martes, 13 de enero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 26

 

PENSAMIENTO Y SENTIMIENTO 

Generalmente se considera el pensamiento como opuesto al sentimiento. Se contrasta a la persona pensante con la impulsiva, es decir, el individuo que actúa según sus sentimientos sin pensar. “Detente a pensar” es la orden de la razón. Tal vez  parezca una contradicción, en consecuencia, decir que lo que se siente está íntimamente vinculado a lo que se piensa. Sin embargo, si analizamos nuestros procesos de pensamiento, nos sorprenderá saber cuánto se relaciona nuestro pensamiento con nuestros sentimientos, cuántos de nuestros pensamientos tienen una base emocional.

 La mayoría de nuestros pensamientos comunes son subjetivos. Necesitamos un esfuerzo de la voluntad para ser objetivos en nuestros procesos de  pensamiento.  El pensamiento juega un rol dual con respecto al sentimiento. Cuando una persona intenta pensar objetivamente, el pensamiento se opone al sentimiento. En otras ocasiones, el pensamiento es subjetivo y está  altamente influido por los sentimientos. En el pensamiento subjetivo, la línea de pensamiento corre paralela al sentimiento. En el pensamiento objetivo, corre en dirección contraria al sentimiento, es decir, miramos al sentimiento en forma crítica. Este rol dual del pensamiento en relación con el sentimiento sugiere que existe una relación dialéctica entre estos dos procesos. Se puede ver que tienen un origen  común en el inconsciente pero se desvían y se vuelven antitéticos en el nivel de la conciencia.

La identidad funcional del pensamiento y el sentimiento deriva de su origen común en el movimiento del cuerpo. Todos los movimientos del cuerpo que percibe la conciencia dan origen a un pensamiento y a un sentimiento. La conciencia del sentimiento ocurre en un lugar del cerebro diferente de aquel donde se forma un pensamiento.

Los centros del sentimiento, del placer o del dolor y las diferentes emociones están localizados en el cerebro medio y en el hipotálamo. Cuando los impulsos nerviosos, enviados por movimientos del cuerpo, alcanzan estos centros, la persona se hace consciente de los sentimientos. El impulso no se detiene en estos centros inferiores, sin embargo, sino que avanza por otros nervios hacia los hemisferios  cerebrales, dónde tienen lugar la formación de la imagen y el pensamiento simbólico. Debido a que los hemisferios cerebrales son las porciones más nuevas y avanzadas del cerebro, se Justifica que consideremos que el proceso de  pensamiento representa un nivel superior de conciencia.

Esto explicaría por qué podemos pensar en nuestros sentimientos pero no sentir nuestros pensamientos. Sin embargo, dado que la percepción es una función de la  conciencia en general, en la medida en que seamos conscientes y nos movamos tendremos sentimientos y pensamientos.

El concepto según el cual los movimientos del cuerpo dan origen a sentimientos y pensamientos se opone al pensamiento corriente. Estamos acostumbrados a ver el movimiento como una consecuencia del pensamiento y del sentimiento y no a la inversa. Esto se debe a que vemos todos los hechos personales a través del ego, que ocupa una posición en la cima de la pirámide jerárquica de las funciones de la personalidad. Visto desde abajo, el movimiento no sólo precede sino que sirve de fundamento a nuestros sentimientos y pensamientos. Estos movimientos  informativos son los movimientos corporales involuntarios.

Si no hay movimiento, la sensación desaparece. Si una persona no mueve el brazo durante un tiempo prolongado, éste se entumece y la persona no lo siente. Decimos que se duerme. Aun cuando conscientemente podamos moverlo, no lo sentimos. Sin embargo, al reactivarse la circulación, se restablece la sensibilidad. Este fenómeno se observa también en los estados esquizofrénicos, en los que puede haber pérdida de sensibilidad en todo el cuerpo. El paciente puede quejarse de que su cuerpo está muerto. Este síntoma, denominado despersonalización, puede superarse estimulando la respiración y el movimiento y restituyendo la  conexión entre pensamiento y sentimiento.

Muchos autores han señalado la relación entre pensamiento y sentimiento. Sandor Ferenczi señaló que la actividad muscular es una ayuda para el pensamiento.  Caminamos por una habitación cuando estamos tratando de resolver un problema. Silvano Arieti analiza el desarrollo del pensamiento desde, una representación interna simple de los movimientos y respuestas motrices a los  conceptos complejos de la filosofía y de la ciencia. Se ha dicho que todo pensamiento es una acción incipiente y que nos permite ensayar la acción en nuestras mentes antes de  embarcarnos en su realización. En esto, el pensamiento se diferencia del sentimiento, que impulsa a la persona a actuar inmediatamente.

Si el pensamiento deriva del movimiento, se sigue que la mayor capacidad de pensamiento del hombre proviene en última instancia de la mayor variedad de movimientos que es capaz de realizar. Para coordinar una mayor variedad de  movimientos se necesita un mecanismo neuronal más complejo. En esta conexión es significativo que en el área motora del cerebro haya más espacio y más neuronas asignadas a los movimientos de la mano que a los de otras partes del cuerpo. Esto refleja los intrincados y complejos movimientos que la mano humana es capaz de realizar. Esta relación entre movimiento y pensamiento puede explicar  por qué se dice que las personas retardadas mentales realizan movimientos descoordinados y torpes. Puede explicarse por el hecho de que los niños que sufren daños cerebrales no pueden desarrollar la coordinación motriz ni las destrezas de una persona sana. Pero se ha demostrado con claridad que, aun cuando haya daño cerebral, cualquier mejora significativa que pueda producirse en la coordinación motriz mediante ejercicios mejora el pensamiento general del niño.  

La capacidad superior de pensamiento del hombre, comparada con la de otros animales, es también una función de su elevada conciencia. El hombre es más  consciente de sí mismo y más consciente de su medio que cualquier otro animal. Si bien la totalidad del fenómeno de la conciencia es aún un misterio, la elevada conciencia del hombre no puede ser un desarrollo aislado. Se corresponde con una elevada sexualidad, en el otro extremo del cuerpo.

El hombre tiene deseo sexual con más frecuencia, sensaciones sexuales más fuertes y una capacidad de respuesta sexual mayor que la de cualquier otro animal. Tiene, en otras palabras, más energía sexual, pero dado que no hay una energía sexual específica, la conclusión de esto es que tiene más energía tanto para su sexualidad como para su conciencia.

SUBJETIVIDAD Y OBJETIVIDAD

El pensamiento objetivo busca definir las relaciones causales  en términos de las acciones y no de los sentimientos, ya que las acciones son hechos públicos, visibles, mientras que los sentimientos son hechos privados e internos. Los sentimientos no pueden verificarse objetivamente y en consecuencia no tienen cabida en el pensamiento objetivo. La pregunta que surge es la siguiente: ¿Puede el pensamiento divorciarse completamente del sentimiento? De hecho, cuando se analiza su naturaleza, el pensamiento objetivo, es decir, el pensamiento no emocional, parece más contradictorio que el pensamiento emocional o pensamiento subjetivo. Si la mente está completamente divorciada del aspecto sensitivo del ser, se transforma en un ordenador que funciona sólo sobre la base de la información que se le suministra. Esto es pensamiento programado. En contadas situaciones, la mente humana puede funcionar de esta manera. 

El pensamiento de un estudiante mientras realiza un problema de geometría se asemeja a las operaciones de un ordenador. El estudiante intenta tener a mano toda la información que ha adquirido sobre la geometría para la solución del problema. Si esta información es inadecuada, no puede resolver el problema, ya que ni sus sentimientos ni su experiencia personal le pueden servir de ayuda.

Mientras una persona esté viva, su cuerpo enviará impulsos a su cerebro, informando de sus actividades a ese órgano y produciendo sensaciones, sentimientos y pensamientos. Aun en medio de nuestras reflexiones más  abstractas, nuestras mentes no están libres de la intrusión de consideraciones personales. Somos conscientes de que nos sentimos irritados, frustrados, excitados o relajados.

Estas intrusiones dificultan la tarea del pensamiento objetivo y con frecuencia se necesita un considerable esfuerzo de la voluntad para mantener la atención  concentrada en un problema personal. Las intrusiones son mínimas cuando el cuerpo se halla en un estado de placer y el problema plantea un desafío creativo. En estas condiciones, la mente tiene menos tendencia a divagar.Pero tales condiciones son poco frecuentes en una cultura o sistema educativo que niega el rol del placer en el proceso creativo.

Cuando el individuo tiene que luchar contra sentimientos dolorosos que invaden su conciencia, el pensamiento objetivo se convierte en una cuestión de autodisciplina. Los sentimientos dolorosos siempre producen mayores trastornos que los placenteros, ya que el dolor se interpreta como una señal de peligro. Para pensar  objetivamente cuando el cuerpo se halla en estado de dolor, o de falta de placer, se debe apaciguar el cuerpo para reducirla sensación de dolor. Este “apaciguamiento”  disociala mente del cuerpo y toma el pensamiento mecánico o computarizado. El pensamiento creativo, que depende del libre flujo de las ideas inconscientes, actúa sólo cuando el cuerpo está más vivo y libre de cargas. No podemos evadir la conclusión de que la calidad del pensamiento, y probablemente también su contenido, no puede estar completamente divorciada del tono emocional del cuerpo.

El pensamiento objetivo se dificulta aún más cuando una persona intenta ser objetiva con respecto a su propio comportamiento. Dado que el comportamiento está mayormente determinado por los sentimientos, una persona tiene que conocer sus sentimientos para evaluar su comportamiento objetivamente. Por ejemplo, si una persona no es consciente de su agresividad explicará su reacción negativa como reacción a la animadversión de los demás hacia ella. No ve sus acciones como las ven los demás y en consecuencia es incapaz de evaluar su rol cuando provoca una respuesta negativa. Sin conciencia de las propias emociones y motivos, no se puede ser completamente objetivo consigo mismo. El ojo del intelecto sólo puede evaluar la lógica del propio razonamiento sobre la base de
los sentimientos percibidos. Pero si una persona es consciente de sus sentimientos y puede expresarlos subjetivamente, puede verdaderamente asumir una posición objetiva. Puede decir, por ejemplo: “Siento que soy agresivo y comprendo por qué muchas personas reaccionan negativamente conmigo”. La verdadera objetividad exige una adecuada subjetividad.

Somos mucho más objetivos al considerar el comportamiento de otras personas que al pensar en el nuestro propio. Al asesorar a matrimonios he descubierto que cada cónyuge ve claramente los fallos del otro, pero ignora los propios. Un antiguo proverbio francés dice que las personas son como el cartero que lleva una alforja de correspondencia sobre sus hombros. En la bolsa de adelante están los fallos de los demás; la bolsa de atrás contiene sus propias debilidades. Esto implica que cada uno de nosotros está ciego a sus propios defectos. Literalmente no podemos vernos a nosotros mismos; sentimos sólo lo que sucede en nuestros cuerpos. Por esta razón, he convertido en una práctica personal no discutir con nadie que critique mi comportamiento. Noto que la crítica siempre tiene algún acierto.

Para ser verdaderamente objetivos, debemos reconocer y declarar nuestra propia actitud personal y sentimientos. Sin esta base subjetiva, el intento de ser objetivo es finalmente pseudoobjetividad. El término psicológico para pseudoobjetividad es racionalización. El mecanismo de la racionalización consiste en negar el sentimiento subjetivo que motiva un pensamiento o acción y en justificar la propia
actitud o comportamiento con un razonamiento causal. Cuando una persona dice: “Hice esto porque está atribuyendo la responsabilidad de su comportamiento a una
fuerza exterior. A veces esto puede ser válido, pero con más frecuencia es una excusa por un fracaso o error. Sólo rara vez estas justificaciones satisfacen a la otra persona. En lugar de dar razones, es mejor expresar los propios sentimientos y deseos. Will Durant observa que “la razón, como nos diría cualquier escolar, puede ser sólo la técnica para racionalizar el deseo”.

El pensamiento objetivo ofrece escasa ayuda en la multitud de problemas y conflictos que enfrentamos diariamente. Ninguna madre podría responderle a su hijo sobre la base del pensamiento objetivo. Si interpreta correctamente el llanto de su bebé será porque percibe la sensación que motiva el llanto y responde con sentimiento a la necesidad del bebé. La madre que intenta ser objetiva con sus hijos rechaza su función natural y efectivamente los abandona. Ya no es una madre sino una fuerza impersonal.
No podemos relacionarnos con otra persona objetivamente, ya que la relación objetiva reduce a las personas a objetos. El pensamiento nunca puede divorciarse del sentimiento. Dado que todo lo que hace una persona está determinado por su deseo de placer o su temor al dolor, ningún acto puede ser enteramente imparcial, ninguna acción puede carecer de interés personal. Todo pensamiento está relacionado con un sentimiento al cual aprobará, o bien se opondrá, según la estructura del carácter del individuo.

En un individuo sano el pensamiento y el sentimiento siguen líneas paralelas, reflejando la unidad de la personalidad. En el individuo neurótico, generalmente el pensamiento se opone al sentimiento, especialmente en aquellas áreas en las que hay conflictos. El estado esquizofrénico se caracteriza por la disociación del pensamiento y el sentimiento, lo cual es uno de los síntomas típicos de la
enfermedad.

Lo que resulta evidente en todo trabajo psiquiátrico es la impotencia del pensamiento puramente objetivo para resolver los problemas emocionales de un individuo. Tal pensamiento es en realidad una forma de resistencia al esfuerzo terapéutico, ya que mantiene el estado de disociación que subyace al trastorno emocional. Todos los procedimientos analíticos, desde el psicoanálisis hasta el
análisis bioenergético, apuntan a superar la pseudoobjetividad del paciente frente a sus sentimientos. Hasta que esto se logre, la comunicación entre paciente y  médico se mantiene como un ejercicio intelectual que no surte efecto en el comportamiento del paciente. El paciente más difícil de tratar es generalmente el que mantiene un distanciamiento intelectual con respecto al esfuerzo terapéutico.

Me pregunto por qué el pensamiento objetivo está tan bien visto y por qué se considera el pensamiento abstracto como el logro más elevado de la mente humana. El mayor énfasis en nuestro esfuerzo educativo está dirigido al desarrollo de esta capacidad. Pero aún mientras me hago estas preguntas, surgen razones para explicar esta actitud popular. El pensamiento objetivo, especialmente el
abstracto, es la materia prima del saber, y saber es poder. Las sociedades civilizadas son jerarquías de poder. La persona que tiene poder, o puede dar poder, ocupa una posición superior en tales sociedades. El poder del conocimiento es también una ventaja muy importante para la seguridad de una comunidad. Tiene escaso valor, sin embargo, en la determinación del bienestar emocional del  individuo.

El pensamiento creativo, en cambio, está profundamente arraigado en la actitud subjetiva. Todos los grandes pensamientos filosóficos contienen una fuerte
inclinación subjetiva, que se manifiesta al lector sensible. Esta orientación personal o subjetiva no sólo le añade sabor a los escritos filosóficos sino que transforma el trabajo intelectual en un documento humano. La literatura que carece de esta cualidad es árida y poco atrayente. Todas las demás formas de pensamiento creativo, sea en las ciencias, las artes, o la simple vida, comienzan con una base
subjetiva. La persona creativa no es incapaz de pensar en forma abstracta; muy por el contrario. Sin embargo, sus abstracciones surgen de sus sentimientos y los reflejan. La base subjetiva y el desarrollo abstracto del pensamiento creativo constituyen una unidad orgánica que no existe en el denominado pensamiento puramente objetivo.

Las personas no piensan en forma creativa porque su pensamiento subjetivo esté trastornado. Les han enseñado: 1) a considerar ese pensamiento como inferior; 2) a desconfiar de sus sentimientos y a justificar sus acciones con razones y 3) que el placer no es un objetivo suficiente en la vida. Debido a este trastorno, utilizan sus capacidades intelectuales para racionalizar su comportamiento o las desvían hada asuntos impersonales. Es común ver a un buen pensador abstracto que carece del denominado sentido común.

El pensamiento surge con el sentimiento y se desarrolla a partir de la necesidad de adaptar nuestras acciones a la realidad de nuestra situación. Termina con la sabiduría, que es la apreciación de la relación del hombre con el universo del cual forma parte. La esencia de la sabiduría, como lo señaló el gran Sócrates, es conocerse a sí mismo. La persona que no se conoce a sí misma no puede pensar por sí misma y no puede pensar en forma creativa.
 
 

viernes, 2 de enero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 25

 CAPITULO 6

Verdad, belleza y gracia

VERDAD Y ENGAÑO

Durante algún tiempo, los biólogos se mostraron impresionados con el ascenso del hombre hacia el dominio del reino animal. En vista de su inmenso poder actual, nadie cuestiona su dominio. Pero esto no siempre fue así. Antes de obtener este poder, estaba en relativa desventaja física, comparado con los animales que cazaba o que lo cazaban a él. No tenía ni gran velocidad ni gran fuerza. Le faltaban los largos dientes caninos con los que se protege un babuino. Estaba desnudo, expuesto y era vulnerable. En algún momento de su evolución aprendió a utilizar el palo y el cuchillo de piedra, pero éstos no eran grandes armas. La gran ventaja que poseía el hombre en la lucha por la supervivencia era su mejor cerebro. Si bien no podía luchar mejor ni correr más rápido que los otros animales, sí los superaba en astucia.

El hombre vive de su astucia más que cualquier otro animal. En cualquier medio natural, la supervivencia depende generalmente de la astucia. El cazado debe estar siempre alerta ante la posibilidad del peligro y conocer las vías de escape. El cazador debe conocer el rumbo de la presa, saber cómo acercarse a ella y cómo matarla. Pero el cazador debe también ser experto en el uso del sigilo y el engaño, ya que la cautelosa presa a menudo debe ser tomada por sorpresa. En esta lucha por la supervivencia, el hombre ha superado a sus rivales.

En toda discusión sobre la verdad y el engaño debemos reconocer que éste juega un importante papel en los asuntos del hombre y de la bestia. En muchos aspectos de la vida, tiene un valor positivo. En el fútbol, por ejemplo, admiramos mucho al jugador que sabe cómo utilizar el engaño para desequilibrar a su adversario y sacar ventaja. Se ocultan y disfrazan jugadas por la misma razón. En el boxeo, la suavidad de una finta que engaña a un adversario es considerada como una característica de un campeón.

Una parte importante de la estrategia de la guerra está basada en el uso del engaño. Ningún general astuto informaría de su ataque al enemigo; por el contrario, haría todos los esfuerzos posibles para ocultar y disfrazar sus  movimientos. Pero no es sólo en el campo del combate físico donde el engaño juega un rol importante. El juego de póquer perdería su atractivo si se prohibiera el engaño. Y el ajedrez no sería el desafío que es, si el engaño no fuera un aspecto integrante del juego. En muchas situaciones el correcto uso del engaño puede determinar la diferencia entre victoria y derrota.

Hablando en general, la habilidad para el engaño es una ventaja importante en todas las situaciones de oposición o contienda. En consecuencia, en todas las situaciones en las que el dominio o el poder son un problema, sería ingenuo no  estar atentos ante la posibilidad del engaño. El engaño está fuera de lugar y tiene un obvio valor negativo en las situaciones que exigen cooperación y comprensión. Engañar a una persona a quien se dice amar es un acto de traición.

El engaño destruye el placer que la relación estaba destinada a fomentar. Pero mucho más grave es el engaño a sí mismo. El autoengaño es desastroso. En situaciones de conflicto, el uso consciente del engaño exige un grado de objetividad que aumenta el nivel de la conciencia. Para evaluar correctamente el valor de un engaño, hay que ubicarse en la posición del adversario.

Ante todo en la mente de la persona que planifica un engaño se encuentra la respuesta del adversario. “Si hago este movimiento o digo esto, ¿qué hará o pensará él?” Y el éxito del engaño depende de la exactitud con que haya medido esta respuesta. El uso efectivo del engaño exige que la persona salga del sí-mismo y se tome consciente del otro y de sí misma.

La significación del engaño para la autoconciencia atrajo mi atención a partir de una observación de una de mis pacientes. Me dijo que ella recordaba el momento en que por primera vez fue autoconsciente, o consciente de su individualidad. Tenia aproximadamente cuatro o cinco años y sus padres le pidieron una explicación por algo que hizo y que ellos no aprobaban. Rápidamente, le pasó por la mente el pensamiento de que no tenia que responderles con sinceridad. “En ese momento”, dijo, “me volví consciente de mí misma como ser independiente. Advertí que tenía el poder de engañarlos.” Aunque oí esta frase hace más de veinte años, no la he olvidado, ya que me impresionó porque contenía una visión penetrante de la personalidad humana.

La conciencia surge del reconocimiento de las diferencias. Erich Neumann expone y desarrolla este concepto en su libro Origins and History of Consciousness. Esto significa que si somos conscientes de la luz, debemos haber experimentado la oscuridad. Una persona o animal que vive sólo en la luz o en la oscuridad no sería consciente de ninguna de ellas. De manera similar, para saber qué es “arriba”, debemos saber también qué representa “abajo”.

Para ser conscientes de nuestro propio sí-mismo, debemos ser igualmente conscientes del otro. La autoconciencia debe depender, así, del reconocimiento de un par de opuestos o alternativas de la autoexpresión. Si un individuo sólo puede  decir la verdad, carece de opciones. Sin una opción, su autoexpresión es limitada y su conciencia, reducida. Reconocer que se tiene la opción de responder  sinceramente o no, fortalece el dominio del comportamiento por el ego, ya que éste, actuando a través del intelecto, es el juez de la verdad. Esta opción efectivamente coloca al ego en el asiento del conductor de la personalidad. A través de su habilidad para discernir entre verdad y engaño, bien y mal, el ego, que está identificado con el intelecto, se convierte en el centro de la autoconciencia.

¿Puede una persona adquirir esta habilidad para discernir la verdad de la falsedad sin explorar el reino del engaño? Creo que no. Muchos niños atraviesan una fase  temprana de desarrollo, en la que mienten. La mentira consiste generalmente en la negación de alguna acción que los padres considerarían mala. Por ejemplo, un niño puede tomar dinero de algún lugar y ocultarlo. Cuando se enfrente con la convicción de sus padres de que él tomó el dinero, el niño negará, de la manera más inocente, saber algo sobre el asunto. Un tiempo después, puede admitir la acción o se puede hallar el dinero entre sus pertenencias. La mayoría de los padres harían una escena horrible y castigarían al niño por la mentira, pero si son inteligentes considerarán el incidente como una exploración infantil del engaño y  confiarán en que aprenda a usarlo apropiadamente.

La represión de la habilidad del niño para el engaño puede tener un efecto destructivo en su personalidad en desarrollo. Yo no había pensado mucho en este problema hasta que una paciente lo mencionó después de una conferencia que di sobre el rol del engaño en el pensamiento. Esta paciente sufría una grave deficiencia en su sentido del sí-mismo. Inclusive carecía de la fachada normal con la que la mayoría de las personas enfrentan el mundo. Estaba muy abierta a expresar sentimientos, pero éstos no eran sinceros. Insistía en declarar su intención de mejorar, de cuidar mejor de sí misma, por ejemplo, pero esto no afectaba su comportamiento. A pesar de que yo marcaba insistentemente el contraste entre sus afirmaciones y su comportamiento, ella no podía ver que sus palabras eran frases vacías destinadas exclusivamente a obtener mi aprobación. Su actitud era única en cuanto a la medida en que se resistía a mi sugerencia de que su aparente cooperación ocultaba una negatividad subyacente.

Mi conferencia tocó una cuerda en la paciente y produjo el siguiente material. Citaré sus frases:“Nunca he podido mentir. Siempre he tenido que decir la verdad. A mi madre le importaba todo lo que yo pensaba o sentía o deseaba y yo me enorgullecía de su interés. No sé cómo se me cruzó la idea de que no podía ocultarle nada.” “No podía ser mentirosa, pero siempre admiré esta habilidad. No temía ser una mala niña sino ser una niña que ocultaba cosas. Sentía que no tenía derecho de ocultarle nada a mi madre. Ella siempre tenía razón. Tenía el extraño don de detectar que le ocultaba algo. Ella leía un diario que yo llevaba. Yo esperaba su aprobación, pero mi madre nunca me aprobaba. La única manera de recibir amor que yo conocía era seguirle el juego. Yo no sentía que tuviera derecho a la intimidad.”

Lo que le sucedía a esta paciente era que su necesidad de intimidad, de ocultar información personal, de conservar un sentido del sí-mismo y de engañar si era necesario, para proteger a este sí-mismo, se transformaba en autoengaño a través de la represión de esta tendencia natural. Habiendo renunciado a su intimidad, perdió el sentido del sí-mismo. Incapaz de mentir, no conocía la verdad. Pocas veces he encontrado un caso más difícil en mi práctica profesional. Si bien a mi paciente se le negaba el derecho a  engañar, su madre ejercía este arte con su hija. Su fingido interés ocultaba su deseo de dominar. “Me educaron como un experimento. Yo debía ser diferente”, decía mi paciente.

A pesar de estas afirmaciones, no podía reconocer hasta qué punto era destructiva su madre. Nunca vio el engaño. Los niños en nuestra cultura son educados para  considerar que mentir es algo malo o pecaminoso. Esto se basa en el hecho de que es destructivo mentir en relaciones que están basadas en la confianza y el afecto o en situaciones que exigen un esfuerzo cooperativo para alcanzar un fin común. La mentira socava la confianza e introduce antagonismos que destruyen el placer que brindan estas relaciones. Sin embargo, si la honestidad expone a la persona al castigo y al dolor, necesitará fuerza de voluntad para ser honesta, ya que la tendencia natural de todos los organismos es a evitar el dolor. La persona hará el esfuerzo si la amenaza de dolor es leve. Cuando la amenaza de dolor excede el nivel aceptable, forzar a la persona a decir la verdad en contra de su propio interés la coloca en conflicto consigo misma y rompe la integridad de su personalidad. Los gobiernos democráticos protegen a sus ciudadanos contra este efecto dañino brindándoles garantías constitucionales contra la autoinculpación.

Desafortunadamente, la relación entre padres e hijos no tiene tales salvaguardas. Hay una famosa máxima que dice que las normas están hechas para violarlas y los jóvenes se destacan especialmente por su desatención a las normas. Ávidos de libertad y en busca del placer, los niños se revelan naturalmente contra las restricciones. Si los padres utilizan castigos para hacerles cumplir las normas, es difícil imaginar cómo los niños pueden evitar decir mentiras. La única  alternativa para el niño que ha violado una norma es no decir nada. Desafortunadamente, en la mayoría de los hogares no se respeta el derecho al silencio. El resultado es un niño que miente o un niño que no puede mentir porque   se le ha privado de su sentido del sí-mismo.

El derecho de establecer normas y de infligir castigos es propio del ejercicio de poder. Está basado en la suposición de que las fuerzas hostiles y negativas de la comunidad sólo pueden controlarse por tales medios. Pero el poder en sí mismo crea antagonismos que interfieren en la vida cooperativa y comunitaria. Debemos aceptar que dichas fuerzas negativas existen en las grandes comunidades en las que vivimos y que, seamos realistas, se necesitan algunas leyes y algún poder para la vida armónica de las grandes sociedades. Pero si introducimos este concepto en la situación del hogar y la familia, socavamos la base del placer y de la alegría en estas relaciones. Cuando el poder entra al hogar por la puerta principal, en forma de padres que castigan, la desconfianza y el engaño entran por la puerta de servicio en forma de hijos rebeldes y mentirosos.

El hogar que se rige por el principio del placer, a diferencia del que se rige por el poder, produce hijos seguros de sí mismos, que conocen la diferencia entre verdad y engaño y que pueden cooperar para fomentar el placer y la alegría. Esto no significa que esos hijos no mientan ocasionalmente. En todos los hogares hay normas: siempre existe alguna amenaza de castigo, algún ejercicio de poder. Para mantener la confianza y el afecto que unen a la familia hay normas mínimas destinadas a aumentar el placer de todos los miembros. El uso del castigo y el poder es una clara manifestación de que la confianza y el afecto se han debilitado y que han disminuido la cooperación y el placer mutuo. Nunca debe castigarse la mentira en sí, ya que es una clara señal de que se debe mostrar más confianza.

El derecho a castigar a un niño es una traición a la confianza que el niño tiene en su padre. El niño confía en que el padre no hará nada que le cause dolor sino que hará todo para brindarle placer y fomentar su felicidad. Sin embargo, cuando los padres proclaman este objetivo de palabra pero infligen dolor y castigo, el niño se siente traicionado y engañado. La idea de que el castigo se inflige por el bien de la víctima es reconocida hoy como una racionalización. Encarcelamos a un convicto para proteger a la sociedad y castigamos a un niño para asegurar su sumisión a la voluntad y al poder de sus padres. Sin embargo, muchos padres creen que el castigo es bueno para el niño. “Ahórrese el castigo y echará a perder al niño”, ésta es una antigua máxima que pertenecía a una cultura que negaba el sexo y el placer. Representa un enfoque no creativo de la vida.

No hay un solo factor que determine más la pérdida del potencial creativo de una persona que el autoengaño. Este toma muchas formas. En el primer capítulo señalé cómo nos engañamos a nosotros mismos a través de la moral de la  diversión. La fe en el poder es otra forma de autoengaño, el egotismo una tercera y la creencia en que el castigo tiene un efecto positivo es una cuarta. Una persona se engaña a sí misma cada vez que no es veraz consigo misma. Pero para ser veraz consigo misma, la persona debe saber quién es y qué siente. Si sus sentimientos están reprimidos, su comportamiento será un reflejo de las ideas que le han inculcado y no una expresión de su verdadero ser o sí mismo.

El autoengaño es la consecuencia de una pérdida de contacto con el sí-mismo corporal. La persona que no siente lo que sucede en su cuerpo no está en contacto consigo misma. Su sensibilidad y por lo tanto sus sentidos están confundidos. Incapaz de confiar en sus sentidos, cree lo que le dicen o lo que lee cuando se le presenta como un hecho objetivo porque no tiene forma de determinar la verdad.

Está predispuesto a atender a la publicidad y a los slogans y es vulnerable a la gran mentira. Cuando sigue todos los caprichos de la moda, piensa que es un individuo, cuando en realidad es sólo un hombre masa. Nadie elige engañarse a sí mismo. El autoengaño se desarrolla cuando una persona ha sido engañada tan profundamente en sus relaciones personales que ya no confía en sus propios sentidos.


 

lunes, 29 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 24


 EGOTISMO Capítulo 5 (continuación y final) 

Con frecuencia se denomina a los psiquiatras "reducidores de cabezas”. Esta definición indica que una de sus principales tareas es reducir el ego de los pacientes. Lo que en realidad hacen es, por supuesto, lograr que el paciente baje a la tierra. Al eliminar sus ilusiones, el paciente entra en un mejor contacto con la realidad y mejora su funcionamiento. En la mente popular esto se ve como un  proceso de reducción; se reduce el ego al tamaño del cuerpo y se lo cimienta en las funciones del cuerpo. El psiquiatra no ataca directamente al ego del paciente. Dicho enfoque puede tener un efecto desastroso, ya que la persona se siente identificada con su ego. La caída del ego, como lo mencioné más arriba, puede hundir a un individuo en la depresión o llevarlo al suicidio. En cambio, se pone al  paciente en contacto con la realidad de su existencia con su ser físico, es decir, con su cuerpo y con sus sentimientos. 

En la medida en que un paciente pueda aceptar sus sentimientos e identificarse con su cuerpo, estará liberado del dolor de intentar concretar la imagen que le impusieron sus padres y la sociedad. La imagen que domina a la mayoría de los individuos hoy es la del éxito. De una manera u otra la mayoría de las personas luchan por el éxito. Las mujeres luchan por tener éxito como esposas, como madres o en sus relaciones sociales. Los hombres luchan por ser amantes de éxito, hombres de negocios de éxito o profesionales de éxito. Si alguien no alcanza el éxito puede ser considerado un fracasado. 

Esta tendencia a juzgar la propia vida en términos de éxitos y fracasos muestra hasta qué punto estamos dominados por nuestros egos. Juzgar la vida en esta forma es una acción destructiva mucho más grave que la que generan la culpa, la vergüenza y la vanidad.

 Nunca antes en su historia ha tenido el hombre tal engreimiento. En todas las épocas anteriores se ha visto como sujeto a una ley superior, como parte de un orden mayor y como el instrumento de un poder superior. De igual forma,  siempre ha habido algunos individuos cuyo egotismo los colocó por encima de los principios morales, que asumieron una autoridad divina. Sus conquistas dejaron una estela de dolor y sufrimiento. Las heridas que infligieron aún no han sanado totalmente. Pero estos conquistadores fueron un fenómeno pasajero. Su poder se desvaneció con su muerte y su influencia se compensó con las profundas convicciones  religiosas de las personas.

Esta situación cambió bruscamente en el siglo Veinte. La ciencia y la tecnología socavaron la creencia del hombre en una fuerza sobrenatural que tenía el poder de moldear su vida y de dar forma a su destino. Las dos guerras mundiales destruyeron su fe en la ley moral y en la justicia natural. Y el nacimiento de la psicología lo hizo consciente de los factores emocionales que determinan su  pensamiento. Finalmente, con el advenimiento del automóvil y la ruptura de la vida en comunidad, cada persona se transformó en un individuo que se sentía  responsable de su propia vida. Esta es una responsabilidad  impresionante, que sólo un egotista puede afrontar con equilibrio. Aunque ingenua y ciegamente, el hombre moderno pasó a ocupar el rol que Dios dejó vacante, sin saber que en el proceso perdía su alma.

Hablar del alma es un asunto complicado. Nadie sabe qué es y muchos sostienen que no existe. Yo la defino como una cualidad del ser. Puede decirse que una persona que no se siente parte de un esquema mayor, que no siente que su vida es parte de un proceso natural que es más grande que ella misma no tiene alma. El alma de un hombre es lo que lo une con su pasado y lo compromete con su futuro. Lo vincula con la tierra y lo relaciona con todas las criaturas vivientes. Es la base de su identificación con los fenómenos cósmicos y la fuente del sentimiento pleno de unidad con el cosmos. Si tiene alma, un hombre puede atravesar las  fronteras del sí-mismo y experimentar el gozo y el éxtasis de la unidad con el universo. Si no tiene alma, un hombre está encerrado en la prisión de su mente y sus placeres se limitan a satisfacciones del ego.

Una persona sin alma es un egotista. Ve el mundo sólo en términos de sí mismo. Su esposa e hijos son prolongaciones de su autoimagen. Sus intereses reflejan las  necesidades de su ego. Si esquía, por ejemplo, lo hace para demostrar su habilidad y para impresionar a los demás con sus aptitudes. La magnificencia de la montaña con su capa de nieve, su soledad, sus árboles helados no lo conmueven.

Hace el amor con una mujer con escaso sentimiento. La satisfacción del ego por la conquista o por satisfacer a la mujer es más importante, para él, que la experiencia del amor. Puede ser socialmente consciente, pero su participación en las causas se origina en las identificaciones del ego. Puede ser una persona de “éxito’’ o considerarse un fracasado, ya que su ego es el árbitro de todas sus acciones.

El egotista se considera una persona creativa, ya que está constantemente expresándose. Lo que realmente está expresando es su imagen de sí mismo, una imagen desprovista de belleza, gracia o verdad. Estas cualidades pertenecen al individuo que está en contacto con las fuerzas más profundas de la vida, las fuerzas que crean y sostienen la vida, no simplemente la vida humana y  ciertamente no sólo la vida de un solo ser humano. La verdad, la belleza y la gracia definen la relación de un organismo con su ambiente. Expresan el hecho de que la  relación es armoniosa, producen placer y están orientadas hacia la alegría de vivir. 

Todos los animales, desde el gusano de la tierra hasta el delfín que juguetea en el mar, tienen estas cualidades. Tienen alma y, en consecuencia, son autoexpresivos y creativos. Sin alma no puede haber verdadera creatividad ni verdadero arte. Pero allí donde un animal vive su arte, el hombre proyecta el suyo. En ambos casos, el verdadero arte es la expresión de las sensaciones profundas de un organismo, una manifestación de su alma.

El siglo Veinte fue testigo del nacimiento del hombre egotista y de la muerte del verdadero arte. Esta es una gran frase y una amplia generalización, pero hay numerosas pruebas que la sostienen. Dado que el arte del siglo Veinte es expresionista, toda expresión puede considerarse arte. Ya no importa qué se exprese. La belleza, gracia y verdad son irrelevantes. La situación sería risible si no fuera porque el artista como egotista está apoyado por críticos y vendedores de obras de arte que también son egotistas. Los críticos deciden qué es significativo sobre la base de sus propias ideas, y los vendedores, qué es vendible sobre la  base de la popularidad y la moda. El mercado artístico se ha convertido en un mercado de moda en el cual nadie sabe quién fija las tendencias pero en el cual una tendencia que se vuelve popular determina el éxito.

No sólo en su arte sino también en su arquitectura, en su economía, en su trato con la naturaleza el hombre egotista tiene la arrogancia de creer que todo lo que hace es expresivo y significativo. Sabe que sus ciudades son desagradables, que sus campos están devastados, que sus ríos están sucios y su aire, contaminado, pero cree ingenuamente que si le dan suficiente poder y dinero puede crear un paraíso. ¿No advierte’ que su ansia de poder sobre la naturaleza ha destruido la base de una relación creativa entre él y la naturaleza? ¿Qué su tecnología lo ha alienado del proceso de la vida? ¿Y que su ciencia le ha arrebatado la  espiritualidad?

No, no lo advierte totalmente. Ve la mente como la esencia de su personalidad, mientras que considera que el cuerpo es meramente la escena donde brilla y reluce la joya de su mente. El corolario de esta actitud es que el cuerpo es  simplemente un mecanismo que refleja la operación de la mente. Por supuesto, es posible ampliar el concepto de mente para incluir al cuerpo, para convertir al sí-mismo psíquico en sinónimo del sí-mismo somático. Pero tales ampliaciones son con frecuencia meras racionalizaciones para cubrir la predisposición del hombre en favor de la mente y su prejuicio contra el cuerpo.

El alma del hombre está dentro de su cuerpo. A través del cuerpo la persona forma parte de la vida y de la naturaleza. En el crecimiento y organización de su cuerpo  atraviesa todas las etapas de la evolución. La ontogénesis, decimos, resume la filogénesis. Su cuerpo incorpora, entonces, la historia de la vida sobre la Tierra. Incluye muchos de los elementos comunes de la naturaleza, aunque combinados en formas únicas. Está sujeto a las leyes de la naturaleza, de la cual verdaderamente forma parte.

¿Entonces por qué el prejuicio contra el cuerpo? ¿Por qué se lo menosprecia en favor de la mente? Se sugieren muchas respuestas, aunque ninguna parece  definitiva. El cuerpo del hombre no es muy diferente del de los demás mamíferos, mientras que su mente es única. Habiendo descubierto este hecho sólo tardíamente durante la historia de su evolución, el hombre trata despóticamente a los demás animales, desdeñándolos y despreciándolos por su estupidez e ignorancia. Se ha vuelto contra su cuerpo porque representa su naturaleza animal. También se ha vuelto contra él porque forma parte de la naturaleza, mientras que su mente es exclusivamente suya. Un hombre puede creer que posee su mente, pero nunca poseerá plenamente su cuerpo. En él existen procesos que la mente  nunca podrá comprender o controlar: el latido del corazón, el arranque de los sentimientos, el anhelo de amor. Y debido a que la mente no puede controlar totalmente el cuerpo, le teme a éste, al igual que a las fuerzas desconocidas de la  naturaleza.

El cuerpo es físico; crece y decae. La mente parece etérea, pura e incorruptible. El cuerpo es pesado y está sujeto a la ley de gravedad. La mente es liviana y sus  pensamientos trascienden el tiempo y el espacio. El cuerpo es vulnerable; puede ser herido y quebrado. En cambio, la mente parece inexpugnable. Los niños tienen un refrán que ilustra esta idea. Cuando sus compañeros de juegos se burlan de ellos, responden: “Los palos y piedras pueden quebrar mis huesos, pero las palabras nunca podrán herirme”. Comparado con los animales que fueron sus  predadores en la antigüedad, el cuerpo del hombre era débil y relativamente impotente. Su conciencia, sin embargo, era poderosa. Podía superarlos y finalmente los venció.

Pero el cuerpo tiene sensibilidad y sólo él puede experimentar placer, alegría y éxtasis. Sólo él tiene belleza y gracia, ya que separadas del cuerpo estas palabras  carecen de sentido. Intentar definir la belleza sin hacer referencia al cuerpo es imposible. Si se dice que la belleza es algo placentero para los ojos, se han incorporado dos referentes del cuerpo a su definición: placer y ojos. Son nuestros cuerpos los que aprecian la frescura de un arroyo, el sabor dulce del agua pura, la visión del cielo azul, el canto de un pájaro, el aroma de una flor, etcétera. 

Si estamos en contacto con nuestros cuerpos, nos alegra formar parte de la naturaleza y poder compartir su esplendor. Si nos sentimos identificados con nuestros cuerpos, tenemos alma, ya que a través de nuestros cuerpos nos identificamos con toda la creación.

Como psiquiatra, veo diariamente el sufrimiento del ser humano egotista. Ya sea que considere tener éxito o haber fracasado, su queja básica consiste en que se siente insatisfecho, incompleto e incapaz de experimentar placer y alegría. Al estar desconectado de su cuerpo, no siente su dolor, no es consciente de las tensiones musculares crónicas que bloquean su autoexpresión. Sus problemas tienen origen en la disociación del pensamiento y el sentimiento, en la desconfianza en los sentimientos como guía de la conducta y en el temor a las respuestas involuntarias del cuerpo. Como su fe descansa en un ego disociado, confía en el pensamiento “racional” y en la voluntad para las respuestas que deberían ser emocionales y estar motivadas por sentimientos placenteros. No sorprende que tarde o temprano se sienta deprimido y considere a la vida vacía y sin sentido.

Llamo egotista a este paciente porque quiere saber cómo desempeñarse mejor, cómo alcanzar la imagen de su ego. Este énfasis en el “cómo” en lugar del “por qué”, que es típico de nuestro enfoque actual de la vida es característico de la actitud egotista. Supone que el hombre puede hacer todo si tiene la información correcta. Muestra la arrogancia de la mente, ya que ignora que el pensamiento está condicionado por la sensibilidad y que la creatividad es la función de búsqueda del placer, del cuerpo. Al igual que todos los psiquiatras, tengo que reducir el ego dilatado del paciente, pero mis pacientes no me consideran un “reducidor de cabezas”. Esto se debe a que yo trabajo con el cuerpo al igual que con la mente. El objeto de la terapia bioenergética es restablecer la unidad de la
personalidad, restituir la identificación del ego con el cuerpo y liberar al cuerpo de las tensiones musculares crónicas que bloquean su motilidad y restringen su respiración.

En la personalidad integrada, las distinciones que establecí entre pensamiento y sentimiento, entre los movimientos voluntarios e involuntarios del cuerpo y entre  el ego y el cuerpo no existen, salvo como construcciones artificiales, subterfugios del lenguaje. Los diferentes niveles de funcionamiento no son discernibles para el ojo. No se expresa ningún pensamiento sin alguna nota de sentimiento en la voz. No se escribe ninguna palabra sin una carga emocional. No se produce ningún movimiento que no se perciba como placer o dolor. El ego no funciona como  entidad separada. Forma parte de una estructra unitaria que llamamos individuo. Es un aspecto o visión (la visión desde arriba) de la personalidad única de una persona. El individuo existe, simplemente eso. Como todos los otros organismos animales, intenta hacer su existencia lo más agradable posible. Sin embargo, puede enfocar este objetivo desde dos direcciones. Si lo enfoca desde el cuerpo,
advertirá que el placer es un estado de armonía con el medio natural y humano. 

Sentirá que la alegría es la fusión de lo interior con lo exterior y que en el éxtasis, las fronteras del sí-mismo se disuelven completamente. Sabrá que el ego, al definir su personalidad, potencia su entrega. Este es el enfoque de una persona con alma. Si, por el contrario, enfoca el objeto desde el punto devista del ego, luchará por el poder y el éxito. Sus logros le darán una sensación momentánea de satisfacción del ego, pero su placer será mínimo y se limitará a la gratificación sensual.

Excesivamente consciente de su ego, nunca conocerá la alegría de la entrega. Confundirá la imagen de la individualidad conla verdadera individualidad. Este es el
enfoque del egotista, la persona sin alma.



CAPITULO 6
Verdad, belleza y gracia
VERDAD Y ENGAÑO

sábado, 27 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 23

 Capítulo 5 (continuación)

EL ROL DEL EGO EN EL DOLOR   

El ego actúa con imágenes y sus satisfacciones se derivan de la concreción de sus imágenes. Su realización promete felicidad. Un hombre muy trabajador puede soñar con una vida de ocio, una madre puede soñar con el futuro de sus hijos, un escritor puede soñar con la gran novela que escribirá, etcétera. Las imágenes forman parte de la vida de todo individuo. Las crea el flujo de sentimientos hacia arriba y hacia afuera, hacia el ego y hacia el mundo. Agrandan nuestra vista y expanden nuestro espíritu. Excitan el cuerpo y crean sensaciones de placer, de  placer anticipado porque el verdadero placer espera la concreción de la imagen y la descarga de excitación que entonces se produce.

Todos los proyectos que iniciamos implican una imagen. El hombre de negocios que comienza una nueva actividad se ve a sí mismo viviéndola. El ama de casa que planifica una nueva decoración se imagina conviviendo con ella. Estas imágenes son excitantes porque la persona prevé que la vida será más agradable después de su concreción. Pero esto puede no ocurrir.

Si el ego está disociado del cuerpo no se produce el flujo de excitación hacia abajo. No hay descarga de excitación placentera. La liberación de excitación a través del  movimiento coordinado y armonioso del cuerpo queda bloqueada por las tensiones musculares crónicas que representan impulsos negativos y hostiles reprimidos.

Ansiedades sexuales reprimidas le impiden encontrar su salida natural en el amor. Se ve perturbado por inseguridades latentes, derivadas de la temprana relación  con su madre, que más tarde afectan la relación con la tierra y el suelo, prolongaciones simbólicas de la madre. La persona que no está bien cimentada, literal y figuradamente, teme “soltarse” o “liberarse”. Está, como decimos hoy, “colgada”. El resultado es la incapacidad de experimentar placer y el aumento de los estados de Tensión y dolor.

La excitación, imposibilitada de fluir hacia abajo, sobrecarga el ego y crea nuevas imágenes que deben concretarse antes de poder experimentar placer. Se inician  nuevos proyectos, se realizan mayores esfuerzos, pero su efecto es sólo el aumento de la tensión y del dolor. Es fácil ver cómo se desarrolla una espiral autodestructiva. Debemos trepar más y más arriba en la escala social, cada uno de cuyos pasos produce una satisfacción momentánea del ego que pronto se desvanece en el descontento.

Debemos ganar más dinero, comprar una casa más grande, alcanzar una posición política más alta, escribir más libros, etcétera. Cada movimiento hacia arriba que no va seguido de su correspondiente flujo hacia abajo y de descarga de excitación sirve sólo para aumentar el dolor, que luego aumenta la disociación entre el ego y el cuerpo.

El ego disociado confunde la imagen con la realidad. Ve la imagen como fin y no como medio hacia un fin. Sus metas se vuelven compulsivas y se pierde el placer de vivir. Es tristemente cierto, como lo señalan los psicólogos, que somos personas orientadas hacia metas. Confundimos la meta con el placer y no vemos que la meta es una promesa de placer, no una garantía de él. Tendemos a considerar el  logro de la meta como la recompensa en sí misma. En consecuencia, inevitablementese reemplaza una meta por otra, mientras que el placer se posterga indefinidamente. El progreso per se se transforma en el objetivo final y nuestras  vidas quedan atadas a una tabla o gráfico estadístico.


EGOTISMO


jueves, 18 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 22

 Capítulo 5 (continuación)

EL ROL DEL EGO EN EL PLACER 

El ego juega un importante rol en el placer cuando se identifica con el cuerpo. Un ego fuerte permite disfrutar más de la vida. Un ego débil disminuye la capacidad de sentir placer. Podemos comprender estas frases si imaginamos el cuerpo como un arco y el ego como la fuerza consciente que tira de la cuerda y curva el arco. En esta imagen la trayectoria de la flecha es la experiencia del placer, ya que  representa la liberación de la tensión del arco. Un ego fuerte creará una mayor tensión en el arco o soportará una mayor tensión en el cuerpo. En consecuencia, producirá un vuelo más completo de la flecha cuando se libere. Cuando el arco no está completamente extendido porque el ego es débil, la flecha cae impotentemente a tierra. Si por un momento ignoramos si la flecha da en el blanco o no, deberíamos advertir que el placer está representado por el vuelo libre de la flecha. Y en realidad, es un placer disparar una flecha al aire y sentir su vuelo como una expresión del propio esfuerzo. 

Disparé una flecha al aire. Cayó a tierra no sé en qué lugar.

La mayoría de las personas son demasiado conscientes de su ego como para contentarse con el simple placer. Si disparan flechas, exigen que haya blancos que desafíen sus habilidades. El tiro al blanco agrega' otro elemento a esta imagen. Si damos en el blanco, le damos una satisfacción adicional al ego, debido a que el éxito aumenta el placer de la actividad. Si fallamos, el fracaso produce una  decepción para el ego que adormece el simple placer de disparar flechas. La satisfacción adicional que brinda el éxito sirve también de incentivo para un mayor esfuerzo. El ego se dilata por el éxito y puede, en intentos posteriores, ejercer una fuerza mayor. Disminuye con el fracaso, que debilita la voluntad. Cuando el ego se identifica con el cuerpo, el éxito aumenta la capacidad del cuerpo de tolerar la tensión y en consecuencia de experimentar placer. Cuando esta identificación no existe, sin embargo, a la persona se le sube el éxito a la cabeza, dilatando su ego y tentándola a extralimitarse más allá de su capacidad.

Puede también compararse el ego con un general. Es la cabeza de la personalidad, pero a diferencia del general, que es la cabeza de un ejército, está al frente de todos los contactos con el mundo exterior. Lo he ubicado en el cerebro anterior, próximo a los ojos y a otros órganos de los sentidos. Esta área es la parte del cuerpo que recibe el mayor estímulo del medio, que facilita la función de  percepción del ego. Y a través del control del movimiento voluntario, el ego establece el tono de nuestra relación con el medio. Normalmente, una expansión del ego como reacción ante una respuesta positiva del medio (reconocimiento de la autoexpresión) irradia excitación a todo el cuerpo. Cuando el ego desfallece porque sus cimientos en el cuerpo son débiles y no está sostenido desde fuera por el reconocimiento, surge la depresión.

En el extremo opuesto del cuerpo está el aparato genital, el centro de las funciones sexuales. El sexo es el epítome del placer y la creatividad. Esto no significa que  todo el placer sea sexual ni que todas las actividades sexuales sean placenteras. La sexualidad es el principal canal de descarga de tensiones del cuerpo y la expresión creativa más importante del individuo. Entre estos dos polos del organismo hay una pulsación de energía. Esta polaridad está basada en el hecho obvio dé que el extremo superior o anterior del cuerpo participa en la ingestión o carga mientras que el extremo inferior o posterior participa en los procesos de eliminación y descarga. 

El flujo de energía o sensibilidad entre los dos polos del cuerpo es pendular. Su ritmo está determinado por los procesos energéticos del  cuerpo. Cuando se establece un contacto placentero con el medio fluyen energía y sensibilidad hacia la mitad superior del cuerpo. El ego se estimula y el cuerpo se excita. Una vez que la excitación alcanza cierta intensidad, se invierte la dirección del flujo. La energía y la sensibilidad fluyen hacia abajo, hacia los canales de descarga, ya sea  sexualmente o a través de otros movimientos. 

Como animales terrestres, nos movemos en relación con la tierra. En consecuencia, cuando un niño está excitado salta de alegría. En la misma  situación, los animales saltan y brincan y los humanos adultos bailan. En última instancia, toda la energía se descarga a tierra. En todos los fenómenos pendulares, el movimiento en una dirección es igual al movimiento en la dirección contraria. El flujo de sensibilidad hacia los órganos sexuales no es mayor, en consecuencia, que el flujo de sensibilidad hacia arriba, hacia la cabeza y viceversa. Esto significa que  la fuerza del ego determina la intensidad del impulso sexual y que la cantidad de placer sexual y de satisfacción influye sobre la fuerza del ego.

Esta relación entre el ego y la función sexual puede extenderse a todas las formas de placer. Cuando más fuerte sea el ego, mayor es el placer. A su vez, el placer alimenta al ego. Cuanto más placer se experimenta, más fuerte se torna el ego. Un ego más fuerte puede sostener una mayor excitación, que más tarde se transforma en placer y satisfacción cuando se produce la liberación.

El movimiento pendular de la energía entre los dos polos del cuerpo, es decir entre las mitades superior e inferior del cuerpo, es continuo durante las horas de vigilia.  En cada paso que damos somos conscientes de una dirección y de un sentimiento de contacto con la tierra. Si carecemos de esto último, caminamos mecánicamente o flotamos como espíritus. Cuando esta pulsación de energía o sensibilidad fluye libremente, cada paso y cada movimiento son un placer. En actividades más intensas aumentan el grado y el ritmo de la pulsación. Un mayor grado de excitación generalmente se corresponde con un ritmo más rápido, como cuando corremos o bailamos.

Ambas actividades, comparadas con caminar, implican una mayor conciencia del objetivo de la actividad y un mayor sentido de que el cuerpo está en movimiento. Por un lado, el ego participa más y por otro, hay más liberación de placer.             La presencia de esta pulsación garantiza que, hagamos lo que hagamos, la mente y el cuerpo funcionan juntos, armónicamente, para estimular el ritmo y la efectividad de la acción y asegurar el placer y la satisfacción por su consumación.

Se experimenta placer cuando hay una dedicación total de la mente y el cuerpo a la actividad. Es el resultado de una entrega total al impulso y al sentimiento, unida a la conciencia de que el objetivo y el ritmo de la acción son correctos. Si además de esto se cumple la meta, la persona experimenta un sentimiento de satisfacción profundamente arraigado. Se combinan tres factores para producir este  sentimiento especial de plena satisfacción: un arranque interno de excitación, la coordinación consciente y el ritmo del movimiento, y el resultado externo deseado. 

Cuando cuerpo, mente y movimiento se funden en un momento de verdad personal, surge un sentimiento de plenitud. En el momento de la fusión, la excitación transciende las fronteras del sí-mismo y transporta al individuo hacia las  alturas del gozo. Aquellos que han experimentado estos momentos saben que tienen casi un carácter mítico. Unos minutos antes del acontecimiento decisivo, la persona siente intuitivamente que se producirá. Antes de que la pelota se encuentre con el bate, el bateador puede sentir que se acerca la carrera.

Antes de que realmente se produzca el clímax el enamorado puede saber internamente que el orgasmo será extático. Antes de escribir las palabras sobre el papel, el escritor puede ser consciente de que aquéllas formarán una bella frase. Tal vez el ejemplo más común sea el del juego de bolos, en el que la persona puede sentir que pronto se producirá el golpe, apenas la pelota deja su mano. Cuando suceden estas cosas, es como si fuerzas extrañas hubieran guiado nuestras acciones.

El jugador de pelota puede llamarle ritmo, el enamorado puede hablar de sus sentimientos y el escritor puede atribuir su logro a la imaginación. Estas palabras  meramente indican que * se logró una perfecta armonía entre el sí-mismo y el mundo, lo cual hizo que la acción pareciera no requerir esfuerzo y el resultado fuera inevitable. En sus actividades más limitadas, el animal salvaje conoce este gozo de la perfecta armonía. Generalmente sus movimientos son certeros, su ritmo es increíblemente preciso y su dedicación a la vida es siempre total. El animal salvaje vive, por supuesto, en una armonía mucho mayor con su medio que los seres humanos con el nuestro.

El sentimiento de completa armonía con el medio que puede conducir a la acción perfecta es el principio subyacente de la maestría del zen. El maestro del zen ha  alcanzado un grado de integración en el cual él es uno con sus acciones y con su mundo. Es plenamente él mismo y sin embargo, al mismo tiempo, completamente ajeno a sí mismo. Esta contradicción puede explicarse por una total identificación del ego con el cuerpo. Se elimina la distinción entre voluntad y deseo. Sólo cuando el ego desea lo que el cuerpo quiere, éste responde infaliblemente y sin vacilar a la voluntad del ego.

Sería ingenuo creer que esta armonía perfecta puede alcanzarse en todos los aspectos de la vida y en todo momento. Son afortunadas las personas que la han  alcanzado en una sola esfera de actividad. Dentro de esa esfera hay acciones que tienen la marca del maestro. Otras la han conocido en algunos momentos y ha sido lo que Abraham Maslow denomina “experiencia cumbre”. Es la base del sentimiento de gozo. Y es el principio que subyace al enfoque creativo de la vida.

EL ROL DEL EGO EN EL DOLOR