martes, 10 de enero de 2017

El Gozo, parte 30


Capítulo 9 (continuación)

La otra terapia basada en el grito fue crea da por Daniel Casriel con el objeto de utilizarla en grupos. Según Casriel, “los gritos pueden liberar las emociones reprimidas desde la niñez y la libertad de esa liberación es capaz de producir importantes cambios positivos en la personalidad”. Además de gritar, hablamos sobre nuestra vida, nuestros problemas, esperanzas y sueños, Pero, tal como lo aprendió Casriel, el problema que subyace en las personas es “la anatematización de emociones básicas y la encapsulación de los sentimientos detrás de un escudo defensivo que, al ser demasiado duro, no se puede penetrar en las situaciones propias de la psicoterapia tradicional”.

El acto de gritar, tal como se lo utiliza en esos ejercicios, tiene un valor catártico, pues libera parte de la tensión, pero no creo que tenga mucho valor terapéutico ya que no se enfrenta con el temor subyacente de volverse loco. Esta forma de expresar la ira no compromete a todo el cuerpo y está lejos de la furia asesina que yace en lo profundo de la personalidad de muchas personas.

Yo utilizo el ejercicio de patear acostado en la cama mientras se grita: “¡Me estás volviendo loco!”, ejercicio que constituye una expresión de sentimiento más integral y en la que participa todo el cuerpo. También pueden utilizarse las frases “ ¡Déjame en paz!” o “!Quiero ser libre!” El sonido debería elevarse hasta convertirse en un grito pleno. Si el paciente puede abandonarse por completo al ejercicio, su cabeza se moverá hacia arriba y hacia abajo al compás del movimiento de las piernas y su voz se volverá fuerte y clara. Entonces, experimentará una sensación de libertad, placer y alegría, que surge de la entrega a un sentimiento fuerte. La mayoría de los pacientes necesitan mucha practica para poder entregarse con tanta plenitud, pero cada vez que realizan el ejercicio su ego se fortalece un poco más.

Utilizo con regularidad el ejercicio de la patada puesto que muchos de los pacientes que se desenvuelven normalmente en situaciones cotidianas tienen cierto temor a volverse locos si renuncian a su control y se entregan a sus sentimientos. Este ejercicio brinda al paciente la oportunidad de explorar la renuncia al control y de fortalecer el ego lo necesario para entregarse al cuerpo y sus sentimientos. Es extraño, pero nunca vi que alguno de mis pacientes perdiera totalmente el control. Todos estaban conscientes de lo que hacían y solo se permitían llegar en su entrega hasta un punto que pudieran manejar. Sin embargo, la practica continua permite que el ego se fortalezca de tal manera que cada vez resulta mas fácil soltarse.

No creo que el dialogo racional pueda contribuir en forma significativa a que una persona pierda el temor de volverse loco, ya que el temor está estructurado en tensiones musculares crónicas, específicamente en los músculos que conectan la cabeza con el cuello y controlan los movimientos de la cabeza. Es posible palpar la tensión de esos músculos y reducirla un poco con masajes y manipulación, pero la única manera de lograr una liberación significativa que influya en el comportamiento es que la persona enfrente su temor y descubra que no guarda relación con su vida actual. Era valido en su niñez, cuando su ego no tenia la fuerza suficiente como para enfrentarse a los peligros que se le presentaban, pero ya no es un niño y, si su ego es débil, es porque el temor, representado por la tensión en la base del cráneo, lo dejo encerrado en su lucha infantil. En el ejercicio antes mencionado se reduce la tensión porque la patada impulsa a la cabeza para que se mueva de atrás para adelante cuando uno se abandona al ejercicio y a los sentimientos que produce.

 La acción de golpearse la cabeza, característica de los niños, cumple un propósito similar. Los niños que se encuentran en una situación de dolor persistente que no pueden cambiar, evitar ni tolerar, se golpean la cabeza contra una cama o a veces contra una pared, a fin de aliviar la tensión dolorosa, que se acumula en el punto donde el cuello se une con la cabeza. Son demasiado pequeños para comprender el motivo que los obliga a actuar de esta manera y, la mayoría de las veces, sus padres son tan insensibles que no pueden ver ni entender su estado. Sin embargo, yo se lo intensa que es la presión que lleva al niño a actuar de una manera en apariencia tan autodestructiva. Seguramente sienten que es la única forma de aliviar esa presión que los está volviendo locos.

Esta tensión localizada en la base del cráneo es también la causante de los dolores de cabeza que tantas personas sufren comúnmente y que aparecen cuando una onda de excitación, que puede ser un impulso de ira, asciende por la espalda y queda allí bloqueada, lo que hace que la tensión en la nuca sea más intensa y se extienda hasta la parte superior de la cabeza, como una tapa que impide que brote el impulso; a medida que la presión aumenta bajo la tapa, la persona empieza a sentir dolor de cabeza. Como el impulso queda bloqueado y no puede expresarse (es decir, suprimido), la persona nunca llega a ser consciente de él, de que está enojada y de que, al suprimir el impulso de la ira, ha creado la tensión que le causa el dolor de cabeza. Si el impulso de la ira es muy fuerte no se producen dolores de cabeza, ya que esos impulsos son difíciles de suprimir. Los dolores de cabeza provocados por tensión suelen persistir después de que el impulso disminuyo. Los músculos se relajan con mucha lentitud y continúan doloridos debido a la tensión. Muchas veces puedo frenar el dolor de cabeza masajeando y manipulando suavemente estos músculos, algo semejante a desenroscar una tapa apretada.

Uno de los ejercicios que utilizo para que el paciente le pierda temor a su furia ya fue descrito en el capitulo 5 y volveré a repetirlo aquí por su relación con el temor a la demencia.
El paciente se sienta frente a mi en una silla situada a alrededor de 90 centímetros de la mía. Ya le expliqué que es un ejercicio para movilizar la ira. Con ese objetivo, cierra los puños y los levanta frente a mi. Entonces le pido que proyecte la mandíbula inferior, muestre los clientes y, al mismo tiempo, abra muy bien los ojos para mirarme; que agite los puños amenazándome, sacuda levemente la cabeza y diga: “ !Te mataría! . Lo mas difícil del ejercicio es que mantenga los ojos bien abiertos. En genera!, al tener los ojos bien abiertos asoma un elemento de temor y el paciente los cierra. Si siente el temor, no puede sentir la ira. Los ojos bien abiertos producen un efecto especial. La mirada enfoca en menor medida la realidad inmediata y ello permiten que emerja la propia de la demencia. En casi todos los casos el rostro del paciente adopta una expresión demoníaca: de sus ojos brota una ira intensa, que el paciente puede sentir y con la que puede identificarse.

El ejercicio entero no lleva más de uno o dos minutos. Una vez que el paciente siente la ira, le pido que baje los puños y se relaje, pero que no deje que la ira se vaya de sus ojos. Si la mantiene allí, incorpora este sentimiento fuerte a su ego y puede controlarlo en forma consciente, con lo cual ya no teme sentir la intensidad de su ira. El control consciente se manifiesta en la capacidad de la persona para adoptar en forma deliberada una mirada enojada. Así como es posible expresar temor con los ojos adoptando una mirada temerosa — con los ojos y la boca bien abiertos — también es posible expresar ira adoptando una mirada enojada. Muchos no pueden hacerlo a voluntad pues no controlan por completo los músculos faciales, incluidos los que rodean el ojo. Perdieron esta capacidad natural porque de niños tenían miedo de poner cara de enojados frente a sus padres.

No es inusual que en este ejercicio el paciente se sienta desbordado por su ira y ataque al terapeuta. Esto es algo que nunca me sucedió pese a que utilice este ejercicio cientos de veces, pero reconozco la posibilidad de que suceda y controlo el ejercicio. El paciente debe permanecer sentado durante el mismo. Si hace algún ademán de levantarse de la silla, interrumpo el ejercicio. Por supuesto que, además, me mantengo fuera del alcance del paciente. Sin embargo, aún adoptando todas estas medidas de seguridad, no haría el ejercicio con un paciente que tuviera tendencia a perder contacto con la realidad o algún grado de psicosis. Tal vez la medida de seguridad más importante sea el hecho de que no le tengo miedo a la ira del paciente.

Si sus ojos expresan ira con claridad, significa que una fuerte carga energética paso por el cuerpo y entró en los ojos. Cuando  se trata de la ira, la excitación fluye por la espalda hacia arriba, hasta la parte superior de la cabeza y entra en los ojos, como describí en un capitulo anterior. Cuando movilizo con fuerza esa expresión en mis ojos, siento que los pelos de la parte superior de la espalda y de la cabeza se me ponen de punta, se  puede observar el mismo fenómeno en un perro cuando se eriza de rabia. Esta carga es importante para los ojos porque los pone  claramente en foco y mejora la visión. Como vimos, en el caso del temor se da el movimiento opuesto: la energía se retira de los ojos. Los individuos atemorizados suelen sentirse confundidos debido a que tienen dificultades para enfocar; tales dificultades desaparecen con este ejercicio. Sin embargo, no debe esperarse que el hecho de practicar estos u otros ejercicios bioenergéticos cambie el patrón de temor de toda una vida. Es necesario integrar el sentimiento de ira a la personalidad para que su expresión sea fácil, natural y adecuada a la situación; entonces esa expresión ocurrirá en forma espontánea cuando surja la necesidad. 

martes, 3 de enero de 2017

El Gozo, parte 29


Capítulo 9 (continuación)

El individuo que sufre un colapso nervioso queda confundido y no sabe quien es, donde se encuentra ni que está sucediendo. Perder los limites del self implica perder el sentido de la realidad; es una pérdida de la conciencia de nuestro verdadero self. Esta es una experiencia que, en si misma, produce temor. La persona se encuentra desorientada y despersonalizada; en el estado de despersonalizacion, el individuo no es consciente de su cuerpo pero el temor desaparece.
Al disociarse la mente del cuerpo, que es la división que tiene lugar en los casos de esquizofrenia, se cercena toda percepción de los sentimientos.

El temor a la demencia esta ligado al proceso, y no al estado de disociación, al igual que el temor a la muerte es en realidad el temor a morirse, y no a estar muerto. Lo que produce temor es el proceso de abandonar el control del ego.
Y, sin embargo, es lo que buscamos en lo profundo de nuestro ser, puesto que constituye la base para experimentar alegría. Muchos ritos religiosos incluyen practicas que producen en un individuo un estado de excitación desbordante y hacen que trascienda los limites de su self. En una ceremonia vudú que presencie en Haití hace muchos años, esto se lograba bailando al ritmo continuo de dos tambores. El joven que bailó con esa música durante casi dos horas termino en un estado de trance en el que ya no tenia pleno control de su cuerpo.

Yo experimente en ciertas oportunidades una excitación abrumadora que me transporto y cambio mi sentido de la realidad. Recuerdo que de niño me deleitaba tanto con las luces, la música y la actividad general de un parque de diversiones que me parecía que estaba en un mundo mágico. Otra vez me reí tanto durante un juego que perdí la cuenta de si estaba despierto o dormido. Y una vez tuve un orgasmo tan intenso que me sentí fuera de este mundo. No tuve miedo en ninguna de estas ocasiones; de otro modo, estas experiencias jamás habrían tenido lugar y, de hecho, fueron sumamente placenteras y gozosas hasta el éxtasis.

Existe un mundo de diferencia entre la locura que es pasión (la pasión divina) y la locura que es demencia. En la primera situación, la excitación es placentera y permite que el ego se expanda hasta que, en el momento final, se lo trasciende; Pero aún en este momento, la trascendencia no es ajena al ego, puesto que es natural y es un signo de vida. Constituye una entrega a la vida más profunda del self, la vida que opera en el nivel inconsciente. Los niños no tienen miedo de perder el control del ego. De hecho, les encanta. Suelen dar vueltas hasta que se marean y caen al piso riéndose de placer. Sin embargo, en estos casos, soltar el control es un acto libre que se lleva a cabo sin presiones. La falta de control del ego es natural en los niños muy pequeños. Estos niños nunca tuvieron este control ni supieron lo que es; al igual que los animales, se guían por sus sentimientos y no por el pensamiento consciente.

A medida que vamos creciendo y se desarrolla nuestro ego, nos convertimos en individuos conscientes de nosotros mismos y comenzamos a pensar en nuestros actos. La imposición de un control consciente permite que la persona adapte su comportamiento para lograr objetivos mayores y más lejanos que la satisfacción de las necesidades inmediatas. Sin embargo, cuando actuamos de acuerdo con nuestros pensamientos e ideas, no somos espontáneos, lo que elimina la alegría y reduce el placer que puede provocar una acción. Como esto se hace con el fin de obtener un placer mayor en el futuro, constituye un modo de reacción sano y natural; se convierte en una pauta neurótica cuando el control se vuelve inconsciente y arbitrario, y no se lo puede entregar.

El control consciente se puede entregar en el momento apropiado; no sucede lo propio con el control inconsciente, puesto que uno no se percata ya sea del control mismo, o de sus mecanismos y dinámica. El control inconsciente afecta a muchos individuos, a los que les resulta muy difícil expresar sus sentimientos o hacer valer sus deseos. Tienden a ser pasivos y a hacer lo que se les ordena. Aún cuando, si se esfuerzan, logran decir “No”, la voz les sale débil y su expresión carece de convicción. Su capacidad de autoafirmación se ve obstaculizada por tensiones musculares crónicas en la garganta, que ahogan el sonido, y en el pecho, que restringen la respiración, lo que reduce la cantidad de aire que circula por las cuerdas vocales.

Podría decirse que el individuo está inhibido, que no se anima a exigir nada por si mismo. En general, la persona es consciente de esta inhibición, pero no esta en condiciones de liberarla ya que no comprende la razón de esa inhibición ni percibe las tensiones que la constituyen. Se puede tratar el problema por medio de la terapia. 249

Prácticamente cualquier persona puede perder la cordura si se la presiona lo suficiente como para quebrantar su ego. Por otro lado, una carga energética que crece gradualmente podría fortalecer el ego si el individuo cuenta con el apoyo de un terapeuta que le proporcione el control que el paciente abandona.
Cuando la excitación y la tensión que produce llega a un punto demasiado alto, el cuerpo reacciona espontáneamente para descargarla por medio del gritos El grito es un sonido agudo que aumenta en altura e intensidad hasta que llega a un clímax. En el grito, a diferencia del llanto, la onda de excitación fluye hacia arriba y llega a la cabeza, mientras que en el llanto la onda fluye hacia abajo y llega al vientre. El sonido que produce el llanto es grave, a diferencia del que produce el grito. Al llorar, descargamos el dolor de la soledad y la tristeza, buscamos contacto y comprensión. Al gritar, descargamos el dolor producido por una excitación intensa, que puede ser positiva o negativa. Los niños gritan deleitados cuando el entusiasmo placentero es muy grande, o gritan con temor cuando sienten dolor. El grito funciona como una válvula de seguridad gracias a la cual se evacua una excitación que, si no se liberara, podría hacer estallar la mente del individuo. Los pacientes siempre se sienten mas tranquilos y abiertos después de gritar.

Y así como todos tenemos alguna razón para llorar (por ejemplo, la falta de alegría en nuestra vida), también tenemos razones para gritar. Para la mayoría de las personas, la lucha por sobrevivir es demasiado intensa, demasiado dolorosa y cansada, pero la toleramos porque tenemos miedo de sentir un gran deseo de gritar “¡No soporto mas!”. Tenemos miedo de que eso haga estallar nuestra mente, cuando en realidad puede salvarla.

Hace unos años, describí en un programa de radio el valor de gritar; uno de los oyentes llamó para decir que había estado usando esa técnica de liberación en forma regular mientras se dirigía en auto a su casa al final del día. Contó que era un viajante de comercio y que a las cinco de la tarde ya se sentía cansado y tenso. Gritar en el auto mientras iba por la ruta le permitía descargar las tensiones y, así, cuando llegaba a su casa, estaba relajado y de buen humor. A partir de entonces, he oído historias similares. Si las ventanillas del auto están cerradas, nadie oirá el grito. El ruido del auto y del transito sofocan los demás sonidos. Se lo recomiendo a los pacientes que necesitan gritar pero están inhibidos por el temor de que los oigan. Podríamos gritar con la cara en la almohada, lo que sirve de ayuda, pero para soltarnos por completo, necesitamos sentirnos libres. Mi consultorio en Nueva York es a prueba de ruidos.

Hace muchos años, traté a una mujer que se sentía desconectada de la vida. Había estado casada muy poco tiempo con un hombre agradable que murió ante sus ojos en un accidente de avión. Ella estaba mirando el avión privado en el que iba su marido mientras se acercaba para aterrizar, cuando de repente el avión se descontrolo y se estrello. Seguramente esto le produjo un shock, pues dio media vuelta y se fue caminando sin llorar ni emitir ningún sonido. Me di cuenta de que ella había bloqueado el grito que una experiencia como esa debió de haber provocado. Mientras estaba acostada en la cama, le pedí que intentara gritar. Su garganta congelada solo emitió un sonido grave. Para que soltara el grito, coloque dos dedos sobre los músculos escalenos anteriores en los costados del cuello, que estaban muy apretados y constreñían la garganta; cuando ejercí presión sobre estos músculos, broto un grito que ella no pudo controlar. Siguió gritando después de que retiré los dedos. Luego, al ceder los gritos, rompió en un sollozo profundo que duro un rato. Después de llorar, dijo que sentía que había recuperado la vida. En un año volvió a casarse.

He seguido este procedimiento con muchos pacientes que no pueden gritar. En la mayoría de los casos, responden con gritos fuertes y claros. La presión inmediata sobre esos músculos tan apretados resulta dolorosa, pero en cuanto el paciente grita, el dolor desaparece porque los músculos se relajan. Los pacientes se sienten tan liberados por los gritos que ninguno se ha quejado del ejercicio; de todos modos, siempre explico antes que haré y para qué. Me di cuenta de lo importante que es gritar a partir de mi propia experiencia terapéutica con Reich, que describí antes. Ese grito abrió la puerta de mi alma y permitió que salieran a la superficie los recuerdos que había mantenido enterrados durante años.

Hay otro aspecto del grito que es importante para experimentar alegría.
La corriente de excitación que recorre el cuerpo es polar, lo que significa que, como señalé antes, la onda que asciende y la que desciende tienen la misma intensidad y distinta dirección. Uno de los aspectos de la dirección descendente es sexual. Si uno puede permitir que la onda que fluye en dirección ascendente culmine en un grito pleno, también puede permitir que la onda descendente culmine en un orgasmo. La parte superior estalla en un grito y la inferior en un orgasmo. Ambas son descargas poderosas. Sin embargo, el hecho de que una persona pueda gritar una vez no constituye un signo de potencia orgásmica, la que depende de la capacidad de gritar con libertad y plenitud en cualquier momento.

No se puede forzar un grito. Si uno intenta forzarlo, surge un chillido o un aullido que raspa la garganta. Para gritar, es necesario soltarse, algo que a los niños les resulta muy fácil. Por desgracia, esa capacidad se cercena en los primeros años de vida, cuando el padre o la madre no tolera que su hijo grite y considera que grita porque esta loco. Los locos gritan debido a que la presión interna aumentó a tal punto que ya no pueden contenerla, no porque estén locos: suelen agitarse por esa misma razón. Su grito es una medida protectora. Si no gritaran para liberar la presión, podrían volverse violentos y matar a alguien. En general, el paciente que grita no es peligroso, pero si bien el grito es una medida de seguridad, no es una respuesta integral frente a la experiencia de que a uno lo vuelvan loco. Esta respuesta requiere movilizar todo el cuerpo en una expresión cargada de significado, lo cual sucede cuando el movimiento de las piernas que patean esta coordinado con el grito y con las palabras “me estas volviendo loco”.

El acto de gritar es una descarga emocional tan poderosa que se lo ha utilizado como base de otros dos enfoques psicoterapéuticos. El más conocido es la terapia del grito primal desarrollada por Arthur Janov, cuyo libro The Primal Scream causo bastante sensación cuando se publico, en parte porque prometía una cura rápida para la neurosis y en parte porque tocaba una realidad de las personas que hasta el momento los psicoanalistas y terapeutas habían pasado por alto. Esa realidad es que todos los neuróticos sienten un profundo dolor provocado por las heridas tempranas de sus vidas. La terapia primaria es la técnica que utiliza Janov para descargar ese dolor gritando, lo cual transforma a la persona, al menos por un tiempo, en un individuo libre, que ya no esta limitado por su temor neurótico. Janov se dio cuenta de que el núcleo de la neurosis era la supresión de los sentimientos, relacionada con la inhibición de la respiración y el desarrollo de tensión muscular. Al leer el libro, muchas personas sintieron su necesidad de gritar para liberar el dolor y reaccionaron con entusiasmo ante las promesas de cura hechas por Janov. Los pacientes que “explotaban” en un grito después de respirar con profundidad decían sentirse “puros”, “limpios”.

Yo tuve una experiencia similar en mi primera sesión con Reich, pero aunque abrió una ventana a mi self más profundo, no me curó. Ya hace cincuenta años que emprendí mi viaje de autodescubrimiento y, si bien me descubrí más, no encontré cura alguna. El verdadero progreso en una terapia es un proceso de crecimiento, no una transformación. Nos volvemos mas abiertos, mas maduros: el acento esta puesto en el “mas”.
Para evitar malentendidos, debo explicar que en la terapia no se trata solo de expresar sentimientos. El autodescubrimiento requiere un considerable trabajo analítico que incluye el análisis cuidadoso del comportamiento actual, la situación transferencial, los sueños y las experiencias del pasado. El dialogo constituye un aspecto primordial del análisis bioenergético. Prepara el terreno para que el paciente reelabore sus problemas emocionales, aunque no los elimina en un nivel profundo. Se por experiencia que el insight y la comprensión de los conflictos no los resuelve en un nivel profundo, aunque brinda al paciente los medios para que su ego los aborde con mas eficacia.

No basta con hablar y entender para liberar en forma significativa las graves tensiones musculares que incapacitan a la mayoría de las personas. Esas tensiones bloquean la expresión de los sentimientos y la única manera de liberarlas es expresar esos sentimientos con plenitud; pero, para que esto suceda, el ego debe participar en esa expresión.
En realidad, la expresión plena de los sentimientos no solo libera la tensión sino que además fortalece el ego y la autoposesión. Si bien de niños gritamos, cuando lo hacemos con entendimiento no nos sentimos niños. Los adultos son personas maduras, son niños que han madurado y tienen todas las capacidades y sensibilidades del niño, pero también la madurez y autoposesión para hacer que sus acciones en el mundo sean eficaces.

jueves, 29 de diciembre de 2016

El Gozo, parte 28


9. El miedo: la emoción paralizante

¡Me estas volviendo loco! 


Todos los pacientes en terapia son individuos atemorizados. Algunos son conscientes de su temor, otros lo niegan, pero muy pocos están en contacto con la profundidad de ese temor. En los capítulos anteriores, señalé que los pacientes tienen miedo a sus emociones de amor, ira y tristeza. Tienen el mismo miedo, o tal vez más, temen a su miedo, aunque el miedo no es una emoción amenazadora; es una emoción paralizante, sobre todo cuando es muy grande como en el caso del terror. Un organismo aterrorizado se congela y no puede moverse.  Cuando el temor no es tan grande, siente pánico y huye, pero el pánico es una reacción histérica y por lo tanto ineficaz para afrontar el peligro.

Cuando los niños tienen miedo a. sus padres, que pueden ser irracionales y violentos, no tienen a donde huir. Se aterrorizan. Quedan congelados por el temor; En la selva, cuando un animal se aterroriza y no puede huir de otro que lo ataca, por lo general muere bajo sus garras. Si logra escapar, el temor cede rápidamente y el animal vuelve a la normalidad. El niño que teme a sus padres no tiene escapatoria; por  consiguiente debe hacer algo para superar su estado de parálisis. Tiene que negar y suprimir el temor. Moviliza su voluntad en contra de ese sentimiento. Aprieta los músculos de la mandíbula, como expresión de su determinación; equivale a “No voy a tener miedo”. Al mismo tiempo, se disocia en alguna medida del cuerpo y de la realidad y niega el hecho de que sus padres sean hostiles y amenazadores. Estas son medidas de supervivencia que, por un lado, permiten que el niño madure y se libere de la posibilidad de verse atacado por sus padres y, por el otro, se convierten en una forma de vida, puesto que se estructuran en el cuerpo. El niño, lo sienta o no, vive en estado de temor.

Aunque la mayoría de los pacientes no sienten el grado de su temor, no resulta difícil apreciarlo. Todo músculo con una tensión crónica se encuentra en estado de temor, pero éste se ve con más claridad en las mandíbulas apretadas; en los hombros levantados en los ojos bien abiertos y en la rigidez general del cuerpo. Puede decirse que el individuo esta rígido de miedo.

Decir que el temor esta estructurado en el cuerpo no significa que no se lo pueda liberar. Para liberar al cuerpo de ese estado de temor es preciso que la persona tome conciencia de él y halle alguna forma de descargar la tensión. En el capitulo anterior señale que la ira es el antídoto del temor. El paciente tiene que enojarse, pero enojarse tanto como para volverse un poco loco, es decir, un poco fuera de control. Esto despierta el fantasma de la locura, el temor de que “Si dejase de controlarme, me volvería loco”  Todos los pacientes tienen miedo de volverse locos si dejan de controlarse. En este capitulo, me ocupare de este temor y explicare como lo trato en el análisis bioenergético.

Sin duda, el estrés que provoca criar a un niño en nuestra cultura hiperactiva puede resultar abrumador, sobre todo en el caso de los padres que al mismo tiempo están estresados por sus propios conflictos emocionales y matrimoniales, que nunca faltan. El estrés, si es lo suficientemente fuerte y continuo, puede hacer que un individuo sufra un colapso mental, pero a los padres esto no les sucede, puesto que su estrés tiene una salida. Los padres pueden gritarle a su hijo y hasta pegarle. El niño no cuenta con esa salida; tiene que soportar el maltrato, aunque muchos han intentado huir. Para soportar un estrés intolerable, el individuo debe adormecerse, disociarse de su cuerpo. Los niños se repliegan físicamente en su cuarto, y psicológicamente en su imaginación. Este repliegue divide la unidad de la personalidad y constituye una reacción esquizofrénica.

La cuestión es si el niño puede mantenerse entero y no quebrarse o derrumbarse. Es probable que un niño más grande, de entre tres y cinco anos, haya desarrollado un ego lo bastante fuerte como para resistir y no quebrarse. La resistencia se manifiesta en forma de rigidez, que le permite retener un sentimiento de integridad e identidad. Esa rigidez se convierte entonces en el mecanismo psicológico de supervivencia. La idea de aflojarla provoca temor.

El objetivo de cualquier tipo de tortura es quebrantar el espíritu, la mente o el cuerpo de una persona. No necesariamente produce daños físicos. Uno de los métodos mas eficaces de tortura consiste en impedir el sueño. La mente no tiene forma de recuperarse de los estímulos que recibe, lo que exige un continuo gasto de energía. Tarde o temprano, la persona se quiebra, la mente se escinde de una realidad intolerable.

El ejemplo clásico es un método de tortura chino en el que se entierra a un individuo hasta el cuello y se lo somete a un goteo constante de agua que le cae sobre la cabeza. Llega un momento en el que el estimulo resulta excesivo y, como no hay escapatoria posible, se vuelve intolerable. En este punto, la victima comienza a gritar para descargar la excitación, pero si no recibe ningún alivio, puede perder la cordura; pierde todo control y su mente deja de tener sentido de la realidad.
El maltrato físico puede quebrantarlo y sabemos que es muy común, pero más común todavía es el maltrato verbal o emocional. A muchos niños se los critica constantemente, lo que termina por quebrantar su espíritu. Todo lo que hacen está mal, nada de lo que hagan merece aprobación. El niño siente la hostilidad del padre/madre, una hostilidad profunda que no puede evitar ni comprender.

Algunas personas efectivamente pierden el control y matan a otras o se matan a si mismas. Eso puede ocurrir si el ego es demasiado débil porque se disocio del cuerpo y de sus sentimientos para contener la ira suprimida. Es como si estos individuos anduviesen por todas partes con una granada viva, de la que son totalmente inconscientes. Hacerlos conscientes de esta ira asesina que tienen suprimida reduce el peligro de que explote de modo espontáneo y produzca un efecto mortal. Aceptar nuestros sentimientos fortalece el ego y promueve el control consciente de los impulsos.
Aceptar un sentimiento implica algo más que tener conciencia intelectual de su existencia. Debemos experimentar el sentimiento y hacemos amigos de él. Un día, cuando yo era niño, un perro muy grande corrió hacia mi y me dio mucho miedo. Para que pudiera superar ese temor, mi madre me compro un perro de peluche al que yo mimaba; esto me sirvió, pero nunca supere el temor a los perros hasta que conviví con ellos.

Uno de los principales objetivos de la terapia consiste en ayudar a los pacientes a que aprendan a convivir con su ira de una manera saludable.
En una u otra medida, todos los pacientes son esquizofrénicos controlados. Todos tienen temor de perder el control, de perder la cordura, porque de niños casi los volvieron locos.

Cualquier forma de sobrestimulación, si se prolonga durante el tiempo suficiente, puede llevar a un niño a la demencia. Una de estas formas es la estimulación sexual del niño ya sea mediante el contacto físico o mediante un comportamiento seductor. El niño no tiene forma de descargar esta excitación, que entonces actúa como un elemento irritante permanente en el cuerpo.

Cuando miro el cuerpo de mis pacientes, veo el dolor provocado por las tensiones, que los atan y restringen. Las bocas apretadas, las mandíbulas duras, los hombros levantados, los cuellos duros, los pechos inflados, los vientres hacia adentro, las pelvis inmóviles, las piernas pesadas, los pies angostos, son todas muestras del temor a soltarse, de una existencia dolorosa. Mis pacientes no suelen quejarse de dolor, aunque algunos sientan dolores ocasionales en diferentes partes del cuerpo (como en la parte inferior de la espalda). De lo que si se quejan es de algún malestar emocional que los hace comenzar la terapia; pero al principio, la mayoría supone que la aflicción es psicológica. Casi todas las personas temen al dolor físico, ante el cual reaccionan como lo hacían de niños. Quieren que el dolor se vaya. 245

Volver al cuerpo es un proceso doloroso, pero al reexperimentar el dolor, nos volvemos a conectar con la vida y los sentimientos que habíamos suprimido con el fin de sobrevivir. Al no ser ya niños ni seres dependientes y desamparados, podemos aceptar y expresar esos sentimientos en la segura situación de la terapia. Sin embargo, aun en esta situación, los pacientes tienen demasiado temor al principio como para entregar el control del ego, que les aseguro la supervivencia.

Entregarse al cuerpo implica abandonar el control del ego sobre los sentimientos, pero no significa perder el control sobre las acciones o el comportamiento. No obstante, esto puede ocurrir en los casos en que los sentimientos son demasiado fuertes y el ego demasiado débil. Cuando la mente consciente de un individuo se ve abrumada por una excitación que no puede manejar, puede perder la capacidad de controlar el comportamiento. El individuo queda entonces a merced de sentimientos, como una ira asesina o una lujuria incestuosa, que podrían conducirlo a actos peligrosos y destructivos. Cualquier persona que actúe esos impulsos seria considerada loca o demente y podría terminar en un hospital para enfermos mentales. Pero el temor a la demencia es algo más que el temor a cometer un acto abominable: es el temor a perder el self. Si la mente consciente se ve abrumada por cualquier sentimiento, se pierden los limites del self. Cuando un río inunda las márgenes, no podemos distinguir el río en la masa de agua. El río perdió su identidad, que es lo que le sucede a un individuo que se ve inundado por sus sentimientos. La perdida de la identidad constituye uno de los signos de la demencia. 

lunes, 26 de diciembre de 2016

El Gozo, parte 27

Capítulo 8 (continuación)

Los varones pequeños sufren abusos físicos no solo por parte de los padres sino también de las madres. Vimos un caso en el que la madre abusaba físicamente de su hijo con la intención, consciente o inconsciente, de quebrantar su espíritu para someterlo a ella. Ningún niño es capaz de enfrentarse a la violencia de su madre o de su padre y es inevitable que esta experiencia lo quebrante. Sin embargo, el quebrantamiento no suele ser total, ya que de lo contrario el niño se moriría (aunque sabemos que esos excesos existen) .En lo profundo del cuerpo del niño, queda un núcleo de resistencia que mantiene la vida y le proporciona algún sentido de identidad. La fortaleza de ese núcleo depende de la manera en que el padre/madre se haya relacionado con su hijo. Por ejemplo, es posible que una madre, luego de descargar su furia suprimida, sienta un profundo amor por el hijo del que acaba de abusar. En la medida en que el niño siente este amor, el efecto dañino del abuso se reduce en forma parcial. Si el niño siente que la madre le es hostil al punto de rechazarlo con frialdad, podría convertirse en un esquizofrénico. Los niños son conscientes en algún nivel de que son preferibles los golpes o el abuso físico antes que el rechazo frío, que es la muerte emocional.

 El axioma que los individuos tienden a actuar sobre los demás lo que les hicieron a ellos nos ayuda a entender el comportamiento aparentemente irracional de una madre hacia su hijo. Si de niña la humillaron por alguna expresión sexual, tenderá a hacer lo mismo con sus hijos. La única manera de evitar esta tendencia a actuar sobre seres inferiores e indefensos es que el individuo tenga clara conciencia de lo que le hicieron y un profundo conocimiento del efecto destructivo que eso tuvo sobre su personalidad y su vida, conocimiento que implica poder sentir ira contra el padre/madre por el abuso o violación. Una madre que se avergüence de sus sentimientos sexuales avergonzará a su hija ante cualquier expresión de dichos sentimientos. Las madres se identifican con sus hijas y proyectan en ellas los aspectos negativos de su propia personalidad. Así, una madre es capaz de considerar lascivo el comportamiento sexual de su hija porque a ella la consideraban así de niña. Al criticar a su hija por ser sexual le esta diciendo: “Tu eres la mala, la impura. Yo estoy limpia”.

Por otro lado, también puede proyectar sobre su hija sus deseos sexuales insatisfechos deseando inconscientemente que su hija los actúe para obtener una excitación indirecta a partir de las  acciones de su hija. En realidad una madre puede tener las dos actitudes: una consciente, que degrada a la hija por ser sexual, y otra inconsciente, que la incita a actuar sexualmente. Esta identificación sexual inconsciente de madre e hija tiene un aspecto homosexual, que, de no ser visto, puede convertirse en una obsesión, impidiendo encaminar al paciente hacia su independencia y satisfacción.
El abusado se convierte en el abusador por una identificación inconsciente con él. Esta es la otra cara de la moneda que el paciente debe reconocer y aceptar para lograr una autoaceptación plena.

El abuso sexual produce en el niño excitación y miedo. A todos los niños pequeños les fascinan los genitales de sus padres ya que, por un lado, les dieron vida y por otro, son las llaves para entrar a su propio submundo de placeres y miedos secretos. Sin embargo, el miedo hace que se suprima el abuso y la excitación que produce y queden solo sus huellas. La persona siente una fuerte tentación de repetir la experiencia, a menudo en calidad de abusador pero también de abusado. Creo que esta es la forma en que nace en el adulto la obsesión por tener relaciones sexuales con niños. El desarrollo de su libido se ve obstaculizado porque parte de la energía y de la excitación esta encapsulada en el recuerdo reprimido y los sentimientos a el asociados. El primer paso para liberar la energía contenida es traer estos incidentes a la conciencia.

Al sacar a la luz la experiencia enterrada, se reduce la vergüenza, lo que le permite al individuo sentir su herida y su miedo. La aceptación de estos sentimientos le permitiría, por un lado, llorar y así liberar el dolor y, por otro, enojarse y así restablecer su integridad. Para purificar y liberar el espíritu es necesario que la ira sea real e intensa.

Las madres están en una posición privilegiada para actuar sexualmente sobre sus hijos porque tienen más contacto con el cuerpo del niño que los padres. En la forma de tocar el cuerpo del niño puede estar implícito un elemento sexual, al igual que en el miedo a tocarlo, porque puede despertar sentimientos sexuales. Una madre comentó refiriéndose a su hijo de dos anos: “Su pene es una cosita tan linda que me lo pondría en la boca”. Sin duda el sentimiento presente en este comentario se transmite al niño cuando sus genitales están al descubierto. Su sentido de privacidad con respecto al órgano desaparece. El sentimiento de la madre invade la pelvis del niño y se apodera de sus genitales. Lo que perturba al niño no es el simple hecho de que miren sus genitales, sino que los miren con conciencia o interés sexual.

En toda relación entre un progenitor y su hijo existe el peligro de que el vinculo tenga un fuerte elemento sexual, que ambos niegan y suprimen pero que afecta al niño en forma devastadora.

Los que inician una terapia son afortunados, pues tienen la oportunidad de penetrar en sus problemas y obsesiones y encontrar el verdadero sentido de la vida. No es un viaje fácil ni rápido, como veremos en el próximo capitulo. Yo lo describiría como un viaje al submundo donde yacen enterrados nuestros mas grandes temores, como el miedo a la demencia y a la muerte. Si uno tiene el coraje de enfrentar esos temores, regresara a un nuevo mundo de luz donde se han esfumado las nubes del pasado.

martes, 29 de noviembre de 2016

El Gozo, parte 26


8.
El abuso sexual

 EL abuso sexual es una forma muy infame de traición al  amor, ya que normalmente la sexualidad es una expresión de amor. La persona que abusa de otra se acerca a su victima como si le estuviera ofreciendo amor pero luego se aprovecha de su inocencia y/o desamparo para satisfacer su necesidad personal. El aspecto mas dañino de este delito es la traición a la confianza, pero la violación física agrega a esta acción destructiva una dimensión importante de miedo y dolor. Los individuos que sufrieron abusos o maltratos sexuales de cualquier tipo llevan las  cicatrices de esa experiencia durante toda su vida. Lo más grave es la supresión de la experiencia por parte de la victima debido a la vergüenza y repugnancia por lo sucedido. Sin embargo, cuando se suprimen estos sentimientos, el individuo se queda con una profunda sensación de vacío interior y confusión.

Las victimas de abuso sexual no pueden entregarse a su cuerpo ni al amor, lo cual implica que no tienen posibilidades de encontrar satisfacción en su vida. El viaje de autodescubrimiento les resulta una aventura aterradora.

¿Cuál es la frecuencia del abuso sexual? Depende de lo que consideremos abuso o maltrato sexual. Según estudios estadísticos basados en cuestionarios enviados a adultos, entre el 30 y el 50 por ciento de los que respondieron declararon haber sufrido abusos durante la niñez. Si se considera abuso sexual a toda violación de la privacidad del niño con respecto a su cuerpo y sexualidad, la proporción podría superar el 90 por ciento. Una paciente recordó la vergüenza y la humillación que sintió cuando a los tres años su familia la hizo posar desnuda para un fotógrafo. Los comentarios en publico sobre la sexualidad en desarrollo de un niño bien pueden considerarse una forma de abuso sexual. El hecho de que un padre le pegue en las nalgas desnudas a su pequeña hija es, para mi, un acto de abuso sexual además de un maltrato físico. Considero que el padre obtiene de sus acciones una excitación sexual que el niño percibe. Una mujer contó que le pedía a su esposo que le pegara en las nalgas desnudas porque le provocaba tal excitación sexual que el coito que le sucedía era el mejor que hubiera experimentado. Este es un típico comportamiento masoquista.

Las practicas masoquistas o sádicas relacionadas con el sexo derivan de experiencias infantiles que quedan grabadas en la personalidad del niño. Muchas mujeres se valen de fantasías masoquistas, como estar atadas durante el acto sexual, para llegar al clímax. Hasta me animaría a decir que en todos los casos en que un adulto le pega a un niño hay un elemento sexual implícito.

En la actualidad, sabemos que en muchos casos de abuso sexual hay un contacto directo entre un adulto o adolescente y un niño. También los consideramos una forma de incesto. En dichos casos, el contacto directo tiene un efecto muy destructivo sobre la personalidad del niño, cuya gravedad guarda una relación inversa con la edad; es decir, cuanto más pequeño es el niño, mas grave es el daño. Me impresione mucho al enterarme de casos en  los que el niño era muy pequeño. Cuando un niño es victima de abuso sexual a muy corta edad, reprime todo recuerdo de los hechos suprimiendo los sentimientos asociados con ellos. La supresión implica matar una parte del cuerpo. Cuando los sentimientos renacen, el recuerdo se despierta.
El fenómeno de retirarse del cuerpo es un proceso disociativo  típico del estado esquizoide en el cual la mente consciente no se identifica con los hechos corporales.
Cualquier abuso de un niño, físico o sexual, que lo aterrorice lo lleva a disociarse de su cuerpo.

La sumisión elimina la amenaza de fuerza y violencia y niega el miedo. La idea de que ningún hombre lastimará a una mujer si ella cede ante él es un razonamiento falso de las mujeres que sufrieron abusos.
En la personalidad de la mujer que sufrió abusos de niña existe  otro elemento que conforma su comportamiento con tanta fuerza como el miedo y el desamparo asociados con el abuso. Este elemento es una fuerte excitación sexual limitada al aparato  genital y disociada de la personalidad consciente. El abuso sexual temprano asusta y al mismo tiempo excita al niño. No fue una excitación que el cuerpo y el ego inmaduros del niño pudieran integrar, sino que dejó una huella imborrable en su cuerpo y mente. El niño entró momentáneamente al mundo adulto, lo cual quebrantó su inocencia; a partir de ese momento, la sexualidad se transformó en una fuerza irresistible y abrumadora, pero dividida de la personalidad. Marilyn Monroe constituye un ejemplo. Ella encarnaba la sexualidad pero no era una persona sexual. Era como si representara un papel sexual sin identificarse con él a un nivel adulto. Su personalidad adulta estaba dividida entre una mente sofisticada y una dependencia y miedo infantiles. Era sexualmente sofisticada, pero esa sofisticación era muy superficial y tapaba una sensación subyacente de estar perdida, desamparada y asustada.

El abuso sexual sobreexcita el aparato sexual de las victimas en forma prematura. Pese al miedo que sienten, la excitación sexual del contacto queda grabada en la personalidad, pues permanece en el aparato sexual sin que se la descargue. Se sienten atraídas por los hombres de personalidad similar a la del abusador y su sumisión sexual es un intento inconsciente de liberarse de su obsesión reviviendo la situación y completando la descarga; solo que esto nunca ocurre debido a la disociación.

La descarga tiene lugar solo cuando la excitación recorre el cuerpo hacia abajo, entrando en el aparato genital para luego salir de él. La violación a corta edad, es decir, antes de que se desarrolle la capacidad para descargar la excitación por medio del orgasmo, lleva a que esos órganos se carguen con una fuerza sobre la que el individuo no tiene control. A la pequeña literalmente la despojan de sus órganos genitales. La victima de abuso sexual puede recuperar la posesión de sus órganos sexuales permitiendo que la excitación fluya hacia abajo y entre en ellos. Este es el patrón sexual normal pero, en estos casos, está bloqueado físicamente por una franja de tensión alrededor de la cintura y psicológicamente por fuertes sentimientos
de vergüenza respecto de las propias partes sexuales, que se consideran impuras.

Muchas mujeres sienten vergüenza de su sexualidad porque no se le permitió desarrollarse como una expresión de amor; sin embargo, la sexualidad es una expresión de amor, un deseo de estar cerca y unido a otra persona. Por desgracia, muchas veces ese amor está mezclado con su opuesto: la hostilidad. Muchos seres humanos tienen sentimientos ambivalentes a raíz de sus experiencias infantiles, en las que el amor de sus padres estuvo mezclado con sentimientos negativos y hostiles. Este hecho creo que sucede en la mayoría de las relaciones familiares. Es imposible entregarse por completo al amor cuando uno ha sido traicionado por aquellos en los que deposito amor y confianza. He visto varias mujeres, que sufrieron abusos sexuales, con patrones de comportamiento similares. Son mujeres inteligentes cuyas vidas sufrieron graves daños porque las convirtieron en victimas. Todas tienen personalidades múltiples que se originan en el conflicto entre su excitación sexual y su miedo, entre una sensación de ser deseables y un fuerte sentimiento de vergüenza; y, en todos los casos, la sexualidad no esta integrada a su personalidad.

Estos individuos oponen una fuerte resistencia a la descarga de la ira contra el abusador. Esa resistencia tiene su origen, en parte, en un sentimiento de culpa por haber participado en los actos sexuales, ya sea en forma voluntaria o forzada, pero también se origina en el miedo a la ira asesina. Matar a un padre es el delito mas abominable y, sin embargo, la traición partió del padre. La única forma de resolver los conflictos creados por los abusos sexuales es mediante un programa terapéutico que proporcione una situación controlada para la expresión de esa ira.

Esta demostrado que los niños varones sufrieron abusos sexuales casi en la misma proporción que las mujeres. Algunos fueron violados por el padre, por algún otro hombre o por hermanos mayores. Cuando esto ocurre, tiene el mismo efecto sobre la personalidad del niño que sobre la de la niña. Si hay penetración anal, el niño experimentaría un dolor y miedo intensos, lo que podría llevarlo a disociarse de su cuerpo. El abuso sexual de un niño por parte de un varón adulto socava su masculinidad en desarrollo y lo hace sentirse avergonzado y humillado. No creo que esas experiencias creen una tendencia homosexual en la personalidad del niño, pero la consecuente debilidad de su identificación masculina podría predisponerlo a ese patrón de comportamiento sexual.

Lo que daña la personalidad del niño es el impacto emocional de la experiencia. El miedo, la vergüenza y la humillación son sentimientos devastadores para un niño que no tiene manera de liberar por medio de palabras el agravio de este trauma. El abuso físico que el padre hace de un hijo, por ejemplo con repetidas palizas, tiene un efecto similar en la personalidad del niño y, como señale en el capitulo anterior, debe considerárselo una forma de abuso sexual.

El abuso sexual es tanto una expresión de poder como de amor sexual. La sensación de tener poder sobre otra persona actúa como un antídoto para ese sentimiento de humillación que sufrió el abusador cuando abusaron de él en su niñez. La cuestión del poder también impregna la actividad sexual que tiene lugar entre adultos por mutuo acuerdo, como en las practicas sadomasoquistas. El abusador es en general un individuo que se siente impotente para ser un hombre o mujer maduro. Ese sentimiento de impotencia desaparece cuando la victima es un niño, un adulto indefenso o un compañero sumiso. En esta situación el abusador se siente poderoso, lo que implica que también se siente sexualmente potente. Cuando los sentimientos de poder se inmiscuyen en una relación, siempre se convierte en una relación abusiva. Un hombre que necesita sentir poder para ser sexualmente potente inevitablemente abusara de la mujer. Por lo común, cuando el hombre aparenta ser poderoso, la mujer se excita y se vuelve más propensa a entregarse a él. Por supuesto que esto sucede con las mujeres que fueron victimas y se sienten impotentes.

El comportamiento abusivo entre los adultos denota una relación sadomasoquista que le permite al individuo entregarse a su excitación sexual. En el caso del sádico, este efecto lo produce el sentimiento de poder sobre el otro, manifestado en acciones que buscan lastimar o humillar al compañero. En el caso del masoquista, la sumisión al dolor y a la humillación elimina, por un tiempo, la culpa que bloquea la entrega sexual. En la sumisión, se transfiere la culpa al abusador, lo cual permite a la victima simular inocencia.

En un nivel, el comportamiento abusivo expresa odio, el deseo de lastimar al otro, pero debemos reconocer que además existe un elemento de amor. Reich señaló la conexión entre el sadismo y el amor: creía que la acción sádica se origina en un deseo de contacto y cercanía. Comienza como un impulso de amor en el corazón pero, a medida que ese impulso se acerca a la superficie, lo tuercen las tensiones en la musculatura relacionadas con la ira suprimida, convirtiéndolo en un acto dañino. Es posible que la victima sienta esta dinámica, sobre lodo si el abusador es uno de los padres que esta actuando sobre su hijo/a. Lo que quiero decir es que es posible que un niño pequeño, sumamente sensible a los matices emocionales del comportamiento, se de cuenta de que el castigo o el abuso pretende ser un acto de amor. El amor se vuelve sádico cuando no se puede expresar. El reconocimiento de este hecho podría impedir que el niño sienta la plenitud de su ira contra el abusador. El niño también reconoce el dolor que siente el abusador y que le impide expresar amor con facilidad y libertad. Entonces, siente pena por el abusador y se identifica con él.

martes, 22 de noviembre de 2016

El Gozo, parte 25


Capítulo 7 (continuación)

La mayoría de las relaciones comienzan con placer y sentimientos positivos que acercan a los individuos, pero, lamentable, es poco común que estos sentimientos se desarrollen y profundicen a lo largo de los años. El placer se desvanece, los sentimientos positivos pasan a ser negativos, y crecen los resentimientos, ya que sin la sensación de libertad e igualdad, el individuo se siente insatisfecho y atrapado. El enojo suprimido se actúa de una forma u otra, ya sea de manera psicológica o física, y esto hace que peligre la relación, que en este punto puede romperse, o bien la pareja buscará orientación psicológica con el fin de restablecer los sentimientos positivos que alguna vez existieron entre ellos. No conozco muchos casos en los que dicha orientación haya sido eficaz, ya que en general apunta a que los individuos se comprendan entre sí y hagan un esfuerzo por seguir juntos, pero en realidad mantiene la actitud neurótica de intentar hacer algo. Este intento no hace que amemos ni que nos amen más, no produce placer ni alegría. El amor es una cualidad del ser, del ser abiertos, no del hacer.

Podemos obtener una recompensa por intentar hacer algo, pero el amor no es una recompensa, sino que es la excitación y el placer que encuentran dos personas cuando se entregan a su atracción mutua.
Todas las relaciones amorosas comienzan con una entrega; por lo tanto, lo que impide la continuidad de las relaciones es que la entrega ha sido condicional y no total; a la persona, y no al self.

Escondemos, retenemos y negamos una parte del self por sentir culpa, vergüenza y miedo. Esa parte que retenemos, el enojo y el odio, es como un cáncer en la relación que la corroe lentamente. Es necesario extirpar ese cáncer, tarea de la que se encarga la terapia.
Nadie se merece el maltrato; solo le pasa a la persona que se encuentra en una relación de dependencia. Esta persona se convierte en un objeto fácil sobre el cual el otro individuo puede descargar toda su hostilidad, enojo y frustración, que provienen de sus experiencias tempranas con sus padres. El maltratado puede pasar a ser con mucha facilidad el que maltrata cuando hay un objeto adecuado sobre el que se puede actuar el enojo y el odio suprimidos.

Si de adultos dependemos de otra persona para alcanzar la satisfacción de nuestro ser, es decir, para hallar la felicidad, nos traicionamos a nosotros mismos y nos sentiremos traicionados por el otro. Por el contrario, si buscamos en nosotros mismos los buenos sentimientos que son posibles cuando estamos en contacto con nosotros mismos y nos entregamos al cuerpo, nadie podrá engañamos ni maltratamos. Nadie nos engañará porque no dependemos de otro para tener buenos sentimientos, y el respeto por nosotros mismos no permitirá que aceptemos el maltrato, con esta actitud, todas las relaciones resultan positivas, porque si no es así, les ponemos fin.

Las personas con mucha autoestima  y amor a sí mismas no están ni se sienten solas, ya que los demás se sienten atraídos hacia ellas por la energía y las vibraciones positivas que irradian. Al respetarse a sí mismas, imponen respeto y por lo general se las trata con respeto. Esto no significa que no sufran heridas en la vida. Nadie esta libre del dolor y las heridas, pero estos individuos se apartan de aquellas situaciones en las que se los lastima constantemente.

Si bien reconocemos que la alegría es muy deseable y la actitud de respeto por uno mismo es muy positiva, también debemos tener en cuenta que no son fáciles de lograr. La entrega al self y al cuerpo es un proceso muy doloroso al principio, ya que nos pone en contacto con el dolor que tenemos en el cuerpo. Cada tensión crónica del cuerpo es un área de dolor potencial: el que sentiríamos si intentáramos liberar la tensión. Debido al dolor, hay que trabajar lentamente con el cuerpo. Es un proceso similar al de devolver el calor a un dedo o un pie congelado. Aplicar demasiado calor de golpe haría que fluyera mucha sangre al área afectada, lo que destruiría las células contraídas del tejido y podría dar como resultado una gangrena. La expansión de un área contraída, que equivale a soltarse, no es algo que se logra de un solo golpe, sino de a poco, con tiempo, para que los tejidos y su personalidad puedan adaptarse a un nivel mas alto de excitación y a una mayor libertad de movimiento y expresión. Pero por más que se trabaje con lentitud, el dolor es inevitable, pues cada paso en la expansión o crecimiento implica una experiencia inicial de dolor, que desaparece a medida que la relajación o expansión se integra a la personalidad.

Por lo general, el dolor emocional, que es menos concreto, resulta mas difícil de aceptar y tolerar que el dolor físico, que es más localizado. El dolor emocional se siente en todo el cuerpo, en todo nuestro ser; es siempre la perdida de amor. Podemos recibir diferentes heridas emocionales; nos pueden rechazar, humillar, negar, nos pueden agredir físicamente o con palabras, pero cada uno de estos traumas a la personalidad es en realidad , una perdida de amor. Si alguien con quien no tenemos ninguna conexión emocional nos hiere físicamente, el dolor va a ser solo físico; podemos sentir ese dolor en todo el cuerpo, pero no es tan profundo como el dolor emocional. Cuando se corta una conexión de amor, nos quedamos sin una fuente de vida y excitación placentera. Se contrae todo el organismo, incluso el corazón. Tenemos la sensación de que toda nuestra vida esta amenazada, lo que nos produce miedo. Sobrevivimos a esta amenaza que se cierne sobre nuestra existencia porque no se cortaron absolutamente todas las conexiones de amor. Y, excepto en el caso de los bebés, por lo general se pueden establecer conexiones con otras criaturas, con la naturaleza, con el universo, con Dios. No creo que ningún ser humano pueda sobrevivir sin alguna conexión.

Los individuos que sobrevivieron a la perdida de amor durante la niñez tienen mucho miedo de romper una conexión. Algunos llegan a decir que prefieren una mala relación antes que ninguna. La mera idea de estar solas es aterradora para muchas personas; despierta sentimientos que tenían en la niñez, cuando sobrevivir dependía de formar parte de una familia; y se relaciona con el hecho de que estar solos nos obliga a mantener una relación muy intima con nuestro self. Si nuestro self es débil, inseguro y dubitativo, no nos resultara agradable estar a solas con él. Pero la inseguridad que hace que a una persona le cueste mucho vivir sola también la afecta en su vida con otro. Necesitamos una conexión para reducir el dolor emocional, pero éste nunca se libera a través de otro. Nos volvemos cada vez más dependientes. Y esto termina en el abuso físico, que muchas personas parecen preferir antes que sufrir el dolor emocional de estar solas.

El dolor emocional se descarga llorando, lo que libera al cuerpo del estado de contracción crónica. Para que el llanto sea eficaz, debe ser tan profundo como el dolor, y debe estar ligado a la convicción de que no tiene sentido buscar a alguien para que nos devuelva la dicha de la niñez, la inocencia y la libertad. Al mismo tiempo, debemos construir un self más fuerte energizando el cuerpo y sintiendo nuestro enojo.

El problema de un individuo siempre se manifiesta en el cuerpo, ya que eso es lo que somos. En el análisis bioenergético, la terapia siempre comienza con un análisis del malestar corporal, que después se relaciona con el problema psicológico que presenta la persona. Son pocas las personas que tienen conciencia de la medida en que la dinámica de la energía del cuerpo condiciona el comportamiento y los sentimientos. El primer paso en cualquier terapia integrada (es decir, una terapia en la que participe tanto el cuerpo como la mente) es ayudar al paciente a sentir las tensiones en el cuerpo y a comprender las conexiones entre ellas y su problema psicológico. La mayoría de los pacientes presentan un problema psicológico y tienen muy poca o ninguna conciencia de su conexión con el cuerpo. Solo sentimos alegría cuando somos fieles a nosotros mismos.

Golpear a un niño constituye en cualquier circunstancia un maltrato físico y es algo que nadie debe permitir. Da resultado porque el niño se aterroriza, como le pasaría a cualquiera que se  siente impotente ante el poder destructivo de un superior. Si ese superior es un padre/madre de quien depende el niño, el temor queda arraigado en la personalidad. Cuando el niño se convierte en adulto, tiene dos caminos posibles. Uno de ellos consiste en adoptar una posición pasiva y desde allí esperar ganar reconocimiento y amor por ser bueno, lo que implica hacer cosas buenas a los demás, exigir muy poco y no causar problemas.

El otro camino posible consiste en rebelarse y actuar la rabia que hay adentro, que es el que siguen los individuos que maltratan a sus hijos y parejas. Algunos oscilan entre estos dos modelos según la situación. Los modelos neuróticos se mantienen merced a la ilusión de que alguien pueda damos el amor que deseamos con tanta desesperación. Pero nadie puede amar realmente a estos individuos, que están llenos de culpa y no se aman a sí mismos. Seria como echar agua en un colador. Es difícil amar a alguien que no siente alegría por su propio ser, y por lo tanto, no puede responder a ese amor con alegría.

El fracaso de las relaciones: tiende a hacer que los individuos pasivos se vuelvan mas pasivos y que los que sienten enojo se vuelvan aún más agresivos. Si la persona niega la traición, aunque lo haga en forma inconsciente, se traiciona a sí misma y así se prepara para repetir la experiencia de la niñez.

¿Que motivo puede llevar a un padre a pegarle a su hijo hasta quebrantarle el espíritu?
A lo largo de todo este trabajo, hice hincapié en el hecho de que la culpa está conectada directamente con la supresión del enojo. Esa supresión debilita los buenos sentimientos del cuerpo. En su lugar, sentimos la presencia de un elemento perturbador, que nos molesta. La sensación de que algo está mal constituye la base del sentimiento de culpa. No podemos sentirnos culpables cuando nos sentimos bien con nuestro self. A la sensación de que hay algo que está mal se le suma un juicio que emitimos sobre el self, en el que determinamos que deberíamos hacer más, esforzarnos más, ser más responsables de los demás.

Cuando una mujer suprime su enojo frente a su padre porque éste traicionó su amor, lo trasfiere a todos los hombres. Aunque no realice una actuación consciente de ese enojo, éste emerge en formas sutiles como para destruir la relación. De la misma manera, los hombres que suprimen el enojo hacia su madre, que los dominó o nos los protegió de un padre hostil, proyectan ese enojo sobre todas las mujeres, que representan la madre seductora y, al mismo tiempo, castradora. El hombre no se siente libre de ser él mismo hasta que no exprese su enojo, lo que obstaculiza sus relaciones con mujeres.

Culpamos a nuestra pareja por la falta de satisfacción en la relación, que en realidad proviene de una insatisfacción en nosotros mismos. Culpar a la pareja es traicionar el amor que recibimos. Para que una relación amorosa funcione, tenemos que darle un sentimiento de alegría, y esto exige que no sintamos culpa y así podamos expresar todos los sentimientos en forma directa y apropiada. Para eso, debemos alcanzar un conocimiento profundo de nuestro self, que es el objetivo de la terapia.

martes, 15 de noviembre de 2016

El Gozo, parte 24


7. La traición al amor


Por lo general, a medida que los pacientes se conectan más con sí mismos y con los acontecimientos de la niñez, toman conciencia de que se sienten traicionados por sus padres, lo que les provoca un enojo intenso. Después de dos años y medio de terapia, María dijo: “¡ Me siento tan traicionada por mi padre! Me uso... Yo lo amaba y el me uso sexualmente. Cuando me conecto con la pelvis, siento como me traicionó. No entiendo porque los hombres hacen eso”. Luego agrego: “Me siento como un animal. Estoy tan enojada. Quiero morder pero me da miedo concentrar ese sentimiento en el pene.”

Aceptar el amor de una mujer sin retribuirlo o sin mostrar respeto es usarla. Este comportamiento, independientemente de que fuera o no abuso sexual, constituía una traición al amor y la confianza que el niño les tiene a los padres. Por supuesto que cada vez que un padre u otro individuo abusa sexualmente de un niño, está traicionando el amor y la confianza de ese niño. Pero también creo que toda traición lleva consigo un elemento de abuso sexual, ya sea actuado abiertamente o sugerido en forma encubierta.

Como vimos en el capitulo sobre el enojo, cada uno actúa sobre los indefensos y dependientes los agravios y traumas que recibió cuando era, el mismo, un niño indefenso y dependiente.
El uso del poder en contra de otro siempre tiene connotaciones sexuales. Los padres usan su poder para disciplinar a su hijo y convertirlo en un “buen” niño” y, mas tarde, en un “buen” adulto. Ser malo, por otra parte, no significa ser negativo u hostil sino ser sexual. Un “buen” niño es sumiso y hace lo que se le dice. Se le promete amor a cambio de ese comportamiento, lo que constituye una promesa falsa ya que todo lo que recibe es aprobación, y no amor. El amor no puede estar condicionado. El amor condicionado no es un amor verdadero.

Debemos admitir, en defensa de los padres, que es necesario imponer alguna disciplina para mantener algún tipo de orden en el hogar y evitar que un niño pequeño se lastime. Pero disciplinar a un niño es una cosa y quebrantarlo es otra. Las personas que vienen a terapia son individuos a quienes les dañaron o les quebrantaron el espíritu, que también es el caso de muchos que no vienen a terapia. Sin darse cuenta, la mayoría los padres tratan a sus hijos de la misma forma en que sus padres los trataron a ellos. En algunos casos, lo hacen a pesar de oír una voz en ellos que les dice que eso no esta bien. Por lo general, un niño que sufrió abusos se convierte en un padre abusivo, ya que la dinámica de ese comportamiento se estructura en su cuerpo. Los niños que fueron tratados con violencia son, en general, violentos con sus propios hijos, que son objetos fáciles sobre quienes liberar el enojo suprimido. Con el tiempo, los niños se identifican con los padres y justifican el comportamiento de estos considerándolo necesario y protector.

Creo que hay algo perverso en el hecho de que una persona siga manteniendo una relación de maltrato. En un nivel, representa la actuación de sentimientos autodestructivos que tienen su origen en una sensación profunda de culpa y vergüenza.
Para María, ella no se merecía el amor verdadero de un hombre porque no es pura. Haber estado expuestas a la sexualidad adulta cuando aun era inocente la “ensució”. Esta culpa tan profunda no les permite entregarse a su propia sexualidad, que es la forma natural de expresar el amor adulto. En lugar de entregarse al self, se entregan a un hombre, lo que les permite experimentar cierta alegría y creer que aman. Pero estas relaciones no funcionan; repiten la experiencia que en la infancia se tuvo con el padre: la entrega y la traición.

La compulsión de repetición, como la llamaba Freud, tiene la fuerza del destino. Ahora esta máxima se ha vuelto muy conocida: “Nos vemos obligados a repetir lo que no recordamos”.

La mujer se ve traicionada por el hecho de que el hombre que ama no es ningún caballero de reluciente armadura sino un varón enojado que, a su vez, se siente traicionado por las mujeres. Su historia revelaría que fue traicionado por su madre que, en nombre del amor, lo usó y abusó de él. Ahora lo usa otra mujer que espera que él sea su salvador, su protector y su proveedor. Al mismo tiempo, él se da cuenta de que la persona con la que tiene un vinculo sexual es una niña y no una mujer. En algún nivel, siente que lo engañaron, lo que desata su enojo, mientras que en otro nivel, siente el poder que tiene de herirla y abusar de ella. Actúa sobre su pareja, en forma consciente o inconsciente, la hostilidad que sentía hacia su madre, y la pareja se somete para demostrarle que no es como su madre y que realmente lo ama.

En casi todos los hombres de nuestra cultura existe el temor a la castración debido a la naturaleza endémica del problema del Edipo. Este temor esta relacionado con la culpa respecto de la sexualidad, pero solo en unos pocos casos la culpa llega a ser tan fuerte que lleva a un individuo a una posición masoquista.

La idea de que se puede amar a la persona que nos hostiga no resulta tan extraña si pensamos que durante la niñez el hostigador es el padre/madre, que al mismo tiempo nos ama.
En el próximo capitulo veremos que esto se aplica hasta en el caso del padre que abusa sexualmente de su hija.
El niño se queda atrapado por esa traición porque siente que es más el resultado de la debilidad que una expresión de agresión. Un niño, con su profunda sensibilidad, percibe el amor de su padre aún cuando éste lo lastime. Percibe los sentimientos que hay debajo de la superficie y confía en ellos. Es como si creyera que el maltrato es una expresión de amor.
“No me lastimarías si yo no te importara” es una convicción muy fuerte en los niños.

Si tenemos en cuenta que el niño es inocente, podemos entender que no pueda comprender ni enfrentar el mal. Sin embargo, seria ingenuo no admitir que el mal existe en el mundo humano. No existe en el mundo natural, ya que sus criaturas no probaron el fruto del árbol del conocimiento y no distinguen entre el bien y el mal, sino que hacen lo que es natural en la especie. El hombre comió el fruto prohibido y está condenado a luchar contra el mal. En algunas personas el mal es tan fuerte que se les nota en los ojos. Hace muchos años, iba con mi esposa en un subterráneo y al mirarle los ojos a una mujer que estaba sentada enfrente nuestro, quedamos impresionados por la maldad que reflejaban.

El odio no es malo, así como el amor no es bueno. Son emociones naturales que resultan apropiadas en determinadas situaciones. Amamos la verdad, odiamos la hipocresía. Amamos lo que nos da placer, odiamos lo que nos causa dolor. Existe una relación polar entre estas dos emociones, al igual que en el caso del enojo y el miedo.  No podemos estar enojados y asustados en el mismo momento, aunque podemos oscilar entre estos dos sentimientos según lo requiera la situación. Así, en un momento dado estamos enojados y preparados para atacar, pero luego ese impulso se diluye y nos asustamos y queremos replegarnos. Por lo tanto, podemos amar y odiar, pero no al mismo tiempo. La anticipación del placer nos inspira y nos abre. Nos expandimos y sentimos calidez. Si aumenta el entusiasmo, sentimos afecto y receptividad. Sufrir una herida cuando nos encontramos en este estado hace que el cuerpo se contraiga y se repliegue. Si la herida es profunda, la contracción puede producir una sensación de frío, de congelamiento en el cuerpo. Para generar una contracción tan fuerte, es necesario que la herida provenga de alguien a quien amamos. Cabe decir, entonces, que el odio es el amor congelado

Cuando nos hiere alguien a quien amamos, nuestra primera reacción es llorar; como hemos visto, ésta seria la respuesta de un bebé ante el dolor y el malestar. La reacción natural de un niño más grande seria enojarse para eliminar la causa del malestar y recuperar un sentimiento positivo en el cuerpo. El objetivo de las dos reacciones es restablecer la conexión de amor con las personas importantes (padres, niñeras y compañeros de juego). Si no se logra esa conexión, el niño permanece en un estado de contracción, y no puede abrirse y salir de si mismo. Su amor está congelado, se convirtió en odio. Si es posible expresar ese odio, se rompe el hielo y se restablece el flujo de sentimientos positivos.

Son pocos los padres que toleran el enojo de un hijo, y muchos menos los que toleran la expresión del odio. Al no poder expresar el odio, el niño se siente mal y se considera malo; no es que se sienta un ser maligno o perverso, sino que no se siente un “buen niño”. Al padre/madre que causó todos estos problemas al hijo se lo considera una persona buena y justa, a quien se le debe obediencia y sumisión. Esta sumisión pasa a sustituir al amor. El niño dice: “Amo a mi madre”, pero es posible ver en su cuerpo la falta de amor, de calidez, de entusiasmo placentero, de apertura. Es un amor que surge de la culpa y no de la alegría. El niño se siente culpable por odiar a su madre.

Creo que ninguna persona puede entregarse por completo al amor a menos que acepte y exprese su odio, que se convierte en una fuerza maligna solo cuando se lo niega y se lo proyecta sobre otras personas inocentes. Predicaren contra del odio es, para mi, inútil, es como pedirle a un témpano que se derrita de amor. Si queremos ayudar a que las personas se liberen de las emociones negativas, es necesario comprender las fuerzas que dan origen a tales emociones; y para eso, primero debemos aceptar la realidad de esos sentimientos y no juzgarlos.

Hay odio en todos mis pacientes y tienen que expresarlo, pero primero tienen que sentirlo y reconocerlo como la respuesta natural a la traición al amor. Deben sentir la profundidad de las heridas psicológicas y físicas para justificar la expresión de ese sentimiento. Cuando el paciente siente realmente la herida y es consciente de la traición, le doy una toalla para que la retuerza cuando está recostado sobre la cama. Le sugiero que mientras la retuerce, la mire y diga: “Me odiabas, no?” Una vez que es capaz de expresar ese sentimiento, no le resulta difícil decir: “Y yo también te odio”. En muchos casos, esto sale espontáneamente.

Al sentir ese odio, es posible movilizar un enojo más fuerte en el ejercicio de los golpes. Pero la expresión, por si sola, no transforma la personalidad. Aceptar todos los sentimientos que uno experimenta, expresarlos, lograr la autorregulación, son hitos a lo largo del camino que recorremos durante nuestro viaje de autodescubrimiento.

En este proceso de autodescubrimiento, el análisis del comportamiento y del carácter es la brújula que nos señala la dirección correcta. Debemos comprender el cómo y el porqué del comportamiento para cambiarlo. Siempre debemos comenzar por reconocer y aceptar la inocencia del niño, que no tiene conocimiento de los complejos problemas psicológicos de la personalidad humana.
El amor que un niño siente por el padre/madre, que es la contracara del amor del padre/madre por su hijo, está tan arraigado en la naturaleza que se necesita bastante sofisticación por parte del niño para cuestionarlo. Hasta ese momento, el niño cree que el abuso y la falta de amor se deben a que él ha hecho algo malo, conclusión a la que no resulta difícil llegar. Por lo general, los conflictos entre los padres se proyectan sobre el niño; uno de los padres acusa al otro de ser demasiado indulgente, lo que hace que el niño se de cuenta de que no puede satisfacer a ambos. A menudo, el niño se convierte en el símbolo, y también en el chivo expiatorio de los problemas matrimoniales, y muchas veces, aunque está en el medio, se ve obligado a ponerse del lado de alguno de sus padres.

Conozco muy pocas personas que dejaron atrás la niñez sin la sensación muy fuerte de que había algo malo en ellos, de que no eran lo que debían ser. Imaginan que si amaran más, si se esforzaran mas, si fueran mas sumisas, todo estaría bien. Estas personas intentan satisfacer al otro y es un gran golpe para ellas ver que eso no funciona.

Las relaciones sanas entre los adultos están basadas en la libertad y la igualdad. La libertad es el derecho que tiene cada uno de expresar sin restricciones sus necesidades y deseos; la igualdad implica que dentro de la relación cada persona existe para sí misma, y no para servir al otro. Si una persona no puede decir lo que siente, no es libre; si tiene que servir a la otra, no está en situación de igualdad. Pero hay demasiadas personas que no sienten que tienen estos derechos. De niños, los censuraron por exigir la satisfacción de sus necesidades y deseos; los calificaron de egoístas y desconsiderados; y los hicieron sentir culpables por dar más prioridad a sus deseos que a los de sus padres.

Como ya  conté anteriormente, cuando una de mis pacientes, de niña, le dijo un día a su madre que estaba triste, la respuesta que recibió fue: “No estamos aquí para ser felices sino para hacer lo que se nos exige”. Esta paciente terminó siendo la madre de su madre, que es algo que les ocurre a muchas niñas y las priva del derecho de realizarse y sentirse felices. Esta traición al amor por parte de uno de los padres provoca en el niño un enojo muy fuerte contra ese padre/madre, y no lo puede expresar. El enojo suprimido congela el amor del niño, que se convierte en odio y hace que el niño se sienta culpable y se vuelva sumiso. Ninguna persona puede sentirse libre e igual si no libera esos sentimientos de enojo y odio, que perduran en las relaciones de adultos.