martes, 3 de abril de 2018

El Diablo, parte 3


¿QUIÉN ES EL VERDADERO RESPONSABLE DE LA CAÍDA DE SATANÁS?

¿Cuál fue la verdadera razón por la cual Lucifer, justamente Lucifer, fue trastornado por el terrible pecado de la soberbia?
Recurramos para no equivocarnos al príncipe de los teólogos católicos, a Santo Tomás. El gran doctor explica: Dios creó en Lucifer al más alto y al más perfecto de sus ángeles. Dante, llama a Lucifer: aquel que fue creado más noble que ninguna otra criatura. Tal superioridad de Lucifer está admitida por casi todos los teólogos. Y precisamente esta superioridad -querida por Dios- fue la causa primera de su soberbia y de su ruina.

Dios creó a Lucifer más alto que a todos los otros, pero quién está más alto está también más sujeto a la soberbia. Él dio a su ángel predilecto, como a todos los ángeles y a todos los hombres, el don inestimable del libre albedrío, pero este don -Él no podía ignorarlo- daría a Lucifer la posibilidad de pecar y caer. La superioridad fue el móvil de la soberbia; la libertad fue la condición que hizo posible la caída.

Dios, autor del universo, ha creado un mundo en el cual el pecado es posible, la rebelión es posible, el mal es posible y posible es la perdición. Lucifer no ha creado el mundo y no se ha creado a sí mismo y no es, pues, culpa suya si el orden del mundo, establecido por Dios, permite y tolera el pecado. Dios ha creado a sus criaturas de un modo dado, las ha puesto en una realidad creada por Él donde todo es posible y, por eso, en Él está la causa y principio de todas las cosas por admirables o terribles que sean.
Si los razonamientos de Santo Tomás son exactos y ortodoxos, ¿es justo atribuir toda la culpa a Satanás?

LA CAÍDA DE SATANÁS Y EL DOLOR DE DIOS

Si Dios es amor, debe ser necesariamente también dolor. Si amor es comunión perfecta entre el amado y el amante, de ahí se desprende que toda pena y desventura del amado entenebrezca y envenene el alma del amante. Si Dios ama a sus criaturas como un Padre ama a sus hijos, debe sufrir por la infelicidad de los seres que con su poder sacó de la nada.
Nosotros no pensamos lo bastante en ese dolor infinito, no tenemos piedad alguna de ese tormento. Nosotros pedimos dones, ayudas, perdón, pero nadie participa con la ternura de un solidario afecto por la angustia de Dios.

La vida de Dios, como la del hombre, es tragedia. La Creación, nacida de su voluntad amorosa, fue causa a menudo de perdición. Él deseaba exaltar a las criaturas hasta aquellas cimas donde el no ser puede alcanzar el ser y tuvo que asistir a las renuncias, a las rebeliones, a las deserciones y a las caídas. Había creado un ángel más perfecto que los otros y aquel ángel cayó. Había creado en el Edén de la Tierra un ser maravilloso, modelado con sus propias manos, animado por su propio aliento, dotado de una consciencia y una ciencia y también el hombre cayó. A uno y a otro no había podido negarles el privilegio de la libertad, distintivo de su semejanza, pero ambas criaturas usaron de la libertad para romper y negar tal semejanza.  De pensar en esto cabe preguntar: ¿es que ha habido nunca en el universo tragedia más espantosa que esta dialéctica de la libertad?

Todos han encontrado sumamente justa la condena de Satanás. Pero hasta ahora ¿ha habido nadie que haya pensado que esta condena ha sido al mismo tiempo condena de Dios al dolor? El castigo de Lucifer se convirtió en seguida, en distinta forma, en el castigo de Dios.
Lucifer fue condenado justamente a la pena más atroz: a la de no poder amar. Dios está condenado a una pena casi tan cruel: ama sin ser amado, sufre con el solo pensamiento de aquella tortura.
Pensad, Dios, forzado por su justicia, puede condenar, pero no odiar. El amor, hasta en el hombre, lleva en sus impulsos más sublimes a amar al que sufre, aunque sea por su propia culpa. Tal vez Él ama a Lucifer ahora más que cuando era feliz entre los felices. Dios ama sabiendo que no puede ser correspondido. Dios sufre porque ama también a aquel que está condenado a no amar.

Él no puede por sí mismo restituirlo a su primer estado; no puede salvarlo sin la voluntaria cooperación. Ni Lucifer puede redimirse por sí solo. Le bastaría un único y puro impulso de amor para alzar nuevamente el vuelo y reaparecer esplendente de fulgor a la cabeza de los tronos. Pero su condena consiste precisamente en ser incapaz de ese impulso. Es necesario que alguien le tienda la mano y reavive su espíritu y éste alguien no puede ser Dios. Pero este alguien que en el lenguaje humano se llama hombre, no sabe o no recuerda o no quiere. Debía ser el salvador de Satanás y se ha convertido en su siervo, o sea, en el que lo ayuda a permanecer en el fondo sin fondo de la soledad.
Tal vez una de las razones que indujeron a Dios a crear al hombre, después de la caída de Lucifer, fue la esperanza de la redención de Satanás. El hombre, hecho de barro, pero de naturaleza casi angélica, habría sido el intermediario entre Dios y el gran ángel negro. Cuando Satanás se acercó a la nueva criatura, el hombre habría podido hacer lo que Dios no pudo hacer: tentarlo a su vez, reconducirlo a su primer destino con el ejemplo de su inocencia, de su obediencia y su humildad. Adán debió ser el pretexto para su retorno a la gloria. Así lo esperaba Aquél, que es amor ilimitado y que, sin embargo, fue tan pronto desilusionado y traicionado.
Adán prefirió obedecer a Satanás: el intermediario se hizo esclavo, cómplice y víctima. El desterrado expulsado del Edén prorrogó el exilio del fulminado.

Dios creó al hombre por amor y aún hoy, a pesar de todo, ama a los hombres. La infelicidad del hombre se refleja multiplicada en la infelicidad de Dios. Él, que todo lo sabe, sufre por aquellos que sufren. Y sufre atrozmente, viendo cómo aquellos mismos que lo invocan con la boca le reniegan en el alma y con la vida. Se parece a un artífice que viese deshacerse o alterarse sus obras más admirables, las más queridas de su corazón. Su amor parece que tenga los mismos efectos del rayo. Las torres que Él levantó son las primeras en desplomarse. La supremacía se vuelve una fatalidad de maldición.

Lucifer no puede hacer nada por aliviar el dolor divino. Pero el hombre puede hacer aún algo. No está excluida de los hombres la capacidad de la caridad. Nosotros podemos amar a Dios, no solamente por su amor sino también por piedad a su pasión, por compasión a su tortura sobrenatural. Y podemos hacer aún más, con tal que se sepa y se quiera.
A los redimidos, cuando de veras hayan sido todos redimidos, les espera iniciar una segunda y por ahora inimaginable redención. El dolor de Dios es el último misterio de nuestra fe, y tal vez su solución, remota o no, esté confiada a nosotros, solamente a nosotros. 

LOS DOS TENTADORES

Se ha reputado al Diablo como el tentador por antonomasia. Si el oficio de Dios, según Heine, es el de perdonar, el de Satanás es el de tentar.
Pero, ¿es él solo el único encargado de poner a prueba la debilidad humana? ¿No será él, también en este arte, un remedo de Dios?
El Paraíso nos ofrece, ya desde el principio, un cúmulo de tentaciones. Hay dos árboles que son los más apetecibles de todos: el árbol del conocimiento y el árbol de la vida. Pero precisamente estos árboles, han sido prohibidos a la primera pareja humana. ¿No se parece esta doble prohibición una verdadera tentación? Si Dios no quería que Adán y Eva adquiriesen el conocimiento y la inmortalidad, ¿por qué puso aquellos árboles en el Paraíso y al hombre tan cerca de ellos?

El hombre y la mujer, en efecto, no supieron resistir al deseo de aquellos frutos y cayeron miserablemente. La tentación, cierto es, fue obra de Satanás, pero, ¿es posible que la antigua serpiente pudiese penetrar en el Edén y dirigirse a la pareja a hurtadillas y contra la voluntad del dueño?
Aquí Dios se nos aparece, ya desde el primer momento de la vida humana, como un tentador. Y este atributo suyo está confirmado en la plegaria del Padrenuestro: No nos induzcas en tentación y líbranos del mal. Es a Él a quien debemos pedir que no induzca en tentación: Dios mismo se reconoce como tentador. Él puede exponernos, Él puede permitir nuestra derrota.
La oración dominical se cierra con dos imploraciones: que Dios no nos induzca en la tentación y que nos libre de las tentaciones del Demonio. Los tentadores pues, parece que son dos.
Queda, sin embargo, el enigma de la naturaleza de esas posibles tentaciones divinas. ¿Se alude acaso, a las tentaciones que tienen su raíz en nuestra misma naturaleza que, en definitiva, es obra de Dios? ¿Es la petición de una fuerza más poderosa de resistencia a las tentaciones diabólicas?
El misterio de la tentación de Dios va unido, a mi juicio, a los otros misterios en torno de lo cuales se fatiga en vano desde hace siglos la teología cristiana.

martes, 27 de marzo de 2018

El Diablo, parte 2


¿EL DIABLO ES HIJO DEL HOMBRE?

En uno de sus cuentos Máximo Gorki hace hablar al viejo Stefan Ilich en estos términos:  El Diablo no existe. El Diablo es una invención de nuestra razón maligna. Lo han inventado los hombres para justificar sus torpezas. No existe más que Dios y el hombre y nadie más. Todo lo que se parece al Diablo - por ejemplo Caín, Judas, el zar Iván el terrible- es siempre invención de los hombres y es inventado para endosar a una sola persona los pecados y las malas acciones de la humanidad. Créeme, nosotros que somos unos trapaceros, teníamos la necesidad de simular e imaginar algo que fuese peor que nosotros, como el Diablo.

Esta opinión no es nueva, pero si muy simplista. Si no existe más que Dios y el hombre, y el hombre es corrupto y perverso, necesariamente habrá que concluir que Dios hizo al hombre malo, que Dios es el responsable, primero y directo, de los pecados de los hombres. Quien niegue e ignore el pecado original está obligado a hacer de Dios un sinónimo de Satanás.


   EL DIABLO INTERIOR

Es bastante común -entre los refutadotes de la hipótesis -Dios -  la idea de que el Diablo existe solamente dentro del alma humana. Ellos no pueden negar el conflicto entre lo que distingue al bien y lo que distingue al mal. Llaman a estos dos antagonistas con los viejos nombres de la mitología popular, pero con la premisa y la conclusión de que se trata de dos facciones adversas en el interior del hombre. No los consideran seres fuera o por encima de nosotros.
Paul Valéry escribe a un amigo: Dios existe y el Diablo también, pero en nosotros. El culto que nosotros debemos a estas divinidades latentes no es otra cosa que el respeto que nosotros nos debemos a nosotros mismos y yo lo entiendo así: la búsqueda de lo mejor para nuestro espíritu en el sentido de sus aptitudes naturales. He aquí mi fórmula: Dios es nuestro ideal particular; Satán, todo lo que tiende en nosotros es desviarnos de ese ideal.

Hay en Valéry una tentativa muy débil de determinar el significado de los dos principios opuestos. Pero la palabra mejor no tiene sentido si no se refiere a un modelo que imitara una escala de valores a alcanzar. La búsqueda de ese ideal siguiendo las aptitudes naturales lleva a una confusión mental escandalosa. Desarrollar las aptitudes naturales significa acrecentar la propia naturaleza, cualquiera que ésta sea, mientras el fin de las religiones es el de reformar, corregir, transformar la naturaleza humana en el sentido de una ley superior divina.

LA  REBELIÓN DE SATANÁS

Todos piensan ahora que Lucifer se sublevó contra su Hacedor movido por su insolente soberbia. Pero los primeros padres de la Iglesia, los primeros teólogos, no creen solamente en el orgullo. Según muchos de ellos, la causa de la caída del arcángel fueron los celos, los celos del hombre.
El texto más completo es el de San Gregorio de Nyssa. Dada la autoridad de este padre de la Iglesia, vale la pena citarlo: Cada una  de las potencias angélicas había recibido de la autoridad que dirige todas las cosas su parte propia en el gobierno del universo, y a una de estas potencias se le había dado el encargo de mantener y gobernar la esfera terrestre. Luego se formó de la Tierra una figura que reproducía la potencia suprema, y ese ser era el hombre. En él estaba la belleza divina de la naturaleza inteligible mezclada a una fuerza secreta. Y he aquí por qué aquel al cual había sido confiado el gobierno de la Tierra encontró extraño e intolerable que de la naturaleza que de él dependía, saliese y se manifestase una substancia hecha a imagen de la divinidad suprema.

Los celos y la envidia son, indudablemente, sentimientos bajos e innobles, indignos de una criatura angélica. En Lucifer debieron ser tan candentes y poderosos que lo indujeron a la rebelión abierta contra el Creador. Ha de observarse, sin embargo, que los celos de Lucifer son menos desatinados que la envidia, hoy admitida hacia Dios. Proponerse ser independiente de Dios es una prueba de demencia increíble, mientras que los celos hacia otra criatura pueden considerarse pecaminosos, pero más naturales y verosímiles. La distancia entre Dios y sus hijos es inconmensurable e inalcanzable, mientras que la diferencia entre los ángeles y los hombres consiste solamente en el grado de las diversas perfecciones.
Los celos condujeron a Satanás a la rebelión -y esta última es el pecado inexcusable- , pero el primer móvil de esta rebelión tal como lo imaginaron los primeros padres de la Iglesia, es bastante menos grave que el que hoy nos enseña nuestra dogmática  religión.

¿CAYÓ LUCIFER POR IMPACIENCIA?

En La Divina Comedia, encontramos una nueva opinión sobre la caída de Lucifer. En el Paraíso se lee:
...el primer soberbio              
que fue la suma de toda criatura   
por no esperar luz cayó acerbo.

Dante aquí, acepta dos opiniones comunes entre los teólogos católicos de todos los tiempos: que Satanás fue el más perfecto de los arcángeles y que su pecado fue la soberbia. Pero añade otra de la cual no había indicios. Él, Satán, no quiere esperar luz y, por eso, cae acerbo, o sea, antes de tiempo. Lucifer, pues, fue impaciente, no supo esperar la plenitud de la gracia.
¿Qué significa justamente la expresión no esperar luz? ¿Es posible que el ángel más perfecto tuviese necesidad de una sucesiva iluminación para comprender mejor la unidad del Creador? ¿Se puede acusar a Lucifer de no haber querido esperar? Podría pensarse también que Dante intuyó aquella hipótesis, según la cual, Lucifer habría deseado ser llamado como colaborador en la futura redención de los hombres y, en este caso, la mayor luz puede bien significar una mayor gloria y dignidad que el Padre le podía haber concedido.

Los pecados de Lucifer, si la hipótesis de Dante fuese verdadera, serían dos: la soberbia y la impaciencia. Pero el último es el primero y más grave por cuanto ha suscitado el otro. Si Lucifer hubiese sabido esperar se abría apercibido de que su soberbia era una locura.

PRIMERA CULPA DE SATANÁS

San Ambrosio de Canterbury, atribuye la rebelión al deseo de tener una voluntad propia, independiente, esto es, libre. He aquí el texto:
No solo quiso ser igual a Dios, porque presumió tener voluntad propia, sino que quiso ser mayor aún, al desear lo que Dios no podía permitirle, puesto que puso su voluntad por encima de la voluntad de Dios. 

Según el teólogo santo la culpa del arcángel rebelde fue doble: presumir tener voluntad propia y poner esta voluntad por encima de la divina.
Ciertamente, este segundo punto no tiene discusión, pero una libertad que consiste solamente en querer lo que el superior quiere no sería ya libertad.
Los teólogos nos han repetido que si Dios no hubiese dado a sus criaturas el don admirable de la libertad y las hubiese obligado a todas a pensar y a hacer solamente las cosas deseadas el Él, habría creado marionetas sin mérito ni dignidad alguna. San Anselmo da una interpretación satánica del libre albedrío cuando afirma que Lucifer por el solo hecho de tener voluntad propia, presume hacerse igual a Dios. Muchos defensores de la libertad humana sostienen, en efecto, que en este don consiste nuestra semejanza con Dios y lo mismo puede decirse de los ángeles. Lucifer no hacía otra cosa que demostrar haber sido hecho a imagen y semejanza de Dios y no puede llamarse pecado conformarse a la propia naturaleza tal como lo quiso quien la creó. Lucifer, en paz, puede pedir ser absuelto de aquella su primera culpa.
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El NON SERVIAN

Se ha reprochado universalmente a Lucifer su famosa frase: No serviré.
Uno se niega a servir a un tirano, a un déspota, a un autócrata. Nada de eso era aquel Dios que a sus criaturas concede la libertad de querer. Dios no es un patrono celeste que tiene la necesidad de ser servido. Él es todo y todo lo posee: por eso no desea ni quiere esclavos. El amor no es verdaderamente amor si no nace libre y espontáneo del alma. Si Lucifer no hubiera sido plenamente libre, ¿cómo podría revelarse?
El deseo de no servir, o sea la libertad, ¿acaso no ha sido siempre uno de los signos de los espíritus fuertes y generosos?

No fue la negativa a servir, sino la elección del odio -envidia, celos, mezquindad- la causa de la caída de Satanás.

martes, 20 de marzo de 2018

El Diablo, parte 1


EL DIABLO

Apuntes para una futura diablología
Breviario del libro de Giovanni Papini, 1953

 PRESENTACIÓN

Acerca del Diablo se han escrito numerosos volúmenes; más éste es distinto a todos por haber sido escrito precisamente por un cristiano, conforme al más profundo sentimiento del cristianismo.
Este libro pretende ser únicamente una investigación analítica, leal y serena del origen del alma, de las verdaderas causas que motivaron la rebelión de Satanás. Esta obra no es, ni pretende ser una defensa del Diablo. Él se llama en hebreo Satán, esto es, el adversario, el enemigo; en griego se llama el Diablo, o sea, el acusador, el calumniador, ese ser infame, pero famoso, invisible, pero omnipresente, ya temido ya despreciado, más odiado que comprendido, más representado que conocido.

Me he propuesto estudiar los problemas siguientes:
  • Las verdaderas causas de la rebelión de Lucifer.
  • Las verdaderas relaciones entre Dios y el Diablo (mucho más cordiales de lo que hasta ahora nos hemos imaginado).  
  • La posibilidad del intento por parte de los hombres de hacer volver a Satanás a su primer estado, liberándonos todos de la tentación del mal.

Por lo referente a los dos primeros problemas, he procurado siempre apoyar mis observaciones en textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, de los padres de la Iglesia, de filósofos y escritores cristianos. Por lo que toca al último problema, me he limitado a señalar conjeturas y esperanzas que considero en perfecta armonía con la concepción de un Dios definido como amor absoluto.

Suscribo y hago mías estas palabras valientes de Graham Greene: Donde Dios está más presente es precisamente allí donde está su enemigo, y por el contrario, donde el enemigo está ausente, nosotros desesperamos con frecuencia de hallar a Dios. Uno se siente tentado a creer que el mal no es más que la sombra producida por el bien, en su perfección, y que nosotros llegaremos un día a comprender también la sombra.

Este libro está dedicado a todos los amigos, que no sean en el fondo un poco enemigos, y a todos aquellos enemigos que tal ves mañana podrían convertirse en nuevos amigos.
Pero lo dedico más que nada a aquellos lectores que estén dotados al mismo tiempo de buena inteligencia y de buena voluntad.

NECESIDAD DE CONOCER AL DIABLO

En el mundo de las grandes religiones hay un ser que está aparte y que no es bestia, ni es hombre ni mucho menos Dios. Y, sin embargo, este ser se sirve de las bestias, asiste a los hombres y osa mezclarse con Dios mismo. Es, según el dogma cristiano, un ángel que capitanea a una legión de ángeles, pero es un ángel caído, desfigurado, maldito.
Es odiado por los mismos que han prometido amar a los enemigos, y es temido por aquellos que son más diferentes y están más lejos de él, como los santos. Pero es obedecido e imitado por aquellos otros que no creen o dicen no creer en su existencia.

¿Es lícito a un cristiano odiar al enemigo? ¿Es lícito a las gentes honradas calumniar al calumniador? Los cristianos hasta la fecha no han sido lo bastante cristianos para con Satanás. Le temen, le huyen o fingen ignorarlo. Pero si el miedo puede quizá salvarlos de sus tentaciones, no es ciertamente un arma de salvación.
Y más peligroso que el miedo es la indiferencia que acaba las más de las veces por convertirse en complicidad. Quien no está en guardia es más fácilmente sorprendido. Un poeta, Baudelaire, ha intuido la verdad: La más hermosa habilidad del Diablo es habernos persuadido de que él no existe.

Ni con el miedo ni con la ignorancia podemos desterrar de este mundo al príncipe, que hace sentir cada vez más su espantosa dominación. Para liberarnos del Demonio, es más aconsejable y más conforme con el mandato evangélico del amor, tratar de conocerlo más exacta y profundamente, no ya para caer en sus trampas, sino para mejor guardarse de él, para tratar de hacerlo volver a su naturaleza originaria.
Comprender es una predisposición para amar. El cristiano puede y debe amar en Satanás a la criatura más horriblemente desgraciada de toda la creación, al jefe y símbolo de todos los enemigos, al arcángel que estuvo un día cerca de Dios. Quizá únicamente nuestro amor pueda ayudarlo a  salvarse, a volverlo a su ser original, el más perfecto de los espíritus celestes.

Cristo amó a los hombres, aun a los rebeldes, corrompidos y bestiales. Un verdadero cristiano no debe ser malvado ni aun con los malvados, no debe ser injusto ni aun con los injustos, no debe ser cruel ni aun con los crueles, sino que debe ser un tentador del bien aun con los tentadores del mal. Debemos pues, acercarnos a Satanás con espíritu de caridad y de justicia, no para hacernos sus admiradores, sino con el propósito y la esperanza de liberarle a él de sí mismo, y, por supuesto, a nosotros de él.
Este libro quiere hacer conocer al adversario en su verdad, porque la verdad es preparación para su redención y la nuestra.

Hasta hoy, Satanás fue odiado, insultado y maldecido o bien, imitado, alabado y adorado. Este libro, en cambio, se propone una finalidad distinta y nueva: la de hacer que sea comprendido cristianamente por los cristianos.

Llegaremos un día a comprender también la sombra.


LA TRAGEDIA CRISTIANA

Hay una tragedia que tuvo principio en el comienzo de los tiempos y que no ha llegado aún a su desenlace.
Una tragedia misteriosa y despiadada. Tres son sus únicos teatros: el Cielo, la Tierra y el Abismo. Tres son sus únicos protagonistas: Dios, Satanás y el Hombre. Y, como todas las tragedias, ésta consta de cinco actos:
Acto primero: Satanás se rebela contra el Creador.
Acto segundo: Satanás es confinado y sepultado en el Abismo.
Acto tercero: Satanás, para vengarse, seduce al hombre y se adueña de él.
Acto cuarto: El hombre Dios, con su encarnación, vence a Satanás y proporciona a los hombres las armas para vencerlo a la vez.
Acto quinto: En la consumación de los tiempos, Satanás intenta su revancha y su desquite por medio del anticristo.

Nos encontramos ahora en el acto cuarto, tal vez en las últimas escenas. ¿Cuándo se iniciará el quinto? Ya se ven señales. ¿Y cómo terminará este acto último? ¿con una catástrofe o con una catarsis?
El hombre es el más débil y más efímero de los tres protagonistas. Y, sin embargo, es precisamente él, el hombre, la meta suprema de esta pugna larguísima y de tantas alternativas entre el Creador y el destructor, entre el amor y el miedo, entre la afirmación y la negación.

Satanás substrae al hombre de Dios; Cristo se lo arrebata a Satanás; pero Satanás busca por todos los medios reconquistarlo y prácticamente lo está consiguiendo. Hará una ultima tentativa y será vencido, vencido para siempre. ¿Vencido porque está encadenado eternamente en el abismo o vencido por la omnipotencia del amor que lo restituirá a su lugar en el Cielo?
Nadie sobre la Tierra puede decirlo. Pero el hombre, el más inerme de los tres protagonistas, deberá decir su palabra, antes que la tragedia llegue a su fin.

martes, 13 de marzo de 2018

El Arte de Amar (fragmento)


EL ARTE DE AMAR (fragmento)


Para Erich Fromm, todos los intentos de amar están condenados al fracaso, a menos que procuremos, del modo más activo, desarrollar nuestra personalidad total, es decir,  alcanzar una orientación productiva. (o espiritual).
Después apunta que:  la satisfacción en el amor individual, no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina. (es decir, sin un trabajo interior). 
La dificultad de la empresa no debe ser causa de que no se investigue. ¿Por qué  si todos buscamos amor, tanto fracasamos?
¿Es el Amor un Arte?. ¿Hay que batallar para aprender a amar? O es el amor una experiencia placentera, cuya experiencia es cuestión de azar, algo con lo que se tropieza si hay suerte?

Casi todos piensan que no hay nada que aprender en el amor.
Muchos  creen que el problema consiste en conseguir el objeto, y no en desarrollar una facultad. La gente cree que amar es sencillo y lo difícil es encontrar un objeto apropiado para amar. Tal actitud puede compararse con la de un hombre que quiere pintar, pero que en lugar de aprender el arte, sostiene que debe esperar el objeto adecuado, y que pintará maravillosamente bien cuando lo encuentre.
Por otro lado, nuestra cultura contemporánea está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. Una mujer o un hombre atractivos son los premios que se quieren conseguir. Quiero hacer un buen negocio. Dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado.
Como todos queremos que se nos ame buscamos el éxito, el poder y las riquezas. Las mujeres buscan ser atractivas, en suma; perseguimos popularidad y sex appeal.

Otra causa de lo exiguo del amor en nuestra sociedad, es que muchos confunden la experiencia  inicial de enamorarse, con la de permanecer enamorados. Dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez su carácter milagroso, hasta que su antagonismo, sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por matar lo que pueda quedar de la excitación inicial. No obstante, al principio no saben todo esto: en realidad ,consideran la intensidad del apasionamiento, ese estar locos el uno por el otro como una prueba de la intensidad de su amor, cuando solo muestra el grado de su soledad anterior.

Prácticamente, no existe ningún otra actividad que se inicie con tan tremenda esperanza, y no obstante fracase tan a menudo como el amor. Para superar esta frustración debemos examinar las causas de tal desperfecto, y estudiar el significado del amor.
El primer paso a dar es tomar conciencia de que el amor es un arte, tal como es un arte el vivir.
No obstante el profundo anhelo de amor, casi todo lo demás tiene más importancia que el amor; éxito, prestigio, dinero, poder; dedicamos casi toda nuestra energía a descubrir la forma de alcanzar dichos objetivos, y muy poca a aprender el arte del amor.
Será acaso que el amor ,que solo beneficia al alma, pero que no proporciona ventajas en el sentido moderno, sea un lujo por el cual no conviene gastar muchas energías

El  Amor, la respuesta al problema de la existencia humana

Hay formas inmaduras de amor, que preferimos llamar unión simbiótica, y reservar el termino amor a una forma especifica de unión, una forma que ha sido la virtud ideal de todas las grandes religiones y sistemas filosóficos humanísticos en los cuatro mil años de historia occidental y oriental.
En la unión simbiótica, dos cuerpos son independientes, pero psicológicamente existe una dependencia. La forma pasiva de la unión simbiótica es la sumisión (masoquismo): la persona escapa del intolerable sentimiento de aislamiento convirtiéndose en parte de la otra persona, que la dirige y protege, pero carece de integridad, no ha nacido completamente.  Un mecanismo  similar a la idolatría.
La forma activa de la fusión simbiótica es la dominación (sadismo). La persona sádica quiere escapar de su soledad y de su sensación de estar aprisionada haciendo de otro individuo una parte de sí misma.
La persona sádica es tan dependiente de la sumisa como ésta de aquélla; ninguna de las dos puede vivir sin la otra.

En contraste con la unión simbiótica, el amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad.
El amor es un poder activo en el hombre; un poder que atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separatidad y no obstante le permite ser él mismo, mantener su integridad.
 El amor es la práctica de un poder humano que solo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una compulsión.

Puede describirse el carácter activo del amor afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir.
¿Qué es dar?. El malentendido más común consiste en suponer que dar significa renunciar a algo, sacrificarse. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero solo a cambio de recibir, para él, dar sin recibir significa una estafa.
Para el carácter productivo, dar constituye la más alta expresión de potencia. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.
En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. El avaro que se preocupa angustiosamente por la posible pérdida de algo es, desde el punto de vista psicológico, un hombre indigente, empobrecido, por mucho que posea.

Por tanto, la pobreza que sobrepasa un cierto límite puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no solo a causa del sufrimiento directo que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.
Pero la esfera más importante del dar es el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra?. Da de sí misma- da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza, de todas las manifestaciones de lo que esta vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona. No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha exquisita. Cuando se da verdaderamente, uno no puede dejar de recibir lo que se le da a cambio. El amor es un poder que produce amor; la impotencia es la incapacidad de producir amor.

La capacidad de amar como acto de dar, depende del desarrollo caracterológico de la persona. Presupone que la persona ha superado la dependencia, lo omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás, o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje para  confiar en su capacidad para alcanzar el logro de sus fines. En la misma medida en que carece de tales cualidades, tiene miedo de darse, y, por tanto, de amar.
Además del elemento de dar, el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas de amor. Esos elementos son: cuidado, responsabilidad,  respeto y conocimiento.

La necesidad básica de fundirse con otra persona para trascender de ese modo la prisión de la propia separatidad se vincula, de modo íntimo, con otro deseo específicamente humano, el de conocer el secreto del hombre. Nos conocemos y, a pesar de todos los esfuerzos que podamos realizar, no nos conocemos. Cuanto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos elude la meta del conocimiento.
Hay una manera, desesperada e inútil, de conocer ese secreto, es el poder absoluto sobre otra persona; el poder que le hace hacer lo que queremos, sentir lo que queremos, pensar lo que queremos; que la transforma en una cosa. Reside ahí una motivación esencial de la crueldad y la destructividad humanas.

El mejor camino para conocer el secreto es el amor. El amor es la penetración activa en la otra persona, en la que la unión satisface mi deseo de conocer. Conozco de la única manera en que el conocimiento de lo que está vivo le es posible al hombre -por la experiencia de la unión- no mediante algún conocimiento proporcionado por nuestro pensamiento. El sadismo está motivado por el deseo de conocer el secreto, sin embargo, permanezco tan ignorante como antes. El amor es la única forma de conocimiento  que, en el acto de unión, satisface mi búsqueda. Me encuentro a mi mismo, me descubro, nos descubrimos ambos, conozco al hombre. Ese acto trasciende el pensamiento, trasciende las palabras. Es una zambullida temeraria en la experiencia de la unión. Sin embargo, hay que anotar que el conocimiento psicológico es necesario para el pleno conocimiento en el acto de amar.

El problema de conocer al hombre es paralelo al problema religioso de conocer a Dios. Queremos conocer a Dios por medio del pensamiento. En el misticismo, se renuncia a la idea de conocer a Dios por medio del pensamiento y se le reemplaza por la experiencia de la unión con Dios.
Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes. Constituyen un síndrome de actitudes que se encuentran en la persona madura; que solo desea poseer lo que ha ganado con su trabajo, que ha renunciado a sus sueños narcisistas de omnisapiencia y omnipotencia, que ha adquirido humildad basada en esa fuerza interior que solo la genuina actividad productiva puede proporcionar.

Y aún por encima de la necesidad universal de unión, surge otra más específica y de orden biológico: el deseo de unión entre los polos masculino y femenino. La polarización sexual lleva al hombre a buscar la unión con el otro sexo. Tal polaridad existe también dentro de cada hombre y cada mujer. El hombre-y la mujer- solo logra su unión interior en la unión con su polaridad femenina o masculina. Esa polaridad es la base de toda creatividad.
Idéntica polaridad existe también en la naturaleza, no solo, como es notorio, en los animales y en las plantas, sino en la polaridad de dos funciones fundamentales, la de recibir y la de penetrar. Es la polaridad de la tierra y la lluvia, del río y el océano, de la noche y el día, de la obscuridad y la luz, de la materia y el espíritu.

El deseo sexual es una manifestación de la necesidad de amor y de unión. La atracción erótica no se expresa únicamente en la atracción sexual. Hay masculinidad y feminidad en el carácter tanto como en la función sexual. Puede definirse el carácter masculino diciendo que posee las cualidades de: penetración, conducción, actividad, disciplina y aventura; el carácter femenino, las cualidades de: receptividad, productividad, protección, realismo, resistencia, maternidad. (Siempre debe tenerse presente que en cada individuo se funden ambas características, pero con predominio de las correspondientes a su sexo).

Si los rasgos masculinos del carácter de un hombre están debilitados porque emocionalmente sigue siendo una criatura, es muy frecuente que trate de compensar esa falta acentuando exclusivamente su papel masculino en el sexo. El resultado es el Don Juan, que necesita demostrar sus proezas masculinas porque está inseguro de su masculinidad. Cuando la parálisis de la masculinidad es más intensa, el sadismo (el uso de la fuerza) se convierte en el principal -y perverso- substituto de la masculinidad. Si la sexualidad femenina está afectada, se transforma en masoquismo o posesividad.


Nunca el amante busca sin ser buscado por su amada.
Si la luz del amor ha penetrado en este corazón, sabe que también hay amor en aquél corazón.
Cuando el amor a dios agita tu corazón, también Dios tiene amor para ti.
Sin la otra mano, ningún ruido de palmoteo sale de la otra mano.
La sabiduría Divina es destino y su decreto nos hace amarnos el uno al otro.
Por eso esta ordenado que cada parte del mundo se una con su consorte.
El sabio dice: Cielo es hombre, y Tierra, mujer. Cuando la Tierra no tiene calor, el Cielo se lo manda; cuando pierde su frescor y su rocío, el Cielo se lo devuelve. El Cielo hace su ronda, como un marido que trabaja por su mujer.
Y la Tierra se ocupa del gobierno de su casa: cuida de los nacimientos y amamanta al que pare.
Mira a la Tierra y el Cielo, tienen inteligencia, pues hacen el trabajo de seres inteligentes.
Si estos dos no gustaran placer el uno por el otro, ¿por qué habrían de andar juntos como novios?
Sin la Tierra, ¿ despuntarían las flores? ¿Qué entonces producirían el calor y el agua del Cielo?
Así como Dios puso el deseo en el hombre y en la mujer para que el mundo fuera preservado por su unión.
Así cada parte de la existencia planteó el deseo de la otra parte.
Día y noche son enemigos afuera; pero sirven ambos único fin.
Cada uno ama al otro en aras de la perfección de su mutuo trabajo.
Sin la noche, la naturaleza del hombre no recibiría ganancia alguna y nada tendría entonces el día para gastar.                                                                     

  Rumi                                                           

















martes, 6 de marzo de 2018

La Relación de Pareja, parte 10 (final)


EL CAMBIO 

El cambio es promovido por el conflicto, pero, ¿qué es el cambio? Existen dos dimensiones del cambio. A una la podemos llamar cambio lineal. Este se refiere a una cadena de acontecimientos vinculados causalmente. Se puede predecir y explicar por medio de la lógica. A es causa de B y así sucesivamente.
El cambio planeado que una persona concibe para sí misma, motivada por necesidad o por deseo: obtener más conocimiento, incrementar su patrimonio, desarrollar una habilidad, tener amigos, etcétera, se refiere a un cambio lineal, puesto que está sujeto a una relación de causa y efecto.

Al otro tipo de cambio lo llamo cambio cuántico, debido a la semejanza que tiene con descubrimientos de la física cuántica. Este cambio aparece como algo desconcertante, paradójico, contrario al sentido común. Se presenta en forma repentina y libera la situación de la trampa de nuestros esfuerzos inconscientes para seguir permaneciendo en la situación problemática. Cambia el significado que le atribuimos a los hechos. Parece que algo cambia en el mundo, cuando en realidad es uno el que está cambiando.
La forma particular en que observemos la realidad cuántica contiene muchas posibilidades, y puede depender de nosotros cual se suscitará. El observador desempeña un papel al decidir que es lo que se va a medir. De acuerdo con el principio de incertidumbre, las descripciones de una y otra dimensión del ser se excluyen una de la otra. Si bien ambas son necesarias, en un momento dado únicamente una de ellas es accesible. Entonces el individuo solo percibe una dimensión de sí mismo y le es inaccesible la otra dimensión.

Así, la conciencia solo tiene una visión parcial de la realidad en un momento dado. En este mismo sujeto, la conciencia puede tener un movimiento para captar otra de sus posibilidades. A este movimiento le llamo cambio cuántico. El sujeto se ve a sí mismo desde una nueva perspectiva, dando profundidad a esta nueva conciencia.

El cambio operado en Jesucristo al ser bautizado es un cambio cuántico. El evangelio lo relata así: Y sucedió que aquellos días vino Jesús de Nazaret a Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el espíritu bajaba a él.
La voz que viene de los cielos puede entenderse como una voz interior. Jesús sufre un cambio cuántico como consecuencia del cual, le es accesible una nueva dimensión de sí mismo. Esta percepción le da un nuevo sentido a su vida y comprende su misión en el mundo.

Un movimiento de conciencia en la misma dirección, es posible en todo ser humano. De pronto aparece con claridad el sentido de la vida y la misión a la cual uno decide aplicar sus esfuerzos.
Si de pronto se ilumina en la conciencia la realidad de la existencia de los arquetipos sombra, anima o animus estamos frente a un cambio cuántico. No se trata de un conocimiento teórico, sino de un vivenciar algo que está ahí, algo que el organismo total (cuerpo-mente) experimenta.

Al percibir la información del exterior nos movemos entre dos polos: uno la sensación y otro la intuición. Y al valorar nos movemos también entre dos polos: el pensamiento y el sentimiento. Estas cuatro funciones: sensación - intuición, pensamiento y sentimiento - permiten a todo ser humano establecer un vínculo con el entorno. Cada persona tiene preferencia por una función de cada par. Cuando las preferencias son opuestas entre dos personas, la comunicación entre ellas se hace difícil. A estas funciones se suman otras dos que determinan el intercambio de energía con el entorno: introversión y extraversión. Igualmente, cada persona tiene preferencia por una de estas funciones.
Si utilizamos el pensamiento para valorar al compañero o compañera, nuestra atención se va a enfocar en la forma como utiliza la lógica y pasaremos por alto el valor que para él o ella tienen los sentimientos.

Lo que hace que el cambio cuántico sea misteriosos y desconcertante, difícil de explicar, es que se produce justamente en el punto de transformación de un sistema de medición y valoración en otro. Es decir, el cambio de una instancia psíquica en otra. Perdemos la secuencia lineal y quedamos desconcertados.
Parece ser que necesitamos permanecer en cierta instancia psíquica el tiempo suficiente para su maduración, como preparación para el cambio. Conductas que se han mantenido durante décadas alcanzan su maduración o su saturación y en la segunda mitad de la vida dan lugar al cambio cuántico.

PALABRAS FINALES

Se necesitan dos para bailar el tango. La pareja humana es ante todo una función de relación, es un acto creativo. Algo más que la adicción de dos individuos. No son dos cuerpos resistentes a sufrir transformaciones.
La Visita Inesperada de Remedios Varo es una expresión creativa. No es una combinación de lienzo y pintura. Lo mismo sucede con la pareja, para comprenderla hay que establecer una relación con la unidad y dejar que haga una impresión profunda.
Hombres y mujeres exitosas, acostumbradas a enfrentar problemas colosales como: hacer un trasplante de riñón, fundar un partido político, llevar agotadoras negociaciones obrero-patronales, rescatar textos del griego antiguo, etcétera; se declaran incapaces de armonizar con su pareja. Y es que la problemática de la pareja tiene menos que ver con coeficiente intelectual y más con lograr un delicado balance entre la conciencia y el inconsciente.

El ciclo de balance - reacción - equilibrio, es observable también en las sociedades a través de la historia. Cada vez que la conciencia colectiva se apodera de conductas extremas, la sombra colectiva ejerce su poderosa influencia inadvertidamente para la conciencia.
Todo lo que ocurre en el mundo es una cuestión de pareja. Pareja de polos que originalmente eran uno. Si la conciencia colectiva descansa en valores propios del principio masculino, y toda la sociedad compite para alcanzar metas materiales, entonces el principio femenino levanta la voz desde la sombra colectiva en un ataque tenaz, con el fin de establecer un boicot en contra de esas metas.

Naturalmente la acción del principio femenino está orientada a que se le tome en cuenta y eventualmente, a ser integrada con el principio masculino en la conciencia colectiva. La opinión pública podría hacer una negación de esa acción violenta de lo femenino y no podría ser de otra manera puesto que se trata de la acción de la sombra, es decir, fuera del control de la conciencia.

 

martes, 27 de febrero de 2018

La Relación de Pareja, parte 9


LA PAREJA Y LA RELACIÓN EGO-SÍ MISMO 

Así como la relación madre-hijo representa la conexión ego-Sí mismo, la relación individuo-pareja representa también la conexión ego-Sí mismo. El hijo se va a desarrollar tan sanamente como sana es su relación ego-Sí mismo y lo mismo ocurre con el adulto.
El eje de conexión ego-Sí mismo no desaparece en el curso de la vida, lo que cambia es el objeto de la proyección del Sí mismo. El adulto, naturalmente, retira la proyección de la madre y toma otro objeto sobre el cual lleva a cabo esta proyección, por ejemplo, el sistema de pareja.
La madre tiene la virtud de facilitar en el hijo los movimientos alternos de inflación - alienación del ego y consecuentemente la expansión gradual de la conciencia.

La pareja tiene el mismo efecto, al representar el eje de conexión ego-sí mismo. Durante la primera mitad de la vida, tales movimientos están orientados hacia la consolidación del ego y en la segunda están orientados hacia su disolución.
El dolor por el desgarramiento inherente al ciclo inflación-alienación, con motivo de la relación, será soportable en mayor medida si la pareja es la prioridad en la vida.
La disolución del ego y consecuentemente el paso de la polaridad a la unidad, se verá reflejado en armonía, estabilidad y aceptación.

ARMONÍA. Así como los numerosos instrumentos de una orquesta producen cada uno su singular sonido, de manera tal que componen la unidad bajo la orientación del director, los distintos componentes de la psique van logrando armonía bajo la acción integradora del Sí mismo. Lo contrario del estado de armonía es el estado de disociación, muy conocido en la psiquiatría moderna.

ESTABILIDAD. Mediante el espacio interaccional entre el ego y el sí mismo, el ego mantiene un movimiento alterno entre inflación y alienación. En el proceso de individuación este movimiento va de  intenso a tenue, siguiendo un camino en espiral: en momentos se incrementa la sensibilidad del ego y en momentos disminuye, pero la tendencia es a decrecer. Con la madurez, el rango de emocionalidad disminuye. Las personas mayores tienden a manejar un rango corto de emocionalidad. Su carácter es más estable. Pueden reír o enojarse pero esos sentimientos no sobrepasan límites fuera de un control consciente.

ACEPTACIÓN. El problema fundamental de las personas no radica en lo que les sucede sino en lo que piensan acerca de las cosas que le suceden. Tampoco radica en sus limitaciones y carencias sino en lo que piensa a cerca de sus limitaciones y carencias. El problema de una persona que ha perdido su patrimonio y se quiere suicidar, por ejemplo, no es la pérdida sino el apego. Y el problema de otra que sufre de falta de afecto, no es esa carencia sino lo que se dice a sí misma.
La aceptación propia es el único camino para ser dueño de sí mismo. Solo entonces estamos en condiciones de ofrecernos a los demás. ¿Cómo puedo yo  ofrecer algo de lo cual no soy dueño? Estaría ofreciendo la misma ilusión con la que mi ego ha vivido engañado.
La aceptación de los demás nace de la aceptación de uno mismo. De otra forma no se trata de una verdadera aceptación. Es un reflejo de la integración de los opuestos.

Las personas huyen de su matrimonio y al mismo tiempo quieren huir de la conexión ego-sí mismo. Esa conexión estaba ya dañada antes de iniciar el matrimonio. Es el ego quien huye. No soporta la tensión de las pruebas a que es sometido, inherentes a esa conexión. Quieren el camino fácil, la satisfacción del ego.  Aparecen entonces promesas de mejoramiento sin sacrificio del ego.
Un conocimiento teórico por sí mismo no puede allanar el camino de individuación, ni acelerar el proceso de transformación del ego. Tampoco se mejora con la disolución de la relación. En otras palabras, la integración de los opuestos generalmente se entorpece cada vez que ocurre la separación de una pareja.

Todo aquello que es selectivo, dualista, analítico, temporal y espacial es dicotomizador, es decir, está motivado por el ego. También todo aquello que se resiste al cambio. Por el contrario, lo que es inclusivo, unificador, sintetizador, simbólico, atemporal, es integrador, también lo que va en dirección al cambio.
Gradualmente, las actitudes dicotomizantes ceden el paso a actitudes integradoras. Entonces el individuo deja de poner su atención y su energía en buscar erróneamente, la culpa de los demás.
Únicamente en los propios errores es donde aprende el hombre inteligente, que se hará esta pregunta: ¿Quién soy yo, a quien le ocurre todo esto? Mirará en su propia profundidad para encontrar en ella la respuesta a la pregunta de su destino. Aprende a escuchar la voz interior.

JONÁS

La relación arquetípica ego-sí mismo tiene múltiples representaciones simbólicas en la mitología universal. Una de éstas en el Antiguo Testamento es la relación entre Jonás y Yahvé. Psicológicamente, Jonás es la encarnación del ego y Yahvé es la voz del sí mismo. Jonás es el hombre que desatiende el llamado interior hacia la integración. Representa las resistencias del hombre al cambio.
Jonás es enviado a Nínive, la ciudad grande, a predicar contra ella, pues su maldad a subido. Pero desobedece y huye.
Nínive, la ciudad grande, es una representación simbólica de la madre en su aspecto maligno. Equivale a la bruja de los cuentos, la que castiga, la que engaña, o bien, la que seduce, manipula y hechiza. En la medida en que el hombre ha fracasado en sus intentos de liberarse de la madre, es portador de la personalidad de la bruja.
En el viaje, Jonás va a experimentar el dolor, la inseguridad, la muerte, el inframundo y finalmente el renacimiento.

Yahvé levantó en el mar un violento huracán. Llenos de miedo, los marineros lo arrojan al mar. Desatender las señales del inconsciente provoca la protesta del sí mismo, misma que se manifiesta en una revuelta de la psique, como un huracán removiendo los contenidos interiores. Los pensamientos pierden su coherencia y se produce un torbellino de sentimientos y emociones. Es la respuesta a las actitudes demasiado unilaterales, a la resistencia a voltear hacia el polo opuesto. El huracán que se desata desde el inconsciente, puede tener tal fuerza que remueve la estructura del pensamiento, el sentimiento, la intuición y la   percepción.
Jonás es entonces tragado por un pez muy grande y permanece ahí por tres días y tres noches. Queda capturado por un contenido del inconsciente, desciende al mundo interior, un volverse a hundir en el cuerpo de la madre. Supone tortura infernal y muerte, pero también, al mismo tiempo, las premisas del renacimiento. Cada actitud ante la vida, nuevamente adquirida, va acompañada de una cierta transformación, en la que ha de perecer algo que se ha superado ya.

El proceso de desarrollo de la psique, una vez que se ha alcanzado el centro de la vida, exige un retorno al origen, el descenso a los obscuros y cálidos abismos de lo inconsciente. Permanecer en éste y resistir sus peligros equivale a un viaje a los infiernos. Más, el que logra superarlo, resucita o renace, retorna con mayor sabiduría, curtido frente a la vida exterior y a la interior.
En su desesperación, Jonás clama a Yahvé para su salvación, para ser rescatado de su tormento. El hombre común, en el momento agudo de la crisis anhela un apoyo y una luz. Ha llegado a la máxima preparación para el cambio.

El pez vomita a Jonás en la playa y Yahvé le ordena nuevamente ir a pregonar a Nínive lo que yo te diré. Jonás penetra en la ciudad diciendo: de aquí a cuarenta días Nínive será destruida.
Entonces las gentes de Nínive creyeron de Dios, y practicaron ayuno y penitencia. Vio Dios el arrepentimiento y decidió no castigar.  Entonces Jonás se enojó con Yahvé. Puede decirse que el niño que aún vive en la psicología de Jonás se revela a la simplista solución del perdón. Jonás quiere que paguen sus pecados. La voz interior, expresada a través de Yahvé, es la manifestación del Sí mismo, que facilita la coexistencia de opuestos. Evidentemente, los fines orientados por el sí mismo, están más relacionados con la armonía y el perdón que con la exclusión y el castigo.

Después, salió Jonás de la ciudad y se sentó placidamente a la sombra de un ricino. Jonás se alegró mucho por el ricino, y éste se secó. Jonás volvió a montar en cólera. Entonces dijo Yahvé a Jonás: ¿te parece bien enojante por el ricino? Y él respondió: Sí, me parece bien enojarme hasta la muerte. Yahvé le dijo: Tú tienes lástima por el ricino, en el cual no trabajaste por hacerlo crecer, que en el espacio de una noche nació y en el de otra pereció, ¿y no voy a tener piedad de Nínive, donde hay más de ciento veinte mil hombres que no distinguen su mano derecha de la izquierda, y además, numerosos animales.
El hombre sufre por la inseguridad que le produce la ausencia de lógica, o más bien, de una lógica cuyos secretos no descubre.
La única puerta de salida del conflicto entre ego y el sí mismo que se da en la pareja, es un cambio de actitud. Bien sabemos todos los que vivimos en un matrimonio que el deseo más grande de nuestro ego es que el otro cambie. Queremos que acepte su culpabilidad y que pague por ello.
La relación de pareja es como la relación entre Jonás y la ciudad de Nínive. El Sí mismo ejerce una presión sobre la conciencia con el fin de que ponga su atención en los aspectos devoradores y malignos del esposo o esposa, y cambie su actitud respecto a ellos.
En un mundo gobernado por criterios del ego, nos enfrentamos constantemente con obstáculos que dificultan el proceso de individuación.

EL CONFLICTO EN LA PAREJA

La fecundación de lo masculino y lo femenino en el plano físico da lugar a la gestación y nacimiento de un ser, es generadora de vida. La fecundación de lo masculino y lo femenino en el plano psicológico, da lugar a la expansión de la conciencia, es generadora de vida espiritual.
El potencial de la fecundación en el plano psicológico es, quizá, comparable al potencial de la fecundación en el plano físico. Si imaginamos el tamaño de los gametos (óvulo y espermatozoide) en comparación con el tamaño del cuerpo, la diferencia puede estimarse en cifras inimaginables. Haciendo la traslación al plano psicológico, no nos queda más remedio que afirmar que el potencial de desarrollo psicológico es aún insospechado para la mente humana.

Para la pareja que formaliza y consolida su unión, pero no está dispuesta a la expansión de la conciencia mediante la relación, el conflicto representa un elemento indeseable y posiblemente buscará la forma de evitarlo. Son personas que se resisten a abandonar su identidad centrada en el ego, para asumir una relación centrada en la pareja.
El conflicto es un encuentro de opuestos. La pareja representa un encuentro de opuestos. Para el ego, el conflicto (la confrontación con el polo opuesto) es como un dardo que se clava. En la relación de pareja, ese dardo puede convertirse en el medio de fecundación: fertilizador, enriquecedor, que dará lugar a un parto natural. O bien, puede ser un dardo envenenado, que dará lugar a la resistencia y al aborto. La fecundación producirá la expansión de la conciencia, la integración de los opuestos, la aceptación, es a favor de la vida.
El conflicto es el camino natural que va de la polaridad a la integración.

Mientras se producen encuentros entre los polos opuestos, se producen también cargas emocionales. Sentimos que nos arrancan nuestra identidad al igual que nos arrancan la piel.
¿Cuánta energía invierte una pareja en sus conflictos? Una pareja invierte  tanta energía en el conflicto, como fuerza necesita para poner en marcha un proceso de integración de opuestos que se encuentran disociados.
Debido a razones inconscientes relacionadas con la historia individual, hay personas que no invierten energía suficiente en el conflicto, y las hay que invierten excesos de energía. Ambos casos de desproporción entre el conflicto y la cantidad de energía invertida, dan como resultado ineficacia en el proceso de integración.
Así, es posible afirmar que cada pareja necesita invertir energía en el conflicto, en una cantidad que se encuentre dentro de un rango que para ella es funcional.

Frente al conflicto, existen entonces tres tipos de respuestas que dan como resultado tres tipos de parejas: las que se transforman, las que se paralizan y las que se disuelven.
Si una pareja es capaz de darle validez al punto de vista opuesto de su pareja, aun si no está de acuerdo con él, puede favorecer la transformación de la pareja en dirección a la integración de los opuestos. Por el contrario, si una persona invalida sistemáticamente el punto de vista opuesto estará favoreciendo la parálisis. Esta alternativa funciona también a la inversa: si una persona invalida sistemáticamente su propio punto de vista frente al punto de vista opuesto de su pareja y se asimila a él, favorecerá también la parálisis de la relación.

Cuando el ego se siente amenazado a veces busca como escape la disolución de la relación. No solamente corresponde a una actitud invalidante del punto de vista opuesto, sino también a un sistema de defensa para mantener la integridad del ego.
La vida es un campo de posibilidades ilimitadas. Podemos trascender las posiciones estrechas a que estamos acostumbrados. Los conflictos se encuentran en el campo de las dicotomías, mientras que las soluciones se encuentran en el campo de la unidad.

Si el conflicto significa que excluimos una polaridad, la solución significa que la integramos. Si el conflicto nos hace afirmar, por ejemplo, que soy fuerte y no débil, la solución nos hace afirmar que soy fuerte y débil, lo cual es naturalmente más real.
De ordinario, el ego se pasa la vida erigiendo una barrera tras otra. Lo hace por protección. En esta defensividad, los dos polos de un eje quedan divorciados. Uno dentro de las murallas de la protección y otro fuera de ellas.
Naturalmente, el conflicto de pareja es un reflejo del conflicto individual. De no ser así, no existirían elementos para generar tensiones en la pareja.
El sentido del conflicto se va cumpliendo gradualmente a medida en que van muriendo identidades parciales que se encuentran centradas en el ego.

En la pareja, el proceso se inicia con la inflación del ego, lo cual provoca una reacción del compañero. Se produce así un ciclo que comprende: inflación del ego - aceptación - reconexión y equilibrio. Este ciclo se puede ver interrumpido si no existe reacción al rechazo y condena por el ego inflado y también si no existe aceptación nuevamente, después del periodo de alienación del ego.

El bloqueo del ciclo tiene consecuencias en la vida de la pareja: parálisis, desvitalización, infidelidad, divorcio, etcétera.
La ayuda terapéutica a las parejas debe contemplar la importancia que tiene para las personas vivir el conflicto en todas sus fases. Identificar en que punto se encuentra bloqueado y facilitar el desbloqueo. Cuando esto se hace posible, se ha producido un movimiento interno en cada uno de los miembros, tanto en el que no recibe la respuesta como en el que no da esa respuesta. De esta manera se produce también un movimiento en la interacción. Tal interacción es el reflejo de otra que se lleva a cabo en el interior de cada individuo: la interacción entre el ego y el self. Mediante esta conexión, el ego recibe una carga de energía que le lleva a expandir su conexión artificialmente y que a su vez le produce la inflación. Esta condición se traduce en actitudes que para el compañero son agresivas y frente a las cuales reacciona demostrando su rechazo.

La vulnerabilidad que las personas presentan en su vida de pareja indica que han vivido con un eje ego-self maltratado. El ciclo del conflicto se va a repetir una y otra vez y en cada ciclo existe la oportunidad de incrementar la conciencia y así, sanear gradualmente el eje ego-self.
Sin embargo, el proceso puede tomar un camino erróneo en la medida en que se producen y se mantienen los bloqueos.
En resumen puede afirmarse:

  • El conflicto es indispensable (a la vez que inevitable) para la pareja como principal promotor del proceso de desarrollo.
  • El conflicto tiene un sentido en dirección a la integración de los opuestos.
  • El conflicto interpersonal es reflejo fiel de la existencia de un conflicto intrapersonal.
  • El ciclo completo del conflicto comprende tanto la experiencia de inflación como la de alienación del ego.

martes, 20 de febrero de 2018

La Relación de Pareja, parte 8


Liberación del animus

La mujer es rescatada de la devaluación de su ego por un hombre más poderoso que su animus. Interiormente deja de tener sentido la envidia al principio masculino, puesto que ha logrado una relación profunda con un hombre al que considera para ella. La mujer sentirá envidia del principio en tanto no valore su naturaleza femenina.
La superación de encontrarse bajo el poder del animus da a la mujer la posibilidad de separar los pensamientos propios de los pensamientos del animus; éste se convierte en compañero interior y deja de suplantar al ego. La mujer puede recoger sus proyecciones y dejar de culpar al hombre, puesto que se siente valorada como mujer, por un hombre.

Toda mujer parece necesitar tenerle admiración al hombre con quién se relaciona. De otro modo, continuará la lucha que impide a la mujer sentir que ocupa un lugar en la sociedad.
El animus aleja a la mujer de las relaciones  y le impide desplegar valores femeninos. Se impide a sí misma la luz de la conciencia andrógina.

La relación padre-hija

Muchas mujeres cargan una herida en su relación padre-hija. Esta herida afectó su crecimiento y así, no tuvo la preparación para iniciarse en la vida adulta como mujer. No pudo descubrir por ella misma quien realmente es.
Un padre se puede preguntar qué quiere para su hija: una mujer que niega su sexualidad o que acepta su sexualidad, que se identifica con lo masculino o con lo femenino. También puede preguntarse que clase de padre es o quiere ser: castrante o facilitador; severo o flexible; fuerte o débil.
Para la mujer, la relación padre-hija tiene un tono erótico y se cruza sin cesar entre la atracción y el rechazo
El padre establece una relación con su hija remarcando diferencias entre ser hombre y ser mujer, o bien, la puede establecer con una idea de igualdad entre ser  hombre y ser mujer. La relación se establece en un punto intermedio de estos dos polos. Por otra parte, el padre puede valorar a su hija o bien, devaluarla. Esto da como resultado cuatro modalidades básicas de relación entre padre e hija.
Primera. El padre valora a la hija y marca las diferencias entre ser hombre y ser mujer. Es el padre protector que mantiene a la hija lejos de los peligros de la vida. La hija es motivada para ser compañera femenina.

Segunda. El padre valora a la hija y disuelve las diferencias entre hombre y mujer. Corresponde al padre que impulsa a la hija con el fin de que desarrolle sus potencialidades. Prepara a la hija para ser una guerrera en la lucha por la vida. Este modelo es sumamente popular en la actualidad.
Tercera. El padre devalúa a la hija y disuelve las diferencias entre ser hombre y ser mujer. El padre no impulsa sino empuja y expulsa a la mujer hacia el mundo. El padre retira el apoyo, acompañando este acto con mensajes parecidos a: ya es hora de que sigas adelante por tus propios medios; Aquí todos tienen que ganarse la vida, hombre y mujeres. La hija es obligada a hacer lo que el hombre hace.
Cuarta. El padre devalúa a la hija y marca las diferencias entre ser hombre y ser mujer. La mujer queda al servicio del hombre. El padre envía el mensaje: la mujer hace todo aquello que al hombre no le gusta hacer. La rebeldía y el feminismo son una respuesta a esta modalidad que da a la mujer un papel inferior en la sociedad.

El otro factor determinante para la mujer es el componente erótico en la relación padre-hija. Ausencia total de Eros o exceso de Eros. La personalidad de la hija se orientará hacia el camino de la espiritualidad (con ausencia de instintos) o bien tomará el camino de la instintividad (con ausencia de espiritualidad), como consecuencia del manejo de erotismo en su relación  con el padre. Esto da como resultado cuatro modalidades básicas de la relación:
Primera. Ausencia de erotismo. El padre huye de todo contacto físico, cuidando excesivamente que no se despierte el erotismo. Puede existir buena comunicación, por ejemplo, en relación con conocimientos de economía, política, etcétera. La relación puede ser intensa pero excluye sentimientos y excluye el cuerpo.

Segunda. Exceso de erotismo, tomando la hija camino hacia la espiritualidad. El padre responde a la atracción física y genera un exceso de erotismo que resulta traumático para la hija. Como consecuencia, la hija se defiende excluyendo en algún grado la sexualidad de su vida.
Tercero. Exceso de erotismo; la hija toma el camino hacia los instintos. El padre es seductor y resalta la belleza física como un gran valor. La hija desea complacer al padre siendo erótica. Como consecuencia, la mujer puede buscar el placer efímero. La hija vivirá para complacer al padre a través de otros hombres.
Cuarta. Ausencia de erotismo; la hija sigue el camino hacia los instintos. El padre teme su propio deseo incestuoso y evita todo contacto físico. La hija se siente entonces empujada hacia los brazos de otros hombres. Es posible que la madre participe enviando hacia la hija el siguiente mensaje: ve afuera a buscar el tuyo, éste es mío.

Lo más común no es que se den estas interacciones tan puras como se describen. Lo común son combinaciones en puntos intermedios pero con una orientación más o menos clara hacia uno de los polos. Además, en la relación padre-hija suelen participar otros personajes y factores, como la madre y los hermanos y hermanas. Naturalmente, en la medida en que un entorno se de en extremo, afectará negativamente la personalidad de la hija.
Cuando la hija entra en la adolescencia, la relación con el padre se ve poderosamente influida por el componente erótico e inconscientemente afecta  la personalidad de ambos. Muchos son los padres que fluctúan entre ser seductores o normativos. Como consecuencia, su conducta se torna entre complaciente y hostil. El padre aparece entonces, frente a sí mismo como reducido en su dimensión y solidez masculina, como padre.

En el cuento germano de Blanca Nieves y los siete enanos, la personalidad del padre atomizada aparece representada por los enanos, cumpliendo la importante función de rescatar a la hija del aspecto destructivo de la madre.
El enano, entre los germanos, es un ser asociado con genios de la Tierra y el Cielo. Vienen del mundo subterráneo y simbolizan las fuerzas obscuras que hay en el hombre. Pueden servir de guías o de mensajeros.
Blanca Nieves despierta a su sexualidad y a la vez a su independencia. Al encuentro de un hombre real de un reino vecino. El enano, laborioso, misterioso, intuitivo, clarividente, mágico y a la vez multifacético, parlanchín, charlatán, malformado y excluido del mundo del amor, es el duende tras la figura del padre que conoce la hija en el proceso de convertirse en mujer, mientras se prepara para vivir la siguiente etapa de su vida. Entonces tendrá que ser independiente de las influencias paterna y materna.

La madrastra de Blanca Nieves representa la sombra de la madre, la que desea su destrucción y no quiere verse superada por ella.
El padre entonces, tiene la facultad de conjurar el gran poder destructivo que radica en la sombra de la madre. El secreto para ello consiste en relacionarse con la hija intensamente, cuidando de no quedar atrapado en la atracción erótica pero a la vez reconociendo su existencia. Esto queda representado en el hecho de que  Blanca Nieves se va a vivir a la casa de los enanos, en medio del bosque.

Así como el espermatozoide fecunda al óvulo, lo masculino actúa sobre lo femenino y lo fertiliza. Lo masculino representa siempre un esfuerzo adicional que remueve la calma apacible propia de lo femenino.
En el proceso educativo de los primeros años, toda mujer aprende a orientarse preferentemente en un sentido o en otro: a colocar el elemento masculino en el hombre o en sí misma. Repito, aprende a orientarse preferentemente, lo cual no significa únicamente. La relación con lo masculino interior puede rescatar a una mujer del desamparo y la relación con el hombre puede rescatar a una mujer del dominio del animus.
La relación que la madre mantiene con el elemento masculino de su psique, el animus, y la que mantiene con el hombre, conforman un modelo para la hija. Por otra parte, en la relación con el padre, la hija se complementa con él, colocando lo masculino en el propio padre o en sí misma. Esa relación actuará como modelo de relación con el hombre.

 Lo femenino es el campo que ha de ser preparado y sembrado y lo masculino la semilla que fecunda la Tierra. El campo es una representación del cuerpo físico, del psíquico o del espiritual. Este aspecto de la psicología de la mujer tiene explicación en las raíces del inconsciente colectivo, de su conocida necesidad de admirar al hombre con el cual se relaciona. De no ser así, no está dispuesta a permitir ser influida y fecundada.

EL ESPACIO INTERACCIONAL ENTRE EL SÍ MISMO Y EL EGO

Siguiendo con el mito bíblico de Adán y Eva, nos encontramos con la formación del hombre de un soplo divino. En este acto participan dos polos que componen la unidad: materia y espíritu. En la pareja, la convivencia entre el Sí mismo y el ego, tiene un paralelo con el encuentro e integración entre materia y espíritu. En términos actuales, el espíritu es lo dinámico, por lo cual, constituye lo opuesto a la materia, que tiene cualidades estáticas, inertes. El concepto primitivo de espíritu, es considerado como soplo o como viento, se trata de un ser activo, en movimiento, inspirador y animador.

El Sí mismo

La fuente de todo fenómeno psíquico es esa instancia que Jung denominó Selbst o el Sí mismo. Es el arquetipo de la totalidad, comprende tanto la esfera de lo consciente como la esfera de lo inconsciente.
La naturaleza y magnitud del Sí mismo es incognoscible, pero sabemos de sus manifestaciones por el contenido de mitos, leyendas y otros símbolos universales. Representa un potencial inimaginable en cada ser humano.
Adquiere representaciones múltiples, aparece en nuestros sueños como personaje (rey, héroe, profeta, anciano), bajo la forma de un símbolo de totalidad (mandala, círculo, cruz, cuadrado), como piedra preciosa, como luz, etcétera. También se podría llamar El dios dentro de nosotros.

El arquetipo del Sí mismo opera en la psique como principio ordenador, regulador e integrador. Representa un poder transpersonal que trasciende al ego. El imperativo de la integración de los opuestos es propiamente la acción del arquetipo del Sí mismo. Sigue un designio que muy pocas veces conoce la conciencia. Por ello es fácil ver una gran oposición entre nuestras intenciones conscientes y la realidad de los hechos de nuestra vida.

El ego

Por otra parte, ego es el centro de la personalidad consciente, ya que permite dar cuenta tanto del mundo interno como del externo, tiene capacidad para ver hasta cierta distancia tanto hacia afuera como hacia adentro.
El ego es al asiento de la personalidad subjetiva, puesto que representa todo aquello que creemos que somos.
El ego nació del Sí mismo, es decir, de la esencia, y se ha alimentado de él como un niño lo hace de su madre. Ésta imagen representa analógicamente la relación entre el ego y el Sí mismo. El ego cumple la tarea de llevar a la conciencia los contenidos del Sí mismo. En la infancia, el Sí mismo está representado por los padres. La proyección del Sí mismo explica la idealización de los padres. Ellos eran seres grandiosos, tal vez en un grado mayor al que correspondía la realidad objetiva.

Mediante suspiros y sollozos un niño suplica la presencia de su madre. Probablemente llega a sentir que no va a volver, que lo abandona. Si por el contrario, la madre responde rápidamente,  le produce al niño una sensación de confianza y de seguridad.
Esas experiencias tempranas tienen un efecto determinante en la vida del adulto. Han condicionado la relación entre el ego y el Sí mismo. El niño vive momentos alternados entre el sentimiento de unidad y el sentimiento de separación. Los primeros son nutrientes, los segundos desoladores. Los primeros representan conexión y acercamiento entre el ego y el Sí mismo.

La conexión entre el ego y el Sí mismo ha de proporcionar cimientos, estructura y seguridad. Esta conexión es fundamental para darle significado a la vida.
Cuando el ego sufre inflación, adquiere un tamaño y una importancia irreal. El ego se apropia de material del Sí mismo, identificándose con él, por lo cual queda artificialmente expandido. En otras palabras, el ego cree ser más de lo que realmente es. Se manifiesta con demasiada arrogancia, demasiado poder, o bien, con excesivo sentimiento de culpa, demasiado sufrimiento.
Los sentimientos de vacío interior corresponden a un estado de alienación de ego. Cuando esto sucede,  el ego ha perdido contacto con el Sí mismo, por eso los sentimientos se relacionan con la desolación y el abandono. El ego se separa de su fuente original. Esta condición puede llevarla hasta la muerte.

En la etapa de adolescencia suele agudizarse la alienación del ego. El joven está afirmando su identidad y elaborando su desprendimiento de la familia. Este proceso incluye necesariamente experiencias de separación ego-sí mismo.
Otra etapa en que se agudiza la alienación es durante la crisis de la mitad de la vida. En esta etapa se pierde el significado que hasta ese momento han tenido las principales motivaciones. Lo que en un principio fue ambición ahora se ha convertido en obligación, y aparecen nuevos significados.
El ciclo de inflación-alienación es fundamental para el desarrollo psicológico. Cuando se interrumpe el ciclo se intensifican las manifestaciones. Siempre que alguien sufre de alienación y desesperación intolerables, la violencia se hace presente. En casos extremos puede traducirse en asesinato o suicidio. En la raíz de cualquier forma de violencia subyace la experiencia de alienación.
El ciclo natural alienación-inflación, se convierte en el ciclo alienación - violencia-inflación, cuando se interrumpe su flujo. Se produce un corto circuito que genera cambios repentinos entre una fase y otra