martes, 11 de noviembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 17

 CAPITULO 4

Poder versus placer

EL HOMBRE MASA

La lucha natural de un organismo por el placer normalmente se suspende sólo en dos situaciones: en aras de la supervivencia y en busca de un placer mayor. En circunstancias que amenazan la vida de un hombre, el placer y la creatividad se convierten en valores irrelevantes.Lo importante es sobrevivir y una persona tolerará el dolor y renunciará al placer para mantenerse viva. Además de        esta  situación, un hombre postergará la satisfacción inmediata de una necesidad o deseo si esto lo conduce a un placer mayor en el futuro. También tolerará cierto grado de dolor para alcanzar un objetivo que le promete un placer significativo. El proceso creativo frecuentemente — conlleva algún dolor en el esfuerzo por lograr que una concepción dé frutos. En ninguna de las dos situaciones puede     considerarse que sacrificar el placer sea un acto destructivo.

El placer es todavía el principal objetivo del hombre. Sin embargo, se dice que existe sólo una situación que conduce a una conducta autodestructiva: esa situación es la aglomeración o, más precisamente, el hacinamiento. Se sabe que cuando un grupo de animales excede una densidad óptima en relación con el espacio en que vive, se ponen en movimiento fuerzas destructivas  Se ha demostrado experimentalmente que una aglomeración de ratas confinadas en un área limitada se vuelve autodestructiva cuando su densidad excede cierta cifra. Se desarrollan patrones de comportamiento neuróticos, hay una pérdida de interés en la limpieza, las ratas madres abandonan o destruyen a sus crías y los machos más fuertes atacan y matan a los más débiles.

La explicación que se da de este comportamiento es que a los animales los trastorna el número excesivo de contactos que tienen entre sí en el estado de densidad excesiva. Por una parte se sienten excitados y estimulados por estos contactos, pero por otra, la descarga y liberación de la excitación está restringida por el hacinamiento. En consecuencia, se vuelven temerosos, nerviosos y autodestructivos. El paralelismo entre el comportamiento neurótico de las ratas y el del hombre moderno, que también vive en condiciones de hacinamiento, no ha escapado a nuestra atención. Sin embargo, los psiquiatras dudan en aceptar el simple hecho del hacinamiento como la causa de las enfermedades emocionales que ven en sus consultorios. 

En primer lugar, estas enfermedades tambien se desarrollan en personas que no viven en condiciones de hacinamiento. En segundo lugar, no todas las personas de un área de alta densidad se vuelven autodestructivas. Y en tercer lugar, la mayoría de los problemas emocionales han sido definitivamente rastreados hasta experiencias familiares de la niñez temprana. El paralelismo es, sin embargo, tan sorprendente que no se lo puede ignorar. Más aún, numerosos estudios, han demostrado que la incidencia de las enfermedades emocionales es mayor en las áreas de alta densidad y con bajos ingresos. 

Yo sugeriría que el común denominador de todos los patrones de comportamiento neurótico es la disminución del sentido del Sí-mismo. Esto incluye una pérdida del sentido de identidad, una conciencia reducida de la propia individualidad, una disminución de la autoexpresión y una reducida capacidad de sentir placer. Seguramente, el hacinamiento contribuirá a esta limitación de  la personalidad como causa material, mientras que la situación familiar actúa como causa eficiente. La familia, como lo señaló Wilhelm Reich, es el agente operativo de la sociedad.

Aunque nadie sabe cuál es la densidad óptima para una población humana, no puede negarse que estamos viviendo en una sociedad de masas y que sus miembros exhiben cierto grado de comportamiento autodestructivo. En lugar de luchar por el placer, que es el patrón normal, se ven impulsados a alcanzar el éxito y están obsesionados con la idea del poder. Ni el impulso ni la obsesión fomentan un enfoque creativo de la vida. Son fuerzas destructivas de la personalidad. 

En una sociedad de masas el éxito es la marca que distingue al individuo de la masa. Se dice que la persona triunfadora "tiene el éxito asegurado”. Lo que ha hecho es ganarse un nombre. Habiendo obtenido esta distinción, entonces supuestamente podrá sentarse a disfrutar de la vida mientras el resto de la masa, los sin nombre, deben continuar en su lucha por el éxito. El individuo que tiene   éxito es envidiado por la masa, que ve en este éxito un aura de poder e imagina que para aquél los problemas desaparecerán o por lo menos se reducirán  significativamente.

Sabemos racionalmente que el éxito no posee propiedades mágicas. Sin embargo, emocionalmente todos estamos más o menos comprometidos con el éxito en una  forma u otra: financiera, política, atlética, social e incluso matrimonial. Sea cual fuere el campo de acción que elijamos, le asignamos tanta importancia al éxito que  generalmente se convierte en el impulso dominante de nuestras vidas. Esto es comprensible, ya que pensar en términos de éxito o fracaso es natural en nuestra cultura orientada hacia objetivos. Desde el momento en que ingresamos a la escuela, nuestra vida pública está marcada por el registro de nuestros éxitos y fracasos. El progreso en la escuela está representado por el logro de objetivos y  luego esto se convierte en el patrón de nuestra vida adulta.

El problema que nos concierne, sin embargo, es la creciente tendencia a que el éxito en sí se convierta en el objetivo dominante. Si, por ejemplo, planeo escribir un libro, mi objetivo es publicarlo. Cuando alcanzo este objetivo, puedo decir que he tenido éxito. Pero en la mente del público éste no es un éxito. Sin embargo, si por casualidad el libro entrara en la lista de éxitos de ventas, yo habría tenido éxito. Habría ganado el reconocimiento que de alguna manera es esencial para la imagen di éxito.

¿Puede decirse que la lucha por el éxito es una lucha por el reconocimiento? Hay bastantes pruebas que apoyan esta visión. En todos los campos de acción se han  desarrollado procedimientos y prácticas para brindar la aclamación que el éxito requiere. En cine, el Academy Award (Premio de la Academia) en el teatro de Nueva York, el Tony Award (Premio Tony), El béisbol tiene su Hall of Fame (Salón de la Fama); el fútbol, sus equipos All-Americans. El hombre de negocios que tiene éxito recibe homenajes en almuerzos y cenas; el artista, en recepciones e  inauguraciones. Todas estas actividades se realizan con la mayor publicidad posible, para ampliar la imagen del individuo de éxito.

Esta imagen, tal como se la presenta al público por Los medios de masas, muestra a la persona de éxito como un individuo feliz. Está rodeado por una familia sonriente, cuyos miembros parecen iluminados por el resplandor del éxito. Ninguna nube oscurece el horizonte de su buena suerte. Esta imagen puede empañarse más tarde, cuando los problemas de su vida personal irrumpan en la conciencia  pública, pero en ese momento otros individuos habrán acaparado la atención del público para darle nuevo lustre a la imagen del éxito. El público parece necesitar figuras a las cuales admirar y los medios de masas satisfacen esta necesidad. La persona de éxito es el héroe de la era tecnológica.

 Los héroes no son nuevos. Cada era produce su cuota de individuos que se distinguen de los demás miembros de su comunidad por algún logro. Su aclamación sirve para que los demás sigan su ejemplo. La imagen del héroe es la de un individuo que encama una virtud en su grado máximo. Esa virtud puede ser el valor, la sabiduría o la fe, pero siempre es un atributo personal que se hace  evidente por los logros del héroe. Este no lucha por el reconocimiento. La motivación de sus acciones no puede ser egotista; de lo contrario no sería un verdadero héroe.

En nuestra cultura, el éxito en sí no implica una virtud superior. Un libro no es necesariamente superior porque esté en las listas de éxitos en ventas. La mayoría de los libros que alcanzan esta distinción atraen al mercado de masas y generalmente están sostenidos por una amplia publicidad. Si bien en el mundo de los negocios el éxito puede requerir un alto grado de perspicacia, esta cualidad  nunca ha sido considerada una virtud personal. Hoy lo que importa es el logro, no las cualidades personales del individuo. A veces el éxito se logra por cualidades no  precisamente virtuosas. Hasta su caída, Hitler era considerado un hombre de éxito por muchas personas de todo el mundo. Por supuesto, el éxito puede alcanzar al  individuo con aptitudes superiores; sin embargo, lo que se reconoce no es su virtud personal sino su logro. Con frecuencia, el verdadero logro es relativamente poco  importante. El autor de seis buenos libros puede tener menos éxito que el escritor de un éxito en ventas. Lo que sí importa es el reconocimiento. Sin reconocimiento no podemos considerar que hemos tenido éxito ante el público.

Alcanzar el éxito significa sobresalir en la muchedumbre, destacarse sobre la masa de personas y ser reconocido como individuo. Para el escritor significa que lo que dice o escribe se considere importante. “Importa”, es la forma en que se definió a un autor de éxito. Antes de su éxito no “importaba”, aunque lo que hubiera escrito podría haber tenido más valor que su obra posterior. A través del éxito, se ha vuelto importante. Vemos esto todo el tiempo. Tan pronto una persona alcanza el éxito, se la escucha con respeto. Dado que “lo ha logrado”, sus palabras pueden decirnos a los demás, que aún estamos luchando, el secreto de la buena suerte. La persona de éxito es importante para todos los que desean emularlo.

El éxito es el reflector que ilumina a uno entre muchos. En realidad, en el mundo de hoy no es necesario lograr nada especial para tener éxito; si el reflector ilumina a un individuo, éste se encuentra en el camino hacia el éxito. Si en Life se publica un artículo sobre usted, con una fotografía suya, se podrá considerar que usted tiene éxito. Si usted aparece en un programa de televisión nacional, “tiene el éxito asegurado”. Los reflectores se han vuelto tan poderosos que la persona en la que se posan por un momento se distingue para toda la vida. Pero por el mismo   proceso, el resto de las personas queda en una sombra más profunda.
 
Si una sociedad de masas alimenta la lucha por el éxito, es igualmente cierto que la imagen del éxito se transforma en una de las fuerzas cohesivas de tal sociedad.
Los medios de masas no son la única fuerza que crea al hombre masa, es decir, la persona sin identidad pública. El entretenimiento masivo y la producción en masa son otras partes del sistema. ¿Qué individualidad se puede sentir al conducir un Ford o un Chevrolet? Hay cerca de un millón de cada una de estas marcas de automóvil en las autopistas de Estados Unidos. Para superar esta limitación algunos individuos agresivos intentan ser los primeros en tener el último modelo. Si nos obligan a comprar productos idénticos y a vivir en hogares idénticos, se cierran estas importantes áreas de la autoexpresión.

Pero la producción en masa nos  exige incluso que tengamos empleos idénticos. Podemos ser una de las veinte secretarias en una oficina, uno de los cien  vendedores de un sector, uno de los mil trabajadores de la producción en una fábrica; somos los hombres masa que pueden ser reemplazados sin alterar la rutina.

El entretenimiento masivo tiene un efecto aún más insidioso ya que irrumpe en nuestra vida privada. Como televidentes, ni siquiera se nos conoce. Nos sentamos en la semioscuridad a mirar una imagen y no nos relacionamos con el actor ni siquiera como cuando compramos una entrada. Se nos priva de la oportunidad de expresar nuestra respuesta otorgando o negando el aplauso. Somos el gran  público desconocido, que no importa salvo en términos de cifras. La única salida para nuestro ego es a través de la identificación con los individuos destacados, los que tienen éxito.

 

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