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martes, 27 de noviembre de 2018

¿Qué nos hace falta?, parte 6


EL PAPEL DE LA IMAGEN 

Lo corriente es pensar que el narcisismo es un amor desmesurado que siente la persona hacia sí misma, con la correspondiente falta de interés y de sentimientos hacia los demás. Sin embargo, esta descripción es sólo parcialmente correcta. Sí es cierto que los narcisistas muestran una falta de preocupación por los demás, pero también es verdad que son igualmente insensibles a sus propias necesidades reales. Con frecuencia su conducta es autodestructiva. Tiene un pobre sentido de yo; sus actividades no van dirigidas a su yo, sino a potenciar su imagen, y como consecuencia el yo se resiente.
Cabe hacer una distinción entre la sana preocupación por el aspecto físico, basada en un sentido del yo, y el desplazamiento de la identidad del yo hasta la imagen, característica del estado narcisista.

El mito de Narciso

Según el mito griego, Narciso era un apuesto joven de Tespias, de quien se enamoró la ninfa Eco. Hera, la esposa de Zeus, había privado del habla a Eco, y ésta tan sólo podía repetir las sílabas de las palabras que oía. Incapaz de expresarle su amor a Narciso, éste la desdeñó. A Eco se le rompió el corazón y murió. Por haberla tratado con tanta crueldad, los dioses castigaron entonces a Narciso haciendo que se enamorase de su propia imagen.  Tiresias, el vidente, predijo que Narciso viviría hasta que pudiese verse a sí mismo. Un día, se hallaba él inclinado sobre las aguas límpidas de una fuente, y entonces vio su propia imagen reflejada en el agua. Se enamoró apasionadamente de ella y ya no quiso marcharse de aquel lugar. Languideció y murió. Se convirtió después en una flor -en el narciso que crece al borde del agua.

Es significativo que Narciso se enamorase de su propia imagen tan sólo después de haber rechazado el amor de Eco. En le mito se entiende el enamoramiento de la propia imagen -esto es, convertirse en narcisista- como una forma de castigo por ser incapaz de amar. Pero vayamos un poco más allá de la leyenda. ¿Quién es Eco? Podría ser nuestra propia voz cuyo sonido vuelve a nosotros. Así, si Narciso fuese capaz de decir Te amo, Eco repetiría esas palabras y él se sentiría amado. La incapacidad de pronunciarlas identifica al narcisista. Como no dirigen su libido hacia la gente que le rodea, los narcisistas están condenados a enamorarse de su propia imagen (esto es, a dirigir su libido hacia su ego)

Hay otra posible interpretación que es interesante. Al rechazar a Eco, Narciso rechaza también su propia voz, reniega de su ser interior a favor de su apariencia externa. Maniobra típica de los narcisistas.

 EL YO Y EL EGO

Considero que el niño nace con un yo, que es un fenómeno biológico, no psicológico. En cambio el ego es una organización mental que se desarrolla a medida que el niño crece. El yo se puede definir entonces como aquellos aspectos del cuerpo que tienen que ver con los sentimientos.
No hay que confundir o identificar el yo con el ego. El ego no es el yo, aunque el ego sea la parte de la personalidad que percibe el yo. Se podría decir que los ordenadores son capaces de pensar, pero lo que no pueden hacer es sentir.
Al disociar el ego del cuerpo o yo, los narcisistas separan la conciencia de lo que es su fundamento vivo.

La mayor parte del yo la forma el cuerpo y sus funciones, la mayoría de las cuales se realiza por debajo del nivel consciente. El inconsciente es como la parte sumergida de un iceberg. Las funciones que no dependen de la voluntad, como por ejemplo la circulación de la sangre, la digestión y la respiración, tienen un profundo efecto sobre el consciente, porque determinan el estado del organismo. Según el funcionamiento del cuerpo, una persona se puede sentir sana o enferma, con ánimo o desanimada, vital o deprimida, sexualmente excitada o impotente.

Una persona sana tiene una conciencia dual, sin que eso sea un problema para ella, porque la imagen del yo y la experiencia directa del yo coinciden. Lo que este estado presupone es la aceptación del yo -una aceptación o una identificación con el cuerpo y los sentimientos que se derivan de él-.
Es la aceptación del yo lo que les falta a los individuos narcisistas, que han disociado sus cuerpos de forma que han invertido su libido en el ego y no en su cuerpo o yo. Sin la aceptación del yo, no puede existir el amor al yo. Si una persona no se ama a sí misma, tampoco puede amar a los demás. Amar es compartir el yo con otra persona.

Sin la aprobación y la admiración de los demás, el ego del narcisista se desinfla, porque no esta conectado al yo y por tanto no puede alimentarse de él. Por otro lado, la admiración que pueda recibir el narcisista sólo hincha su ego, no le sirve para nada al yo. Entonces, al final el narcisista acaba por rechazar a los admiradores, del mismo modo que ha rechazado a su verdadero yo.
Sentimos y pensamos. Nuestra identidad dual se apoya en la capacidad para formar una imagen del yo y en la conciencia del yo corporal. En una persona sana, las dos identidades son congruentes. La imagen encaja en la realidad del cuerpo como un guante. El narcisista, al no permitir que los sentimientos intensos alcancen el nivel de la conciencia, tratan al cuerpo como un objeto sujeto a la voluntad del individuo.
Si se niegan los sentimientos corporales, se corta la relación que a través de los sentimientos se mantiene con el mundo.
Si el éxito o los logros alcanzados hinchan al ego de una persona, la congruencia con la realidad de su cuerpo se pierde. Entonces, la confusión sólo se puede evitar negando el cuerpo y sus sentimientos.

Imagen y cuerpo

El hecho de que la gente esté tan volcada en su imagen es un síntoma de la tendencia narcisista de nuestra cultura. Estoy firmemente convencido de que necesitamos sentir el cuerpo y realizar actividades físicas que potencien la energía y la vitalidad. Pero la meta que persiguen muchas personas que siguen un programa de acondicionamiento físico no es sentirse mejor, sino mejorar su aspecto de acuerdo con el ideal en boga. El culturismo representa un ejemplo extremo.
Nada de lo dicho niega el valor de tener un buen aspecto, cuando es una expresión de sentirse bien con el propio cuerpo. En este caso, el buen aspecto se manifiesta en el brillo de los ojos , en una piel resplandeciente y suave, en una expresión facial  agradable, y en un cuerpo que se mueve con gracia y vibrante vitalidad. Si una persona no se siente bien con su cuerpo, sólo puede proyectar la imagen de cómo cree que debe ser su físico. Cuanto más se centra uno en la imagen, menos a gusto se siente con su propio cuerpo. Al final, la imagen demuestra ser tan sólo una pobre mascara que ya no puede esconder la tragedia de la vida vacía que se oculta tras ella.

martes, 20 de noviembre de 2018

¿Qué nos hace falta?, parte 5


EL ESPECTRO DEL NARCISISMO

La acción sin sentimientos es, como veremos, el conflicto básico de la personalidad narcisista. En el lenguaje común, describimos al narcisista como la persona que se preocupa de sí mismo por encima de cualquiera. El narcisista se vuelve su propio mundo y considera que el mundo completo es él. Los narcisistas presentan diversas combinaciones de ambición intensa, fantasías grandiosas, sentimientos de inferioridad y una dependencia excesiva de la admiración y el aplauso externos. También es característico de ellos, la incertidumbre e insatisfacción crónicas respecto a sí mismos, la explotación consciente o inconsciente y la crueldad para con los demás.

Sin embargo, este análisis descriptivo de la conducta narcisista sólo nos ayuda a identificar al narcisista, no ha comprenderlo. La pregunta es: ¿ Qué hace que una persona sea explotadora y cruel con los demás y que a la vez sufra de incertidumbre e insatisfacción crónicas?

Los psicoanalistas reconocen que el problema se desarrolla en las primeras etapas de la infancia. El narcisista se identifica con la imagen idealizada. No funcionan en términos de la imagen real porque para ellos es inaceptable. Su conducta no está motivada por el sentimiento. ¿Por qué decide alguien negar el sentimiento? Y ¿Por qué los conflictos narcisistas son tan comunes hoy en día? 

NARCISISMO VERSUS  HISTERIA

En términos generales, el patrón de conducta neurótica en cualquier época refleja la interacción de fuerzas culturales. Por ejemplo, en la era victoriana la neurosis típica era la histeria. La reacción histórica se deriva de la condenación de la excitación sexual. La consecuencia de todo esto fue generar en mucha gente un superyó estricto y severo que limitaba la expresión de la sexualidad  y provocaba un fuerte sentimiento de culpa y de ansiedad.

Actualmente, casi un siglo después, el cuadro cultural ha tenido un giro de casi 180 grados. Nuestra cultura está marcada por un resquebrajamiento de la autoridad tanto dentro como fuera del hogar. Las costumbres sexuales parecen bastante más tolerantes. Vemos menos gente que sufra inconscientemente de culpa o ansiedad por lo sexual.
Frecuentemente se describe a los histéricos como hipersensibles, que están exagerando sus sentimientos. Por su parte, los narcisistas minimizan sus sentimientos con el propósito de ser impertérritos”(demostrar que nada les llega). De manera similar, los histéricos parecen cargar un pesado sentimiento de culpa del cual los narcisistas parecen estar liberados. La predisposición narcisista es la depresión, una sensación de vacío o de no sentir nada, en tanto que en la histeria la predisposición es a la ansiedad. Sin embargo, estas diferencias son teóricas. Es frecuente encontrar una mezcla de ansiedad y depresión porque están presentes elementos tanto de la histeria como del narcisismo.
Podría también decirse que la cultura victoriana ponía énfasis en el amor sin sexo, en tanto que nuestra cultura actual pone énfasis en el sexo sin amor.

Aún si tomamos en cuenta que estas afirmaciones son generalizaciones burdas, de hecho revelan el problema central del narcisismo: la negación del sentimiento y su relación con la falta de límites. Los negocios se manejan como si no hubiera límite al crecimiento económico, e incluso en la ciencia nos topamos con la idea de que podemos vencer la muerte, es decir, transformar a la naturaleza a nuestra imagen. El poder, el desempeño y la productividad se han vuelto los valores dominantes y han desplazado a virtudes tan pasadas de moda como la dignidad, la integridad y el respeto de sí mismo.     
A mi juicio, el narcisismo es el resultado de una distorsión en el desarrollo. Hay que averiguar que le hicieron los padres al niño, en lugar de simplemente buscar qué es lo que no le hicieron. Desgraciadamente, los niños a menudo están sujetos a ambos tipos de trauma: los padres no les proporcionan suficientes cuidados y apoyo a nivel emocional, al no reconocer y respetar la individualidad de la criatura, pero a la vez intentan seducirlo para moldearlo según la imagen que ellos tienen de cómo debe ser el niño.

LOS DIFERENTES TIPOS DE TRASTORNOS NARCISISTAS

El narcisismo cubre un amplio espectro comportamental: existen diversos grados de alteración o pérdida del yo.
Estos son los cinco tipos, en orden ascendente según el grado de narcisismo:
1. Carácter fálico-narcisista
2. Carácter narcisista
3. Personalidad límite
4. Personalidad psicopática
5. Personalidad paranoide

Cuanto más narcisista es un individuo, menos se identifica con sus sentimientos. En otras palabras, existe una correlación entre la negación o la carencia de sentimientos, y la falta de un sentido del yo.

El carácter fálico-narcisista

Su narcisismo consiste en una preocupación desmesurada por su imagen sexual. Su narcisismo se manifiesta como una demostración exagerada de confianza en sí mismo, de dignidad y de superioridad
El homólogo femenino del carácter fálico-narcisista es el tipo de carácter histérico. Su narcisismo se expresa en la tendencia a ser seductora y a medir su valor en función de su atractivo sexual basado en sus encantos femeninos. Están más entregadas a una imagen de superioridad que a un yo con sentimientos.

El carácter narcisista

Este individuo no se cree mejor, sino el mejor. Estos individuos tienen necesidad de ser perfectos y de que los demás también les consideren perfectos. El individuo de este tipo, esta totalmente fuera de lugar en el mundo de los sentimientos y no sabe relacionarse con otras personas de una forma real, humana.

La personalidad límite

Este tipo de narcisista puede o no mostrar abiertamente los síntomas típicos del narcisismo. Algunos proyectan una imagen de éxito, competencia y poderío en el mundo, que de hecho se apoya en logros alcanzados en el terreno de los negocios o del espectáculo. Sin embargo, esta fachada se derrumba fácilmente bajo presión emocional, y la persona deja ver entonces el niño asustado e indefenso que hay en su interior. Otras personalidades límite muestran una imagen de persona necesitada, hacen hincapié en su propia vulnerabilidad y a menudo se pegan a los demás. En estos casos, la arrogancia y la fantasía de grandeza que albergan están ocultas, porque no hay éxitos que puedan apoyarlas.

Las demostraciones de grandiosidad del carácter narcisista son una defensa relativamente efectiva ante la depresión, y por ello es difícil socavar la fachada de superioridad de que se valen. Por el contrario, en el caso de la personalidad límite, la ostentación de los éxitos conseguidos no les sirve como protección.
La personalidad límite se encuentra atrapada entre dos visiones contradictorias: o es totalmente genial o totalmente inútil. La fantasía de una genialidad secreta puede llegar a ser una verdadera necesidad para contrarrestar la amenaza de inutilidad que representa la realidad.
Pueden buscarse las causas de las ideas de grandeza en la forma de relacionarse los padres con el niño, más que en la forma de relacionarse el niño con los padres. El niño no se cree un príncipe por un fallo del desarrollo normal. Si cree que lo es, es debido a que le educaron en esa creencia. La forma de verse a sí mismo de un niño refleja cómo lo ven y lo tratan sus padres.

La personalidad psicopática.

Todas las personalidades psicopáticas se consideran a sí mismos individuos superiores a los demás y muestran un grado de arrogancia que raya en el desprecio por los seres humanos corrientes. Una característica específica es la tendencia a actuar siguiendo sus impulsos, a menudo de manera antisocial. Mienten, engañan, roban, incluso matan, sin que se vea en ellos signo alguno de culpabilidad o remordimiento. Esta falta extrema de empatía hace muy difícil el tratamiento.
El impulso que subyace bajo esta conducta procede de las experiencias de la infancia, que fueron tan traumáticas y tan aplastantes que el niño no pudo integrarlas en el ego que se estaba desarrollando. Como resultado, los sentimientos asociados con aquellos impulsos están más allá de la percepción del ego. Se actúa entonces sin sentimientos conscientes. El asesinato a sangre fría es un ejemplo extremo de la actuación psicopática. Pero actuar impulsivamente de por sí no es algo limitado a la conducta antisocial. El alcoholismo, la drogadicción y la conducta sexual promiscua se pueden considerar también formas de conducta impulsiva.

Cabe añadir, que la personalidad psicopática no son necesariamente lo que la sociedad llama perdedores. Hay psicópatas con mucho éxito. Son brillantes, no tienen remordimientos, su inteligencia es fría como el hielo, son incapaces de sentir amor o culpabilidad, y tienen malas intenciones con respecto al resto del mundo. Un individuo así puede ser un abogado competente, un ejecutivo o un político. En lugar de asesinar personas, este tipo de individuo puede llegar a ser el presidente de una empresa que despide a la gente en lugar de matarla y corta a trozos sus funciones en lugar de su cuerpo. Irónicamente, la clave de este tipo de éxito es la falta de sentimientos de la persona -que es a su vez la clave de todos los trastornos narcisistas-. Como hemos visto, cuanto más niega sus sentimientos, más narcisista es el individuo que sufre el trastorno.

La personalidad paranoide
 
Este tipo de individuos no sólo cree que la gente les mira sino que además habla de ellos, incluso conspira en su contra, debido a que ellos son tan extraordinarios e importantes. Puede que incluso crean que tienen poderes fuera de lo normal. Cuando llega un punto en que son incapaces de distinguir la fantasía de la realidad, su locura es clara. En este caso, estamos hablando de paranoia pura y dura.

Si la salud se mide en base a la congruencia de la propia imagen del ego con la realidad del yo o cuerpo, entonces es posible postular que hay un grado de enfermedad en cada trastorno narcisista.

martes, 30 de octubre de 2018

¿Qué nos hace falta? parte 2

En busca del hombre nuevo

Es preferible que la  primera competencia sea con uno mismo.  

Estamos aquí, para ayudarnos en nuestro proceso de autodescubrimiento. En nuestro tránsito hacia una convivencia civil pacífica y solidaria. En nuestra conexión con el orden universal, y con la Vida en general.
Así como es necesario el amor a uno mismo para amar a los demás, para el cambio social es necesario el cambio individual.

Nos configuramos a través de un doble proceso: por un lado, la sociedad actúa  sobre nosotros con su educación tanto directa como indirectamente; y por otro lado, comenzamos un proceso de autoeducación, un proceso de conciencia singular.
Desde esta perspectiva, una transformación radical de la sociedad consumista debe estar acompañada de una transformación profunda de las estructuras mentales de los individuos.

Es preciso desarrollar un monumental esfuerzo educativo en el pueblo, para que éste se eduque así mismo, transforme sus valores y relaciones sociales. El camino al comunismo, decía Ernesto Guevara, implica un proceso mucho más complejo que una distribución material de bienes menos desigual; implica la construcción de un hombre nuevo, radicalmente distinto de los hombres y mujeres formados en los marcos morales e ideológicos propios de la sociedad de consumo.
La transformación de las condiciones y de los propios hombres, su conciencia y su moral, deben efectuarse simultáneamente una en relación con la otra; una reforzando la otra, en un proceso de reciprocidad dialéctica.

Para el Che, el elemento movilizador fundamental debe ser de orden ético y no económico-individual, porque solo a través de ese camino se puede arribar al futuro comunista y a la creación del hombre nuevo.
Guevara es atraído no tanto por los problemas estrictamente económicos, sino por la problemática de la liberación del hombre, y del comunismo como resolución de las contradicciones de la enajenación humana. Sabe que sin la intervención conciente y organizada del pueblo, no puede tener lugar una revolución. 

El hombre nuevo, será el sujeto con capacidad de revolucionar el orden social existente y abolir la sociedad de clases; esto es, emancipar a la humanidad y posibilitar su pleno desarrollo consciente.

El Narcisismo, la enfermedad de nuestro tiempo

Los problemas de la personalidad de la gente han cambiado en forma notoria los últimos cuarenta años. Las neurosis de antes, constituidas por culpas, ansiedades, fobias u obsesiones incapacitadoras, comúnmente no se ven hoy en día. En vez de eso, me encuentro con más gente que se queja de depresión; esas personas describen una carencia de respuesta afectiva, un vacío interno, una profunda sensación de frustración y falta de realización. Muchas de esas personas tienen bastante éxito en su trabajo, lo que sugiere un rompimiento entre su desempeño laboral y lo que sienten por dentro. Su desempeño en el plano laboral, sexual y social, parece demasiado eficiente, mecánico y perfecto para ser humano. Funcionan más como máquinas que como personas.

A los narcisistas se les reconoce por su falta de humanidad. No sufren por la tragedia de un mundo amenazado por el quebranto ecológico, no sienten la tragedia de una vida que transcurre en el intento de demostrar su valor ante un mundo indiferente. Cuando la careta de superioridad se rompe y permite que se vuelva consciente el sentimiento de pérdida y tristeza, a veces ya es demasiado tarde. A un dirigente de una gran compañía le dijeron que tenía cáncer en su fase terminal. Ahora que su vida llegaba al término, descubrió cual era su sentido. Antes nunca me fijé en las flores -explicaba- , ni en el brillo del sol, ni en los campos. Me pasé la vida tratando de demostrar a mi padre que había triunfado. El amor no tenía cabida en mi vida. Por primera vez, ya adulto, este hombre pudo llorar y dirigirse a su esposa e hijos en busca de ayuda.

Hay algo de locura en un patrón de conducta que valora el éxito por encima de la necesidad de amar y ser amado. Hay una cierta locura cuando una persona está desconectada de la realidad de su ser -el cuerpo y sus respuestas afectivas- . Y hay también algo de locura en una cultura que contamina el aire, el agua y la tierra, en nombre de un mejor nivel de vida.
Personalmente, considero que la frenética actividad de la gente en las grandes ciudades -para ganar más dinero, obtener más poder, ir a la cabeza- resulta un tanto loca.

Para entender la enfermedad que subyace en el fondo del narcisismo es necesaria una visión más amplia de los problemas de la personalidad. Necesitamos entender qué fuerzas de la cultura provocan el problema y qué factores de la personalidad humana predisponen al narcisismo. Y necesitamos saber ¿qué es ser humano? si queremos evitar ser narcisistas.
El tratamiento con pacientes narcisistas consiste en ayudarlos a entrar en contacto con sus cuerpos, a recuperar las respuestas afectivas que habían suprimido y a volver a tener las características de humanidad que había perdido. Este enfoque supone trabajar para reducir la tensión muscular y la rigidez que bloquean los sentimientos de la persona. Sin embargo, nunca he considerado como lo principal las técnicas específicas que utilizo. La clave de la terapia es la comprensión. Sin comprensión, ningún enfoque o técnica terapéutica tiene sentido ni sirve de nada en un nivel profundo.

Los héroes y los líderes de la paz de nuestro tiempo son aquellos hombres y mujeres que tienen el valor de sumergirse en las tinieblas de su propia personalidad y zambullirse en la oscuridad del psiquismo colectivo en busca de su enemigo interno. La psicología profunda nos ha proporcionado la evidencia incuestionable de que fabricamos al enemigo con las partes negadas de nuestro propio yo. Por tanto, el mandamiento «ama a tu enemigo como a tí mismo» nos señala el camino que conduce al autoconocimiento y a la paz. De hecho, amamos y odiamos a nuestros enemigos en la misma medida que nos amamos y nos odiamos a nosotros mismos. En el rostro del enemigo encontramos pues el espejo en el que contemplar nítidamente nuestro verdadero semblante.

miércoles, 8 de marzo de 2017

El Gozo, parte 38


Capítulo 12 (continuación)

Cualquiera que esté familiarizado con la vida moderna sabe que en este siglo hubo un aumento enorme en el ritmo de la actividad, proporcional al aumento en la velocidad de los viajes y las comunicaciones. ¿Cómo podemos entregamos si vamos tan rápido que no podemos detenernos? ¿Cómo vamos a sentir el Dios interior si vamos a 100 kilómetros por hora o más por los carriles de velocidad? Aun así, en esta cultura agitada y manejada por máquinas algunas personas se enorgullecen de estar en el carril rápido. Cuanto más rápido se mueven y más cosas hacen, les queda menos tiempo para sentir, lo cual tal vez sea una de las razones por las que se mantienen tan ocupados.

La actividad pulsátil puede observarse con claridad en el animal denominado medusa o aguamar, en el que la pulsación crea ondas que lo mueven por el agua. Esta actividad también se aprecia en los gusanos y víboras en forma de ondas que los mueven por el espacio. En los animales superiores, la actividad pulsátil es más interna; se aprecia por ejemplo en las ondas peristálticas que mueven el alimento por los intestinos.

Dado que el corazón es el órgano del cuerpo que late con más fuerza, muchos místicos lo consideran la morada de Dios. Sin embargo, cabe preguntarse si Dios es la fuerza que crea la pulsación o si él mismo es la pulsación. Al sentir en el cuerpo esta actividad pulsátil espontánea, creemos que es una manifestación directa del espíritu interior. Esta actividad también tiene lugar en los cielos, en los movimientos arremolinados de los cuerpos celestiales, en la emisión periódica de ondas de luz y de radio. Al sentir la armonía entre la pulsación interna de nuestro cuerpo y la del universo, nos sentimos identificados con lo universal, con Dios. Somos como dos diapasones vibrando en el mismo tono.

Dado que la pulsación es un aspecto del mundo natural, el hombre bien podría creer que en todas las cosas hay un espíritu sagrado. En esta creencia se basa la religión animista. Al adquirir más conocimientos, objetividad y poder, el ego del hombre negó la existencia de un espíritu divino en la naturaleza y las demás criaturas, y se considero el único ser de naturaleza divina. Algunos individuos han llegado al punto de negar la existencia de una conexión con lo divino o el Dios interior. Solo podemos llegar a esta conclusión cuando perdimos todo contacto con la actividad pulsátil del cuerpo. En ese caso, el corazón late porque recibe señales del cerebro, que está genéticamente programado para enviar estas señales, algo similar a lo que sucede en el caso de la computadora, que puede ejecutar un sistema una vez que fue programada. No cabe ninguna duda de que nuestros cerebros están programados por la herencia y la experiencia para coordinar las complejas operaciones de computadora del cuerpo, pero aun queda por responder el interrogante de quien programó al hombre.

El concepto de vida mecanicista no admite ningún espíritu divino y, por lo tanto, niega toda posibilidad de acceder a una experiencia conmovedora, que da sentido a la vida. Si reconocemos que el espíritu vivo presente en los organismos es de naturaleza divina, evitamos el conflicto entre un concepto de vida místico y religioso, y uno mecanicista.

La negación del espíritu constituye una característica del individuo narcisista de nuestra época. Los narcisistas ven al mundo en términos mecanicistas: estimulo y respuesta, acción y reacción, causa y efecto. Esta estructura de carácter no da lugar a los sentimientos; estos son imprecisos, inconmensurables, a menudo impredecibles y obviamente irracionales. Los narcisistas desconocen y niegan la vida del espíritu. Existen  conscientemente en su cabeza, están disociados del cuerpo y viven la vida en su mente.

El narcisismo es ajeno a los niños, cuyas vidas giran en torno a la concreción de sus deseos, la alegría de la libertad y los placeres de la autoexpresión.  A los  niños, al igual que todos, les gusta ser admirados, pero no sacrificaran sus sentimientos para ser especiales o superiores. Compiten y desean estar en la cima porque están centrados en su propio ser. Son criaturas apasionadas que lo quieren todo, pero no son egocéntricos. Aman y anhelan ser amados porque sus corazones están abiertos. Como dijeron los padres de una niña de nueve meses: “Es un manojo de gozo”; justamente eso es la niñez. Los niños sienten la alegría de la vida cuando reciben amor y transmiten esa alegría a los demás. Son inocentes y carecen de poder; por lo tanto, son vulnerables a la negatividad y la hostilidad de los adultos, incluidos sus padres. Los que perdieron el gozo no soportan ver que otros la tengan.

A lo largo de estas paginas hemos visto la forma en que se destruye la inocencia de los niños y en que pierden su libertad. Un progenitor atormentado no puede soportar el llanto de un bebé y lo amenaza. Un progenitor frustrado no puede permitir que su hijo sienta el gozo que el no pudo tener y lo castiga. Un progenitor rígido no puede tolerar la exuberancia y la espontaneidad de la vida juvenil, y la destruye. No todos los niños sobreviven a la insensibilidad y crueldad de quienes los cuidan. El maltrato infantil ha causado muchas muertes. La mayoría de los padres son ambivalentes: aman a su hijo, pero también lo odian.
Los niños no comprenden la ambivalencia, pues es un concepto sofisticado que supera su capacidad de comprensión. Cuando perciben odio, no perciben amor ni creen en él. Cuando reciben amor, se olvidan del odio. Más tarde aprenderán lo que es la ambivalencia y, en su momento, también se volverán ambivalentes.

Cuando un niño pequeño percibe odio y violencia en un progenitor, no puede evitar pensar que su vida está en peligro. Al experimentar esa amenaza, sufre un shock del cual su organismo tal vez nunca se recupere por completo. En realidad, existen dos maneras de amenazarlo: una, la posibilidad de la violencia, la amenaza de muerte, que envía una onda de terror por el cuerpo del niño. En el nivel corporal, ese recuerdo nunca se borrará por completo. La otra amenaza es el rechazo y el abandono que, para un niño, también constituye una amenaza de muerte. Estas amenazas no se llevan a la practica, pero el niño no puede imaginar que son solo una forma de asustarlo. Debe someterse, frenar su agresión y apagar su excitación, para lo cual debe restringir la respiración.

El análisis bioenergético tiene como fin ayudarnos a respirar con mayor profundidad, puesto que si no lo hacemos carecemos de energía para sentir la pasión de la vida. Lograr que las personas respiren con profundidad no es tarea fácil. La respiración es una actividad agresiva: aspiramos aire y lo enviamos a los pulmones. Por desgracia, a la mayoría de los niños pequeños se los hace desistir de su agresión. A muchos se los perjudica desde el nacimiento, al negárseles la experiencia  emocionalmente gratificante de tomar el pecho. Se les da un biberón, con lo cual asumen una posición pasiva, pues no necesitan hacer mucho esfuerzo para obtener leche. Los niños amamantados por la madre chupan enérgicamente y, por lo tanto, su respiración es más potente. Por otro lado, descubrí que estos niños pueden sufrir traumas severos si se los desteta demasiado temprano.

En mi opinión, normalmente el amamantamiento debería durar tres años, como en las sociedades primitivas. En nuestra cultura no suele darse el caso porque las mujeres están demasiado cortas de tiempo como para poder dedicarle más a un lactante. Muchas tienen que reintegrarse a su trabajo al poco tiempo del nacimiento de su hijo para poder mantener la familia. Esta falta de satisfacción puede observarse en los pacientes de respiración poco profunda que dicen sentirse vacíos, inseguros y deprimidos.

Sin embargo, la falta de un adecuado amamantamiento no es la única causa de la tristeza y la desesperanza que aflige a tantas personas. Un niño no puede satisfacer su necesidad de un contacto de amor en una madre insatisfecha, cuyo cuerpo no despide la fuerte excitación positiva que estimularía y excitaría el cuerpo del niño. Los bebés que exigen más control y atención estresan a sus madres, y las madres incapaces de responder a esas exigencias estresan a sus bebés. Entre ellos se crea un conflicto en el que el niño siente que su existencia está en peligro. La supervivencia exige adaptación, lo que implica que el niño aprende a funcionar en un nivel de energía más bajo con una función respiratoria reducida. Cuando se trata de lograr que esos pacientes respiren con profundidad, en general surge un temor a la muerte. Varios pacientes se quejaron de que al respirar con más profundidad, sentían que su cabeza se llenaba de oscuridad y tenían la sensación de que se iban a desmayar.

Era como si sintieran que se iban a morir, una experiencia aterradora. Sin embargo, ese temor es irracional. No nos morimos por respirar profundamente. Tal vez nos desmayemos, pero eso no es peligroso y, si mantenemos la respiración a pesar del temor, ni siquiera nos desmayaremos. El hecho de dejar de respirar corta el flujo sanguíneo proveniente del cerebro, lo que crea una sensación de oscuridad y termina en un sincope. Por lo tanto, les aconsejo a mis pacientes que permanezcan concentrados en su respiración. Una paciente muy asustada juntó coraje para seguir respirando y se sorprendió al comprobar que no se le oscureció la cabeza ni se desmayo; este hecho le produjo una gran excitación. No paraba de exclamar: ¡Lo logré, lo logré!. Se fue de la sesión en un estado de euforia.

Estoy convencido de todos tenemos que enfrentarnos a nuestro miedo a la muerte si deseamos entrar al reino del cielo que llevamos dentro. El ángel de espada llameante que cuida la entrada del Jardín del Edén también está adentro nuestro. Es el progenitor de ojos fríos y odiosos que pudo habernos destruido por desobedecer. Es la culpa que dice: “Has pecado. No tienes derecho a la felicidad”. Y es nuestra ira volcada hacia adentro, debido a la culpa, la vergüenza y el temor.

La vida y la muerte son estados opuestos, lo que implica que cuando estamos plenamente vivos, no tememos morir. Cuando la corriente de vida fluye por el cuerpo con libertad, no hay posibilidades de que exista el temor, puesto que este es un estado de contracción del cuerpo.
La entrega a Dios elimina el temor a la muerte porque activa la corriente de vida que el ego restringe en su afán de controlar el temor y otros sentimientos y, de igual modo fomenta la curación. Tuve dos pacientes que estaban a punto de morir, uno de septicemia y el otro durante una operación a corazón abierto. Ambos me contaron que, al sentir la posibilidad de morir, pusieron sus vidas en manos de Dios. Ambos se recuperaron y afirmaron creer que este acto marcó un hito en la enfermedad. Este fenómeno no tiene nada de místico. La entrega del ego elimina las defensas que bloquean el flujo de vida, lo que no puede menos que beneficiar al cuerpo.

La entrega del ego también implica la entrega de la voluntad, incluida la voluntad de vivir. La voluntad de vivir constituye una defensa contra un deseo subyacente de morir. Representa el intento de superar nuestro temor a la muerte, pero no elimina ese temor. Lo que mantiene la vida no es la voluntad, sino un continuo estado de excitación positiva en el cuerpo que se expresa como un deseo de vivir. Lo que genera esa excitación es la actividad pulsátil del cuerpo, que es un don de Dios.

El temor es una emoción natural presente en todas las criaturas. Una persona que niega el temor esta negando su humanidad. Sentir miedo no implica que seamos cobardes. Podemos actuar valientemente frente al temor, y ese es el verdadero coraje. Cuando negamos el temor, nos colocamos por encima del mundo natural. Dado que la supresión de los sentimientos se realiza adormeciendo el cuerpo, la supresión del temor suprime la ira, la tristeza y hasta el amor. Perdemos la gracia de Dios y nos transformamos en monstruos, es decir, en seres irreales. Si alguien me apuntara con un arma, sentiría miedo de que me matara, pero el miedo a que nos maten no es el mismo que el miedo a la muerte. La muerte no puede separarse de la vida, es parte del orden natural. Cuando ocurre como parte de ese orden, podemos aceptarla con ecuanimidad. Cuando alguien le tiene miedo a la muerte es porque está muerto de miedo. Así, cuando una persona es fiel a sí misma, está libre del temor, incluido el temor a la muerte. De la misma forma, si no tememos la muerte, podemos ser fiel a nosotros mismos.

Ser fiel a uno mismo significa tener la libertad interior de sentir y aceptar los propios sentimientos y de poder expresarlos. También significa no sentir culpa por lo que uno siente. El individuo que siente culpa, es incapaz de expresar sus sentimientos abierta y directamente. Tiene un censor en su mente que vigila todas las expresiones. Esto no quiere decir que llevemos a la práctica todos los sentimientos. No somos niños pequeños sin egos, sabemos cuales son los comportamientos aceptables para la sociedad y cuales no. Tenemos o deberíamos tener un sentido de autoposesión que nos permita expresar nuestros sentimientos o llevarlos a la practica en una forma que resulte apropiada y eficaz para nuestras necesidades. Este control consciente no se basa en el temor. El temor paraliza y hace que las acciones se vuelvan torpes o ineficaces. Perdemos la encantadora espontaneidad que dota a nuestras acciones de gracia. La autoposesión es la marca que distingue a los individuos que se expresan y actúan como consecuencia de una aguda sensibilidad hacia la vida y hacia los demás. 

miércoles, 9 de julio de 2014

El Arte de Amar, parte 10


¿Qué es la Fe?

Veamos ahora las cualidades de particular importancia para la capacidad de amar. De acuerdo con lo dicho sobre la naturaleza del amor, la condición fundamental para el logro del amor es la superación del propio narcisismo. En la orientación narcisista se experimenta como real sólo lo que existe en nuestro interior, mientras que los fenómenos del mundo exterior carecen de realidad de por sí y se experimentan sólo si hay utilidad o peligro para uno mismo. El polo opuesto del narcisismo es la objetividad; es la capacidad de ver a la gente y las cosas tal como son, objetivamente,  y poder separar esa imagen objetiva de la imagen formada por los propios deseos y temores. Para el insano, la única realidad que existe es la que está dentro de él, la de sus temores y deseos. Y resulta que casi todos nosotros tenemos una visión, que está deformada por nuestra orientación narcisista. ¿Cuántos padres experimentan las reacciones del hijo en función de la obediencia, de que los complazca; en lugar de percibir o interesarse por lo que el niño siente? ¿Cuántas esposas piensan que sus maridos son ineficaces o estúpidos porque no responden a la fantasía del espléndido caballero que construyeron en su infancia?

La facultad de pensar objetivamente es la razón; la actitud emocional que corresponde a la razón es la humildad. Ser objetivo, utilizar la propia razón, sólo es posible si se ha alcanzado una actitud de humildad, si se ha emergido de los sueños de omnisciencia y omnipotencia de la infancia.
No puedo ser objetivo con respecto a mi familia, si no puedo serlo con un extraño y viceversa. Si quiero aprender el arte de amar, debo esforzarme por ser objetivo en todas las circunstancias, y hacerme sensible a la situación frente a la que no soy objetivo.

La capacidad de amar depende de la propia capacidad para superar el narcisismo y la fijación incestuosa a la madre y el clan; depende de nuestra capacidad de crecer, de desarrollar una orientación productiva en relación con el mundo y con nosotros mismos. Tal proceso de emergencia, de nacimiento, de despertar, necesita una cualidad como condición necesaria: fe. La práctica del arte de amar requiere la práctica de la fe.

¿Qué es la fe? ¿Es la fe necesariamente una cuestión de creencia en Dios? ¿Está inevitablemente en oposición con la razón ?. Para empezar a comprender el problema de la fe es necesario diferenciar la fe racional de la fe irracional. La fe irracional se refiere a la creencia que se basa en la sumisión a una  autoridad falaz, es claramente, una dependencia. Por el contrario, la fe racional es una convicción arraigada en la propia experiencia mental o afectiva. No es una creencia en algo, es la cualidad de certeza y firmeza que poseen nuestras convicciones.
La historia de la ciencia está llena de ejemplos de fe en la razón y en las visiones de la verdad. Copérnico, Kepler, Galileo y Newton estaban imbuidos de una inconmovible fe en la razón. Por ella Bruno murió quemado y Spinoza sufrió la excomunión. Esta fe está arraigada en la propia experiencia, en la confianza en el propio poder del pensamiento, observación y juicio. Al tiempo que la fe irracional es la aceptación de algo como verdadero sólo porque así lo afirma una autoridad o la mayoría. La fe racional tiene sus raíces en una convicción independiente basada en el propio pensamiento y observación productivos, a pesar de la opinión de la mayoría.

En la esfera de la relaciones humanas, la fe es una cualidad indispensable de cualquier amistad o amor significativos. “Tener fe” en otra persona significa estar seguro de la confianza e inmutabilidad de sus actitudes fundamentales, de la esencia de su personalidad, de su amor.
En igual sentido, tenemos fe en nosotros mismos. Tenemos conciencia de la existencia de un yo, de un núcleo de nuestra personalidad que es inmutable y que persiste a través de nuestra vida, no obstante las circunstancias cambiantes. A menos que tengamos fe en la persistencia de nuestro yo, nuestro sentimiento de identidad se verá amenazado y nos haremos dependientes de otra gente, cuya aprobación se convierte entonces en la base de nuestro sentimiento de identidad. Sólo la persona que tiene fe en sí misma puede ser fiel a los demás, pues sólo ella puede estar segura de que será en el futuro igual a lo que es hoy y, por lo tanto, de que sentirá y actuará como ahora espera hacerlo.

Otro aspecto de la fe en otra persona refiérese a la fe que tenemos en las potencialidades de los otros. Es como la fe que tiene la madre en su hijo recién nacido: en que vivirá, crecerá, caminará y hablará. E igualmente desarrollará otras capacidades como: las de amar, ser feliz, utilizar la razón, y otras más específicas, el talento artístico, por ejemplo. Son las semillas que crecen y se manifiestan si se dan las condiciones apropiadas para su desarrollo, y que pueden ahogarse cuando éstas faltan. Es necesario, por tanto, que la persona de mayor influencia en la vida del niño tenga fe en esas potencialidades. La presencia de dicha fe es lo que determina la diferencia entre educación y manipulación.
La fe en los demás culmina en la fe en la humanidad. Al igual que la fe en el niño; se basa en la idea de que las potencialidades del hombre son tales que, dadas las condiciones apropiadas, podrá construir un orden social gobernado por los principios de igualdad, justicia y amor. El hombre no ha logrado aún construir ese orden, y, por lo tanto, la convicción de que puede hacerlo necesita fe.

Mientras que la fe irracional arraiga en la sumisión a un poder que se considera avasalladoramente poderoso, y en la abdicación del poder y la fuerza propios, la fe racional se basa en la experiencia opuesta. Tenemos fe en una idea porque es el resultado de nuestras propias observaciones y nuestro pensamiento. Tenemos fe en las potencialidades de los demás, en las nuestras y en las de la humanidad, porque, y sólo en esa medida, hemos experimentado el desarrollo de nuestras propias potencialidades, la realidad del crecimiento en nosotros mismos, la fuerza de nuestro propio poder y del amor.
 No hay una fe racional en el poder. Hay una sumisión a él o, por parte de quienes lo tienen, el deseo de conservarlo. Si bien para muchos el poder es la más real de todas las cosas, la historia del hombre ha demostrado que es el más inestable de todos los logros humanos.
Tener fe requiere coraje, la capacidad de correr un riesgo, la disposición a aceptar incluso el dolor y la desilusión. Quien insiste en la seguridad y la tranquilidad como condiciones primarias de la vida no puede tener fe; quien se encierra en un sistema de defensa, se convierte en un prisionero. Ser amado,  y amar, requiere coraje, la valentía de atribuir a ciertos valores fundamental importancia -y de dar el salto y apostar todo a esos valores.

Ese coraje es muy distinto de la valentía a la que se refirió el famoso fanfarrón Mussolini cuando utilizó el lema “vivir peligrosamente”. Su tipo de coraje es el coraje del nihilismo. Está arraigado en una actitud destructiva hacia la vida, en la voluntad de arriesgar la vida porque uno no es capaz de amarla. El coraje de la desesperación es lo contrario del coraje del amor, tal como la fe en el poder es lo opuesto de la fe en la vida.

¿Hay algo que pueda practicarse en relación con la fe y el valor? Indudablemente, la fe puede practicarse en cada momento. Requiere fe criar a un niño; se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea. Quien no la posee, sufre enorme angustia por su hijo, por su insomnio, o por su incapacidad para realizar cualquier trabajo productivo; o es suspicaz, se abstiene de acercarse a nadie, o es hipocondríaco o incapaz de hacer planes a largo plazo. Tomar las dificultades, los reveses y penas de la vida como un desafío cuya superación nos hace más fuertes, y no como un injusto castigo que no tendríamos que recibir nosotros, requiere fe y coraje.

La práctica de la fe y el valor comienza con los pequeños detalles de la vida diaria. El primer paso consiste en observar cuándo y dónde se pierde la fe, analizar las racionalizaciones que se usan para soslayar esa pérdida de fe, reconocer cuándo se actúa cobardemente y cómo se lo racionaliza. Reconocer cómo cada traición a la fe nos debilita, y como la mayor debilidad nos lleva a una nueva traición, y así en adelante, en un círculo vicioso. Entonces reconoceremos también que mientras tememos conscientemente no ser amados, el temor real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar. Amar significa comprometerse sin garantías, entregarse totalmente con la esperanza de producir amor en la persona amada. El amor es un acto de fe, y quien tenga poca fe, también tiene poco amor.

viernes, 5 de julio de 2013

El Narcisismo, la Enfermedad de Nuestro Tiempo, parte 2



Capitulo 1

EL ESPECTRO DEL NARCISISMO

La acción sin sentimientos es, como veremos, el conflicto básico de la personalidad narcisista. En el lenguaje común, describimos al narcisista como la persona que se preocupa de sí mismo por encima de cualquiera. “El narcisista se vuelve su propio mundo y considera que el mundo completo es él“. Los narcisistas presentan diversas combinaciones de ambición intensa, fantasías grandiosas, sentimientos de inferioridad y una dependencia excesiva de la admiración y el aplauso externos. También es característico de ellos, la incertidumbre e insatisfacción crónicas respecto a sí mismos, la explotación consciente o inconsciente y la crueldad para con los demás.

Sin embargo, este análisis descriptivo de la conducta narcisista sólo nos ayuda a identificar al narcisista, no ha comprenderlo. La pregunta es: ¿ Qué hace que una persona sea explotadora y cruel con los demás y que a la vez sufra de incertidumbre e insatisfacción crónicas?

Los psicoanalistas reconocen que el problema se desarrolla en las primeras etapas de la infancia. El narcisista se identifica con la imagen idealizada. No funcionan en términos de la imagen real porque para ellos es inaceptable. Su conducta no está motivada por el sentimiento. ¿Por qué decide alguien negar el sentimiento? Y ¿Por qué los conflictos narcisistas son tan comunes hoy en día?

NARCISISMO VERSUS  HISTERIA

En términos generales, el patrón de conducta neurótica en cualquier época refleja la interacción de fuerzas culturales. Por ejemplo, en la era victoriana la neurosis típica era la histeria. La reacción histórica se deriva de la condenación de la excitación sexual. La consecuencia de todo esto fue generar en mucha gente un superyó estricto y severo que limitaba la expresión de la sexualidad  y provocaba un fuerte sentimiento de culpa y de ansiedad.

Actualmente, casi un siglo después, el cuadro cultural ha tenido un giro de casi 180 grados. Nuestra cultura está marcada por un resquebrajamiento de la autoridad tanto dentro como fuera del hogar. Las costumbres sexuales parecen bastante más tolerantes. Vemos menos gente que sufra inconscientemente de culpa o ansiedad por lo sexual.
Frecuentemente se describe a los histéricos como hipersensibles, que están exagerando sus sentimientos. Por su parte, los narcisistas minimizan sus sentimientos con el propósito de ser “impertérritos” (demostrar que nada les llega). De manera similar, los histéricos parecen cargar un pesado sentimiento de culpa del cual los narcisistas parecen estar liberados. La predisposición narcisista es la depresión, una sensación de vacío o de no sentir nada, en tanto que en la histeria la predisposición es a la ansiedad. Sin embargo, estas diferencias son teóricas. Es frecuente encontrar una mezcla de ansiedad y depresión porque están presentes elementos tanto de la histeria como del narcisismo.
Podría también decirse que la cultura victoriana ponía énfasis en el amor sin sexo, en tanto que nuestra cultura actual pone énfasis en el sexo sin amor.

Aún si tomamos en cuenta que estas afirmaciones son generalizaciones burdas, de hecho revelan el problema central del narcisismo: la negación del sentimiento y su relación con la falta de límites. Los negocios se manejan como si no hubiera límite al crecimiento económico, e incluso en la ciencia nos topamos con la idea de que podemos vencer la muerte, es decir, transformar a la naturaleza a nuestra imagen. El poder, el desempeño y la productividad se han vuelto los valores dominantes y han desplazado a virtudes tan pasadas de moda como la dignidad, la integridad y el respeto de sí mismo.    

A mi juicio, el narcisismo es el resultado de una distorsión en el desarrollo. Hay que averiguar que le hicieron los padres al niño, en lugar de simplemente buscar qué es lo que no le hicieron. Desgraciadamente, los niños a menudo están sujetos a ambos tipos de trauma: los padres no les proporcionan suficientes cuidados y apoyo a nivel emocional, al no reconocer y respetar la individualidad de la criatura, pero a la vez intentan seducirlo para moldearlo según la imagen que ellos tienen de cómo debe ser el niño.

LOS DIFERENTES TIPOS DE TRASTORNOS NARCISISTAS

El narcisismo cubre un amplio espectro comportamental: existen diversos grados de alteración o pérdida del yo.
Estos son los cinco tipos, en orden ascendente según el grado de narcisismo:
1. Carácter fálico-narcisista
2. Carácter narcisista
3. Personalidad límite
4. Personalidad psicopática
5. Personalidad paranoide

Cuanto más narcisista es un individuo, menos se identifica con sus sentimientos. En otras palabras, existe una correlación entre la negación o la carencia de sentimientos, y la falta de un sentido del yo.

El carácter fálico-narcisista

Su narcisismo consiste en una preocupación desmesurada por su imagen sexual. Su narcisismo se manifiesta como una “demostración exagerada de confianza en sí mismo, de dignidad y de superioridad”
El homólogo femenino del carácter fálico-narcisista es el tipo de carácter histérico. Su narcisismo se expresa en la tendencia a ser seductora y a medir su valor en función de su atractivo sexual basado en sus encantos “femeninos“. Están más entregadas a una imagen de superioridad que a un yo con sentimientos.

El carácter narcisista

Este individuo no se cree mejor, sino el mejor. Estos individuos tienen necesidad de ser perfectos y de que los demás también les consideren perfectos. El individuo de este tipo, esta totalmente fuera de lugar en el mundo de los sentimientos y no sabe relacionarse con otras personas de una forma real, humana.

La personalidad límite

Este tipo de narcisista puede o no mostrar abiertamente los síntomas típicos del narcisismo. Algunos proyectan una imagen de éxito, competencia y poderío en el mundo, que de hecho se apoya en logros alcanzados en el terreno de los negocios o del espectáculo. Sin embargo, esta fachada se derrumba fácilmente bajo presión emocional, y la persona deja ver entonces el niño asustado e indefenso que hay en su interior. Otras personalidades límite muestran una imagen de persona necesitada, hacen hincapié en su propia vulnerabilidad y a menudo se pegan a los demás. En estos casos, la arrogancia y la fantasía de grandeza que albergan están ocultas, porque no hay éxitos que puedan apoyarlas.

Las demostraciones de grandiosidad del carácter narcisista son una defensa relativamente efectiva ante la depresión, y por ello es difícil socavar la fachada de superioridad de que se valen. Por el contrario, en el caso de la personalidad límite, la ostentación de los éxitos conseguidos no les sirve como protección.
La personalidad límite se encuentra atrapada entre dos visiones contradictorias: o es totalmente genial o totalmente inútil. La fantasía de una genialidad “secreta” puede llegar a ser una verdadera necesidad para contrarrestar la amenaza de inutilidad que representa la realidad.
Pueden buscarse las causas de las ideas de grandeza en la forma de relacionarse los padres con el niño, más que en la forma de relacionarse el niño con los padres. El niño no se cree un príncipe por un fallo del desarrollo normal. Si cree que lo es, es debido a que le educaron en esa creencia. La forma de verse a sí mismo de un niño refleja cómo lo ven y lo tratan sus padres.

La personalidad psicopática.

Todas las personalidades psicopáticas se consideran a sí mismos individuos superiores a los demás y muestran un grado de arrogancia que raya en el desprecio por los seres humanos corrientes. Una característica específica es la tendencia a actuar siguiendo sus impulsos, a menudo de manera antisocial. Mienten, engañan, roban, incluso matan, sin que se vea en ellos signo alguno de culpabilidad o remordimiento. Esta falta extrema de empatía hace muy difícil el tratamiento.
El impulso que subyace bajo esta conducta procede de las experiencias de la infancia, que fueron tan traumáticas y tan aplastantes que el niño no pudo integrarlas en el ego que se estaba desarrollando. Como resultado, los sentimientos asociados con aquellos impulsos están más allá de la percepción del ego. Se actúa entonces sin sentimientos conscientes. El asesinato a sangre fría es un ejemplo extremo de la actuación psicopática. Pero actuar impulsivamente de por sí no es algo limitado a la conducta antisocial. El alcoholismo, la drogadicción y la conducta sexual promiscua se pueden considerar también formas de conducta impulsiva.

Cabe añadir, que la personalidad psicopática no son necesariamente lo que la sociedad llama “perdedores”. Hay psicópatas con mucho éxito. Son brillantes, no tienen remordimientos, su inteligencia es fría como el hielo, son incapaces de sentir amor o culpabilidad, y tienen malas intenciones con respecto al resto del mundo. Un individuo así puede ser un abogado competente, un ejecutivo o un político. “En lugar de asesinar personas, este tipo de individuo puede llegar a ser el presidente de una empresa que despide a la gente en lugar de matarla y corta a trozos sus funciones en lugar de su cuerpo. Irónicamente, la clave de este tipo de “éxito” es la falta de sentimientos de la persona -que es a su vez la clave de todos los trastornos narcisistas-. Como hemos visto, cuanto más niega sus sentimientos, más narcisista es el individuo que sufre el trastorno.

La personalidad paranoide
 
Este tipo de individuos no sólo cree que la gente les mira sino que además habla de ellos, incluso conspira en su contra, debido a que ellos son tan extraordinarios e importantes. Puede que incluso crean que tienen poderes fuera de lo normal. Cuando llega un punto en que son incapaces de distinguir la fantasía de la realidad, su locura es clara. En este caso, estamos hablando de paranoia pura y dura.

Si la salud se mide en base a la congruencia de la propia imagen del ego con la realidad del yo o cuerpo, entonces es posible postular que hay un grado de enfermedad en cada trastorno narcisista.

miércoles, 3 de julio de 2013

El Narcisismo, La Enfermedad de Nuestro Tiempo, parte 1

Comienzo ahora, con el resumen del libro de Alex Lowen,"El Narcisismo, la enfermedad de nuestro tiempo", Ed. Pax, México, 1987.

“El Narcisismo, la enfermedad de nuestro tiempo”


INTRODUCCIÓN


El narcisismo es una enfermedad tanto psicológica como cultural. En el plano individual, denota un trastorno de la personalidad caracterizado por una dedicación desmesurada a la imagen en detrimento del yo. A los narcisistas les preocupa más su apariencia que sus sentimientos. De hecho, no los aceptan si éstos se contradicen con la imagen deseada. Son ególatras, están centrados en sus propios intereses, pero carecen de los verdaderos valores del yo, a saber: la autoexpresión, la autoposesión, la dignidad y la integridad. A los narcisistas les falta el sentido del yo que se deriva de los sentimientos corporales. La vida les parece vacía y falta de significado. Viven en un estado de desolación.

Desde el punto de vista cultural, se puede entender el narcisismo como una pérdida de los valores humanos -ausencia de interés por el entorno, por la calidad de vida, por las demás personas-. Una sociedad que sacrifica su medio natural para obtener dinero y poder, no tiene sensibilidad para las necesidades humanas. La proliferación de cosas materiales se convierte en la medida del progreso en lo que ha forma de vida se refiere, y se incita al  hombre contra la mujer, al trabajador contra el empresario, al individuo contra la sociedad.  
Cuando la riqueza ocupa una posición superior a la de la sabiduría, cuando se admira más la fama que la dignidad, cuando el éxito es más importante que el respeto a sí mismo, la cultura misma sobrevalora la “imagen” y debe considerársele narcisista.

El narcisismo del individuo refleja el de la cultura. Nuestra cultura se forma en consonancia con nuestra imagen y nosotros, por nuestra parte, adoptamos la forma que esa cultura nos impone. ¿Es posible entender lo primero sin entender lo segundo? ¿Es posible que la psicología se desentienda de la sociología y viceversa?

Los problemas de la personalidad de la gente han cambiado en forma notoria los últimos cuarenta años. Las neurosis de antes, constituidas por culpas, ansiedades, fobias u obsesiones incapacitadoras, comúnmente no se ven hoy en día. En vez de eso, me encuentro con más gente que se queja de depresión; esas personas describen una carencia de respuesta afectiva, un vacío interno, una profunda sensación de frustración y falta de realización. Muchas de esas personas tienen bastante éxito en su trabajo, lo que sugiere un rompimiento entre su desempeño laboral y lo que sienten por dentro. Su desempeño en el plano laboral, sexual y social, parece demasiado eficiente, mecánico y perfecto para ser humano. Funcionan más como máquinas que como personas.

A los narcisistas se les reconoce por su falta de humanidad. No sufren por la tragedia de un mundo amenazado por el quebranto ecológico, no sienten la tragedia de una vida que transcurre en el intento de demostrar su valor ante un mundo indiferente. Cuando la careta de superioridad se rompe y permite que se vuelva consciente el sentimiento de pérdida y tristeza, a veces ya es demasiado tarde. Al dirigente de una gran compañía le dijeron que tenía cáncer en su fase terminal. Ahora que su vida llegaba al término, descubrió cual era su sentido. Antes nunca me fijé en las flores -explicaba- , ni en el brillo del sol, ni en los campos. Me pasé la vida tratando de demostrar a mi padre que había triunfado. El amor no tenía cabida en mi vida. Por primera vez en su vida, ya adulto, este hombre pudo llorar y dirigirse a su esposa e hijos en busca de ayuda.

Hay algo de locura en un patrón de conducta que valora el éxito por encima de la necesidad de amar y ser amado. Hay una cierta locura cuando una persona está desconectada de la realidad de su ser -el cuerpo y sus respuestas afectivas- . Y hay también algo de locura en una cultura que contamina el aire, el agua y la tierra, en nombre de un “mejor” nivel de vida.
Personalmente, considero que la frenética actividad de la gente en las grandes ciudades -para ganar más dinero, obtener más poder, ir a la cabeza- resulta un tanto loca.

Para entender la enfermedad que subyace en el fondo del narcisismo es necesaria una visión más amplia de los problemas de la personalidad. Necesitamos entender qué fuerzas de la cultura provocan el problema y qué factores de la personalidad humana predisponen al individuo al narcisismo. Y necesitamos saber qué es ser humano si queremos evitar ser narcisistas.

El tratamiento con pacientes narcisistas consiste en ayudarlos a entrar en contacto con sus cuerpos, a recuperar las respuestas afectivas que habían suprimido y a volver a tener las características de humanidad que había perdido. Este enfoque supone trabajar para reducir la tensión muscular y la rigidez que bloquean los sentimientos de la persona. Sin embargo, nunca he considerado como lo principal las técnicas específicas que utilizo. La clave de la terapia es la comprensión. Sin comprensión, ningún enfoque o técnica terapéutica tiene sentido ni sirve de nada en un nivel profundo.

martes, 18 de junio de 2013

La Espiritualidad del Cuerpo, parte 10 (final)

Capitulo 12
La mente armónica


La relación de la mente con el cuerpo es compleja. La existencia  misma de la voluntad implica que una persona puede actuar en contra de los deseos de su cuerpo. La voluntad le permite al hombre ser creativo o destructivo, noble o innoble, divino o diabólico. Pero pese a que el hombre ha perdido la armonía desde hace mucho tiempo, no es una criatura perdida. Si esta comprometido con la verdad, la decencia, la dignidad y la sutileza, estará en condiciones de adquirir un alto grado de armonía, salud y espiritualidad.

Ningún niño elige perder su armonía, ni pierde su inocencia por un error de juicio. Lo que sucede es que al niño se le conduce, arrancándolo del estado de gloriosa inocencia, a la adquisición de una conciencia social. En el camino, sus padres y maestros les enseñan que es aceptable y que no lo es. Si las reglas no son impuestas de manera arbitraria o inflexible, no afectan seriamente a la personalidad del niño. La mayoría prefiere vivir y actuar de acuerdo con estas reglas aunque impliquen una pérdida de libertad.

En el nivel animal, la vida se vive con inconsciente integridad. Así también viven y funcionan los niños pequeños. Pero con el acondicionamiento social, el individuo ya no puede basarse en la integridad inconsciente para guiar sus actos. La integridad inconsciente debe ser complementada, en consecuencia, por la integridad consciente, es decir, por principios. Pero los principios que uno adopte para guiar su vida no deben violar la integridad inconsciente de su cuerpo, pues de lo contrario se verá inmerso en serios problemas.

Una persona armoniosa es una persona con principios; su conducta no está gobernada por la conveniencia. Se rige, en cambio, por un código de conducta derivado de un sentido interior de lo que está bien o mal. Elegimos la verdad porque promueve la integración del yo y el cuerpo, de la mente consciente y los impulsos inconscientes.
La capacidad de postergar la gratificación, o su corolario, la capacidad de tolerar el dolor o la frustración, es una función del yo. En el bebé, el yo no se ha desarrollado al punto de funcionar para contener sentimientos e impulsos. Este desarrollo tiene lugar en gran medida entre los tres y los seis años, cuando la personalidad queda fijada en la genitalidad. En el individuo narcisista, este desarrollo se ve interrumpido por el carácter incestuoso en la situación edípica, que lo fuerza a escindirse de su basa genital. Esa escisión, como hemos visto, quiebra la integridad de la personalidad y separa al yo de su base en el cuerpo. La contención se hace difícil, si no imposible, con la consecuencia de que no se pueden establecer principios.

Los principios tienen el efecto de aumentar el placer y la satisfacción en la vida por vía de restringir el impulso de encontrar la satisfacción inmediata. Como hemos visto en el caso del sexo, la satisfacción es mayor cuando todo el cuerpo o toda la persona es sexualmente excitada por otra. Contener la excitación inicial permite que la sensación se profundice. En su punto más profundo, interviene el corazón y la sensación se convierte en un sentimiento de amor. Esto significa que sentir amor por el compañero es esencial para lograr un desahogo orgásmico completo. Lo mismo ocurre con cualquier otra actividad. Sólo si uno pone el corazón al realizarla, la actividad en cuestión le producirá una sensación de total satisfacción y plenitud.

Pero los principios son importantes también en otro aspecto. Considérese el caso de un individuo locamente enamorado de la esposa de su amigo. Si piensa que tener contacto sexual con ella le causaría daño a su amigo, no podrá consumar la relación. El acto sexual en estas circunstancias no le brindaría placer. Bien podrían buscarse razones para justificar ese contacto sexual. Pero una persona con principios actuará de acuerdo con ellos; obrar de otra manera simplemente le haría sentirse mal. Se produciría una escisión en su personalidad, en la que una parte diría que sí y la otra que no. Como hemos visto, esta escisión destruye la integridad de la personalidad.
El gozo sexual sólo está al alcance de quienes están llenos de amor y comparten ese amor con su compañero.

En bioenergética, “integridad” es el término empleado para describir el flujo ininterrumpido de excitación en el cuerpo, de la cabeza a los pies y nuevamente hacia arriba. El principio de integridad se basa en sentirse “de una sola pieza”. Sin esa unidad, una persona no puede sentir la diferencia entre el bien y el mal, aunque pueda conocerla en un nivel consciente.
En algunos individuos, la pérdida de integridad es tan severa que su conducta ya no responde a ningún principio. A estos individuos se les describe en la literatura psiquiátrica. En su forma más extrema, este tipo de personalidad se caracteriza por una falta de conciencia que da lugar a una conducta designada como psicopática o sociopática. El psicótico no puede distinguir la verdad de la falsedad y es capaz de decir una mentira evidente creyendo que es verdad.

El narcisismo es la aflicción más común del hombre moderno. El individuo narcisista vive oculto tras una fachada destinada a procurarle aceptación y admiración, por un lado, y a compensar y negar sus sentimientos internos de inferioridad, inadecuación, tristeza y desolación, por otro.
En una cultura como la nuestra, orientada hacia valores del yo como el poder y el éxito, la mayoría de la gente contiene cierto grado de narcisismo en su personalidad. La verdadera cuestión, por lo tanto, radica en el grado en que uno está en contacto con sus sentimientos esenciales y con su cuerpo. Cuanto más en contacto estamos, más integridad tenemos.

De los comentarios anteriores se desprende que enseñar principios morales en un ámbito educacional resulta poco eficaz. Los principios deben estar basados en sentimientos que no pueden enseñarse. La enseñanza moral, incluso en el hogar, tiene valor tan sólo en la medida en que los propios padres sean ejemplo de estos principios y los apliquen en sus relaciones con los hijos. No podemos enseñar el amor, la honestidad, el respeto, la dignidad o ningún otra virtud por medio de palabras, y no del ejemplo. Y no podemos enseñar la integridad si pasamos por alto el hecho de que es un fenómeno corporal que se manifiesta en el modo de mantenerse de pie, moverse y conducirse.
Ninguna dosis de aleccionamiento hará que la gente que está ciega vea la verdad. Sería más acertado decir que ninguna cualidad de enseñanza bastará para que un individuo pueda sentir la bondad o la maldad de sus actos si su cuerpo carece de integridad debido a que está escindido por determinadas tensiones.

Si una meta fundamental en la vida es ser una persona amable y armoniosa, como creo, entonces ésa debería ser también la meta de nuestros programas educativos, y no la adquisición de conocimientos. El hecho de no vivir de acuerdo con principios éticos elevados implica la pérdida del mayor don que puede ofrecer la vida: la alegría.
Sin integridad, física y psicológica, el individuo no puede conocer el profundo placer y las buenas sensaciones que produce moverse con donaire, ni experimentar el éxtasis espiritual de ser una persona amable. Sin estas cualidades, por más poderoso o rico que sea, el individuo vivirá en una oscura prisión de temor, desconfianza y desamor.

Ninguno de nosotros puede confiar sólo en sus sentimientos, porque no podemos saber si una acción es buena o mala hasta después de haber ocurrido el hecho. Tampoco podemos confiar exclusivamente en la razón, ya que el diablo puede convencer tanto como Dios. La razón y el sentimiento deben unirse en principios que nos guíen en cuanto al modo correcto y sano de conducir nuestra vida.
Los seres humanos podemos emular el amor de Dios por el hombre a través del amor que nos demostramos unos a otros. Muchos místicos religiosos de diferentes creencias han escrito que Dios vive en el corazón humano. Cuando sentimos amor en nuestro corazón, estamos en comunión con Dios. Cuando demostramos ese amor, a menudo logramos conectar con nuestro prójimo. Una sonrisa gentil puede reconfortar el corazón de otra persona como un rayo de sol. Un acto gentil puede estimular el espíritu  y abrir el alma a la belleza de la vida. La persona gentil acepta a los demás, no por obligación sino por amor. Esto no significa que nunca se enfade, sin que su ira es como la de Dios, directa y de breve duración.

El alma es el nombre que le damos al sistema energético humano que anima a todo organismo. Si sentimos odio, el corazón se contrae y el alma se encoge. Si somos amables el corazón se expande y el alma se ensancha. El brillo de una sonrisa amistosa proviene de un corazón pleno de buenos sentimientos. No se puede ser amable y compulsivo al mismo tiempo. Una persona amable es lo bastante paciente como para establecer un vínculo sincero y cálido con todos aquellos con quienes tiene contacto.

La persona amable también tiene conciencia de la existencia de algo más grande y más poderoso que ella misma. Un orden superior. Sin esa fuerza, ¿qué existe que pueda frenar la egolatría y la codicia del hombre, que lo llevan a ver la Tierra y sus habitantes como cosas a ser explotadas en provecho de los deseos propios y las satisfacciones personales? Al entregarse a su codicia, el hombre destruye la tierra misma de la que depende su propia existencia.

La depresión se ha vuelto endémica, y muchos individuos han sentido la necesidad de recurrir a drogas de uno u otro tipo para seguir adelante.
En Occidente, la vida se ha secularizado en forma creciente. Lo sagrado se ha reducido hasta convertirse en un mero conjunto de creencias y símbolos. Y aún sostienen un considerable poder sobre las vidas de algunas personas. Las creencias y los símbolos son procesos mentales que no toman en cuenta al cuerpo. Desde la perspectiva del mundo occidental, el cuerpo cae en la categoría de lo seglar, lo profano y lo material. Ello refuerza la escisión entre mente y cuerpo, a la que ha señalado como un factor determinante de la angustia emocional del hombre.

Mi intención en este libro, ha sido mostrar que el cuerpo no es tan sólo un objeto material, fácil de comprender en términos puramente físicos. No, el cuerpo no es un vehículo del espíritu sino que es el espíritu hecho carne.
En mi opinión, es la mente, centrada en el conocimiento y la razón, la que es seglar, y el cuerpo el que es sagrado. Por muy bien que creamos explicar el funcionamiento del cuerpo, en la base de ese funcionamiento está el misterio del amor.

He descrito al organismo viviente como un estado de excitación contenida, y su corazón como centro. Esa excitación se eleva y rebasa la frontera del organismo cunado uno está enamorado, y en ese momento uno siente su conexión con el universo. El amor es el verdadero sentimiento espiritual. Confío en que la mayoría de mis lectores haya experimentado este sentimiento alguna vez en su vida. ¿Pero por qué sólo alguna vez? La sorprendente respuesta es que no nos amamos lo suficiente a nosotros mismos. Amarse a uno mismo no significa auto adoración, la cual equivale al narcisismo, un estado que carece de la excitación del amor. Amarse a uno mismo , es amar la vida y todas las cosas vivientes. Uno no puede amar plenamente a otro a menos que se ame a sí mismo. Sin amor por uno mismo, uno toma, pero no da nada.

Con amor por nosotros mismos, podemos alcanzar las tres formas de armonía que una vez definió Aldous Huxley: La armonía animal, es decir, la integridad mantenida por el pleno y libre flujo de excitación en el cuerpo; la armonía humana, por la vía de vivir según el principio “Se franco contigo mismo” y de extender este principio a nuestro prójimo a través de una conducta bondadosa, y armonía espiritual, por medio de la conexión con un orden superior. Sólo a través de la integración de la personalidad en estos tres niveles podemos alcanzar la trascendencia que denominamos “el estado de armonía”: en verdad, la espiritualidad del cuerpo.