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martes, 20 de febrero de 2018

La Relación de Pareja, parte 8


Liberación del animus

La mujer es rescatada de la devaluación de su ego por un hombre más poderoso que su animus. Interiormente deja de tener sentido la envidia al principio masculino, puesto que ha logrado una relación profunda con un hombre al que considera para ella. La mujer sentirá envidia del principio en tanto no valore su naturaleza femenina.
La superación de encontrarse bajo el poder del animus da a la mujer la posibilidad de separar los pensamientos propios de los pensamientos del animus; éste se convierte en compañero interior y deja de suplantar al ego. La mujer puede recoger sus proyecciones y dejar de culpar al hombre, puesto que se siente valorada como mujer, por un hombre.

Toda mujer parece necesitar tenerle admiración al hombre con quién se relaciona. De otro modo, continuará la lucha que impide a la mujer sentir que ocupa un lugar en la sociedad.
El animus aleja a la mujer de las relaciones  y le impide desplegar valores femeninos. Se impide a sí misma la luz de la conciencia andrógina.

La relación padre-hija

Muchas mujeres cargan una herida en su relación padre-hija. Esta herida afectó su crecimiento y así, no tuvo la preparación para iniciarse en la vida adulta como mujer. No pudo descubrir por ella misma quien realmente es.
Un padre se puede preguntar qué quiere para su hija: una mujer que niega su sexualidad o que acepta su sexualidad, que se identifica con lo masculino o con lo femenino. También puede preguntarse que clase de padre es o quiere ser: castrante o facilitador; severo o flexible; fuerte o débil.
Para la mujer, la relación padre-hija tiene un tono erótico y se cruza sin cesar entre la atracción y el rechazo
El padre establece una relación con su hija remarcando diferencias entre ser hombre y ser mujer, o bien, la puede establecer con una idea de igualdad entre ser  hombre y ser mujer. La relación se establece en un punto intermedio de estos dos polos. Por otra parte, el padre puede valorar a su hija o bien, devaluarla. Esto da como resultado cuatro modalidades básicas de relación entre padre e hija.
Primera. El padre valora a la hija y marca las diferencias entre ser hombre y ser mujer. Es el padre protector que mantiene a la hija lejos de los peligros de la vida. La hija es motivada para ser compañera femenina.

Segunda. El padre valora a la hija y disuelve las diferencias entre hombre y mujer. Corresponde al padre que impulsa a la hija con el fin de que desarrolle sus potencialidades. Prepara a la hija para ser una guerrera en la lucha por la vida. Este modelo es sumamente popular en la actualidad.
Tercera. El padre devalúa a la hija y disuelve las diferencias entre ser hombre y ser mujer. El padre no impulsa sino empuja y expulsa a la mujer hacia el mundo. El padre retira el apoyo, acompañando este acto con mensajes parecidos a: ya es hora de que sigas adelante por tus propios medios; Aquí todos tienen que ganarse la vida, hombre y mujeres. La hija es obligada a hacer lo que el hombre hace.
Cuarta. El padre devalúa a la hija y marca las diferencias entre ser hombre y ser mujer. La mujer queda al servicio del hombre. El padre envía el mensaje: la mujer hace todo aquello que al hombre no le gusta hacer. La rebeldía y el feminismo son una respuesta a esta modalidad que da a la mujer un papel inferior en la sociedad.

El otro factor determinante para la mujer es el componente erótico en la relación padre-hija. Ausencia total de Eros o exceso de Eros. La personalidad de la hija se orientará hacia el camino de la espiritualidad (con ausencia de instintos) o bien tomará el camino de la instintividad (con ausencia de espiritualidad), como consecuencia del manejo de erotismo en su relación  con el padre. Esto da como resultado cuatro modalidades básicas de la relación:
Primera. Ausencia de erotismo. El padre huye de todo contacto físico, cuidando excesivamente que no se despierte el erotismo. Puede existir buena comunicación, por ejemplo, en relación con conocimientos de economía, política, etcétera. La relación puede ser intensa pero excluye sentimientos y excluye el cuerpo.

Segunda. Exceso de erotismo, tomando la hija camino hacia la espiritualidad. El padre responde a la atracción física y genera un exceso de erotismo que resulta traumático para la hija. Como consecuencia, la hija se defiende excluyendo en algún grado la sexualidad de su vida.
Tercero. Exceso de erotismo; la hija toma el camino hacia los instintos. El padre es seductor y resalta la belleza física como un gran valor. La hija desea complacer al padre siendo erótica. Como consecuencia, la mujer puede buscar el placer efímero. La hija vivirá para complacer al padre a través de otros hombres.
Cuarta. Ausencia de erotismo; la hija sigue el camino hacia los instintos. El padre teme su propio deseo incestuoso y evita todo contacto físico. La hija se siente entonces empujada hacia los brazos de otros hombres. Es posible que la madre participe enviando hacia la hija el siguiente mensaje: ve afuera a buscar el tuyo, éste es mío.

Lo más común no es que se den estas interacciones tan puras como se describen. Lo común son combinaciones en puntos intermedios pero con una orientación más o menos clara hacia uno de los polos. Además, en la relación padre-hija suelen participar otros personajes y factores, como la madre y los hermanos y hermanas. Naturalmente, en la medida en que un entorno se de en extremo, afectará negativamente la personalidad de la hija.
Cuando la hija entra en la adolescencia, la relación con el padre se ve poderosamente influida por el componente erótico e inconscientemente afecta  la personalidad de ambos. Muchos son los padres que fluctúan entre ser seductores o normativos. Como consecuencia, su conducta se torna entre complaciente y hostil. El padre aparece entonces, frente a sí mismo como reducido en su dimensión y solidez masculina, como padre.

En el cuento germano de Blanca Nieves y los siete enanos, la personalidad del padre atomizada aparece representada por los enanos, cumpliendo la importante función de rescatar a la hija del aspecto destructivo de la madre.
El enano, entre los germanos, es un ser asociado con genios de la Tierra y el Cielo. Vienen del mundo subterráneo y simbolizan las fuerzas obscuras que hay en el hombre. Pueden servir de guías o de mensajeros.
Blanca Nieves despierta a su sexualidad y a la vez a su independencia. Al encuentro de un hombre real de un reino vecino. El enano, laborioso, misterioso, intuitivo, clarividente, mágico y a la vez multifacético, parlanchín, charlatán, malformado y excluido del mundo del amor, es el duende tras la figura del padre que conoce la hija en el proceso de convertirse en mujer, mientras se prepara para vivir la siguiente etapa de su vida. Entonces tendrá que ser independiente de las influencias paterna y materna.

La madrastra de Blanca Nieves representa la sombra de la madre, la que desea su destrucción y no quiere verse superada por ella.
El padre entonces, tiene la facultad de conjurar el gran poder destructivo que radica en la sombra de la madre. El secreto para ello consiste en relacionarse con la hija intensamente, cuidando de no quedar atrapado en la atracción erótica pero a la vez reconociendo su existencia. Esto queda representado en el hecho de que  Blanca Nieves se va a vivir a la casa de los enanos, en medio del bosque.

Así como el espermatozoide fecunda al óvulo, lo masculino actúa sobre lo femenino y lo fertiliza. Lo masculino representa siempre un esfuerzo adicional que remueve la calma apacible propia de lo femenino.
En el proceso educativo de los primeros años, toda mujer aprende a orientarse preferentemente en un sentido o en otro: a colocar el elemento masculino en el hombre o en sí misma. Repito, aprende a orientarse preferentemente, lo cual no significa únicamente. La relación con lo masculino interior puede rescatar a una mujer del desamparo y la relación con el hombre puede rescatar a una mujer del dominio del animus.
La relación que la madre mantiene con el elemento masculino de su psique, el animus, y la que mantiene con el hombre, conforman un modelo para la hija. Por otra parte, en la relación con el padre, la hija se complementa con él, colocando lo masculino en el propio padre o en sí misma. Esa relación actuará como modelo de relación con el hombre.

 Lo femenino es el campo que ha de ser preparado y sembrado y lo masculino la semilla que fecunda la Tierra. El campo es una representación del cuerpo físico, del psíquico o del espiritual. Este aspecto de la psicología de la mujer tiene explicación en las raíces del inconsciente colectivo, de su conocida necesidad de admirar al hombre con el cual se relaciona. De no ser así, no está dispuesta a permitir ser influida y fecundada.

EL ESPACIO INTERACCIONAL ENTRE EL SÍ MISMO Y EL EGO

Siguiendo con el mito bíblico de Adán y Eva, nos encontramos con la formación del hombre de un soplo divino. En este acto participan dos polos que componen la unidad: materia y espíritu. En la pareja, la convivencia entre el Sí mismo y el ego, tiene un paralelo con el encuentro e integración entre materia y espíritu. En términos actuales, el espíritu es lo dinámico, por lo cual, constituye lo opuesto a la materia, que tiene cualidades estáticas, inertes. El concepto primitivo de espíritu, es considerado como soplo o como viento, se trata de un ser activo, en movimiento, inspirador y animador.

El Sí mismo

La fuente de todo fenómeno psíquico es esa instancia que Jung denominó Selbst o el Sí mismo. Es el arquetipo de la totalidad, comprende tanto la esfera de lo consciente como la esfera de lo inconsciente.
La naturaleza y magnitud del Sí mismo es incognoscible, pero sabemos de sus manifestaciones por el contenido de mitos, leyendas y otros símbolos universales. Representa un potencial inimaginable en cada ser humano.
Adquiere representaciones múltiples, aparece en nuestros sueños como personaje (rey, héroe, profeta, anciano), bajo la forma de un símbolo de totalidad (mandala, círculo, cruz, cuadrado), como piedra preciosa, como luz, etcétera. También se podría llamar El dios dentro de nosotros.

El arquetipo del Sí mismo opera en la psique como principio ordenador, regulador e integrador. Representa un poder transpersonal que trasciende al ego. El imperativo de la integración de los opuestos es propiamente la acción del arquetipo del Sí mismo. Sigue un designio que muy pocas veces conoce la conciencia. Por ello es fácil ver una gran oposición entre nuestras intenciones conscientes y la realidad de los hechos de nuestra vida.

El ego

Por otra parte, ego es el centro de la personalidad consciente, ya que permite dar cuenta tanto del mundo interno como del externo, tiene capacidad para ver hasta cierta distancia tanto hacia afuera como hacia adentro.
El ego es al asiento de la personalidad subjetiva, puesto que representa todo aquello que creemos que somos.
El ego nació del Sí mismo, es decir, de la esencia, y se ha alimentado de él como un niño lo hace de su madre. Ésta imagen representa analógicamente la relación entre el ego y el Sí mismo. El ego cumple la tarea de llevar a la conciencia los contenidos del Sí mismo. En la infancia, el Sí mismo está representado por los padres. La proyección del Sí mismo explica la idealización de los padres. Ellos eran seres grandiosos, tal vez en un grado mayor al que correspondía la realidad objetiva.

Mediante suspiros y sollozos un niño suplica la presencia de su madre. Probablemente llega a sentir que no va a volver, que lo abandona. Si por el contrario, la madre responde rápidamente,  le produce al niño una sensación de confianza y de seguridad.
Esas experiencias tempranas tienen un efecto determinante en la vida del adulto. Han condicionado la relación entre el ego y el Sí mismo. El niño vive momentos alternados entre el sentimiento de unidad y el sentimiento de separación. Los primeros son nutrientes, los segundos desoladores. Los primeros representan conexión y acercamiento entre el ego y el Sí mismo.

La conexión entre el ego y el Sí mismo ha de proporcionar cimientos, estructura y seguridad. Esta conexión es fundamental para darle significado a la vida.
Cuando el ego sufre inflación, adquiere un tamaño y una importancia irreal. El ego se apropia de material del Sí mismo, identificándose con él, por lo cual queda artificialmente expandido. En otras palabras, el ego cree ser más de lo que realmente es. Se manifiesta con demasiada arrogancia, demasiado poder, o bien, con excesivo sentimiento de culpa, demasiado sufrimiento.
Los sentimientos de vacío interior corresponden a un estado de alienación de ego. Cuando esto sucede,  el ego ha perdido contacto con el Sí mismo, por eso los sentimientos se relacionan con la desolación y el abandono. El ego se separa de su fuente original. Esta condición puede llevarla hasta la muerte.

En la etapa de adolescencia suele agudizarse la alienación del ego. El joven está afirmando su identidad y elaborando su desprendimiento de la familia. Este proceso incluye necesariamente experiencias de separación ego-sí mismo.
Otra etapa en que se agudiza la alienación es durante la crisis de la mitad de la vida. En esta etapa se pierde el significado que hasta ese momento han tenido las principales motivaciones. Lo que en un principio fue ambición ahora se ha convertido en obligación, y aparecen nuevos significados.
El ciclo de inflación-alienación es fundamental para el desarrollo psicológico. Cuando se interrumpe el ciclo se intensifican las manifestaciones. Siempre que alguien sufre de alienación y desesperación intolerables, la violencia se hace presente. En casos extremos puede traducirse en asesinato o suicidio. En la raíz de cualquier forma de violencia subyace la experiencia de alienación.
El ciclo natural alienación-inflación, se convierte en el ciclo alienación - violencia-inflación, cuando se interrumpe su flujo. Se produce un corto circuito que genera cambios repentinos entre una fase y otra

martes, 13 de febrero de 2018

La Relación de Pareja, parte 7


EL ESPACIO INTERACCIONAL ENTRE EL ANIMA Y EL ANIMUS 

La finalidad de la pareja como tal, como hemos dicho, es la integración de los principios femenino y masculino. Dentro de cada hombre existe el reflejo de una mujer y, dentro de cada mujer, el reflejo de un hombre. Solamente la unión de los dos principios constituye un humano completo. La unión se realiza en cada hombre o mujer,  dentro de sí mismos a través de la intercomunión entre un hombre y una mujer.
Jung denominó a los opuestos en hombre y mujer como el anima y   el animus.
El anima es el componente femenino en la personalidad del hombre y el animus es componente masculino en la personalidad de la mujer.
Para diferenciar entre lo masculino y lo femenino quizá sea más claro hablar en términos de imágenes. La energía psíquica fluye entre dos polos, como la electricidad fluye entre un polo positivo y uno negativo. En la antigua China, Yang significa bandera ondeando al sol, representando al cielo, a lo creativo. Por otro lado, Yin es representado por la Tierra, lo húmedo, lo receptivo. Representan dos polos espirituales a través a de los cuales la vida fluye.
La sombra de nuestra personalidad es frecuentemente algo obvio para los demás, y desconocido para nosotros. Mucho más ocultos son los componentes masculino y femenino interiores. Por esa razón Jung denominó a la integración de la sombra, the apprentice-piece, y a la integración del anima y el aminus, the master-piece.

El anima es una forma arquetípica que refleja el hecho de que el hombre tiene una minoría de genes femeninos. Lo mismo se puede decir del animus, refleja el hecho de que la mujer tiene una minoría de genes masculinos. Cada sexo contiene al otro. Jung afirma textualmente lo siguiente:
El anima es causa de caprichos ilógicos; el animus suscita irritantes trivialidades y opiniones insensatas ... de ordinario personifican a lo inconsciente. Dado que no son sino personalidades parciales, tienen el carácter de un hombre inferior...

El hombre hállase sujeto a caprichos imprevistos, en tanto la mujer tórnase porfiada y sus opiniones eluden lo esencial.
El anima está detrás de los estados de animo del hombre. Sus resentimientos siempre son un signo del anima. La influencia del anima puede verse en sarcasmos, pullas, irrelevancias; como una mujer herida. Será emocionalmente como un niño. Como el niño que teme el enojo de su madre.
El animus es el emisor de las opiniones de la mujer. Representa la lógica masculina. Las opiniones de animus suelen provocar un particular efecto irritante en otras personas. El animus de una madre es capaz de aplastar los signos de masculinidad en el hijo.

Anima y animus se provocan mutuamente. La relación de pareja es conducida por estas figuras del inconsciente. En el fondo él expresa inconformidad por ser élla tan poco femenina, tan fría y dura; y ella expresa su profundo desprecio hacia él que es tan demandante emocionalmente y tan poco hombre.
Nada distorsiona más el sentimiento entre las personas que el anima y el animus. Su correcta posición es en el interior, como función de relación entre el consciente y el inconsciente, no como función de relación con otras personas. Cuando ocupan su correcta posición, facilitan el contacto con los contenidos del inconsciente, con el Sí mismo.
Jung decía que el anima es una vida detrás de la conciencia... De la cual surge la conciencia... El ego y sus fantasías nunca fueron fundamentalmente la conciencia. La conciencia se refiere más al proceso de hacer con imágenes, de reflexiones más que de control, de meditación interior, más que de manipulación de la realidad objetiva. La compulsiva carrera por conseguir logros relacionados con el mundo exterior, aleja a las personas de la posibilidad del descubrimiento interior.

Si un hombre es capaz de expresar sus sentimientos honesta y claramente y en su justa medida, dirá lo que acontece sin crear una atmósfera negativa, llegará a ser una persona más desarrollada.
Una mujer puede aprender a valorar lo que es realmente importante para ella. Valorar sus sentimientos femeninos y no permitir al animus robarle su autovaloración.
La llave para tratar estas figuras interiores es relacionalidad. Si los productos del anima y animus son asimilados, digeridos e integrados, tienen un efecto benéfico en crecimiento y desarrollo de la psique.

La tendencia del anima a poseer al hombre es proporcional a su fracaso para reconocer y respetar valores femeninos. Un antídoto contra la posesión de un demonio es tener un alma con un espíritu más poderoso.

EL ANIMA Y LA RELACIÓN CON LA MUJER

El hombre llega a la mitad de su vida bajo el predominio del anima. Pero una gran insatisfacción le puede producir el impulso de ensanchar su vida. Busca compulsivamente respuestas, ensaya distintas experiencias. Puede desear la separación, tener una amante, viajar solo, intensificar su vida social, cambiar de residencia, etcétera. Todo esto orientado a lograr la liberación de la madre.
La liberación externa no significa necesariamente la liberación interna. Lo que requieren muchos hombres que viven bajo el poder del anima, es liberarse de ella. En su relación de pareja, esto significa independizarse de su mujer, lo cual  no quiere decir divorciarse de ella.
Un hombre liberado del poder del anima se podrá enriquecer espiritualmente a partir de ella. En la relación de pareja,  toda la gran inversión de energía que usaba para defenderse del control de su mujer, puesto que ya no es controlable por ella, ahora puede emplearla a favor. Ahora puede relacionarse objetivamente. Le entregará su vida porque así lo desea, y no por una atadura emocional que le resulta asfixiante.

Así, para la mayoría de los hombres, la mujer es dos cosas; madre y compañera sexual. De esta manera, en su relación de pareja, espera la satisfacción de sus necesidades de hijo y también sexuales. Mientras satisface ambos experimenta  una suerte de equilibrio. El desequilibrio se produce en aquellos casos en que la esposa-madre pierde, ante los ojos del hombre, cualidades como compañera sexual. Se desarrolla entonces un complejo descrito más adelante bajo el título de El hombre niño y la diosa. El desequilibrio puede venir también a la inversa: el hombre se cruza con una mujer que despierte solo el instinto sexual. Este caso se describe más adelante bajo el título La doble anima.
Una relación de pareja conflictiva obliga a este hombre a evocar constantemente al niño interior. En el plano emocional es como un niño temeroso de las reacciones de su madre. En su defensa utiliza armas de adulto pero las maneja con la inmadurez de un niño. Entonces puede llegar a decir cosas y tomar decisiones de las cuales en el futuro se arrepiente.

Las manifestaciones sexuales no escapan de esta dinámica. El hombre no quiere provocar el juicio moral de su esposa como el niño esconde su erotismo y distracciones pornográficas, de la vista de la madre. Es así que una gran cantidad de hombres pierden a su esposa como objeto sexual. Disminuye o desaparece en ellos el deseo y respuesta sexual.

Tras el conflicto, surge el niño y frente al niño, la madre terrible. Ante esa madre, el hijo esconde los aspectos más reprobables de su vida, a criterio de ella, por supuesto: lo inadecuado, lo indebido, lo indecente y lo inmoral. No es extraño entonces, que todo aquello relacionado con juegos carnales caiga en esta categoría. La mujer es cada vez menos la compañera sexual. Sin embargo, la pulsión no desaparece. La porción no proyectada en la esposa vive en el mundo interior. Desde el inconsciente, actúa como una fuente de sueños y fantasías con el fin de manifestarse. Algunas infidelidades, por ejemplo, tienen el significado de una fantasía materializada. Por ser la fantasía un contenido inconsciente, la relación extramarital tiene características de lo inconsciente: es misteriosa, magnética, peligrosa, fascinante, excitante, amenazante, oculta y evita la luz.

El hombre niño y la diosa

Un símbolo que representa la unión entre un hombre que aún no se ha liberado del complejo materno y una mujer, es el mito de Attis y la diosa Cibeles. La mitología cuenta que Attis fue un pastor de Frigia a quien amó Cibeles. Luego la diosa le encomendó su culto imponiéndole la castidad, pero Attis, amó a la ninfa Zangarilla y la diosa lo castigó inspirándole tal frenesí que se castró a sí mismo. Después, sus sucesores, sacerdotes del culto de Cibeles, debían también mutilarse para asegurar el cumplimiento del voto de castidad.
A este respecto Jung dice lo siguiente: Los efectos del complejo materno sobre el hijo, están representados por la ideología del tipo Cibeles-Attis: locura, autocastración y muerte temprana.

En efecto, Attis representa el complejo de castración en el hombre ante el poder de la mujer. Todo hombre que ve en la mujer a una diosa, necesitará de la automutilación con el fin de preservar en ella la calidad de diosa. Este sistema de relación muchas veces es mantenido mediante la culpa. Cibeles induce sentimientos de culpa en Attis a consecuencia de su deslealtad, y Attis se infringe a sí mismo un castigo supremo en proporción a su sentimiento de culpa.
Muchos hombres mutilan en su propia psique conductas como la audacia y la agresividad. La fuente de productividad y de poder para estos hombres radica en la mujer. Cibeles simboliza la energía encerrada en la Tierra. Attis se mutila a sí mismo en favor de la diosa madre, como los hombres infringen es sí mismos la castración en favor de la mujer-diosa, a la cual adoran.

Muchos son los hombres en esta época que mantienen relaciones de dependencia hacia la mujer, en interacciones que virtualmente corresponden a las de madre-hijo en  versión de adultos. Estos hombres rinden culto a sus mujeres a la vez que cargan fuertes resentimientos hacia ellas. Estos hombres pasan la vida en una guerra con sus esposas, la cual es el reflejo de su gran conflicto interno. Attis queda aprisionado en el polo de la obediencia, aceptando la castración. Esta es la condición  necesaria para mantener intacta a la diosa. 
A un hombre le son accesibles ciertas experiencias profundas, únicamente si se encuentra en buenos términos con el anima. Investir al anima de un gran poder, tal como le ocurrió a Attis, coloca en los ojos del hombre una venda que le impide advertir el portal que conduce al vasto reino del espíritu.
Decir que un hombre está poseído por el anima es muy distinto a decir que el anima se abre paso en la conciencia. El nacimiento de Atenea del interior de la cabeza de Zeus, es un símbolo del nacimiento del anima en la conciencia del hombre.

La doble anima

Sin duda, una de las grandes representaciones simbólicas de este arquetipo está contenida en el poema homérico de La Odisea. Cuenta las aventuras de Ulises, uno de los héroes que participaron en la conquista de Troya.
La aspiración de Ulises es regresar a su patria, para reunirse con su esposa Penélope y su hijo Telémaco. El relato cuenta las múltiples vicisitudes que debió afrontar el héroe antes de ver cumplido su deseo. Logra superar con prudencia y astucia situaciones peligrosas y vencer a personajes fabulosos, entre ellos figuras femeninas. El pasaje de las sirenas simboliza ese aspecto peligroso del anima.
Circe tomó de la mano a Ulises y le dijo: Oye lo que voy a decirte. Llegarás primero a las sirenas, que encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquel que imprudentemente se acerca y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa y a sus hijos, pues ellas lo hechizan con su sonoro canto. Tú pasa de largo y tapa las orejas a tus compañeros con cera blanda; pero si tu deseas oírlas, haz que te aten de pies y manos a la embarcación. Así podrás deleitarte escuchando a las sirenas, sin correr peligro.

Si se compara la vida con un viaje, las sirenas representan las emboscadas, nacidas de los deseos y de las pasiones. Es preciso aferrarse como Ulises, a la firme realidad del mástil, que es el eje vital del espíritu, para huir de las ilusiones de la pasión.

Los hechos demuestran que un hombre que se enfrenta con este aspecto del anima, puede sufrir un cambio de orientación en su vida y con ello, pérdidas significativas. No son pocos los casos en que, bajo la seducción peligrosa del anima encarnada en una mujer, el hombre pierde el sentido de responsabilidad y abandona mujer e hijos. Es necesario aplicar la fuerza y el valor del arquetipo del héroe, potencialmente existente en la psique de todo hombre, con el fin de enfrentar este aspecto del anima sin quedar reducido a un montón de huesos...
Existe en el mundo interno individual, una esencia, una realidad invisible. En la mayoría de las personas, las fuerzas arquetípicas de lo masculino y lo femenino existen separadas, divorciadas una de la otra. El individuo lleva entonces una vida fragmentada. Cuando se produce la iluminación y la integración de una conciencia andrógina, es una nueva manera de contemplar el mundo que corresponde a un nivel superior de conciencia.

EL ANIMUS Y LA RELACIÓN CON EL HOMBRE

Si el hombre se queja del poder de la mujer, en las quejas de la mujer subyace una envidia hacia el sistema masculino. Es claro que en el proceso de evolución a través de la infancia, el arquetipo animus ha sido la pieza determinante. En la primera parte del proceso, la madre es paulatinamente separada de la imagen arquetípica y a la vez, la niña acata los sentimientos e instintos del inconsciente, es decir, del arquetipo madre y los incorpora a su personalidad.
Cabe aclarar que los efectos del complejo materno son diferentes según se trate del hijo o de la hija. Provoca en la hija una incremento o por el contrario, una parálisis de lo femenino.  En especial el instinto materno y hacia el desarrollo de Eros.
Jung teoriza: (El animus) adquiere vida cuando la conciencia se niega a acatar los sentimientos e instintos sugeridos por lo inconsciente: en lugar de amor y caridad aparece virilidad, agresividad, autoafirmación obstinada. Poder en vez de Amor. El animus no es un verdadero hombre, sino un héroe infantil, algo histérico cuya armadura presenta grietas a través de las cuales asoma el anhelo de ser amado.

Por otro lado, el padre es asimilado a la parte masculina, por lo tanto, es idealizado y engrandecido. La niña se siente atraída por el padre y mediante esta relación fortalece su ego. El animus se forma de la resistencia a constelar el elemento femenino en la personalidad de la mujer.
Si la niña aprende a darle más valoración al principio masculino, se va produciendo una concentración de partículas masculinas que van conformando un cuerpo diferenciado y sólido sustraído del arquetipo madre, rechazando la constelación de elementos femeninos.
Metafóricamente, imagino el ego de la mujer como un durazno. Con una gran capa de cuerpo carnoso(elemento femenino) y un centro duro (elemento masculino). Si ha crecido negándose a acatar los sentimientos e instintos de lo inconsciente será como un durazno con pobre cuerpo canoso.
La mujer hace lo mismo que los hombres. Desarrolla una gran sensibilidad para otorgar valor al principio masculino y para restar valor al principio femenino.
Esta condición se ve reflejada en las proyecciones: se irrita por la prioridad que la sociedad otorga al hombre en ciertas esferas de la vida y se siente tomada como objeto cuando se le ve solo como a una mujer.

Si el hombre no es capaz de representar al héroe que la mujer lleva dentro, será severamente castigado por ella, mediante exigencias, juicios, menosprecio, rechazos,  etcétera.
La mujer tiene entonces la expectativa de que su hombre realice hechos heroicos. Debe vencer al dragón, que es una representación simbólica del tabú del incesto. La tarea del héroe consiste en enfrentar al padre castrante o bien, enfrentar a la madre devoradora, representados por el dragón.
El héroe vence esa resistencia para volver triunfante, a fundar su propio reino.
La respuesta al reto de realizar hazañas de héroe, da al hombre la posibilidad de afirmar su masculinidad, de integrar su sombra y de prepararse para etapas posteriores de su desarrollo; y da a la mujer la posibilidad de equilibrar su personalidad.

Para este héroe, el primer dragón a vencer está encarnado por su propia mujer. Ella induce el despertar del héroe en el hombre y a la vez representa el obstáculo que debe superar.
Si el hombre en quien la mujer proyecta su animus, no se convierte en héroe, entonces ella no tiene otra salida que actuarlo. Ello significa alta constelación de animus y estimular las características que ya han sido descritas.