación con los demás y con su comunidad. Al mismo tiempo, reconocemos que debería haber amor en todas las relaciones íntimas. 

Sin embargo, lo que no vemos es que nuestras respuestas emocionales no son fenómenos aislados. No son reacciones voluntarias o meros reflejos condicionados. Por ejemplo, el amor no puede divorciarse del placer. Nace de la experiencia de placer y su existencia depende de la expectación del placer.

El término “emoción” es un movimiento “hacia afuera, por o a partir de”. En consecuencia puede definirse a la emoción como el movimiento que surge por un estado excitado de placer o dolor. Sandor Hado clasifica las emociones en dos grupos: emociones de bienestar y emociones de emergencia. Según Rado, las emociones de bienestar, que incluyen el amor, la compasión y el afecto, son elaboraciones diferenciadas de la experiencia y de la expectación del placer. En resumen, amamos lo que nos promete placer. De manera similar, nuestra compasión se extiende a las personas con las cuales tenemos una relación  placentera. Normalmente no somos compasivos con personas que representan una amenaza de dolor. 

Las emociones de emergencia, tales como temor, ira y odio, nacen de la experimentación y de la previsión del dolor. Recuerdo y expectación juegan un importante rol en la diferenciación de la respuesta emocional a partir de las  reacciones básicas de placer-dolor. Si una situación nos ha herido, esperaremos un dolor similar si la situación se repite. Al prever el dolor, responderemos con temor o ira, según cuál sea la dirección de nuestro movimiento. Si huimos de la situación, experimentaremos temor; si la enfrentamos, intentando eliminar la amenaza del dolor, experimentaremos ira. Si el recuerdo y la expectación no guían nuestro comportamiento, nuestra respuesta estará determinada por el efecto de un contacto directo con el objeto. Un efecto placentero nos inducirá a buscar el objeto;  uno doloroso nos moverá a retiramos.

El niño recién nacido no siente ni manifiesta amor por su madre. Sus reacciones se basan en sensaciones de placer y dolor. Sin embargo, puede suponerse que desde el nacimiento ya hay capacidad de amar, pero para que florezca es necesaria la maduración de la conciencia y la experiencia del placer del contacto del niño con su madre.

Pronto llegará esta experiencia, ya que, si el niño ha de sobrevivir, su madre, o una madre suplente, deberá satisfacer sus necesidades. Cuando la conciencia en  desarrollo del niño le permita identificar estas experiencias placenteras con la madre, nacerán sentimientos de afecto por ella. Se ilumina cuando ella se acerca y se pueden ver pasar olas de excitación placentera por su cuerpo.

Desafortunadamente, al menos en nuestra cultura, el contacto de un niño con su madre no produce placer uniformemente. Si bien una madre debe satisfacer las  necesidades básicas de un niño, puede hacerlo de manera tal que perturbe el bienestar de éste. Oímos llorar a demasiados bebés y vemos a demasiados niños infelices como para tener la ilusión de que en la infancia se satisfacen todos los deseos. Los niños necesitan un contacto casi ilimitado con el cuerpo de su madre y muy pocas mujeres están preparadas para darle a un niño todo su tiempo y atención. Generalmente, sus necesidades personales entran en conflicto con las del niño. Si acceden a las demandas del niño, se sienten irritadas y resentidas. Si no lo hacen, el niño sufre alguna aflicción. En cualquier caso, generalmente se desarrolla una situación dolorosa para el niño, que limita su amor por su madre.

Con mucha frecuencia, la actitud de una madre hacia su hijo es ambivalente. El bebé no es una pura bendición. Es deseado y no deseado. En consecuencia, el niño se convierte en objeto de alguna hostilidad, principalmente inconsciente pero expresada con gestos de incomodidad, miradas de enojo, manipulaciones rudas, etcétera. No son desconocidos los actos de violencia contra niños. Se reconoce que el síndrome del niño golpeado es más común de lo que originalmente se pensaba. En su libro The Fear of Being a Woman, Joseph Rheingold documenta y demuestra que la hostilidad materna prevalece entre las mujeres. La vincula con la experiencia de la mujer en manos de su propia madre y con el conflicto entre ellas. 

Mi propia experiencia clínica apoya sus observaciones. En todos mis años de práctica, no he tratado a un solo paciente que no experimentara algún sentimiento negativo hacia su madre, plenamente justificado por las experiencias de su infancia.

Las experiencias dolorosas no dan origen a sentimientos de afecto y amor. En la medida en que se vea venir el dolor, la respuesta es cautelosa o negativa. Una persona no puede amar lo que la hiere, a menos que haya desarrollado un carácter masoquista.

Si el amor surge de la expectación del placer, su opuesto, el odio, debe surgir de la expectación del dolor. Exploraré el espectro de estas dos emociones, amor y odio,  en la próxima sección. Aquí es importante comprender su relación con el placer y con el dolor.

La relación entre el amor y el placer, que parece clara más arriba, se confunde cuando advertimos que el amor maternal es también una reacción instintiva hacia la propia descendencia. Es innato en las especies en las cuales el cuidado maternal es esencial para la supervivencia de las crías. Está tan profundamente arraigado, que, desde el momento de dar a luz, una hembra defenderá a su hijo con su vida, si fuera necesario. No obstante, aún en el reino animal el instinto no es suficientemente fuerte como para impedir que la madre destruya a sus hijos en determinadas circunstancias. Se sabe que las hembras que se encuentran en cautiverio abandonan a su cría y lo mismo ocurre a veces con las mascotas. Puede presumirse que el rechazo del animal joven se produce en circunstancias que niegan a la madre la esperanza del placer al cumplir su función. En los animales superiores, el pleno funcionamiento del instinto de amor maternal aparentemente depende del placer que normalmente brinda la satisfacción del instinto. Si falta este placer, el instinto se debilita. Por el contrario, el placer fortalece las acciones instintivas y las transforma en comportamiento consciente.

Dado que un instinto no puede desaparecer completamente, nunca hay una ausencia total de amor maternal, aun en la mujer más endurecida. A pesar del  temor de ser mujer, todas saben en su cuerpo que sólo a través de la satisfacción de su naturaleza femenina pueden experimentar la alegría de vivir. Si esta profunda conciencia se contradice con las experiencias de su vida, cuyo recuerdo la conduce a su actual comportamiento, es una mujer conflictiva, cuyo deseo de amar a su hijo es tan poderoso como su hostilidad. Sin embargo, no podemos pasar por alto el hecho de que, si no hay placer, es inevitable una actitud destructiva, y no creativa, hacia el niño.

La necesidad biológica de contacto y la cercanía de otra persona subyacen a la emoción del amor. Este contacto estimula y excita nuestros cuerpos; sin él, tienden a enfriarse y a endurecerse. La necesidad en sí se percibe como un sentimiento de anhelo, que bioenergéticamente se asemeja al hambre cuando necesitamos alimentamos. El anhelo, al igual que el hambre, se intensifica cuando la persona se ve privada de su satisfacción. Es también más fuerte en los niños pequeños, cuya necesidad de contacto es mayor. Cede levemente durante el período de latencia y  surge de nuevo durante la adolescencia, cuando se activa la función sexual.

Es importante advertir la diferencia entre el sentimiento de anhelo y la emoción del amor para comprender el amor. El anhelo guarda la misma relación con el amor que el hambre con el apetito. Tanto el hambre como el anhelo son necesidades biológicas no discriminatorias. Una persona hambrienta comerá cualquier cosa; una persona que se siente sola aceptará a cualquiera como amigo. En cambio, el apetito y el amor están dirigidos hacia fuentes específicas de placer. Tenemos apetito de ciertas comidas; amamos a una persona en particular como amigo o pareja. La persona enamorada es consciente del objeto de su amor como fuente de placer. Si a la esperanza de placer se añade el anhelo biológico de contacto o cercanía, la necesidad se transforma en verdadera emoción. 

La diferencia entre amor y anhelo se manifiesta en los modales y en el  comportamiento de la persona. El enamorado prevé el placer, su cuerpo está placenteramente excitado, cálido y abierto. La persona que anhela está triste y retraída.

El sentimiento de anhelo se denomina también de amor dependiente, generalmente confundido con el verdadero amor. Si una persona depende de otra, expresará su  sentimiento como de amor. Dirá: “Te amo”, cuando lo que quiere decir es: “Te necesito”. Necesitar y amar no son lo mismo. La necesidad indica carencia; el amor es plenitud.

Necesitar puede ser doloroso; amar es placentero. El amor dependiente ata a una persona a otra; el verdadero amor alienta la libertad y la espontaneidad, elementos esenciales del placer. La actitud dependiente reduce la posibilidad de sentir placer y, en consecuencia, dificulta, si no imposibilita, el verdadero amor. El amor dependiente está marcado por la demanda de amor o de placer; el verdadero amor brinda placer. La demanda de amor se racionaliza de la siguiente manera: Te necesito. Te quiero. Te amo; por lo tanto, tú deberías amarme.

La persona cuyo amor es dependiente, cree que su demanda de amor está justificada. Sin darse cuenta, le ha transferido a otra persona el anhelo insatisfecho de su infancia. Su dependencia refleja su experiencia infantil, en la cual dependía realmente de su madre. Entonces, su satisfacción dependía del amor de ella y se justificaba que se sintiera con derecho a ese amor por necesidad. Su inconsciente se niega a aceptar la realidad actual: 1) que ya no es un niño y 2) que el amor adulto se basa en compartir el placer.

En vista de la relación entre el amor y el placer, ¿cómo se puede exigir amor? Sin embargo, esto se hace constantemente. Los padres se lo exigen a sus hijos e  incluso consideran que ésta es una obligación del hijo como respuesta al esfuerzo que hacen por criarlo. Pueden recibir muestras de amor si logran que el niño se sienta culpable, pero la verdadera emoción no está sujeta a órdenes. Ni se lo puede ganar, cómo piensan algunas personas, mediante actos de autonegación. La esposa que se sacrifica generalmente descubre decepcionada que su esposo se ha enamorado de otra mujer. La madre que se sacrifica ,frecuentemente se entera, con sorpresa, de que sus hijos no apreciansu martirio.

Generalmente rechazamos la actitud de autonegación y las personas que disfrutan de la vida nos atraen. He oído decir a muchos pacientes: “Desearía que mi madre se hubiera dado más placeres”. 

Pero si el placer es esencial para el amor, el amor es también necesario para el placer. Ya que el amor representa el compromiso que posibilita el placer. Hemos visto que sin un compromiso con el trabajo, no hay placer en el trabajo. Es igualmente importante que una persona se comprometa en una relación si ha de disfrutar de dicha relación. El compromiso, al igual que el amor, surge de la expectación del placer. En consecuencia, es válido decir que la cantidad de placer guarda una relación directa con el grado de compromiso o con la cantidad de sentimiento que se invierta en una actividad o en una persona. 

El amor cumple otra importante función en las relaciones íntimas entre personas, de las cuales depende el ciclo de la vida. Les añade un grado de seguridad que le permite a la otra persona comprometerse en forma similar en la relación. Esta necesidad de seguridad es particularmente evidente en la relación madre-hijo. Debido a su desvalimiento absoluto, el niño necesita experimentar una sensación de seguridad tal que sólo se la puede brindar el compromiso total de su madre con su bienestar. Cualquier ruptura en su sensación de seguridad sume inmediatamente al niño en la angustia y en la ansiedad, cuyos efectos no son fáciles de superar.

Cuando advertimos que el niño recién nacido ha abandonado una situación en la que todas sus necesidades se satisfacían automáticamente, para iniciar una existencia independiente, podemos ver lo importante que es para su bienestar el amor maternal que saluda su llegada.

Los adultos no están desprotegidos, como los niños, pero en sus relaciones íntimas necesitan también una sensación de seguridad. Necesitan tener la seguridad de  que el placer de hoy no se convertirá en el dolor de mañana, por la pérdida de la persona que les brindó ese placer. El ser humano es claramente consciente de que cuanto mayor sea el placer de que disfruta hoy, mayor deberá ser el dolor que sentirá cuando el anhelo de cercanía e intimidad resurja y no se lo pueda satisfacer. Ya que la naturaleza del animal es buscar la renovación de su placer en la situación en la que lo experimentó por primera vez.

El hombre, más que ningún otro animal, vive en un presente que incluye su pasado y afecta su futuro. Es agudamente consciente, desde sus primeras experiencias, de que al abrirse al placer se expone a la posibilidad del dolor. Si ha sufrido numerosas decepciones será extremadamente cauteloso en su expectación de placer. Se reducirá su capacidad de amar y su disposición a experimentar placer disminuirá. Pero aun con los mejores antecedentes, una persona no desea comprometerse en una relación íntima que no tiene posibilidades de sostenerse. El amor es la promesa de que el placer de hoy existirá mañana. No es ninguna garantía, ni constituye una obligación. La expresión “Te amo” constituye un  compromiso que incluye el futuro en la declaración actual del sentimiento. No es una promesa de amar mañana, ya que esta emoción, como cualquier otra, surge  espontáneamente de la profundidad de nuestro ser y no está sometida a la voluntad. Sin embargo, más que esto no se exige y menos es insuficiente. Sólo con la seguridad que nos proporciona el amor podemos entregarnos plenamente al placer del amor.

Hablar de amor disociándolo del placer es moralizador. La moral nunca ha resuelto las dificultades emocionales del hombre. Por otra parte, es irresponsable acentuar la importancia del placer en desmedro de la necesidad básica de las personas de tener alguna seguridad, estabilidad y orden en sus vidas. Esto sólo puede conducir al caos y a la desdicha. La condición humana exige un enfoque creativo de sus necesidades. Debemos reconocer que cuanto más placer sintamos, mayor será nuestra capacidad de amar.

Debemos saber que al ofrecer nuestro amor, aumentamos nuestro placer. En esta sección utilicé la palabra “amor” como si fuera uniforme. En realidad, el amor abarca un espectro de sentimientos, todos relacionados con la experiencia o con la esperanza del placer. El término amplio para estos sentimientos es afecto. Los sentimientos afectuosos varían desde la amistad hasta el amor. Los describiré en la próxima sección.