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martes, 25 de junio de 2019

El Cambio es Hacia Abajo, parte 5


El concepto del Sí-mismo en Carl Jung
 
Carl Jung difiere de la teoría de Freud, pues no considera que el ello freudiano sea movido únicamente por fuerzas libidinales caóticas capaces de irrumpir en el consciente y producir síntomas lamentables.
El inconsciente jungiano se muestra menos pesimista. Está constituido de arquetipos, núcleos de energía psíquica que se encarnan en la realidad para darle sentido. Estas formas universales gravitan idealmente en torno a un centro que es el Sí-mismo.

Mientras que Freud opta por la represión y pide al yo que tenga una actitud defensiva respecto del inconsciente y le encarga levantar murallas para contenerle, Jung propone, por el contrario, una colaboración entre el yo consciente y el inconsciente.
El descubrimiento del Sí-mismo le llevó a concebir para la persona un proceso de maduración cuyo objetivo es llegar a ser Sí misma, encontrar su propia identidad, y, con este fin, liberar a la persona de las influencias sociales inoperantes .

Su planteamiento influirá en todas las escuelas de psicología transpersonal, que reconocerán el papel determinante de lo espiritual en la salud y en la evolución de la persona.
El Sí-mismo, una realidad imposible de conocer directamente, se deja  descubrir, sin embargo, por el consciente a través de símbolos, los sueños, los mitos y las leyendas.

Entre las imágenes simbólicas que representan más particularmente al Sí-mismo se cuentan ante todo las que expresan la totalidad y el infinito, como: el diamante indestructible, el agua viva, el fénix que resurge de sus cenizas, el elixir de la inmortalidad, la piedra filosofal, y el reino interior. Todos estos símbolos remiten a la idea de totalidad, perfección y finalidad del Sí-mismo, considerado como el alma humana habitada por lo divino.
En un intento de describir al Sí-mismo, Jung se figura: El alma es un santuario en el interior de la persona en el que se encuentra una fresca cascada en el seno de una selva tropical, un remanso de paz y serenidad que da cobijo a un gran sabio. Este sabio vive desde tiempo inmemorial. No es un anciano, no; digamos mejor que no tiene edad. Sabe vivir: sabe lo que es bueno para él. No se equivoca. Sabe gozar de la vida, sacando lecciones y adquiriendo poder a partir de ella. Es el centro del Sí-mismo  “generativo”.


La vida espiritual

No hay que tener miedo de la pobreza ni del exilio
ni de la cárcel ni de la muerte,
pero sí hay que tener miedo al miedo.
                                                                                                                 Epicteto

La vida espiritual consiste en explorar sin descanso la propia interioridad, en prestar atención al flujo de nuestra vida en su totalidad , es decir: incluir el mundo personal de las imágenes, los sueños y las visiones creativas; las ensoñaciones; en prestar atención también a los diálogos interiores y finalmente, a las propias emociones y sentimientos.
No es fácil entrar en uno mismo y dejar llegar a la conciencia las oleadas invasoras y  perturbadoras de las imágenes, palabras y emociones. La mayoría de la gente se resiste a acoger estos mensajes; se distraen con la agitación y se apartan de sí mismos; se las ingenian para acallar los estados de ánimo que estorbarían sus hábitos o deseos.
Hacerse espiritual es ir eliminando progresivamente los miedos. El ego vive constantemente en el miedo: miedo a carecer de lo esencial, miedo a no ser aceptado ni querido, ni amado. Y su mayor terror es morir.

Alex Lowen nos aclara: El alma es el nombre que le damos al sistema energético humano que anima a todo organismo. Si sentimos odio, el corazón se contrae y el alma se encoge. Si somos amables el corazón se expande y el alma se ensancha. El brillo de una sonrisa amistosa proviene de un corazón pleno de buenos sentimientos. No se puede ser amable y compulsivo al mismo tiempo. Una persona sociable es lo bastante paciente como para establecer un vínculo sincero y cálido con todos aquellos con quienes tiene contacto.

La persona  que ama tiene conciencia de la existencia de algo más grande y más poderoso que ella misma. Un orden superior. Sin esa fuerza, ¿qué existe que pueda frenar la egolatría y la codicia del hombre, que lo llevan a ver a la Tierra y a sus habitantes como cosas a ser explotadas en provecho de los deseos propios? Al entregarse a su codicia, el hombre destruye la tierra misma de la que depende su propia existencia. 

El camino espiritual es también imposible sin una renuncia continua. La vida humana está repleta de incidencias. Desde el nacimiento hasta la muerte, la persona pasa por una sucesión de pérdidas: algunas inevitables, con motivo de las distintas transiciones en la vida;  además de daños imprevistas, causadas por las enfermedades, las separaciones, los accidentes y otros.
Vivir bien esas pérdidas exige una fuerte autoestima. Si el duelo no se vive adecuadamente, suele llevar a trastornos de orden físico y psicológico. Quedándose, por ejemplo, demasiado aferrados a los seres desaparecidos y al pasado; su vida parece haberse detenido, su crecimiento psicológico se bloquea y su evolución espiritual se estanca.
No es igual en la persona que se ama y confía en sí misma, que si es capaz de desprenderse de los seres queridos y de las situaciones pasadas. No los olvida, como es natural, pero si construye una relación nueva y sana con ellos. En este tipo de persona, el proceso de duelo sirve para establecer nuevos lazos espirituales con los desaparecidos.

En su gran mayoría, las personas de hoy estamos suspendidas entre el cielo y el infierno Podemos experimentar momentos de júbilo, pero con demasiada frecuencia sentimos que podríamos caer en un abismo. La única salida a esta situación es hacer lo que hizo Dante, en La Divina Comedia . Explorar el infierno personal, descender a las profundidades del propio ser con la luz de la conciencia. Así, se elimina el infierno, que sólo puede existir en la obscuridad. De manera similar, cuando los sentimientos suprimidos son atraídos a la conciencia y aceptados, ya no pueden seguir atormentándonos. 

En opinión del Doctor Lowen: Concebimos el infierno como un lugar en lo más hondo de las entrañas de la tierra. Nuestro infierno personal se sitúa en lo más profundo de las entrañas del cuerpo, en la cavidad pélvica que aprisiona la sexualidad. Aquí se encuentran las raíces de nuestra verdadera espiritualidad. Aquí, en la matriz, es donde empieza la vida y donde experimentamos por primera vez la gloria del paraíso.
Cuando llegamos al mundo,es como si fuéramos expulsados del paraíso. Podemos recuperar esa sensación de gloria cuando, en la seguridad de los brazos de nuestra madre, nos prendemos de su pecho. También la podemos tener cuando, en la seguridad del amor de nuestro compañero, nos unimos a él en un abrazo sexual.

Hay otras ocasiones en las que experimentamos el júbilo de la plenitud, pero eso depende de que estemos en contacto con la parte más profunda de nosotros mismos. Reconocemos ese contacto cuando notamos esa onda de excitación fluir a través del cuerpo. 
Las religiones orientales reconocen la importancia de que el individuo salga de su cabeza y descienda a las profundidades de su ser. La técnica usada es la meditación. El aquietar los ruidos parásitos de la mente nos permite escuchar los sonidos del alma. La clave de la meditación consiste en respirar profundamente, lo que ayuda al individuo a relajarse.

La alegría es un sentimiento, no un pensamiento

En el centro de cada uno de nosotros hay un alma animal en armonía con la naturaleza, con el mundo y con el universo. Si nos separamos de ella, nuestra mente sigue funcionando lógicamente, pero nuestros pensamientos tienen poco valor humano. Saul Bellow escribió: En la más grande de las confusiones sigue habiendo un canal abierto al alma. Puede ser difícil de encontrar… pero el canal está siempre allí, y nos compete a nosotros mantenerlo siempre abierto, tener acceso a la parte más profunda de nosotros mismos… a esa parte que es consciente de un estado superior de conciencia.
Ese canal no existe en la mente. Existe, en cambio, en el cuerpo, y es el canal a través del cual pasan las ondas de excitación a la pelvis. 

La aseveración de que no sólo de pan vive el hombre implica que una persona necesita tener fe, además de pan, para sobrevivir. Mientras que el pan basta por sí solo para sustentar el cuerpo, el animal humano necesita otro sustento para su espíritu. Ese alimento   es el amor, que consiste en una profunda y sentida conexión con otra u otras personas, con otra criatura, con la naturaleza y con Dios. Yo no creo que los seres humanos sean los únicos que tienen esa necesidad. El espíritu de un animal languidece si se le aísla del contacto con la vida. 

¿Los animales tienen fe? La respuesta se contesta según hablemos de la fe como un sistema de creencias o como una actitud corporal. La distinción es muy importante pues es posible que un individuo proclame su fe y sin embargo actúe de modo que desmienta esa aseveración.
Si el amor es una sensación corporal y la fe es una actitud , podemos decir que un animal es capaz de sentir amor y tener fe.
Esa era la condición del hombre en los primeros días de su existencia, antes de adquirir conciencia de sí mismo. 

En vez de tener fe, los occidentales hemos depositado nuestra confianza en la ciencia, que representa el poder de la mente humana para superar todas las dificultades que nos rodean. La ilusión de superioridad frente a la naturaleza destruye la conexión que da su significado a la vida, la excitación y su alegría. Esa ilusión niega la naturaleza espiritual del hombre.
Necesitamos establecer un equilibrio y una armonía apropiados entre la mente racional y el cuerpo animal, entre la aspiración a volar y la necesidad de arraigarnos a la realidad de la dependencia de la tierra, de la que extraemos alimento y sustento.

En Oriente, por amor de sus creencias animistas, la gente mantiene la fe en el poder curativo del cuerpo. En muchos casos comprobados, la fe ha convertido un diagnóstico fatal en una cura aparentemente milagrosa. Esto no se debe a la acción de fuerzas misteriosas del exterior. La fe opera desde dentro, aunque se puede invocar a través de la experiencia del amor. Cuando alguien establece una conexión con lo universal, su energía se eleva al punto de inundar su cuerpo, y se irradia en un estado de gozo . Y como esa excitación o energía es la fuente de la vida, puede superar los efectos destructivos de la enfermedad.

La fe puede definirse, entonces, como el estado de una actitud abierta y el resultado de la excitación que fluye libremente por el cuerpo. 

Por desgracia, muchas personas se encuentran parcialmente cerradas a la vida y al amor debido a las traiciones que sufrieron en su infancia, y que las obligaron a contraer el cuerpo, reduciendo su energía y debilitando su fe. Estas personas adquirieron tensiones musculares crónicas que pueden compararse con una armadura. Y es precisamente  esta defensa la que perjudica su salud y lo torna vulnerable a la enfermedad.

Como el hombre nunca puede someter por entero a la naturaleza, está en constante lucha con ella. Esta lucha, que se refleja en el conflicto entre el yo y el cuerpo, priva al hombre de la tranquilidad de espíritu que necesita para experimentar el gozo que ofrece la vida. Sólo los niños pequeños y los animales salvajes conocen ese gozo, que Dostoievsky describió como el regalo de Dios.

El individuo no encontrará seguridad en ningún proceso de pensamiento disociado de sus raíces, que se arraigan en las sensaciones del cuerpo.
Cuando no hay bloqueos que perturben el flujo, las emociones tienen un signo o calidad positivo. El sentimiento de fe, recordemos, es el sentimiento de la vida fluyendo en el cuerpo, de un extremo a otro. Tal estado de vivacidad es la base física de la experiencia de alegría, que es una experiencia religiosa. Pertenece al ámbito de los sentimientos corporales positivos. No es una actitud mental. Pertenece al mundo animal, y no al mundo de los intelectuales civilizados. 

Con amor por nosotros mismos, podemos alcanzar las tres formas de armonía que una vez definió Aldous Huxley: La armonía animal, es decir, la integridad mantenida por el pleno y libre flujo de excitación en el cuerpo; la humana, por la vía de vivir según el principio Se franco contigo mismo y de extender este principio a nuestro prójimo a través de una conducta bondadosa; y la espiritual, por medio de la conexión con un orden superior. Sólo a través de la integración de la personalidad en estos tres niveles podemos alcanzar la trascendencia que denominamos el estado de   plenitud.

martes, 12 de marzo de 2019

¿Qué nos hace falta? parte 21


 Salud Sexual

Hay una identidad entre salud física y salud mental, entre salud emocional y salud sexual. Una ruptura en cualquier elemento, trastornará la salud de otros.
La salud física se manifiesta en un cuerpo bello y grácil, vibrantemente vivaz, no simplemente libre de enfermedades. Un cuerpo así, indica el funcionamiento de una mente calmada y clara, en la que no hay conflictos reprimidos.
Similarmente, la salud emocional consiste en tener plena posesión de nuestras facultades, y la plena gama de nuestros sentimientos. Incluye la capacidad de sentir y expresar plenamente nuestra sexualidad, y la capacidad de experimentar el gozo de esta expresión.

Las ansiedades y problemas sexuales afectan seriamente la salud física, emocional y mental de una persona . Y no es suficiente con liberar a una persona de las ansiedades sexuales que pueda tener en su mente, es también necesario liberar a su cuerpo de la tensión, y restaurar la movilidad de su pelvis.

La toma de tierra, o sea, el hecho de que la persona sienta sus pies sólidamente sobre el suelo, es un requisito previo para descargar las tensiones en cadera y pelvis. No basta con saber que uno tiene los pies en el suelo. Lo que se requiere es el proceso energético en el que la onda de excitación descienda por el cuerpo hasta las piernas y los pies.
Un cuerpo sexualmente vivo se halla caracterizado por una pelvis de balanceo libre. La pelvis debe moverse espontáneamente con cada respiración. Igualmente, con cada paso que damos. Si buscamos estar vibrantemente vivos, la pelvis debe ser liberada, y el flujo de sentimiento sexual abierto. El modo en que una persona sostiene su pelvis, es pues un tema de estudio tan importante como el modo en que lo hace con su cabeza.

La pelvis no se moverá de un modo natural, esto es, libre y espontáneamente, salvo que quede suspendida entre la cabeza y los pies. Este es el principio del arco. Este principio se aplica al movimiento de la pelvis. Si los pies se hallan plenamente en contacto con el suelo, sólo es necesario empujar la pelvis hacia atrás, para crear la carga que la moverá espontáneamente hacia delante.
La energía para la carga es producida por los procesos metabólicos del cuerpo, en conexión con la respiración. Por consiguiente, cualquier tensión en el cuerpo que restrinja la respiración o impida la toma de tierra, limita la motilidad pélvica.

Las tensiones pélvicas se desarrollan para limitar la sensación sexual, por lo que no podremos liberar la pelvis si estamos inhibidos acerca de la sensación sexual.
Cuando no hay bloqueos que perturben el flujo, las emociones tienen un signo o calidad positivo. El sentimiento de fe, es el sentimiento de la vida fluyendo en el cuerpo, de un extremo a otro.

Sólo con humildad y franqueza es posible enfrentar al manantial de sentimientos que fluye de todo ser humano.
Necesitamos comprender nuestro cuerpo como manifestación exterior de nuestro espíritu.
Trabajemos sobre nosotros mismos, agotemos nuestros potenciales, desarrollemos nuestras metas y nuestra moral por nosotros mismos, inventemos el sentido de nuestras vidas. Definamos los principios según los cuales deseamos vivir.

Sexualidad y Espiritualidad
La sexualidad, es la función biológica de expansión (fuera del “yo“), desde el centro a la periferia.
Un principio bioenergético básico establece que: la corriente de excitación es pulsátil, lo que significa, en lo que atañe a la sensibilidad, que no podemos ser más espirituales de lo que somos sexuales.
En otras palabras, la espiritualidad, disociada de la sexualidad, se convierte en una abstracción; y la sexualidad, disociada de la espiritualidad, en un acto puramente físico. El amor es la clave de esta fusión.
El amor es un estado de excitación placentera que varía de intensidad según la situación. Cuando nuestro espíritu interviene plenamente en cualquier acto, ese acto asume una cualidad espiritual, debido a la trascendencia del yo.

Desde luego, la excitación que sienten dos amantes contiene una dimensión adicional, que fluye hacia abajo y excita con fuerza los órganos genitales. Tras una fuerte descarga orgásmica, la persona siente una profunda calma.
Tanto en la experiencia mística como orgásmica, hay una sensación de comunión con las fuerzas superiores de la naturaleza.
Pero para tener una sensación tan poderosa, hay que controlar la creciente excitación hasta que abarque todo el cuerpo. Ello requiere un “yo” fuerte, pues uno débil se atemoriza.
Convertir la carne en espíritu, en eso consiste la trascendencia.

La trascendencia puede lograrse también por actos que no sean sexuales, como cuando nos anima una gran pasión o nos conmueve una experiencia significativa. Ya no sentimos que tenemos un espíritu, sino que estamos poseídos por él.
Todo acto creativo tiene cierto grado de trascendencia. Se requiere inspiración y pasión. Estas creaciones parecen tener vida propia.
Nuestra incapacidad para experimentar la respuesta orgásmica, se debe a la falta de pasión en nuestras relaciones.

En el periodo oral, (tres primeros años), si un niño es destetado prematuramente, experimentará la pérdida de su mundo. Si esta pérdida se reafirma a través de respuestas inapropiadas por parte de los padres, puede conducir a la sensación de que nunca voy a tener lo que quiero.
El niño se acoraza contra este dolor reteniendo el aliento y tensando los músculos del pecho, limitando la capacidad al amor y a la entrega de un vínculo íntimo.
A los tres años, muchos niños ya han sufrido una marcada pérdida de vivacidad.

La mayoría de la gente mantiene rígida la base pélvica por el temor inconsciente de que al aflojarla podría producirse una descarga inesperada. Este temor se deriva de las experiencias primarias del entrenamiento para el control de los esfínteres.
El individuo educado en una atmósfera de negación a la vida y al sexo,  contrae angustia de placer (miedo a la excitación placentera).

Es sumamente importante no poner rígido el trasero. Estas tensiones representan el temor a “abandonarse”. Originadas en el entrenamiento de nuestra más tierna infancia en pos de una limpieza de excrementos, estas tensiones son ahora inconscientes, y bloquean la entrega total a la descarga sexual.

Además, por lo general, cualquier respuesta sexual de parte del niño, lo expondrá a la reprobación y la humillación. Como forma de autodefensa, los niños suspenden sus sensaciones sexuales. Con esto, el amor queda desconectado del deseo sexual.
Al igual que cualquier otra sensación, las sexuales se suprimen a través de una tensión muscular crónica que evita que la excitación invada la pelvis, o que la pelvis se mueva en caso de una sensación excitante.
Sobra decir, que se considera a la propia sexualidad como algo sucio, sensación que se localiza en la parte inferior del cuerpo.

El niño que vive temeroso esta tenso, contraído, ansioso. Es un estado que genera dolor, y para no sentir ese dolor y ese temor, el niño se adormece a sí mismo. El proceso se convierte en una modalidad de vida para el sujeto. El placer queda subordinado . Se genera división entre cuerpo y ego.
La mayoría de la gente no se da cuenta de lo aterrada que está.  Cada músculo crónicamente tenso es un músculo aterrado. Es además, un músculo enojado, ya que el enojo es la reacción natural a la contención forzada y a la privación de la libertad. Y tiene tristeza, por la pérdida de su estado de excitación placentera.

La excitación sexual puede ser muy fuerte, pero para muchos hombres terminará en una eyaculación prematura debido a que la rigidez de la pelvis limita su capacidad de contener la carga hasta que abarque todo el cuerpo.
Cuando se llega a adulto, se tiene tan arraigado el hábito de mantener oculta la sexualidad, que se pierde cualquier esperanza de encontrar a alguien a quien amar plenamente.
Las experiencias infantiles en sí mismas no son patológicas, pueden, debido a la inhibición actual, cargarse de un exceso de energía sexual.
Frenar nuestras emociones produce ansiedad neurótica.

Para resolver el conflicto, en el nivel psicológico, el individuo tiene que adquirir una comprensión de su persona y de sus antecedentes. Físicamente, necesita movilizar la mitad inferior del cuerpo hasta sentirlo. Debemos comenzar con alguna actividad vibratoria de las piernas. Tarde o temprano esto se extenderá hacia arriba, hasta incluir a la pelvis. A continuación, es importante desarrollar el sentimiento de estar “tomando tierra”, puesto que la sexualidad adulta se halla relacionada con el sentido de independencia, y de plantarse sobre sus propios pies. Finalmente, la respiración ha de ser profunda y abierta en el vientre, y coordinada con los movimientos pélvicos.

El sentido del yo de un individuo se asienta sobre su sexualidad. La ansiedad, sentido de culpa o inseguridad sexual, debilitan este asiento, y minan la fuerza de nuestro ego.
Para formar nuestro ego de un modo saludable, es necesario trabajar sobre nuestros problemas sexuales. Pero es igualmente necesario trabajar con el dominio de uno mismo y la expresión de sí mismo.

La armonía es la señal distintiva de la persona auténticamente sexual. Esto implica un cuerpo flexible en el que hay una corriente de excitación y una sensación de vitalidad y de placer en la capacidad de moverse.
El estado de vivacidad es la base física de la experiencia de alegría. La alegría es una experiencia religiosa.
La alegría pertenece al ámbito de los sentimientos corporales positivos. No es una actitud mental.
El sentimiento de alegría pertenece al mundo animal, y no al mundo de los intelectuales civilizados.
Solo sentimos alegría cuando somos fieles a nosotros mismos.

Dado que la actividad sexual, como la defecación y la micción, están estrechamente ligadas con nuestra naturaleza animal, tal vez resulte difícil aceptar que existe una conexión entre la espiritualidad y la sexualidad.
Los humanos somos como los árboles: arraigados a la Tierra en un extremo, y tendiendo al cielo desde el otro.
Cuando nos unimos a Dios con el amor de nuestro cuerpo, el contacto es sexual a la vez que espiritual.

viernes, 17 de junio de 2016

El gozo, parte 2


Cap 1. (continuación)

El relato bíblico de Adán y Eva nos cuenta como la primera pareja humana perdió su alegría al perder su inocencia. Antes de comer el fruto prohibido del árbol del conocimiento, vivían en un estado de bienaventuranza en el Jardín del Edén, el Paraíso original, como animales, en medio de los demás animales que se regían por los instintos naturales de sus cuerpos. Una vez que comieron la manzana prohibida, aprendieron a diferenciar el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto. Sus ojos se abrieron y vieron que ellos estaban desnudos. Se cubrieron el cuerpo porque tuvieron vergüenza y se ocultaron de Dios porque sintieron culpa. Ningún otro animal salvaje sabe diferenciar el bien del mal, o siente vergüenza o culpa. Ningún otro animal es capaz de juzgar sus propios sentimientos, pensamientos y acciones. Ningún otro animal se enjuicia a si mismo. Ninguno puede concebir que algo sea “correcto” o “incorrecto”. Ninguno tiene un superego o es consciente de si — salvo el perro que vive en relación dependiente dentro del hogar de su dueño, mas o menos como les sucede a los niños —. Adiestramos a nuestros perros a fin de que observen ciertas pautas de conducta que consideramos buenas o correctas, y los castigamos o humillamos si nos desobedecen.

Al perro que no cumple las ordenes se lo tilda de “malo”, y la mayoría de los perros aprenden a conducirse para complacer a sus amos. Enseñarle a un perro o a un niño a conducirse en un medio civilizado es imprescindible para la vida social, y tanto el perro como el niño trataran naturalmente de amoldarse a lo que se espera de ellos, siempre y cuando que con ello no violen la integridad de sus respectivos organismos. Pero con mucha frecuencia se viola dicha integridad llevándolo al animal o al niño a resistirse, lo cual genera una lucha de poder que ninguno de ellos esta en condiciones de ganar. Se someten a la violación, y en la practica esto quiebra su espíritu. Es dable observar esta quiebra en un perro acobardado que pone su rabo entre las patas ante el amo, pero también es posible verlo en un niño cuyos ojos se tornan opacos, su cuerpo se vuelve rígido y adopta modales sumisos. Estos niños, al crecer, se transforman en adultos neuróticos que quizá sepan como vencer en una contienda, pero no saben como alcanzar el gozo.

Las personas que acuden a la terapia, por mas que tengan éxito en su carrera profesional, son individuos de espíritu quebrantado a punto tal que la alegría se ha vuelto para ellos un sentimiento extraño. El síntoma que presentan no es mas que la torpe manifestación de su congoja. Algunos han sido tan quebrados que terminan conduciéndose en forma disfuncional, en tanto que otros se convierten en marginales sociales. En este libro conoceremos algunas historias de este tipo que nos resultaran conmovedoras; pero seria un autoengaño suponer que uno es sano porque no va a ninguna terapia o cree que no la necesita. Yo inicie mi terapia con Reich ilusionado de que todo en mi andaba bien, pero no me llevo mucho tiempo darme cuenta de que estaba aterrado, me sentía inseguro y con el cuerpo tensionado. En un libro anterior, Bioenergética, narre algunas de mis experiencias en esa terapia, que si por un lado me sacudieron al mostrarme mi grado de neurosis, por el otro me indicaron el camino para recobrar mi integridad y me dieron valor para seguirlo.
Ese camino era la entrega al cuerpo, y lo que debía entregar era la identificación que tenia con mi ego, en favor de una identificación con mi cuerpo y sus sentimientos. En el plano del ego, me autoconsideraba un individuo inteligente, brillante y superior. Suponía que era capaz de grandes realizaciones, aunque ignoraba de cuáles. Quería ser famoso. Me movía una ambición poco común, que me había sido inculcada por mi madre compensando la falta de ambición de mi padre, aunque por suerte tuve de éste suficiente apoyo como para impedir que mi madre me dominase. La entrega al cuerpo implicaba renunciar a mi ego agrandado, que disimulaba y compensaba sentimientos subyacentes de inferioridad, vergüenza y culpa.

La entrega al cuerpo significa la entrega a la sexualidad, que, según yo mismo intuía, era la raíz de mis mas profundos  temores al rechazo y la humillación. No obstante, lo que me impulso a ver a Reich y hacer terapia con él fue el atractivo que tenían para mi el goce y el éxtasis del sexo.
En un plano consciente yo no sentía culpa por mi sexualidad. Como adulto moderno y culto, la aceptaba y la consideraba natural y positiva. Sin embargo, en lo corporal me sentía impulsado por un deseo que no tenia una verdadera satisfacción. Era un sujeto típicamente narcisista que aparentaba libertad sexual en su conducta, pero una libertad que era externa, no interna; la libertad para actuar, no para sentir.
Aunque habría negado que tuviese cualquier sentimiento de culpa respecto de la sexualidad, no podía entregarme plenamente a ninguna mujer ni permitir que la excitación me desbordase en el acto sexual. Al igual que la mayoría de los miembros de nuestra cultura, tenia la pelvis bloqueada por tensiones musculares crónicas y era imposible para mi moverme con libertad y espontaneidad en el clímax del coito. Al aflojar esas tensiones en mi terapia con Reich, cuando mi pelvis pudo moverse libre y espontáneamente, en armonía con mi respiración, sentí un jubilo semejante al que debe experimentar un recluso cuando lo dejan en libertad.

La tensión muscular crónica en distintos lugares del cuerpo constituye la prisión que impide la libre expresión del espíritu del individuo. Esas tensiones se radican en la mandíbula, el cuello, los hombros, el pecho, la parte superior e inferior de la espalda y las piernas. Crean inhibición a los impulsos, que el sujeto no se atreve a expresar por temor al castigo verbal o físico. La amenaza de rechazo o el retiro del amor de un progenitor le hace sentir a un niño pequeño que corre riesgo de muerte, y a menudo provoca mas temor que el castigo físico. El niño que vive temeroso esta tenso, contraído y ansioso. Es un estado que genera dolor, y para no sentir ese dolor ni ese temor, el niño se adormece a si mismo. Dicha anestesia corporal elimina el dolor y el temor porque de hecho los impulsos “peligrosos” son aprisionados. Parecería que con ello se asegura la supervivencia, pero el proceso se convierte en una modalidad de vida para el sujeto. El placer queda subordinado a la supervivencia, y el ego, que originariamente estaba al servicio del cuerpo en su deseo de placer, ahora lo controla en bien de la seguridad. Se genera una división entre el ego y el cuerpo, estructurada en una banda de tensión en la base del cráneo, que interrumpe la conexión energética entre la cabeza y el cuerpo, entre el pensamiento y el sentimiento.

Una de las funciones del ego, como representante del instinto de autoconservación, es la de resguardar la supervivencia. Lo logra gracias a su capacidad para coordinar las respuestas del cuerpo a la realidad externa, con su control de la musculatura voluntaria. En este papel toma el mando de todas las funciones corporales que podrían obstaculizar la supervivencia. Por mas que el peligro haya pasado y el niño atemorizado sea ahora un adulto independiente, el ego no puede permitirse aceptar la nueva realidad y entregar el control. Se ha transformado en un superego que debe preservar el control por miedo a que, en caso de abandonar dicha posición, se produzca una anarquía.

Conocí muchos pacientes que, aun siendo adultos independientes, seguían temiéndoles a sus padres, sin poder hablarles con sinceridad; cuando estaban con ellos, se acobardaban como perritos atemorizados. Si como consecuencia de la terapia cobraban coraje para hablarles francamente, se sorprendían al comprobar que esa persona que les había parecido tan amedrentadora no era el monstruo que temían.
Muy pocas personas, casi nadie, son capaces de relajar conscientemente sus mandíbulas contraídas, los tensos músculos de su cuello, su espalda contracturada o sus piernas rígidas. En la mayoría de los casos ni siquiera se dan cuenta de la tensión o del control inconsciente que esta representa.

Muchos sienten la tensión por el dolor que les causa, pero ni se imaginan que la tensión y el dolor son resultado de su manera de obrar o de autocontenerse. Algunos hasta consideran que su rigidez es una señal de fortaleza, una prueba de que son capaces de hacer frente a la adversidad, de que no se quebrantaran o cederán ante el estrés, de que pueden tolerar el malestar y hasta la angustia.
Creo que Estados Unidos se ha transformado en una nación tan aterrada por la enfermedad y la muerte, que sus habitantes ya no pueden vivir como seres libres.
Este temor es la causa fundamental de nuestra desdicha y descontento, pero la mayoría de la gente no se da cuenta de lo aterrada que esta. Sin embargo, todo músculo crónicamente tenso es un músculo aterrado, de lo contrario, no detendría tan tenazmente el flujo del sentimiento y de la vida. Es además un músculo enojado, ya que el enojo es la reacción natural frente a la contención forzada y a la privación de la libertad. Y tiene tristeza, por la perdida de un estado potencial de excitación placentera que haría correr la sangre, vibrar al cuerpo y fluir las ondas. Ese estado de vivacidad es la base física de la experiencia de alegría, como lo saben muchos religiosos.

La alegría es una experiencia religiosa. En la religión se la asocia con la entrega a Dios y la aceptación de Su gracia. En el corazón mismo de las creencias bíblicas esta el mandato: “Te alegraras ante el Señor, tu Dios”. Este es el consejo que le da Moisés a los hijos de Israel tras librarlos de su cautiverio en Egipto (Deuteronomio,.. .). La palabra hebrea para “alegria” es “gool”, cuyo significado primario es la de dar vueltas bajo la influencia de una emoción intensa. El Salmista utiliza esta palabra para describir a Dios como un ser que gira en los remolinos del deleite sublime.
En el Nuevo Testamento (Juan, 15: 11), Jesús les dice a los discípulos que les ha transmitido sus enseñanzas “para que mi gozo este en vosotros y vuestro gozo sea colmado”. El cristianismo enseña que ser uno con Dios, el Padre, es experimentar el gozo.

Otra concepción de la alegría nos la da Schiller en su “Oda a la alegría”, donde la describe como formada por las llamas celestiales y dotada del poder de extraer la flor del capullo, el sol del cielo, y de “hacer rodar las esferas por el éter infinito”.
Estas imágenes sugieren que el Dios del cielo puede identificarse con las fuerzas cósmicas que crean a los astros y los hacen girar sobre su eje. De ellos, el mas importante para la vida sobre la Tierra es el Sol; sus rayos fecundan la tierra para que la vida crezca y se desarrolle. Es la llama celestial, la esfera que rueda. Al brillar, ilumina y calienta la Tierra, poniendo en marcha así la danza de la vida. A muchos seres vivientes los llena de jubilo encontrarse al despertar con un día soleado y rutilante.

Rabrindranath Tagore, el sabio y poeta hindú, se refiere asimismo a la alegría en términos de los procesos naturales. “Lo que en definitiva empuja al hombre no es la compulsión sino la alegría, y la alegría está en todas partes. Está en la verde hierba que cubre la tierra, en la azul serenidad del cielo, en la incansable exuberancia de la primavera, en la callada abstinencia del invierno, en la carne viva que anima nuestra estructura corporal, en el equilibrio perfecto de la figura humana             — noble y erecta —  al vivir, en el ejercicio de todas nuestras facultades”. Y agrega:“Solo ha alcanzado la verdad ultima quien sabe que el mundo entero es una creación de la alegría”.

Pero cabria preguntarse: ¿y que pasa con la tristeza? Todos sabemos que hay tristeza en la vida. Esta tristeza nos toca con la perdida de algún ser querido, o de nuestras capacidades por un accidente o enfermedad, o con la desesperanza. Así como no existe el día sin la noche ni la vida sin la muerte, no puede existir la alegría sin la tristeza. En la vida puede haber tanto dolor como placer, pero aceptaremos el dolor en tanto y en cuanto no nos atrape. Aceptaremos la perdida si sabemos que no estamos condenados a una aflicción eterna. Aceptamos la noche porque sabemos que el día se abrirá paso luego, y así también aceptamos la tristeza si sabemos que luego surgirá la alegría. Lo que ocurre es que la alegría solo puede surgir si nuestro espíritu es libre. Por desgracia, muchas personas ya han sido espiritualmente quebrantadas, y hasta que no sanen, no será posible para ellas la alegría.

Todo niño nace en un estado de inocencia y libertad que le permite experimentar la alegría. Podría decirse que este es el estado natural del niño, como lo es de todas las crías de animales.
El castigo que yo mas temía era ser encerrado cuando los otros chicos salían a jugar. Luego, al empezar la escuela, a los seis anos, perdí gran parte de mi libertad y mi alegría. La vida se volvió seria y se me acumulaban las exigencias. De vez en cuando, cuándo jugaba a la pelota con mis amigos, volvía a experimentar el entusiasmo en el cuerpo y a sentirme otra vez contento. Pero esa encantadora despreocupación de la infancia que alguna vez tuve desapareció para siempre, junto con mi inocencia.

De adulto, conocí la alegría en algunas ocasiones. Una fue cuando me enamore. La excitación que me invadió me saco del mundo cotidiano de los esfuerzos y luchas, y me llevo a un estado de beatitud, el mismo que debo haber conocido de bebé cuando mi madre me acunaba. Pero el gozo que tengo que haber sentido junto a mi madre se torno tristeza cuando me destetó, a los nueve meses, y la congoja producida por esa perdida no me abandonó nunca. En mi adultez, el dolor de esa experiencia, así como otras decepciones y temores, me condicionaron para que no me entregase plenamente al amor. Así pues, nunca disfrute plenamente esa alegría que el amor promete cuando uno se entrega a él; solo la probé

martes, 14 de junio de 2016

El Gozo, parte 1


EL GOZO
La entrega al cuerpo y a los sentimientos
Lowen, A. ed. Era Naciente, Argentina. 1994.(Resumen)

Hace 48 anos que atendí por primera vez a una persona en terapia. Acababa de terminar mi análisis con Wilhelm Reich; la obra de este ultimo empezaba a conocerse y como consecuencia aumento la demanda por el tipo de terapia que el hacía. Esa persona quiso atenderse conmigo, a pesar de que yo no era medico, porque en ese momento éramos pocos los formados en esta clase de terapia. Por ser un novato en la materia, le cobre apenas dos dólares la hora, honorario que aun entonces era muy bajo; pero al recordar esa primera experiencia me pregunto si lo que yo hacia valía incluso esa pequeña suma. Ignoraba la profundidad y gravedad de las perturbaciones que afectan a tantos individuos en nuestra cultura: la depresión, la angustia, la ansiedad, la falta de amor y de alegría de vivir. Hoy, después de haber trabajado con seres humanos durante casi medio siglo y de haber escrito once libros, creo haber comprendido el problema humano y estar en condiciones de formular los principios de un enfoque terapéutico eficaz, que he llamado “análisis bioenergético”.

Permítaseme adelantar que no es una cura rápida ni sencilla, aunque si es eficaz; pero su eficacia depende de la experiencia y la comprensión que el terapeuta tenga de sí mismo. Dado que los problemas con que lucha la gente se han estructurado en su personalidad a lo largo de muchos anos, es poco realista esperar una cura rápida o sencilla. Rara vez se producen auténticos milagros, pero de vez en cuando sucede uno, y es el milagro de la creación de una nueva vida. A ese milagro está dedicado este libro.

El principio que sustenta el análisis bioenergético es la identidad funcional y la antitesis que existe entre la mente y el cuerpo, o entre los procesos psicológicos y físicos. Derivan del hecho de que una persona es un ser unitario y lo que acontece en la mente debe acontecer también en el cuerpo. Así, si un individuo esta deprimido, desesperado, si se siente impotente y fracasado, su cuerpo manifestara una actitud deprimida semejante, la que se hará evidente en una menor formación de impulsos, y una disminución de la movilidad general y una respiración constreñida. Todas las funciones corporales estarán deprimidas, incluido el metabolismo, con lo cual la generación de energía será menor.

Por supuesto, la mente puede influir en el cuerpo, del mismo modo que éste afecta lo que pasa en la mente. En algunos casos es posible mejorar el funcionamiento corporal modificando la actitud mental; pero cualquier cambio así provocado será solo temporario si no se produce a la vez una alteración significativa en los procesos corporales subyacentes. Por otro lado, el mejoramiento directo de funciones corporales como la respiración, la locomoción, los sentimientos y la autoexpresión tiene efectos inmediatos y duraderos en la actitud mental. En ultimo análisis, si el proceso terapéutico pretende alcanzar su objetivo, que es liberar al individuo de las limitaciones de su pasado y las inhibiciones de su presente, debe provocar, como cambio fundamental, un incremento de su energía.

La finalidad de la terapia consiste en ayudar al sujeto a recobrar toda la potencialidad de su ser. Los individuos que acuden a una terapia lo hacen porque se sienten muy mermados en su capacidad de vivir y de experimentar plenamente la vida a raíz de los traumas que sufrieron en su niñez. Esta es la perturbación fundamental de su personalidad, la que esta en la base de los síntomas que ellos presentan. Si el síntoma revela como ha sido invalidado el individuo por su crianza, lo que hay en la base es la perdida de una parte de su propio ser, de su self o si-mismo. Todo paciente padece alguna limitación en su mismidad: una menor conciencia de sí, una expresión restringida de sí, un reducido dominio de sí. Estas funciones básicas son los pilares del templo del self. Si están debilitadas, la consecuente inseguridad de la personalidad mina todos los esfuerzos del sujeto por encontrar la paz y el gozo que brindan a la vida sus mayores satisfacciones y su sentido mas hondo. Lograrlos es la ambiciosa meta de cualquier empeño terapéutico, y, como ya dije, no es sencillo; pero sin una clara comprensión de esta meta, uno puede perderse en la maraña de conflictos y ambivalencias que confunden y frustran la mayoría de los esfuerzos terapéuticos. Para muchísimos seres de nuestra cultura, la vida se ha convertido en una lucha por sobrevivir, y la alegría en una experiencia poco habitual.


1. 
Gozo

La mayoría de mis pacientes, después de trabajar conmigo durante una sesión, se van sintiéndose bien, y algunos sienten gozo o alegría. Por lo general, estos sentimientos agradables no duran mucho. Son el resultado de la experiencia que tuvieron en la sesión, de haberse liberado de alguna tensión que los limitaba, de sentirse mas vivos y comprenderse mas profundamente a si mismos; pero no duran porque lograron ese avance con mi ayuda, y luego, cuando están solos, no son capaces de mantener ese grado de apertura y de libertad. Ahora bien: cada irrupción de sentimiento, cada liberación de tensión, es un paso hacia la recuperación del self,  por mas que uno no pueda conservar plenamente lo logrado. Otro motivo es que a medida que el individuo profundiza física y psíquicamente en su búsqueda, se encuentra con recuerdos y sentimientos mas atemorizantes, que proceden de un periodo anterior de su niñez y que han sido mas intensamente suprimidos en aras de la supervivencia. Pero al profundizar en el self se cobra coraje para abordar esos temores y traumas de un modo mas maduro, o sea, sin negación ni supresión.

En algún lugar profundo dentro de nosotros esta el niño libre e inocente que sabia que el don de la vida era el don de la alegría.
Los niños pequeños suelen estar abiertos a los sentimientos de gozo. Saltan de alegría, literalmente hablando. También lo hacen los animales, que corren y retozan juguetones en un gozoso abandono a la vida. Es muy raro ver a una persona mayor o madura sentir y actuar de esa manera. Quizás lo mas cercano a ello sea el baile; de ahí que sea la actividad mas natural en las celebraciones alegres. Pero los niños no necesitan una ocasión especial para estar contentos. Con tal de que los dejen en libertad cuando están junto a otros niños, pronto surge en ellos la actividad gozosa.

Es común que los niños experimenten alegría cuando reciben un regalo muy anhelado por ellos, que los hace saltar y lanzar exclamaciones de jubilo. Los adultos se contienen más en su expresión de los sentimientos, y esto limita la intensidad de sus sentimientos positivos. Además, están abrumados por sus ocupaciones y responsabilidades y asediados por sus culpas, todo lo cual aminora su entusiasmo a punto tal que pocas veces sienten alegría.
Yo la he sentido en circunstancias muy corrientes. Hace un tiempo, mientras caminaba por el campo, sentí que mi espíritu se elevaba. Era un camino bien conocido por mi, sin ninguna particularidad, pero a cada paso que daba, cada vez que mi pie pisaba la tierra, sentía una corriente circulándome por el cuerpo que parecía volverme cinco centímetros mas alto. Algo se soltó dentro de mi y me sentí lleno de jubilo. Desde entonces, quedaron huellas de ese sentimiento en mi, y aunque hubo en mi vida episodios dolorosos y perturbadores, la mayor parte del tiempo tengo ese sentimiento positivo en el cuerpo. Lo atribuyo a la terapia que inicie en 1942 y al trabajo permanente que he hecho sobre mí mismo a lo largo de los anos. Dicha terapia me permitió tomar contacto con ese niño que había dentro de mi, ese niño que conocía la alegría pese a haber atravesado una infancia básicamente infeliz; y me permitió integrar en mi vida adulta las cualidades de la niñez que tornan posible la alegría.

Suponiendo que la niñez sea sana y normal, ella se caracteriza por dos cualidades generadoras de alegría: la libertad y la inocencia. La importancia de la libertad para el sentimiento de alegría no necesita de mayores explicaciones. Es difícil imaginar  que alguien la sienta si sus movimientos se ven limitados por alguna fuerza externa. Cuando yo era pequeño, el peor castigo que mi madre podía infligirme era obligarme a permanecer en casa cuando los otros chicos jugaban fuera. Unas de las razones de que yo (al igual que tantos otros chicos) estuviera ansioso por crecer era que así podría ganar mi libertad.

En la madurez, me libere del control de mis padres; y dentro de esta cultura, tener libertad significaba poseer el derecho de buscar la propia felicidad o dicha. Lamentablemente, la libertad externa no basta. También hay que lograr la libertad interna, o sea, la libertad para expresar abiertamente los propios sentimientos. Yo no la tenia, como no la tienen muchos de los miembros de nuestra cultura.
Nuestra conducta y nuestras expresiones están bajo el control de un superego, que tiene catalogado “lo que se debe” y “lo que no se debe” hacer, y el poder para castigarnos si transgredimos sus mandamientos. El superego es la internalización del padre o madre “dictatoriales”. Sin embargo, funciona por debajo del nivel de la conciencia, de modo que no nos damos cuenta de que las limitaciones que impone a nuestros sentimientos y acciones no son obra de nuestra libre voluntad.

El hecho de destronar al superego y de restaurar la libertad de expresión del individuo no implica convertir a éste en un ser incivilizado; mas bien es la condición para ser un miembro responsable de la sociedad, una persona auténticamente moral. Solo un individuo libre puede respetar los derechos y las libertades de los demás.