Capítulo 4 (continuación)
Además de luchar por el éxito, una sociedad de masas también produce en sus miembros la obsesión por el poder. La lucha por el éxito se desarrolla a partir de la necesidad de obtener reconocimiento, de lograr una identidad, aunque sólo sea pública, y de sentirse importante. La lucha por el poder deriva de la necesidad de superar un sentimiento interior de impotencia y de compensar un sentimiento interior de desesperación. Para una persona, el poder tiene dos aspectos. Uno es la riqueza y el otro, la autoridad. Ambos pueden conferirle a su poseedor una sensación de poder que le sirve para crear una pseudoindividualidad similar a la de la persona de éxito. La riqueza y la autoridad parecen brindar oportunidades de autoexpresión que se les niegan a personas de medios más limitados o de menor categoría social.
Pero la autoexpresión presupone que se tiene una personalidad que expresar. Ni la riqueza ni la autoridad pueden crear una personalidad donde no la hay. No soy el único entre los psiquiatras que tratan a personas ricas que sufren severos trastornos emocionales, los cuales las hacen desdichadas a ellas y a sus familias. Muchas de ellas, en realidad, se sienten culpables por poseer riquezas, que, a pesar de sus aparentes ventajas, generalmente resultan ser una carga. La autoridad puede ser una limitación aún mayor, ya que le impone a su poseedor la obligación de mantener una actitud y una posición que le crean un conflicto en sus sentimientos y deseos. El hombre que tiene autoridad cree que le debe lealtad al sistema que se la otorgó, a pesar del hecho de que ello puede socavar su integridad personal.
El carácter autodestructivo de la lucha por el éxito con frecuencia se manifiesta cuando éste se alcanza. Tiempo atrás traté a un hombre de negocios que, después de algunos años de esfuerzo, había alcanzado el éxito que ansiaba. Me consultó porque estaba deprimido. Su éxito no había producido el bienestar o la sensación de liberación que había previsto. Otro caso fue el de la actriz que había luchado por ganar el reconocimiento que deseaba. Cuando finalmente lo alcanzó, se deprimió. Estos incidentes son tan comunes que he llegado a advertir que la depresión se desarrolla cuando se desmorona una ilusión. La ilusión en estos casos consistía en que el éxito conduciría a la felicidad o conllevaría el placer.
Dado que los valores de una sociedad de masas son el éxito y el poder, la persona que los acepta se transforma en un hombre masa y pierde su verdadera individualidad. Ya no piensa en sí mismo como en una persona separada de la muchedumbre, ya que su interés primordial es elevarse por encima de ella. Al mismo tiempo, es muy importante ser aceptado por la muchedumbre. Abandona la actitud discriminatoria del verdadero hombre en favor de la conformidad. Su comportamiento no está orientado hacia el placer sino hacia el prestigio; se transforma en un buscador de status y en un trepador social. Lo peor es que estas virtudes se infiltran en su vida privada. Se transforman en los criterios por los cuales juzga a sus hijos, que deben estar a la altura de lo aceptable y, a la vez, sobresalir.
No se puede culpar de este estado de cosas a las personas que rigen el sistema. El productor de televisión no es el responsable de que nos transformemos en hombres masa. El problema no es la falta de calidad de los programas de televisión. Todo el sistema en sí está mal, ya que su fin es atraer al máximo número de personas y su medio es emplear el denominador común emocional más bajo. Nos convertimos en hombres masa cuando nos identificamos con el sistema, aceptando sus valores. Sin embargo, no podemos aislamos fácilmente del sistema,ya que éste invade todos los aspectos de nuestra cultura.
Debemos comprar algunos productos producidos en masa, ya que son más baratos aunque no necesariamente mejores. Debemos leer los periódicos ocasionalmente, aunque he descubierto que añaden poco a mi sensación de bienestar. Y si no deseamos vivir sin una radio o TV, deberíamos al menos ser exigentes en nuestra elección de programas. Debemos discriminar si queremos evitar que la abrumadora propaganda y publicidad, a favor del sistema, que nos lanzan, nos lave el cerebro. Sólo podremos hacerlo si cuidamos nuestra verdadera individualidad y no nos dejamos seducir por las recompensas que ofrece el sistema a todos los que alcanzan el éxito.
El sistema le ofrece al individuo agresivo oportunidades para convertirse en uno de los actores de la obra y no seguir formando parte de la audiencia a la que no se ve ni escucha. Alguien debe conducir el espectáculo o al menos así parece. Estos individuos que ascienden a la cima de la jerarquía del poder se considera que tienen éxito. Existen jerarquías en todos los campos de acción: negocios, política, sociedad, arte, etcétera. Y existen jerarquías dentro de cada segmento del campo. Toda actividad organizada crea una jerarquía de poder. En cada jerarquía, grande o pequeña, la persona que se halla en la cima y ejerce el mayor poder es considerada un individuo de éxito por aquellos que se encuentran más abajo en la escala.
Sin embargo, nadie dirige realmente el programa; nadie ejerce realmente el poder. Los que se encuentran en la cima forman parte del sistema tanto como el hombre que se encuentra más abajo en el poste del tótem. Pueden ser reemplazados tan fácilmente como sus subordinados. No son personas creativas cuyo trabajo tenga el sello de su individualidad. Su función, al igual que la de cada hombre masa, es permitir que el espectáculo continúe, mantener el sistema en funcionamiento, hacer que la máquina siga andando. Por supuesto, es diferente en la cima, pero sólo en términos de poder, no en términos de placer. En la cima puede tener la satisfacción de distinguirse de la masa, pero esto no se debe a que es un individuo. Está parado sobre los hombros de la masa de personas cuyo apoyo es necesario para su posición. No es diferente de ellos. Es un hombre masa que ha sido enfocado por el reflecto durante algún tiempo. Es un individuo dedicado a la lucha por el poder y disociado de su cuerpo y de su orientación hacia el placer.
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