martes, 24 de abril de 2018

El Diablo, parte 6

 ¿CRUCIFICARON LOS DEMONIOS A CRISTO POR IGNORANCIA?

En la primera epístola de san Pablo a los corintios ( II,8 ), leemos una sorprendente noticia que merece ser meditada: Nosotros exponemos la sabiduría de Dios, misteriosa y oculta, que Dios desde la eternidad había destinado a nuestra gloria y que ninguno de los príncipes de este mundo ha conocido, porque, si la hubiesen conocido, no habrían crucificado al Señor de la Gloria.
En el lenguaje de San Pablo, los príncipes de este mundo son verdaderamente los demonios: éstos, pues, habrían hecho crucificar a Jesús; no lo habrían hecho crucificar, de haber conocido el secreto designio de Dios, anterior a los siglos.

Los demonios, antes de ser tales, fueron ángeles y sabemos que, a estos primeros seres, todo espíritu, fueron comunicados los más profundos misterios de la idea divina. Tanto es así, que según algunos, la rebelión de Satanás fue suscitada por los celos, cuando supo que había creado al hombre y que Dios habría de amar a esta criatura hasta el punto de transformarse en víctima para salvarla.
Pero los demonios, según San Pablo, no habían conocido ni podían conocer los misterios del mesianismo y de la encarnación y, solo a causa de esa ignorancia, habían hecho crucificar al hijo de María.

Pero si esto es verdad ¿no podría repetirse para los demonios la plegaria de Cristo mismo en el Calvario, Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen?
La ignorancia cuando es debida, como afirma el apóstol a propósito de los demonios, a la divina voluntad no puede ser pecado ni culpa. Más aún, ¿no podríamos llegar a la paradoja suprema de afirmar que el Diablo en la tragedia de la Pasión fue el único inocente?

LA REBELIÓN CONTRA SATANÁS

Según las escrituras el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Pero el espectáculo de la vida humana demuestra que aquella semejanza divina se ha ido borrando. Esta pérdida fue debido, según enseña la Iglesia, a la caída de Adán y de esta caída el principal autor fue Satanás.
El cristianismo, entendido en su verdadera misión,  debería insistir en la progresiva anulación de la semejanza con el Diablo, pero somos aún bastante más semejantes al rebelde que al Salvador.

Hasta los cristianos adoran, más o menos disimuladamente a otras divinidades (la materia, la idea, la ciencia, el sexo, el dinero...); toleran, amargan y mortifican a los padres, en vez de honrarlos; matan en la paz y en la guerra a sus enemigos; se apoderan por la fuerza o el engaño de los bienes ajenos; desean la mujer y las cosas de los otros; practican sin escrúpulos la fornicación y cosas peores.
Jesús enseñó que debemos amar a los enemigos y nosotros, en cambio, estamos pronto a odiar, o cuando menos a envidiar, a los mismos enemigos. Jesús enseñó también que no se haga a los otros lo que nosotros no quisiéramos que nos hicieran a nosotros. Pero seguimos la regla contraria y casi nunca damos a los demás lo que quisiéramos que nos dieran a nosotros.

El pecado satánico por excelencia es la soberbia. Nosotros vemos cada día a hombres que pretenden explicarnos el universo con cuatro conceptos y cuatro fórmulas; a hombres de escaso intelecto y de espíritu mediocre que se arrogan el derecho de dominar y guiar a pueblos y naciones y los conducen con desusada arrogancia a la esclavitud y exterminio. Si el Diablo es el orgullo, somos todos más o menos diabólicos.
También Satanás tiene sus mandamientos: aniquila en ti a Dios; mata a la mayor cantidad de vivientes que puedas, desahoga tu libido cuanto te sea posible, acumula todo el dinero que ambiciones. Y estos mandamientos, según vemos en los periódicos todas las mañanas, son puntualmente obedecidos por los grandes y los pequeños de la Tierra. Y esta obediencia hace la vida de todos más terrible.

Es necesario, pues, separarse de Satanás. Debemos, sin más tardanza, rebelarnos contra Satanás. Él no ha podido destruir del todo nuestra semejanza con Dios. Siempre hubo y hay aún, adversarios del enemigo: los santos y los sabios, si bien, cada vez más raros, y contadísimos los dispuestos a seguirlos.
¿De qué manera, pues, podemos emprender nuestra rebelión contra Satanás? Los métodos enseñados por los moralistas en el curso de los tiempos han demostrado ser poco eficaces, puesto que la imitación y la dominación del enemigo han ido siempre en aumento. La huída de las tentaciones se ha hecho en la vida de todos casi imposible; la misma oración que en otros siglos parecía arma eficaz, ha degenerado en un ejercicio meramente labial y por eso inoperante. Detestar al Diablo no basta.

La rebelión universal contra el Diablo lo reduciría a la impotencia y esto sería el complemento de nuestra redención. Pero, ¿es concebible y puede esperarse que los hombres conseguirán librarse de su inveterada obediencia a las leyes de Satanás?
Sin embargo -hasta para nuestra misma conservación sobre la Tierra-, parece improrrogable y urgente el fin de nuestra servidumbre al príncipe de este mundo.

Si los hombres no son capaces de hacerse angélicos es preciso, entonces, que Lucifer vuelva a ser ángel. Si los hombres son incapaces de una conversión total y efectiva no podemos contar más que con la conversión de Satanás.
Pero, tal conversión, ¿es posible? Él que es todo odio ¿podrá, por sí solo, hallar en sí un deseo de amor, principio de redención?. Y Dios, por otra parte, ¿querrá perdonar al primer rebelde, a aquél que indujo a lo ángeles y a los hombres a la rebelión? Su omnipotencia no tiene límites, Dios podría obtener esa conversión, pero una conversión impuesta desde lo alto estaría en pugna con la libertad concedida por Dios a sus criaturas.
Pero los hombres, que Dios mismo ha invitado a ser sus colaboradores en la redención, ¿podrán hacer algo por la redención de Satanás? Todos los días los cristianos se dirigen al Señor para pedirle que los libere del maligno y ninguno piensa que esa liberación no puede venir solamente de Dios. ¿Será acaso necesario que el cuerpo místico de Cristo se ofrezca como víctima para la salvación de Satanás y como consecuencia para la salvación de todos?

La más bella astucia del Diablo es la de persuadirnos de que él no existe



martes, 17 de abril de 2018

El Diablo, parte 5


JESÚS VIS A VIS CON EL DIABLO

Jesús fue tentado por el Diablo durante cuarenta días, o sea todo el tiempo que él estuvo en el desierto. ¿Cómo podemos entender estas tentaciones? ¿Fueron carnales o fueron espirituales? Jesús no quiso revelar su naturaleza y nosotros no podemos arriesgarnos -sin temor de caer en una irreverencia- a adivinarlas. Pero resulta una verdad evidente: Jesús no quiso rechazar al Diablo; Jesús toleró y soportó las repetidas tentaciones del enemigo y aceptó en la soledad una sola compañía: la del Diablo. Habría podido echar lejos de sí, con una sola palabra al tenaz tentador. No lo hizo, no quiso hacerlo. Esto demuestra que el no desdeñaba aquella compañía, que él no aborrecía la presencia del arcángel rebelde, que él condescendía a hablar con él, a escucharlo, a responderle.

Hay más, Jesús se había retirado al desierto con esa finalidad, para someterse a esa prueba. Lo afirma explícitamente el evangelista San Mateo: Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el Diablo (IV,1). De aquí podemos sacar una consecuencia que no han advertido los comentaristas. Jesús había recibido el bautismo y ya iba a comenzar su misión pública. Antes de dar principio a su obra de Maestro, era, empero, necesario que él fuese tentado por el Diablo. Esta tentación era, pues, una prueba a la cual el Redentor no podía substraerse. Era una condición y una preparación para su misión divina.

La tentación aparece como, según los evangelistas, una necesidad, una vela de armas antes de lanzarse a la conquista de las almas. El Diablo por eso es considerado uno de los personajes necesarios, aun en un sentido antagonista, de la tragedia de la pasión. Sus tentaciones son el preámbulo imprescindible de los futuros suplicios. Y bajo este aspecto, el Diablo aparece como un colaborador de Cristo.

LA PRIMERA TENTACIÓN DE JESÚS

La primera tentación que conocemos es la del pan. Y en aquellos días -dice Lucas- no comió nada; más acabados que fueron, tuvo hambre. Y el Diablo le dijo: Si tú eres el hijo de Dios di a esta piedra que se haga pan. (IV, 3-4)
Aquí Satanás demuestra tener un concepto  materialista de la divinidad, como si ésta consistiese esencialmente en el dominio sobre las cosas materiales visibles. Para las turbas hambrientas multiplicaría los panes como para los convidados de las bodas de Canaan transmutará el agua en vino. Pero se niega a dar esa satisfacción al Diablo. Y le responde con las famosas palabras: Está escrito: no solo de pan vive el hombre. Estas palabra se encuentran en el Deuteronomio ( VIII,3) El hombre no vive solo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios. El verdadero alimento del hombre es espiritual: su vida se mantiene por las palabras que salen de la boca de Dios, o sea,  la verdad. La réplica no podía ser más apropiada: el Diablo sumergido en la materia es padre de mentiras. Jesús le contrapone el espíritu y la verdad. La primera prueba es superada divinamente. El Diablo tiene que urdir otras insidias para llevar hasta el final su oficio.

LA SEGUNDA TENTACIÓN DE JESÚS

Entonces lo condujo a Jerusalén y lo subió a una almena del templo y le dijo: Si tú eres hijo de Dios, arrójate desde aquí, abajo, porque está escrito: Él ordenará a sus ángeles protegerte y ellos te sostendrán en alto para que no des con tus pies en ninguna piedra. (Lucas, IV, 9-11). En esta segunda tentación hay dos cosas notables. Si el Diablo condujo a Jesús con tanta rapidez a Jerusalén, debió habérselo llevado en vuelo: el Diablo, pues, poseía aún sus alas de arcángel.
La segunda es que el Diablo, para acomodarse al estilo de Jesús, cita las palabras de las escrituras. Él da prueba de conocer de memoria el texto sagrado, porque su cita es tomada textualmente de un salmo (XCI, 11-12).

Satanás sigue sin comprender, y como los groseros judíos, le pide una señal, otro milagro material. Pero Jesús, tampoco esta vez quiso acceder a aquella prueba ridícula y humillante y se conformó con contestar con otras palabras de las escrituras: No tentarás al Señor tu Dios, (Deuter, VI,16). Jesús confirma con estas palabras, su naturaleza divina, aplicándose a sí mismo las palabras que el Deuteronomio refiere a Jahveh. Nadie a mi juicio, ha notado que Cristo ha hecho la primera confesión de su propia divinidad al Diablo. Más tarde se lo dirá también a los hombres, pero no debemos olvidar que lo dijo, con las palabras mismas de Dios, al adversario que dudaba de él.

LA TERCERA TENTACIÓN DE JESÚS

La más reveladora de todas es la tercera tentación. El Diablo toma de nuevo en vuelo al anacoreta hambriento y lo transporta a la cumbre de un monte. Y el Diablo, llevándole a lo alto de un monte le mostró en un instante todos las reinos del mundo y le dijo: Yo te daré toda esta potestad y el esplendor de estos reinos, porque me han sido dados y yo los doy a quien quiero. Si tú, pues, te postergas delante de mi para adorarme, todo será tuyo. (Lucas, IV, 5-8)
Aquí se manifiesta el fondo más hondo  del ánimo de Satanás. Ya no es aquí un jactancioso o un usurpador: Dios le ha hecho de verdad príncipe de este mundo, y es verdad, que todos aquellos reinos esparcidos por el mundo son suyos. Si Jesús accede a prosternarse en acto de adoración, Satanás obtendría al fin su revancha. Renuncia al principado, pero para obtener la paridad con Dios.

También esta vez Jesús replica con una cita del Antiguo Testamento: Adora al Señor tu Dios y a Él solo rinde culto. (Deuteronomio, VIII, 13). Es una de las afirmaciones del monoteísmo judaico que se contrapone al dualismo iránico. El mismo Satanás no admitía ser un Dios al lado de otro Dios, sino que quería serlo solo, y el viejo Dios, desposeído, tendría que ser el primero en postrarse delante de él.
Después de esta tercera repulsa el Diablo dejó solo a Jesús. Aunque no para siempre. Habría de volver aún y a horas más propicias. Y el Diablo, cuando hubo acabado toda clase de tentaciones, se alejó de él por algún tiempo, hasta mejor ocasión. (Lucas, IV, 13).

martes, 10 de abril de 2018

El Diablo, parte 4


SATANÁS COMO AGENTE DE JAHVEH

Aún hoy se admite por la mayoría que Satanás, después de la rebelión y de la caída, ha sido relegado al abismo y nunca más ha sido admitido  a la presencia del Creador.
Pero la verdad es bien distinta. El libro de Job nos revela que aún después de la expulsión del Cielo fueron cordiales las relaciones entre el Señor y el insurgente. Recordemos:
Porque sucedió que un día, cuando los hijos de Dios (los ángeles) vinieron a presentarse delante de Jahveh, Satanás iba también en medio de ellos. Y Dios sin cuidarse de los otros, le dirigió en seguida la palabra al maldito. Y Jahveh dijo a Satanás: ¿De dónde vienes? Y Satanás respondió: De recorrer el mundo. Y Jahveh dijo a Satanás: ¿Y tú no has visto a mi siervo Job? Inútil referir el resto, porque todos conocen la proposición  de Satanás que quería poner a prueba al piadoso patriarca para hacerle renegar de Dios.

Son conocidos los detalles de lo que sucedió después. A nosotros nos basta ahora poner de relieve ciertas verdades que pueden deducirse del texto.
La primera es que Satanás, a pesar de su rebelión, podía mezclarse con los ángeles fieles y presentarse con ellos delante de Aquél que él había intentado destronar. Eso demuestra que Dios sentía aún cierta indulgencia paternal hacia Lucifer.
La segunda es que Satanás actuaba, en cierto sentido, como inspector fiscalizador de Dios en medio de los hombres y que Dios escuchaba con benignidad sus informes, sus juicios y sus acusaciones. Todo esto lo ha confirmado el profeta Zacarías, el cual vio al sumo sacerdote Joshua delante del ángel de Jahveh y Satanás que estaba a su derecha para acusarlo. El Diablo pues, es un agente de Dios, algo así como un investigador, como un acusador público.

El libro de Job nos presenta, pues, de un modo inesperado, las relaciones entre el Juez Supremo y el condenado rebelde. No hay que olvidar esto cuando se piense en un retorno posible de Lucifer a su primer estado de ángel perfectísimo.
Y las relaciones entre Cristo y Satanás fueron, como veremos, igualmente muy amigables.

EL DIABLO REVERSO DE DIOS

Dios es amor y Satanás es odio; Dios es creación permanente y Satanás es destrucción; Dios es luz y Satanás es tinieblas; Dios es promesa de eterna beatitud y Satanás es la puerta a la eterna condenación.
Pero esta oposición no es, como parece a simple vista, total. Dios es omnisapiente, pero Satanás no es del todo ignorante: Santo Tomás de Aquino ha limitado, pero reconocido la sapiencia del Diablo (Summa)
Dios es omnipotente pero el Diablo no es impotente del todo.
El Diablo, pues, no es totalmente lo opuesto del Creador; también el participa del ser, también él tiene un resto de poder y de ciencia que lo coloca por debajo de Dios, pero por encima de los hombres. El Creador le concedió como a las otras criaturas angélicas y humanas la libertad. Dios, aunque omnipotente, no pudo impedirle que usara de aquel modo terrible de la libertad que le había concedido: en aquel instante de la fatal decisión Satanás fue, en cierto modo, igual a Dios, porque Éste, aunque lo hubiese querido no habría podido oponerse a la libre decisión del rebelde.
Al menos por un instante, en el de su rebelión, la voluntad de Lucifer prevaleció sobre la potencia y el amor del Padre.

CRISTO Y SATANÁS

No terminan con las tentaciones las relaciones entre el Salvador del mundo y el príncipe de este mundo. Y vale la pena recordarlas porque demuestran que entre ellos no hubo aquella enemistad absoluta que imaginan todos los cristianos.
Cuando Jesús desembarcó en el país de los gadarenos un hombre extraño salió, desnudo, de una tumba y apenas lo vio vino a su encuentro. Estaba poseído, como dice Marcos, por un espíritu impuro o, como aparece en el evangelio de San Lucas, por muchos demonios que lo atormentaban. Se postró a los pies de Jesús, lanzó un grito y por su boca el Demonio dijo así: ¿Qué tengo yo que ver contigo, hijo del Dios Altísimo? Por Dios te conjuro que no me atormentes. (Mr. V.2-7). Jesús, como sabemos por lo que sigue del relato, no accedió a la imploración del Demonio y lo lanzó, con todos sus compañeros, del cuerpo de aquel desgraciado. Pero la palabra más significativa de todo el episodio está en aquella invocación del Demonio en la que llama a Jesús hijo del Dios Altísimo.

Los mismos apóstoles, en aquellos momentos no habían aún reconocido en Jesús al hijo de Dios: la primera proclamación abierta de la divinidad de Cristo fue hecha, pues, por la voz de un hijo del Diablo.
Cristo no pudo ser amigo de Satanás y antes dará a los discípulos el poder de hollar las serpientes y lanzar los demonios. Y aun así, Él no se muestra enemigo acérrimo del enemigo, bien que Satanás sea su adversario más pequeño. En Cristo, que es amor absoluto, puede haber desdén, pero nunca odio.

martes, 3 de abril de 2018

El Diablo, parte 3


¿QUIÉN ES EL VERDADERO RESPONSABLE DE LA CAÍDA DE SATANÁS?

¿Cuál fue la verdadera razón por la cual Lucifer, justamente Lucifer, fue trastornado por el terrible pecado de la soberbia?
Recurramos para no equivocarnos al príncipe de los teólogos católicos, a Santo Tomás. El gran doctor explica: Dios creó en Lucifer al más alto y al más perfecto de sus ángeles. Dante, llama a Lucifer: aquel que fue creado más noble que ninguna otra criatura. Tal superioridad de Lucifer está admitida por casi todos los teólogos. Y precisamente esta superioridad -querida por Dios- fue la causa primera de su soberbia y de su ruina.

Dios creó a Lucifer más alto que a todos los otros, pero quién está más alto está también más sujeto a la soberbia. Él dio a su ángel predilecto, como a todos los ángeles y a todos los hombres, el don inestimable del libre albedrío, pero este don -Él no podía ignorarlo- daría a Lucifer la posibilidad de pecar y caer. La superioridad fue el móvil de la soberbia; la libertad fue la condición que hizo posible la caída.

Dios, autor del universo, ha creado un mundo en el cual el pecado es posible, la rebelión es posible, el mal es posible y posible es la perdición. Lucifer no ha creado el mundo y no se ha creado a sí mismo y no es, pues, culpa suya si el orden del mundo, establecido por Dios, permite y tolera el pecado. Dios ha creado a sus criaturas de un modo dado, las ha puesto en una realidad creada por Él donde todo es posible y, por eso, en Él está la causa y principio de todas las cosas por admirables o terribles que sean.
Si los razonamientos de Santo Tomás son exactos y ortodoxos, ¿es justo atribuir toda la culpa a Satanás?

LA CAÍDA DE SATANÁS Y EL DOLOR DE DIOS

Si Dios es amor, debe ser necesariamente también dolor. Si amor es comunión perfecta entre el amado y el amante, de ahí se desprende que toda pena y desventura del amado entenebrezca y envenene el alma del amante. Si Dios ama a sus criaturas como un Padre ama a sus hijos, debe sufrir por la infelicidad de los seres que con su poder sacó de la nada.
Nosotros no pensamos lo bastante en ese dolor infinito, no tenemos piedad alguna de ese tormento. Nosotros pedimos dones, ayudas, perdón, pero nadie participa con la ternura de un solidario afecto por la angustia de Dios.

La vida de Dios, como la del hombre, es tragedia. La Creación, nacida de su voluntad amorosa, fue causa a menudo de perdición. Él deseaba exaltar a las criaturas hasta aquellas cimas donde el no ser puede alcanzar el ser y tuvo que asistir a las renuncias, a las rebeliones, a las deserciones y a las caídas. Había creado un ángel más perfecto que los otros y aquel ángel cayó. Había creado en el Edén de la Tierra un ser maravilloso, modelado con sus propias manos, animado por su propio aliento, dotado de una consciencia y una ciencia y también el hombre cayó. A uno y a otro no había podido negarles el privilegio de la libertad, distintivo de su semejanza, pero ambas criaturas usaron de la libertad para romper y negar tal semejanza.  De pensar en esto cabe preguntar: ¿es que ha habido nunca en el universo tragedia más espantosa que esta dialéctica de la libertad?

Todos han encontrado sumamente justa la condena de Satanás. Pero hasta ahora ¿ha habido nadie que haya pensado que esta condena ha sido al mismo tiempo condena de Dios al dolor? El castigo de Lucifer se convirtió en seguida, en distinta forma, en el castigo de Dios.
Lucifer fue condenado justamente a la pena más atroz: a la de no poder amar. Dios está condenado a una pena casi tan cruel: ama sin ser amado, sufre con el solo pensamiento de aquella tortura.
Pensad, Dios, forzado por su justicia, puede condenar, pero no odiar. El amor, hasta en el hombre, lleva en sus impulsos más sublimes a amar al que sufre, aunque sea por su propia culpa. Tal vez Él ama a Lucifer ahora más que cuando era feliz entre los felices. Dios ama sabiendo que no puede ser correspondido. Dios sufre porque ama también a aquel que está condenado a no amar.

Él no puede por sí mismo restituirlo a su primer estado; no puede salvarlo sin la voluntaria cooperación. Ni Lucifer puede redimirse por sí solo. Le bastaría un único y puro impulso de amor para alzar nuevamente el vuelo y reaparecer esplendente de fulgor a la cabeza de los tronos. Pero su condena consiste precisamente en ser incapaz de ese impulso. Es necesario que alguien le tienda la mano y reavive su espíritu y éste alguien no puede ser Dios. Pero este alguien que en el lenguaje humano se llama hombre, no sabe o no recuerda o no quiere. Debía ser el salvador de Satanás y se ha convertido en su siervo, o sea, en el que lo ayuda a permanecer en el fondo sin fondo de la soledad.
Tal vez una de las razones que indujeron a Dios a crear al hombre, después de la caída de Lucifer, fue la esperanza de la redención de Satanás. El hombre, hecho de barro, pero de naturaleza casi angélica, habría sido el intermediario entre Dios y el gran ángel negro. Cuando Satanás se acercó a la nueva criatura, el hombre habría podido hacer lo que Dios no pudo hacer: tentarlo a su vez, reconducirlo a su primer destino con el ejemplo de su inocencia, de su obediencia y su humildad. Adán debió ser el pretexto para su retorno a la gloria. Así lo esperaba Aquél, que es amor ilimitado y que, sin embargo, fue tan pronto desilusionado y traicionado.
Adán prefirió obedecer a Satanás: el intermediario se hizo esclavo, cómplice y víctima. El desterrado expulsado del Edén prorrogó el exilio del fulminado.

Dios creó al hombre por amor y aún hoy, a pesar de todo, ama a los hombres. La infelicidad del hombre se refleja multiplicada en la infelicidad de Dios. Él, que todo lo sabe, sufre por aquellos que sufren. Y sufre atrozmente, viendo cómo aquellos mismos que lo invocan con la boca le reniegan en el alma y con la vida. Se parece a un artífice que viese deshacerse o alterarse sus obras más admirables, las más queridas de su corazón. Su amor parece que tenga los mismos efectos del rayo. Las torres que Él levantó son las primeras en desplomarse. La supremacía se vuelve una fatalidad de maldición.

Lucifer no puede hacer nada por aliviar el dolor divino. Pero el hombre puede hacer aún algo. No está excluida de los hombres la capacidad de la caridad. Nosotros podemos amar a Dios, no solamente por su amor sino también por piedad a su pasión, por compasión a su tortura sobrenatural. Y podemos hacer aún más, con tal que se sepa y se quiera.
A los redimidos, cuando de veras hayan sido todos redimidos, les espera iniciar una segunda y por ahora inimaginable redención. El dolor de Dios es el último misterio de nuestra fe, y tal vez su solución, remota o no, esté confiada a nosotros, solamente a nosotros. 

LOS DOS TENTADORES

Se ha reputado al Diablo como el tentador por antonomasia. Si el oficio de Dios, según Heine, es el de perdonar, el de Satanás es el de tentar.
Pero, ¿es él solo el único encargado de poner a prueba la debilidad humana? ¿No será él, también en este arte, un remedo de Dios?
El Paraíso nos ofrece, ya desde el principio, un cúmulo de tentaciones. Hay dos árboles que son los más apetecibles de todos: el árbol del conocimiento y el árbol de la vida. Pero precisamente estos árboles, han sido prohibidos a la primera pareja humana. ¿No se parece esta doble prohibición una verdadera tentación? Si Dios no quería que Adán y Eva adquiriesen el conocimiento y la inmortalidad, ¿por qué puso aquellos árboles en el Paraíso y al hombre tan cerca de ellos?

El hombre y la mujer, en efecto, no supieron resistir al deseo de aquellos frutos y cayeron miserablemente. La tentación, cierto es, fue obra de Satanás, pero, ¿es posible que la antigua serpiente pudiese penetrar en el Edén y dirigirse a la pareja a hurtadillas y contra la voluntad del dueño?
Aquí Dios se nos aparece, ya desde el primer momento de la vida humana, como un tentador. Y este atributo suyo está confirmado en la plegaria del Padrenuestro: No nos induzcas en tentación y líbranos del mal. Es a Él a quien debemos pedir que no induzca en tentación: Dios mismo se reconoce como tentador. Él puede exponernos, Él puede permitir nuestra derrota.
La oración dominical se cierra con dos imploraciones: que Dios no nos induzca en la tentación y que nos libre de las tentaciones del Demonio. Los tentadores pues, parece que son dos.
Queda, sin embargo, el enigma de la naturaleza de esas posibles tentaciones divinas. ¿Se alude acaso, a las tentaciones que tienen su raíz en nuestra misma naturaleza que, en definitiva, es obra de Dios? ¿Es la petición de una fuerza más poderosa de resistencia a las tentaciones diabólicas?
El misterio de la tentación de Dios va unido, a mi juicio, a los otros misterios en torno de lo cuales se fatiga en vano desde hace siglos la teología cristiana.

martes, 27 de marzo de 2018

El Diablo, parte 2


¿EL DIABLO ES HIJO DEL HOMBRE?

En uno de sus cuentos Máximo Gorki hace hablar al viejo Stefan Ilich en estos términos:  El Diablo no existe. El Diablo es una invención de nuestra razón maligna. Lo han inventado los hombres para justificar sus torpezas. No existe más que Dios y el hombre y nadie más. Todo lo que se parece al Diablo - por ejemplo Caín, Judas, el zar Iván el terrible- es siempre invención de los hombres y es inventado para endosar a una sola persona los pecados y las malas acciones de la humanidad. Créeme, nosotros que somos unos trapaceros, teníamos la necesidad de simular e imaginar algo que fuese peor que nosotros, como el Diablo.

Esta opinión no es nueva, pero si muy simplista. Si no existe más que Dios y el hombre, y el hombre es corrupto y perverso, necesariamente habrá que concluir que Dios hizo al hombre malo, que Dios es el responsable, primero y directo, de los pecados de los hombres. Quien niegue e ignore el pecado original está obligado a hacer de Dios un sinónimo de Satanás.


   EL DIABLO INTERIOR

Es bastante común -entre los refutadotes de la hipótesis -Dios -  la idea de que el Diablo existe solamente dentro del alma humana. Ellos no pueden negar el conflicto entre lo que distingue al bien y lo que distingue al mal. Llaman a estos dos antagonistas con los viejos nombres de la mitología popular, pero con la premisa y la conclusión de que se trata de dos facciones adversas en el interior del hombre. No los consideran seres fuera o por encima de nosotros.
Paul Valéry escribe a un amigo: Dios existe y el Diablo también, pero en nosotros. El culto que nosotros debemos a estas divinidades latentes no es otra cosa que el respeto que nosotros nos debemos a nosotros mismos y yo lo entiendo así: la búsqueda de lo mejor para nuestro espíritu en el sentido de sus aptitudes naturales. He aquí mi fórmula: Dios es nuestro ideal particular; Satán, todo lo que tiende en nosotros es desviarnos de ese ideal.

Hay en Valéry una tentativa muy débil de determinar el significado de los dos principios opuestos. Pero la palabra mejor no tiene sentido si no se refiere a un modelo que imitara una escala de valores a alcanzar. La búsqueda de ese ideal siguiendo las aptitudes naturales lleva a una confusión mental escandalosa. Desarrollar las aptitudes naturales significa acrecentar la propia naturaleza, cualquiera que ésta sea, mientras el fin de las religiones es el de reformar, corregir, transformar la naturaleza humana en el sentido de una ley superior divina.

LA  REBELIÓN DE SATANÁS

Todos piensan ahora que Lucifer se sublevó contra su Hacedor movido por su insolente soberbia. Pero los primeros padres de la Iglesia, los primeros teólogos, no creen solamente en el orgullo. Según muchos de ellos, la causa de la caída del arcángel fueron los celos, los celos del hombre.
El texto más completo es el de San Gregorio de Nyssa. Dada la autoridad de este padre de la Iglesia, vale la pena citarlo: Cada una  de las potencias angélicas había recibido de la autoridad que dirige todas las cosas su parte propia en el gobierno del universo, y a una de estas potencias se le había dado el encargo de mantener y gobernar la esfera terrestre. Luego se formó de la Tierra una figura que reproducía la potencia suprema, y ese ser era el hombre. En él estaba la belleza divina de la naturaleza inteligible mezclada a una fuerza secreta. Y he aquí por qué aquel al cual había sido confiado el gobierno de la Tierra encontró extraño e intolerable que de la naturaleza que de él dependía, saliese y se manifestase una substancia hecha a imagen de la divinidad suprema.

Los celos y la envidia son, indudablemente, sentimientos bajos e innobles, indignos de una criatura angélica. En Lucifer debieron ser tan candentes y poderosos que lo indujeron a la rebelión abierta contra el Creador. Ha de observarse, sin embargo, que los celos de Lucifer son menos desatinados que la envidia, hoy admitida hacia Dios. Proponerse ser independiente de Dios es una prueba de demencia increíble, mientras que los celos hacia otra criatura pueden considerarse pecaminosos, pero más naturales y verosímiles. La distancia entre Dios y sus hijos es inconmensurable e inalcanzable, mientras que la diferencia entre los ángeles y los hombres consiste solamente en el grado de las diversas perfecciones.
Los celos condujeron a Satanás a la rebelión -y esta última es el pecado inexcusable- , pero el primer móvil de esta rebelión tal como lo imaginaron los primeros padres de la Iglesia, es bastante menos grave que el que hoy nos enseña nuestra dogmática  religión.

¿CAYÓ LUCIFER POR IMPACIENCIA?

En La Divina Comedia, encontramos una nueva opinión sobre la caída de Lucifer. En el Paraíso se lee:
...el primer soberbio              
que fue la suma de toda criatura   
por no esperar luz cayó acerbo.

Dante aquí, acepta dos opiniones comunes entre los teólogos católicos de todos los tiempos: que Satanás fue el más perfecto de los arcángeles y que su pecado fue la soberbia. Pero añade otra de la cual no había indicios. Él, Satán, no quiere esperar luz y, por eso, cae acerbo, o sea, antes de tiempo. Lucifer, pues, fue impaciente, no supo esperar la plenitud de la gracia.
¿Qué significa justamente la expresión no esperar luz? ¿Es posible que el ángel más perfecto tuviese necesidad de una sucesiva iluminación para comprender mejor la unidad del Creador? ¿Se puede acusar a Lucifer de no haber querido esperar? Podría pensarse también que Dante intuyó aquella hipótesis, según la cual, Lucifer habría deseado ser llamado como colaborador en la futura redención de los hombres y, en este caso, la mayor luz puede bien significar una mayor gloria y dignidad que el Padre le podía haber concedido.

Los pecados de Lucifer, si la hipótesis de Dante fuese verdadera, serían dos: la soberbia y la impaciencia. Pero el último es el primero y más grave por cuanto ha suscitado el otro. Si Lucifer hubiese sabido esperar se abría apercibido de que su soberbia era una locura.

PRIMERA CULPA DE SATANÁS

San Ambrosio de Canterbury, atribuye la rebelión al deseo de tener una voluntad propia, independiente, esto es, libre. He aquí el texto:
No solo quiso ser igual a Dios, porque presumió tener voluntad propia, sino que quiso ser mayor aún, al desear lo que Dios no podía permitirle, puesto que puso su voluntad por encima de la voluntad de Dios. 

Según el teólogo santo la culpa del arcángel rebelde fue doble: presumir tener voluntad propia y poner esta voluntad por encima de la divina.
Ciertamente, este segundo punto no tiene discusión, pero una libertad que consiste solamente en querer lo que el superior quiere no sería ya libertad.
Los teólogos nos han repetido que si Dios no hubiese dado a sus criaturas el don admirable de la libertad y las hubiese obligado a todas a pensar y a hacer solamente las cosas deseadas el Él, habría creado marionetas sin mérito ni dignidad alguna. San Anselmo da una interpretación satánica del libre albedrío cuando afirma que Lucifer por el solo hecho de tener voluntad propia, presume hacerse igual a Dios. Muchos defensores de la libertad humana sostienen, en efecto, que en este don consiste nuestra semejanza con Dios y lo mismo puede decirse de los ángeles. Lucifer no hacía otra cosa que demostrar haber sido hecho a imagen y semejanza de Dios y no puede llamarse pecado conformarse a la propia naturaleza tal como lo quiso quien la creó. Lucifer, en paz, puede pedir ser absuelto de aquella su primera culpa.
,
El NON SERVIAN

Se ha reprochado universalmente a Lucifer su famosa frase: No serviré.
Uno se niega a servir a un tirano, a un déspota, a un autócrata. Nada de eso era aquel Dios que a sus criaturas concede la libertad de querer. Dios no es un patrono celeste que tiene la necesidad de ser servido. Él es todo y todo lo posee: por eso no desea ni quiere esclavos. El amor no es verdaderamente amor si no nace libre y espontáneo del alma. Si Lucifer no hubiera sido plenamente libre, ¿cómo podría revelarse?
El deseo de no servir, o sea la libertad, ¿acaso no ha sido siempre uno de los signos de los espíritus fuertes y generosos?

No fue la negativa a servir, sino la elección del odio -envidia, celos, mezquindad- la causa de la caída de Satanás.

martes, 20 de marzo de 2018

El Diablo, parte 1


EL DIABLO

Apuntes para una futura diablología
Breviario del libro de Giovanni Papini, 1953

 PRESENTACIÓN

Acerca del Diablo se han escrito numerosos volúmenes; más éste es distinto a todos por haber sido escrito precisamente por un cristiano, conforme al más profundo sentimiento del cristianismo.
Este libro pretende ser únicamente una investigación analítica, leal y serena del origen del alma, de las verdaderas causas que motivaron la rebelión de Satanás. Esta obra no es, ni pretende ser una defensa del Diablo. Él se llama en hebreo Satán, esto es, el adversario, el enemigo; en griego se llama el Diablo, o sea, el acusador, el calumniador, ese ser infame, pero famoso, invisible, pero omnipresente, ya temido ya despreciado, más odiado que comprendido, más representado que conocido.

Me he propuesto estudiar los problemas siguientes:
  • Las verdaderas causas de la rebelión de Lucifer.
  • Las verdaderas relaciones entre Dios y el Diablo (mucho más cordiales de lo que hasta ahora nos hemos imaginado).  
  • La posibilidad del intento por parte de los hombres de hacer volver a Satanás a su primer estado, liberándonos todos de la tentación del mal.

Por lo referente a los dos primeros problemas, he procurado siempre apoyar mis observaciones en textos del Antiguo y del Nuevo Testamento, de los padres de la Iglesia, de filósofos y escritores cristianos. Por lo que toca al último problema, me he limitado a señalar conjeturas y esperanzas que considero en perfecta armonía con la concepción de un Dios definido como amor absoluto.

Suscribo y hago mías estas palabras valientes de Graham Greene: Donde Dios está más presente es precisamente allí donde está su enemigo, y por el contrario, donde el enemigo está ausente, nosotros desesperamos con frecuencia de hallar a Dios. Uno se siente tentado a creer que el mal no es más que la sombra producida por el bien, en su perfección, y que nosotros llegaremos un día a comprender también la sombra.

Este libro está dedicado a todos los amigos, que no sean en el fondo un poco enemigos, y a todos aquellos enemigos que tal ves mañana podrían convertirse en nuevos amigos.
Pero lo dedico más que nada a aquellos lectores que estén dotados al mismo tiempo de buena inteligencia y de buena voluntad.

NECESIDAD DE CONOCER AL DIABLO

En el mundo de las grandes religiones hay un ser que está aparte y que no es bestia, ni es hombre ni mucho menos Dios. Y, sin embargo, este ser se sirve de las bestias, asiste a los hombres y osa mezclarse con Dios mismo. Es, según el dogma cristiano, un ángel que capitanea a una legión de ángeles, pero es un ángel caído, desfigurado, maldito.
Es odiado por los mismos que han prometido amar a los enemigos, y es temido por aquellos que son más diferentes y están más lejos de él, como los santos. Pero es obedecido e imitado por aquellos otros que no creen o dicen no creer en su existencia.

¿Es lícito a un cristiano odiar al enemigo? ¿Es lícito a las gentes honradas calumniar al calumniador? Los cristianos hasta la fecha no han sido lo bastante cristianos para con Satanás. Le temen, le huyen o fingen ignorarlo. Pero si el miedo puede quizá salvarlos de sus tentaciones, no es ciertamente un arma de salvación.
Y más peligroso que el miedo es la indiferencia que acaba las más de las veces por convertirse en complicidad. Quien no está en guardia es más fácilmente sorprendido. Un poeta, Baudelaire, ha intuido la verdad: La más hermosa habilidad del Diablo es habernos persuadido de que él no existe.

Ni con el miedo ni con la ignorancia podemos desterrar de este mundo al príncipe, que hace sentir cada vez más su espantosa dominación. Para liberarnos del Demonio, es más aconsejable y más conforme con el mandato evangélico del amor, tratar de conocerlo más exacta y profundamente, no ya para caer en sus trampas, sino para mejor guardarse de él, para tratar de hacerlo volver a su naturaleza originaria.
Comprender es una predisposición para amar. El cristiano puede y debe amar en Satanás a la criatura más horriblemente desgraciada de toda la creación, al jefe y símbolo de todos los enemigos, al arcángel que estuvo un día cerca de Dios. Quizá únicamente nuestro amor pueda ayudarlo a  salvarse, a volverlo a su ser original, el más perfecto de los espíritus celestes.

Cristo amó a los hombres, aun a los rebeldes, corrompidos y bestiales. Un verdadero cristiano no debe ser malvado ni aun con los malvados, no debe ser injusto ni aun con los injustos, no debe ser cruel ni aun con los crueles, sino que debe ser un tentador del bien aun con los tentadores del mal. Debemos pues, acercarnos a Satanás con espíritu de caridad y de justicia, no para hacernos sus admiradores, sino con el propósito y la esperanza de liberarle a él de sí mismo, y, por supuesto, a nosotros de él.
Este libro quiere hacer conocer al adversario en su verdad, porque la verdad es preparación para su redención y la nuestra.

Hasta hoy, Satanás fue odiado, insultado y maldecido o bien, imitado, alabado y adorado. Este libro, en cambio, se propone una finalidad distinta y nueva: la de hacer que sea comprendido cristianamente por los cristianos.

Llegaremos un día a comprender también la sombra.


LA TRAGEDIA CRISTIANA

Hay una tragedia que tuvo principio en el comienzo de los tiempos y que no ha llegado aún a su desenlace.
Una tragedia misteriosa y despiadada. Tres son sus únicos teatros: el Cielo, la Tierra y el Abismo. Tres son sus únicos protagonistas: Dios, Satanás y el Hombre. Y, como todas las tragedias, ésta consta de cinco actos:
Acto primero: Satanás se rebela contra el Creador.
Acto segundo: Satanás es confinado y sepultado en el Abismo.
Acto tercero: Satanás, para vengarse, seduce al hombre y se adueña de él.
Acto cuarto: El hombre Dios, con su encarnación, vence a Satanás y proporciona a los hombres las armas para vencerlo a la vez.
Acto quinto: En la consumación de los tiempos, Satanás intenta su revancha y su desquite por medio del anticristo.

Nos encontramos ahora en el acto cuarto, tal vez en las últimas escenas. ¿Cuándo se iniciará el quinto? Ya se ven señales. ¿Y cómo terminará este acto último? ¿con una catástrofe o con una catarsis?
El hombre es el más débil y más efímero de los tres protagonistas. Y, sin embargo, es precisamente él, el hombre, la meta suprema de esta pugna larguísima y de tantas alternativas entre el Creador y el destructor, entre el amor y el miedo, entre la afirmación y la negación.

Satanás substrae al hombre de Dios; Cristo se lo arrebata a Satanás; pero Satanás busca por todos los medios reconquistarlo y prácticamente lo está consiguiendo. Hará una ultima tentativa y será vencido, vencido para siempre. ¿Vencido porque está encadenado eternamente en el abismo o vencido por la omnipotencia del amor que lo restituirá a su lugar en el Cielo?
Nadie sobre la Tierra puede decirlo. Pero el hombre, el más inerme de los tres protagonistas, deberá decir su palabra, antes que la tragedia llegue a su fin.

martes, 13 de marzo de 2018

El Arte de Amar (fragmento)


EL ARTE DE AMAR (fragmento)


Para Erich Fromm, todos los intentos de amar están condenados al fracaso, a menos que procuremos, del modo más activo, desarrollar nuestra personalidad total, es decir,  alcanzar una orientación productiva. (o espiritual).
Después apunta que:  la satisfacción en el amor individual, no puede lograrse sin la capacidad de amar al prójimo, sin humildad, coraje, fe y disciplina. (es decir, sin un trabajo interior). 
La dificultad de la empresa no debe ser causa de que no se investigue. ¿Por qué  si todos buscamos amor, tanto fracasamos?
¿Es el Amor un Arte?. ¿Hay que batallar para aprender a amar? O es el amor una experiencia placentera, cuya experiencia es cuestión de azar, algo con lo que se tropieza si hay suerte?

Casi todos piensan que no hay nada que aprender en el amor.
Muchos  creen que el problema consiste en conseguir el objeto, y no en desarrollar una facultad. La gente cree que amar es sencillo y lo difícil es encontrar un objeto apropiado para amar. Tal actitud puede compararse con la de un hombre que quiere pintar, pero que en lugar de aprender el arte, sostiene que debe esperar el objeto adecuado, y que pintará maravillosamente bien cuando lo encuentre.
Por otro lado, nuestra cultura contemporánea está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. Una mujer o un hombre atractivos son los premios que se quieren conseguir. Quiero hacer un buen negocio. Dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado.
Como todos queremos que se nos ame buscamos el éxito, el poder y las riquezas. Las mujeres buscan ser atractivas, en suma; perseguimos popularidad y sex appeal.

Otra causa de lo exiguo del amor en nuestra sociedad, es que muchos confunden la experiencia  inicial de enamorarse, con la de permanecer enamorados. Dos personas llegan a conocerse bien, su intimidad pierde cada vez su carácter milagroso, hasta que su antagonismo, sus desilusiones, su aburrimiento mutuo, terminan por matar lo que pueda quedar de la excitación inicial. No obstante, al principio no saben todo esto: en realidad ,consideran la intensidad del apasionamiento, ese estar locos el uno por el otro como una prueba de la intensidad de su amor, cuando solo muestra el grado de su soledad anterior.

Prácticamente, no existe ningún otra actividad que se inicie con tan tremenda esperanza, y no obstante fracase tan a menudo como el amor. Para superar esta frustración debemos examinar las causas de tal desperfecto, y estudiar el significado del amor.
El primer paso a dar es tomar conciencia de que el amor es un arte, tal como es un arte el vivir.
No obstante el profundo anhelo de amor, casi todo lo demás tiene más importancia que el amor; éxito, prestigio, dinero, poder; dedicamos casi toda nuestra energía a descubrir la forma de alcanzar dichos objetivos, y muy poca a aprender el arte del amor.
Será acaso que el amor ,que solo beneficia al alma, pero que no proporciona ventajas en el sentido moderno, sea un lujo por el cual no conviene gastar muchas energías

El  Amor, la respuesta al problema de la existencia humana

Hay formas inmaduras de amor, que preferimos llamar unión simbiótica, y reservar el termino amor a una forma especifica de unión, una forma que ha sido la virtud ideal de todas las grandes religiones y sistemas filosóficos humanísticos en los cuatro mil años de historia occidental y oriental.
En la unión simbiótica, dos cuerpos son independientes, pero psicológicamente existe una dependencia. La forma pasiva de la unión simbiótica es la sumisión (masoquismo): la persona escapa del intolerable sentimiento de aislamiento convirtiéndose en parte de la otra persona, que la dirige y protege, pero carece de integridad, no ha nacido completamente.  Un mecanismo  similar a la idolatría.
La forma activa de la fusión simbiótica es la dominación (sadismo). La persona sádica quiere escapar de su soledad y de su sensación de estar aprisionada haciendo de otro individuo una parte de sí misma.
La persona sádica es tan dependiente de la sumisa como ésta de aquélla; ninguna de las dos puede vivir sin la otra.

En contraste con la unión simbiótica, el amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad.
El amor es un poder activo en el hombre; un poder que atraviesa las barreras que separan al hombre de sus semejantes y lo une a los demás; el amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separatidad y no obstante le permite ser él mismo, mantener su integridad.
 El amor es la práctica de un poder humano que solo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una compulsión.

Puede describirse el carácter activo del amor afirmando que amar es fundamentalmente dar, no recibir.
¿Qué es dar?. El malentendido más común consiste en suponer que dar significa renunciar a algo, sacrificarse. El carácter mercantil está dispuesto a dar, pero solo a cambio de recibir, para él, dar sin recibir significa una estafa.
Para el carácter productivo, dar constituye la más alta expresión de potencia. Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad.
En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. El avaro que se preocupa angustiosamente por la posible pérdida de algo es, desde el punto de vista psicológico, un hombre indigente, empobrecido, por mucho que posea.

Por tanto, la pobreza que sobrepasa un cierto límite puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no solo a causa del sufrimiento directo que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.
Pero la esfera más importante del dar es el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra?. Da de sí misma- da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza, de todas las manifestaciones de lo que esta vivo en él. Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona. No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha exquisita. Cuando se da verdaderamente, uno no puede dejar de recibir lo que se le da a cambio. El amor es un poder que produce amor; la impotencia es la incapacidad de producir amor.

La capacidad de amar como acto de dar, depende del desarrollo caracterológico de la persona. Presupone que la persona ha superado la dependencia, lo omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás, o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje para  confiar en su capacidad para alcanzar el logro de sus fines. En la misma medida en que carece de tales cualidades, tiene miedo de darse, y, por tanto, de amar.
Además del elemento de dar, el carácter activo del amor se vuelve evidente en el hecho de que implica ciertos elementos básicos, comunes a todas las formas de amor. Esos elementos son: cuidado, responsabilidad,  respeto y conocimiento.

La necesidad básica de fundirse con otra persona para trascender de ese modo la prisión de la propia separatidad se vincula, de modo íntimo, con otro deseo específicamente humano, el de conocer el secreto del hombre. Nos conocemos y, a pesar de todos los esfuerzos que podamos realizar, no nos conocemos. Cuanto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos elude la meta del conocimiento.
Hay una manera, desesperada e inútil, de conocer ese secreto, es el poder absoluto sobre otra persona; el poder que le hace hacer lo que queremos, sentir lo que queremos, pensar lo que queremos; que la transforma en una cosa. Reside ahí una motivación esencial de la crueldad y la destructividad humanas.

El mejor camino para conocer el secreto es el amor. El amor es la penetración activa en la otra persona, en la que la unión satisface mi deseo de conocer. Conozco de la única manera en que el conocimiento de lo que está vivo le es posible al hombre -por la experiencia de la unión- no mediante algún conocimiento proporcionado por nuestro pensamiento. El sadismo está motivado por el deseo de conocer el secreto, sin embargo, permanezco tan ignorante como antes. El amor es la única forma de conocimiento  que, en el acto de unión, satisface mi búsqueda. Me encuentro a mi mismo, me descubro, nos descubrimos ambos, conozco al hombre. Ese acto trasciende el pensamiento, trasciende las palabras. Es una zambullida temeraria en la experiencia de la unión. Sin embargo, hay que anotar que el conocimiento psicológico es necesario para el pleno conocimiento en el acto de amar.

El problema de conocer al hombre es paralelo al problema religioso de conocer a Dios. Queremos conocer a Dios por medio del pensamiento. En el misticismo, se renuncia a la idea de conocer a Dios por medio del pensamiento y se le reemplaza por la experiencia de la unión con Dios.
Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes. Constituyen un síndrome de actitudes que se encuentran en la persona madura; que solo desea poseer lo que ha ganado con su trabajo, que ha renunciado a sus sueños narcisistas de omnisapiencia y omnipotencia, que ha adquirido humildad basada en esa fuerza interior que solo la genuina actividad productiva puede proporcionar.

Y aún por encima de la necesidad universal de unión, surge otra más específica y de orden biológico: el deseo de unión entre los polos masculino y femenino. La polarización sexual lleva al hombre a buscar la unión con el otro sexo. Tal polaridad existe también dentro de cada hombre y cada mujer. El hombre-y la mujer- solo logra su unión interior en la unión con su polaridad femenina o masculina. Esa polaridad es la base de toda creatividad.
Idéntica polaridad existe también en la naturaleza, no solo, como es notorio, en los animales y en las plantas, sino en la polaridad de dos funciones fundamentales, la de recibir y la de penetrar. Es la polaridad de la tierra y la lluvia, del río y el océano, de la noche y el día, de la obscuridad y la luz, de la materia y el espíritu.

El deseo sexual es una manifestación de la necesidad de amor y de unión. La atracción erótica no se expresa únicamente en la atracción sexual. Hay masculinidad y feminidad en el carácter tanto como en la función sexual. Puede definirse el carácter masculino diciendo que posee las cualidades de: penetración, conducción, actividad, disciplina y aventura; el carácter femenino, las cualidades de: receptividad, productividad, protección, realismo, resistencia, maternidad. (Siempre debe tenerse presente que en cada individuo se funden ambas características, pero con predominio de las correspondientes a su sexo).

Si los rasgos masculinos del carácter de un hombre están debilitados porque emocionalmente sigue siendo una criatura, es muy frecuente que trate de compensar esa falta acentuando exclusivamente su papel masculino en el sexo. El resultado es el Don Juan, que necesita demostrar sus proezas masculinas porque está inseguro de su masculinidad. Cuando la parálisis de la masculinidad es más intensa, el sadismo (el uso de la fuerza) se convierte en el principal -y perverso- substituto de la masculinidad. Si la sexualidad femenina está afectada, se transforma en masoquismo o posesividad.


Nunca el amante busca sin ser buscado por su amada.
Si la luz del amor ha penetrado en este corazón, sabe que también hay amor en aquél corazón.
Cuando el amor a dios agita tu corazón, también Dios tiene amor para ti.
Sin la otra mano, ningún ruido de palmoteo sale de la otra mano.
La sabiduría Divina es destino y su decreto nos hace amarnos el uno al otro.
Por eso esta ordenado que cada parte del mundo se una con su consorte.
El sabio dice: Cielo es hombre, y Tierra, mujer. Cuando la Tierra no tiene calor, el Cielo se lo manda; cuando pierde su frescor y su rocío, el Cielo se lo devuelve. El Cielo hace su ronda, como un marido que trabaja por su mujer.
Y la Tierra se ocupa del gobierno de su casa: cuida de los nacimientos y amamanta al que pare.
Mira a la Tierra y el Cielo, tienen inteligencia, pues hacen el trabajo de seres inteligentes.
Si estos dos no gustaran placer el uno por el otro, ¿por qué habrían de andar juntos como novios?
Sin la Tierra, ¿ despuntarían las flores? ¿Qué entonces producirían el calor y el agua del Cielo?
Así como Dios puso el deseo en el hombre y en la mujer para que el mundo fuera preservado por su unión.
Así cada parte de la existencia planteó el deseo de la otra parte.
Día y noche son enemigos afuera; pero sirven ambos único fin.
Cada uno ama al otro en aras de la perfección de su mutuo trabajo.
Sin la noche, la naturaleza del hombre no recibiría ganancia alguna y nada tendría entonces el día para gastar.                                                                     

  Rumi