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martes, 13 de marzo de 2018

El Arte de Amar (fragmento)


EL ARTE DE AMAR (fragmento)


Para Erich Fromm, todos los intentos de amar están condenados al fracaso, a menos que procuremos, del modo más activo, desarrollar nuestra personalidad total, es decir,  alcanzar una orientación productiva. (o espiritual).
Después apunta que:  la satisfacción en el amor individual, no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina. (es decir, sin un trabajo interior). 
La dificultad de la empresa no debe ser causa de que no se investigue. ¿Por qué  si todos buscamos amor, tanto fracasamos?
¿Es el Amor un Arte?. ¿Hay que batallar para aprender a amar? O es el amor una experiencia placentera, cuya experiencia es cuestión de azar, algo con lo que se tropieza si hay suerte?

Casi todos piensan que no hay nada que aprender en el amor.
Muchos  creen que el problema consiste en conseguir el objeto, y no en desarrollar una facultad. La gente cree que amar es sencillo y lo difícil es encontrar un objeto apropiado para amar. Tal actitud puede compararse con la de un hombre que quiere pintar, pero que en lugar de aprender el arte, sostiene que debe esperar el objeto adecuado, y que pintará maravillosamente bien cuando lo encuentre.
Por otro lado, nuestra cultura contemporánea está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. Una mujer o un hombre atractivos son los premios que se quieren conseguir. Quiero hacer un buen negocio. Dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado.
Como todos queremos que se nos ame buscamos el éxito, el poder y las riquezas. Las mujeres buscan ser atractivas, en suma; perseguimos popularidad y sex appeal.

Otra causa de lo exiguo del amor en nuestra sociedad, es que muchos confunden la experiencia  inicial de enamorarse, con la de permanecer enamorados. Dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez su carácter milagroso, hasta que su antagonismo, sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por matar lo que pueda quedar de la excitación inicial. No obstante, al principio no saben todo esto: en realidad ,consideran la intensidad del apasionamiento, ese estar locos el uno por el otro como una prueba de la intensidad de su amor, cuando solo muestra el grado de su soledad anterior.

Prácticamente, no existe ningún otra actividad que se inicie con tan tremenda esperanza, y no obstante fracase tan a menudo como el amor. Para superar esta frustración debemos examinar las causas de tal desperfecto, y estudiar el significado del amor.
El primer paso a dar es tomar conciencia de que el amor es un arte, tal como es un arte el vivir.
No obstante el profundo anhelo de amor, casi todo lo demás tiene más importancia que el amor; éxito, prestigio, dinero, poder; dedicamos casi toda nuestra energía a descubrir la forma de alcanzar dichos objetivos, y muy poca a aprender el arte del amor.
Será acaso que el amor ,que solo beneficia al alma, pero que no proporciona ventajas en el sentido moderno, sea un lujo por el cual no conviene gastar muchas energías

El  Amor, la respuesta al problema de la existencia humana

Hay formas inmaduras de amor, que preferimos llamar unión simbiótica, y reservar el termino amor a una forma especifica de unión, una forma que ha sido la virtud ideal de todas las grandes religiones y sistemas filosóficos humanísticos en los cuatro mil años de historia occidental y oriental.
En la unión simbiótica, dos cuerpos son independientes, pero psicológicamente existe una dependencia. La forma pasiva de la unión simbiótica es la sumisión (masoquismo): la persona escapa del intolerable sentimiento de aislamiento convirtiéndose en parte de la otra persona, que la dirige y protege, pero carece de integridad, no ha nacido completamente.  Un mecanismo  similar a la idolatría.
La forma activa de la fusión simbiótica es la dominación (sadismo). La persona sádica quiere escapar de su soledad y de su sensación de estar aprisionada haciendo de otro individuo una parte de sí misma.
La persona sádica es tan dependiente de la sumisa como ésta de aquélla; ninguna de las dos puede vivir sin la otra.

En contraste con la unión simbiótica, el amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad.
El amor es un poder activo en el hombre; un poder que atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separatidad y no obstante le permite ser él mismo, mantener su integridad.
 El amor es la práctica de un poder humano que solo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una compulsión.

Puede describirse el carácter activo del amor afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir.
¿Qué es dar?. El malentendido más común consiste en suponer que dar significa renunciar a algo, sacrificarse. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero solo a cambio de recibir, para él, dar sin recibir significa una estafa.
Para el carácter productivo, dar constituye la más alta expresión de potencia. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.
En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. El avaro que se preocupa angustiosamente por la posible pérdida de algo es, desde el punto de vista psicológico, un hombre indigente, empobrecido, por mucho que posea.

Por tanto, la pobreza que sobrepasa un cierto límite puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no solo a causa del sufrimiento directo que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.
Pero la esfera más importante del dar es el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra?. Da de sí misma- da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza, de todas las manifestaciones de lo que esta vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona. No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha exquisita. Cuando se da verdaderamente, uno no puede dejar de recibir lo que se le da a cambio. El amor es un poder que produce amor; la impotencia es la incapacidad de producir amor.

La capacidad de amar como acto de dar, depende del desarrollo caracterológico de la persona. Presupone que la persona ha superado la dependencia, lo omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás, o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje para  confiar en su capacidad para alcanzar el logro de sus fines. En la misma medida en que carece de tales cualidades, tiene miedo de darse, y, por tanto, de amar.
Además del elemento de dar, el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas de amor. Esos elementos son: cuidado, responsabilidad,  respeto y conocimiento.

La necesidad básica de fundirse con otra persona para trascender de ese modo la prisión de la propia separatidad se vincula, de modo íntimo, con otro deseo específicamente humano, el de conocer el secreto del hombre. Nos conocemos y, a pesar de todos los esfuerzos que podamos realizar, no nos conocemos. Cuanto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos elude la meta del conocimiento.
Hay una manera, desesperada e inútil, de conocer ese secreto, es el poder absoluto sobre otra persona; el poder que le hace hacer lo que queremos, sentir lo que queremos, pensar lo que queremos; que la transforma en una cosa. Reside ahí una motivación esencial de la crueldad y la destructividad humanas.

El mejor camino para conocer el secreto es el amor. El amor es la penetración activa en la otra persona, en la que la unión satisface mi deseo de conocer. Conozco de la única manera en que el conocimiento de lo que está vivo le es posible al hombre -por la experiencia de la unión- no mediante algún conocimiento proporcionado por nuestro pensamiento. El sadismo está motivado por el deseo de conocer el secreto, sin embargo, permanezco tan ignorante como antes. El amor es la única forma de conocimiento  que, en el acto de unión, satisface mi búsqueda. Me encuentro a mi mismo, me descubro, nos descubrimos ambos, conozco al hombre. Ese acto trasciende el pensamiento, trasciende las palabras. Es una zambullida temeraria en la experiencia de la unión. Sin embargo, hay que anotar que el conocimiento psicológico es necesario para el pleno conocimiento en el acto de amar.

El problema de conocer al hombre es paralelo al problema religioso de conocer a Dios. Queremos conocer a Dios por medio del pensamiento. En el misticismo, se renuncia a la idea de conocer a Dios por medio del pensamiento y se le reemplaza por la experiencia de la unión con Dios.
Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes. Constituyen un síndrome de actitudes que se encuentran en la persona madura; que solo desea poseer lo que ha ganado con su trabajo, que ha renunciado a sus sueños narcisistas de omnisapiencia y omnipotencia, que ha adquirido humildad basada en esa fuerza interior que solo la genuina actividad productiva puede proporcionar.

Y aún por encima de la necesidad universal de unión, surge otra más específica y de orden biológico: el deseo de unión entre los polos masculino y femenino. La polarización sexual lleva al hombre a buscar la unión con el otro sexo. Tal polaridad existe también dentro de cada hombre y cada mujer. El hombre-y la mujer- solo logra su unión interior en la unión con su polaridad femenina o masculina. Esa polaridad es la base de toda creatividad.
Idéntica polaridad existe también en la naturaleza, no solo, como es notorio, en los animales y en las plantas, sino en la polaridad de dos funciones fundamentales, la de recibir y la de penetrar. Es la polaridad de la tierra y la lluvia, del río y el océano, de la noche y el día, de la obscuridad y la luz, de la materia y el espíritu.

El deseo sexual es una manifestación de la necesidad de amor y de unión. La atracción erótica no se expresa únicamente en la atracción sexual. Hay masculinidad y feminidad en el carácter tanto como en la función sexual. Puede definirse el carácter masculino diciendo que posee las cualidades de: penetración, conducción, actividad, disciplina y aventura; el carácter femenino, las cualidades de: receptividad, productividad, protección, realismo, resistencia, maternidad. (Siempre debe tenerse presente que en cada individuo se funden ambas características, pero con predominio de las correspondientes a su sexo).

Si los rasgos masculinos del carácter de un hombre están debilitados porque emocionalmente sigue siendo una criatura, es muy frecuente que trate de compensar esa falta acentuando exclusivamente su papel masculino en el sexo. El resultado es el Don Juan, que necesita demostrar sus proezas masculinas porque está inseguro de su masculinidad. Cuando la parálisis de la masculinidad es más intensa, el sadismo (el uso de la fuerza) se convierte en el principal -y perverso- substituto de la masculinidad. Si la sexualidad femenina está afectada, se transforma en masoquismo o posesividad.


Nunca el amante busca sin ser buscado por su amada.
Si la luz del amor ha penetrado en este corazón, sabe que también hay amor en aquél corazón.
Cuando el amor a dios agita tu corazón, también Dios tiene amor para ti.
Sin la otra mano, ningún ruido de palmoteo sale de la otra mano.
La sabiduría Divina es destino y su decreto nos hace amarnos el uno al otro.
Por eso esta ordenado que cada parte del mundo se una con su consorte.
El sabio dice: Cielo es hombre, y Tierra, mujer. Cuando la Tierra no tiene calor, el Cielo se lo manda; cuando pierde su frescor y su rocío, el Cielo se lo devuelve. El Cielo hace su ronda, como un marido que trabaja por su mujer.
Y la Tierra se ocupa del gobierno de su casa: cuida de los nacimientos y amamanta al que pare.
Mira a la Tierra y el Cielo, tienen inteligencia, pues hacen el trabajo de seres inteligentes.
Si estos dos no gustaran placer el uno por el otro, ¿por qué habrían de andar juntos como novios?
Sin la Tierra, ¿ despuntarían las flores? ¿Qué entonces producirían el calor y el agua del Cielo?
Así como Dios puso el deseo en el hombre y en la mujer para que el mundo fuera preservado por su unión.
Así cada parte de la existencia planteó el deseo de la otra parte.
Día y noche son enemigos afuera; pero sirven ambos único fin.
Cada uno ama al otro en aras de la perfección de su mutuo trabajo.
Sin la noche, la naturaleza del hombre no recibiría ganancia alguna y nada tendría entonces el día para gastar.                                                                     

  Rumi                                                           

















martes, 8 de noviembre de 2016

El Gozo, parte 23

Capítulo 6 (continuación)

Las personas se enamoran genuinamente y experimentan la alegría de la entrega en forma temporaria. No perdura porque era más necesidad que amor, pero esto no explica el hecho de que la persona enamorada lo viva como verdadero cariño. Yo podría explicarlo diciendo que el enamoramiento tiene un componente regresivo que proviene de la infancia, cuando ese amor era un compromiso cabal. La persona vuelve a experimentar el amor que una vez sintió por la madre o el padre, pero al hacerlo retrocede en una parte de su personalidad hasta llegar a ser un niño nuevamente. En este aspecto de su personalidad, busca el apoyo y el estimulo que entonces necesitaba. Así, si bien el sentimiento del amor es genuino, no proviene de una entrega al cuerpo y al self, sino del abandono de la posición adulta, que implica valerse por si mismo, solo, y asumir con responsabilidad los buenos sentimientos propios.

Creo que es responsabilidad del terapeuta confrontar al paciente con la verdad de su actitud, por supuesto, con un sentimiento de empatía, que lo ayude a comprender.

El varón está atrapado en una constelación edípica y se erige como un rival de su padre. Si se entrega de lleno al amor que siente por su madre, se arriesga a que ella se apodere de él y lo convierta en “el bebé de mamá”, apartándolo del padre. Si la rechaza, se arriesga a que se muestre hostil con él y le retire su amor y el apoyo que todavía necesita.

Cuando un hijo se erige como rival de su padre, se vuelve vulnerable a los celos y la ira de este ultimo. Comienza a temerle, porque siente que competir con él provoca su hostilidad. No competir implica perder el amor de su madre. El interés sexual de ésta por él alaba su ego y excita su cuerpo, y resulta muy difícil resistirse, pero ceder a la seducción y entregarse a la excitación lo conduciría a una relación sexual con su madre, perspectiva aterradora y peligrosa. Esto es lo que le sucedió a Edipo, quien ignorando su verdadera identidad, mató a su padre y se caso con su madre. Su sino fue trágico. Para evitar este peligro, el niño debe cortar todo deseo sexual por su madre y, como consecuencia, se siente psicológicamente castrado.

La inocencia perdida no se recobra, pero si se puede eliminar la culpa devolviendo a la autoexpresión su plenitud y libertad, incluso la expresión del deseo sexual.

La conciencia de uno mismo es una fuerza alienante, por cuanto lo obliga a uno a ser consciente de su separatividad. En el hogar uno era parte de la familia y encontró su identidad a partir de la posición que ocupaba en ese grupo. Esa identidad pierde relativamente significado en la escuela, donde el niño es uno más entre muchos. En este ámbito, entablará con uno o más de sus pares nuevos lazos, basados en el hecho de que comparten una situación común e intereses y sentimientos similares. Estos vínculos pueden ser muy fuertes, así como el sentimiento de amor entre dos niños. El niño todavía conserva el apego por su familia, pero este amor, si es sano, lo libera y sostiene en su proceder para entablar relaciones con sus pares. Si el niño está aferrado a su familia, no puede relacionarse con sus pares. Si se vio privado de amor en el hogar, se volverá dependiente e inseguro con sus nuevos amigos. Si lo hicieron sentirse especial en el hogar, competirá con sus nuevas relaciones y buscara dominarlas. En uno u otro caso, sus amistades no le ofrecerán la felicidad que anhela.

El amor en una relación sana y amistosa entre dos niños fortalece el sentido individual del self. Se diferencia del amor que siente el niño por el padre del sexo opuesto, en el cual, como hemos visto, hay una entrega del self. El sexo no está ausente en estas relaciones ya que es un hecho de la vida, pero su impulso se reduce en gran medida, de manera que el nuevo sentido consciente del self puede desarrollarse y alcanzar su madurez.

En los primeros tiempos de la teoría psicoanalítica, Freud postuló la existencia de dos instintos antitéticos que describió como el instinto de autopreservación o instinto egoico y el de preservación de la especie o instinto sexual. No se puede negar que estas dos fuerzas existen en la personalidad, no importan como se las describa. En un adulto, son fuerzas polares que representan una carga energética del cuerpo que palpita entre los polos superior e inferior, entre la cabeza con sus funciones egoicas y la pelvis con sus funciones sexuales. Como cualquier actividad pendular, en ningún extremo la carga puede ser mayor que en el otro. Así, en términos de la carga energética, el ego no puede ser mas fuerte que su contrapartida, la sexualidad.

Este principio parecería refutado por los individuos narcisistas, en quienes un egoísmo exagerado se asocia con una potencia sexual disminuida. Sin embargo, su grandiosidad no demuestra una verdadera fuerza del ego, todo lo contrario. La imagen del ego pomposo se agranda para compensar la impotencia sexual.
La verdadera fuerza del ego se manifiesta en la mirada, que es directa, sostenida y fuerte. Esta mirada proviene de una fuerte carga energética en los ojos y se corresponde con una carga similar en el segmento genital. Dicha equivalencia está expresada en un dicho popular “Ojos ardientes, cola caliente”. Los ojos brillantes también denotan un ego fuerte, que esta enraizado con el cuerpo y que proviene de los sentimientos de placer y gozo que experimenta la persona. Siempre se adivina cuando alguien esta enamorado por el brillo de sus ojos.

El amor adulto no es una entrega del self, sino una entrega al self.  El ego entrega su hegemonía sobre la personalidad al corazón, pero en esta entrega no se ve eliminado. Más bien se ve reforzado, porque sus raíces en el cuerpo se alimentan de la alegría que éste siente. Cuando decimos “(yo)te amo”, el “yo” se vuelve tan fuerte como el sentimiento de amor. Se puede decir que el amor maduro es una autoafirmación.

Es imposible tener una relación amorosa madura a menos que uno sea una persona madura, capaz de valerse por si mismo, solo, si fuera necesario, y de expresar los sentimientos libre y completamente. Este amor no es egoísta, porque la persona se comparte entera. Se centra en el self, pero esto hace que la relación sea apasionante, pues cada una de las partes es un individuo con un self único que comparte con su pareja. En tal relación, la gratificación sexual es mutuamente satisfactoria y agradable.

Este punto de vista va en contra de la famosa idea de que en el amor uno, debe estar siempre dispuesto para el otro. Esto conduce a que ambos se sirvan en lugar de compartirse. Uno comparte con un igual, pero sirve a un superior. Estas relaciones amorosas pierden pronto la excitación y la parte que es servida termina buscando fuera la pasión amorosa que le falta en su matrimonio. Cuando esto ocurre, el cónyuge abandonado intenta con ahínco servir mejor, hacer que la relación funcione, ser lo que su pareja necesita.

La entrega no es algo que uno puede realizar por un acto de la voluntad, ya que requiere renunciar a ella. La voluntad es un mecanismo de supervivencia.
Así como uno se enamora, puede desenamorarse y eso ocurre muy a menudo, porque nos desilusionamos si la otra persona no puede satisfacemos. No nos damos cuenta de que nadie más que nosotros mismos puede satisfacernos y de que nuestra gratificación proviene de estar totalmente abiertos a nosotros mismos y a la vida. Cuando la flecha del amor atraviesa nuestra coraza y llega a nuestro corazón, nos abrimos a la vida y la alegría, pero no nos mantenemos abiertos.

Nuestro ego reafirma su poder con fuerza, cuestiona, desconfía y controla. Vemos la apertura como una brecha o herida en nuestra posición de defensa, que debemos cerrar o sanar. Enamorarse no es la respuesta, si lo es estar enamorado, es decir, estar abierto. Primero es necesario abrimos a nosotros mismos, a nuestros más profundos sentimientos, y para ello necesitamos estar libres de miedo, vergüenza o culpa.

El miedo socava la capacidad para entregarse al amor. No es un miedo racional, sino que se origina y cobra sentido solo en términos de la experiencia individual de la infancia. Sin embargo, seguirá siendo poderoso en tanto sigamos actuando como si nos encontráramos en la misma situación de la niñez.

La madurez es la etapa en la vida en la que uno se conoce y se acepta a si mismo. Conoce sus miedos, debilidades y maniobras, y los acepta. No creo que llegue alguna vez al punto en que se sienta completamente libre de los efectos traumáticos del pasado, pero ya no está pendiente de ellos. Aceptar no significa ser impotente. Debido a que los problemas están estructurados en el cuerpo en forma de tensiones crónicas, uno puede trabajar con el cuerpo para liberarlas. Los diferentes ejercicios bioenergéticos que empleamos en la terapia pueden practicarse en el hogar. Esto es posible si la persona ha trabajado con terapia bioenergética y sabe como aplicarlos. Aceptar también significa que uno pierde toda vergüenza acerca de sus dificultades o problemas.

La vergüenza se asemeja a la culpa en que restringe la libertad de ser uno mismo y de expresarse a si mismo. Todos nosotros, habitantes de países civilizados, sentimos cierta vergüenza de nuestro cuerpo y sus funciones animales, principalmente de la sexualidad, pero son pocos los pacientes que hablan de su vergüenza. Se sienten muy avergonzados de hablar de su vergüenza y, como son seres complicados, la niegan. La expresión de sí mismo no se limita a los sentimientos de tristeza y de rabia. La mayoría de las personas tienen algunos secretos oscuros que tienen vergüenza de revelar, y en ocasiones llegan incluso a esconderlos de sí mismos. Los miedos, la envidia, la aversión, las repulsiones y las atracciones, cuando se esconden por vergüenza, se convierten en importantes barreras que impiden entregarse al amor.

La culpa se diferencia de la vergüenza en que está relacionada con sentimientos y acciones mal vistos moralmente, en lugar de relacionarse con algo sucio o inferior. Pero la mayoría de las personas que vienen a la terapia hoy en día son sofisticadas desde un punto de vista psicológico y niegan todo sentimiento de culpa. Luego de ésta negación, uno no puede hablar de ello, lo cual le vuelve difícil liberarse de sus obsesiones. Se les hace creer a los niños que los sentimientos de ira y sexualidad, cuando se dirigen a los padres, son malos moralmente. El miedo se vincula tanto con la culpa como con la vergüenza.

La entrega al amor involucra la capacidad de compartirse enteramente con el otro. El amor no es una cuestión de dar sino de estar abierto; pero esa apertura tiene que iniciarse por uno mismo, para luego pasar al otro. Implica estar en contacto con los sentimientos mas profundos de uno y expresarlos en forma adecuada.



jueves, 18 de septiembre de 2014

El amor, el sexo y la salud del corazón, parte 4


 Amor y odio

Los niños tienen dos objetos del amor, la madre y el padre. En el amor de cada uno conocen el gozo que es posible cuando uno ama y es amado. Sin embargo, el gozo de la infancia no dura. En los niños que han sufrido malos tratos de sus padres, la dicha de la inocencia se ve violentamente destrozada. No obstante, aunque la realidad del amor se pierda o se destruya, el sueño permanece, pues sin él la vida sería algo desolado y vacío. Lo que da sentido a nuestras vidas es la esperanza de volver a poseer el paraíso.

Uno de los problemas con que nos encontramos al hablar del amor es que esta palabra describe dos sentimientos distintos, ambos originados en el corazón. Uno es al anhelo de proximidad que surge de la necesidad. El otro es el deseo de cercanía emergido de una plenitud de corazón. En el primer caso, el sentimiento de amor, aunque sea genuino, es infantil. Tiene un tono desesperado porque su objetivo es atar a la otra persona. Una vez que se ha creado el apego, la persona dependiente no puede soltarse. En cambio, el amor que brota de una plenitud de ser es maduro. No ata al amado, sino que lo deja libre.

Durante la terapia, un paciente puede decir “amo a mi madre”, aunque su historial contenga episodios de malos tratos. Después de una labor de análisis considerable, resulta por lo general, que el paciente está irritado por los malos tratos y alberga sentimientos de odio hacia su madre. La cólera y el odio han sido suprimidos por un sentimiento de culpabilidad. Sin embargo, el reconocimiento y la aceptación del sentimiento de odio hacia la madre no disipa todos los sentimientos de amor. En el corazón persiste cierto amor, puesto que la madre ha sido la dadora de vida y la fuente original de sensaciones positivas.

El bloqueo de la actitud amorosa 

El corazón es un músculo como cualquier otro; el que esté duro o blando depende de su estado de relajación. Un músculo blando puede no ser tan fuerte como uno más grande y duro en cuanto a su capacidad de trabajo, pero funciona mejor porque tiene mayor movilidad y poder contráctil y su respuesta es más rápida y más completa. Uno nunca diría que un bebé responde con poco entusiasmo. Un corazón joven y blando, capaz de una mayor excitación, experimenta un sentimiento de amor más intenso que un corazón más viejo o que otro que se ha enfriado y endurecido.

Pero, ¿cómo se enfría y se endurece un corazón? La respuesta reside en la  estrecha relación existente entre el amor y el odio. El odio puede describirse como un amor que se ha vuelo frío. El proceso no es rápido; para que el amor se hiele son necesarias repetidas decepciones.

Para comprender este proceso debemos empezar con el impulso que se encuentra en el corazón de la vida: el de salir de uno mismo para alcanzar algo. Si este gesto encuentra una respuesta negativa, la reacción es encolerizarse. Podemos ilustrar esta dinámica con la figura 3.



Si la expresión de cólera consigue reestablecer un estado de contacto amoroso, la excitación del sistema muscular se descarga. Sin embargo, cuando la expresión de cólera choca con una reacción hostil, la persona no tiene otro recurso que retirarse de la relación, pues esta respuesta es una negación de su derecho a luchar por la satisfacción de sus necesidades.
Esto no quiere decir que estemos obligados a consentir toda expresión de cólera de otro; pero si una relación es verdaderamente amorosa, no podemos negar al objeto de nuestro amor el derecho a irritarse. Por desgracia, los padres a menudo niegan este derecho al niño porque interpretan su expresión de cólera como un desafío a su autoridad. Introducir el poder o la  autoridad en una relación de amor es traicionarla. Un niño, al ser dependiente no puede retirarse de esta relación. Por tanto, permanece en ella, pero su amor acaba por transformarse en odio; es decir, el impulso de establecer contacto se hiela como un río en invierno.

La incapacidad para expresar la cólera deja los músculos en un estado de tensión y contracción. Con el tiempo se vuelven rígidos y duros. En el corazón puede haber amor todavía, pero el impulso de salir y alcanzar no puede atravesar la barrera de la musculatura rígida y contraída, por lo que la superficie permanece fría. Reconocemos este estado en la expresión “manos frías, corazón caliente”.

La dinámica que subyace al odio se muestra en la fig. 4.



El individuo no es consciente de esta dinámica, ni sabe que el odio que siente está relacionado con una traición al amor que sintió en el pasado. Asimismo, no comprende que parte de ese amor, por muy disminuido que esté, vive todavía en su corazón. El odio puede expulsarse y el amor reactivarse movilizando la cólera encerrada en los músculos tensos del cuerpo.
La tensión en los músculos de los brazos y parte superior de la espalda retiene la cólera que se expresaría mediante golpes. La tensión en los músculos de la mandíbula retiene una cólera que se expresaría mordiendo, impulso que muchos bebés y niños sienten como reacción contra un padre frustrante. Las piernas son otro lugar donde puede residir la cólera -la cólera que se podría haber descargado dando patadas a un padre que trataba con rudeza la parte inferior del cuerpo del niño al limpiarlo o al enseñarle a usar el retrete.

martes, 26 de junio de 2012

El Arte de Amar parte 2

En esta parte: Amar es fundamentalmente Dar. ¿Que es dar?,¿es mejor dar o recibir?. Además del elemento de Dar, el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos: cuidado,responsabilidad, respeto, conocimiento.https://www.dropbox.com/s/pge2x7t84mvc5lw/Amar%2C%20la%20respuesta%202.mp3