martes, 26 de agosto de 2025

 La Experiencia del Placer, parte 3

Capítulo1(continuación)

La negación de la realidad interior es una forma de enfermedad mental. La diferencia entre imaginación e ilusión, entre simulación creativa y autoengaño, depende de la habilidad para permanecer fiel a la propia realidad interior, de saber lo que uno es y lo que siente. Es la misma diferencia que separa la diversión como placer de la denominada diversión como huida de la vida.

En mi imaginación, puedo verme como un gran científico, un intrépido explorador o un dotado artista. Pero creo que no me hago ilusiones en cuanto a estas imágenes mentales. Mi imaginación puede explorar las posibilidades de lograrlo; mis percepciones deben confirmar los hechos de mi existencia. Mis pensamientos pueden volar, mis pies deben permanecer sobre la tierra. Sólo si una persona está segura de su identidad y es consciente de la realidad de su cuerpo, la simulación es una diversión. Sin un adecuado sentido de la propia personalidad, la simulación de la fantasía se transforma en el delirio de la paranoia y eso no es diversión.

Una de las razones de la falta de placer en nuestras vidas es que intentamos divertimos con cosas serias, mientras que actuamos seriamente cuando deberíamos divertimos. Un juego de pelota o de cartas son actividades que generalmente no traen consecuencias serias; podrían jugarse por diversión, pero muchas personas toman estas actividades seriamente como si la vida o la muerte dependieran del resultado. El problema no está en que jueguen seriamente, porque también los niños lo hacen: es la seriedad con que consideran el resultado lo que disipa el placer. (¡Cuánto placer se pierde en un partido de golf, por ejemplo, debido a que el resultado no satisfizo las expectativas!) 

Por otra parte, actividades realmente serias, tales como el sexo, el consumo de drogas y la conducción a alta velocidad, se practican a menudo como diversiones.

El énfasis que se pone actualmente en la diversión es una reacción ante el aspecto siniestro de la vida. Esto explica por qué Nueva York, que puede ser justificadamente descrita como una de las ciudades más siniestras, se ufana de ser la “Ciudad de la Diversión”. La búsqueda de diversiones se origina en la necesidad de huir de los problemas, conflictos y sentimientos que parecen insoportables y abrumadores. Es por eso que la diversión de los adultos está tan asociada al alcohol. Para muchos, la idea de la diversión es achisparse, embriagarse o huir de su opresiva sensación de vacío y aburrimiento a través de la droga.  

Los jóvenes frecuentemente se escapan para dar riendasuelta a sus resentimientos frente a una realidad que ha reprimido su imaginación y limitado su placer. Cuando las aventuras son realmente inocentes, es decir, cuando no representan ningún peligro ni son destructivas, forman parte de la diversión de la adolescencia y sirven para atravesar el período que va de la niñez a la edad adulta. Sin embargo, cuando no es éste el caso, la aventura pierde su carácter de diversión y se convierte en un desesperado movimiento de huida de la realidad. La búsqueda de diversiones de los adultos socava su capacidad de sentir placer. El placer exige una actitud seria hacia la vida, un compromiso con la propia existencia  

Sandor Rado señaló que “el placer es la cuerda que nos ata”. En mi opinión, esto significa que el placer nos ata a nuestros cuerpos, a la realidad, a nuestros amigos y a nuestro trabajo. Si una persona piensa que siente placer en su vida diaria, no deseará huir.

La moral de la diversión reemplaza a la moral puritana que rigió el comportamiento de muchos norteamericanos durante varios siglos. El puritanismo era un estricto credo que desaprobaba la frivolidad. Por ejemplo, el juego y el baile estaban prohibidos.  

La vida no fue sencilla para los pilgrims*y sus descendientes. Su lucha por sobrevivir les dejaba poco tiempo para la diversión o la simulación. Sin embargo, sería un error pensar que la forma de vida puritana estaba desprovista de placer. Sus placeres eran simples, consistían en los buenos sentimientos que se tienen cuando la vida fluye suavemente y en armonía con el ambiente. El encanto tranquilo de un pueblo de Nueva Inglaterra, que aún hoy puede apreciarse, ofrece un claro testimonio de los placeres que conocían.

Las reacciones llegan a extremos. Hoy, la moral de la diversión está basada en la creencia de que “todo vale”. Según los partidarios de esta perspectiva, la persona que se aparta es un renegado o un traidor. No sólo empaña el entusiasmo de los demás sino que también coloca un manto de duda sobre su afirmación básica. Por otra parte, los puritanos miraban al amante de la diversión con la misma sospecha, pero como un seguidor del diablo. Este, se sostiene, posee toda la diversión y obviamente en nuestras vidas hay un lugar para el diablo y sus diabluras. 

La verdadera diversión agrega mucho a la alegría de vivir. Pero si hemos de evitar convertimos en demonios, no debemos adoptar la moral de la diversión del “todo vale” como código de conducta.

Hemos visto que el placer es un ingrediente esencial de la diversión, pero que no todo lo que sucede por diversión es placentero. La felicidad está también relacionada con el placer. En la próxima sección exploraremos el significado de la felicidad y su relación con el placer.

jueves, 21 de agosto de 2025

La Experiencia del Placer, parte 2 

 La Psicología del Placer


 La Moral de la Diversión

Para un observador casual, Estados Unidos parecería una tierra de placer. Su pueblo parece estar empeñado en pasarlo bien; utiliza la mayor parte de su tiempo y dinero en perseguir el placer. La publicidad refleja y explota este anhelo. Casi todos los productos y servicios se venden con la promesa de que transformarán la rutina de la vida en diversión. Un nuevo detergente hará que lavar los platos sea una diversión, un nuevo alimento procesado hará que las comidas sean fáciles de preparar, un nuevo automóvil supuestamente hará que conducir por nuestras congestionadas autopistas sea una diversión. Si estos productos de la tecnología no brindan el placer que prometen, se nos exhorta a huir a algún lejano lugar de encanto donde todos se divierten.

La pregunta surge naturalmente: ¿realmente disfrutan de la vida los norteamericanos? La mayoría de los observadores serios de la vida corriente creen que no. Sienten que laobsesión por la diversión revela una falta de placer. Norman M. Lobsenz publicó, en 1960, un estudio sobre el empeño de los norteamericanos en pasarlo bien, con el título Is Anybody Happy? Lobsenz sostenía que no encontraba a ninguna persona feliz y en su conclusión se preguntaba si el hombre podía alcanzar la felicidad. Lo que sí descubrió fue que “detrás de la máscara de alegría se oculta una creciente incapacidad de sentir verdadero placer”. 

Observó la nueva moral de la diversión y la definió así: “Hoy lo importante es divertirse o dar la impresión de que uno se divierte o pensar que uno se divierte o por lo menos fingir que uno se divierte... El que no se divierte es sospechoso”.Se sospecha que es un hereje y que desobedece este nuevo código moral. Si se esfuerza por ser uno de los que se divierten pero fracasa, los demás se compadecerán de él.

La moral de la diversión representa un intento de recuperar los placeres de la infancia mediante el fingimiento. La mayor parte de los juegos de niños, especialmente los que imitan las actividades de los adultos, contienen la actitud, explícita o implícita, de “supongamos que”. La ficción puede consistir en que masas de barro sean pasteles verdaderos o en que Johnnie sea doctor. Esta ficción es necesaria, porque permite al niño comprometerse totalmente con la actividad lúdica. El adulto que participa en un juego de niños debe también aceptar las situaciones simuladas como reales; de lo contrario queda fuera del juego. Sin la ficción, los niños no podrían comprometerse seriamente con su actividad, y sin ese compromiso no habría placer.

El adulto que participa en la “simulación de la diversión” X invierte el proceso. Realiza actividades serias tales como la bebida y el sexo, actuando como si lo hiciera por diversión. Intenta transformar los asuntos serios de la vida, tales como ganarse la vida y mantener una familia, en diversiones. Por supuesto que no lo logra. En primer lugar, estas actividades conllevan importantes responsabilidades; y en segundo lugar, se elude el compromiso serio que caracteriza al juego de niños. La moral de la diversión parece estar específicamente destinada a impedir este compromiso. Si es por diversión, no es necesario comprometerse.

Una de las principales premisas de este estudio consiste en que el compromiso absoluto con lo que se hace es la condición básica del placer. Un compromiso parcial deja a la persona dividida y en conflicto. Los niños tienen la habilidad de comprometerse completamente con sus juegos y actividades lúdicas. Cuando un niño dice que su juego fue una diversión, no quiere decir que fuera divertido. Significa que, en virtud de una simulación, participó con entusiasmo en una actividad lúdica que le brindó una gran cuota de placer mediante la autoexpresión.

Está ampliamente reconocido que en sus juegos, los niños manifiestan el impulso creativo que actúa en la personalidad humana. Con frecuencia, en estas actividades hay un alto grado de imaginación. La facilidad con que un niño puede imaginar o simular muestra que su mundo es mayormente interno y que contiene una rica gama de sentimientos entre los cuales puede elegir. Dado que está relativamente libre de responsabilidades y presiones, su imaginación es capaz de transformar lo que le rodea en un mundo de fantasía que le ofrece oportunidades ilimitadas de autoexpresión creativa y placer.

En los adultos, la creatividad proviene de las mismas fuentes y tiene las mismas motivaciones que el juego creativo de los niños. Se origina en el deseo de placer y en la necesidad de autoexpresión. Está marcada por la misma actitud seria que caracteriza al juego de los niños, y, al igual que el juego de los niños, produce placer. Incluso hay un elemento de diversión en el proceso creativo, ya que la creatividad comienza con una simulación, es decir, exige  suspender lo que se sabe de la realidad exterior a fin de permitir que lo nuevo e inesperado emerja de la imaginación. 

En esto, todo individuo creativo es como un niño. Los adultos pueden, y de hecho lo hacen, comprometerse con sus suposiciones y fingimientos, como los niños, aunque con menos facilidad. Su imaginación puede transformar la apariencia de las cosas con fines lúdicos o de trabajo. Por ejemplo, una mujer decora, en su imaginación, una habitación de su casa y puede hallar considerable placer en este uso de su talento creativo. Puede asimismo definir este uso de su talento creativo como una diversión. Por supuesto, cuando se trata de efectuar cambios reales, el elemento de diversión disminuye ya que las consecuencias son más serias. Con frecuencia la actividad se convierte en un trabajo, pero puede seguir siendo placentera. Cuando tanto el juego como el trabajo requieren imaginación y son experiencias placenteras, la diferencia entre ellos radica en la importancia de las consecuencias. Los adultos pueden divertirse cuando sus actividades no tienen consecuencias serias y se realizan con la actitud “supongamos que”. Por lo tanto, un payaso es divertido cuando se sabe que está simulando. No lo sería en caso contrario. El humor se basa en la capacidad de suspender la realidad exterior para permitir el libre juego de la imaginación.

Hay diversión cuando la realidad se suspende sólo en la propia imaginación consciente, con un efecto placentero. No hay diversión cuando desaparece el placer, como lo sabe cualquier niño. Sea cual fuere la simulación, un niño se mantiene en contacto con sus sentimientos y es consciente de su cuerpo. Esta realidad interior nunca se suspende: si un niño siente hambre, se lastima o por cualquier motivo deja de experimentar placer, el juego habrá terminado para él. No cae en el autoengaño. Un niño nunca pasa por alto esta realidad interior mientras juega; su imaginación sólo transforma la apariencia exterior de las cosas.

 

lunes, 18 de agosto de 2025

La Experiencia del Placer, parte 1

 

Tomado del Libro de Alexander Lowen, 1970.. Ed. Paidós Ibérica, S.A. 1994.

La Experiencia del Placer

El placer no está dentro de la esfera de lo que el hombre puede regir o controlar. Según Goethe es el don de Dios para aquellos que se sienten identificados con la vida y se alegran con su esplendor y belleza. A su vez, la vida los dota de amor y gracia. Pero Dios les advierte a sus hijos no caídos y verdaderos creyentes: Aunque el placer es efímero e insignificante, consolidadlo en vuestras mentes, ya que contiene el significado de la vida.

 Y sin embargo, a la mayoría de las personas, la palabra placer les evoca sentimientos mezclados. Por una parte, en nuestras mentes está asociada a la idea de “bien”. Las sensaciones placenteras hacen sentir bien, la comida que nos brinda placer sabe bien y se dice que un libro cuya lectura nos produce placer es un buen libro. Sin embargo, la mayoría de las personas considerarían una vida dedicada al placer como un desperdicio.

Nuestra reacción positiva frente al placer está con frecuencia rodeada de temores. Tememos que el placer, si no se lo controla, lleve a una persona por caminos peligrosos, la haga olvidar sus deberes y obligaciones e inclusive corrompa su espíritu. Para algunos el placer tiene una connotación lasciva; especialmente el placer carnal, que ha sido siempre considerado como la mayor tentación del diablo. Para los calvinistas la mayoría de los placeres eran pecaminosos.

En nuestra cultura, el temor al placer es general. Estamos más orientados hacia el ego que hacia el cuerpo; en consecuencia, el poder se ha convertido en el principal valor, mientras que el placer ha sido relegado a la categoría de valor secundario. La ambición del hombre moderno es dominar el mundo y controlarse a sí mismo. Al mismo tiempo, teme que esto no sea posible y duda de que, en caso de lograrlo, sea para su bien. Sin embargo, dado que el placer es la fuerza sustentadora y creativa de su personalidad, su esperanza (o ilusión) es que el logro de estos objetivos haga posible una vida de placer.

En consecuencia, su ego lo lleva a perseguir metas que le prometen placer pero le exigen que lo niegue. La situación del hombre moderno es similar a la de Fausto, que vendió su alma a Mefistófeles por una promesa que no podía ser cumplida. Aunque la promesa de placer es la tentación del diablo, el placer en sí mismo no está dentro de lo que éste puede dar.

La historia de Fausto no es hoy menos significativa que en la época de Goethe. Como señala Bertram Jessup en el prefacio de su traducción de Fausto al inglés: “Entre la magia del siglo dieciséis y la ciencia del siglo Veinte no hay ruptura en la ambición o intención de dominar y controlar la vida. En todo caso, su importancia ha crecido a medida que declinaba la autoridad moral de un Dios omnipotente”. Elias Canetti dice: “El hombre ha robado a su propio Dios”. Ha obtenido el poder de condenar y destruir, poder que antes era la prerrogativa de una deidad castigadora. Con este poder aparentemente ilimitado y sin una fuerza que lo frene, ¿qué evitará que el hombre se destruya a sí mismo?

Debemos ser conscientes de que todos nosotros, al igual que el Doctor Fausto, estamos dispuestos a aceptar los incentivos del diablo. El diablo está dentro de cada uno de nosotros en la forma de un ego que promete la satisfacción del deseo a condición de que nos hagamos subordinados suyos en su lucha por dominar. El dominio de la personalidad por el ego es una perversión diabólica de la naturaleza humana. El ego nunca estuvo destinado a dominar el cuerpo, sino a ser su siervo leal y obediente. 

Elcuerpo, en contraposición al ego, desea el placer, no el poder. El placer es la fuente de la que surgen nuestros sentimientos y pensamientos positivos. Si se priva a un individuo del placer corporal, éste se torna iracundo, frustrado y odioso. Se distorsiona su pensamiento y pierde su potencial creativo. Desarrolla actitudes autodestructivas.

El placer es la fuerza creativa de la vida. Es la única fuerza suficientemente poderosa como para contrarrestar el potencial destructivo del poder. Muchas personas creen que este rol le corresponde al amor. Pero si el amor ha de ser algo más que una palabra, deberá apoyarse en la experiencia del placer. En este libro mostraré cómo la experiencia del placer o del dolor determina nuestras emociones, nuestro pensamiento y nuestra conducta.

Hablaré de la psicología y de la biología del placer y exploraré sus raíces en el cuerpo, en la naturaleza y en el universo. Así comprenderemos que el placer es la clave para una vida creativa.

martes, 16 de julio de 2019

El cambio es hacia abajo, parte 8


Hablamos del amor, pero veneramos el poder.

Los humanos somos como los árboles, arraigados a la tierra en un extremo y tendiendo al cielo desde el otro. Miramos al firmamento como fuente de energía vital, pero también dependemos de la tierra. Cuán alto podemos tender depende de la fuerza de nuestras raíces. Si se desarraiga un árbol, mueren sus hojas; si se desarraiga una persona su espiritualidad se convierte en una abstracción carente de vida.
Como criaturas de la tierra, estamos conectados al suelo a través de las piernas y los pies. Habitualmente, cuando decimos de un individuo que tiene los pies en la tierra, significa que sabe quién es y dónde está parado. Disociarnos de nuestra naturaleza animal y por lo tanto, de la mitad inferior del cuerpo, es perder nuestro enraizamiento. 

Dice un viejo proverbio que un árbol nunca es más fuerte que sus raíces. Así, un buen jardinero aplaza el crecimiento de un árbol para dar impulso al desarrollo de su sistema de soporte y absorción. Nosotros hacemos justo lo contrario con nuestro hijos. Los estimulamos en exceso para que crezcan rápido, pero no damos el apoyo y alimento que fortalecerían sus raíces. Empujamos a nuestro hijos como nos empujamos a nosotros mismos, sin darnos cuenta que forzándolos a crecer y a hacer cosas, minamos su fe y su seguridad.

Parece que eso es lo que pretende imponer  nuestra civilización occidental con una regulación excesivamente rigurosa. 
 Dice Lowen:  Implantan el pertinaz metrónomo de la rutina dentro del bebe o del niño pequeño para regular las primeras experiencias con su cuerpo y con su entorno físico inmediato. Después de esta socialización tan mecánica, se le anima a que se desarrolle dentro de un burdo individualismo. Persigue ambiciones, anhelos, pero permanece compulsivamente en carreras estandarizadas. Esto ha conducido al dominio de la máquina, pero también a una corriente subterránea de eterno descontento y ofuscación individual.

La persecución, ya sea por estatus social, el mismo poder, o solo por dinero no nos ha dejado ver la realidad de nuestra existencia, rechazando que dependemos de esta tierra para nuestro bienestar y sobrevivencia.
Olvidamos la realidad de que  nuestra voluntad y nuestra mente dependen, por completo, del funcionamiento sano y natural del cuerpo.
Éste  posee una sabiduría derivada de miles de millones de años de historia evolutiva, que la mente consciente apenas puede imaginar.
La parte obscura e inconsciente de nuestro cuerpo es la que mantiene el fluir de la vida. No vivimos por obra de nuestra voluntad. La voluntad es impotente para regular o coordinar los complicados procesos bioquímicos y biofísicos del cuerpo. Si  ocurriera lo inverso, ante la primera falla de la voluntad la vida acabaría.

¿ Podremos vivir en armonía con la naturaleza y con nosotros mismos? Entonces  podremos vivir en familiaridad con nuestros hijos. Si en cambio pretendemos seguir explotando a la naturaleza, explotaremos también a nuestros hijos.
Los antiguos chinos estaban muy conscientes de la necesidad de armonía entre fuerzas opuestas. Hoy en día, podríamos lograr esa armonía integrando las filosofías oriental y occidental. La vía occidental a la tranquilidad de espíritu se hace a través del proceso conocido como análisis o terapia. La vía oriental, a través de la meditación.
La razón y el sentimiento deben unirse en principios que nos guíen en cuanto al modo correcto y sano de conducir nuestra vida.
Ser fiel a uno mismo significa tener la libertad interior de sentir y aceptar los propios sentimientos y de poder expresarlos.

El fenómeno de la empatía, que nos permite sentir lo que siente otra persona, tiene lugar cuando dos cuerpos vibran en la misma longitud de onda. Podemos emular el amor de Dios por el hombre a través del amor que nos demostramos unos a otros.  Cuando así lo hacemos, a menudo logramos conectar con nuestro prójimo. Una sonrisa atenta puede reconfortar a otra persona como un rayo de sol. La persona amable acepta a los demás, no por obligación sino por solidaridad. Esto no significa que nunca se enfade,  pero su ira será entonces directa y de breve duración.

Es difícil aminorar el ritmo cuando el mundo pasa corriendo a nuestro lado. Es difícil arraigarse cuando la cultura misma está desarraigada, cuando niega la realidad y fomenta la ilusión de que el éxito material representa un estado superior y que la gente con dinero lleva una vida más rica y plena. De cualquier modo, los verdaderos significados en la vida son valores terrenos: la salud, la gracia, la conexión, el placer y el amor. Pero estos valores cobran significado sólo si se tiene los pies firmemente asentados en la tierra.

La vida es un proceso continuo, un constante desvelar circunstancias y potencialidades que están ocultas en el presente. Si no se tiene esperanza y compromiso hacia el futuro, la propia vida se entumecerá, lo que sucede a los deprimidos.
Mantener  dicha sensación de estar conectado y actuar en consecuencia, es la característica del hombre de fe, de un hombre que tiene fe en la vida. Con un lugar en su corazón para cada niño, y respeto por sus mayores.

Bibliografía:

Bennet,E.A. Lo que verdaderamente dijo Jung. Introducción a la Psicología de Carl Jung. Ed. Aguilar. México.1974.

Fromm, E. El Arte de Amar. Ed. Paidos. 1956.

Jung, C.G. Psicología y Alquimia. Ed. Santiago Rueda. Buenos Aires, 1944.

Lowen,A. La depresión y el cuerpo. La base Biológica de la Fe y la Realidad. ed. Alianza. 2001.España.

Lowen, A. La espiritualidad del cuerpo. Un camino para alcanzar la armonía y el estado de gracia. Ed. Paidos. 1993

Monbourquette, J. De la autoestima a la estima del Yo profundo. De la psicología a la espiritualidad. Ed. Sal Terrae 

Ubando, j. La relación de pareja. Un camino al desarrollo. Instituto de Estudios de la Pareja, S.C. México. 1997.

Zweig, C. y Abram,J. Encuentro con la sombra. El poder del lado obscuro de la naturaleza humana. Ed. Kairos.1991.

martes, 9 de julio de 2019

El Cambio es hacia abajo, parte 7

Abrir el Corazón

Todos admitimos que el corazón es un símbolo del amor. Pero esta relación ¿es tan sólo simbólica? ¿O hay entre ellos una conexión real?
La mayoría de las personas han experimentado el rápido latir del corazón en presencia de un ser querido y también la sensación de peso en el corazón que sigue a una pelea de enamorados.¿Qué validez podemos conceder al concepto de, por ejemplo, corazón partido? Aunque los corazones no se rompen, cuando el amor es rechazado o se pierde a alguien querido, es claro que en semejantes situaciones algo se rompe.
¿Existe algo así como un corazón cerrado o un corazón abierto? Estas cuestiones son importantes para la comprensión no sólo de nuestros sentimientos, sino también de la salud del corazón, pues si damos por sentado que la conexión entre el corazón y el amor es real, se puede plantear la hipótesis de que un corazón sin amor debe inevitablemente languidecer y morir.

Desde las épocas más remotas el corazón ha sido un profundo símbolo en el pensamiento del hombre. No sólo simboliza el centro emocional de la humanidad, sino también el centro espiritual….En el corazón es donde nos encontramos con nuestro Dios en una relación cara a cara. El hermano David Steindl-Rast, monje benedictino, notable por su participación en el diálogo interreligioso, coincide con ello: Cuando finalmente encontramos nuestro corazón, encontramos el reino en que estamos íntimamente unidos con nosotros mismos, con los demás y también con Dios. Los Upanishads también sitúan al yo en el corazón: En verdad el Sí mismo es el corazón….Quien sabe esto entra en el reino celestial todos los días. 
Por metafóricas, espirituales y filosóficas que puedan ser estas enseñanzas, tiene que haber alguna base física real para esta repetida conexión entre el corazón humano y la fuente de la vida. Esta base resultaría ser el propio latido del corazón, el pulso rítmico que lleva la sangre vivificante por todo el cuerpo. Es la manifestación más clara de la fuerza vital en el organismo humano.

Abrir la personalidad significa abrir el corazón a una persona para que sea capaz de expresar y recibir amor. Una persona abierta siente en su pecho el afecto que los otros le profesan. Su sexualidad está imbuida de amor por su pareja, y cada paso que da es un contacto de  sentimientos con la tierra.
Cuando decimos de una persona que tiene el corazón cerrado, queremos decir que no se puede penetrar en él. Por supuesto, si realmente se cerrara el corazón, se moriría. Se puede, sin embargo, constreñir o restringir los intentos de llegar a su interior . Y uno puede convertir la caja torácica en una prisión a base de tensiones musculares que rigidizan e inmovilizan el torso.

El pecho rígido e inflado, en el lenguaje corporal, está diciendo: No voy a dejar que llegues a mi corazón. Esta actitud del cuerpo es muy probablemente, el resultado de una decepción grave en una relación amorosa temprana, concretamente en la relación madre-hijo. Reich describe esta tensión como una forma de ponerse una armadura para evitar que le vuelvan a hacer daño. Sirve también para matar el dolor de la traición inicial y es por tanto, una defensa contra todos los sentimientos.

La depresión sobrevendrá a cualquier persona a la que le falte la fe en sí misma y que deba compensarlo haciendo diversas acciones, ya sea para conseguir una aspiración personal o para corregir una injusticia social. Así, el hombre de negocios exitoso es tan vulnerable a la depresión como el militante que busca darle la vuelta al sistema.
Porque más allá del sistema, lo que está en juego es un modo de vida en el que el individuo se vea a sí mismo como parte de un orden más amplio y alcance su individualidad al sentirse que pertenece y participa en él. Esto contrasta con una individualidad basada en el pensamiento y en una imagen adornada de uno mismo. 


martes, 2 de julio de 2019

El Cambio es Hacia Abajo, parte 6


El Animismo no está muerto

Animismo, tal como lo define el diccionario, es la creencia en que todos los objetos poseen una vitalidad natural, es decir, están dotados de almas que moran en ellos. El término se usa para designar la forma más primitiva de religión, la del hombre de la Edad de Piedra. Este espíritu o fuerza se creía que moraba tanto en los seres vivientes como en las rocas, herramientas, ríos y montañas. En esta visión, también reservaba un lugar especial para el espíritu de los muertos, que formaban parte de la comunidad viviente.
La importancia del animismo para lo que aquí nos ocupa es que representaba una forma de vida basada en la fe y en el respeto a la naturaleza. El hombre primitivo sentía que formaba parte de las fuerzas naturales igual que ellas formaban parte de su propio ser. Por lo tanto, no podía actuar destructivamente contra la naturaleza sin ser al mismo tiempo autodestructivo.

Las culturas de la Edad de Piedra fueron paulatinamente reemplazadas. 
Cuanto más se separaba el hombre de la naturaleza y se convertía en la especie dominante de la tierra, más centraba todo sentimiento espiritual en sí mismo. Quizá no negaba su propia espiritualidad, pero si la negaba a cualquier otro. 
Las grandes religiones occidentales que surgieron de este desarrollo representan a un Dios cuyo principal interés son los asuntos humanos. Sólo reconocen al hombre como poseedor de alma, lo cual equivale a asignarle una posición única. Aquí comienza el conflicto entre lo espiritual y lo material. Todo aquello a lo que se niega la espiritualidad se convierte  inevitablemente en inferior.

La idea de un Dios todopoderoso, de sexo masculino, Dios padre, es relativamente reciente y se limita a las religiones de la civilización occidental. En nuestra primera religión, se rendía culto a todos los espíritus de la naturaleza. El politeísmo representaba el culto a dioses y diosas, cada uno asociado con aspectos específicos de la vida humana. La ascensión a la supremacía por parte de un único dios masculino se asociaba con la ascensión al poder por parte de un soberano masculino, el rey todopoderoso, al que se lo consideraba descendiente del dios.  .
A pesar de todo, la persona religiosa no se ha olvidado de su relación con el mundo. El animismo no está del todo muerto, se ha transformado en la devoción al gran espíritu que impregna todas las cosas. La persona religiosa cree que el espíritu que le mueve, es el mismo que late en el mundo.

En lo profundo del vientre

Una persona religiosa se siente parte de una comunidad humana, pertenece a la naturaleza y participa de la unidad con Dios o con el Universo. Toda persona que siente de esta manera es religiosa, sea o no miembro de una iglesia. Puede decirse que todo individuo que tiene sentido de su responsabilidad por sus actos es religioso.
Egoísmo y fe son diametralmente opuestos. A un hombre egoísta sólo le importa su imagen; a uno con fe le importa la vida. Un egoísta se orienta hacia la consecución del poder. Un hombre con fe se orienta hacia el sentido de la vida; y el placer que le da el vivir lo comparte con los que tiene alrededor.  La verdadera fe es una entrega a la vida del espíritu -el espíritu que vive en el cuerpo de la persona- que se manifiesta a través del sentimiento y que se expresa en los movimientos del cuerpo.

La parte inferior del cuerpo es mucho más de naturaleza animal en sus funciones: locomoción, defecación y sexualidad; que la parte superior: pensamiento, lenguaje y manipulación del entorno. Pero es en nuestra naturaleza animal que residen las cualidades del ritmo y de la gracia.
Cuando nos elevamos y alejamos de la mitad inferior del cuerpo, perdemos mucha de nuestra  espontaneidad y  armonía naturales.
Los japoneses, por ejemplo, tienen una palabra, hara, que significa el vientre, pero que también describe a una persona que se halla centrada en esta región. Se dice entonces que tiene hara, es decir, que está equilibrada tanto psicológica como físicamente. Cuando un hombre posee un hara plenamente desarrollado, tiene la fuerza y la precisión de realizar acciones que de otro modo nunca podría conseguir, ni siquiera con la técnica más perfecta, la mayor atención o la más grande fuerza de voluntad. Sólo lo hecho con hara tiene éxito completo.

La mayoría de los occidentales están centrados en la parte superior del cuerpo, principalmente en la cabeza. Reconocemos a la cabeza como el foco del ego, el centro del comportamiento deliberado. En contraste con esto, el centro inferior o pélvico, donde reside el hara, es el centro para la vida inconsciente o instintiva. Cuando comprendemos que no más del 10% de nuestros movimientos son dirigidos conscientemente, y que el 90% son inconscientes, la importancia de este centro se hace evidente. Una analogía aclarará esto. Piense en un caballo y su jinete. El jinete, con su control consciente, funciona como el ego; el caballo proporciona el poder, y unas patas seguras para conducir al jinete a donde quiera ir. Si el jinete se volviera inconsciente, el caballo le traería de vuelta al hogar sano y salvo. Pero si el caballo se viniese abajo, el jinete estaría virtualmente indefenso.

En lo profundo del vientre, se encuentran nuestros sentimientos más profundos: nuestras tristezas y alegrías más hondas, nuestros mayores temores. Las sensaciones dulces y tiernas que acompañan al verdadero amor sexual también se sienten en lo profundo del vientre como un calor que puede extenderse por todo el cuerpo. Los niños experimentan sensaciones agradables en el vientre cuando se hamacan o juegan en el subibaja, de lo que disfrutan tanto. 
En el vientre se aloja tanto la alegría como la tristeza proveniente de la desesperanza cuando no hay armonía. Podemos negar la desesperanza y vivir de una ilusión, pero ésta se derrumbará inevitablemente y hará que el individuo caiga en una depresión; podemos tratar de pasar por encima de la desesperanza, pero esto afecta nuestra sensación de seguridad; o podemos aceptarla y comprenderla, lo que nos libera del temor.

Podemos sentir que no fuimos amados y que podríamos habernos muerto, pero a pesar de que resulta triste tomar conciencia de eso, también podemos darnos cuenta de que no nos morimos. En el caso de un adulto, no ser amado no constituye una sentencia de muerte, si amamos la  vida y le hemos encontrado un sentido. Cuando alguien adopta una actitud de : Si nadie me ama, me voy a morir,   me parece el ejemplo de un individuo patético que tiene tanto temor de vivir como de morir.
El  cultivo de los sentimientos espirituales pertenece al reino de los valores corporales, tales como: el amor, la belleza, la verdad, la libertad y la dignidad, para nombrar algunos. Mientras que los valores del ego o materiales derivan de nuestra relación con  el mundo exterior. Ni el deseo o la ambición de hacerse famoso ni la obsesión de enriquecerse despiertan buenos sentimientos corporales positivos.

Si  la búsqueda de los valores del ego se convierte en la actividad dominante de una cultura, entonces,  se comienzan a depreciar los  valores espirituales, ya que no advertimos su importancia en nuestra vida. 
Necesitamos fe para soltarnos o abandonarnos al cuerpo, a la oscuridad del inconsciente, al submundo de nuestro ser. Pese a que nosotros, hombres modernos, poseemos muchos más conocimientos que los hombres primitivos, tenemos la misma necesidad de que nuestra relación con la naturaleza y el universo sea amigable. Hubo un tiempo en el que percibimos esta armonía, tal vez algunos nos acordemos de la sensación de conexión y certeza que sentimos de niños al experimentar alegría.

En la filosofía y en las religiones  orientales no se establece una separación o disociación entre Dios y la naturaleza, ni entre el espíritu y el cuerpo. Los chinos creen que todos los procesos de la naturaleza y del cosmos están gobernados por la interacción de dos principios o fuerzas: el Ying y el Yang qué, cuando están en equilibrio, garantizan el bienestar del individuo.
El pensamiento oriental se basa en que el hombre no es dueño de su vida, y que está sujeto a fuerzas que no puede controlar. En cambio, para el pensamiento científico occidental, el poder potencial del hombre para controlar la vida es ilimitado. 

La cultura occidental nos alienta a  luchar, a rivalizar, a creer que la voluntad todo lo puede. Sin duda, la voluntad cumple una función muy valiosa en la vida cuando se le utiliza en forma adecuada, es decir,
en situaciones de emergencia en las que se necesita realizar un esfuerzo tremendo para sobrevivir.
Por otro lado,  nos avergüenzan nuestros sentimientos espirituales. La negación del espíritu constituye una característica del individuo narcisista de nuestra época.  Ellos ven al mundo en términos mecanicistas: estimulo y respuesta, acción y reacción, causa y efecto. No dan lugar a los sentimientos; estos son imprecisos, inconmensurables, a menudo impredecibles y obviamente irracionales. Los narcisistas desconocen y niegan la vida del espíritu. Ellos existen   sólo en su mente, están disociados del cuerpo y viven la vida principalmente en su cabeza.

El narcisismo es ajeno a los niños, cuyas vidas giran en torno a la concreción de sus deseos, la alegría de la libertad y los placeres de la autoexpresión.  A los  niños, al igual que a todos, les gusta ser admirados, pero no sacrificarán sus sentimientos para ser especiales o superiores. Son criaturas apasionadas que lo quieren todo, pero no son egocéntricos. Aman y anhelan ser amados porque sus corazones están abiertos.

martes, 25 de junio de 2019

El Cambio es Hacia Abajo, parte 5


El concepto del Sí-mismo en Carl Jung
 
Carl Jung difiere de la teoría de Freud, pues no considera que el ello freudiano sea movido únicamente por fuerzas libidinales caóticas capaces de irrumpir en el consciente y producir síntomas lamentables.
El inconsciente jungiano se muestra menos pesimista. Está constituido de arquetipos, núcleos de energía psíquica que se encarnan en la realidad para darle sentido. Estas formas universales gravitan idealmente en torno a un centro que es el Sí-mismo.

Mientras que Freud opta por la represión y pide al yo que tenga una actitud defensiva respecto del inconsciente y le encarga levantar murallas para contenerle, Jung propone, por el contrario, una colaboración entre el yo consciente y el inconsciente.
El descubrimiento del Sí-mismo le llevó a concebir para la persona un proceso de maduración cuyo objetivo es llegar a ser Sí misma, encontrar su propia identidad, y, con este fin, liberar a la persona de las influencias sociales inoperantes .

Su planteamiento influirá en todas las escuelas de psicología transpersonal, que reconocerán el papel determinante de lo espiritual en la salud y en la evolución de la persona.
El Sí-mismo, una realidad imposible de conocer directamente, se deja  descubrir, sin embargo, por el consciente a través de símbolos, los sueños, los mitos y las leyendas.

Entre las imágenes simbólicas que representan más particularmente al Sí-mismo se cuentan ante todo las que expresan la totalidad y el infinito, como: el diamante indestructible, el agua viva, el fénix que resurge de sus cenizas, el elixir de la inmortalidad, la piedra filosofal, y el reino interior. Todos estos símbolos remiten a la idea de totalidad, perfección y finalidad del Sí-mismo, considerado como el alma humana habitada por lo divino.
En un intento de describir al Sí-mismo, Jung se figura: El alma es un santuario en el interior de la persona en el que se encuentra una fresca cascada en el seno de una selva tropical, un remanso de paz y serenidad que da cobijo a un gran sabio. Este sabio vive desde tiempo inmemorial. No es un anciano, no; digamos mejor que no tiene edad. Sabe vivir: sabe lo que es bueno para él. No se equivoca. Sabe gozar de la vida, sacando lecciones y adquiriendo poder a partir de ella. Es el centro del Sí-mismo  “generativo”.


La vida espiritual

No hay que tener miedo de la pobreza ni del exilio
ni de la cárcel ni de la muerte,
pero sí hay que tener miedo al miedo.
                                                                                                                 Epicteto

La vida espiritual consiste en explorar sin descanso la propia interioridad, en prestar atención al flujo de nuestra vida en su totalidad , es decir: incluir el mundo personal de las imágenes, los sueños y las visiones creativas; las ensoñaciones; en prestar atención también a los diálogos interiores y finalmente, a las propias emociones y sentimientos.
No es fácil entrar en uno mismo y dejar llegar a la conciencia las oleadas invasoras y  perturbadoras de las imágenes, palabras y emociones. La mayoría de la gente se resiste a acoger estos mensajes; se distraen con la agitación y se apartan de sí mismos; se las ingenian para acallar los estados de ánimo que estorbarían sus hábitos o deseos.
Hacerse espiritual es ir eliminando progresivamente los miedos. El ego vive constantemente en el miedo: miedo a carecer de lo esencial, miedo a no ser aceptado ni querido, ni amado. Y su mayor terror es morir.

Alex Lowen nos aclara: El alma es el nombre que le damos al sistema energético humano que anima a todo organismo. Si sentimos odio, el corazón se contrae y el alma se encoge. Si somos amables el corazón se expande y el alma se ensancha. El brillo de una sonrisa amistosa proviene de un corazón pleno de buenos sentimientos. No se puede ser amable y compulsivo al mismo tiempo. Una persona sociable es lo bastante paciente como para establecer un vínculo sincero y cálido con todos aquellos con quienes tiene contacto.

La persona  que ama tiene conciencia de la existencia de algo más grande y más poderoso que ella misma. Un orden superior. Sin esa fuerza, ¿qué existe que pueda frenar la egolatría y la codicia del hombre, que lo llevan a ver a la Tierra y a sus habitantes como cosas a ser explotadas en provecho de los deseos propios? Al entregarse a su codicia, el hombre destruye la tierra misma de la que depende su propia existencia. 

El camino espiritual es también imposible sin una renuncia continua. La vida humana está repleta de incidencias. Desde el nacimiento hasta la muerte, la persona pasa por una sucesión de pérdidas: algunas inevitables, con motivo de las distintas transiciones en la vida;  además de daños imprevistas, causadas por las enfermedades, las separaciones, los accidentes y otros.
Vivir bien esas pérdidas exige una fuerte autoestima. Si el duelo no se vive adecuadamente, suele llevar a trastornos de orden físico y psicológico. Quedándose, por ejemplo, demasiado aferrados a los seres desaparecidos y al pasado; su vida parece haberse detenido, su crecimiento psicológico se bloquea y su evolución espiritual se estanca.
No es igual en la persona que se ama y confía en sí misma, que si es capaz de desprenderse de los seres queridos y de las situaciones pasadas. No los olvida, como es natural, pero si construye una relación nueva y sana con ellos. En este tipo de persona, el proceso de duelo sirve para establecer nuevos lazos espirituales con los desaparecidos.

En su gran mayoría, las personas de hoy estamos suspendidas entre el cielo y el infierno Podemos experimentar momentos de júbilo, pero con demasiada frecuencia sentimos que podríamos caer en un abismo. La única salida a esta situación es hacer lo que hizo Dante, en La Divina Comedia . Explorar el infierno personal, descender a las profundidades del propio ser con la luz de la conciencia. Así, se elimina el infierno, que sólo puede existir en la obscuridad. De manera similar, cuando los sentimientos suprimidos son atraídos a la conciencia y aceptados, ya no pueden seguir atormentándonos. 

En opinión del Doctor Lowen: Concebimos el infierno como un lugar en lo más hondo de las entrañas de la tierra. Nuestro infierno personal se sitúa en lo más profundo de las entrañas del cuerpo, en la cavidad pélvica que aprisiona la sexualidad. Aquí se encuentran las raíces de nuestra verdadera espiritualidad. Aquí, en la matriz, es donde empieza la vida y donde experimentamos por primera vez la gloria del paraíso.
Cuando llegamos al mundo,es como si fuéramos expulsados del paraíso. Podemos recuperar esa sensación de gloria cuando, en la seguridad de los brazos de nuestra madre, nos prendemos de su pecho. También la podemos tener cuando, en la seguridad del amor de nuestro compañero, nos unimos a él en un abrazo sexual.

Hay otras ocasiones en las que experimentamos el júbilo de la plenitud, pero eso depende de que estemos en contacto con la parte más profunda de nosotros mismos. Reconocemos ese contacto cuando notamos esa onda de excitación fluir a través del cuerpo. 
Las religiones orientales reconocen la importancia de que el individuo salga de su cabeza y descienda a las profundidades de su ser. La técnica usada es la meditación. El aquietar los ruidos parásitos de la mente nos permite escuchar los sonidos del alma. La clave de la meditación consiste en respirar profundamente, lo que ayuda al individuo a relajarse.

La alegría es un sentimiento, no un pensamiento

En el centro de cada uno de nosotros hay un alma animal en armonía con la naturaleza, con el mundo y con el universo. Si nos separamos de ella, nuestra mente sigue funcionando lógicamente, pero nuestros pensamientos tienen poco valor humano. Saul Bellow escribió: En la más grande de las confusiones sigue habiendo un canal abierto al alma. Puede ser difícil de encontrar… pero el canal está siempre allí, y nos compete a nosotros mantenerlo siempre abierto, tener acceso a la parte más profunda de nosotros mismos… a esa parte que es consciente de un estado superior de conciencia.
Ese canal no existe en la mente. Existe, en cambio, en el cuerpo, y es el canal a través del cual pasan las ondas de excitación a la pelvis. 

La aseveración de que no sólo de pan vive el hombre implica que una persona necesita tener fe, además de pan, para sobrevivir. Mientras que el pan basta por sí solo para sustentar el cuerpo, el animal humano necesita otro sustento para su espíritu. Ese alimento   es el amor, que consiste en una profunda y sentida conexión con otra u otras personas, con otra criatura, con la naturaleza y con Dios. Yo no creo que los seres humanos sean los únicos que tienen esa necesidad. El espíritu de un animal languidece si se le aísla del contacto con la vida. 

¿Los animales tienen fe? La respuesta se contesta según hablemos de la fe como un sistema de creencias o como una actitud corporal. La distinción es muy importante pues es posible que un individuo proclame su fe y sin embargo actúe de modo que desmienta esa aseveración.
Si el amor es una sensación corporal y la fe es una actitud , podemos decir que un animal es capaz de sentir amor y tener fe.
Esa era la condición del hombre en los primeros días de su existencia, antes de adquirir conciencia de sí mismo. 

En vez de tener fe, los occidentales hemos depositado nuestra confianza en la ciencia, que representa el poder de la mente humana para superar todas las dificultades que nos rodean. La ilusión de superioridad frente a la naturaleza destruye la conexión que da su significado a la vida, la excitación y su alegría. Esa ilusión niega la naturaleza espiritual del hombre.
Necesitamos establecer un equilibrio y una armonía apropiados entre la mente racional y el cuerpo animal, entre la aspiración a volar y la necesidad de arraigarnos a la realidad de la dependencia de la tierra, de la que extraemos alimento y sustento.

En Oriente, por amor de sus creencias animistas, la gente mantiene la fe en el poder curativo del cuerpo. En muchos casos comprobados, la fe ha convertido un diagnóstico fatal en una cura aparentemente milagrosa. Esto no se debe a la acción de fuerzas misteriosas del exterior. La fe opera desde dentro, aunque se puede invocar a través de la experiencia del amor. Cuando alguien establece una conexión con lo universal, su energía se eleva al punto de inundar su cuerpo, y se irradia en un estado de gozo . Y como esa excitación o energía es la fuente de la vida, puede superar los efectos destructivos de la enfermedad.

La fe puede definirse, entonces, como el estado de una actitud abierta y el resultado de la excitación que fluye libremente por el cuerpo. 

Por desgracia, muchas personas se encuentran parcialmente cerradas a la vida y al amor debido a las traiciones que sufrieron en su infancia, y que las obligaron a contraer el cuerpo, reduciendo su energía y debilitando su fe. Estas personas adquirieron tensiones musculares crónicas que pueden compararse con una armadura. Y es precisamente  esta defensa la que perjudica su salud y lo torna vulnerable a la enfermedad.

Como el hombre nunca puede someter por entero a la naturaleza, está en constante lucha con ella. Esta lucha, que se refleja en el conflicto entre el yo y el cuerpo, priva al hombre de la tranquilidad de espíritu que necesita para experimentar el gozo que ofrece la vida. Sólo los niños pequeños y los animales salvajes conocen ese gozo, que Dostoievsky describió como el regalo de Dios.

El individuo no encontrará seguridad en ningún proceso de pensamiento disociado de sus raíces, que se arraigan en las sensaciones del cuerpo.
Cuando no hay bloqueos que perturben el flujo, las emociones tienen un signo o calidad positivo. El sentimiento de fe, recordemos, es el sentimiento de la vida fluyendo en el cuerpo, de un extremo a otro. Tal estado de vivacidad es la base física de la experiencia de alegría, que es una experiencia religiosa. Pertenece al ámbito de los sentimientos corporales positivos. No es una actitud mental. Pertenece al mundo animal, y no al mundo de los intelectuales civilizados. 

Con amor por nosotros mismos, podemos alcanzar las tres formas de armonía que una vez definió Aldous Huxley: La armonía animal, es decir, la integridad mantenida por el pleno y libre flujo de excitación en el cuerpo; la humana, por la vía de vivir según el principio Se franco contigo mismo y de extender este principio a nuestro prójimo a través de una conducta bondadosa; y la espiritual, por medio de la conexión con un orden superior. Sólo a través de la integración de la personalidad en estos tres niveles podemos alcanzar la trascendencia que denominamos el estado de   plenitud.