martes, 14 de junio de 2016

El Gozo, parte 1


EL GOZO
La entrega al cuerpo y a los sentimientos
Lowen, A. ed. Era Naciente, Argentina. 1994.(Resumen)

Hace 48 anos que atendí por primera vez a una persona en terapia. Acababa de terminar mi análisis con Wilhelm Reich; la obra de este ultimo empezaba a conocerse y como consecuencia aumento la demanda por el tipo de terapia que el hacía. Esa persona quiso atenderse conmigo, a pesar de que yo no era medico, porque en ese momento éramos pocos los formados en esta clase de terapia. Por ser un novato en la materia, le cobre apenas dos dólares la hora, honorario que aun entonces era muy bajo; pero al recordar esa primera experiencia me pregunto si lo que yo hacia valía incluso esa pequeña suma. Ignoraba la profundidad y gravedad de las perturbaciones que afectan a tantos individuos en nuestra cultura: la depresión, la angustia, la ansiedad, la falta de amor y de alegría de vivir. Hoy, después de haber trabajado con seres humanos durante casi medio siglo y de haber escrito once libros, creo haber comprendido el problema humano y estar en condiciones de formular los principios de un enfoque terapéutico eficaz, que he llamado “análisis bioenergético”.

Permítaseme adelantar que no es una cura rápida ni sencilla, aunque si es eficaz; pero su eficacia depende de la experiencia y la comprensión que el terapeuta tenga de sí mismo. Dado que los problemas con que lucha la gente se han estructurado en su personalidad a lo largo de muchos anos, es poco realista esperar una cura rápida o sencilla. Rara vez se producen auténticos milagros, pero de vez en cuando sucede uno, y es el milagro de la creación de una nueva vida. A ese milagro está dedicado este libro.

El principio que sustenta el análisis bioenergético es la identidad funcional y la antitesis que existe entre la mente y el cuerpo, o entre los procesos psicológicos y físicos. Derivan del hecho de que una persona es un ser unitario y lo que acontece en la mente debe acontecer también en el cuerpo. Así, si un individuo esta deprimido, desesperado, si se siente impotente y fracasado, su cuerpo manifestara una actitud deprimida semejante, la que se hará evidente en una menor formación de impulsos, y una disminución de la movilidad general y una respiración constreñida. Todas las funciones corporales estarán deprimidas, incluido el metabolismo, con lo cual la generación de energía será menor.

Por supuesto, la mente puede influir en el cuerpo, del mismo modo que éste afecta lo que pasa en la mente. En algunos casos es posible mejorar el funcionamiento corporal modificando la actitud mental; pero cualquier cambio así provocado será solo temporario si no se produce a la vez una alteración significativa en los procesos corporales subyacentes. Por otro lado, el mejoramiento directo de funciones corporales como la respiración, la locomoción, los sentimientos y la autoexpresión tiene efectos inmediatos y duraderos en la actitud mental. En ultimo análisis, si el proceso terapéutico pretende alcanzar su objetivo, que es liberar al individuo de las limitaciones de su pasado y las inhibiciones de su presente, debe provocar, como cambio fundamental, un incremento de su energía.

La finalidad de la terapia consiste en ayudar al sujeto a recobrar toda la potencialidad de su ser. Los individuos que acuden a una terapia lo hacen porque se sienten muy mermados en su capacidad de vivir y de experimentar plenamente la vida a raíz de los traumas que sufrieron en su niñez. Esta es la perturbación fundamental de su personalidad, la que esta en la base de los síntomas que ellos presentan. Si el síntoma revela como ha sido invalidado el individuo por su crianza, lo que hay en la base es la perdida de una parte de su propio ser, de su self o si-mismo. Todo paciente padece alguna limitación en su mismidad: una menor conciencia de sí, una expresión restringida de sí, un reducido dominio de sí. Estas funciones básicas son los pilares del templo del self. Si están debilitadas, la consecuente inseguridad de la personalidad mina todos los esfuerzos del sujeto por encontrar la paz y el gozo que brindan a la vida sus mayores satisfacciones y su sentido mas hondo. Lograrlos es la ambiciosa meta de cualquier empeño terapéutico, y, como ya dije, no es sencillo; pero sin una clara comprensión de esta meta, uno puede perderse en la maraña de conflictos y ambivalencias que confunden y frustran la mayoría de los esfuerzos terapéuticos. Para muchísimos seres de nuestra cultura, la vida se ha convertido en una lucha por sobrevivir, y la alegría en una experiencia poco habitual.


1. 
Gozo

La mayoría de mis pacientes, después de trabajar conmigo durante una sesión, se van sintiéndose bien, y algunos sienten gozo o alegría. Por lo general, estos sentimientos agradables no duran mucho. Son el resultado de la experiencia que tuvieron en la sesión, de haberse liberado de alguna tensión que los limitaba, de sentirse mas vivos y comprenderse mas profundamente a si mismos; pero no duran porque lograron ese avance con mi ayuda, y luego, cuando están solos, no son capaces de mantener ese grado de apertura y de libertad. Ahora bien: cada irrupción de sentimiento, cada liberación de tensión, es un paso hacia la recuperación del self,  por mas que uno no pueda conservar plenamente lo logrado. Otro motivo es que a medida que el individuo profundiza física y psíquicamente en su búsqueda, se encuentra con recuerdos y sentimientos mas atemorizantes, que proceden de un periodo anterior de su niñez y que han sido mas intensamente suprimidos en aras de la supervivencia. Pero al profundizar en el self se cobra coraje para abordar esos temores y traumas de un modo mas maduro, o sea, sin negación ni supresión.

En algún lugar profundo dentro de nosotros esta el niño libre e inocente que sabia que el don de la vida era el don de la alegría.
Los niños pequeños suelen estar abiertos a los sentimientos de gozo. Saltan de alegría, literalmente hablando. También lo hacen los animales, que corren y retozan juguetones en un gozoso abandono a la vida. Es muy raro ver a una persona mayor o madura sentir y actuar de esa manera. Quizás lo mas cercano a ello sea el baile; de ahí que sea la actividad mas natural en las celebraciones alegres. Pero los niños no necesitan una ocasión especial para estar contentos. Con tal de que los dejen en libertad cuando están junto a otros niños, pronto surge en ellos la actividad gozosa.

Es común que los niños experimenten alegría cuando reciben un regalo muy anhelado por ellos, que los hace saltar y lanzar exclamaciones de jubilo. Los adultos se contienen más en su expresión de los sentimientos, y esto limita la intensidad de sus sentimientos positivos. Además, están abrumados por sus ocupaciones y responsabilidades y asediados por sus culpas, todo lo cual aminora su entusiasmo a punto tal que pocas veces sienten alegría.
Yo la he sentido en circunstancias muy corrientes. Hace un tiempo, mientras caminaba por el campo, sentí que mi espíritu se elevaba. Era un camino bien conocido por mi, sin ninguna particularidad, pero a cada paso que daba, cada vez que mi pie pisaba la tierra, sentía una corriente circulándome por el cuerpo que parecía volverme cinco centímetros mas alto. Algo se soltó dentro de mi y me sentí lleno de jubilo. Desde entonces, quedaron huellas de ese sentimiento en mi, y aunque hubo en mi vida episodios dolorosos y perturbadores, la mayor parte del tiempo tengo ese sentimiento positivo en el cuerpo. Lo atribuyo a la terapia que inicie en 1942 y al trabajo permanente que he hecho sobre mí mismo a lo largo de los anos. Dicha terapia me permitió tomar contacto con ese niño que había dentro de mi, ese niño que conocía la alegría pese a haber atravesado una infancia básicamente infeliz; y me permitió integrar en mi vida adulta las cualidades de la niñez que tornan posible la alegría.

Suponiendo que la niñez sea sana y normal, ella se caracteriza por dos cualidades generadoras de alegría: la libertad y la inocencia. La importancia de la libertad para el sentimiento de alegría no necesita de mayores explicaciones. Es difícil imaginar  que alguien la sienta si sus movimientos se ven limitados por alguna fuerza externa. Cuando yo era pequeño, el peor castigo que mi madre podía infligirme era obligarme a permanecer en casa cuando los otros chicos jugaban fuera. Unas de las razones de que yo (al igual que tantos otros chicos) estuviera ansioso por crecer era que así podría ganar mi libertad.

En la madurez, me libere del control de mis padres; y dentro de esta cultura, tener libertad significaba poseer el derecho de buscar la propia felicidad o dicha. Lamentablemente, la libertad externa no basta. También hay que lograr la libertad interna, o sea, la libertad para expresar abiertamente los propios sentimientos. Yo no la tenia, como no la tienen muchos de los miembros de nuestra cultura.
Nuestra conducta y nuestras expresiones están bajo el control de un superego, que tiene catalogado “lo que se debe” y “lo que no se debe” hacer, y el poder para castigarnos si transgredimos sus mandamientos. El superego es la internalización del padre o madre “dictatoriales”. Sin embargo, funciona por debajo del nivel de la conciencia, de modo que no nos damos cuenta de que las limitaciones que impone a nuestros sentimientos y acciones no son obra de nuestra libre voluntad.

El hecho de destronar al superego y de restaurar la libertad de expresión del individuo no implica convertir a éste en un ser incivilizado; mas bien es la condición para ser un miembro responsable de la sociedad, una persona auténticamente moral. Solo un individuo libre puede respetar los derechos y las libertades de los demás.

martes, 26 de abril de 2016

Los Pinches Tiranos, parte 2


LOS PINCHES TIRANOS (continuación)

Don Juan dijo que la casa parecía una fortaleza inexpugnable, con hombres armados con machetes por doquier. Así que hizo lo único sensato que podía hacer: ponerse a trabajar y tratar de no pensar en sus cuitas. Trabajó en la casa del patrón por tres semanas y el hombre abusó de él a cada instante. Bajo la amenaza constante de su cuchillo, pistola o garrote, el capataz lo hizo trabajar en las más peligrosas condiciones. Cada día lo mandaba a limpiar los pesebres mientras seguían en ellos los nerviosos garañones. Al comenzar el día, don Juan tenía la certeza de que no iba a sobrevivirlo. Y sobrevivir solo significaba que tendría que pasar otra vez por el mismo infierno al día siguiente.

En su día feriado, don Juan pidió unas horas para ir al pueblo a pagarle el dinero que le debía al capataz del molino de azúcar. Era un pretexto. El capataz se dio cuenta y repuso que don Juan no podía dejar de trabajar, ni siquiera un minuto, porque estaba endeudado hasta las orejas. Don Juan entendió la maniobra de los dos capataces: estaban de acuerdo para hacerse de indios pobres del  molino, trabajarlos hasta la muerte y dividirse sus salarios. Don Juan explotó, sorprendió a todos y pudo salir corriendo por la puerta delantera. Casi logró huir, pero el capataz lo alcanzó y en medio del camino le pegó un tiro en el pecho y lo dio por muerto. Sin embargo, su destino no fue morir; ahí mismo lo encontró su benefactor y lo cuidó hasta que se repuso.

-Cuando le conté toda mi historia a mi benefactor -prosiguió don Juan-, apenas logró contener su emoción. “Ese capataz es un verdadero tesoro. Algún día tienes que volver a esa casa”
- Este es uno de los relatos más horribles que he escuchado -dije-.¿Realmente volvió usted a esa casa?
-Claro que volví, tres años después. Mi benefactor tenía razón. Un pinche tirano como aquel no podía desperdiciarse.
-¿Cómo logró usted regresar?
-Mi benefactor ideó una estrategia utilizando los cuatro atributos del ser guerrero: control, disciplina, refrenamiento y la habilidad de escoger el momento oportuno.

Los nuevos videntes consideraban que había cuatro pasos para el camino del conocimiento. El primero es el paso que dan los seres humanos al convertirse en aprendices. Cuando los aprendices cambian sus ideas acerca de sí mismos y acerca del mundo, dan el segundo paso y se convierten en guerreros, es decir, en seres capaces de la máxima disciplina y control sobre sí mismos. El tercer paso, lo dan los guerreros al adquirir refrenamiento y la habilidad de escoger el momento oportuno, así se convierten en hombres de conocimiento. Cuando los hombres de conocimiento aprenden a ver, han dado el cuarto paso y se han convertido en videntes.

Don Juan había adquirido ya un mínimo de control y disciplina. Para  adquirir el refrenamiento y la habilidad de escoger el momento oportuno, fue que su benefactor preparó una estrategia. La idea de usar a un pinche tirano no solo es perfeccionar el espíritu sino también para la felicidad y el gozo del guerrero.
Don Juan explicó que el error de cualquier persona que se enfrenta a un pinche tirano es no tener una estrategia en la cual apoyarse; el defecto fatal es tomar demasiado en serio los sentimientos propios, así como las acciones de los pinches tiranos. Los guerreros por otra parte, no solo tienen una estrategia bien pensada, sino que también están libres de la importancia personal. La realidad es una interpretación que hacemos. Ese conocimiento fue la ventaja definitiva que los nuevos videntes tuvieron sobre los españoles.

Siguiendo el plan estratégico de su benefactor, don Juan volvió a conseguir trabajo en el mismo molino de azúcar. Nadie recordó que trabajó ahí. La estrategia especificaba que tenía que ser esmerado y prudente con quien fuera que llegara buscando otra víctima. Resultó que la misma señora llegó, y se fijó inmediatamente en don Juan, quien tenía aún más fuerza física que la vez anterior.
Tuvo la misma rutina con el capataz. Sin embargo, la estrategia requería que don Juan, desde el principio, rehusara pago alguno al capataz. Al hombre jamás se le había hecho eso, y quedó asombrado. Amenazó con despedirlo del trabajo. Don Juan amenazó por su parte, diciendo que iría directamente a la casa de la señora a verla. El hombre comenzó a regatear, y don Juan le exigió dinero antes de aceptar ir a casa de la señora. El capataz le entregó algunos billetes. Don Juan se dio cuenta que accedía solo como ardid.
- El mismo me llevó de nuevo a la casa -dijo don Juan-. “En cuanto llegamos ahí, corrí a buscar a la señora. La encontré, caí de rodillas y besé su mano para darle las gracias. Los dos capataces estaban lívidos.

El capataz de la casa me hizo lo mismo que antes, pero yo estaba preparadísimo. Mi control me hizo cumplir con las más absurdas necedades del tipo. No me importaba un comino mi orgullo o mi terror. Yo estaba hí como guerrero impecable. El afinar el espíritu cuando alguien te pisotea se llama control.
La estrategia requería, además, que en lugar de sentir compasión por sí mismo, como lo había hecho antes,  se dedicara a explorar el carácter del capataz, sus debilidades, sus peculiaridades.

Encontró que los puntos fuertes del capataz eran su osadía y su violencia. Su gran debilidad era que le gustaba su trabajo y que no quería ponerlo en peligro. Bajo ninguna circunstancia intentaría matar a don Juan dentro de la propiedad, durante el día. También tenía familia.
-Reunir toda esa información mientras te golpean se llama disciplina -dijo don Juan-
El refrenamiento es esperar con paciencia, sin prisas, sin angustia: es una sencilla y gozosa retención del pago que tiene que llegar.
-Mi vida era una humillación diaria- prosiguió don Juan, y sin embargo, yo era feliz. La estrategia fue lo que me hizo aguantar de un día a otro sin odiar a nadie. Yo era un guerrero. Sabía que estaba esperando y sabía qué era lo que estaba esperando. En eso radica el regocijo de ser guerrero.

La estrategia incluía acosar sistemáticamente al hombre, escudándose siempre tras un orden superior, así como habían hecho los videntes del nuevo ciclo durante la Colonia, al escudarse en la iglesia católica. El escudo de don Juan era la señora dueña de la casa. Cada vez que la veía se hincaba ante ella y la llamaba santa. Le rogaba que le diera una medalla de su santo patrón para que el pudiera rezarle por su salud y bienestar.
-Me dio una medalla de la virgen- prosiguió don Juan, y eso casi aniquiló al capataz. Y cuando conseguí que las cocineras se reunieran a rezar por la salud de la patrona casi sufrió un ataque. Creo que entonces decidió matarme. No le convenía dejarme seguir adelante.
“Después de aquello ya no dormía profundamente, ni dormía en mi cama. Cada noche me subía al techo de la casa. Desde ahí vi dos veces al hombre llegar a mi cama con un cuchillo.
“Todos los días me empujaba a los pesebres de los garañones con la esperanza de que me mataran a patadas, pero yo tenía una plancha de tablas pesadas que apoyaba en una de las esquinas. El hombre nunca lo supo porque los caballos le daban náuseas; era otra de sus debilidades, la más mortal de todas, como resultó al fin.

Don Juan  dijo que la habilidad de escoger el momento oportuno es una cualidad abstracta que pone en libertad todo lo que está retenido. Control, disciplina y refrenamiento son como un dique detrás del cual todo está estancado. La habilidad de escoger el momento oportuno es la compuerta del dique.
Don Juan sabía que el hombre no se atrevería a matarlo a la vista de la gente de la casa, así que un día, en presencia de otros trabajadores y también de la señora, don Juan insultó al hombre. Le dijo que era un cobarde y un asesino que se amparaba con el puesto de capataz. La estrategia exigía aprovechar el momento oportuno y voltearle las cartas al pinche tirano.

-Un momento después- prosiguió don Juan-, el hombre enloqueció de rabia, pero yo estaba piadosamente hincado frente a la patrona. Cuando la señora entró a su recamara, el capataz y sus amigos lo llamaron a la parte trasera, supuestamente para hacer un trabajo. Don Juan fingió obedecer, pero en vez de dirigirse adonde el capataz le ordenaba corrió hacia los establos. Confiaba en que los caballos harían tanto ruido que los dueños saldrían a ver lo que pasaba. Y en que tampoco se acercaría a los caballos. Esa suposición no se cumplió.
-Salté al pesebre del más salvaje de los caballos- dijo don Juan-, y el pinche tirano, cegado por la rabia, sacó su cuchillo y se metió tras de mí. Al instante, me escondí detrás de mis tablas. El caballo le dio una sola patada y todo acabó.

“Yo había pasado seis meses en esa casa, y durante ese periodo ejercí los cuatro atributos del guerrero. Gracias a ello había triunfado. Experimente lo que siente el guerrero impecable cuando usa el refrenamiento y la habilidad de escoger el momento oportuno.

-¿Triunfan alguna vez los pinches tiranos, y destruyen al guerrero que se les enfrenta?- pregunté.
-Desde luego. Durante la Conquista y la Colonia los guerreros murieron como moscas. Los pinches tiranos podían condenar a muerte a cualquiera, por su simple capricho. Bajo ese tipo de presión, los videntes alcanzaron estados sublimes.
-Los nuevos videntes- dijo don Juan- usaban a los pinches tiranos no solo para deshacerse de su importancia personal sino también para lograr la muy sofisticada maniobra de desplazarse fuera de este mundo. Ya entenderás conforme vayamos discutiendo la maestría de estar consciente de ser.

Le expliqué que lo que yo había preguntado era si, en el presente, los pinches tiranos podrían derrotar a un guerrero.
-Todos los días- contestó-. Hoy en día, por supuesto, los guerreros siempre tienen la oportunidad de retroceder, luego reponerse y volver. Pero el problema de la derrota moderna es de otro género. El ser derrotado por un repinche tiranito no es mortal sino devastador. Son arrasados por su propio sentido de fracaso. Para mi, eso equivale a una muerte figurada.
-¿Cómo mide usted la derrota?
- Cualquiera que se une al pinche tirano queda derrotado. El enojarse y actuar sin control o disciplina, el no tener refrenamiento es estar derrotado.
-¿Qué pasa cuando los guerreros son derrotados?
- O bien se reagrupan y vuelven a la pelea con más tino, o dejan el camino del guerrero y se alinean de por vida a las filas de los pinches tiranos.

martes, 19 de abril de 2016

Los Pinches Tiranos, parte 1

LOS PINCHES TIRANOS

(Resumen del cap. 2, del libro de C. Castaneda “El Fuego Interno”)

 Don Juan no me volvió a hablar de la maestría de “estar consciente de ser” hasta meses después.
-La importancia personal es nuestro mayor enemigo. Piénsalo, aquello que nos debilita es sentirnos ofendidos por los hechos y malhechos de nuestros semejantes. Nuestra importancia personal requiere que pasemos la mayor parte de nuestras vidas ofendidos por alguien.
“Los nuevos videntes recomendaban que se debían llevar a cabo todos los esfuerzos posibles para erradicarla de la vida de los guerreros. He tratado de demostrarte que sin importancia personal somos invulnerables”.
Dijo que los videntes, antiguos y nuevos, se dividen en dos categorías. La primera queda integrada por aquellos que están dispuestos a ejercer control sobre sí mismos, así, pueden canalizar sus actividades hacia objetivos que beneficiarán a otros videntes y al hombre en general. La otra categoría está compuesta de aquellos a quienes no les importa ni el control de sí mismos ni ningún objetivo pragmático. Se piensa de forma unánime entre los videntes que estos últimos no han podido resolver el problema de la importancia personal.

-La importancia personal no es algo sencillo e ingenuo -explicó-. Por una parte, es el núcleo de todo lo que tiene valor en nosotros, y por otra, el núcleo de toda nuestra podredumbre. Deshacerse de la importancia personal requiere una obra maestra de estrategia.
Le dije que sus amonestaciones sobre la importancia personal me recordaban a los catecismos. Si algo era odioso para mí era el recuerdo de los sermones acerca del pecado.
- Los guerreros combaten la importancia personal como cuestión de estrategia, no como dogma de fe. Tu error es entender lo que digo en términos de moralidad.
- Yo lo veo a usted como un hombre de gran moralidad- insistí.
-Lo que tú estás viendo como moralidad es simplemente mi impecabilidad- dijo.
-El concepto de impecabilidad, así como el de deshacerme de la importancia personal, es un concepto demasiado vago para serme útil- le comenté.
Don Juan se atragantó de risa., y yo lo desafié a que explicara la impecabilidad.
- La impecabilidad no es otra cosa que el uso adecuado de la energía -dijo-. He ahorrado energía y eso me hace impecable. Para poder entender esto, tú tienes que haber ahorrado suficiente energía, o no lo entenderás jamás.

Durante largo tiempo permanecimos en silencio. Luego continuó:
-Los guerreros hacen inventarios estratégicos -dijo-. Hacen listas de sus actividades en intereses. Y luego deciden cuáles de ellos pueden cambiarse para, de ese modo, dar un descanso a su gasto de energía.
Don Juan dijo que en los inventarios estratégicos de los guerreros, la importancia personal figura como la actividad que consume la mayor cantidad de energía, y que por eso se esforzaban en erradicarla.
-Una de las primeras preocupaciones del guerrero es liberar esa energía para enfrentarse con ella a lo desconocido -prosiguió Don Juan-. La acción de recanalizar esa energía es la impecabilidad.
Dijo que la estrategia más efectiva fue desarrollada por los videntes de la Conquista, los indiscutibles maestros del acecho, y que consiste en seis elementos  que tienen influencia recíproca. Cinco de ellos se llaman los atributos del ser guerrero: control, disciplina, refrenamiento, la habilidad de escoger el momento oportuno y el intento. Estos cinco elementos pertenecen al mundo privado del  el guerrero que lucha por perder su importancia personal. El sexto elemento, que es quizá el más importante de todos, pertenece al mundo exterior y se llama el pinche tirano. Me miró como si en silencio me preguntara si le había entendido o no.
-Estoy realmente perdido -dije-. El otro día dijo usted que la Gorda es la pinche tirana de mi vida. ¿Qué es exactamente un pinche tirano?
-Un pinche tirano es un torturador -contestó-. Alguien que tiene el poder de acabar con los guerreros, o alguien que simplemente les hace la vida imposible.

Don Juan sonrió con malicia y dijo que los nuevos videntes desarrollaron su propia clasificación de los pinches tiranos. Me aseguró que había un tinte de humor malicioso en cada una de sus clasificaciones, porque el humor era la única manera de contrarrestar la compulsión humana de hacer engorrosos inventarios y clasificaciones.
Los nuevos videntes juzgaron correcto encabezar su clasificación con la fuente primaria de energía, el único y supremo monarca del universo, y le llamaron simplemente el tirano. Naturalmente, encontraron que los demás déspotas y autoritarios quedaban infinitamente por debajo de la categoría de tirano. Comparados con la fuente de todo, los hombres más temibles son bufones, y por lo tanto,  los nuevos videntes los clasificaron como pinches tiranos.

La segunda categoría consiste en algo menor que un pinche tirano. Algo que llamaron los pinches tiranitos; personas que hostigan e infringen injurias, pero sin causar la muerte de nadie. A la tercera categoría le llamaron los repinches tiranitos o los pinches tiranitos chiquitos, y en ella pusieron a las personas que solo son exasperantes y molestos a más no poder.
Agregó que la categoría de los pinches tiranitos había sido dividida en cuatro más. Una estaba compuesta por aquellos que atormentaban con brutalidad y violencia. Otra, por aquellos que lo hacen creando insoportable aprensión. Otra para aquellos que oprimen con tristeza. Y la última, por esos que atormentan haciendo enfurecer.

Cuando pongas en juego los ingredientes de la estrategia de los nuevos videntes, sabrás cuán eficaz e ingeniosa es la estratagema de usar a un pinche tirano. No solo eliminarás la importancia personal, sino que también te será claro que la impecabilidad es lo único que cuenta en el camino del conocimiento.
 
Don Juan explicó que solo los videntes que son guerreros impecables y que tienen control sobre el intento logran el engranaje de todos los cinco atributos. Es una maniobra suprema.
-Cuatro atributos es todo lo que se necesita para tratar con los peores pinches tiranos -continuó-. Claro está, siempre y cuando se haya encontrado a un pinche tirano. Mi benefactor siempre decía que el guerrero que se topa con un pinche tirano es un guerrero afortunado. Su filosofía era que si no tienes la suerte de encontrar uno en tu camino, tienes que salir a buscarlo.

Los videntes, al entender la naturaleza del hombre, llegaron a la conclusión indisputable de que si uno se las puede ver con los pinches tiranos, uno ciertamente puede enfrentarse a lo desconocido sin peligro, y luego, incluso, uno puede sobrevivir a la presencia de lo que no se puede conocer.
Nada puede templar tan bien el espíritu de un guerrero como el trabajar con personas imposibles en posiciones de poder. Solo bajo esas circunstancias pueden los guerreros adquirir la sobriedad y la serenidad necesarias para ponerse frente a frente a lo que no se puede conocer.
A grandes voces disentí con él. Le dije que, en mi opinión, los tiranos convierten a sus víctimas en seres indefensos o en seres tan brutales como los tiranos mismos.
-La diferencia está en algo que acabas de decir -repuso-. Tú hablas de víctimas, no de guerreros. Yo también creía lo mismo que tú. Ya te contaré lo que me hizo cambiar, pero primero volvamos otra vez a lo que te estaba diciendo acerca de los tiempos coloniales. Los videntes de aquella época tuvieron la mejor oportunidad. Los españoles fueron tales pinches tiranos que pudieron poner a prueba las habilidades más recónditas de esos videntes; después de lidiar con los conquistadores, los videntes estaban listos para encarar cualquier cosa. En aquel tiempo había pinches tiranos hasta en el mole.
El ingrediente perfecto para producir un soberbio vidente es un pinche tirano con prerrogativas ilimitadas.
-¿Usted encontró un pinche tirano, don Juan?
-Tuve suerte. Un verdadero ogro me encontró a mí. Sin embargo, en aquel entonces, yo me sentía como tú, no podía considerarme afortunado, aunque mi benefactor decía lo contrario.

Don Juan dijo que su penosa experiencia comenzó unas semanas antes de conocer a su benefactor. Apenas tenía veinte años de edad en aquel entonces. Había conseguido un empleo como jornalero. Siempre había sido muy fuerte. Un día llegó una señora muy bien vestida que parecía ser mujer rica y de autoridad, se le quedó viendo, luego hablo con el capataz y partió. El capataz se acercó a don Juan, diciéndole que si le pagaba, él lo recomendaría para un trabajo en la casa. Don Juan le respondió que no tenía un centavo. El capataz sonrió y le dijo que no se preocupara, que el día de pago tendría bastante.
Don Juan dijo que, puesto que él era un humilde indio ignorante que vivía al día, no solo se creyó hasta la última palabra, sino que hasta creyó que una hada benéfica le había hecho un regalo. El capataz mencionó una considerable suma, que tendría que pagarse en abonos.

De inmediato, el capataz llevó a don Juan a la casa del patrón, y ahí lo dejó con otro capataz, un hombre enorme, sombrío y de físico horrible que le hizo muchas preguntas. Se alegró cuando supo que don Juan no tenía familia alguna.
Le prometió a don Juan que le pagaría mucho, y que hasta podría ahorrar, porque iba a vivir y a comer en la casa.
La manera como el hombre rió aterró tanto a don Juan que de inmediato trató de salir corriendo. El hombre le cortó el camino con un revolver en la mano.
-Estas aquí para trabajar como burro -dijo-. Que no se te olvide.
Con mucha fuerza empujó a don Juan, y le pegó con un garrote. Después de comentar que él hacía trabajar a sus hombre de sol a sol, puso a trajinar a don Juan desenterrando dos enormes troncos de árbol cortados. También le dijo a don Juan que si otra vez intentaba escapar o acudir a las autoridades, lo mataría a balazos.
-Trabajarás aquí hasta que te mueras -le dijo-. Y después otro indio tomará tu puesto, así como tú estás tomando el puesto de un indio muerto.   

martes, 5 de abril de 2016

La desobediencia y otros ensayos, parte 9

EL HUMANISMO COMO FILOSOFÍA GLOBAL DEL HOMBRE
(continuación)

Hay diferencias entre los diversos tipos de humanismo contemporáneo, sin duda. El humanismo católico y el protestante dan en la actualidad una importancia similar al amor, la tolerancia y la paz, pero dentro de un marco teísta que declara que estos propósitos y valores están garantizados por la existencia misma de Dios. El humanismo existencial, acentúa la completa libertad del hombre, y sin embargo implica una gran dosis de desesperanza. (Esta es, por supuesto, una crítica con la que muchos estarán en desacuerdo). No hay ninguna duda, sin embargo, de que el existencialismo sartreano forma parte de la filosofía humanista de hoy.

El humanismo socialista presenta dos aspectos que me gustaría enfocar. El primero es que su imagen del hombre es de autonomía, sin un marco teísta de referencia; es un humanismo combativo, o sea, un humanismo político; es optimista, no por fe, sino por convicción. Otra faceta, es el amor al prójimo, la negación del egotismo, el sentirse feliz al esforzarse por la felicidad de otros. Por supuesto, abolir las condiciones sociales de la desdicha general es el aspecto práctico, político, del humanismo marxista.

Pero una cuestión crucial es qué quiere significar cuando habla de “luchar por la felicidad de otros”, y este es el segundo aspecto que deseo examinar. ¿Qué es la felicidad? ¿Es el estado de una persona que hace lo que desea? Entonces un masoquista es feliz cuando lo golpean, un sádico cuando puede golpear, un drogadicto es feliz cuando dispone de la droga.
¿Puede no obstante definirse el sentido de la vida en términos que sean objetivamente validos? Cuando lo hacemos, no volvemos a la religión tradicional o recaemos en el sistema autoritario, sea que la Iglesia o el Estado determinen lo que es hermoso, lo que es bueno, lo que el hombre debe tratar de alcanzar? Y entonces surge un problema muy serio: ¿hay alguna manera de reconciliar una contradicción semejante, de llegar a un sistema de valores objetivamente válidos sin volver a un sistema de valores controlado por el estado o la Iglesia e impuesto a los hombres? Estas preguntas se las formulan la mayoría de los humanistas.

Tenemos que aceptar el principio de que no debe haber ningún dogma, ninguna fuerza, y en tanto éste es un concepto no teístico de humanismo, las ideas y valores no deben basarse en la creencia en Dios. No debe haber ninguna fuerza que impida a le gente la satisfacción de sus deseos, incluidos los drogadictos, o cualquier tipo de actividad sexual, siempre que no dañen a otras personas. Me parece que el problema no consiste en tabuar ni prohibir la satisfacción de los deseos, sino en estimular al hombre en el cultivo de deseos que sean verdaderamente humanos, deseos que sean lo que un ser humano en desarrollo, activo y vivo. El desarrollo solo puede lograrse por el cultivo de los deseos humanos; no puede surgir mediante la reglamentación de los deseos que ya existen -eso simplemente no funciona-.

¿Cómo pueden estimularse los deseos? Primero, tomando en serio nuestra tradición humanista, porque en la actualidad la mayor parte de lo que decimos sobre nuestra tradición es prédica, es ideología, y no se refleja en los hechos de la vida. Y segundo, como socialista que soy creo que los deseos humanos solo pueden estimularse por una práctica y organización social diferentes, por una atmósfera social distinta.

La siguiente cuestión es la de cómo establecemos la validez de ciertas metas humanas, de ciertos valores humanos, si su vigencia no se basa en Dios, la revelación o la simple tradición. Creo que es posible hacerlo mediante un examen de las condiciones de la existencia del hombre, por el análisis de las contradicciones intrínsecas de la existencia humana y por un análisis de cuál es la manera óptima de resolverlas. Esta tarea la realizó muy efectivamente el budismo hace 2500 años. Podemos estar o no de acuerdo con las conclusiones budistas, pero fue una tentativa completamente no mito lógica, racional, de comprender la existencia humana, de ver sus problemas y de encontrarles una respuesta. Puede haber respuestas mejores, pero metodológicamente ésta fue la primera vez que se realizó un análisis objetivo y racional.

Pienso que las respuestas y los valores de este tipo de humanismo se orientarían en la siguiente dirección. Hay un supremo valor en la personalidad productiva, autogestiva en el sentido de Spinoza, Goethe o Marx. Esta es contraria al homo consumens, el eterno succionador que es la estructura promedio del carácter en la sociedad industrial de hoy. De este modo, una persona desarrollaría su amor y su razón.
Otro supremo valor sería la capacidad del hombre para trascender. Se dice que el hombre tiene que ir más allá de sí mismo para ser plenamente humano, y este “más allá de sí mismo” se define luego habitualmente como Dios.
Pero si uno habla en términos de la experiencia humana el concepto de Dios es totalmente innecesario, y la cuestión se transforma en: ¿puede un hombre desprenderse de su ego? ¿puede dejar la prisión de su propia existencia separada? ¿puede vaciarse por dentro?¿Puede abrirse al mundo? Como lo expresaron los místicos, ¿puede estar vacío para estar lleno? O, para utilizar una expresión que Marx empleó a menudo: “Lo que importa es que el hombre sea mucho, no que tenga mucho o use mucho”. en su forma más radical, llegaríamos a lo que podría llamarse misticismo ateístico, como se encuentra efectivamente en el budismo Zen. Podríamos describirlo como un sentimiento de unidad con el mundo que no se basa en la creencia en Dios, aunque sin embargo, no difiere mucho de la vivencia de ciertos místicos cristianos, judíos o musulmanes que han expresado la misma experiencia en otros conceptos y en otras palabras.

Hay una cosa más que debemos decir: cualquier humanismo de esta clase debe tener una jerarquía estricta de valores; sin ella, el resto no tiene sentido. Si alguien desea llegar a ser pianista y trata de hacerlo practicando media hora por semana, es un tonto; y si alguien desea alcanzar los valores del humanismo sin otorgarles una completa superioridad sobre cualquier otro valor, simplemente se engaña.
En el siglo XIX Nietzsche proclamó que Dios había muerto. Hoy una cantidad de teólogos protestantes dicen lo mismo. En lo que respecta a la mayoría de la gente, probablemente sea cierto. Pero el problema actual no consiste tanto en si Dios ha muerto, sino en si el hombre está muerto. No físicamente  -aunque también nos amenaza el riesgo-, sino espiritualmente. La cuestión es si el hombre se ha transformado o está transformándose cada vez más en un autómata, lo que llegará a dejarlo totalmente vacío y privado de vitalidad. El nuevo humanismo está unificado en su determinación de que el hombre no muera.

Es importante no solo protestar contra los males; hay tantos males en la actualidad que cada uno tiene por cierto ocasión de protestar. Pero imaginemos por un momento que no hubiera ninguna cuestión racial, ni guerra por protestar.¿Qué está haciendo el lector por su vida? Creo que debemos darnos cuenta de que si bien, la protesta es necesaria no es la única forma de actividad humana, y creo que es fundamental que la nueva generación busque un marco de referencia, una orientación y una devoción que no sea la del mundo burgués, enteramente subjetivo, ni la de la religión, prescrita por un dogma y por la organización que lo apoya, sino más bien la de una elección de valores que lleven a una mayor exaltación de la vida en sentido humanista. No debemos tener temor de enfrentar los problemas espirituales de nuestra existencia humana.

jueves, 31 de marzo de 2016

La desobediencia y otros ensayos, parte 8


IV
EL HUMANISMO COMO FILOSOFÍA GLOBAL 
DEL HOMBRE


Hay una definición de humanismo -en mi opinión estrecha- que se refiere al humanismo como ese movimiento de los siglos XV y XVI que significó un retorno al saber y a las lenguas clásicas, el griego, el hebreo y el latín. Totalmente distinta es la definición de humanismo como una filosofía global del hombre -una filosofía global que tiene uno de sus picos en el Renacimiento, pero cuya tradición abarca 2500 años, a partir de los profetas en el mundo occidental y de las enseñanzas budistas en el Este-.
¿Cuáles son los principios fundamentales de este humanismo? La filosofía humanista puede caracterizarse de la siguiente manera: primero, la creencia en la unidad de la raza humana, en que no hay nada humano que no se encuentre en cada uno de nosotros; segundo; el énfasis en la dignidad del hombre; tercero, el énfasis en la capacidad del hombre para desarrollarse y perfeccionarse a sí mismo., y cuarto, el énfasis sobre la razón, la objetividad y la paz. El filósofo polaco Adam Schaff ha dado otra descripción, el llama humanismo “a un sistema de reflexiones acerca del hombre, que lo reconoce como el sumo bien y se ocupa de crear en la práctica las mejores condiciones para su felicidad”.

Trataré de dar una idea de cómo ha sido expresada esta filosofía humanista en los diversos periodos de la cultura.
Primero, el humanismo budista. El budismo clásico es lo que hoy se llamaría una filosofía existencialista, que parte de un análisis de la verdadera condición de la existencia humana y llega a la idea de que la existencia humana implica necesariamente sufrimiento, y de que solo hay una manera de eliminar ese sufrimiento, que consiste en refrenar el ansia de bienes.

Otra rama de la filosofía humanista se encuentra en el Antiguo Testamento. En Isaías, 19, 23-25, dice: “En ese día habrá una carretera de Egipto a Asiria… En ese día Israel será el tercero con Egipto y con Asiria.” este es un ejemplo del espíritu de universalismo y del concepto de que un hombre único es el centro del pensamiento. Encontramos en el Antiguo Testamento el concepto, específicamente humanista, de amar al prójimo, y otro concepto que trasciende considerablemente a éste: amar al extranjero, a la persona que no está vinculada con uno por lazos de sangre. El Antiguo Testamento dice: “Ama al extranjero, porque habéis sido extranjero en Egipto, y por lo tanto conocéis cómo se halla el alma del extranjero”. (Éxodo, 23,9) . Todos compartimos la misma experiencia humana y es por eso que podemos entendernos unos a otros.

La misma idea a continuado en el pensamiento cristiano a través del mandamiento: “Amad a vuestros enemigos” (Mateo, 5,44). Naturalmente, la idea de Cristo dentro de la religión cristiana era en sí misma una expresión del espíritu humanista. Nicolás de Cusa dijo que: “la humanidad de Cristo vincula a los hombres entre sí y es la máxima prueba de la unidad interna de la humanidad”.

Hay el humanismo griego, en el que encontramos obras como la Antígona de Sófocles, en que Antígona representa el humanismo y Creón las inhumanas leyes hechas por el hombre.
Un gran humanista latino, Cicerón, escribió: “Debes concebir todo este universo como una comunidad de la cual son miembros tanto los dioses como los hombres”.

Los grandes nombres del humanismo renacentista -Erasmo, Pico della Mirandola, Postel y muchos otros-  llevaron al humanismo a un concepto en el cual el énfasis cae en “el hombre como tal” y cuya tarea es desarrollarse plenamente, llegar a ser lo que es potencialmente. También importante era su insistencia sobre la razón, y ante todo sobre la paz. La Guerra de los Treinta Años, que fue tan catastrófica para Europa, tanto desde el punto de vista material como espiritual, se produjo pese a los frenéticos esfuerzos de los filósofos humanistas por impedirla tratando de crear una atmósfera de objetividad.

En lo que respecta a la filosofía del iluminismo, dese el siglo XVII hasta el XIX, me basta mencionar unos pocos nombres -Spinoza, Locke, Freud y Marx-. La esencia misma del humanismo, la idea de que toda la humanidad está en cada uno de nosotros, Goethe la formuló muy claramente: “Los hombres llevan dentro de sí no solo su propia individualidad, sino a toda la humanidad con todas sus potencialidades”. Freud a trasladado a la práctica esta idea humanista: todo el psicoanálisis (es decir, el intento de entender lo que es inconsciente en otra persona) presupone que lo que detectamos en el inconsciente de otro está vivo en nosotros mismos.

Uno de los últimos grandes humanistas fue Marx. Escribió: “Un ser no se considera a sí mismo independiente a menos que sea su propio dueño, y solo es su propio dueño cuando debe su existencia a sí mismo. Un hombre que vive por el favor de otro, se considera a sí mismo dependiente”. El hombre solo es independiente si se hace dueño de su múltiple ser de una manera global, con lo que llega a ser un hombre entero. Marx acentúa más que cualquier otro la independencia, el no deber la existencia a ningún otro, o, para utilizar otro término que el usaba a menudo, la “autogestión”. Marx lo expresó en otro contexto: “Si uno ama sin evocar amor en reciprocidad (si uno no es capaz mediante la manifestación de sí mismo como persona amante, de hacerse amar), entonces ese amor es impotente, es una desgracia”. Lamentablemente, Marx está tan erróneamente representado que no se conoce muy bien este sesgo humanista de su pensamiento.  

En general, el humanismo surgió como una reacción ante una amenaza contra el hombre. Hoy vivimos un periodo en el que la amenaza contra la existencia espiritual del hombre. En la sociedad industrial -la capitalista o la así llamada comunista, sin que haya diferencia alguna- el hombre se transforma cada vez más en una cosa, el homo consumens, un eterno cliente. Todo se vuelve artículo de consumo. El hombre se va alienando, se vuelve cada vez más “uno cualquiera” y no un “Yo”, para utilizar una expresión de Heidegger. Se transforma progresivamente en el hombre organización, en una cosa, y corre peligro de perderla esencia misma de la humanidad, el estar vivo.

Precisamente como reacción ante tales peligros, ha surgido en los últimos años el nuevo movimiento humanista o el renacimiento del humanismo, que se desarrollo -hecho muy interesante- en todos los campos ideológicos. Vemos un nuevo humanismo dentro de la Iglesia católica. En la Iglesia Protestante hay un movimiento similar. Albert Schweitzer es uno de los máximos representantes del humanismo protestante. Y aunque sea menos conocido, uno ve el mismo renacimiento dentro del marxismo..

Es cierto que las concepciones de los humanistas católicos, los protestantes y los marxistas (incluso entre los marxistas mismos) son muy diferentes. Sin embargo, tienen mucho en común. Primero, coinciden en que, si bien, es importante la expresión de una actitud en un concepto pensado, éste solo tiene significado si lo referimos a la realidad. Los conceptos pensados, en sí mismos, tienen poco peso. No son sino palabras a menos que las acciones de la persona, en su vida diaria -con respecto a la guerra y la paz, en su actitud hacia sus vecinos-, se enraícen en esta sustancia humana. Los humanistas, pese a ubicarse en campos doctrinarios diferentes, encuentra más coincidencias que divergencias; se comprenden notablemente bien, aunque cada uno mantenga su propio marco de referencia.

El segundo factor común para el nuevo humanismo contemporáneo es su preocupación por el hombre, por su pleno desarrollo, por salvarlo no solo de la extinción física sino también de la muerte intelectual con que lo amenaza la sociedad industrial.

martes, 15 de marzo de 2016

La desobediencia y otros ensayos, parte 7

PROFETAS Y SACERDOTES (continuación)

Este siglo es la era de las burocracias, que administran a las cosas y  a los hombres como una unidad, y funcionan esencialmente como lo haría una computadora. El individuo se transforma en un número. Y justamente porque no hay una autoridad manifiesta, porque el individuo no está “forzado” a obedecer, se hace la ilusión de que actúa voluntariamente. ¿Quién puede desobedecer cuando ni siquiera de da cuanta de que obedece? En la familia y en la educación ocurre la misma cosa. Desde el primer día, el niño esta lleno del impío respeto a la conformidad, del temor de ser “diferente”, del miedo de alejarse del resto del rebaño. El “hombre-organización” educado de esta manera en la familia y en la escuela y completada su educación en la gran organización, tiene opiniones, pero no convicciones; se divierte, pero es desdichado; está incluso dispuesto a sacrificar su vida y la de sus hijos en la obediencia voluntaria a poderes impersonales y anónimos.

La cuestión de la desobediencia es de vital importancia en la actualidad. Es un acto de afirmación de la razón y la voluntad. No es primordialmente una actitud dirigida contra algo, sino a favor de algo: de la capacidad humana de ver, de decir lo que se ve y de rehusarse a decir lo que no se ve. Para hacerlo así, el hombre no necesita ser violento y rebelde; necesita mantener los ojos abiertos, estar plenamente alerta y deseoso de asumir la responsabilidad de hacer abrir los ojos a quienes se hallan en peligro de perecer porque están amodorrados.

Karl Marx escribió una vez que Prometeo, quien dijo que: “prefería estar encadenado a su roca antes de ser el siervo obediente de los dioses”, es el santo patrono de todos los filósofos. El filósofo desobedece a los clisés y a la opinión pública porque obedece a la razón y a la humanidad. Se atreve a saber. Es un ciudadano del mundo; su objeto es el hombre -no esta o aquella persona, esta o aquella nación-. Su país es el mundo, no el lugar donde ha nacido.

Bertrand Russell escribió: Los hombres temen al pensamiento más que a cualquier otra cosa -más que a la ruina, incluso más que a la muerte-. El pensamiento es subversivo y revolucionario, destructivo y terrible; el pensamiento es despiadado con el privilegio y las instituciones establecidas; es anárquico y sin ley, indiferente a la autoridad . El pensamiento escudriña el abismo del infierno y no teme. El pensamiento es grande, y veloz y libre, la luz del mundo, y la principal gloria del hombre.
Pero para que el pensamiento llegue a ser posesión de muchos, no privilegio de unos pocos, debemos eliminar el temor. Es el temor lo que contiene a los hombres. “¿Debe el trabajador pensar libremente acerca de la propiedad? Entonces, ¿qué ocurriría con los ricos? ¿deben los jóvenes pensar libremente acerca del sexo? ¿deben los saldados pensar libremente acerca de la guerra? ¡Basta de pensamiento! ¡Retornemos a las sombras del prejuicio,  para que no corran peligro la propiedad, la moral y la guerra! Es mejor que los hombres sean estúpidos, lerdos y tiránicos, y no que su pensamiento sea libre. Así argumentan los oponentes del pensamiento en las profundidades inconscientes de su alma. Y así actúan en sus iglesias, sus escuelas y sus universidades.

Bertrand Russell lucha contra la masacre que nos amenaza, no porque sea pacifista o por algún principio abstracto, sino precisamente porque es un hombre que ama la vida.
Y es por esa razón que no tienen para él ningún sentido las voces que recalcan la maldad del hombre, con lo que en realidad dicen más sobre sí mismos y sobre su propio temperamento melancólico que sobre los hombres.
Bertrand se da cuenta de la hondura del mal y la estupidez que anida en el corazón del hombre, pero no lo confunde con una supuesta  corrupción innata. Escribe: “Hay una caverna de obscuridad que debemos atravesar antes de poder entrar en el templo. El portal de la caverna es la desesperanza, y su piso está pavimentado con las lozas túmbales de las esperanzas abandonadas. Allí debe morir el Yo; allí debe aniquilarse la avidez, el afán del indómito deseo, pues solo así puede librarse el alma del imperio del Destino. El portal del Renunciamiento lleva de nuevo a la luminosidad, de la que irradia una nueva visión, un nuevo goce, una nueva ternura que alegra el corazón del peregrino”.

Una cita más de los escritos de Russell, que  con qué profundidad sintió la alegría de vivir. “El amante, el poeta y el místico encuentran una satisfacción más plena que la que pueden llegar a conocer quienes buscan el poder, puesto que aquéllos pueden retener al objeto de su amor., mientras que el ávido de poder tiene que embarcarse continuamente en alguna nueva manipulación para no sufrir un sentimiento de vaciedad. Cuando llegue mi último día, no sentiré que he vivido en vano“.

Para Russell, en contraste con los pragmatistas, el pensamiento racional no es la búsqueda de la certeza, sino una aventura, un acto de autoliberación y de coraje, que cambia al pensador al volverlo más alerta y darle más vida. Él es un hombre de fe. No de fe en el sentido teológico, sino de fe en el poder de la razón, fe en la capacidad del hombre para crear su propio paraíso. “Cuando se computa el tiempo geológico - escribió- se llega a la conclusión de que el hombre existe en el planeta desde hace muy poco tiempo - a lo sumo un millón de años-. Lo que ha logrado, en especial los últimos 6000 años, es algo profundamente nuevo en la historia del cosmos, por lo menos en la medida que lo conocemos. ¿va a terminar todo esto en un error trivial porque solo unos pocos son capaces de pensar en el Hombre?¿Está nuestra especie tan despojada de sabiduría, es tan incapaz de amor incondicional?
Tenemos delante de nosotros, si lo elegimos, un continuo progreso en felicidad, conocimiento y sabiduría. En lugar de esto, ¿vamos a preferir la muerte, porque no somos capaces de olvidar nuestras disputas? Apelo, como ser humano, a seres humanos: recodemos nuestra humanidad y olvidemos el resto. Si podemos hacerlo, tenemos abierto el camino hacia el nuevo Paraíso; si no podemos, solo nos aguarda la muerte universal.”

No existe en verdad una distinción más marcada entre los seres humanos que la que hay entre quienes aman la vida y quienes aman la muerte. Este amor por la muerte es una adquisición típicamente humana. El hombre es el único animal que puede aburrirse, el único animal que puede amar  la muerte. El hombre impotente no puede crear vida, pero puede destruirla. El amor por la muerte en medio de la vida es la perversión más esencial.
Bertrand advierte al mundo sobre la inminente ruina precisamente como lo hicieron los profetas, porque ama la vida y todas sus formas y manifestaciones. También como los profetas, no es un determinista; es un “alternativista”, que ve que lo que está determinado son solo ciertas alternativas limitadas y verificables. Que la voz de este profeta prevalezca sobre las voces de destrucción y la fatiga, depende del grado de vitalidad que haya preservado el mundo, y especialmente la generación más joven. Si estamos destinados a perecer, no podemos pretender que no hemos sido advertidos.


viernes, 11 de marzo de 2016

La desobediencia y otros ensayos, parte 6



III
PROFETAS Y SACERDOTES


Puede decirse que nunca estuvo tan difundido por el mundo como en la actualidad el conocimiento de las grandes ideas producidas por la especia humana, y nunca esas ideas fueron menos efectivas que hoy. Las ideas de Platón Y Aristóteles, de los profetas y de Cristo, de Spinoza y de Kant, son conocidas por millones. Y todo esto en un mundo que sigue los principios del egotismo irrestricto, que alimenta un nacionalismo histérico, y que se está preparando para una insensata masacre masiva. ¿Cómo explicar esta discrepancia?

Las ideas no influyen profundamente en el hombre cuando solo se las enseña como ideas y pensamientos; nuevos pensamientos toman el lugar de los antiguos; nuevas palabras toman su lugar. Pero todo lo que ocurre es un cambio en los conceptos y las palabras. ¿Por qué debería ser de otra manera? Es extremadamente difícil que un hombre sea movido por ideas, y que capte una verdad. Para lograrlo, necesita superar resistencias de inercia profundamente arraigadas, vencer el miedo al error o a apartarse del rebaño. El mero familiarizarse con otras ideas no es suficiente, aunque estas sean correctas y sólidas. Pero las ideas producen realmente un efecto sobre el hombre si son vividas por quien las enseña, si son personificadas por el maestro, si aparecen encarnadas. Si un hombre expresa la idea de humildad y es humilde, quienes lo oyen comprenderán  qué es la humildad. Lo mismo vale para todas las ideas que un hombre, un filósofo o un instructor religioso traten de transmitir.

A quienes anuncian ideas -y no necesariamente ideas nuevas- y a la vez las viven, podemos llamarlos profetas. Los profetas del Viejo Testamento hicieron precisamente eso: anunciaron la idea de que el hombre tenía que hallar una respuesta a su existencia, y que esa respuesta era el desarrollo de su razón, de su amor; y enseñaron que la humildad y la justicia estaban indisolublemente vinculadas con el amor y la razón. No los impresionaban los poderosos, y dijeron la verdad aunque eso los llevara a la cárcel, el ostracismo o la muerte. Respondieron a sus congéneres porque se sintieron responsables. Lo que les ocurría a otros, les ocurría a ellos. La humanidad no estaba fuera, sino dentro de ellos. No se trata de que un profeta desee serlo. El hombre que se siente responsable no tiene otra elección que volverse profeta. Es función del profeta mostrar la realidad, señalar alternativas, protestar; es su función hablar en voz alta, despertar al hombre de su rutinario entresueño. Es la situación histórica lo que hace a los profetas, no el deseo de serlo de algunos hombres.

Los profetas solo aparecen a intervalos en la historia de la humanidad. Mueren y dejan su mensaje. Ese mensaje lo aceptan millones de personas, se les vuelve entrañable. Esta es precisamente la razón de que la idea resulte explotable para otros, que usufructúan para sus propios fines de dominio y control la adhesión de la gente a estas ideas. A los hombres que hacen uso de la idea anunciada por los profetas, los llamaremos sacerdotes.
Los profetas viven sus ideas. Los sacerdotes las administran. La idea ha perdido su vitalidad y transformado en una fórmula.
Los sacerdotes utilizan la idea para organizar a los hombres, para controlarlos controlando la expresión exacta de la idea, y cuando los anestesiaron suficientemente, declaran que no son capaces de mantenerse despiertos y de dirigir su propia vida, y que ellos, los sacerdotes, obran por deber, o incluso por compasión, al cumplir la función de dirigir a los hombres. Cierto es que no todos los sacerdotes han actuado de esta manera, pero la mayoría de ellos lo hicieron, especialmente los que manejaron el poder.


Hay sacerdotes no solo en religión. Hay sacerdotes en filosofía y sacerdotes en política. En el siglo XX los sacerdotes políticos han asumido la administración de las ideas del socialismo. Aunque esta idea tendía a la liberación e independencia del hombre, los sacerdotes declararon que el hombre no era capaz de ser libre. Ellos estaban obligados a hacerse cargo, y a decidir cómo formular la idea, y quien era un creyente devoto y quien no lo era. Los sacerdotes confunden porque se proclaman sucesores del profeta y afirman que viven lo que predican. Sin embargo, aunque un niño podría ver que viven precisamente en forma opuesta a lo que enseñan, la gran masa de personas ha sufrido un efectivo lavado de cerebro y llega eventualmente a creer que si los sacerdotes llevan una vida espléndida lo hacen como sacrificio, porque tienen que representar la gran idea; o que si matan sin piedad solo lo hacen por fe revolucionaria.

Ninguna situación histórica podría ser más propicia que la nuestra para el surgimiento de profetas. La existencia misma de la especia humana está amenazada. La mentalidad troglodítica y la ceguera han llevado a un punto en que la especia humana parece avanzar hacia su trágico final, en el momento mismo en que está cerca de su más grande logro. En este momento la humanidad necesita profetas, aunque sea dudoso que sus voces logren prevalecer por sobre las de los sacerdotes.

Entre los pocos en los que la idea ha llegado a encarnarse, y a los que la situación histórica transformó de maestros en profetas, está Bertrand Russell. El, junto con Einstein y Schweitzer, representan la respuesta de la humanidad occidental ante la amenaza de su existencia, porque los tres han alzado la voz, han formulado advertencias, y han señalado las alternativas.
 
Bertrand Russell ha reconocido que la idea, aunque se encarne en una persona, solo cobra significación social si se encarna en un grupo. Cuando Abraham discutió con Dios acerca del destino de Sodoma, pidió que se perdonara a Sodoma si había en ella diez hombres justos, es decir, un grupo mínimo en el cual se hubiera encarnado la idea de justicia. Bertrand trata de demostrar que existen diez personas que pueden salvar la ciudad. Este es el motivo por el que organizó a la gente, marchó con ella y junto con ella fue llevado en los furgones policiales. Aunque su voz sea una voz en el desierto, no es, sin embargo, una voz aislada. Es el guía de un coro.
 Entre las ideas que Russell encarna en su vida, quizás la primera que se debe mencionar es el derecho y el deber del hombre de desobedecer.

Al hablar de desobediencia no me refiero a la del “rebelde sin causa”, que desobedece porque no tiene otro compromiso con la vida que el de decir “no”. Esta clase de desobediencia rebelde es tan ciega e impotente como su opuesto, la obediencia conformista que es incapaz de decir “no”. Estoy hablando del hombre que puede desobedecer porque puede obedecer a su conciencia y a los principios que ha elegido; estoy hablando del revolucionario, no del rebelde.

En la mayoría de los sistemas sociales la obediencia es la suprema virtud, la desobediencia el supremo pecado. En verdad, cuando en nuestra cultura la gente se siente “culpable”, lo que ocurre realmente es que tiene miedo porque ha desobedecido. Esto no es sorprendente; después de todo, la enseñanza cristiana ha interpretado la desobediencia de Adán como un hecho que lo corrompió a él y a su simiente de un modo tan fundamental que solo el acto especial de la gracia de Dios podía salvar al hombre de su corrupción. Esta idea estaba, por supuesto, de acuerdo con la función social de la iglesia, que sostenía el poder de los gobernantes mediante la enseñanza del carácter pecaminoso de la desobediencia. Solo los hombres que tomaron en serio las enseñanzas de la humildad, la fraternidad y la justicia se rebelaron contra la autoridad secular, con el resultado que la Iglesia los señaló como rebeldes y pecadores contra Dios.

Pese a la progresiva desaparición del terror religioso, los sistemas políticos autoritarios siguen haciendo de la obediencia la piedra angular de su existencia. Las grandes revoluciones de los siglos XVII y XVIII combatieron contra la autoridad real, pero pronto el hombre retornó ha hacer una virtud de la obediencia a los sucesores de los reyes, cualquiera fuera el nombre que asumieran. Las democracias occidentales se enorgullecen de haber superado el autoritarismo del siglo XIX. Pero ¿lo lograron, o solo ha cambiado el carácter de la autoridad?