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martes, 28 de mayo de 2019

El Cambio es Hacia Abajo. parte 1


  EL CAMBIO ES HACIA ABAJO

El ser humano se halla a medio camino entre los Dioses y las bestias 
Plotino 

 La siguiente etapa  evolutiva

Carl Sagan , nos comparte en el primer capítulo de su libro Los Dragones del Edén, una reflexión   interesante  referente a  El calendario Cósmico. Ahí, comprime los quince mil millones de años que se supone tiene el Universo -al menos a partir del Big Bang- al lapso de  un año. De tal forma que, cada mil millones de años correspondería a 24 días de este imaginario calendario. Y así, en base a esta escala temporal, tendremos que la historia de nuestra especie ocupa solo los últimos segundos del 31 de Diciembre. Esta visión, instintivamente ha de movernos a la humildad.

De esta forma, asombra que la aparición de la Tierra no surja sino hasta los primeros días de Septiembre; que los dinosaurios aparezcan en Nochebuena; que las flores no broten sino hasta el 28 de diciembre y que el ser humano no haga acto de presencia sino hasta las 22:30 de la víspera del Año Nuevo. La historia escrita ocupa solo los últimos diez segundos del 31 de diciembre. Y en este poco tiempo que tenemos bajo las estrellas, ya  estamos en jaque.

Nos hallamos como humanidad ante una disyuntiva. Sabemos que cualquier invitación al cambio se acoge con miedo, pero  llega un momento en que es conveniente que las sociedades evolucionen. Es indiscutible que lo que acontezca en este planeta a partir de ahora, tendrá responsabilidad en nosotros.
La resistencia al cambio, se debe en gran medida a grupos que tienen intereses creados . Las personas que tienen privilegios se niegan a ceder. Lo mismo que los niños consentidos se niegan a crecer.

Pero, por otro lado, necesitamos  reconocer que somos una especie apenas naciente y que nos falta mucho camino por  recorrer.  Y que el siguiente paso evolutivo para nuestra especie, debe de ser aprendido. Es decir, que tenemos que  trabajar para gobernar nuestro complejo cuerpo-mente.  Tenemos la responsabilidad de  autoeducarnos. Tomemos consciencia del compromiso que adquirimos al representar millones de años de paciente evolución.

Hoy en día, cada vez que abrimos un periódico o vemos la TV, tropezamos cara a cara con los aspectos más sombríos de la naturaleza humana. 
Nuestra época nos ha forzado a ser testigos de este dantesco espectáculo. No hay modo de eludir el espantoso y sombrío fantasma conjurado por la corrupción política, el desastre ecológico, los criminales de cuello blanco, la inseguridad, la contaminación, la tecnología, el narcotráfico y demás.
De este modo, mientras que muchos individuos y grupos viven los aspectos socialmente más favorables de la existencia, otros, en cambio, padecen sus matices más ariscos y terminan convirtiéndose en parte de la sombra colectiva. Nuestro anhelo profundo de plenitud nos demanda enfrentar este complicado escenario con lo que nos quede de nobleza y dignidad.

Y de pronto, solo se me ocurre una  verdadera hazaña  para escapar de esta maldad humana encubierta en la fuerza inconsciente de las masas: desarrollar nuestra  conciencia individual. Si  no reaccionamos ante lo que estamos viviendo, desperdiciamos la oportunidad para aprender y perderemos nuestra facultad de cambiarnos a nosotros mismos y, consecuentemente, de cambiar también al mundo.
En 1959 dijo Jung : Es inminente un gran cambio en nuestra actitud psicológica. El único peligro que existe reside en el mismo ser humano. Nosotros somos el único peligro pero lamentablemente estamos  inconscientes de ello.

El conflicto de identidad

Regularmente, uno no  reflexiona y se  pregunta: ¿Quién soy? Esto se da por descontado.  Casi todos llevamos en nuestras carteras documentos que nos sirven para identificarnos. En cierto sentido, sabemos quienes somos. Sin embargo, en  algún otro espacio dentro de nosotros, no estamos seguros de qué es lo que sucede.
En los límites de la conciencia nos inquietan las decisiones;  nos envuelve el sentimiento de frustración; nos atormenta la sensación de estar perdiéndonos sucesos de la vida.

Tarde o temprano ha de irrumpir la crisis. Cuando  la insatisfacción se convierta en desesperanza, y la inseguridad llegue al borde del pánico, quizás entonces nos preguntemos ¿Quién soy? Y esta sería la señal de que se está desmoronando la fachada con la cual buscábamos identidad.
En nuestra cultura casi todos tenemos conflictos con nuestra identidad. La gente se  ofusca terriblemente cuando la imagen que nos fabricamos cae liviana y sin sentido. Se ofenden si se les cuestiona el rol que tomaron en la vida. Tarde o temprano, la identidad basada en imágenes se desinfla y cae.

El problema mental típico en nuestros tiempo ya no es la Histeria, como en los tiempos de Freud, ahora el inconveniente es que las personas están aisladas, que no se relacionan, que carecen de afectos y disimulan sus problemas mediante intelectualizaciones y formulaciones técnicas.
Si  la mente  y el cuerpo no funcionan armónicamente, el individuo se desconecta de sus sentimientos, y por ende, también del mundo y de las personas.

Para saber quién soy, debo tener conciencia de lo que siento, de la expresión de mi rostro, de mi porte, de mi caminar. Sin  ese brío que nos recorre por dentro, quedará por un lado un espíritu abstracto, y por otro un cuerpo desencantado.
La alienación del individuo en los tiempos modernos ha sido descrita estupendamente  por Erich Fromm: el amor que siente el individuo alienado es romántico; su expresión sexual es compulsiva; su trabajo es mecánico, sus logros, egoístas.

Se dice del Hombre que es un animal que construye su propia historia, es decir, que es consciente de su pasado y le preocupa su futuro. Sabe que morirá, y también sabe  que es una consecuencia cultural de su pueblo.  Similarmente, está atado a su futuro, pues sabe que a través de él se trasladará su herencia a los que vengan detrás. Somos eslabones en la gran cadena de la vida. Cada miembro es un puente viviente que conecta el pasado con el futuro. Cuando esta conexión se pierde, se pierde la fe, fe en  uno mismo, en los demás, en la vida, en su destino..

En nuestra cultura actual se refleja algo similar. El pasado se encuentra relegado; ¿Y el futuro? Sobra  decir que vivimos en una sociedad sumamente variable. El porvenir es más inseguro que nunca. Y el problema fundamental actualmente es que estamos perdiendo la fe. Es a través de la fe, que el individuo queda conectado con la colectividad.

Pero, ¿Qué es la fe? Es meramente un asunto de creencia en Dios? ¿Se opone siempre a la Razón? Como todas las palabras, puede usarse con ligereza. Consultemos de nuevo a Erich Fromm: Para empezar a comprender el problema de la fe es necesario diferenciar la fe racional de la irracional.  Esta última se refiere a la creencia que se basa en una sumisión a una autoridad falaz. Es claramente una relación de  dependencia.
Por el contrario, la fe racional es una convicción arraigada en la propia experiencia mental y afectiva. No es una creencia en algo, es la cualidad de certeza y firmeza que poseen nuestras convicciones.

La fe irracional es el consentimiento de algo como indiscutible solo porque así lo dice la autoridad o la mayoría. Por el contrario, la fe racional está arraigada en una convicción independiente basada en la propia reflexión, a pesar de lo opinión de la mayoría.
Y más adelante: Un acto de amor es un acto de fe. En el acto de amor uno abre el corazón a otro y al mundo. Esta acción, que puede proporcionar una alegría inexplicable, lo expone a uno también  a un daño profundo. Por consiguiente solo puede hacerla quien tiene fe en la humanidad y en la naturaleza. La persona que no tiene fe, no puede amar.

El sentimiento de fe es el sentimiento de la vida fluyendo en el cuerpo de un extremo a otro, desde el centro a la periferia y vuelta de nuevo. El individuo se siente entonces como una unidad, como un continuo. Los diferentes aspectos  de su personalidad están integrados.

Para abandonarse hay que tener fe. Ante la ausencia de fe hay que controlar. Recordemos que todo adulto a pasado antes por una fase de desamparo en su niñez y primera infancia. Si no se hubiera abusado de ese desamparo y si su supervivencia no hubiera estado amenazada, no habrían tenido que montar esa especie de control de ego que impide a la persona sentir las profundidades de su ser.
Ahora bien, el vivir sólo en la superficie carece relativamente de significado, por lo cual todo el mundo quiere abrirse camino a través de la barrera. Si no encuentran otro camino, utilizarán el alcohol o las drogas para restablecer algún contacto, aunque sea momentáneo, con su ser interno.

 Alex Lowen opina: Estamos asistiendo a un aumento en la incidencia de la depresión. Esto se manifiesta en la búsqueda  compulsiva de la diversión y en la demanda incesante de   estimulantes. Vemos un deterioro constante de los valores morales, un debilitamiento progresivo de los lazos comunitarios, una disminución de la espiritualidad junto con un aumento del énfasis en el dinero y en el poder. ¿A dónde va este mundo? La opinión general diría que estamos viviendo tiempos depresivos, y realmente es así.
Son depresivos, no porque sean difíciles, sino porque nuestra fe se ha visto minada progresivamente. La gente ha vivido tiempos más difíciles sin deprimirse.
Cuando se pierde la fe, parece perderse también el deseo y el impulso de alcanzar cosas, de comunicarse y luchar. El individuo siente que no   hay nada que alcanzar y adopta una actitud última de ¿Para qué?
Seguir las reglas es un camino seguro; pero no es el camino del placer ni de la fe en la vida.

martes, 30 de abril de 2019

¿Qué es la fe?


¿Qué es la fe?

Si los padres confían en su forma de vida, y esa forma de vida está basada en la fe, sus reglas y límites reflejarán esa confianza. Esto no lleva a preguntarnos ¿Qué es la fe?
Todo acto basado en la fe es una manifestación de amor. Una madre o un padre amoroso no es ni permisivo ni disciplinario; el calificativo que mas le cuadra es el de comprensivo. Comprende la necesidad que tienen el niño de un amor y una aceptación incondicional. Comprende también que no es una cuestión de palabras sino de sentimientos expresados en acciones.
Una madre amorosa es quién se da, quién da su tiempo, su atención, su interés. Para saber cuánto quiere una madre a su hijo, sólo es necesario saber el tiempo que le dedica y cuanto placer le da a su hijo. El placer que siente una madre con su hijo es exactamente igual al que siente el hijo por su madre. El amor está basado en un placer compartido. El placer de una persona aumenta el placer de la otra, hasta que el sentimiento entre ambos es de alegría.

Los padres amorosos quieren ver a su hijo feliz. Quieren que disfrute de la vida. Esta actitud y los sentimientos que la acompañan, dan al niño fe en la vida: primero fe en sus padres, después fe en él mismo y por último, fe en el mundo. Los padres pueden hacer esto por un hijo si ellos mismos tienen fe. Pero poca gente la tiene, nuestra civilización la margina. Hablamos del amor pero veneramosancia el poder.

La importancia de la fe

 ¿Qué importancia tiene la fe? ¿Puede el hombre vivir sin ella? Esta cuestión merece una atención seria, ya que la supervivencia del hombre no está garantizada y su vida no está libre de la desesperación. ¿Qué es la fe? Como todas las palabras, puede usarse con ligereza. Es muy fácil decir: Debes tener fe, como se podría decir tienes que amar. Pero un momento de reflexión basta para darse cuenta de que ni las palabras ni las afirmaciones pueden añadir estas cualidades esenciales a la vida de una persona.

El sentimiento de fe es el sentimiento de la vida fluyendo en el cuerpo de un extremo a otro, desde el centro a la periferia y vuelta de nuevo. El individuo se siente como una unidad, como un continuo. Los diferentes aspectos  de su personalidad están integrados.

Existe una conexión íntima entre la enfermedad y la pérdida de fe. Estamos asistiendo a un aumento en la incidencia de la depresión por un lado y la correspondiente desilusión y pérdida de fe por el otro. La persecución frenética de la diversión y la demanda continua de estimulantes apoyan esta observación.
Vemos un deterioro constante de los valores morales, un debilitamiento progresivo de los lazos religiosos y comunitarios que ligan el bienestar de un hombre con el del otro, una disminución de la espiritualidad junto con un aumento del énfasis en el dinero y en el poder. ¿A dónde va este mundo?. La opinión general diría que estamos viviendo tiempos depresivos, y realmente es así.

Son depresivos, no porque sean difíciles, sino porque nuestra fe se ha visto minada progresivamente. La gente ha vivido tiempos más difíciles sin deprimirse.
Cuando se pierde la fe, parece perderse también el deseo y el impulso de alcanzar cosas, de comunicarse y luchar. El individuo siente que no hay nada que alcanzar y adopta una actitud última de ¿Para qué?
Seguir las reglas es un camino seguro; pero no es el camino del placer ni de la fe en la vida.

 Al tratar de comprender la relación del hombre consigo mismo y con su mundo no podemos olvidar el concepto de fe.
La fe pertenece a un orden de experiencia diferente de del conocimiento. Es más profunda que éste, puesto que ha menudo le precede cómo base de acción y continúa afectando el comportamiento incluso cuando su contenido es negado por el conocimiento objetivo. Rezar es un buen ejemplo. Muchos de los que rezan saben que su oración no es capaz de modificar el curso de las cosas; pero el saberlo no los detiene, porque para ellos rezar es una expresión de fe. Sienten que esa expresión tiene un efecto positivo y que gracias a ello son capaces de soportar la carga. Para rezar no es necesario creer en una deidad omnipotente. El poder de la oración se basa en la fe que la persona manifiesta. Se dice que la fe obra milagros, y veremos que existen buenas razones para creerlo.

Un acto de amor también es una expresión de fe. En el acto de amor uno abre el corazón a otro y al mundo. Esta acción, que llena al mundo de una alegría inexplicable, le expone también a un daño profundo. Por consiguiente sólo puede hacerla quien tiene fe en la humanidad del hombre y en toda la naturaleza. La persona que no tiene fe no puede amar.

Si no tuviéramos fe en que nuestro esfuerzo va a ser recompensado, faltaría la motivación para esforzarse. La necesidad no es un incentivo suficiente. Los pacientes depresivos tienen la misma necesidad de funcionar que todo el mundo, pero eso no les mueve. Se han rendido; han perdido la fe y se han resignado a morir.

La íntima conexión entre pérdida de fe y muerte aparece clara en situaciones de crisis. En asuntos de vida o muerte la fuerza de la fe puede ser el factor decisivo que empuje a un hombre a sobrevivir allí donde otros mueren.
Una prueba de fe realmente extraordinaria fueron los campos de concentración en la Alemania nazi. Para los que parecía un milagro sobrevivir a aquel horror. Pero el caso es que muchos sobrevivieron, entre ellos Victor Frankl, un psiquiatra austriaco. La observación de sus compañeros le condujo a la conclusión de que los únicos que sobrevivían eran las personas para las que la vida tenía algún significado. Aquellos a los que les faltaba esa convicción se abandonaban y morían. Les faltaba la voluntad de seguir luchando ante la tortura, la crueldad, traiciones, privaciones y degradaciones.

La fe de una persona es la expresión de su vitalidad interior como ser viviente, igual que su vitalidad es una medida de su fe en la vida; ambas incumben a procesos biológicos dentro del organismo.
La fe es la fuerza que sostiene la vida, tanto en el individuo como en la sociedad, y la que la mantiene en movimiento. Es, por tanto, la fuerza que une al hombre con su futuro. Cuando se tiene fe, se puede albergar confianza en el futuro, aún en periodos en los que los sueños o esperanzas no parece que vayan a cumplirse. Y sin embargo, no es el vínculo a un futuro personal lo que es esencial en la fe. Muchas personas han sacrificado su futuro individual en aras de su fe, que han preferido morir antes que renunciar a ella. Lo cual sólo puede indicar que para ellos la supervivencia sin fe no valía la pena.

El poder frente a la fe

¿Cómo puede ser que la fe tenga un valor mayor que la vida? Esta aparente contradicción sólo puede resolverse si aceptamos la idea de que lo que está en juego no es la vida individual. Una persona puede decidirse a sacrificar su vida en aras de otras vidas o de la humanidad. Si tenemos fe, es la vida en general la que nos parece valiosa. Si perdemos el sentido de que cualquier vida es valiosa, renegamos de nuestra humanidad, con el inevitable resultado de que nuestra propia vida se vuelva vacía y falta de sentido.

Ahora bien, en nombre de la fe (religiosa, nacional o política) los hombres han hecho la guerra, han destruido vidas y violado la naturaleza. Este extraño comportamiento requiere una explicación, que debemos buscar en la propia naturaleza de la fe. El hecho es que la fe tiene un aspecto dual, uno consciente y otro inconsciente. El aspecto consciente está conceptualizado en una serie de creencias o dogmas. El inconsciente es un sentimiento de confianza o fe en la vida, que subyace al dogma y que infunde vitalidad y sentido a la imagen. Ajena a esta relación, la gente ve al dogma como la fuente de su fe y se sienten impulsados a apoyarlo contra todo aquello que cuestione su validez. A los que defienden otra creencia se les considera como infieles y menos humanos. Tal actitud parece que para algunos es motivo suficiente para destruir a otros.

Pero aunque las diferencias de fe se pueden utilizar como justificación y racionalización para guerras y conquistas, la motivación real hay que buscarla en la lucha por el poder.
El hombre necesita seguridad, y cree encontrarla en el poder; a mayor poder, mayor sensación de seguridad.
La gente que pone su confianza en el poder nunca parece tener el suficiente para estar absolutamente seguro. El motivo es que la seguridad tal no existe, y nuestro poder sobre la naturaleza y sobre nuestros propios cuerpos está estrictamente limitado. La confianza en que el poder garantiza la seguridad es una ilusión que mina la verdadera fe en la vida y conduce inevitablemente a la destrucción.

Además de que nunca es suficiente el poder que se puede conseguir, existe también la posibilidad de perderlo. A diferencia de la fe, el poder es una fuerza impersonal y no una parte del ser de la persona, por lo cual es susceptible de que se lo apropie otra persona u otra nación. Como la gente codicia el poder, el hombre que lo posee es envidiado y por tanto no puede descansar seguro, ya que sabe que los demás están intentando o intrigando como arrebatárselo. El poder crea así una extraña contradicción: mientras por un lado parece proveer un grado de seguridad externa, por otro crea un estado de inseguridad tanto a nivel individual como en su relación con los demás.

Las ciudades-estado de los antiguos griegos surgieron de la fe que tenían los griegos en sí mismos y en su destino y que se refleja claramente en su mitología y en las leyendas de Homero. A medida que crecieron, aumento su poder, lo cual les permitió crecer aún más. Pero allí donde la fe une, el poder divide. La lucha de poder entre las grandes ciudades dio como resultado la guerra, destruyendo una fe que anteriormente había unido. Su destino fue ser destruida por un pueblo joven, poseedor de una fe no contaminada por el largo ejercicio del poder.

Un ego inflado, sea personal o nacional, precede y puede ser responsable de la ruptura de la estructura social o de la personalidad individual.
El anhelo de poder limita la experiencia del placer, que proporciona la energía y motivación necesaria para el proceso creativo.
En individuos débiles, las sensación de poder es fácil que infle artificialmente el ego, produciendo una disociación entre el ego y los valores espirituales inherentes al cuerpo; entre éstos están los sentimientos de unidad con el prójimo y con la naturaleza, el placer de la capacidad de respuesta espontánea, que es la base de la actividad creativa, y la fe en uno mismo y en la vida.

Los valores del ego son individualidad, control y conocimiento. A través del conocimiento logramos mayor control y nos volvemos más individuales. Pero cuando estos valores se alían  con el poder y dominan la personalidad, se disocian de los valores espirituales del cuerpo, lo cual transforma una postura sana del ego en otra patológica.

La antítesis entre los valores del ego y los valores del cuerpo no tiene por qué acabar en un antagonismo que escinda la personalidad. En virtud de su relación polar, los dos conjuntos de valores pueden estimular y enriquecer la personalidad. Así, el hombre que es realmente un individuo puede ser agudamente consciente de su hermandad con otros hombres y de su dependencia de la naturaleza y el universo. Su control rebela que es dueño de sí mismo; posee autocontrol y su conocimiento le sirve para reforzar su fe en la vida, no para minarla ni negarla.

A un verdadero individuo, en contacto con su cuerpo y seguro de su fe, se le puede confiar poder. No se le subirá a la cabeza, porque no juega un papel importante en su vida personal. Y la persona que cree en el poder y la gusta, se volverá un demagogo (o semidios) que sólo puede actuar destructivamente, no creativamente.

El mundo se halla actualmente en un punto peligroso y desesperado porque tenemos demasiado poder y muy poca fe.
La violencia y la depresión son dos reacciones al sentimiento de impotencia. Otra es volcarse en las drogas y el alcohol; el consumidor de drogas contrarresta el sentimiento de impotencia a través de sus efectos narcóticos y alucinatorios. Pero ninguno de estos caminos de resultado. La única salvación está en la fe.

miércoles, 9 de julio de 2014

El Arte de Amar, parte 10


¿Qué es la Fe?

Veamos ahora las cualidades de particular importancia para la capacidad de amar. De acuerdo con lo dicho sobre la naturaleza del amor, la condición fundamental para el logro del amor es la superación del propio narcisismo. En la orientación narcisista se experimenta como real sólo lo que existe en nuestro interior, mientras que los fenómenos del mundo exterior carecen de realidad de por sí y se experimentan sólo si hay utilidad o peligro para uno mismo. El polo opuesto del narcisismo es la objetividad; es la capacidad de ver a la gente y las cosas tal como son, objetivamente,  y poder separar esa imagen objetiva de la imagen formada por los propios deseos y temores. Para el insano, la única realidad que existe es la que está dentro de él, la de sus temores y deseos. Y resulta que casi todos nosotros tenemos una visión, que está deformada por nuestra orientación narcisista. ¿Cuántos padres experimentan las reacciones del hijo en función de la obediencia, de que los complazca; en lugar de percibir o interesarse por lo que el niño siente? ¿Cuántas esposas piensan que sus maridos son ineficaces o estúpidos porque no responden a la fantasía del espléndido caballero que construyeron en su infancia?

La facultad de pensar objetivamente es la razón; la actitud emocional que corresponde a la razón es la humildad. Ser objetivo, utilizar la propia razón, sólo es posible si se ha alcanzado una actitud de humildad, si se ha emergido de los sueños de omnisciencia y omnipotencia de la infancia.
No puedo ser objetivo con respecto a mi familia, si no puedo serlo con un extraño y viceversa. Si quiero aprender el arte de amar, debo esforzarme por ser objetivo en todas las circunstancias, y hacerme sensible a la situación frente a la que no soy objetivo.

La capacidad de amar depende de la propia capacidad para superar el narcisismo y la fijación incestuosa a la madre y el clan; depende de nuestra capacidad de crecer, de desarrollar una orientación productiva en relación con el mundo y con nosotros mismos. Tal proceso de emergencia, de nacimiento, de despertar, necesita una cualidad como condición necesaria: fe. La práctica del arte de amar requiere la práctica de la fe.

¿Qué es la fe? ¿Es la fe necesariamente una cuestión de creencia en Dios? ¿Está inevitablemente en oposición con la razón ?. Para empezar a comprender el problema de la fe es necesario diferenciar la fe racional de la fe irracional. La fe irracional se refiere a la creencia que se basa en la sumisión a una  autoridad falaz, es claramente, una dependencia. Por el contrario, la fe racional es una convicción arraigada en la propia experiencia mental o afectiva. No es una creencia en algo, es la cualidad de certeza y firmeza que poseen nuestras convicciones.
La historia de la ciencia está llena de ejemplos de fe en la razón y en las visiones de la verdad. Copérnico, Kepler, Galileo y Newton estaban imbuidos de una inconmovible fe en la razón. Por ella Bruno murió quemado y Spinoza sufrió la excomunión. Esta fe está arraigada en la propia experiencia, en la confianza en el propio poder del pensamiento, observación y juicio. Al tiempo que la fe irracional es la aceptación de algo como verdadero sólo porque así lo afirma una autoridad o la mayoría. La fe racional tiene sus raíces en una convicción independiente basada en el propio pensamiento y observación productivos, a pesar de la opinión de la mayoría.

En la esfera de la relaciones humanas, la fe es una cualidad indispensable de cualquier amistad o amor significativos. “Tener fe” en otra persona significa estar seguro de la confianza e inmutabilidad de sus actitudes fundamentales, de la esencia de su personalidad, de su amor.
En igual sentido, tenemos fe en nosotros mismos. Tenemos conciencia de la existencia de un yo, de un núcleo de nuestra personalidad que es inmutable y que persiste a través de nuestra vida, no obstante las circunstancias cambiantes. A menos que tengamos fe en la persistencia de nuestro yo, nuestro sentimiento de identidad se verá amenazado y nos haremos dependientes de otra gente, cuya aprobación se convierte entonces en la base de nuestro sentimiento de identidad. Sólo la persona que tiene fe en sí misma puede ser fiel a los demás, pues sólo ella puede estar segura de que será en el futuro igual a lo que es hoy y, por lo tanto, de que sentirá y actuará como ahora espera hacerlo.

Otro aspecto de la fe en otra persona refiérese a la fe que tenemos en las potencialidades de los otros. Es como la fe que tiene la madre en su hijo recién nacido: en que vivirá, crecerá, caminará y hablará. E igualmente desarrollará otras capacidades como: las de amar, ser feliz, utilizar la razón, y otras más específicas, el talento artístico, por ejemplo. Son las semillas que crecen y se manifiestan si se dan las condiciones apropiadas para su desarrollo, y que pueden ahogarse cuando éstas faltan. Es necesario, por tanto, que la persona de mayor influencia en la vida del niño tenga fe en esas potencialidades. La presencia de dicha fe es lo que determina la diferencia entre educación y manipulación.
La fe en los demás culmina en la fe en la humanidad. Al igual que la fe en el niño; se basa en la idea de que las potencialidades del hombre son tales que, dadas las condiciones apropiadas, podrá construir un orden social gobernado por los principios de igualdad, justicia y amor. El hombre no ha logrado aún construir ese orden, y, por lo tanto, la convicción de que puede hacerlo necesita fe.

Mientras que la fe irracional arraiga en la sumisión a un poder que se considera avasalladoramente poderoso, y en la abdicación del poder y la fuerza propios, la fe racional se basa en la experiencia opuesta. Tenemos fe en una idea porque es el resultado de nuestras propias observaciones y nuestro pensamiento. Tenemos fe en las potencialidades de los demás, en las nuestras y en las de la humanidad, porque, y sólo en esa medida, hemos experimentado el desarrollo de nuestras propias potencialidades, la realidad del crecimiento en nosotros mismos, la fuerza de nuestro propio poder y del amor.
 No hay una fe racional en el poder. Hay una sumisión a él o, por parte de quienes lo tienen, el deseo de conservarlo. Si bien para muchos el poder es la más real de todas las cosas, la historia del hombre ha demostrado que es el más inestable de todos los logros humanos.
Tener fe requiere coraje, la capacidad de correr un riesgo, la disposición a aceptar incluso el dolor y la desilusión. Quien insiste en la seguridad y la tranquilidad como condiciones primarias de la vida no puede tener fe; quien se encierra en un sistema de defensa, se convierte en un prisionero. Ser amado,  y amar, requiere coraje, la valentía de atribuir a ciertos valores fundamental importancia -y de dar el salto y apostar todo a esos valores.

Ese coraje es muy distinto de la valentía a la que se refirió el famoso fanfarrón Mussolini cuando utilizó el lema “vivir peligrosamente”. Su tipo de coraje es el coraje del nihilismo. Está arraigado en una actitud destructiva hacia la vida, en la voluntad de arriesgar la vida porque uno no es capaz de amarla. El coraje de la desesperación es lo contrario del coraje del amor, tal como la fe en el poder es lo opuesto de la fe en la vida.

¿Hay algo que pueda practicarse en relación con la fe y el valor? Indudablemente, la fe puede practicarse en cada momento. Requiere fe criar a un niño; se necesita fe para dormirse, para comenzar cualquier tarea. Quien no la posee, sufre enorme angustia por su hijo, por su insomnio, o por su incapacidad para realizar cualquier trabajo productivo; o es suspicaz, se abstiene de acercarse a nadie, o es hipocondríaco o incapaz de hacer planes a largo plazo. Tomar las dificultades, los reveses y penas de la vida como un desafío cuya superación nos hace más fuertes, y no como un injusto castigo que no tendríamos que recibir nosotros, requiere fe y coraje.

La práctica de la fe y el valor comienza con los pequeños detalles de la vida diaria. El primer paso consiste en observar cuándo y dónde se pierde la fe, analizar las racionalizaciones que se usan para soslayar esa pérdida de fe, reconocer cuándo se actúa cobardemente y cómo se lo racionaliza. Reconocer cómo cada traición a la fe nos debilita, y como la mayor debilidad nos lleva a una nueva traición, y así en adelante, en un círculo vicioso. Entonces reconoceremos también que mientras tememos conscientemente no ser amados, el temor real, aunque habitualmente inconsciente, es el de amar. Amar significa comprometerse sin garantías, entregarse totalmente con la esperanza de producir amor en la persona amada. El amor es un acto de fe, y quien tenga poca fe, también tiene poco amor.