lunes, 15 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 21

 CAPITULO 5

El ego: autoexpresión versus egotismo

AUTOEXPRESIÓN

El proceso de la evolución en los animales ha conducido, a través de una creciente complejidad y una mayor organización de la estructura, a un elevado sentido de la  individualidad. El efecto concomitante de este desarrollo es la necesidad de expresar esta individualidad. En el capítulo anterior vimos que cuando esta necesidad se ve frustrada por condiciones de la vida social, tales como el  hacinamiento o la formación de una sociedad de masas, se desarrollan tendencias autodestructivas. En estas condiciones la necesidad de autoexpresión en el hombre adquiere formas neuróticas. Se transforma en una lucha por el éxito y en un deseo de poder.

Los biólogos están comenzando a reconocer que la necesidad de autoexpresión es algo sólo levemente menos importante que la necesidad de supervivencia. Si nos  preguntamos: “¿Supervivencia para qué?”, la única respuesta con sentido es el placer y la alegría de vivir, que no pueden ser disociados de la autoexpresión.La autoexpresión es la manifestación de la existencia individual.El comportamiento de los animales, no puede ser evaluado exclusivamente en cuanto a su capacidad para la supervivencia. La supervivencia y la autoexpresión son funciones que están estrechamente relacionadas.  

 Siguiendo las observaciones de Konrad Lorenz, los biólogos han llegado a considerar que el canto de los pájaros cumple la función de proclamar un territorio y no sólo la de expresar un sentimiento interno. A aquellos que nos hemos deleitado con el canto de los pájaros, nos agrada saber que cumple ambas funciones.

Lo que se expresa en el exterior refleja lo que sucede en el interior del organismo. La autoexpresión como aspecto manifiesto de la individualidad corresponde al  autoconocimiento y a la autopercepción como aspectos internos o psíquicos de la existencia individua. “un aspecto saludable (entre los animales) es siempre una reflexión del mundo interior”.Pero este mundo interior no es exclusivamente un fenómeno mental.

 A nivel consciente, la autoexpresión es una función del ego y del cuerpo. Por lo tanto se diferencia de las formas de autoexpresión inconscientes, porque éstas son manifestaciones sólo del sí-mismo corporal. El color del cabello o de los ojos es una forma de autoexpresión corporal, en la que no participa el ego. Todas las acciones creativas, sin embargo, son necesariamente conscientes, y en consecuencia el ego juega un rol importante en la formulación y ejecución del impulso creativo. Sin embargo, este impulso no nace en el ego. Tiene su origen en el cuerpo; su motivación es la lucha por el placer y se inspira en el inconsciente.

La autoexpresión, la creatividad y el placer están estrechamente relacionados. Toda forma de autoexpresión tiene un elemento creativo y conduce al placer y a la satisfacción. Todos los proyectos que emprendemos y realizamos brindan estas satisfacciones duales, una a nivel físico a través del placer de la actividad y la otra a nivel del ego a través de una conciencia del logro. Esta doble recompensa corresponde a la dualidad de la naturaleza del hombre. Por una parte, somos actores conscientes del teatro de la vida y en consecuencia conocemos nuestro rol de individuos. Sin  embargo, con demasiada frecuencia, esta autoconciencia nos impide ver que, por otra parte, al igual que los animales, formamos parte del esquema de la naturaleza, ya que vivimos en nuestros cuerpos y dependemos para nuestro placer corporal de una relación armoniosa con la naturaleza.

Cuando estamos cegados de esta manera, nos volvemos conscientes de nuestro ego, es decir egotistas. El egotista confunde el ego con el sí-mismo y cree que todo lo que fomenta su ego aumenta el interés del sí-mismo. Esto es cierto sólo dentro de estrechos límites, que definiré más adelante. Poniendo el ego en primer lugar, se invierte la relación normal entre el ego y el sí-mismo corporal, lo cual puede conducir al comportamiento destructivo. El sí-mismo corporal es el fundamento sobre el cual se apoya el ego.

Fortaleciendo esta base, se mejora toda la estructura de la personalidad. Arreglar el techo hace poco por el cimiento. Cuando se sacrifica el placer por un impulso del ego, tal como el éxito, el resultado puede ser desastroso.

Piense, por ejemplo, en la persona que vive más allá de lo que sus medios le permiten para impresionar a sus vecinos. Poseer una gran casa o un costoso automóvil dilatará su ego, pero también le provocará considerable dolor y angustia cuando tenga que pagar su mantenimiento.

Podrá ignorar el dolor sólo disociándose de la realidad. Si suprime el dolor, también elimina toda posibilidad de sentir placer. El sacrificio del placer torna cuestionable el valor de la satisfacción que el ego obtiene de sus posesiones. 

Aun cuando una persona pueda obtener con sus esfuerzos el dinero necesario para comprar y mantener una residencia lujosa, las satisfacciones del ego que aquélla le brindará apenas justifican la inversión de tiempo y dinero.Una cosa es trabajar para algo que brindará verdadero placer; otra distinta es cuando el objeto sirve simplemente para ampliar la imagen de la persona. Dado que los humanos somos seres autoconscientes con ego, no somos ajenos a la imagen que ofrecemos; La imagen es importante porque representa a la persona, pero no es la persona. El individuo que se identifica con su imagen y no con su    Sí mismo corporal es egotista.

Ninguna imagen es suficientemente grande como para brindar las satisfacciones corporales que le dan sentido a la vida. El ego que no se alimenta por sus raíces con placer corporal desarrolla un hambre insaciable. El individuo dominado por un ego insaciable está bajo constante presión para expandir su imagen. El impulso de su ego asume un carácter implacable que avasalla todas las consideraciones  personales para alcanzar sus objetivos. La persona que comienza a andar en esta dirección no puede detenerse. Si gana un millón de dólares, debe luchar en forma igualmente ardua para ganar un segundo millón, después un tercero, etcétera. El dinero adicional difícilmente pueda aumentar su seguridad o contribuir materialmente a su placer, aunque el impulso de continuar ganando dinero parece hacerse más fuerte con cada incremento de la riqueza. Su ego es como un globo de gas que debe elevarse más y más, agrandándose mientras lo hace hasta explotar.

El dinero es una fuerte atracción para el ego porque representa poder. Cada aumento de riqueza o poder da un grado de satisfacción al ego. Le permite al ego pensar que es el dueño del mundo. Puede parecer que hay sólo una corta distancia entre la adquisición de conocimientos y destrezas y la conquista de la naturaleza, pero es la diferencia que separa al hombre integrado del hombre  egotista y alienado, obsesionado por el poder. La necesidad de poder es un reflejo de la inseguridad del hombre y una señal de la inadaptación de su ego. Si bien el poder y la riqueza pueden añadir algo al placer de la vida, lo hacen sólo cuando no son las metas de la vida.

El dinero no es la única área en la que actúan los impulsos del ego. El campo de los deportes con público está altamente cargado de intereses del ego y podemos  hacemos una mejor idea de la naturaleza de estos intereses mediante un análisis de este fenómeno. Un espectador de un evento deportivo que es simpatizante de uno de los equipos obtiene considerable satisfacción con la victoria de su equipo. Si es un hincha, ni siquiera es necesario que vea el evento personalmente o por televisión. La sola idea de que el equipo gane o pierda le acarrea una fuerte carga  emocional. Para un hincha, el placer de ver el espectáculo es generalmente un valor secundario. Si su equipo pierde, puede hundirse en una depresión que elimina completamente su placer.

Dado que en el hincha participa sólo el ego, su compromiso es limitado y su papel se reduce al de espectador, pero reacciona emocionalmente como si estuviera completamente involucrado. Está, de hecho, expresándose a través de las identificaciones de su ego.

Muchas personas se identifican con sus escuelas y sienten que los logros o fracasos de sus graduados se reflejan en ellas. Si bien en algunos casos esta identificación puede ser excesiva, como en el vínculo con la antigua escuela, tiene una base legítima por el hecho de que, como miembro del cuerpo estudiantil, esa persona participaba activamente en los programas y asuntos de la escuela. El patriotismo en el Estado moderno es otra identificación del ego que tiene una base real, porque deriva del hecho de ser miembro de una comunidad.

A través de las identificaciones del ego, un individuo siente que forma parte de la sociedad, que participa en sus luchas y comparte sus logros y fracasos. Sin esas
identificaciones del ego, una persona se sentiría apartada de las corrientes y movimientos de una situación social y aislada de los intereses de la comunidad. Se vería forzada a buscar placer y sentido dentro de las fronteras de su propia  personalidad, algo que nadie puede hacer completamente, ya que el placer depende de una relación armoniosa con el medio. Con estas identificaciones, el ego extiende las fronteras del sí-mismo, aumentando así las posibilidades de
experimentar placer y satisfacción.

Los problemas surgen cuando una persona se extiende demasiado, es decir cuando las identificaciones de su ego compensan una falta de autoidentificación. En una persona sana, el ego está cimentado en las sensaciones del cuerpo y
se identifica con el sí-mismo corporal. La autoexpresión existe entonces en la forma de vida creativa y sólo secundariamente a través de identificaciones del ego.
Cuando la identificación con el cuerpo es débil y tenue, la identidad de una persona es vaga y su autoexpresión en la vida creativa se reduce. Ese individuo, que está alienado de su sí-mismo corporal, debe buscar una identidad y medios de autoexpresión a través de las identificaciones del ego.

Esto se convierte en su principal modo de autoexpresión y, en este caso, es un mal sustituto del objeto real. Una inversión demasiado grande en identificaciones del
ego desvía energía del sí-mismo, que se agota más cuanto más se dilata el ego. Las satisfacciones del ego que se obtienen de estas inversiones no contribuyen al goce de la vida. Al igual que las ilusiones, otra función del ego disociado, pueden sostener el espíritu, pero no hacen nada por el cuerpo. He oído a muchas personas de éxito quejarse de que no han experimentado “auténtica satisfacción” con su aparente éxito.

Hay otro aspecto del rol del ego en la autoexpresión: la necesidad de reconocimiento. Todo acto consciente de autoexpresión parece incompleto mientras no provoque una respuesta de otros miembros de la comunidad. Si la
respuesta es favorable, la persona obtiene un grado adicional de satisfacción por el logro. Si es negativa, se reduce la satisfacción. Una acción creativa que pasa
inadvertida, generalmente le deja a la persona un sentimiento de frustración. Un escritor se decepciona si nadie lee su libro, un artista se siente desalentado si nadie reacciona ante sus pinturas, una cocinera es desdichada si su trabajo pasa inadvertido. Aparentemente, todos necesitamos algún reconocimiento de nuestra
individualidad. Sin este reconocimiento, es difícil mantener la propia identidad o sostener el sentido del sí-mismo.

Al tener un ego, somos conscientes de que somos individuos, pero también de que estamos aislados y solos. Así como queremos ser individuos, queremos también que se nos acepte como integrantes del grupo. El primer deseo se satisface a través de un acto de autoexpresión; el segundo, a través del reconocimiento dado al acto. Dado que ambos deseos fluyen a través del ego, su satisfacción conduce a satisfacciones para el ego. Podemos también distinguir un factor cuantitativo en este proceso. Un ego más fuerte está asociado a un mayor grado de individualidad, a una mayor necesidad de autoexpresión y a una necesidad más intensa de reconocimiento. Un ego más débil tiene un menor impulso hacia la autoexpresión y se contenta con menos reconocimiento.

El deseo de reconocimiento subyace al fenómeno del status. El grado de reconocimiento determina el propio status y el impulso hacia el status deriva de la necesidad de reconocimiento del ego. El status es un fenómeno que los seres humanos compartimos con muchos animales. La ley del más fuerte entre las aves del corral, el orden de alimentación en una jauría de caza, la prioridad en la  selección de parejas, generalmente están determinados por el status. Para las especies, el status sirve para asegurar la supervivencia del más apto. En cuanto al individuo, aumenta su sentido de la identidad y sostiene su ego. En la medida en que el ego se identifique con el cuerpo, como en el animal, el status refleja las dotes físicas del individuo.

Entre los seres humanos, sin embargo, muchos factores no relacionados con el cuerpo determinan la posición o status del individuo en la comunidad. La posición hereditaria, riqueza, forma de hablar, relaciones familiares, juegan importantes roles en la determinación del status. Cuando no es una verdadera indicación de las cualidades personales del individuo, actúa como fuerza disociadora, separando el
ego del cuerpo. El status moldea la imagen del ego. Cuanto más elevado sea el status, más grande será la imagen, ya que nos vemos a nosotros mismos sólo a través de los ojos de los demás.

Pero nos sentimos nosotros mismos desde dentro si estamos en contacto con nuestros cuerpos. No surge ninguna dificultad cuando la imagen corresponde a la realidad del cuerpo, es decir cuando la manera en que nos vemos a nosotros mismos se corresponde con lo que sentimos. La falta de correspondencia trastorna nuestro sentido de la identidad. Nos sentimos confundidos con respecto a quienes somos. La conciencia se siente tentada a identificarse con la imagen y a rechazar la realidad del cuerpo. Esta disociación del ego y el cuerpo conduce a una vida irreal. La persona se obsesiona con su imagen, se preocupa por su posición y se dedica a la lucha por el poder a fin de elevar su status. El placer y la creatividad se desvanecen en el fondo de su vida.

 EL ROL DEL EGO EN EL PLACER

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 20

 

LA ILUSIÓN DEL PODER  (Cápítulo 4, conclusión)

La atracción del poder parece enorme especialmente para aquellos que se sienten privados de él. Las personas parecen dispuestas a luchar y morir por el poder; no pueden o no se comprometen de esta manera con el placer. ¿Cuál es la mística del poder?

Observemos el significado de poder. Hablando en general, el poder es la capacidad de manipular, controlar el medio. En este sentido, los animales ejercen algún poder, todos manipulan el medio para satisfacer sus necesidades. El castor construye un dique, la marmota excava un pozo y el pájaro construye su nido. El hombre es el manipulador más grande, pero mientras su poder se mantuvo como un poder personal no era diferente de los demás animales. Cuando el hombre cazaba con lanzas, o arcos y flechas, no se alteraba el equilibrio de la naturaleza. La situación cambió cuando el poder se convirtió en una fuerza impersonal que el hombre podía atar a su voluntad.

El crecimiento del poder es la historia de la civilización.

La civilización y el poder comenzaron con la domesticación de los animales y el desarrollo de los agricultores, es decir, con la producción de riqueza. El primer poder real estuvo en manos de un gobernante y radicaba en su control sobre las  reservas de alimentos que estaban bajo su dominio. A través de este control podía ejercer el dominio sobre sus súbditos, que luego le prestarían sus energías para sus propósitos a cambio de la seguridad que él ofrecía. El poder creció gradualmente cuando el hombre aprendió a controlar las fuerzas naturales y a dirigir sus energías hacia sus fines.

Y aumentó más a medida que las tribus se convirtieron en estados y los estados se unieron para formar naciones. Creció más rápido cuando el hombre descubrió el motor a vapor y aprovechó la energía latente del carbón. Luego vinieron, en rápidos pasos, el motor de combustión interna, la electricidad y la energía nuclear.

La cantidad de poder que el hombre tiene a su disposición es escalofriante. A esta altura de su historia, creo que ha liberado un genio que podría fácilmente destruirlo si no comprende su modo de operar. Hay un viejo refrán según el cual el poder corrompe a una persona. Esto generalmente se ha aplicado a gobernantes o personas en posiciones de autoridad, ya que éstas eran las únicas que tenían poder en el pasado, pero el adagio es suficientemente amplio como para abarcar otros aspectos del poder. Cuando pensamos en los aspectos destructivos del poder, imaginamos los horrores de la guerra: napalm granadas y, últimamente, las armas nucleares. A pesar de lo atemorizante que resultan, me preocupan más los efectos insidiosos del poder sobre la personalidad humana.

El poder es la antítesis del placer. Guarda la misma relación con el placer que el ego con el cuerpo. El placer deriva del libre flujo de sentimientos o energía dentro del cuerpo y entre el cuerpo y su medio. El poder se desarrolla a través del bloqueo y control de la energía. Esto describe la distinción básica entre el individuo placer y el individuo poder. El poder se desarrolla a partir del control y actúa a través de él. No tiene otro motivo de actuar. El viento no tiene poder; es sólo una fuerza. Tiene energía. Es cuando controlamos la fuerza del viento haciendo que mueva un  molino que generamos poder. De un modo similar, un río rápido no tiene poder. El poder surge cuando se canaliza y dirige la fuerza del agua en movimiento para mover las ruedas de una turbina.

El placer es la sensación de armonía entre el organismo y su medio. Este no es un concepto estático, ya que el medio constantemente cambia o es cambiado, brindando así oportunidades para nuevos y mayores placeres. El poder, en cambio, controla y disocia. Erige una pared entre el hombre y su medio natural. Lo protege pero también lo aísla. La persona que vive en un piso moderno en una ciudad, con calefacción en invierno y aire acondicionado en verano, y va a trabajar a una oficina similar, es como un animal en un zoológico o un pez en un acuario. Su  supervivencia está asegurada y se le brindan comodidades, pero se le niegan la excitación y el placer del campo abierto, el estímulo de las estaciones cambiantes y la libertad del espacio ilimitado. Es un pobre pez que cambiaría la seguridad del acuario por la libertad y los peligros del mar y del río.

Al ganar poder sobre la naturaleza, el hombre se ha sometido a los mismos controles que le ha impuesto al medio. El peligro insidioso del poder es su efecto disociador sobre las relaciones humanas. La persona que detenta poder se vuelve una figura superior, mientras que la persona sometida al poder queda inversamente reducida a un objeto. El uso del poder niega la igualdad de los hombres y forzosamente lleva al conflicto y a la hostilidad. Esto sucede especialmente en las relaciones personales íntimas en un hogar. En el momento en que la cuestión del poder entra en la relación entre marido y mujer, la pareja tiene problemas. La persona más débil siempre se siente amenazada y se desarrolla una lucha secreta por el poder que corroerá los buenos sentimientos y el afecto que cada uno siente por el otro. 

Pero es en la relación entre padres e hijos donde se hallan los efectos más dañinos del poder. Siempre se utiliza poder para controlar a un niño, supuestamente por su propio bien, pero en realidad por el bien de los padres. El efecto del poder, y todo castigo es un ejercicio de poder, niega la individualidad del niño, reprime su autoexpresión y le niega el derecho a disentir.

Con frecuencia, me consultan padres que se quejan de que sus hijos no tienen criterio y no saben lo que quieren. Un joven traído por sus padres no tenía capacidad de decisión. La historia que se descubrió fue la siguiente. De niño, el joven debía someter todos los deseos que tuviera a la opinión de sus padres y justificarlos con un buen motivo. Si quería algo, debía explicar por qué lo quería. Su deseo de placer no era suficientemente importante. En nombre de la racionalidad, sus padres usaban el poder para controlar sus acciones y el resultado era la represión de su lucha por el placer y, con ella, la del impulso creativo de su  personalidad. He visto esta historia repetida en demasiados hogares.

Los padres ejercen el poder para controlar a sus hijos porque ellos fueron controlados del mismo modo en su juventud. Habiendo sido objetos de poder, ahora están decididos a ejercer poder, incluso sobre sus hijos, que es la manera más sencilla de ejercer el poder. El ejercicio del poder parece restablecer, en sus mentes, la idea de que son personas que tienen el derecho de efectuar demandas y expresarlas. 

La teoría psicoanalítica nos ofrece alguna interpretación de cómo se desarrolla esta asociación. En el pensamiento psicoanalítico, está generalmente aceptado que el bebé llega al mundo con un sentido de omnipotencia. Este sentimiento deriva de su experiencia intrauterina, donde sus necesidades se satisfacían automáticamente. El sentimiento de omnipotencia se fortalece más con el amamantamiento. La joven conciencia del niño ve el mundo en función del seno. Si lo tiene a su disposición, siente que posee el mundo. Más tarde se dará cuenta de que hay otro seno, que acariciará con sus manos mientras se alimenta con el primero. A esta altura  literalmente tiene el mundo en sus manos. Su conciencia en expansión lo hará percibir gradualmente a su madre. El cuerpo de ella, que él al principio percibe como prolongación del suyo, se transforma en un objeto independiente. Pero mientras su madre responda plenamente a sus demandas teniéndolo en sus brazos y amamantándolo, todavía se sentirá omnipotente en cuanto a su capacidad de regir este mundo más grande.

En una sana relación madre-hijo, el placer que el niño experimenta en el pecho es compartido por ella. Ella también disfruta de la experiencia. Y cuando los ojos del  bebé se encuentran con los de su madre, el sentimiento que fluye entre ellos puede definirse como de alegría y de placer. Ningún otro contacto entre madre e hijo puede ser tan íntimo o tan satisfactorio como el amamantamiento. 

Cuando el niño crezca, necesariamente será apartado del pecho materno. El destete puede ser o no una experiencia traumática, pero es tan inevitable como el  trauma del nacimiento. El niño ingresa entonces en un mundo nuevo en el que lentamente reconoce que ya no es omnipotente, que hay otros individuos con necesidades que deben satisfacerse y que se hace necesaria la cooperación  mutua. En la medida en que el amamantamiento haya satisfecho sus necesidades orales, aceptará este nuevo mundo con sus diferentes condiciones y sus expectativas de placeres diferentes.

El niño que no está satisfecho de esta manera es un niño desgraciado. Está emocionalmente desprovisto del placer, que es el derecho de todo niño, y está  psíquicamente desprovisto del sentimiento de importancia y omnipotencia. La privación disminuye si la madre sostiene al bebé y le brinda una atención cariñosa, pero en cualquier caso la pérdida del placer en el pecho es una privación.

Puede afirmarse que hablo demasiado del amamantamiento. Se sostuvo que Freud y Reich le daban excesiva importancia al sexo. Pero el amamantamiento y el sexo son las expresiones primarias de nuestra naturaleza de mamíferos. Rechazarlos es negar nuestra herencia animal y esto constituye una negación del cuerpo. He visto las ventajas del amamantamiento en mi propio hijo y en los hijos de algunas de mis pacientes. No puedo sostener que resuelve todos los problemas. Afirmaré  categóricamente que el niño satisfecho causa menos problemas que el niño desgraciado. 

Cada vez que un niño se sienta desprovisto de placer, luchará por obtenerlo. Esto fácilmente puede originar un conflicto con los padres. El asunto rápidamente se  transforma en un problema de poder. Los padres, sintiendo que se está desafiando su derecho de controlar la situación, no dudan en utilizar su poder superior para forzar su voluntad. Pueden recurrir al castigo o al uso de la amenaza de negarle su amor para lograr la sumisión del niño. Cuando esto sucede, ya se ha esbozado una lucha por el poder entre padres e hijos que continúa intermitentemente durante muchos años, en los cuales los niños son siempre los perdedores porque dependen de sus padres. Finalmente, los padres también serán perdedores. Perderán el profundo afecto y amor que sólo se desarrollan compartiendo el placer y la alegría. Cuando crecen en estos hogares, los niños esperan el día en que tendrán poder para hacer lo que deseen.  

La imagen del éxito es una satisfacción ilusoria de la privación infantil del seno. La persona que busca el poder y lucha por el éxito tiene una fijación a nivel infantil. Su sueño es que cuando alcance el poder, o tenga éxito, pueda echarse y hacer que los demás satisfagan sus deseos. Tendrá el poder de regir su medio para satisfacer sus necesidades. Podrá darse los gustos como no podía hacerlo cuando era joven. Su objetivo es regresivo, y cuando cumpla la meta, ésta resultará una decepción amarga. Habiendo obtenido el reconocimiento y el poder, su fantasía inconsciente es recurrir a su madre para satisfacerse. Pero es demasiado tarde. La leche ha desaparecido de los senos y el impulso de succión se ha congelado en su boca dura.

Dado que el poder es la antítesis del placer, puede aumentar la experiencia de placer. Para hacerlo deberá estar en una relación creativa con el placer. A través del poder podemos hacer más bello nuestro alrededor, podemos realizar más fácilmente muchas de las tareas de la vida y podemos ampliar nuestros contactos con el universo. El poder amplía y ensancha el ego del hombre. Esto puede ser un desarrollo positivo si el ego sigue identificándose con el cuerpo y orientándose hacia la expresión y satisfacción de sus instintos animales. En consecuencia, no estoy abogando por un retorno a la naturaleza. Probablemente no podríamos renunciar, y de hecho no renunciaríamos, al poder. Puede ser constructivo así como destructivo. Las personas que ejercen el poder constructivamente, sin  embargo, son aquellas que han sido satisfechas en su infancia y saben cómo disfrutar de la vida.

El poder conlleva la enorme responsabilidad de no abusar de él en beneficio del ego. En nuestra ambición, podríamos fácilmente destruir la belleza de la Tierra. No  estamos muy lejos dehacerlo ahora. Cuando el poder cae en manos de una persona insatisfecha, la situación es peligrosa. Ya sea que él poder implique dinero, un automóvil de gran potencia o un rifle, el riesgo para el bienestar humano es grande. La persona insatisfecha adora el poder; sus nuevos ídolos son personificaciones del poder: James Bond, Superman, etcétera. ¿Qué son éstas sino las fantasías que fluyen por la mente de una persona insatisfecha?

Las raíces del placer deben, en proporción con el crecimiento del poder, hundirse más profunda y firmemente en la tierra. En esta dirección va nuestra esperanza



domingo, 7 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 19

 Capítulo 4 (continuación)

VERDADERA INDIVIDUALIDAD  

En la sección anterior he descrito algunos de los factores sociológicos que actúan en el desarrollo del hombre masa. Afortunadamente, ningún ser humano es totalmente hombre masa. Cada uno de nosotros retiene alguna porción de su individualidad que el sistema no ha destruido. Cada uno de nosotros es capaz de experimentar algún grado de placer y, en consecuencia, de distinguir lo que tiene  significación personal de la propaganda de “cómo tener éxito”. Sin sentido del placer, la discriminación es imposible.

No estamos acostumbrados a pensar en el placer como el fundamento de la individualidad. Para el público, el individuo es la persona que se distingue de la  muchedumbre. Pero el público no conoce a la persona; está familiarizado sólo con la imagen. Magnificada por los medios de masas, la imagen parece grande e  impresionante. Se produce un choque al descubrirse que la persona real no es igual a su imagen. El autor famoso resulta ser un orador tímido y vacilante. La actriz famosa es retraída y emocionalmente insensible fuera del escenario. El  hombre de negocios afortunado tiene poco que ofrecer fuera de los detalles de su vida en los negocios, etcétera. Si no nos dejamos deslumbrar por la imagen, pronto  advertiremos que falta algo en la vida privada de estos individuos. No pocas veces, su éxito es una compensación por la falta de objetivos en su vida privada.  

Como psiquiatra he tenido la oportunidad de tratar a muchas personas a las que se podría considerar “de éxito”. El hecho de que necesitaran mi ayuda era la señal de que habían perdido el sentido de sí mismos, el sentido de individualidad y de identidad personal. En una ocasión me consultó un conocido artista que había llegado al punto de preguntarse: “¿Quién soy?”. Su trabajo era considerado  personal y expresivo. Gozaba de buena fama y se le respetaba, pero en su interior se sentía confundido e inseguro de su identidad y tenía un deficiente sentido del Sí mismo.

Se sentía irreal porque no estaba en contacto con su cuerpo. Y si bien su trabajo artístico le brindaba un alto grado de satisfacción a su ego, no sentía el placer de estar vivo que, por sí solo, le da sentido a la existencia.

También he conocido a muchas personas que experimentaban un sentimiento de excitación ante la vida. No eran entusiastas que proclamaran su devoción por la  vida. Se sospecha que dichas proclamas son intentos de convencerse a uno mismo de que la vida merece ser vivida.

No eran seguidoras de una causa ni fanáticas de algún credo. No estaban consagradas a un gran logro. Lo significativo de ellas era que cuando uno las conocía, sabía de inmediato que estaba ante la presencia de un individuo.

No era lo que decían o hacían lo que daba esta impresión sino algo en la persona, algo físico. Irradiaban un fuerte sentimiento de placer. Sus ojos brillaban, su actitud era alerta. Miraban con interés y escuchaban con atención. Cuando hablaban, expresaban sus sentimientos y lo que decían tenía sentido. Se movían con facilidad ya que sus cuerpos estaban relajados. Si uno observaba sus cuerpos, era consciente de una vitalidad interior manifestada por una buena piel y un buen tono  muscular. Intuitivamente, se sabía que éstas eran personas que disfrutaban de la vida y que, por supuesto, no necesitaban tratamiento.

Cuando digo que estas personas irradian placer, quiero expresar el hecho de que uno se siente bien en su compañía. Es un placer estar con ellas, así como es   deprimente estar con una persona deprimida, triste estar con una persona triste,—etcétera. Después de todo, el placer es una vibración rítmica que se transmite a la  atmósfera y afecta a quienes están alrededor. También podría describir a tales individuos como personalidades vibrantes, ya que es esta cualidad la que nos permite reconocerlos. Debería darse por sentado que son individuos, ya que no hay dos organismos con patrones rítmicos idénticos. Cada uno es único en las sutiles variaciones con que la naturaleza dota a cada nuevo ser.

Igualmente importante es el hecho de que dichas personas sienten su individualidad y conocen sus identidades. Están directamente en contacto con sus  sentimientos en todo momento y en consecuencia saben lo que quieren y lo que no quieren. Cuando hablan, sus opiniones son siempre especiales, ya que no hay dos  personas con sentimientos idénticos. Y al saber lo que sienten, son pocas las ocasiones en que no saben cómo expresar la razón subjetiva de una opinión personal. Esto se expresa: “Me gusta la obra porque...” o “No me gusta la actriz; es demasiado autoconsciente, demasiado dura y demasiado dependiente de manierismos”, etcétera. Estas personas tienen gusto. Quien no tiene gusto, no puede afirmar que es un individuo. Los verdaderos individuos no se distinguen en la muchedumbre, se apartan de las muchedumbres.

Hay otras personas que poseen lo que se denomina personalidades “magnéticas”. Nos atraen con el poder que emana de ellas. Dominan todas las reuniones porque  vencen en cualquier competencia. Hay una tensión en sus cuerpos que crea una aureola de suspenso en la atmósfera. Uno se siente excitado, como si algo importante fuera a suceder y se vuelve tenso y algo ansioso. Estos individuos  también resplandecen, pero el resplandor no es placentero.

Es una fuerza que está constreñida y su efecto es constreñir a su audiencia. El poder crea un sentido de la individualidad, pero sólo con respecto a otras personas. La personalidad “magnética” o, como lo llamaré de aquí en adelante, el individuo poder, se achata cuando está solo, ya que la fuerza no puede experimentarse salvo por su poder de atracción. Se torna hostil cuando la respuesta es negativa, ya que una respuesta negativa es una negación de la “individualidad” de esta persona. Estos individuos deben formar parte de una muchedumbre, de la cual se distinguen por su dominio. Sin embargo, no son verdaderos individuos, ya que fuera de su rol de dominar no tienen una identidad real.

La característica distintiva del individuo poder es el egotismo. Proyecta la imagen de una persona superior, una especie de superhombre, y todas sus acciones están  destinadas a agrandar su imagen. Debe tener éxito, ya que el fracaso es impensable; es demasiado humano y, en consecuencia, una expresión de debilidad. Este tipo de individuo no se identifica con su cuerpo, que puede parecer  estar en un excelente estado. No puede tener otro aspecto si ha de sostener su imagen. Es un instrumento de su voluntad y está perfeccionado como una máquina para el trabajo que debe realizar, es decir, sostener al ego que se apoya en él. 

Puede ser un ejecutivo de éxito, generalmente tiene éxito como deportista y siempre tiene éxito como amante. Lo que no ve es que ha fracasado como ser  humano.

Háblele a un egotista sobre el placer y él enumerará sus hazañas. Exprésele sus sentimientos y él le describirá sus planes y proyectos. Siempre encuentra palabras con las cuales hablar de sí mismo, pero nunca al nivel íntimo en el que dos personas intercambian sus sentimientos más profundos. También he conocido a algunas de estas personas. Ocasionalmente vienen a consultarme. Ninguna se ha convertido en mi paciente. Pensar en someterse a otra persona, aun a un terapeuta, es demasiado espantoso para esos egos de papel maché.


jueves, 27 de noviembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 18


Capítulo 4 (continuación)


 Además de luchar por el éxito, una sociedad de masas también produce en sus miembros la obsesión por el poder. La lucha por el éxito se desarrolla a partir de la necesidad de obtener reconocimiento, de lograr una identidad, aunque sólo sea pública, y de sentirse importante. La lucha por el poder deriva de la necesidad de superar un sentimiento interior de impotencia y de compensar un sentimiento  interior de desesperación. Para una persona, el poder tiene dos aspectos. Uno es la riqueza y el otro, la autoridad. Ambos pueden conferirle a su poseedor una sensación de poder que le sirve para crear una pseudoindividualidad similar a la de la persona de éxito. La riqueza y la autoridad parecen brindar oportunidades de autoexpresión que se les niegan a personas de medios más limitados o de menor  categoría social.

Pero la autoexpresión presupone que se tiene una personalidad que expresar. Ni la riqueza ni la autoridad pueden crear una personalidad donde no la hay. No soy el  único entre los psiquiatras que tratan a personas ricas que sufren severos  trastornos emocionales, los cuales las hacen desdichadas a ellas y a sus familias. Muchas de ellas, en realidad, se sienten culpables por poseer riquezas, que, a  pesar de sus aparentes ventajas, generalmente resultan ser una carga. La autoridad puede ser una limitación aún mayor, ya que le impone a su poseedor la obligación de mantener una actitud y una posición que le crean un conflicto en sus sentimientos y deseos. El hombre que tiene autoridad cree que le debe lealtad al sistema que se la otorgó, a pesar del hecho de que ello puede socavar su  integridad personal.

El carácter autodestructivo de la lucha por el éxito con frecuencia se manifiesta cuando éste se alcanza. Tiempo atrás traté a un hombre de negocios que, después de algunos años de esfuerzo, había alcanzado el éxito que ansiaba. Me consultó porque estaba deprimido. Su éxito no había producido el bienestar o la sensación de liberación que había previsto. Otro caso fue el de la actriz que había luchado por ganar el reconocimiento que deseaba. Cuando finalmente lo alcanzó, se deprimió. Estos incidentes son tan comunes que he llegado a advertir que la depresión se  desarrolla cuando se desmorona una ilusión. La ilusión en estos casos consistía en que el éxito conduciría a la felicidad o conllevaría el placer.

Dado que los valores de una sociedad de masas son el éxito y el poder, la persona que los acepta se transforma en un hombre masa y pierde su verdadera individualidad. Ya no piensa en sí mismo como en una persona separada de la  muchedumbre, ya que su interés primordial es elevarse por encima de ella. Al mismo tiempo, es muy importante ser aceptado por la muchedumbre. Abandona la actitud discriminatoria del verdadero hombre en favor de la conformidad. Su comportamiento no está orientado hacia el placer sino hacia el prestigio; se transforma en un buscador de status y en un trepador social. Lo peor es que estas  virtudes se infiltran en su vida privada. Se transforman en los criterios por los cuales juzga a sus hijos, que deben estar a la altura de lo aceptable y, a la vez, sobresalir.

No se puede culpar de este estado de cosas a las personas que rigen el sistema. El productor de televisión no es el responsable de que nos transformemos en hombres masa. El problema no es la falta de calidad de los programas de televisión. Todo el sistema en sí está mal, ya que su fin es atraer al máximo número de personas y su medio es emplear el denominador común emocional más bajo. Nos convertimos en hombres masa cuando nos identificamos con el sistema, aceptando sus valores. Sin embargo, no podemos aislamos fácilmente del sistema,ya que éste invade todos los aspectos de nuestra cultura.

Debemos comprar algunos productos producidos en masa, ya que son más baratos aunque no necesariamente mejores. Debemos leer los periódicos ocasionalmente, aunque he descubierto que añaden poco a mi sensación de  bienestar. Y si no deseamos vivir sin una radio o TV, deberíamos al menos ser exigentes en nuestra elección de programas. Debemos discriminar si queremos evitar que la abrumadora propaganda y publicidad, a favor del sistema, que nos lanzan, nos lave el cerebro. Sólo podremos hacerlo si cuidamos nuestra verdadera individualidad y no nos dejamos seducir por las recompensas que ofrece el sistema a todos los que alcanzan el éxito.

El sistema le ofrece al individuo agresivo oportunidades para convertirse en uno de los actores de la obra y no seguir formando parte de la audiencia a la que no se ve ni escucha. Alguien debe conducir el espectáculo o al menos así parece. Estos individuos que ascienden a la cima de la jerarquía del poder se considera que tienen éxito. Existen jerarquías en todos los campos de acción: negocios, política,  sociedad, arte, etcétera. Y existen jerarquías dentro de cada segmento del campo. Toda actividad organizada crea una jerarquía de poder. En cada jerarquía, grande o pequeña, la persona que se halla en la cima y ejerce el mayor poder es  considerada un individuo de éxito por aquellos que se encuentran más abajo en la escala.

Sin embargo, nadie dirige realmente el programa; nadie ejerce realmente el poder. Los que se encuentran en la cima forman parte del sistema tanto como el hombre que se encuentra más abajo en el poste del tótem. Pueden ser reemplazados tan fácilmente como sus subordinados. No son personas creativas cuyo trabajo tenga el sello de su individualidad. Su función, al igual que la de cada hombre masa, es permitir que el espectáculo continúe, mantener el sistema en funcionamiento, hacer que la máquina siga andando. Por supuesto, es diferente en la cima, pero sólo en  términos de poder, no en términos de placer. En la cima puede tener la satisfacción de distinguirse de la masa, pero esto no se debe a que es un individuo. Está parado sobre los hombros de la masa de personas cuyo apoyo es necesario para su posición. No es diferente de ellos. Es un hombre masa que ha sido enfocado por el reflecto durante algún tiempo. Es un individuo dedicado a la lucha por el poder y  disociado de su cuerpo y de su orientación hacia el placer.

martes, 11 de noviembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 17

 CAPITULO 4

Poder versus placer

EL HOMBRE MASA

La lucha natural de un organismo por el placer normalmente se suspende sólo en dos situaciones: en aras de la supervivencia y en busca de un placer mayor. En circunstancias que amenazan la vida de un hombre, el placer y la creatividad se convierten en valores irrelevantes.Lo importante es sobrevivir y una persona tolerará el dolor y renunciará al placer para mantenerse viva. Además de        esta  situación, un hombre postergará la satisfacción inmediata de una necesidad o deseo si esto lo conduce a un placer mayor en el futuro. También tolerará cierto grado de dolor para alcanzar un objetivo que le promete un placer significativo. El proceso creativo frecuentemente — conlleva algún dolor en el esfuerzo por lograr que una concepción dé frutos. En ninguna de las dos situaciones puede     considerarse que sacrificar el placer sea un acto destructivo.

El placer es todavía el principal objetivo del hombre. Sin embargo, se dice que existe sólo una situación que conduce a una conducta autodestructiva: esa situación es la aglomeración o, más precisamente, el hacinamiento. Se sabe que cuando un grupo de animales excede una densidad óptima en relación con el espacio en que vive, se ponen en movimiento fuerzas destructivas  Se ha demostrado experimentalmente que una aglomeración de ratas confinadas en un área limitada se vuelve autodestructiva cuando su densidad excede cierta cifra. Se desarrollan patrones de comportamiento neuróticos, hay una pérdida de interés en la limpieza, las ratas madres abandonan o destruyen a sus crías y los machos más fuertes atacan y matan a los más débiles.

La explicación que se da de este comportamiento es que a los animales los trastorna el número excesivo de contactos que tienen entre sí en el estado de densidad excesiva. Por una parte se sienten excitados y estimulados por estos contactos, pero por otra, la descarga y liberación de la excitación está restringida por el hacinamiento. En consecuencia, se vuelven temerosos, nerviosos y autodestructivos. El paralelismo entre el comportamiento neurótico de las ratas y el del hombre moderno, que también vive en condiciones de hacinamiento, no ha escapado a nuestra atención. Sin embargo, los psiquiatras dudan en aceptar el simple hecho del hacinamiento como la causa de las enfermedades emocionales que ven en sus consultorios. 

En primer lugar, estas enfermedades tambien se desarrollan en personas que no viven en condiciones de hacinamiento. En segundo lugar, no todas las personas de un área de alta densidad se vuelven autodestructivas. Y en tercer lugar, la mayoría de los problemas emocionales han sido definitivamente rastreados hasta experiencias familiares de la niñez temprana. El paralelismo es, sin embargo, tan sorprendente que no se lo puede ignorar. Más aún, numerosos estudios, han demostrado que la incidencia de las enfermedades emocionales es mayor en las áreas de alta densidad y con bajos ingresos. 

Yo sugeriría que el común denominador de todos los patrones de comportamiento neurótico es la disminución del sentido del Sí-mismo. Esto incluye una pérdida del sentido de identidad, una conciencia reducida de la propia individualidad, una disminución de la autoexpresión y una reducida capacidad de sentir placer. Seguramente, el hacinamiento contribuirá a esta limitación de  la personalidad como causa material, mientras que la situación familiar actúa como causa eficiente. La familia, como lo señaló Wilhelm Reich, es el agente operativo de la sociedad.

Aunque nadie sabe cuál es la densidad óptima para una población humana, no puede negarse que estamos viviendo en una sociedad de masas y que sus miembros exhiben cierto grado de comportamiento autodestructivo. En lugar de luchar por el placer, que es el patrón normal, se ven impulsados a alcanzar el éxito y están obsesionados con la idea del poder. Ni el impulso ni la obsesión fomentan un enfoque creativo de la vida. Son fuerzas destructivas de la personalidad. 

En una sociedad de masas el éxito es la marca que distingue al individuo de la masa. Se dice que la persona triunfadora "tiene el éxito asegurado”. Lo que ha hecho es ganarse un nombre. Habiendo obtenido esta distinción, entonces supuestamente podrá sentarse a disfrutar de la vida mientras el resto de la masa, los sin nombre, deben continuar en su lucha por el éxito. El individuo que tiene   éxito es envidiado por la masa, que ve en este éxito un aura de poder e imagina que para aquél los problemas desaparecerán o por lo menos se reducirán  significativamente.

Sabemos racionalmente que el éxito no posee propiedades mágicas. Sin embargo, emocionalmente todos estamos más o menos comprometidos con el éxito en una  forma u otra: financiera, política, atlética, social e incluso matrimonial. Sea cual fuere el campo de acción que elijamos, le asignamos tanta importancia al éxito que  generalmente se convierte en el impulso dominante de nuestras vidas. Esto es comprensible, ya que pensar en términos de éxito o fracaso es natural en nuestra cultura orientada hacia objetivos. Desde el momento en que ingresamos a la escuela, nuestra vida pública está marcada por el registro de nuestros éxitos y fracasos. El progreso en la escuela está representado por el logro de objetivos y  luego esto se convierte en el patrón de nuestra vida adulta.

El problema que nos concierne, sin embargo, es la creciente tendencia a que el éxito en sí se convierta en el objetivo dominante. Si, por ejemplo, planeo escribir un libro, mi objetivo es publicarlo. Cuando alcanzo este objetivo, puedo decir que he tenido éxito. Pero en la mente del público éste no es un éxito. Sin embargo, si por casualidad el libro entrara en la lista de éxitos de ventas, yo habría tenido éxito. Habría ganado el reconocimiento que de alguna manera es esencial para la imagen di éxito.

¿Puede decirse que la lucha por el éxito es una lucha por el reconocimiento? Hay bastantes pruebas que apoyan esta visión. En todos los campos de acción se han  desarrollado procedimientos y prácticas para brindar la aclamación que el éxito requiere. En cine, el Academy Award (Premio de la Academia) en el teatro de Nueva York, el Tony Award (Premio Tony), El béisbol tiene su Hall of Fame (Salón de la Fama); el fútbol, sus equipos All-Americans. El hombre de negocios que tiene éxito recibe homenajes en almuerzos y cenas; el artista, en recepciones e  inauguraciones. Todas estas actividades se realizan con la mayor publicidad posible, para ampliar la imagen del individuo de éxito.

Esta imagen, tal como se la presenta al público por Los medios de masas, muestra a la persona de éxito como un individuo feliz. Está rodeado por una familia sonriente, cuyos miembros parecen iluminados por el resplandor del éxito. Ninguna nube oscurece el horizonte de su buena suerte. Esta imagen puede empañarse más tarde, cuando los problemas de su vida personal irrumpan en la conciencia  pública, pero en ese momento otros individuos habrán acaparado la atención del público para darle nuevo lustre a la imagen del éxito. El público parece necesitar figuras a las cuales admirar y los medios de masas satisfacen esta necesidad. La persona de éxito es el héroe de la era tecnológica.

 Los héroes no son nuevos. Cada era produce su cuota de individuos que se distinguen de los demás miembros de su comunidad por algún logro. Su aclamación sirve para que los demás sigan su ejemplo. La imagen del héroe es la de un individuo que encama una virtud en su grado máximo. Esa virtud puede ser el valor, la sabiduría o la fe, pero siempre es un atributo personal que se hace  evidente por los logros del héroe. Este no lucha por el reconocimiento. La motivación de sus acciones no puede ser egotista; de lo contrario no sería un verdadero héroe.

En nuestra cultura, el éxito en sí no implica una virtud superior. Un libro no es necesariamente superior porque esté en las listas de éxitos en ventas. La mayoría de los libros que alcanzan esta distinción atraen al mercado de masas y generalmente están sostenidos por una amplia publicidad. Si bien en el mundo de los negocios el éxito puede requerir un alto grado de perspicacia, esta cualidad  nunca ha sido considerada una virtud personal. Hoy lo que importa es el logro, no las cualidades personales del individuo. A veces el éxito se logra por cualidades no  precisamente virtuosas. Hasta su caída, Hitler era considerado un hombre de éxito por muchas personas de todo el mundo. Por supuesto, el éxito puede alcanzar al  individuo con aptitudes superiores; sin embargo, lo que se reconoce no es su virtud personal sino su logro. Con frecuencia, el verdadero logro es relativamente poco  importante. El autor de seis buenos libros puede tener menos éxito que el escritor de un éxito en ventas. Lo que sí importa es el reconocimiento. Sin reconocimiento no podemos considerar que hemos tenido éxito ante el público.

Alcanzar el éxito significa sobresalir en la muchedumbre, destacarse sobre la masa de personas y ser reconocido como individuo. Para el escritor significa que lo que dice o escribe se considere importante. “Importa”, es la forma en que se definió a un autor de éxito. Antes de su éxito no “importaba”, aunque lo que hubiera escrito podría haber tenido más valor que su obra posterior. A través del éxito, se ha vuelto importante. Vemos esto todo el tiempo. Tan pronto una persona alcanza el éxito, se la escucha con respeto. Dado que “lo ha logrado”, sus palabras pueden decirnos a los demás, que aún estamos luchando, el secreto de la buena suerte. La persona de éxito es importante para todos los que desean emularlo.

El éxito es el reflector que ilumina a uno entre muchos. En realidad, en el mundo de hoy no es necesario lograr nada especial para tener éxito; si el reflector ilumina a un individuo, éste se encuentra en el camino hacia el éxito. Si en Life se publica un artículo sobre usted, con una fotografía suya, se podrá considerar que usted tiene éxito. Si usted aparece en un programa de televisión nacional, “tiene el éxito asegurado”. Los reflectores se han vuelto tan poderosos que la persona en la que se posan por un momento se distingue para toda la vida. Pero por el mismo   proceso, el resto de las personas queda en una sombra más profunda.
 
Si una sociedad de masas alimenta la lucha por el éxito, es igualmente cierto que la imagen del éxito se transforma en una de las fuerzas cohesivas de tal sociedad.
Los medios de masas no son la única fuerza que crea al hombre masa, es decir, la persona sin identidad pública. El entretenimiento masivo y la producción en masa son otras partes del sistema. ¿Qué individualidad se puede sentir al conducir un Ford o un Chevrolet? Hay cerca de un millón de cada una de estas marcas de automóvil en las autopistas de Estados Unidos. Para superar esta limitación algunos individuos agresivos intentan ser los primeros en tener el último modelo. Si nos obligan a comprar productos idénticos y a vivir en hogares idénticos, se cierran estas importantes áreas de la autoexpresión.

Pero la producción en masa nos  exige incluso que tengamos empleos idénticos. Podemos ser una de las veinte secretarias en una oficina, uno de los cien  vendedores de un sector, uno de los mil trabajadores de la producción en una fábrica; somos los hombres masa que pueden ser reemplazados sin alterar la rutina.

El entretenimiento masivo tiene un efecto aún más insidioso ya que irrumpe en nuestra vida privada. Como televidentes, ni siquiera se nos conoce. Nos sentamos en la semioscuridad a mirar una imagen y no nos relacionamos con el actor ni siquiera como cuando compramos una entrada. Se nos priva de la oportunidad de expresar nuestra respuesta otorgando o negando el aplauso. Somos el gran  público desconocido, que no importa salvo en términos de cifras. La única salida para nuestro ego es a través de la identificación con los individuos destacados, los que tienen éxito.