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miércoles, 8 de marzo de 2017

El Gozo, parte 38


Capítulo 12 (continuación)

Cualquiera que esté familiarizado con la vida moderna sabe que en este siglo hubo un aumento enorme en el ritmo de la actividad, proporcional al aumento en la velocidad de los viajes y las comunicaciones. ¿Cómo podemos entregamos si vamos tan rápido que no podemos detenernos? ¿Cómo vamos a sentir el Dios interior si vamos a 100 kilómetros por hora o más por los carriles de velocidad? Aun así, en esta cultura agitada y manejada por máquinas algunas personas se enorgullecen de estar en el carril rápido. Cuanto más rápido se mueven y más cosas hacen, les queda menos tiempo para sentir, lo cual tal vez sea una de las razones por las que se mantienen tan ocupados.

La actividad pulsátil puede observarse con claridad en el animal denominado medusa o aguamar, en el que la pulsación crea ondas que lo mueven por el agua. Esta actividad también se aprecia en los gusanos y víboras en forma de ondas que los mueven por el espacio. En los animales superiores, la actividad pulsátil es más interna; se aprecia por ejemplo en las ondas peristálticas que mueven el alimento por los intestinos.

Dado que el corazón es el órgano del cuerpo que late con más fuerza, muchos místicos lo consideran la morada de Dios. Sin embargo, cabe preguntarse si Dios es la fuerza que crea la pulsación o si él mismo es la pulsación. Al sentir en el cuerpo esta actividad pulsátil espontánea, creemos que es una manifestación directa del espíritu interior. Esta actividad también tiene lugar en los cielos, en los movimientos arremolinados de los cuerpos celestiales, en la emisión periódica de ondas de luz y de radio. Al sentir la armonía entre la pulsación interna de nuestro cuerpo y la del universo, nos sentimos identificados con lo universal, con Dios. Somos como dos diapasones vibrando en el mismo tono.

Dado que la pulsación es un aspecto del mundo natural, el hombre bien podría creer que en todas las cosas hay un espíritu sagrado. En esta creencia se basa la religión animista. Al adquirir más conocimientos, objetividad y poder, el ego del hombre negó la existencia de un espíritu divino en la naturaleza y las demás criaturas, y se considero el único ser de naturaleza divina. Algunos individuos han llegado al punto de negar la existencia de una conexión con lo divino o el Dios interior. Solo podemos llegar a esta conclusión cuando perdimos todo contacto con la actividad pulsátil del cuerpo. En ese caso, el corazón late porque recibe señales del cerebro, que está genéticamente programado para enviar estas señales, algo similar a lo que sucede en el caso de la computadora, que puede ejecutar un sistema una vez que fue programada. No cabe ninguna duda de que nuestros cerebros están programados por la herencia y la experiencia para coordinar las complejas operaciones de computadora del cuerpo, pero aun queda por responder el interrogante de quien programó al hombre.

El concepto de vida mecanicista no admite ningún espíritu divino y, por lo tanto, niega toda posibilidad de acceder a una experiencia conmovedora, que da sentido a la vida. Si reconocemos que el espíritu vivo presente en los organismos es de naturaleza divina, evitamos el conflicto entre un concepto de vida místico y religioso, y uno mecanicista.

La negación del espíritu constituye una característica del individuo narcisista de nuestra época. Los narcisistas ven al mundo en términos mecanicistas: estimulo y respuesta, acción y reacción, causa y efecto. Esta estructura de carácter no da lugar a los sentimientos; estos son imprecisos, inconmensurables, a menudo impredecibles y obviamente irracionales. Los narcisistas desconocen y niegan la vida del espíritu. Existen  conscientemente en su cabeza, están disociados del cuerpo y viven la vida en su mente.

El narcisismo es ajeno a los niños, cuyas vidas giran en torno a la concreción de sus deseos, la alegría de la libertad y los placeres de la autoexpresión.  A los  niños, al igual que todos, les gusta ser admirados, pero no sacrificaran sus sentimientos para ser especiales o superiores. Compiten y desean estar en la cima porque están centrados en su propio ser. Son criaturas apasionadas que lo quieren todo, pero no son egocéntricos. Aman y anhelan ser amados porque sus corazones están abiertos. Como dijeron los padres de una niña de nueve meses: “Es un manojo de gozo”; justamente eso es la niñez. Los niños sienten la alegría de la vida cuando reciben amor y transmiten esa alegría a los demás. Son inocentes y carecen de poder; por lo tanto, son vulnerables a la negatividad y la hostilidad de los adultos, incluidos sus padres. Los que perdieron el gozo no soportan ver que otros la tengan.

A lo largo de estas paginas hemos visto la forma en que se destruye la inocencia de los niños y en que pierden su libertad. Un progenitor atormentado no puede soportar el llanto de un bebé y lo amenaza. Un progenitor frustrado no puede permitir que su hijo sienta el gozo que el no pudo tener y lo castiga. Un progenitor rígido no puede tolerar la exuberancia y la espontaneidad de la vida juvenil, y la destruye. No todos los niños sobreviven a la insensibilidad y crueldad de quienes los cuidan. El maltrato infantil ha causado muchas muertes. La mayoría de los padres son ambivalentes: aman a su hijo, pero también lo odian.
Los niños no comprenden la ambivalencia, pues es un concepto sofisticado que supera su capacidad de comprensión. Cuando perciben odio, no perciben amor ni creen en él. Cuando reciben amor, se olvidan del odio. Más tarde aprenderán lo que es la ambivalencia y, en su momento, también se volverán ambivalentes.

Cuando un niño pequeño percibe odio y violencia en un progenitor, no puede evitar pensar que su vida está en peligro. Al experimentar esa amenaza, sufre un shock del cual su organismo tal vez nunca se recupere por completo. En realidad, existen dos maneras de amenazarlo: una, la posibilidad de la violencia, la amenaza de muerte, que envía una onda de terror por el cuerpo del niño. En el nivel corporal, ese recuerdo nunca se borrará por completo. La otra amenaza es el rechazo y el abandono que, para un niño, también constituye una amenaza de muerte. Estas amenazas no se llevan a la practica, pero el niño no puede imaginar que son solo una forma de asustarlo. Debe someterse, frenar su agresión y apagar su excitación, para lo cual debe restringir la respiración.

El análisis bioenergético tiene como fin ayudarnos a respirar con mayor profundidad, puesto que si no lo hacemos carecemos de energía para sentir la pasión de la vida. Lograr que las personas respiren con profundidad no es tarea fácil. La respiración es una actividad agresiva: aspiramos aire y lo enviamos a los pulmones. Por desgracia, a la mayoría de los niños pequeños se los hace desistir de su agresión. A muchos se los perjudica desde el nacimiento, al negárseles la experiencia  emocionalmente gratificante de tomar el pecho. Se les da un biberón, con lo cual asumen una posición pasiva, pues no necesitan hacer mucho esfuerzo para obtener leche. Los niños amamantados por la madre chupan enérgicamente y, por lo tanto, su respiración es más potente. Por otro lado, descubrí que estos niños pueden sufrir traumas severos si se los desteta demasiado temprano.

En mi opinión, normalmente el amamantamiento debería durar tres años, como en las sociedades primitivas. En nuestra cultura no suele darse el caso porque las mujeres están demasiado cortas de tiempo como para poder dedicarle más a un lactante. Muchas tienen que reintegrarse a su trabajo al poco tiempo del nacimiento de su hijo para poder mantener la familia. Esta falta de satisfacción puede observarse en los pacientes de respiración poco profunda que dicen sentirse vacíos, inseguros y deprimidos.

Sin embargo, la falta de un adecuado amamantamiento no es la única causa de la tristeza y la desesperanza que aflige a tantas personas. Un niño no puede satisfacer su necesidad de un contacto de amor en una madre insatisfecha, cuyo cuerpo no despide la fuerte excitación positiva que estimularía y excitaría el cuerpo del niño. Los bebés que exigen más control y atención estresan a sus madres, y las madres incapaces de responder a esas exigencias estresan a sus bebés. Entre ellos se crea un conflicto en el que el niño siente que su existencia está en peligro. La supervivencia exige adaptación, lo que implica que el niño aprende a funcionar en un nivel de energía más bajo con una función respiratoria reducida. Cuando se trata de lograr que esos pacientes respiren con profundidad, en general surge un temor a la muerte. Varios pacientes se quejaron de que al respirar con más profundidad, sentían que su cabeza se llenaba de oscuridad y tenían la sensación de que se iban a desmayar.

Era como si sintieran que se iban a morir, una experiencia aterradora. Sin embargo, ese temor es irracional. No nos morimos por respirar profundamente. Tal vez nos desmayemos, pero eso no es peligroso y, si mantenemos la respiración a pesar del temor, ni siquiera nos desmayaremos. El hecho de dejar de respirar corta el flujo sanguíneo proveniente del cerebro, lo que crea una sensación de oscuridad y termina en un sincope. Por lo tanto, les aconsejo a mis pacientes que permanezcan concentrados en su respiración. Una paciente muy asustada juntó coraje para seguir respirando y se sorprendió al comprobar que no se le oscureció la cabeza ni se desmayo; este hecho le produjo una gran excitación. No paraba de exclamar: ¡Lo logré, lo logré!. Se fue de la sesión en un estado de euforia.

Estoy convencido de todos tenemos que enfrentarnos a nuestro miedo a la muerte si deseamos entrar al reino del cielo que llevamos dentro. El ángel de espada llameante que cuida la entrada del Jardín del Edén también está adentro nuestro. Es el progenitor de ojos fríos y odiosos que pudo habernos destruido por desobedecer. Es la culpa que dice: “Has pecado. No tienes derecho a la felicidad”. Y es nuestra ira volcada hacia adentro, debido a la culpa, la vergüenza y el temor.

La vida y la muerte son estados opuestos, lo que implica que cuando estamos plenamente vivos, no tememos morir. Cuando la corriente de vida fluye por el cuerpo con libertad, no hay posibilidades de que exista el temor, puesto que este es un estado de contracción del cuerpo.
La entrega a Dios elimina el temor a la muerte porque activa la corriente de vida que el ego restringe en su afán de controlar el temor y otros sentimientos y, de igual modo fomenta la curación. Tuve dos pacientes que estaban a punto de morir, uno de septicemia y el otro durante una operación a corazón abierto. Ambos me contaron que, al sentir la posibilidad de morir, pusieron sus vidas en manos de Dios. Ambos se recuperaron y afirmaron creer que este acto marcó un hito en la enfermedad. Este fenómeno no tiene nada de místico. La entrega del ego elimina las defensas que bloquean el flujo de vida, lo que no puede menos que beneficiar al cuerpo.

La entrega del ego también implica la entrega de la voluntad, incluida la voluntad de vivir. La voluntad de vivir constituye una defensa contra un deseo subyacente de morir. Representa el intento de superar nuestro temor a la muerte, pero no elimina ese temor. Lo que mantiene la vida no es la voluntad, sino un continuo estado de excitación positiva en el cuerpo que se expresa como un deseo de vivir. Lo que genera esa excitación es la actividad pulsátil del cuerpo, que es un don de Dios.

El temor es una emoción natural presente en todas las criaturas. Una persona que niega el temor esta negando su humanidad. Sentir miedo no implica que seamos cobardes. Podemos actuar valientemente frente al temor, y ese es el verdadero coraje. Cuando negamos el temor, nos colocamos por encima del mundo natural. Dado que la supresión de los sentimientos se realiza adormeciendo el cuerpo, la supresión del temor suprime la ira, la tristeza y hasta el amor. Perdemos la gracia de Dios y nos transformamos en monstruos, es decir, en seres irreales. Si alguien me apuntara con un arma, sentiría miedo de que me matara, pero el miedo a que nos maten no es el mismo que el miedo a la muerte. La muerte no puede separarse de la vida, es parte del orden natural. Cuando ocurre como parte de ese orden, podemos aceptarla con ecuanimidad. Cuando alguien le tiene miedo a la muerte es porque está muerto de miedo. Así, cuando una persona es fiel a sí misma, está libre del temor, incluido el temor a la muerte. De la misma forma, si no tememos la muerte, podemos ser fiel a nosotros mismos.

Ser fiel a uno mismo significa tener la libertad interior de sentir y aceptar los propios sentimientos y de poder expresarlos. También significa no sentir culpa por lo que uno siente. El individuo que siente culpa, es incapaz de expresar sus sentimientos abierta y directamente. Tiene un censor en su mente que vigila todas las expresiones. Esto no quiere decir que llevemos a la práctica todos los sentimientos. No somos niños pequeños sin egos, sabemos cuales son los comportamientos aceptables para la sociedad y cuales no. Tenemos o deberíamos tener un sentido de autoposesión que nos permita expresar nuestros sentimientos o llevarlos a la practica en una forma que resulte apropiada y eficaz para nuestras necesidades. Este control consciente no se basa en el temor. El temor paraliza y hace que las acciones se vuelvan torpes o ineficaces. Perdemos la encantadora espontaneidad que dota a nuestras acciones de gracia. La autoposesión es la marca que distingue a los individuos que se expresan y actúan como consecuencia de una aguda sensibilidad hacia la vida y hacia los demás. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

El Gozo, parte 36


12. La entrega a Dios

La pasión y el espíritu

La máxima “no solo de pan vive el hombre” es bien conocida, pero esta cultura que se preocupa por las cosas materiales no la toma en serio. A fin de entender esta preocupación, debemos reconocer que deriva de una identificación con el ego y sus valores. El ego valora objetos y actividades que sirven para enaltecer la imagen de un individuo ante los ojos de los demás. La acumulación de bienes responde a este objetivo, al igual que el dinero, el poder, el éxito, la fama y la posición social. Como el ego constituye una parte esencial de la personalidad, a todos nos interesa la imagen y el estatus que tenemos en la comunidad.

 Cuando la búsqueda de los valores del ego se convierte en la actividad dominante de una cultura, surge un problema serio: se dejan de lado o se deprecian otros valores más importantes y profundos que denominamos espirituales, porque no vemos la importancia de esos valores en nuestra vida cotidiana. La oposición entre el materialismo y el espiritualismo es irreconciliable, ya que estos conceptos son incompatibles.

Si utilizamos la expresión valores del ego para describir la búsqueda de objetos materiales, entonces el enaltecimiento de los sentimientos espirituales pertenece al reino de los valores corporales. La antitesis entre el ego y el cuerpo no es más que un reflejo de dos facetas diferentes de la personalidad humana, esenciales para el sano funcionamiento del individuo.

Todo objeto o actividad que promueva los buenos sentimientos del cuerpo pertenece a esta categoría. Por lo tanto, entre los valores corporales se cuentan el amor, la belleza, la verdad, la libertad y la dignidad, para nombrar algunos. Son valores interiores relacionados con nuestro sentido del self, mientras que los valores del ego o materiales derivan de nuestra relación con  el mundo exterior, con los aspectos externos de nuestro ser. Los valores interiores son verdaderos valores espirituales, dado que se relacionan con actividades del espíritu y producen sentimientos fuertes o pasión; en cambio, los valores del ego o materiales no despiertan verdadera pasión en los hombres, aunque muchos intenten alcanzarlos impulsados por una ambición intensa.

Ni el deseo o la ambición de hacerse famoso ni la obsesión de enriquecerse despiertan buenos sentimientos corporales. Podríamos decir que la riqueza nos produce una linda sensación, pero esa sensación se relaciona con la percepción del ego en el sentido de que la riqueza brinda seguridad y poder. En el caso de una persona primitiva, la idea de riqueza no produciría muchos sentimientos, mientras que la dignidad, el honor y el respeto despertarían fuertes sentimientos positivos. La falta de identificación con estos valores constituye la base de los problemas sociales que plagan nuestras sociedades actuales.

Otro valor espiritual del que nuestra cultura carece en gran medida es la identificación y armonía con la naturaleza, con nuestro medio ambiente y los miembros de nuestra comunidad. El individuo primitivo tiene una estrecha relación emocional con su medio ambiente, ya que depende por completo de él para sobrevivir. El hombre moderno, cuya supervivencia también depende de su medio ambiente natural, se ha apartado y disociado del mundo natural identificándose con su ego. Así, aunque cree contar con más seguridad que el hombre primitivo, que se vale de la magia para sentirse más seguro, tiene una profunda inseguridad en un nivel corporal, causada por la perdida de conexión con el self, la tierra y el universo.

El objetivo de toda actividad religiosa es fomentar estos valores interiores, espirituales o corporales, que reflejan los buenos sentimientos derivados de una sensación de armonía y conexión con las fuerzas de la naturaleza y del Universo. Si substituimos estas fuerzas por la palabra “Dios”, podremos apreciar el poder del sentimiento religioso. Cuando estos sentimientos son fuertes, constituyen una pasión que excita el espíritu y lo mantiene altamente cargado. Cuando un individuo siente esa pasión o algún aspecto de ella, como la pasión por la belleza, creo que es imposible que se deprima, sienta ansiedad o compulsión.

En esta época en que se han perdido los valores espirituales o interiores, en que la religión ha perdido su poder para influir sobre los sentimientos o el comportamiento, la depresión y la angustia emocional se han vuelto endémicas. Sin embargo, dudo de que un sistema de credo, religioso o no, sea capaz de substituir el sentimiento de pasión. Este sentimiento surge cuando el individuo entrega sus controles del ego y así libera al cuerpo de su atadura a la voluntad y a los valores del ego. Esta entrega constituye la base de la curación por la fe religiosa, en la cual nos entregamos a Dios.

El problema que presentan algunas practicas de curación por la fe religiosa es que uno no se entrega a Dios sino a un representante de Dios o a una orden doctrinaria que nos exige someternos a una autoridad, algo similar a lo que sucede en el caso de aquellos cultos en los que se entrega el ego al líder y se obtiene así una sensación de libertad y un sentimiento de pasión. La sumisión no constituye una verdadera entrega; el espíritu terminará por rebelarse tarde o temprano contra la pérdida de la libertad para ser fiel al propio self. Creo que la verdadera curación debe proceder del interior del individuo y no de una fuerza externa. Dios desempeña un papel en la autocuración, puesto que la fuerza curativa es el espíritu de Dios que está en nuestro cuerpo y que es, sin duda, el espíritu del individuo: la fuerza vital que mantiene su vida, mueve su cuerpo y crea el sentimiento de alegría.

No obstante, como vimos en capítulos anteriores, la entrega al cuerpo produce un temor a la muerte, el temor a no sobrevivir si renunciamos al control del ego. El paciente carece de fe, porque la fe que tenia de niño en el amor de sus padres fue traicionada y sintió que se moría o se podría morir. Sin embargo, aunque la entrega nos atemorice, es la única manera de sanar las heridas de la niñez. Necesitamos fe para soltarnos o abandonarnos al cuerpo, a la oscuridad del inconsciente, al submundo de nuestro ser, y también necesitamos un guía, una persona en la que tengamos fe porque ya atravesó lo desconocido en su propio proceso de curación, en la búsqueda de Dios dentro de su propio ser. Al mismo tiempo que nos conectamos con el Dios interior, nos conectamos con el Dios exterior, con los procesos cósmicos que dieron origen a la vida y de los que dependen nuestras vidas.

Pese a que nosotros, hombres modernos, poseemos muchos más conocimientos que los hombres primitivos, tenemos la misma necesidad de que nuestra relación con la naturaleza y el universo sea armónica.
Nuestra transformación en seres conscientes denota que hubo un tiempo en el que percibimos esta armonía. Tal vez algunos nos acordemos de la sensación de conexión y armonía que sentimos de niños al experimentar alegría.

Esta creencia de que todos los seres vivos poseen una cualidad divina constituye uno de los principales conceptos de la religión hindú, que postula que la esencia de Brahma es un atributo de todas las criaturas. El hombre primitivo creía que había un  espíritu en todos los seres vivos y no vivos, que debía respetarse.

En los comienzos de la era prehistórica, el hombre vivía plenamente en el mundo natural como un animal más. Era una época de inocencia y también de libertad. Para la mitología era una época paradisíaca porque los ojos eran brillosos y los corazones rebosaban de gozo.
Este tipo de vida contrasta claramente con la moderna, en la que los placeres verdaderos son pocos y la alegría es minima o no existe. Habría que ser ciego para no ver esta realidad en los rostros y los cuerpos de las personas que vemos en la calle u otros lugares públicos. La mayoría de las veces, los rostros están rígidos y contraídos, las mandíbulas tienen aspecto torvo, los ojos se ven opacos, temerosos o fríos, etc. Esto es evidente pese a las mascaras que utilizan las personas para esconder su dolor y tristeza. Los cuerpos están congelados o desarticulados, obesos o raquíticos, rígidos o derrumbados. Si bien existen varias excepciones, la belleza real no es frecuente y la verdadera gracia no existe. Es una escena trágica.

Nos hemos transformado en una cultura materialista dominada por la actividad económica, cuyo único objetivo es el aumento del poder y la producción de objetos. El hecho de que el poder y los objetos que pertenecen al mundo exterior se conviertan en el centro de atención hace que se debiliten los valores del mundo interior, tales como la dignidad, la belleza y la gracia. Creo que la perdida de los valores morales y espirituales guarda una relación directa con el aumento de la riqueza. Se  dice que es mas fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un hombre rico entre al reino de los cielos. Sin embargo, ese reino es el reino de Dios sobre la tierra, donde el gozo es posible. Por desgracia, el hombre fue expulsado de este reino que era el Jardín del Edén por desobedecer el mandato de Dios de no comer el fruto prohibido del árbol de la sabiduría. Al adquirir conocimiento se transformo en un Homo sapiens y así pasó de un estado puramente animal a la condición humana. Este fue el primer paso hacia la transformación del hombre en una criatura civilizada, y necesitó mucho tiempo. Las etapas siguientes fueron mas rápidas. Entre la edad de piedra y la de bronce transcurrieron de cuatro a cinco mil años; entre la edad de bronce y la de hierro hubo un periodo de menos de dos mil años. El ritmo de la civilización se fue acelerando a medida que el hombre aumento sus conocimientos, y ese aumento trajo aparejado un desarrollo de la concepción de la naturaleza divina.

La idea de un Dios todopoderoso, de sexo masculino, Dios padre, es relativamente reciente y se limita a las religiones de la civilización occidental. En la primera religión, el animismo, se rendía culto a todos los espíritus de la naturaleza. El politeísmo representaba el culto a dioses y diosas, cada uno asociado con aspectos específicos de la vida humana. La ascensión a la supremacía por parte de un único dios masculino se asociaba con la ascensión al poder por parte de un soberano masculino, el rey todopoderoso, al que se lo consideraba descendiente o representante del dios. El dios o los dioses ya no residían en la tierra. Primero se mudaron a la cima de una montaña — el monte Olimpo — habitado por los dioses griegos, y luego el Dios supremo fue trasladado a algún lugar remoto del cielo inaccesible para los mortales.

Este proceso de separar lo divino de lo secular represento una desmistificación progresiva de la naturaleza y del cuerpo. Se consideraba que la tierra era una masa de materia que, al ser activada por la energía del sol, era capaz de producir plantas.
Luego el hombre aprendió a controlar este fenómeno natural mediante la agricultura, lo cual le proporcionó una fuente confiable de alimentación. Más tarde, con la introducción de las máquinas y los fertilizantes químicos, su poder para cultivar pareció ilimitado. Todos conocemos esta historia, pero también nos hemos dado cuenta de que este proceso encierra un peligro. Estamos aprendiendo que interferimos con el equilibrio ecológico propio de la naturaleza en perjuicio nuestro. Sin embargo, hicimos lo mismo con nuestro cuerpo; lo redujimos a procesos bioquímicos y así le robamos su naturaleza divina. Como señaló Jung, el hombre moderno de la cultura occidental ha perdido su alma.

Podría alegarse que el crecimiento de la civilización ha sido el logro más grande del hombre, su mayor gloria. Por un lado, estoy de acuerdo pero por otro disiento. Se identifica a la civilización con la vida de las ciudades, pero si bien las grandes ciudades actuales son la gloria del hombre, también son su vergüenza. Casi ninguna esta libre de la contaminación del aire, de la hiperactividad del transito, del ruido, la violencia y la suciedad. Existen algunos rincones de tranquila belleza pero están desbordados por la fealdad de la publicidad moderna que expresa su obsesión con los bienes materiales y el sexo.

El objeto sagrado se transforma en una cosa y el proceso sagrado se convierte en una operación mecánica. Este ha pasado a ser el destino del cuerpo humano y su sexualidad en el siglo veinte. El acto sexual, que es la comunión de dos individuos que participan en la danza sagrada de la vida, se ha convertido para muchos en la ejecución de un acto y un viaje del ego.

Al reducir la vida, el amor y el sexo a procesos fisiológicos, se deja de lado el aspecto emocional del cuerpo: es decir, las actividades que hacen que la vida, el amor y el sexo sean expresiones del espíritu del cuerpo.

En la filosofía y la religión orientales no se establece una separación o disociación entre Dios y la naturaleza, ni entre el espíritu y el cuerpo. Los chinos creen que todos los procesos de la naturaleza y del cosmos están gobernados por la interacción de dos principios o fuerzas: el Ying y el Yang que, cuando están en equilibrio, garantizan el bienestar del individuo.
El pensamiento oriental se basa en la que el hombre no es dueño de su vida, que está sujeto a fuerzas que no puede controlar, fuerzas que pueden incluirse en los términos destino o karma. En cambio, para el pensamiento científico occidental, el poder potencial del hombre para controlar la vida es ilimitado.

La cultura occidental nos alienta a pelear, a luchar, a creer que la voluntad todo lo puede. La voluntad cumple una función muy valiosa en la vida cuando se la utiliza en forma adecuada. Sin embargo, debe utilizarse en situaciones de emergencia en las que se necesita realizar un esfuerzo tremendo para sobrevivir. La función de mantener el control y no entrar en pánico corresponde al control del ego. Si perdemos la cabeza en una situación peligrosa, estamos arriesgando la vida. Para atacar a un enemigo que nos acecha necesitamos voluntad porque la tendencia del cuerpo es escapar. A la luz de esta consideración, la voluntad es una fuerza positiva, pero en las situaciones en las que no hay peligro y la actividad debería ser placentera no tiene lugar y se transforma en una fuerza negativa. Imagínense utilizar la voluntad para disfrutar una relación sexual! Como señale en este libro, el gozo depende de la entrega de la voluntad y del ego.

Esta entrega del ego le permite a la persona volverse hacia adentro y oír la voz de Dios. La meditación, según se la practica en las religiones orientales, es un medio que le permite al individuo aislarse del ruido del mundo exterior y así poder oír su voz interior, la voz del Dios que tiene adentro.
A tal fin, debemos cortar el flujo de pensamientos, denominado el fluir de la conciencia, que surge a partir de la constante estimulación del prosencéfalo producida por la tensión muscular subliminal y cesa cuando entramos en un estado de profunda relajación corporal, en el que respiramos a fondo y con plenitud. En efecto, al entrar en este estado hemos renunciado al control inconsciente que se asocia con un estado interno de alerta. En nuestro cuerpo reina una sensación de paz interior. La consciencia no se apagó; estamos totalmente conscientes, pero la conciencia no está enfocada. No estamos en una actitud inconsciente de defensa ante un peligro.
Yo estuve en ese estado y considero que es una experiencia hermosa. Se asemeja al sentimiento de gozo; podría decirse que es un sentimiento de gozo moderado. 

martes, 21 de junio de 2016

El Gozo, parte 3

Cap. 1 (continuación)

Dado que constituyen la vida del cuerpo, cuando se juzga buenos o malos a los sentimientos, se está juzgando a los individuos, no sus acciones.
Esto es lo que a menudo hacen los padres, cuando le dicen al niño que es bueno o malo por albergar determinados sentimientos. Se aplica en especial a los sentimientos sexuales, pero también a muchos otros. Los padres suelen hacerlo para avergonzar al niño por sentirse atemorizado, lo que lo obliga a negar su temor y a mostrarse valiente. Pero no sentir temor no implica que uno sea corajudo... lo único que significa es que uno no siente. Ningún animal salvaje distingue el bien del mal, siente vergüenza o culpa. Ningún animal en la naturaleza tiene un superego o es consciente de sí mismo. Está libre de toda coerción interna derivada del temor.
El sentimiento es la percepción de un movimiento interior; Si no hay movimiento, no hay sentimiento. Así, si uno deja caer inmóvil el brazo durante varios minutos, pierde la sensación del brazo; decimos que está “como muerto”. El mismo principio es valido para todos los demás sentimientos. La ira, por ejemplo, es el sentimiento correspondiente a un estallido de energía corporal que activa los músculos capaces de ejecutar la acción airada. Ese estallido es un impulso, que al ser percibido por la mente consciente crea un sentimiento. No obstante, la percepción es un fenómeno de superficie, lo cuál significa que el impulso solo origina el sentimiento cuando alcanza la superficie del cuerpo, incluyendo el sistema muscular involuntario.  Muchos pulsos del cuerpo no generan sentimientos a raíz de que permanecen confinados en el interior. No sentimos de ordinario el latido del corazón pues no alcanza la superficie. Si se hiciera muy intenso, su efecto se sentiría en ésta y seriamos conscientes de nuestro corazón.

Cuando un impulso llega a un músculo, este se predispone a actuar. Si es un músculo voluntario, la acción queda bajo, el  control del ego y puede ser limitada o modificada por la mente consciente. El bloqueo de la acción genera un estado de tensión en el músculo, que se carga energéticamente para actuar, pero no
lo hace debido al mandato de restricción que le envía la mente. Esta tensión es consciente, o sea que puede liberarse ya sea retrayendo el impulso o dándole otra forma de descarga (p. ej., pegar un puñetazo sobre la mesa en vez de pegárselo a otra persona en la cara). Sin embargo, en la medida en que el agravio
o la afrenta que provoco la ira continúe como elemento irritante perturbador, el impulso colérico no se retirará. Esto es lo que ocurre en las peleas entre padres e hijos, ya que estos últimos no pueden huir y librarse de la hostilidad de aquellos, y en la mayoría de los casos no tienen otra forma de descargar el impulso sin provocar mas ira y hostilidad aun en el progenitor. En estas circunstancias, la tensión se torna crónica y dolorosa. Solo se logra alivio anestesiando la zona, inmovilizándola a fin de que pierda todo sentimiento.

Los individuos que suprimieron la ira contra sus padres como consecuencia del temor muestran una marcada tensión en los músculos de la parte superior de la espalda, que en muchos casos se eleva y forma una curva, creando una figura parecida a la de un perro o gato cuando se disponen a atacar. Pero el sujeto no está en contacto con su actitud corporal ni con la ira potencial que subyace: esta ira está congelada y el individuo, anestesiado. Puede estallar la furia ante la menor provocación sin percibir que lo que esta ventilando es una ira suprimida mucho tiempo atrás. Lamentablemente, esta reacción airada no libera la tensión, pues es una explosión más que una verdadera expresión de la ira subyacente.

Estas tensiones musculares crónicas se presentan en todo el cuerpo como signo de impulsos bloqueados y de sentimientos perdidos. Cada tensión impone un limite a la capacidad del individuo para expresarse. La mayoría de los miembros de nuestra cultura padece considerables tensiones crónicas en su musculatura (en el cuello, el pecho, la parte inferior de la espalda y las piernas, por nombrar solo algunas zonas), que los mantienen atados, restringiendo la gracia de sus movimientos y anulando su capacidad para expresarse libre y plenamente.

La tensión muscular crónica es el lado físico de la culpa, pues indica el mandato que ha promulgado el ego contra ciertos sentimientos y acciones. Algunos sujetos que padecen estas tensiones crónicas sienten, de hecho, culpa, pero la mayoría no se da cuenta o no sabe porque la siente. En un sentido especifico, la culpa corresponde a carecer del derecho de ser libre, de hacer lo que uno quiere. En un sentido general, es la sensación de no estar uno a sus anchas en su cuerpo, de no “sentirse bien”. Cuando uno no se siente cómodo con su propio self‘ la idea subyacente es: “Debo haber hecho algo malo o equivocado”.
Por ejemplo, si uno miente, se siente mal o culpable porque ha traicionado a su verdadero self, a sus sentimientos auténticos. Es natural sentir culpa por la mentira. Hay gente, empero, a la que eso no le pasa, y es porque en realidad no sienten: han suprimido el sentimiento. Por otro lado, uno no puede sentir culpa si esta “bien”, contento o alegre. Los dos estados — sentirse bien = sentir alegría; sentirse mal = sentirse culpable — son mutuamente excluyentes.
En la mayoría de los casos un fruto prohibido provoca sentimientos mezclados. Sabe bien — una de las razones por las que se lo ha prohibido: como es obvio, no es necesario ningún
mandato contra un objeto o actividad indeseable o desagradable — pero como lo ha vedado el superego, o sea, la parte de la mente consciente que incorpora los mandatos parentales, no podemos entregarnos al placer que nos produce. Esto da origen a un “gusto amargo”, que pasa a ser el núcleo de nuestros sentimientos de culpa. Por supuesto, la sexualidad es el fruto prohibido de nuestra cultura y casi todos los seres civilizados padecen, en alguna medida, de culpa o de vergüenza en torno de sus sentimientos y fantasías sexuales. En los individuos narcisistas hay una negación y disociación de los sentimientos, con la consecuencia de que no sienten culpa ni vergüenza, pero tampoco amor. Estos sujetos parecen desinhibidos y libres en su comportamiento sexual, pero su libertad es externa, no interna; es una libertad en la acción pero no en los sentimientos. Sus actos sexuales constituyen una “actuación” mas que una entrega al amor. Para ellos el sexo es un acto, no una experiencia gozosa. Sin la libertad interna de sentir profundamente y de expresar con plenitud esos sentimientos, no puede haber gozo.

La libertad interior se manifiesta en el donaire del cuerpo, su suavidad y vivacidad. Corresponde a la libertad respecto de la culpa, la vergüenza y la autoconciencia. Como ya dije, es una característica del ser que todos los animales salvajes poseen, algo que está ausente en la mayoría de los seres civilizados. Es la expresión física de la inocencia, de una manera de actuar espontánea, sin engaños, fiel al propio ser.

Lamentablemente, una vez que se pierde la inocencia, no puede recuperarse. Al adquirir el conocimiento de lo correcto y lo incorrecto, al saber sobre la sexualidad, ¿estaremos condenados a ser pecadores? ¿Tendremos que vivir en la falsedad, la manipulación y el autoengaño?
Todas las religiones predican la salvación y nos dicen que no estamos condenados al infierno, ni siquiera al purgatorio, aunque en esta vida muchas personas viven en ese plano. La salvación exige la entrega a Dios, el abandono del egotismo, el compromiso con una vida moral. Pero es mas fácil decirlo que hacerlo. Hemos perdido contacto con Dios porque hemos perdido contacto con el Dios que está dentro nuestro: el espíritu remolineante que anima nuestro ser, el centro pulsante del self interno que aviva y da sentido a nuestra vida. El objetivo de la terapia es conectamos con el Dios interior, y este Dios reside en el self natural, en el cuerpo que ha sido, creado a imagen y semejanza de Dios. El self natural esta enterrado dentro de éste bajo muchas capas de tensión, que representan los mandatos del superego y los sentimientos suprimidos. Para alcanzarlo, el paciente debe hacer un viaje retrospectivo en el tiempo hasta sus primeros años. Es un viaje penoso, pues despierta recuerdos atemorizantes y evoca sentimientos dolorosos; pero al levantar la represión y anular la supresión del sentimiento, poco a poco cobrara vida plena el cuerpo que Dios creo.