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martes, 15 de noviembre de 2016

El Gozo, parte 24


7. La traición al amor


Por lo general, a medida que los pacientes se conectan más con sí mismos y con los acontecimientos de la niñez, toman conciencia de que se sienten traicionados por sus padres, lo que les provoca un enojo intenso. Después de dos años y medio de terapia, María dijo: “¡ Me siento tan traicionada por mi padre! Me uso... Yo lo amaba y el me uso sexualmente. Cuando me conecto con la pelvis, siento como me traicionó. No entiendo porque los hombres hacen eso”. Luego agrego: “Me siento como un animal. Estoy tan enojada. Quiero morder pero me da miedo concentrar ese sentimiento en el pene.”

Aceptar el amor de una mujer sin retribuirlo o sin mostrar respeto es usarla. Este comportamiento, independientemente de que fuera o no abuso sexual, constituía una traición al amor y la confianza que el niño les tiene a los padres. Por supuesto que cada vez que un padre u otro individuo abusa sexualmente de un niño, está traicionando el amor y la confianza de ese niño. Pero también creo que toda traición lleva consigo un elemento de abuso sexual, ya sea actuado abiertamente o sugerido en forma encubierta.

Como vimos en el capitulo sobre el enojo, cada uno actúa sobre los indefensos y dependientes los agravios y traumas que recibió cuando era, el mismo, un niño indefenso y dependiente.
El uso del poder en contra de otro siempre tiene connotaciones sexuales. Los padres usan su poder para disciplinar a su hijo y convertirlo en un “buen” niño” y, mas tarde, en un “buen” adulto. Ser malo, por otra parte, no significa ser negativo u hostil sino ser sexual. Un “buen” niño es sumiso y hace lo que se le dice. Se le promete amor a cambio de ese comportamiento, lo que constituye una promesa falsa ya que todo lo que recibe es aprobación, y no amor. El amor no puede estar condicionado. El amor condicionado no es un amor verdadero.

Debemos admitir, en defensa de los padres, que es necesario imponer alguna disciplina para mantener algún tipo de orden en el hogar y evitar que un niño pequeño se lastime. Pero disciplinar a un niño es una cosa y quebrantarlo es otra. Las personas que vienen a terapia son individuos a quienes les dañaron o les quebrantaron el espíritu, que también es el caso de muchos que no vienen a terapia. Sin darse cuenta, la mayoría los padres tratan a sus hijos de la misma forma en que sus padres los trataron a ellos. En algunos casos, lo hacen a pesar de oír una voz en ellos que les dice que eso no esta bien. Por lo general, un niño que sufrió abusos se convierte en un padre abusivo, ya que la dinámica de ese comportamiento se estructura en su cuerpo. Los niños que fueron tratados con violencia son, en general, violentos con sus propios hijos, que son objetos fáciles sobre quienes liberar el enojo suprimido. Con el tiempo, los niños se identifican con los padres y justifican el comportamiento de estos considerándolo necesario y protector.

Creo que hay algo perverso en el hecho de que una persona siga manteniendo una relación de maltrato. En un nivel, representa la actuación de sentimientos autodestructivos que tienen su origen en una sensación profunda de culpa y vergüenza.
Para María, ella no se merecía el amor verdadero de un hombre porque no es pura. Haber estado expuestas a la sexualidad adulta cuando aun era inocente la “ensució”. Esta culpa tan profunda no les permite entregarse a su propia sexualidad, que es la forma natural de expresar el amor adulto. En lugar de entregarse al self, se entregan a un hombre, lo que les permite experimentar cierta alegría y creer que aman. Pero estas relaciones no funcionan; repiten la experiencia que en la infancia se tuvo con el padre: la entrega y la traición.

La compulsión de repetición, como la llamaba Freud, tiene la fuerza del destino. Ahora esta máxima se ha vuelto muy conocida: “Nos vemos obligados a repetir lo que no recordamos”.

La mujer se ve traicionada por el hecho de que el hombre que ama no es ningún caballero de reluciente armadura sino un varón enojado que, a su vez, se siente traicionado por las mujeres. Su historia revelaría que fue traicionado por su madre que, en nombre del amor, lo usó y abusó de él. Ahora lo usa otra mujer que espera que él sea su salvador, su protector y su proveedor. Al mismo tiempo, él se da cuenta de que la persona con la que tiene un vinculo sexual es una niña y no una mujer. En algún nivel, siente que lo engañaron, lo que desata su enojo, mientras que en otro nivel, siente el poder que tiene de herirla y abusar de ella. Actúa sobre su pareja, en forma consciente o inconsciente, la hostilidad que sentía hacia su madre, y la pareja se somete para demostrarle que no es como su madre y que realmente lo ama.

En casi todos los hombres de nuestra cultura existe el temor a la castración debido a la naturaleza endémica del problema del Edipo. Este temor esta relacionado con la culpa respecto de la sexualidad, pero solo en unos pocos casos la culpa llega a ser tan fuerte que lleva a un individuo a una posición masoquista.

La idea de que se puede amar a la persona que nos hostiga no resulta tan extraña si pensamos que durante la niñez el hostigador es el padre/madre, que al mismo tiempo nos ama.
En el próximo capitulo veremos que esto se aplica hasta en el caso del padre que abusa sexualmente de su hija.
El niño se queda atrapado por esa traición porque siente que es más el resultado de la debilidad que una expresión de agresión. Un niño, con su profunda sensibilidad, percibe el amor de su padre aún cuando éste lo lastime. Percibe los sentimientos que hay debajo de la superficie y confía en ellos. Es como si creyera que el maltrato es una expresión de amor.
“No me lastimarías si yo no te importara” es una convicción muy fuerte en los niños.

Si tenemos en cuenta que el niño es inocente, podemos entender que no pueda comprender ni enfrentar el mal. Sin embargo, seria ingenuo no admitir que el mal existe en el mundo humano. No existe en el mundo natural, ya que sus criaturas no probaron el fruto del árbol del conocimiento y no distinguen entre el bien y el mal, sino que hacen lo que es natural en la especie. El hombre comió el fruto prohibido y está condenado a luchar contra el mal. En algunas personas el mal es tan fuerte que se les nota en los ojos. Hace muchos años, iba con mi esposa en un subterráneo y al mirarle los ojos a una mujer que estaba sentada enfrente nuestro, quedamos impresionados por la maldad que reflejaban.

El odio no es malo, así como el amor no es bueno. Son emociones naturales que resultan apropiadas en determinadas situaciones. Amamos la verdad, odiamos la hipocresía. Amamos lo que nos da placer, odiamos lo que nos causa dolor. Existe una relación polar entre estas dos emociones, al igual que en el caso del enojo y el miedo.  No podemos estar enojados y asustados en el mismo momento, aunque podemos oscilar entre estos dos sentimientos según lo requiera la situación. Así, en un momento dado estamos enojados y preparados para atacar, pero luego ese impulso se diluye y nos asustamos y queremos replegarnos. Por lo tanto, podemos amar y odiar, pero no al mismo tiempo. La anticipación del placer nos inspira y nos abre. Nos expandimos y sentimos calidez. Si aumenta el entusiasmo, sentimos afecto y receptividad. Sufrir una herida cuando nos encontramos en este estado hace que el cuerpo se contraiga y se repliegue. Si la herida es profunda, la contracción puede producir una sensación de frío, de congelamiento en el cuerpo. Para generar una contracción tan fuerte, es necesario que la herida provenga de alguien a quien amamos. Cabe decir, entonces, que el odio es el amor congelado

Cuando nos hiere alguien a quien amamos, nuestra primera reacción es llorar; como hemos visto, ésta seria la respuesta de un bebé ante el dolor y el malestar. La reacción natural de un niño más grande seria enojarse para eliminar la causa del malestar y recuperar un sentimiento positivo en el cuerpo. El objetivo de las dos reacciones es restablecer la conexión de amor con las personas importantes (padres, niñeras y compañeros de juego). Si no se logra esa conexión, el niño permanece en un estado de contracción, y no puede abrirse y salir de si mismo. Su amor está congelado, se convirtió en odio. Si es posible expresar ese odio, se rompe el hielo y se restablece el flujo de sentimientos positivos.

Son pocos los padres que toleran el enojo de un hijo, y muchos menos los que toleran la expresión del odio. Al no poder expresar el odio, el niño se siente mal y se considera malo; no es que se sienta un ser maligno o perverso, sino que no se siente un “buen niño”. Al padre/madre que causó todos estos problemas al hijo se lo considera una persona buena y justa, a quien se le debe obediencia y sumisión. Esta sumisión pasa a sustituir al amor. El niño dice: “Amo a mi madre”, pero es posible ver en su cuerpo la falta de amor, de calidez, de entusiasmo placentero, de apertura. Es un amor que surge de la culpa y no de la alegría. El niño se siente culpable por odiar a su madre.

Creo que ninguna persona puede entregarse por completo al amor a menos que acepte y exprese su odio, que se convierte en una fuerza maligna solo cuando se lo niega y se lo proyecta sobre otras personas inocentes. Predicaren contra del odio es, para mi, inútil, es como pedirle a un témpano que se derrita de amor. Si queremos ayudar a que las personas se liberen de las emociones negativas, es necesario comprender las fuerzas que dan origen a tales emociones; y para eso, primero debemos aceptar la realidad de esos sentimientos y no juzgarlos.

Hay odio en todos mis pacientes y tienen que expresarlo, pero primero tienen que sentirlo y reconocerlo como la respuesta natural a la traición al amor. Deben sentir la profundidad de las heridas psicológicas y físicas para justificar la expresión de ese sentimiento. Cuando el paciente siente realmente la herida y es consciente de la traición, le doy una toalla para que la retuerza cuando está recostado sobre la cama. Le sugiero que mientras la retuerce, la mire y diga: “Me odiabas, no?” Una vez que es capaz de expresar ese sentimiento, no le resulta difícil decir: “Y yo también te odio”. En muchos casos, esto sale espontáneamente.

Al sentir ese odio, es posible movilizar un enojo más fuerte en el ejercicio de los golpes. Pero la expresión, por si sola, no transforma la personalidad. Aceptar todos los sentimientos que uno experimenta, expresarlos, lograr la autorregulación, son hitos a lo largo del camino que recorremos durante nuestro viaje de autodescubrimiento.

En este proceso de autodescubrimiento, el análisis del comportamiento y del carácter es la brújula que nos señala la dirección correcta. Debemos comprender el cómo y el porqué del comportamiento para cambiarlo. Siempre debemos comenzar por reconocer y aceptar la inocencia del niño, que no tiene conocimiento de los complejos problemas psicológicos de la personalidad humana.
El amor que un niño siente por el padre/madre, que es la contracara del amor del padre/madre por su hijo, está tan arraigado en la naturaleza que se necesita bastante sofisticación por parte del niño para cuestionarlo. Hasta ese momento, el niño cree que el abuso y la falta de amor se deben a que él ha hecho algo malo, conclusión a la que no resulta difícil llegar. Por lo general, los conflictos entre los padres se proyectan sobre el niño; uno de los padres acusa al otro de ser demasiado indulgente, lo que hace que el niño se de cuenta de que no puede satisfacer a ambos. A menudo, el niño se convierte en el símbolo, y también en el chivo expiatorio de los problemas matrimoniales, y muchas veces, aunque está en el medio, se ve obligado a ponerse del lado de alguno de sus padres.

Conozco muy pocas personas que dejaron atrás la niñez sin la sensación muy fuerte de que había algo malo en ellos, de que no eran lo que debían ser. Imaginan que si amaran más, si se esforzaran mas, si fueran mas sumisas, todo estaría bien. Estas personas intentan satisfacer al otro y es un gran golpe para ellas ver que eso no funciona.

Las relaciones sanas entre los adultos están basadas en la libertad y la igualdad. La libertad es el derecho que tiene cada uno de expresar sin restricciones sus necesidades y deseos; la igualdad implica que dentro de la relación cada persona existe para sí misma, y no para servir al otro. Si una persona no puede decir lo que siente, no es libre; si tiene que servir a la otra, no está en situación de igualdad. Pero hay demasiadas personas que no sienten que tienen estos derechos. De niños, los censuraron por exigir la satisfacción de sus necesidades y deseos; los calificaron de egoístas y desconsiderados; y los hicieron sentir culpables por dar más prioridad a sus deseos que a los de sus padres.

Como ya  conté anteriormente, cuando una de mis pacientes, de niña, le dijo un día a su madre que estaba triste, la respuesta que recibió fue: “No estamos aquí para ser felices sino para hacer lo que se nos exige”. Esta paciente terminó siendo la madre de su madre, que es algo que les ocurre a muchas niñas y las priva del derecho de realizarse y sentirse felices. Esta traición al amor por parte de uno de los padres provoca en el niño un enojo muy fuerte contra ese padre/madre, y no lo puede expresar. El enojo suprimido congela el amor del niño, que se convierte en odio y hace que el niño se sienta culpable y se vuelva sumiso. Ninguna persona puede sentirse libre e igual si no libera esos sentimientos de enojo y odio, que perduran en las relaciones de adultos. 

jueves, 15 de septiembre de 2016

El Gozo, parte 17


5. El enojo: otra emoción sanadora

¡Estoy tan enojado!


Hemos visto que todos los pacientes necesitan llorar para desahogar el dolor y la tristeza ocasionados por las “heridas” físicas y emocionales de su niñez. Por lo general, a los niños se les enseña a no llorar y, en muchos casos, se los castiga o se les grita por hacerlo. La inhibición del llanto provoca una seria tensión crónica en los músculos del tubo interno del organismo relacionado con las funciones respiratoria y alimenticia. Estas tensiones producen contracturas en el tubo respiratorio y de esta manera limitan la respiración de la persona, reducen su energía y disminuyen su expresión vocal. Pero no es este el único efecto de los traumas de la infancia. También se producen tensiones serias en el tubo externo, entre cuyas principales funciones se encuentra la de trasladar el cuerpo en el espacio. Una historia dolorosa se refleja en la pérdida de gracia del cuerpo, en las divisiones que separan sus segmentos principales: la cabeza del tronco, o la pelvis del tórax.  Estos cortes destruyen la integridad de la personalidad, que no se puede restablecer simplemente llorando.

La emoción que restaura o protege es el enojo. Todos los pacientes tienen enojo suprimido, y en muchos casos esto implica una furia asesina que no pudieron expresar cuando de niños fueron lastimados. Estos sentimientos deben expresarse en un lugar seguro para que el cuerpo recupere su vitalidad y su unidad. Sin embargo, al igual que con el llanto, los pacientes tienen gran dificultad en expresar su enojo de manera eficaz y apropiada. Sin esta capacidad, el individuo resulta victima o victimario.

El enojo es una emoción importante en la vida de todo ser, ya que sirve para conservar y proteger la integridad física y psicológica del organismo. Sin el enojo nos encontramos indefensos ante los ataques a que la vida está expuesta. Las crías de las especies mas desarrolladas carecen de la coordinación motriz necesaria para expresar el enojo, y por tanto necesitan la protección de los padres. Esto es particularmente valido para el ser humano, que requiere mas tiempo que la mayoría de los otros mamíferos para adquirir esta capacidad. Pero decir que un bebé no puede enojarse no es del todo cierto. Si se sujeta a un bebé se puede percibir su esfuerzo por liberarse, que representa una respuesta colérica aunque inconsciente. Si se le retira el pecho a un bebé, se sentirá como muerde con las encías para retener el pezón si aún no esta listo para soltarlo. Como la mayoría de los padres saben, morder es una clara expresión de enojo.

A medida que el niño crece y aumenta su coordinación motriz, se desarrolla su capacidad para expresar rabia y responde con enojo a cualquier violación de su integridad o de su espacio, que incluye sus posesiones personales. Si con su enojo no logra proteger su integridad, el niño llora, ya que se siente indefenso ante la situación traumática. La emoción del enojo es parte de la función mas amplia de la agresión, que literalmente significa “avanzar”. La agresión es lo opuesto a la regresión, que significa “retroceder”. En psicología es lo opuesto a la pasividad, que denota una actitud de inmovilidad o de espera. Podemos avanzar hacia otra persona por amor o por enojo. Ambas acciones resultan agresivas y ambas son positivas para el individuo. Por lo general, no nos enojamos con la gente que no significa nada para nosotros o que no nos ha herido. Si son simplemente personas negativas, las evitamos. Cuando nos enojamos con las personas que nos importan, lo hacemos para restablecer una relación positiva con ellas. En mi opinión, todos hemos vivido una situación en la cual, luego de una pelea con un ser amado, se restablecen los buenos sentimientos.

En un seminario dictado en la casa de Reich en l945, éste declaró que la personalidad neurótica solo se desarrolla cuando la capacidad de un niño de expresar rabia ante un insulto a su personalidad se ve bloqueada. Señaló que la frustración de la  búsqueda del placer conduce a un retiro del impulso que lleva a la pérdida de la integridad corporal. Dicha integridad solo puede  reestablecerse por medio de la movilización de la energía agresiva, y su expresión como enojo. Esto reestablecería los límites naturales del organismo y su capacidad para salir al mundo nuevamente.

El ser humano vive el enojo como una onda de excitación que asciende por la  espalda y se transmite a los brazos, que se cargan de energía para golpear. La excitación también fluye hacia la parte superior de la cabeza y desciende hacia los caninos superiores que también se cargan de energía para morder. Yo he sentido este flujo de excitación en mi canino durante un ejercicio con el enojo. Cuando  dicha excitación recorre los músculos de la espalda, éstos se encorvan en posición de ataque. Al mismo tiempo se puede sentir cómo se eriza el pelo en la cabeza y en la espalda. Muy rara vez ocurre esto en los seres humanos, pero es común observarlo en los perros.
En la Figura 2A se puede apreciar esta excitación en el enojo. En la figura 2B el flujo de excitación se  encuentra invertido, en consecuencia, los ojos están muy abiertos y las cejas arqueadas, la cabeza echada hacia atrás y los hombros levantados. Este es el movimiento energético al sentir miedo. Si un individuo no puede enojarse queda inmovilizado en una posición de miedo. Las dos emociones son antitéticas: cuando uno está enojado, no tiene miedo, y viceversa.

Por el mismo motivo, cuando una persona está muy atemorizada, podemos suponer que tiene una cantidad igual de enojo potencial o suprimida en su personalidad. Expresar el enojo libera el miedo, así como llorar libera la tristeza. En la mayoría de los casos, el miedo se niega y se suprime en la misma medida, y como resultado la persona queda inmovilizada o insensibilizada. En esta situación, es importante encontrar una manera de ayudar a la persona a entrar en contacto con su enojo suprimido.
Hablar con un paciente acerca de sus problemas le permite en ocasiones ponerse en contacto con un sentimiento de enojo que puede expresar en el ejercicio de golpear. El llanto permite expresar lo mismo en forma más directa. Si un paciente comienza a llorar como consecuencia del ejercicio descrito en el capítulo anterior, sentirá su herida y su dolor. La tristeza se transformará en enojo que puede expresarse golpeando la cama.

Así como no liberamos la tristeza si lloramos una sola vez, ningún paciente liberará todo su enojo suprimido golpeando la cama una vez.
En el transcurso de la terapia, a medida que el llanto se hace más profundo,
el enojo se vuelve mas fuerte, y se le comprende mejor.
También es posible movilizar el sentimiento de enojo golpeando en forma mecánica al principio, enfoque que puede compararse con el cargar una bomba de agua: la acción misma puede inducir el sentimiento de enojo ya que éste se encuentra inserto en el movimiento mismo. En el ejercicio de golpear, la persona usa los puños si es hombre o una raqueta de tenis, si es mujer. La raqueta otorga a una mujer una mayor sensación de poder. Los hombres tienen más   fuerza en los brazos y pueden romper la raqueta si la utilizan para golpear la cama. Se le indica al paciente que acompañe la acción con palabras que también expresen su sentimiento. Podría decir, por ejemplo: “Tengo tanta bronca”, “Te aplastaría”, “Te mataría”. Combinar las palabras con la acción física realza el sentimiento.

Así como todos los pacientes tienen algún motivo por el cual llorar o patear a causa del trato que recibieron en la infancia, también tienen muchos motivos para estar enojados. Pero su enojo puede provenir de su situación actual, que no pueden abordar en forma adecuada por miedo a una represalia. El ejercicio libera la tensión de los músculos que habían bloqueado la expresión del enojo, y en consecuencia facilita y promueve, la capacidad de expresar el enojo en todas las situaciones de la vida. Según mi experiencia, nunca conduce a la “actuación” (acting-out), es decir, a la expresión irracional del enojo. Y en todos los años que he utilizado este ejercicio con mis pacientes, nadie salio lastimado ni se rompió nada en mi lugar de trabajo. Si siento que un paciente está perdiendo el control, lo detengo y le muestro como controlar sus acciones sin dejar de expresar su enojo.

Cuando digo que el enojo no es una emoción destructiva, hago una distinción
Entre enojo, rabia y furia. La rabia implica una acción destructiva. Tiene intención de lastimar, de herir a alguien o de romper algo. También enceguece y el ataque se vuelca a menudo sobre algún inocente, alguien indefenso, o un niño. Decimos de una persona que se encuentra enceguecido de rabia. Además, la rabia es explosiva, de manera que una vez que se desata no puede ser controlada. Se puede controlar el enojo, pero no la rabia. Como señalara en mi libro “El Narcisismo”, la rabia crece cuando una persona siente que su poder se ve bloqueado o frustrado. Un niño que persistentemente se resiste a una exigencia de su padre puede provocar en éste una rabia que apunte a doblegar la resistencia del niño forzándolo a obedecer.
Cuando un niño no obedece una orden de su padre, lo conduce a enfrentarse con su sentimiento de impotencia, que proviene del hecho de que durante su infancia fue a su vez obligado a obedecer sin poder expresar su propio enojo por miedo. Ese enojo suprimido se convierte en rabia y actúa en el presente sobre el niño u otra persona a quien el padre no teme. Muchos de mis pacientes fueron obligados a someterse al poder de sus padres cuando eran niños y eran a menudo castigados con una paliza en las nalgas, castigo en particular humillante, ya que socava el sentido de dignidad y privacidad del niño. Otros han relatado como se los obligaba a ir buscar el arma de su castigo, ya fuera una correa, una vara, etc., lo cual aumenta el miedo del niño y lo humilla. Si éste sufre un abuso grave, la rabia que sentiría normalmente queda enterrada bajo una montaña de miedo y se transforma en una rabia asesina cuando se libera. Sin embargo, esa rabia debe ser liberada para que la persona pueda sentir y expresar enojo genuino.

Cuando pido a mis pacientes que golpeen la cama con los puños o con una raqueta, lo que a menudo sale a flote es rabia, no enojo. En un principio, por lo general se rehúsan a expresar algún sentimiento en sus golpes, que son golpes impotentes, pero una vez que comienzan a soltarse, golpean rápida y desconsoladamente, como si quisieran aplastar o matar. Este tipo de acción es histérica por cuanto no está integrada al ego y no es efectiva. Cuando les pregunto porqué o con quién están enojados, o contra quién esta dirigida la acción con frecuencia responden que no lo saben. En consecuencia, tiene poco valor para promover el proceso terapéutico de autodescubrimiento, aunque sirve para descargar una parte de la furia contenida. Estas acciones son catárticas y constituyen una válvula de seguridad, pues permiten desahogarse. A medida que la terapia progresa, tanto analítica como físicamente, el paciente se pone en contacto con los motivos de su rabia, sus golpes se concentran más y puede sentir su enojo. Si se acompañan los golpes con las I palabras adecuadas, la acción se vuelve ego sintónica (acorde con el ego).

Más intenso que la rabia es la furia. “Estoy furioso” expresa un sentimiento extremo de enojo, simbolizado por el remolino o el tornado que destruye todo lo encuentra en su camino. Una de mis pacientes tuvo un sueño en el que sentía que un viento crecía dentro de ella y la levantaba del suelo. También sentía que sus mejillas se hinchaban, como se ve en las películas cuando sopla un fuerte viento norte. Mientras flotaba en el aire, movía las manos en señal de amenaza a unas personas que se encontraban en la habitación con ella. Interpreté este sueño como un viento creciente que nunca se liberó, nunca llegó a ser remolino.

Sentimos un odio profundo por aquellos a quienes alguna vez amamos profundamente pero que, según sentimos, nos han traicionado. No obstante, el odio puede proyectarse (transferirse) a otros con quienes no hemos tenido una relación Íntima ni ningún trato personal.
Un estado de congelamiento solo puede cambiar por medio del calor; específicamente el calor que emana del enojo. La rabia, cuando es suprimida, por oposición al enojo, es un sentimiento frío. Un individuo puede sentir como el calor de su enojo crece en su cabeza a medida que crece la excitación. Sentirá calor en la cabeza debido al aumento de flujo de sangre, lo cual puede, literalmente, hacerlo “ver todo rojo” (enfurecerse). El enojo es una fuerza vital positiva que tiene poderosas propiedades curativas.
Cabe señalar que la terapia apunta a restablecer la capacidad del individuo para sentir y expresar enojo, respuesta natural a las situaciones que hieren o amenazan su integridad o libertad.