miércoles, 1 de febrero de 2017

El Gozo, parte 33

Capítulo 10 "El miedo a la muerte" (continuación)

En lo profundo del vientre, se encuentran nuestros sentimientos más profundos: nuestras tristezas y nuestras alegrías más hondas, nuestros mayores temores. Las sensaciones dulces y tiernas que acompañan al verdadero amor sexual se sienten en lo profundo del vientre como un calor que puede extenderse por todo el cuerpo. Los niños experimentan sensaciones agradables en el vientre cuando se hamacan o juegan en el subibaja, de lo que disfrutan tanto. Pero en el vientre se aloja tanto la alegría como la tristeza proveniente de la desesperanza cuando no hay alegría.
Podemos negar la desesperanza y vivir de una ilusión, pero ésta se derrumbará inevitablemente y hará que el individuo caiga en una depresión; podemos tratar de pasar por encima de la desesperanza, pero esto afecta nuestra sensación de seguridad; o podemos aceptarla y comprenderla, lo que nos libera del temor.

Aceptar la desesperanza significa sentirla y expresar ese sentimiento con sollozos y palabras. El llanto es la expresión del cuerpo, las palabras provienen de la mente. Cuando se los une en forma apropiada, promueven la integración del cuerpo y la mente, lo que libera la culpa y fomenta la libertad.

Es importante decir las palabras adecuadas. “No sirve de nada” es una frase clave. “No sirve de nada intentar”. “Nunca voy a ganar tu amor” es la declaración que expresa que la persona ha comprendido que la desesperanza es la consecuencia de una experiencia pasada. No obstante, la mayoría de los pacientes proyectan su desesperanza hacia el futuro. Cuando experimentan la desesperanza por primera vez, a menudo la expresan diciendo: “Nunca voy a tener a nadie que me ame” o “Nunca voy a encontrar a ningún hombre”, etc. No entienden que no es posible encontrar amor por más esfuerzo que hagamos para hallarlo, que mientras mayor sea nuestra desesperación, menor será la posibilidad de que el otro responda con sentimientos positivos. El verdadero amor es la excitación que sentimos al anticipar el placer y la alegría que nos provocaría estar cerca de otra persona y en contacto con ella.  Amamos a los que nos hacen sentir bien, evitamos a aquellos cuya presencia resulta dolorosa.

Llegar a lo profundo de nuestra desesperanza equivale a sumergirse en la profundidad de nuestro vientre, que también es la fuente de la vida. Ningún adulto se ahogó en sus lagrimas, aunque detrás del pánico siempre hay temor a ahogarse. Un bebé que queda aislado de una relación de amor se muere; un niño muy pequeño en esta situación podría morirse, ya que su cuerpo necesita el contacto y el apoyo de una figura materna. El niño que sobrevive a pesar de estar cerca de la muerte por no recibir suficiente amor, se convierte en un neurótico que vivirá al borde de la desesperanza y el pánico durante toda su vida, a menos que se libere de su temor reexperimentando el trauma del pasado y descubriendo que no se morirá.

Debemos darnos cuenta de que hablar sobre el temor ayuda al paciente a comprender su problema, pero no resulta suficiente para eliminar ese temor. Decirle a un niño que no tenga miedo a la oscuridad porque no hay nadie allí no sirve de mucho, puesto que si bien no hay ninguna figura aterradora en la oscuridad del cuarto, si la hay en la oscuridad del inconsciente del niño. Entrar en nuestro propio inconsciente equivale a descender, con los sentimientos, hasta el vientre a través de la respiración profunda. A medida que la onda respiratoria de espiración fluye hacia abajo y llega a la pelvis, experimentamos los sentimientos que se encuentran encerrados en esa zona. Podemos sentir que no fuimos amados y que podríamos habernos muerto, pero a pesar de que resulta triste tomar conciencia de eso, también podemos darnos cuenta de que no nos morimos. En el caso de un adulto, no ser amado no constituye una sentencia de muerte. Podemos amar nuestro self y entregarnos a él.

Una mujer madura, de cincuenta años, madre de varios hijos, me dijo: “Si nadie me ama, me voy a morir”. Este es un ejemplo de un individuo patético que tiene tanto temor de vivir como de morir.

Si no tenemos una base sólida en nuestro self y en nuestro cuerpo, corremos peligro de volver a caer en la desesperanza, puesto que no podemos sentir la alegría de la vida.
Todos los pacientes necesitan atravesar la barrera que interpone el miedo a la muerte,

He trabajado con muchos asmáticos. Cuando hacen los ejercicios que profundizan la respiración, como llorar, patear, gritar, comienzan a respirar con un silbido e inmediatamente usan el inhalador, que alivia por un rato el espasmo bronquial y así pueden respirar con menos dificultad. Sin embargo, no elimina la tendencia al espasmo, que es una reacción de pánico que tienen cuando la respiración se vuelve más profunda. Como esa respiración silbosa, que es el principio de un ataque de asma, les produce miedo, atribuyen su temor a la dificultad para respirar.

Esto es, en parte, cierto, pero también es cierto que la causa de la incapacidad de respirar es el temor. El temor de ser rechazados o abandonados por llorar, gritar o exigir demasiadas cosas. La respiración más profunda activa esta expresión vocal que ha sido suprimida con el fin de sobrevivir. Una vez que comprenden esta dinámica, el temor disminuye, entonces puedo alentarlos a que se entreguen al llanto y a los gritos fuertes, algo que pueden hacer sin sufrir un ataque de asma. Aún cuando la respiración se vuelve algo silbosa, trato de disuadirlos de usar el inhalador, asegurándoles que si no entran en estado de pánico, podrán respirar con facilidad. Para su sorpresa, esto resulta en la mayoría de los casos.

En el caso del pánico, también hay un temor a la muerte, pero en menor medida. Para ayudar a los pacientes a conectarse con su pánico, utilizo la técnica descrita en el capitulo 3. El paciente se recuesta sobre la banqueta bioenergética y emite un sonido que sostiene durante el mayor tiempo posible. Al final del sonido, tratan de sollozar. Cuando irrumpen en el sollozo, se encuentran con el temor de ahogarse en su tristeza o de verse desbordados por su desesperanza. El cuerpo, a fin de defenderse frente a estos sentimientos, intenta inhibir la respiración. Se cierra la pared del tórax y se contraen los bronquios. En este punto, el paciente siente pánico.

No obstante, la terapia no consiste en aprender a sobrellevar nada. La vida tiene que ser algo más que una cuestión de supervivencia. Necesitamos hallar algo de alegría en la vida; de lo contrario, caemos en una depresión que puede hacer que hasta la supervivencia se vuelva problemática.

En el capitulo 3, destaque la importancia que tiene hacer que un paciente llore, y demostré que no es tan fácil como creemos. En general, no se alienta a los niños a que expresen su tristeza, y a muchos les pegan cuando lloran. Como parte del entrenamiento, el labio superior se les vuelve rígido, y algunos hasta se jactan de su capacidad de no quebrantarse y llorar aunque estén sufriendo. Expresar la tristeza a través de las lagrimas y llorar es una forma de compartir los sentimientos. Independientemente de lo que digan algunos, la mayoría de las personas responden de manera positiva ante el que llora. Quizás traten de levantarle el animo, pero es raro que lo rechacen por sus lagrimas.

Pero sucede algo muy distinto cuando se trata de la desesperanza y las ganas de rendirse y abandonar todo. Somos como soldados de un ejercito desbandado que tratan de volver a casa después de una derrota, y nuestras posibilidades de sobrevivir se ven amenazadas cada vez que nuestra voluntad se debilita. “ ¡Sigue intentando, no te rindas, sigue adelante!” Esto tendría sentido si nos persiguiese el enemigo, o si tuviéramos cerca una casa segura. Sin embargo, en este mundo, en el único lugar donde podemos encontrar una verdadera seguridad es en nuestro self. La riqueza, la posición social y el poder no son la solución a un sentimiento de desesperanza e inseguridad subyacente. De hecho, el esfuerzo por superar nuestra desesperanza e inseguridad es lo que asegura la presencia constante de estos sentimientos en nuestra personalidad.

El sentimiento de pánico siempre surge cuando una fuerte onda respiratoria no puede pasar libremente a través del diafragma y llegar al vientre. Se lo impide una contracción en el músculo diafragmático, que puede resultar muy dolorosa y producir nausea. Es importante comprender esta reacción si queremos ayudar a los pacientes a respirar con profundidad. La nausea y las ganas de vomitar se producen cuando la onda respiratoria se enfrenta a la tensión en el diafragma, que actúa como un muro de piedra que hace que la onda rebote y salga en la dirección contraria de la que venia, es decir, hacia arriba. Cuando la onda pasa por el diafragma y llega al vientre, ingresa en el submundo psicológico, un mundo de oscuridad.

En la mitología, se considera que el diafragma, que tiene la forma de una cúpula, representa la superficie de la Tierra. Toda la vida comienza en la oscuridad de la Tierra o del útero antes de salir a la luz del día. La oscuridad nos produce temor porque la asociamos con la muerte, con la oscuridad de la tumba y del submundo. Es también en la oscuridad de la noche que muere nuestra conciencia y dormimos para volver a nacer a la luz del día siguiente. La entrega de la conciencia del ego produce temor a muchas personas que tienen dificultad para “entregarse” al sueño o al amor. Aquellos que no tienen miedo a la muerte en su inconsciente pueden descender al submundo psicológico del vientre y hallar la alegría y el éxtasis que les ofrece la sexualidad. Si deseamos hallar la alegría, debemos tener el coraje de enfrentar al ángel con la espada flameante que cuida la puerta al Jardín del Edén, nuestro paraíso terrenal.

La lucha produce cansancio, y la lucha por la supervivencia agota. La mayoría de las personas de nuestra cultura son sobrevivientes y, por eso, la fatiga es el síntoma más común en la población. Constituye el aspecto físico del sentimiento de depresión. Sin embargo, los sobrevivientes no pueden darse el lujo de sentirse cansados o deprimidos, ya que estarían tentados abandonar la lucha y morir. La defensa de estas personas consiste en negar la fatiga y seguir adelante, pues sienten que su supervivencia depende de eso. Como dijo una mujer: “Si me recuesto, siento que nunca me voy a levantar”. Pero hasta que no estamos listos para recostarnos, negamos la fatiga. Un viajero que corre para alcanzar el tren y lleva una valija pesada no siente el cansancio del brazo hasta que apoya la valija en el piso. En la terapia, sentirse cansado es un signo de progreso si podemos asociar ese cansancio con abandonar la lucha.

Uno de los ejercicios que uso para resolver este conflicto entre el ego y la sexualidad, se denomina arco pelviano. El paciente se recuesta sobre la cama y, tomando los tobillos con las dos manos, coloca las piernas bajo su cuerpo. Esta posición eleva la pelvis de la cama. Al mismo tiempo, se tira la cabeza hacia atrás de manera que la parte superior del cuerpo descanse sobre la parte posterior de la cabeza. Luego se ubican las manos debajo de los talones para que la persona pueda sentir la presión de los pies sobre las manos. En esta posición, la pelvis queda suspendida de manera que si la respiración es bastante profunda, comienza a moverse espontáneamente hacia arriba y hacia abajo en forma vibratoria. Ese  movimiento espontáneo depende de la carga que circula por cuerpo y llega a los pies. Todas las personas que sintieron el movimiento espontáneo de la pelvis en esta posición experimentaron un sentimiento de placer y alegría.

Una vez que la pelvis comienza a vibrar, coloco una frazada enrollada entre los muslos del paciente y le pido que la apriete lo mas fuerte que pueda para que experimente un sentimiento de posesión. Además, por lo general le sugiero que proyecte la mandíbula inferior hacia afuera, con lo cual sujetar la frazada pasa a ser un acto agresivo. A través de este ejercicio, la parte inferior del cuerpo recibe una gran carga y sus vibraciones aumentan, pero no hay excitación genital ni descarga. La carga está en toda la parte inferior del cuerpo: en la pelvis, en las piernas y en los pies. Esto da como resultado un fuerte sentimiento de posesión, que es tanto autoposesión como el derecho de poseer una pareja que nos ame. Como se señaló en el primer capitulo, la autoposesión constituye el objetivo de la terapia y el camino a la alegría.

Cuando las personas están ligadas entre si, no son libres. Al necesitar algo del otro, se vuelven dependientes. La dependencia en una relación lleva al individuo a sus experiencias de la niñez, época en la que era dependiente y vulnerable.
Para liberarlos de esta dependencia, para ayudarlos a crecer y convertirse en individuos  maduros, es necesario comprender como influye la culpa sexual cuando una persona se vuelve sumisa, es decir, cuando esta allí para los demás. La idea de que cada uno debe existir para el otro constituye un acuerdo comercial según el cual ninguno está para sí mismo. En el próximo capitulo analizaremos la forma en que opera la culpa sexual para crear un carácter neurótico.

miércoles, 25 de enero de 2017

El Gozo, parte 32


10 
El miedo a la muerte

Todos los pacientes sienten un temor consciente o inconsciente de soltar el control del ego y entregarse al cuerpo, al self, a la vida. Ese temor tiene dos aspectos: uno es el temor a la demencia y el otro es el temor a la muerte. En el capitulo 7 vimos que el temor a la demencia se origina cuando tenemos una conciencia subliminal de que demasiados sentimientos podrían desbordar el ego y traer como consecuencia la locura. Esa conciencia se relaciona con el hecho de que muchas personas casi se volvieron locas a causa de la hostilidad, el acoso, la confusión y los dobles mensajes a los que fueron sometidas durante la niñez; de la misma manera, el temor a la muerte se relaciona con una experiencia precoz en la que el niño siente que se enfrenta a la muerte, que podría morir. Esta experiencia es tan chocante para el organismo que queda congelado de terror. El niño no se muere, se recupera, pero es difícil borrar la memoria corporal, aunque se la reprima de la conciencia con el fin de sobrevivir. La memoria corporal persiste en un estado de tensión o alarma en los tejidos y órganos del cuerpo, sobre todo en la musculatura. Un organismo cuya vida estuvo amenazada no puede hacer caso omiso del peligro, ya que su supervivencia depende del reconocimiento de esa amenaza. Según el grado de peligro real, debe mantenerse en un estado de alerta o tensión, que se manifiesta en la actitud del cuerpo.

Podemos evaluar ese temor mirando el cuerpo de una persona. Si el cuerpo esta muy rígido, podemos decir que la persona esta dura de miedo. Esto no es solo una metáfora, sino la expresión literal del cuerpo. Si la rigidez o tensión está acompañada de una falta de vitalidad en el cuerpo, podemos decir que la persona está muerta de miedo. Podemos estar locos de miedo, lo que constituye el estado esquizofrénico. En otros individuos, la tensión se observa, sobre todo, en la zona del pecho, que está demasiado inflado, lo que denota un pánico subyacente. Por lo general, las personas no sienten cuan atemorizadas están a menos que se vean amenazadas por la perdida del amor o la seguridad. Sin embargo, el temor está siempre allí, debajo de la superficie, inhibiendo su entrega a la vida y al cuerpo. Son sobrevivientes que transitan por un estrecho camino entre el exceso de sentimiento, que provoca temor a la demencia, y la escasez de sentimiento, que provoca temor a la muerte. He observado que en todos los pacientes con los que he trabajado, este temor a la muerte toma la forma de una resistencia profunda e inconsciente a respirar hondo y a entregarse.

Durante todos estos años, mis pacientes me han contado que de niños tenían miedo a la muerte, miedo de morirse, temores que en general aparecían a la noche, cuando estaban solos en el cuarto o en la cama. Recuerdo que cuando estaba en la preadolescencia tenia miedo de dormirme por el temor a morir durante el sueño.¿Por que un niño tiene estos pensamientos? ¿De donde provienen? ¿Alguna vez yo había tenido alguna enfermedad que hubiera  puesto en peligro mi vida? A pesar de que solía experimentar alegría, había una tristeza en mi que puede verse en mis primeras fotos. No tuve una infancia feliz. Creo que casi nadie la tuvo.

Los niños, sobre todo los muy pequeños necesitan un amor incondicional para crecer y convertirse en adultos normales y sanos. De hecho, su supervivencia depende de una conexión de amor con un adulto. Si a los niños en una guardería se los alimenta y se los limpia, pero nadie los tiene en brazos ni juega con ellos, pueden desarrollar una depresión anaclítica y morirse. El contacto físico y placentero excita el cuerpo del niño y estimula todas las funciones, sobre todo la respiración.

Sin duda, nadie piensa que un ser humano recién nacido es capaz de sobrevivir si no se lo cuida, pero no apreciamos cuanto depende el niño de una conexión de amor con una figura materna. Cualquier ruptura de esa conexión, o la amenaza de una ruptura, produce un shock en el organismo, que tiene un efecto paralizador sobre el funcionamiento básico del cuerpo, lo que podría resultar fatal si el estado de shock es profundo y prolongado. De cualquier manera, todo shock constituye una amenaza al proceso de vida. Un ruido fuerte y repentino puede hacer que un bebe entre en shock por un momento; su cuerpo se vuelve rígido y deja de respirar. Esta reacción, conocida como el reflejo de sobresalto, está presente casi desde el nacimiento. Cuando pasa el shock, el bebe se larga a llorar y así recupera la respiración. A medida que el bebe crece, el organismo se fortalece y no entra en shock a causa del sonido con tanta facilidad, pero aún los adultos pueden sobresaltarse debido a un ruido fuerte y repentino y entrar momentáneamente en estado de shock.

El grito de un progenitor tiene un fuerte efecto negativo en el cuerpo de un niño pequeño. Podemos ver cuando un niño sufre un shock, puesto que el cuerpo se vuelve rígido y luego se derrumba en sollozos. Si se le grita muy seguido, el niño no reacciona, ya que se adapta al estrés manteniendo el estado de rigidez y tensión. Ya no entra en shock, pues se encuentra en un estado de shock permanente, algo que notamos porque no respira con soltura y facilidad. En este caso, el shock no es solo la consecuencia del sonido, sino de la amenaza que se cierne sobre su conexión de amor con la madre. Una mirada enojada u hostil, un gesto frío, o las palabras “Mama no te quiere más” pueden tener este mismo efecto. Los castigos físicos, como sopapos, golpes o palizas que recibe un niño son experiencias traumáticas que hacen que el organismo entre en shock porque el ego no está lo suficientemente desarrollado como para que el niño comprenda que una acción dolorosa por parte del progenitor no constituye una negación definitiva del amor. Reacciona como si su vida estuviera amenazada. En nuestra cultura, el numero de shocks que recibe un niño común es muy alto, y algunos sucumben al trato destructivo que reciben por parte de los padres.

Algunos padres son malignos, pero la mayoría oscila entre el amor y la hostilidad. A una explosión de ira la puede seguir una expresión de amor que tranquilice al niño y le devuelva la esperanza de que la conexión de amor con el progenitor esté segura. A medida que el niño sobrevive y crece, hará todo lo que sea necesario para mantener una conexión aún si eso implica entregar el self, pero una conexión basada en el sumisión nunca está segura pues el niño tratará de rebelarse, y el progenitor mantendrá viva la amenaza. Ningún progenitor confía por completo en un hijo sumiso, ya que sabe que debajo de la sumisión hay odio. Y el niño, en lo profundo de su ser, sabe que es odiado. A fin de sobrevivir, debe negar esta realidad, es decir, la amenaza. a su vida, el temor a la muerte, y la sensación de vulnerabilidad; también ,debe esforzarse para mantener la conexión con su progenitor, de la que necesita para vivir. Esto se convierte en la gran lucha que el individuo librará como niño o adulto durante toda su vida, puesto que este modelo de comportamiento se estructura en su personalidad y en su cuerpo como una actitud caracterológica.

Lo que vemos estructurado en el cuerpo es el estado de shock que se manifiesta en la inhibición de la respiración. Por fuera, el individuo no parece encontrarse en estado de shock. Los demás creen que funciona normalmente, la respiración parece regular y sin dificultad, pero esto se debe a que la respiración, la vida, es poco profunda y se da en la superficie. El estado de shock existe a un nivel más profundo, en el inconsciente reprimido, en la pérdida de la pasión, en el temor a la entrega y en la tensión y rigidez del cuerpo, como veremos a lo largo de este capitulo.

Entregarse al cuerpo implica tan solo permitirle que respire con soltura y facilidad. El temor a la entrega está relacionado con la contención de la respiración. Podemos impedir la respiración normal restringiendo la inspiración, es decir la entrada del aire, o la espiración, en cuyo caso no permitimos que el aire salga por completo. Esto limita la cantidad de oxigeno que absorbe el cuerpo, lo que reduce la actividad metabólica y la energía, y hace que disminuya la sensibilidad. La restricción de la inspiración se da en las personalidades esquizofrénicas o esquizoides, donde está relacionada con un terror subyacente, cuyo efecto consiste en paralizar toda acción. Por el contrario, el individuo neurótico tiene dificultad para permitir que el aire salga por completo. El temor que impide la espiración completa es el pánico, cuya diferencia con el terror consiste en que el individuo que siente pánico busca huir del peligro, mientras que el individuo que siente terror queda congelado.

Estas distinciones son importantes para comprender los miedos que impiden la entrega al cuerpo. El terror inhibe cualquier  tipo de acción agresiva y, como la inhalación es un acto agresivo en el que el organismo absorbe aire, la fuerza de ese acto constituye un buen indicador de la capacidad de agresión del organismo; es decir, de la capacidad de esforzarse por obtener lo que necesita y quiere. Por el contrario, la exhalación es una acción pasiva, es soltarse, relajar las contracciones musculares que inflan el pecho. El temor a soltarse hace que el adulto neurótico se aferre a los demás como se aferraba a su madre durante la niñez.

El niño pequeño se aferra a su madre, al cuerpo y la ropa de su madre, ya que ella constituye su seguridad básica. Más tarde, a medida que el niño crece y se fortalece, el deseo de ser independiente y de mantenerse por sí mismo se vuelve dominante. La seguridad que representa la madre es reemplazada por una sensación de seguridad que surge del self y del propio cuerpo, pero la seguridad en el self se desarrolla de acuerdo con el grado de seguridad que el niño haya sentido en la conexión con su madre. Cada vez que esa conexión se ve amenazada, el cuerpo del niño se contrae y la respiración resulta afectada; se reactiva la necesidad de la madre y aumenta la dependencia

El síndrome de pánico es una enfermedad neurótica reconocida e incluye a las personas que no pueden salir solas de sus casas sin experimentar un pánico intenso. Para comprender por que una persona siente pánico cuando se encuentra sola fuera de su casa, debemos reconocer que esa persona siente que se encuentra en una situación en la que su vida corre peligro. Esa sensación es irracional; por lo tanto, debemos presumir que evoca un recuerdo grabado en el cuerpo de una situación de la niñez en la que su vida estuvo en peligro. Quizás la situación más común sea la respuesta negativa de una madre al llanto de su hijo. Cuando un niño llora, está llamando a su madre porque la necesita. Si ella no responde, por cualquier motivo, el niño siente que pierde a su madre, lo que constituye una amenaza a su vida. En su desesperación, la necesidad lo lleva a llorar cada vez más fuerte, y durante más tiempo. Ese llanto consume las energías del niño, quién de repente puede verse en un estado de pánico; respira con dificultad y no puede recuperar el aire. A fin de salvar su vida, el cuerpo corta el llanto conteniendo la respiración para conseguir el control. Cuando esto sucede, la sensación de que la muerte está acechando desaparece temporalmente. El niño se duerme del cansancio, y a medida que pasa el tiempo, se reprime la memoria de esta experiencia, aunque el cuerpo no la olvida.

Una sola experiencia no lleva a la neurosis. Por desgracia, es cierto que muchos niños en nuestra cultura no solo sufren la falta del cuidado y apoyo que les permitiría crecer y convertirse en adultos maduros e independientes, sino que a menudo sus padres los amenazan con castigarlos por actos inocentes. La mayoría de los padres crecieron en hogares en los que, a su vez, uno de los padres, o ambos, tenia comportamientos violentos. Al carecer de estabilidad y seguridad interior, muchos padres actúan su frustración y su ira sobre sus hijos, que viven bajo la amenaza constante de perder el amor y en un estado de temor permanente que se manifiesta en los numerosos trastornos emocionales y físicos que sufren. Es natural que lo único que conozcan sea la lucha por la supervivencia.

miércoles, 18 de enero de 2017

El Gozo, parte 31

Capítulo 9 (continuación)

El hecho de que el comportamiento esté bajo control consciente no quita que sea espontáneo. No pensamos como caminar, comer o escribir; no obstante, sabemos conscientemente lo que estamos haciendo y podemos controlar en forma consciente nuestras acciones. Si tenemos temor a soltar el control, no podemos controlar el comportamiento en forma consciente. Esto puede parecer contradictorio pero no lo es. El temor produce un efecto paralizante en el cuerpo que, al debilitar la espontaneidad de una acción, la vuelve torpe. El conflicto entre el impulso de replegarse y el impulso de actuar obstaculiza el control consciente, lo cual refuerza el temor. Por supuesto que el temor tiene razones históricas. Si de niño uno sintió una ira asesina, es lógico que crea que cualquier expresión de ese sentimiento puede traerle aparejada una fuerte paliza del padre o madre. En esta situación, la única opción que le queda al niño es inhibir la acción y suprimir el sentimiento, pero ésta supresión fija a la persona en el nivel de la niñez. El pasado queda congelado en la personalidad, aunque está potencialmente activo. Es posible que el paciente siga temiendo las consecuencias de expresar una ira intensa, aún en la situación terapéutica, donde no hay ningún peligro.

Existe otro elemento del soltarse que también se relaciona con las experiencias infantiles. Los niños tienen una tendencia a equiparar un sentimiento con su acción. Los deseos y los sentimientos son fuerzas potentes. Un niño es capaz de equiparar el deseo de que una persona se muera con el acto de matarla. También cree que los sentimientos son duraderos. Los adultos saben por experiencia que los sentimientos cambian como el clima...y aun más rápido. Según las circunstancias cambiantes de la vida, la ira se puede transformar en afecto, el amor en odio. Los niños, que viven totalmente en el presente, no piensan en términos de futuro y, por lo tanto, no tienen una concepción del cambio. Si sienten un dolor creen que va a durar para siempre; por eso suelen preguntar: “¿Cuando se me va a pasar?”. Con los sentimientos sucede lo mismo. El niño piensa: “Si estoy enojado contigo, siempre voy a estar enojado contigo. Si te odio, te voy a odiar siempre”. Existe otra concepción, relacionada con ésta por la cual se equiparan los pensamientos con las acciones. La idea de matar a alguien es equivalente al acto de matarlo. El ego de un niño pequeño no es capaz de distinguir con facilidad el pensamiento, el sentimiento y la acción, lo cual se le vuelve posible cuando adquiere conciencia de sí y su ego reconoce que ejerce un control consciente sobre el comportamiento.

Es imposible utilizar la terapia analítica en niños pequeños porque carecen de la objetividad necesaria para que el proceso terapéutico funcione. Sin embargo, muchos adultos también carecen de objetividad debido a que quedaron fijados emocionalmente en un nivel infantil, lo cual debilita su ego y su capacidad para distinguir con claridad los pensamientos, los sentimientos y las acciones. El adulto tiene la posibilidad de saber que aunque su ira sea lo suficientemente intensa como para matar, no la actuará, pues seria inapropiado o imprudente. La tendencia a actuar se origina en un componente infantil de la personalidad. Así, el hecho de que podamos tener y expresar un sentimiento de furia asesina sin actuarlo ni intentar actuarlo constituye un signo de adultez. El ejercicio anterior les brinda a los pacientes la oportunidad de experimentar y desarrollar el control consciente que les permitiría transformarse en adultos, lo que son en realidad, y actuar como tales. Otro de los aspectos importantes de este ejercicio es la relación entre la voz y los ojos. Muchos individuos, cuando hacen este ejercicio, gritan en voz muy fuerte: “¡Te voy a matar!”, pero sus ojos no reflejan ira. Si se pone demasiado énfasis en la voz, la carga de los ojos disminuye. La expresión de ira queda limitada a la voz a expensas de los ojos. Esta reacción es más infantil, pues los bebés y los niños utilizan principalmente la voz para expresar sus sentimientos; los adultos, en cambio se valen sobre todo de los ojos. Así, la ira de los adultos es más temible cuando el tono de voz es tranquilo pero los ojos echan chispas. Esto es una extensión de la filosofía de Theodore Roosevelt: “Hablad con suavidad pero llevad un gran garrote.”

Es preciso destacar que si bien los ejercicios antes descritos disminuyen el temor a entregarse al cuerpo, es necesario complementarlos con otros que expresen ira. La sensibilidad del terapeuta con respecto al problema del paciente le permitirá elegir el ejercicio apropiado.
La liberación del impulso en la terapia es relativamente sencilla. Les entrego a los pacientes una toalla enrollada que pueden retorcer con la fuerza que quieran. Al mismo tiempo,  los aliento a expresar sus sentimientos con palabras, para lo cual se utilizan frases como “¡Callate!, ¡No aguanto tu voz!, ¡Te estrangularia!”. Este ejercicio le brinda al paciente una sensación de poder que lo ayuda a superar los sentimientos de desamparo y los propios de su condición de victima.

Otra expresión importante de la ira es el acto de morder. Es la acción que los adultos más desaprueban en los niños; un niño que le pega a otro u a uno de sus padres es un niño malo, pero un niño que muerde es un monstruo. Sin embargo, morder es algo tan natural en los seres humanos como en los animales. Yo jamás fomentaría esta acción en un niño pero, por otro lado, si un niño mordiera no lo atacaría como si fuera una bestia peligrosa. El temor a morder puede crear una tensión enorme en los músculos de la mandíbula y debilitar la salud emocional del individuo. Este bloqueo a la expresión de la agresión es más evidente en los individuos que tienen la mandíbula retraída.

En la mayoría de los casos, les resulta difícil proyectar la mandíbula hacia adelante, movimiento necesario para expresar la ira. Sin embargo, si la mandíbula está trabada hacia adelante, también bloquea la expresión de la agresión, dado que está inmóvil. Es imposible morder con la mandíbula inmovilizada. Asimismo, es imposible aferrarse con los dientes a la vida. Para liberar la mandíbula es necesario eliminar el temor a morder. Cuando percibo que un individuo tiene este temor, le ofrezco una parte carnosa de mi mano y le digo que muerda. La mayoría me contesta: “Tengo miedo de lastimarlo”. Como soy yo el que debería tener miedo, esta reacción indica que los pacientes no se deciden a morder porque le temen a su impulso inconsciente de morderme. Solo en una o dos oportunidades me mordieron con fuerza y me dolió; cuando eso sucede les digo: “Esta bien. Ya veo que puedes morder”. Ellos se detienen y me sonríen, como diciendo: “.Acaso pensó que no podía?”. Nadie me mordió con tanta fuerza como para lastimarme la piel porque los individuos que no tienen temor de morder poseen control consciente sobre la fuerza de la mordida.

Algunas personas pueden llegar a tener las mandíbulas tan tensionadas que hacen rechinar los dientes mientras duermen. Esta tensión también es responsable, como ya mencioné, de la disfunción temporomandibular, que se traduce en dolores en la articulación y dificultades para abrir bien la boca. El mejor ejercicio para aliviar esta tensión es morder una toalla enrollada que el paciente sostiene con las dos manos. Es bueno alentarlo a que gruña mientras muerde la toalla para que se identifique más con su naturaleza animal, que es su cuerpo. El sentimiento de alegría pertenece al mundo animal y no al mundo de los intelectuales civilizados, que viven en gran medida en su cabeza. Por desgracia, la civilización sumamente técnica de los tiempos modernos exige un alto grado de sofisticación, agudeza mental y control, lo cual nos impide experimentar la alegría de entregarnos al cuerpo; pero si no podemos confiar en nuestros sentimientos, perdemos contacto con la vida interior del cuerpo, la única capaz de darle riqueza y sentido a la vida.

El otro sentimiento fuerte relacionado con el temor a la demencia es la sexualidad. Podemos dejamos llevar por una intensa pasión sexual de la misma forma que por una ira intensa. Una persona puede estar locamente enamorada o enloquecer porque su amor fue traicionado, pero en los individuos sanos ambos sentimientos son egosintónicos y pueden contenerse. La contención le permite al individuo expresar los sentimientos en forma positiva y constructiva, pero solo se logra si los acepta plenamente. La actuación sexual  airada deriva del temor a no poder contener la excitación de ese sentimiento intenso, a no soportarla. Hay que hacer algo para descargar la excitación: estallar, mantener relaciones sexuales o ambas cosas. Ese comportamiento no es un signo de pasión sino de temor: el temor a la demencia, que es el mismo que el temor a la intimidad. Demasiada intimidad asusta porque aparece el fantasma de que el otro nos posea como nos poseyó el padre/madre seductor. Lo que vuelve loco al niño es el doble mensaje: seducción y rechazo, amor y odio.

La contención de un sentimiento fuerte, ya sea de amor, ira, tristeza o dolor, es un signo de que el individuo posee una naturaleza apasionada. Contener es lo contrario de “soportar”. Aprendemos a soportar situaciones dolorosas o perturbadoras cercenando los sentimientos. En el caso de la contención, aceptamos el sentimiento y lo integramos a la personalidad; y esto les cuesta mucho a aquellas personas cuya personalidad está condicionada por la supervivencia, puesto que la supervivencia depende de la supresión del sentimiento. ¿Como hace uno para adquirir contención cuando la mayor parte de su vida ha sido un sobreviviente? En este capítulo describí varios ejercicios que ayudan al individuo a aceptar un fuerte sentimiento de ira. ¿Qué se puede hacer con respecto a los sentimientos sexuales?

La respuesta puede resultar sorprendente, a menos que sepamos que los sentimientos sexuales fuertes son mas fáciles de contener que los débiles. Esto se explica porque la persona que tiene sentimientos sexuales fuertes posee un mayor sentido del self y un ego más fuerte, que le dan contención. Sin embargo, la mayoría de los pacientes no entra dentro de esta categoría; por lo tanto, gran parte del trabajo terapéutico tiene como objetivo aumentar el sentimiento sexual del paciente. A tal fin, se lo hace respirar profundamente, hasta que el aire llegue al suelo pélvico, donde están los sentimientos sexuales. El principal mecanismo para lograrlo es el llanto profundo, pero también se lo fomenta ayudando al paciente a que esté más enraizado mediante ejercicios que movilicen las sensaciones de sus piernas.

Todos los ejercicios descritos son útiles. Es fundamental quitarle al paciente  la culpa que siente con respecto los sentimientos sexuales; esta es la parte medular del proceso analítico. A medida que los sentimientos sexuales de un paciente se vuelven más fuertes, asoman en sus ojos, puesto que ambos extremos del cuerpo adquieren más vida y entusiasmo. Los ojos brillantes son un signo de la presencia de sentimientos sexuales fuertes. Entonces puede practicarse el ejercicio de mantener esa carga en los ojos mientras están en contacto con los del terapeuta o los de otras personas con las que se interactúa. No es fácil lograrlo porque la mayoría de las personas sienten vergüenza y temor de revelar sus  sentimientos sexuales, sobre todo quienes sufrieron abusos sexuales. Es fundamental que el terapeuta acepte los sentimientos sexuales del paciente pero sin involucrarse, pues de lo contrario violaría la relación terapéutica.

El próximo paso es lógico. Se debe aconsejar al paciente que no tenga relaciones sexuales si no existe un fuerte sentimiento de amor entre ambas partes. El hecho de controlar conscientemente los sentimientos sexuales estimula la contención y aumenta la fuerza del ego. Si el sentimiento es fuerte, la masturbación proporciona una salida apropiada. El control consciente de un sentimiento fuerte es lo que identifica a los individuos maduros que poseen o han adquirido dominio de sí gracias a la terapia. Los individuos con esta característica no temen que la expresión de un sentimiento fuerte los haga parecer o sentirse locos.

Para entender cabalmente el temor a la demencia presente en tantas personas necesitamos darnos cuenta de la manera en que nuestra cultura contribuye a enloquecernos. Vivimos en una cultura hiperactiva que sobreexcita y sobrestimula a todos los que están expuestos a ella. Hay demasiado movimiento, demasiado ruido y demasiado sonido, demasiadas cosas y demasiada suciedad. Hace poco, en la tapa de la revista New Yorker apareció la foto de un hombre aturdido que se tapaba los oídos y gritaba: “El ruido me esta volviendo loco”. Es posible sobrevivir sin volverse literalmente loco, pero para eso hay que adormecer los sentidos y así no oír el ruido, ni ver la suciedad, ni percibir el continuo movimiento. Sin embargo, en los hogares actuales se desarrolla una hiperactividad similar con los televisores, los automóviles y los artefactos electrodomésticos. En esta cultura es imposible ir mas despacio o calmarse. La hiperactividad se nutre de la misma frustración que impulsa al niño hiperactivo; es decir, de la incapacidad de permanecer en contacto con el núcleo profundo e interno del propio ser, el alma o espíritu. La nuestra es una cultura dirigida hacia afuera, puesto que tratamos de encontrar el sentida de la vida en la sensación y no en el sentimiento; en el  hacer y no en el ser, en poseer cosas y no en el propio self. Es una locura y  nos vuelve locos, porque nos cercena de nuestras raíces, que se hallan en la naturaleza, el suelo que nos sostiene, la realidad.

Sin embargo, creo que el peor elemento de nuestra cultura es que hace demasiado hincapié en la sexualidad y la explota. Estamos constantemente expuestos a imágenes sexuales, lo cual es excitante pero también produce frustración puesto que no hay posibilidades de descarga inmediata. Esta sobrestimulación sexual nos obliga a cercenar los sentimientos sexuales para no sentirnos abrumados y perder el control; pero como el sentimiento es la vida del cuerpo, el individuo neurótico que suprimió sus sentimientos sexuales se ve impulsado a actuar sexualmente buscando excitación y sentimientos. En general esta actitud se traduce en violaciones, abusos de niños o pornografía. No podemos tratar este problema con sermones o enseñanzas morales, ya que procede de una perdida del contacto con la naturaleza y con nuestra verdadera naturaleza: la vida del cuerpo. 

martes, 10 de enero de 2017

El Gozo, parte 30


Capítulo 9 (continuación)

La otra terapia basada en el grito fue crea da por Daniel Casriel con el objeto de utilizarla en grupos. Según Casriel, “los gritos pueden liberar las emociones reprimidas desde la niñez y la libertad de esa liberación es capaz de producir importantes cambios positivos en la personalidad”. Además de gritar, hablamos sobre nuestra vida, nuestros problemas, esperanzas y sueños, Pero, tal como lo aprendió Casriel, el problema que subyace en las personas es “la anatematización de emociones básicas y la encapsulación de los sentimientos detrás de un escudo defensivo que, al ser demasiado duro, no se puede penetrar en las situaciones propias de la psicoterapia tradicional”.

El acto de gritar, tal como se lo utiliza en esos ejercicios, tiene un valor catártico, pues libera parte de la tensión, pero no creo que tenga mucho valor terapéutico ya que no se enfrenta con el temor subyacente de volverse loco. Esta forma de expresar la ira no compromete a todo el cuerpo y está lejos de la furia asesina que yace en lo profundo de la personalidad de muchas personas.

Yo utilizo el ejercicio de patear acostado en la cama mientras se grita: “¡Me estás volviendo loco!”, ejercicio que constituye una expresión de sentimiento más integral y en la que participa todo el cuerpo. También pueden utilizarse las frases “ ¡Déjame en paz!” o “!Quiero ser libre!” El sonido debería elevarse hasta convertirse en un grito pleno. Si el paciente puede abandonarse por completo al ejercicio, su cabeza se moverá hacia arriba y hacia abajo al compás del movimiento de las piernas y su voz se volverá fuerte y clara. Entonces, experimentará una sensación de libertad, placer y alegría, que surge de la entrega a un sentimiento fuerte. La mayoría de los pacientes necesitan mucha practica para poder entregarse con tanta plenitud, pero cada vez que realizan el ejercicio su ego se fortalece un poco más.

Utilizo con regularidad el ejercicio de la patada puesto que muchos de los pacientes que se desenvuelven normalmente en situaciones cotidianas tienen cierto temor a volverse locos si renuncian a su control y se entregan a sus sentimientos. Este ejercicio brinda al paciente la oportunidad de explorar la renuncia al control y de fortalecer el ego lo necesario para entregarse al cuerpo y sus sentimientos. Es extraño, pero nunca vi que alguno de mis pacientes perdiera totalmente el control. Todos estaban conscientes de lo que hacían y solo se permitían llegar en su entrega hasta un punto que pudieran manejar. Sin embargo, la practica continua permite que el ego se fortalezca de tal manera que cada vez resulta mas fácil soltarse.

No creo que el dialogo racional pueda contribuir en forma significativa a que una persona pierda el temor de volverse loco, ya que el temor está estructurado en tensiones musculares crónicas, específicamente en los músculos que conectan la cabeza con el cuello y controlan los movimientos de la cabeza. Es posible palpar la tensión de esos músculos y reducirla un poco con masajes y manipulación, pero la única manera de lograr una liberación significativa que influya en el comportamiento es que la persona enfrente su temor y descubra que no guarda relación con su vida actual. Era valido en su niñez, cuando su ego no tenia la fuerza suficiente como para enfrentarse a los peligros que se le presentaban, pero ya no es un niño y, si su ego es débil, es porque el temor, representado por la tensión en la base del cráneo, lo dejo encerrado en su lucha infantil. En el ejercicio antes mencionado se reduce la tensión porque la patada impulsa a la cabeza para que se mueva de atrás para adelante cuando uno se abandona al ejercicio y a los sentimientos que produce.

 La acción de golpearse la cabeza, característica de los niños, cumple un propósito similar. Los niños que se encuentran en una situación de dolor persistente que no pueden cambiar, evitar ni tolerar, se golpean la cabeza contra una cama o a veces contra una pared, a fin de aliviar la tensión dolorosa, que se acumula en el punto donde el cuello se une con la cabeza. Son demasiado pequeños para comprender el motivo que los obliga a actuar de esta manera y, la mayoría de las veces, sus padres son tan insensibles que no pueden ver ni entender su estado. Sin embargo, yo se lo intensa que es la presión que lleva al niño a actuar de una manera en apariencia tan autodestructiva. Seguramente sienten que es la única forma de aliviar esa presión que los está volviendo locos.

Esta tensión localizada en la base del cráneo es también la causante de los dolores de cabeza que tantas personas sufren comúnmente y que aparecen cuando una onda de excitación, que puede ser un impulso de ira, asciende por la espalda y queda allí bloqueada, lo que hace que la tensión en la nuca sea más intensa y se extienda hasta la parte superior de la cabeza, como una tapa que impide que brote el impulso; a medida que la presión aumenta bajo la tapa, la persona empieza a sentir dolor de cabeza. Como el impulso queda bloqueado y no puede expresarse (es decir, suprimido), la persona nunca llega a ser consciente de él, de que está enojada y de que, al suprimir el impulso de la ira, ha creado la tensión que le causa el dolor de cabeza. Si el impulso de la ira es muy fuerte no se producen dolores de cabeza, ya que esos impulsos son difíciles de suprimir. Los dolores de cabeza provocados por tensión suelen persistir después de que el impulso disminuyo. Los músculos se relajan con mucha lentitud y continúan doloridos debido a la tensión. Muchas veces puedo frenar el dolor de cabeza masajeando y manipulando suavemente estos músculos, algo semejante a desenroscar una tapa apretada.

Uno de los ejercicios que utilizo para que el paciente le pierda temor a su furia ya fue descrito en el capitulo 5 y volveré a repetirlo aquí por su relación con el temor a la demencia.
El paciente se sienta frente a mi en una silla situada a alrededor de 90 centímetros de la mía. Ya le expliqué que es un ejercicio para movilizar la ira. Con ese objetivo, cierra los puños y los levanta frente a mi. Entonces le pido que proyecte la mandíbula inferior, muestre los clientes y, al mismo tiempo, abra muy bien los ojos para mirarme; que agite los puños amenazándome, sacuda levemente la cabeza y diga: “ !Te mataría! . Lo mas difícil del ejercicio es que mantenga los ojos bien abiertos. En genera!, al tener los ojos bien abiertos asoma un elemento de temor y el paciente los cierra. Si siente el temor, no puede sentir la ira. Los ojos bien abiertos producen un efecto especial. La mirada enfoca en menor medida la realidad inmediata y ello permiten que emerja la propia de la demencia. En casi todos los casos el rostro del paciente adopta una expresión demoníaca: de sus ojos brota una ira intensa, que el paciente puede sentir y con la que puede identificarse.

El ejercicio entero no lleva más de uno o dos minutos. Una vez que el paciente siente la ira, le pido que baje los puños y se relaje, pero que no deje que la ira se vaya de sus ojos. Si la mantiene allí, incorpora este sentimiento fuerte a su ego y puede controlarlo en forma consciente, con lo cual ya no teme sentir la intensidad de su ira. El control consciente se manifiesta en la capacidad de la persona para adoptar en forma deliberada una mirada enojada. Así como es posible expresar temor con los ojos adoptando una mirada temerosa — con los ojos y la boca bien abiertos — también es posible expresar ira adoptando una mirada enojada. Muchos no pueden hacerlo a voluntad pues no controlan por completo los músculos faciales, incluidos los que rodean el ojo. Perdieron esta capacidad natural porque de niños tenían miedo de poner cara de enojados frente a sus padres.

No es inusual que en este ejercicio el paciente se sienta desbordado por su ira y ataque al terapeuta. Esto es algo que nunca me sucedió pese a que utilice este ejercicio cientos de veces, pero reconozco la posibilidad de que suceda y controlo el ejercicio. El paciente debe permanecer sentado durante el mismo. Si hace algún ademán de levantarse de la silla, interrumpo el ejercicio. Por supuesto que, además, me mantengo fuera del alcance del paciente. Sin embargo, aún adoptando todas estas medidas de seguridad, no haría el ejercicio con un paciente que tuviera tendencia a perder contacto con la realidad o algún grado de psicosis. Tal vez la medida de seguridad más importante sea el hecho de que no le tengo miedo a la ira del paciente.

Si sus ojos expresan ira con claridad, significa que una fuerte carga energética paso por el cuerpo y entró en los ojos. Cuando  se trata de la ira, la excitación fluye por la espalda hacia arriba, hasta la parte superior de la cabeza y entra en los ojos, como describí en un capitulo anterior. Cuando movilizo con fuerza esa expresión en mis ojos, siento que los pelos de la parte superior de la espalda y de la cabeza se me ponen de punta, se  puede observar el mismo fenómeno en un perro cuando se eriza de rabia. Esta carga es importante para los ojos porque los pone  claramente en foco y mejora la visión. Como vimos, en el caso del temor se da el movimiento opuesto: la energía se retira de los ojos. Los individuos atemorizados suelen sentirse confundidos debido a que tienen dificultades para enfocar; tales dificultades desaparecen con este ejercicio. Sin embargo, no debe esperarse que el hecho de practicar estos u otros ejercicios bioenergéticos cambie el patrón de temor de toda una vida. Es necesario integrar el sentimiento de ira a la personalidad para que su expresión sea fácil, natural y adecuada a la situación; entonces esa expresión ocurrirá en forma espontánea cuando surja la necesidad. 

martes, 3 de enero de 2017

El Gozo, parte 29


Capítulo 9 (continuación)

El individuo que sufre un colapso nervioso queda confundido y no sabe quien es, donde se encuentra ni que está sucediendo. Perder los limites del self implica perder el sentido de la realidad; es una pérdida de la conciencia de nuestro verdadero self. Esta es una experiencia que, en si misma, produce temor. La persona se encuentra desorientada y despersonalizada; en el estado de despersonalizacion, el individuo no es consciente de su cuerpo pero el temor desaparece.
Al disociarse la mente del cuerpo, que es la división que tiene lugar en los casos de esquizofrenia, se cercena toda percepción de los sentimientos.

El temor a la demencia esta ligado al proceso, y no al estado de disociación, al igual que el temor a la muerte es en realidad el temor a morirse, y no a estar muerto. Lo que produce temor es el proceso de abandonar el control del ego.
Y, sin embargo, es lo que buscamos en lo profundo de nuestro ser, puesto que constituye la base para experimentar alegría. Muchos ritos religiosos incluyen practicas que producen en un individuo un estado de excitación desbordante y hacen que trascienda los limites de su self. En una ceremonia vudú que presencie en Haití hace muchos años, esto se lograba bailando al ritmo continuo de dos tambores. El joven que bailó con esa música durante casi dos horas termino en un estado de trance en el que ya no tenia pleno control de su cuerpo.

Yo experimente en ciertas oportunidades una excitación abrumadora que me transporto y cambio mi sentido de la realidad. Recuerdo que de niño me deleitaba tanto con las luces, la música y la actividad general de un parque de diversiones que me parecía que estaba en un mundo mágico. Otra vez me reí tanto durante un juego que perdí la cuenta de si estaba despierto o dormido. Y una vez tuve un orgasmo tan intenso que me sentí fuera de este mundo. No tuve miedo en ninguna de estas ocasiones; de otro modo, estas experiencias jamás habrían tenido lugar y, de hecho, fueron sumamente placenteras y gozosas hasta el éxtasis.

Existe un mundo de diferencia entre la locura que es pasión (la pasión divina) y la locura que es demencia. En la primera situación, la excitación es placentera y permite que el ego se expanda hasta que, en el momento final, se lo trasciende; Pero aún en este momento, la trascendencia no es ajena al ego, puesto que es natural y es un signo de vida. Constituye una entrega a la vida más profunda del self, la vida que opera en el nivel inconsciente. Los niños no tienen miedo de perder el control del ego. De hecho, les encanta. Suelen dar vueltas hasta que se marean y caen al piso riéndose de placer. Sin embargo, en estos casos, soltar el control es un acto libre que se lleva a cabo sin presiones. La falta de control del ego es natural en los niños muy pequeños. Estos niños nunca tuvieron este control ni supieron lo que es; al igual que los animales, se guían por sus sentimientos y no por el pensamiento consciente.

A medida que vamos creciendo y se desarrolla nuestro ego, nos convertimos en individuos conscientes de nosotros mismos y comenzamos a pensar en nuestros actos. La imposición de un control consciente permite que la persona adapte su comportamiento para lograr objetivos mayores y más lejanos que la satisfacción de las necesidades inmediatas. Sin embargo, cuando actuamos de acuerdo con nuestros pensamientos e ideas, no somos espontáneos, lo que elimina la alegría y reduce el placer que puede provocar una acción. Como esto se hace con el fin de obtener un placer mayor en el futuro, constituye un modo de reacción sano y natural; se convierte en una pauta neurótica cuando el control se vuelve inconsciente y arbitrario, y no se lo puede entregar.

El control consciente se puede entregar en el momento apropiado; no sucede lo propio con el control inconsciente, puesto que uno no se percata ya sea del control mismo, o de sus mecanismos y dinámica. El control inconsciente afecta a muchos individuos, a los que les resulta muy difícil expresar sus sentimientos o hacer valer sus deseos. Tienden a ser pasivos y a hacer lo que se les ordena. Aún cuando, si se esfuerzan, logran decir “No”, la voz les sale débil y su expresión carece de convicción. Su capacidad de autoafirmación se ve obstaculizada por tensiones musculares crónicas en la garganta, que ahogan el sonido, y en el pecho, que restringen la respiración, lo que reduce la cantidad de aire que circula por las cuerdas vocales.

Podría decirse que el individuo está inhibido, que no se anima a exigir nada por si mismo. En general, la persona es consciente de esta inhibición, pero no esta en condiciones de liberarla ya que no comprende la razón de esa inhibición ni percibe las tensiones que la constituyen. Se puede tratar el problema por medio de la terapia. 249

Prácticamente cualquier persona puede perder la cordura si se la presiona lo suficiente como para quebrantar su ego. Por otro lado, una carga energética que crece gradualmente podría fortalecer el ego si el individuo cuenta con el apoyo de un terapeuta que le proporcione el control que el paciente abandona.
Cuando la excitación y la tensión que produce llega a un punto demasiado alto, el cuerpo reacciona espontáneamente para descargarla por medio del gritos El grito es un sonido agudo que aumenta en altura e intensidad hasta que llega a un clímax. En el grito, a diferencia del llanto, la onda de excitación fluye hacia arriba y llega a la cabeza, mientras que en el llanto la onda fluye hacia abajo y llega al vientre. El sonido que produce el llanto es grave, a diferencia del que produce el grito. Al llorar, descargamos el dolor de la soledad y la tristeza, buscamos contacto y comprensión. Al gritar, descargamos el dolor producido por una excitación intensa, que puede ser positiva o negativa. Los niños gritan deleitados cuando el entusiasmo placentero es muy grande, o gritan con temor cuando sienten dolor. El grito funciona como una válvula de seguridad gracias a la cual se evacua una excitación que, si no se liberara, podría hacer estallar la mente del individuo. Los pacientes siempre se sienten mas tranquilos y abiertos después de gritar.

Y así como todos tenemos alguna razón para llorar (por ejemplo, la falta de alegría en nuestra vida), también tenemos razones para gritar. Para la mayoría de las personas, la lucha por sobrevivir es demasiado intensa, demasiado dolorosa y cansada, pero la toleramos porque tenemos miedo de sentir un gran deseo de gritar “¡No soporto mas!”. Tenemos miedo de que eso haga estallar nuestra mente, cuando en realidad puede salvarla.

Hace unos años, describí en un programa de radio el valor de gritar; uno de los oyentes llamó para decir que había estado usando esa técnica de liberación en forma regular mientras se dirigía en auto a su casa al final del día. Contó que era un viajante de comercio y que a las cinco de la tarde ya se sentía cansado y tenso. Gritar en el auto mientras iba por la ruta le permitía descargar las tensiones y, así, cuando llegaba a su casa, estaba relajado y de buen humor. A partir de entonces, he oído historias similares. Si las ventanillas del auto están cerradas, nadie oirá el grito. El ruido del auto y del transito sofocan los demás sonidos. Se lo recomiendo a los pacientes que necesitan gritar pero están inhibidos por el temor de que los oigan. Podríamos gritar con la cara en la almohada, lo que sirve de ayuda, pero para soltarnos por completo, necesitamos sentirnos libres. Mi consultorio en Nueva York es a prueba de ruidos.

Hace muchos años, traté a una mujer que se sentía desconectada de la vida. Había estado casada muy poco tiempo con un hombre agradable que murió ante sus ojos en un accidente de avión. Ella estaba mirando el avión privado en el que iba su marido mientras se acercaba para aterrizar, cuando de repente el avión se descontrolo y se estrello. Seguramente esto le produjo un shock, pues dio media vuelta y se fue caminando sin llorar ni emitir ningún sonido. Me di cuenta de que ella había bloqueado el grito que una experiencia como esa debió de haber provocado. Mientras estaba acostada en la cama, le pedí que intentara gritar. Su garganta congelada solo emitió un sonido grave. Para que soltara el grito, coloque dos dedos sobre los músculos escalenos anteriores en los costados del cuello, que estaban muy apretados y constreñían la garganta; cuando ejercí presión sobre estos músculos, broto un grito que ella no pudo controlar. Siguió gritando después de que retiré los dedos. Luego, al ceder los gritos, rompió en un sollozo profundo que duro un rato. Después de llorar, dijo que sentía que había recuperado la vida. En un año volvió a casarse.

He seguido este procedimiento con muchos pacientes que no pueden gritar. En la mayoría de los casos, responden con gritos fuertes y claros. La presión inmediata sobre esos músculos tan apretados resulta dolorosa, pero en cuanto el paciente grita, el dolor desaparece porque los músculos se relajan. Los pacientes se sienten tan liberados por los gritos que ninguno se ha quejado del ejercicio; de todos modos, siempre explico antes que haré y para qué. Me di cuenta de lo importante que es gritar a partir de mi propia experiencia terapéutica con Reich, que describí antes. Ese grito abrió la puerta de mi alma y permitió que salieran a la superficie los recuerdos que había mantenido enterrados durante años.

Hay otro aspecto del grito que es importante para experimentar alegría.
La corriente de excitación que recorre el cuerpo es polar, lo que significa que, como señalé antes, la onda que asciende y la que desciende tienen la misma intensidad y distinta dirección. Uno de los aspectos de la dirección descendente es sexual. Si uno puede permitir que la onda que fluye en dirección ascendente culmine en un grito pleno, también puede permitir que la onda descendente culmine en un orgasmo. La parte superior estalla en un grito y la inferior en un orgasmo. Ambas son descargas poderosas. Sin embargo, el hecho de que una persona pueda gritar una vez no constituye un signo de potencia orgásmica, la que depende de la capacidad de gritar con libertad y plenitud en cualquier momento.

No se puede forzar un grito. Si uno intenta forzarlo, surge un chillido o un aullido que raspa la garganta. Para gritar, es necesario soltarse, algo que a los niños les resulta muy fácil. Por desgracia, esa capacidad se cercena en los primeros años de vida, cuando el padre o la madre no tolera que su hijo grite y considera que grita porque esta loco. Los locos gritan debido a que la presión interna aumentó a tal punto que ya no pueden contenerla, no porque estén locos: suelen agitarse por esa misma razón. Su grito es una medida protectora. Si no gritaran para liberar la presión, podrían volverse violentos y matar a alguien. En general, el paciente que grita no es peligroso, pero si bien el grito es una medida de seguridad, no es una respuesta integral frente a la experiencia de que a uno lo vuelvan loco. Esta respuesta requiere movilizar todo el cuerpo en una expresión cargada de significado, lo cual sucede cuando el movimiento de las piernas que patean esta coordinado con el grito y con las palabras “me estas volviendo loco”.

El acto de gritar es una descarga emocional tan poderosa que se lo ha utilizado como base de otros dos enfoques psicoterapéuticos. El más conocido es la terapia del grito primal desarrollada por Arthur Janov, cuyo libro The Primal Scream causo bastante sensación cuando se publico, en parte porque prometía una cura rápida para la neurosis y en parte porque tocaba una realidad de las personas que hasta el momento los psicoanalistas y terapeutas habían pasado por alto. Esa realidad es que todos los neuróticos sienten un profundo dolor provocado por las heridas tempranas de sus vidas. La terapia primaria es la técnica que utiliza Janov para descargar ese dolor gritando, lo cual transforma a la persona, al menos por un tiempo, en un individuo libre, que ya no esta limitado por su temor neurótico. Janov se dio cuenta de que el núcleo de la neurosis era la supresión de los sentimientos, relacionada con la inhibición de la respiración y el desarrollo de tensión muscular. Al leer el libro, muchas personas sintieron su necesidad de gritar para liberar el dolor y reaccionaron con entusiasmo ante las promesas de cura hechas por Janov. Los pacientes que “explotaban” en un grito después de respirar con profundidad decían sentirse “puros”, “limpios”.

Yo tuve una experiencia similar en mi primera sesión con Reich, pero aunque abrió una ventana a mi self más profundo, no me curó. Ya hace cincuenta años que emprendí mi viaje de autodescubrimiento y, si bien me descubrí más, no encontré cura alguna. El verdadero progreso en una terapia es un proceso de crecimiento, no una transformación. Nos volvemos mas abiertos, mas maduros: el acento esta puesto en el “mas”.
Para evitar malentendidos, debo explicar que en la terapia no se trata solo de expresar sentimientos. El autodescubrimiento requiere un considerable trabajo analítico que incluye el análisis cuidadoso del comportamiento actual, la situación transferencial, los sueños y las experiencias del pasado. El dialogo constituye un aspecto primordial del análisis bioenergético. Prepara el terreno para que el paciente reelabore sus problemas emocionales, aunque no los elimina en un nivel profundo. Se por experiencia que el insight y la comprensión de los conflictos no los resuelve en un nivel profundo, aunque brinda al paciente los medios para que su ego los aborde con mas eficacia.

No basta con hablar y entender para liberar en forma significativa las graves tensiones musculares que incapacitan a la mayoría de las personas. Esas tensiones bloquean la expresión de los sentimientos y la única manera de liberarlas es expresar esos sentimientos con plenitud; pero, para que esto suceda, el ego debe participar en esa expresión.
En realidad, la expresión plena de los sentimientos no solo libera la tensión sino que además fortalece el ego y la autoposesión. Si bien de niños gritamos, cuando lo hacemos con entendimiento no nos sentimos niños. Los adultos son personas maduras, son niños que han madurado y tienen todas las capacidades y sensibilidades del niño, pero también la madurez y autoposesión para hacer que sus acciones en el mundo sean eficaces.

jueves, 29 de diciembre de 2016

El Gozo, parte 28


9. El miedo: la emoción paralizante

¡Me estas volviendo loco! 


Todos los pacientes en terapia son individuos atemorizados. Algunos son conscientes de su temor, otros lo niegan, pero muy pocos están en contacto con la profundidad de ese temor. En los capítulos anteriores, señalé que los pacientes tienen miedo a sus emociones de amor, ira y tristeza. Tienen el mismo miedo, o tal vez más, temen a su miedo, aunque el miedo no es una emoción amenazadora; es una emoción paralizante, sobre todo cuando es muy grande como en el caso del terror. Un organismo aterrorizado se congela y no puede moverse.  Cuando el temor no es tan grande, siente pánico y huye, pero el pánico es una reacción histérica y por lo tanto ineficaz para afrontar el peligro.

Cuando los niños tienen miedo a. sus padres, que pueden ser irracionales y violentos, no tienen a donde huir. Se aterrorizan. Quedan congelados por el temor; En la selva, cuando un animal se aterroriza y no puede huir de otro que lo ataca, por lo general muere bajo sus garras. Si logra escapar, el temor cede rápidamente y el animal vuelve a la normalidad. El niño que teme a sus padres no tiene escapatoria; por  consiguiente debe hacer algo para superar su estado de parálisis. Tiene que negar y suprimir el temor. Moviliza su voluntad en contra de ese sentimiento. Aprieta los músculos de la mandíbula, como expresión de su determinación; equivale a “No voy a tener miedo”. Al mismo tiempo, se disocia en alguna medida del cuerpo y de la realidad y niega el hecho de que sus padres sean hostiles y amenazadores. Estas son medidas de supervivencia que, por un lado, permiten que el niño madure y se libere de la posibilidad de verse atacado por sus padres y, por el otro, se convierten en una forma de vida, puesto que se estructuran en el cuerpo. El niño, lo sienta o no, vive en estado de temor.

Aunque la mayoría de los pacientes no sienten el grado de su temor, no resulta difícil apreciarlo. Todo músculo con una tensión crónica se encuentra en estado de temor, pero éste se ve con más claridad en las mandíbulas apretadas; en los hombros levantados en los ojos bien abiertos y en la rigidez general del cuerpo. Puede decirse que el individuo esta rígido de miedo.

Decir que el temor esta estructurado en el cuerpo no significa que no se lo pueda liberar. Para liberar al cuerpo de ese estado de temor es preciso que la persona tome conciencia de él y halle alguna forma de descargar la tensión. En el capitulo anterior señale que la ira es el antídoto del temor. El paciente tiene que enojarse, pero enojarse tanto como para volverse un poco loco, es decir, un poco fuera de control. Esto despierta el fantasma de la locura, el temor de que “Si dejase de controlarme, me volvería loco”  Todos los pacientes tienen miedo de volverse locos si dejan de controlarse. En este capitulo, me ocupare de este temor y explicare como lo trato en el análisis bioenergético.

Sin duda, el estrés que provoca criar a un niño en nuestra cultura hiperactiva puede resultar abrumador, sobre todo en el caso de los padres que al mismo tiempo están estresados por sus propios conflictos emocionales y matrimoniales, que nunca faltan. El estrés, si es lo suficientemente fuerte y continuo, puede hacer que un individuo sufra un colapso mental, pero a los padres esto no les sucede, puesto que su estrés tiene una salida. Los padres pueden gritarle a su hijo y hasta pegarle. El niño no cuenta con esa salida; tiene que soportar el maltrato, aunque muchos han intentado huir. Para soportar un estrés intolerable, el individuo debe adormecerse, disociarse de su cuerpo. Los niños se repliegan físicamente en su cuarto, y psicológicamente en su imaginación. Este repliegue divide la unidad de la personalidad y constituye una reacción esquizofrénica.

La cuestión es si el niño puede mantenerse entero y no quebrarse o derrumbarse. Es probable que un niño más grande, de entre tres y cinco anos, haya desarrollado un ego lo bastante fuerte como para resistir y no quebrarse. La resistencia se manifiesta en forma de rigidez, que le permite retener un sentimiento de integridad e identidad. Esa rigidez se convierte entonces en el mecanismo psicológico de supervivencia. La idea de aflojarla provoca temor.

El objetivo de cualquier tipo de tortura es quebrantar el espíritu, la mente o el cuerpo de una persona. No necesariamente produce daños físicos. Uno de los métodos mas eficaces de tortura consiste en impedir el sueño. La mente no tiene forma de recuperarse de los estímulos que recibe, lo que exige un continuo gasto de energía. Tarde o temprano, la persona se quiebra, la mente se escinde de una realidad intolerable.

El ejemplo clásico es un método de tortura chino en el que se entierra a un individuo hasta el cuello y se lo somete a un goteo constante de agua que le cae sobre la cabeza. Llega un momento en el que el estimulo resulta excesivo y, como no hay escapatoria posible, se vuelve intolerable. En este punto, la victima comienza a gritar para descargar la excitación, pero si no recibe ningún alivio, puede perder la cordura; pierde todo control y su mente deja de tener sentido de la realidad.
El maltrato físico puede quebrantarlo y sabemos que es muy común, pero más común todavía es el maltrato verbal o emocional. A muchos niños se los critica constantemente, lo que termina por quebrantar su espíritu. Todo lo que hacen está mal, nada de lo que hagan merece aprobación. El niño siente la hostilidad del padre/madre, una hostilidad profunda que no puede evitar ni comprender.

Algunas personas efectivamente pierden el control y matan a otras o se matan a si mismas. Eso puede ocurrir si el ego es demasiado débil porque se disocio del cuerpo y de sus sentimientos para contener la ira suprimida. Es como si estos individuos anduviesen por todas partes con una granada viva, de la que son totalmente inconscientes. Hacerlos conscientes de esta ira asesina que tienen suprimida reduce el peligro de que explote de modo espontáneo y produzca un efecto mortal. Aceptar nuestros sentimientos fortalece el ego y promueve el control consciente de los impulsos.
Aceptar un sentimiento implica algo más que tener conciencia intelectual de su existencia. Debemos experimentar el sentimiento y hacemos amigos de él. Un día, cuando yo era niño, un perro muy grande corrió hacia mi y me dio mucho miedo. Para que pudiera superar ese temor, mi madre me compro un perro de peluche al que yo mimaba; esto me sirvió, pero nunca supere el temor a los perros hasta que conviví con ellos.

Uno de los principales objetivos de la terapia consiste en ayudar a los pacientes a que aprendan a convivir con su ira de una manera saludable.
En una u otra medida, todos los pacientes son esquizofrénicos controlados. Todos tienen temor de perder el control, de perder la cordura, porque de niños casi los volvieron locos.

Cualquier forma de sobrestimulación, si se prolonga durante el tiempo suficiente, puede llevar a un niño a la demencia. Una de estas formas es la estimulación sexual del niño ya sea mediante el contacto físico o mediante un comportamiento seductor. El niño no tiene forma de descargar esta excitación, que entonces actúa como un elemento irritante permanente en el cuerpo.

Cuando miro el cuerpo de mis pacientes, veo el dolor provocado por las tensiones, que los atan y restringen. Las bocas apretadas, las mandíbulas duras, los hombros levantados, los cuellos duros, los pechos inflados, los vientres hacia adentro, las pelvis inmóviles, las piernas pesadas, los pies angostos, son todas muestras del temor a soltarse, de una existencia dolorosa. Mis pacientes no suelen quejarse de dolor, aunque algunos sientan dolores ocasionales en diferentes partes del cuerpo (como en la parte inferior de la espalda). De lo que si se quejan es de algún malestar emocional que los hace comenzar la terapia; pero al principio, la mayoría supone que la aflicción es psicológica. Casi todas las personas temen al dolor físico, ante el cual reaccionan como lo hacían de niños. Quieren que el dolor se vaya. 245

Volver al cuerpo es un proceso doloroso, pero al reexperimentar el dolor, nos volvemos a conectar con la vida y los sentimientos que habíamos suprimido con el fin de sobrevivir. Al no ser ya niños ni seres dependientes y desamparados, podemos aceptar y expresar esos sentimientos en la segura situación de la terapia. Sin embargo, aun en esta situación, los pacientes tienen demasiado temor al principio como para entregar el control del ego, que les aseguro la supervivencia.

Entregarse al cuerpo implica abandonar el control del ego sobre los sentimientos, pero no significa perder el control sobre las acciones o el comportamiento. No obstante, esto puede ocurrir en los casos en que los sentimientos son demasiado fuertes y el ego demasiado débil. Cuando la mente consciente de un individuo se ve abrumada por una excitación que no puede manejar, puede perder la capacidad de controlar el comportamiento. El individuo queda entonces a merced de sentimientos, como una ira asesina o una lujuria incestuosa, que podrían conducirlo a actos peligrosos y destructivos. Cualquier persona que actúe esos impulsos seria considerada loca o demente y podría terminar en un hospital para enfermos mentales. Pero el temor a la demencia es algo más que el temor a cometer un acto abominable: es el temor a perder el self. Si la mente consciente se ve abrumada por cualquier sentimiento, se pierden los limites del self. Cuando un río inunda las márgenes, no podemos distinguir el río en la masa de agua. El río perdió su identidad, que es lo que le sucede a un individuo que se ve inundado por sus sentimientos. La perdida de la identidad constituye uno de los signos de la demencia. 

lunes, 26 de diciembre de 2016

El Gozo, parte 27

Capítulo 8 (continuación)

Los varones pequeños sufren abusos físicos no solo por parte de los padres sino también de las madres. Vimos un caso en el que la madre abusaba físicamente de su hijo con la intención, consciente o inconsciente, de quebrantar su espíritu para someterlo a ella. Ningún niño es capaz de enfrentarse a la violencia de su madre o de su padre y es inevitable que esta experiencia lo quebrante. Sin embargo, el quebrantamiento no suele ser total, ya que de lo contrario el niño se moriría (aunque sabemos que esos excesos existen) .En lo profundo del cuerpo del niño, queda un núcleo de resistencia que mantiene la vida y le proporciona algún sentido de identidad. La fortaleza de ese núcleo depende de la manera en que el padre/madre se haya relacionado con su hijo. Por ejemplo, es posible que una madre, luego de descargar su furia suprimida, sienta un profundo amor por el hijo del que acaba de abusar. En la medida en que el niño siente este amor, el efecto dañino del abuso se reduce en forma parcial. Si el niño siente que la madre le es hostil al punto de rechazarlo con frialdad, podría convertirse en un esquizofrénico. Los niños son conscientes en algún nivel de que son preferibles los golpes o el abuso físico antes que el rechazo frío, que es la muerte emocional.

 El axioma que los individuos tienden a actuar sobre los demás lo que les hicieron a ellos nos ayuda a entender el comportamiento aparentemente irracional de una madre hacia su hijo. Si de niña la humillaron por alguna expresión sexual, tenderá a hacer lo mismo con sus hijos. La única manera de evitar esta tendencia a actuar sobre seres inferiores e indefensos es que el individuo tenga clara conciencia de lo que le hicieron y un profundo conocimiento del efecto destructivo que eso tuvo sobre su personalidad y su vida, conocimiento que implica poder sentir ira contra el padre/madre por el abuso o violación. Una madre que se avergüence de sus sentimientos sexuales avergonzará a su hija ante cualquier expresión de dichos sentimientos. Las madres se identifican con sus hijas y proyectan en ellas los aspectos negativos de su propia personalidad. Así, una madre es capaz de considerar lascivo el comportamiento sexual de su hija porque a ella la consideraban así de niña. Al criticar a su hija por ser sexual le esta diciendo: “Tu eres la mala, la impura. Yo estoy limpia”.

Por otro lado, también puede proyectar sobre su hija sus deseos sexuales insatisfechos deseando inconscientemente que su hija los actúe para obtener una excitación indirecta a partir de las  acciones de su hija. En realidad una madre puede tener las dos actitudes: una consciente, que degrada a la hija por ser sexual, y otra inconsciente, que la incita a actuar sexualmente. Esta identificación sexual inconsciente de madre e hija tiene un aspecto homosexual, que, de no ser visto, puede convertirse en una obsesión, impidiendo encaminar al paciente hacia su independencia y satisfacción.
El abusado se convierte en el abusador por una identificación inconsciente con él. Esta es la otra cara de la moneda que el paciente debe reconocer y aceptar para lograr una autoaceptación plena.

El abuso sexual produce en el niño excitación y miedo. A todos los niños pequeños les fascinan los genitales de sus padres ya que, por un lado, les dieron vida y por otro, son las llaves para entrar a su propio submundo de placeres y miedos secretos. Sin embargo, el miedo hace que se suprima el abuso y la excitación que produce y queden solo sus huellas. La persona siente una fuerte tentación de repetir la experiencia, a menudo en calidad de abusador pero también de abusado. Creo que esta es la forma en que nace en el adulto la obsesión por tener relaciones sexuales con niños. El desarrollo de su libido se ve obstaculizado porque parte de la energía y de la excitación esta encapsulada en el recuerdo reprimido y los sentimientos a el asociados. El primer paso para liberar la energía contenida es traer estos incidentes a la conciencia.

Al sacar a la luz la experiencia enterrada, se reduce la vergüenza, lo que le permite al individuo sentir su herida y su miedo. La aceptación de estos sentimientos le permitiría, por un lado, llorar y así liberar el dolor y, por otro, enojarse y así restablecer su integridad. Para purificar y liberar el espíritu es necesario que la ira sea real e intensa.

Las madres están en una posición privilegiada para actuar sexualmente sobre sus hijos porque tienen más contacto con el cuerpo del niño que los padres. En la forma de tocar el cuerpo del niño puede estar implícito un elemento sexual, al igual que en el miedo a tocarlo, porque puede despertar sentimientos sexuales. Una madre comentó refiriéndose a su hijo de dos anos: “Su pene es una cosita tan linda que me lo pondría en la boca”. Sin duda el sentimiento presente en este comentario se transmite al niño cuando sus genitales están al descubierto. Su sentido de privacidad con respecto al órgano desaparece. El sentimiento de la madre invade la pelvis del niño y se apodera de sus genitales. Lo que perturba al niño no es el simple hecho de que miren sus genitales, sino que los miren con conciencia o interés sexual.

En toda relación entre un progenitor y su hijo existe el peligro de que el vinculo tenga un fuerte elemento sexual, que ambos niegan y suprimen pero que afecta al niño en forma devastadora.

Los que inician una terapia son afortunados, pues tienen la oportunidad de penetrar en sus problemas y obsesiones y encontrar el verdadero sentido de la vida. No es un viaje fácil ni rápido, como veremos en el próximo capitulo. Yo lo describiría como un viaje al submundo donde yacen enterrados nuestros mas grandes temores, como el miedo a la demencia y a la muerte. Si uno tiene el coraje de enfrentar esos temores, regresara a un nuevo mundo de luz donde se han esfumado las nubes del pasado.