Capítulo 5 (continuación)
EL ROL DEL EGO EN EL PLACER
El ego juega un importante rol en el placer cuando se identifica con el cuerpo. Un ego fuerte permite disfrutar más de la vida. Un ego débil disminuye la capacidad de sentir placer. Podemos comprender estas frases si imaginamos el cuerpo como un arco y el ego como la fuerza consciente que tira de la cuerda y curva el arco. En esta imagen la trayectoria de la flecha es la experiencia del placer, ya que representa la liberación de la tensión del arco. Un ego fuerte creará una mayor tensión en el arco o soportará una mayor tensión en el cuerpo. En consecuencia, producirá un vuelo más completo de la flecha cuando se libere. Cuando el arco no está completamente extendido porque el ego es débil, la flecha cae impotentemente a tierra. Si por un momento ignoramos si la flecha da en el blanco o no, deberíamos advertir que el placer está representado por el vuelo libre de la flecha. Y en realidad, es un placer disparar una flecha al aire y sentir su vuelo como una expresión del propio esfuerzo.
Disparé una flecha al aire. Cayó a tierra no sé en qué lugar.
La mayoría de las personas son demasiado conscientes de su ego como para contentarse con el simple placer. Si disparan flechas, exigen que haya blancos que desafíen sus habilidades. El tiro al blanco agrega' otro elemento a esta imagen. Si damos en el blanco, le damos una satisfacción adicional al ego, debido a que el éxito aumenta el placer de la actividad. Si fallamos, el fracaso produce una decepción para el ego que adormece el simple placer de disparar flechas. La satisfacción adicional que brinda el éxito sirve también de incentivo para un mayor esfuerzo. El ego se dilata por el éxito y puede, en intentos posteriores, ejercer una fuerza mayor. Disminuye con el fracaso, que debilita la voluntad. Cuando el ego se identifica con el cuerpo, el éxito aumenta la capacidad del cuerpo de tolerar la tensión y en consecuencia de experimentar placer. Cuando esta identificación no existe, sin embargo, a la persona se le sube el éxito a la cabeza, dilatando su ego y tentándola a extralimitarse más allá de su capacidad.
Puede también compararse el ego con un general. Es la cabeza de la personalidad, pero a diferencia del general, que es la cabeza de un ejército, está al frente de todos los contactos con el mundo exterior. Lo he ubicado en el cerebro anterior, próximo a los ojos y a otros órganos de los sentidos. Esta área es la parte del cuerpo que recibe el mayor estímulo del medio, que facilita la función de percepción del ego. Y a través del control del movimiento voluntario, el ego establece el tono de nuestra relación con el medio. Normalmente, una expansión del ego como reacción ante una respuesta positiva del medio (reconocimiento de la autoexpresión) irradia excitación a todo el cuerpo. Cuando el ego desfallece porque sus cimientos en el cuerpo son débiles y no está sostenido desde fuera por el reconocimiento, surge la depresión.
En el extremo opuesto del cuerpo está el aparato genital, el centro de las funciones sexuales. El sexo es el epítome del placer y la creatividad. Esto no significa que todo el placer sea sexual ni que todas las actividades sexuales sean placenteras. La sexualidad es el principal canal de descarga de tensiones del cuerpo y la expresión creativa más importante del individuo. Entre estos dos polos del organismo hay una pulsación de energía. Esta polaridad está basada en el hecho obvio dé que el extremo superior o anterior del cuerpo participa en la ingestión o carga mientras que el extremo inferior o posterior participa en los procesos de eliminación y descarga.
El flujo de energía o sensibilidad entre los dos polos del cuerpo es pendular. Su ritmo está determinado por los procesos energéticos del cuerpo. Cuando se establece un contacto placentero con el medio fluyen energía y sensibilidad hacia la mitad superior del cuerpo. El ego se estimula y el cuerpo se excita. Una vez que la excitación alcanza cierta intensidad, se invierte la dirección del flujo. La energía y la sensibilidad fluyen hacia abajo, hacia los canales de descarga, ya sea sexualmente o a través de otros movimientos.
Como animales terrestres, nos movemos en relación con la tierra. En consecuencia, cuando un niño está excitado salta de alegría. En la misma situación, los animales saltan y brincan y los humanos adultos bailan. En última instancia, toda la energía se descarga a tierra. En todos los fenómenos pendulares, el movimiento en una dirección es igual al movimiento en la dirección contraria. El flujo de sensibilidad hacia los órganos sexuales no es mayor, en consecuencia, que el flujo de sensibilidad hacia arriba, hacia la cabeza y viceversa. Esto significa que la fuerza del ego determina la intensidad del impulso sexual y que la cantidad de placer sexual y de satisfacción influye sobre la fuerza del ego.
Esta relación entre el ego y la función sexual puede extenderse a todas las formas de placer. Cuando más fuerte sea el ego, mayor es el placer. A su vez, el placer alimenta al ego. Cuanto más placer se experimenta, más fuerte se torna el ego. Un ego más fuerte puede sostener una mayor excitación, que más tarde se transforma en placer y satisfacción cuando se produce la liberación.
El movimiento pendular de la energía entre los dos polos del cuerpo, es decir entre las mitades superior e inferior del cuerpo, es continuo durante las horas de vigilia. En cada paso que damos somos conscientes de una dirección y de un sentimiento de contacto con la tierra. Si carecemos de esto último, caminamos mecánicamente o flotamos como espíritus. Cuando esta pulsación de energía o sensibilidad fluye libremente, cada paso y cada movimiento son un placer. En actividades más intensas aumentan el grado y el ritmo de la pulsación. Un mayor grado de excitación generalmente se corresponde con un ritmo más rápido, como cuando corremos o bailamos.
Ambas actividades, comparadas con caminar, implican una mayor conciencia del objetivo de la actividad y un mayor sentido de que el cuerpo está en movimiento. Por un lado, el ego participa más y por otro, hay más liberación de placer. La presencia de esta pulsación garantiza que, hagamos lo que hagamos, la mente y el cuerpo funcionan juntos, armónicamente, para estimular el ritmo y la efectividad de la acción y asegurar el placer y la satisfacción por su consumación.
Se experimenta placer cuando hay una dedicación total de la mente y el cuerpo a la actividad. Es el resultado de una entrega total al impulso y al sentimiento, unida a la conciencia de que el objetivo y el ritmo de la acción son correctos. Si además de esto se cumple la meta, la persona experimenta un sentimiento de satisfacción profundamente arraigado. Se combinan tres factores para producir este sentimiento especial de plena satisfacción: un arranque interno de excitación, la coordinación consciente y el ritmo del movimiento, y el resultado externo deseado.
Cuando cuerpo, mente y movimiento se funden en un momento de verdad personal, surge un sentimiento de plenitud. En el momento de la fusión, la excitación transciende las fronteras del sí-mismo y transporta al individuo hacia las alturas del gozo. Aquellos que han experimentado estos momentos saben que tienen casi un carácter mítico. Unos minutos antes del acontecimiento decisivo, la persona siente intuitivamente que se producirá. Antes de que la pelota se encuentre con el bate, el bateador puede sentir que se acerca la carrera.
Antes de que realmente se produzca el clímax el enamorado puede saber internamente que el orgasmo será extático. Antes de escribir las palabras sobre el papel, el escritor puede ser consciente de que aquéllas formarán una bella frase. Tal vez el ejemplo más común sea el del juego de bolos, en el que la persona puede sentir que pronto se producirá el golpe, apenas la pelota deja su mano. Cuando suceden estas cosas, es como si fuerzas extrañas hubieran guiado nuestras acciones.
El jugador de pelota puede llamarle ritmo, el enamorado puede hablar de sus sentimientos y el escritor puede atribuir su logro a la imaginación. Estas palabras meramente indican que * se logró una perfecta armonía entre el sí-mismo y el mundo, lo cual hizo que la acción pareciera no requerir esfuerzo y el resultado fuera inevitable. En sus actividades más limitadas, el animal salvaje conoce este gozo de la perfecta armonía. Generalmente sus movimientos son certeros, su ritmo es increíblemente preciso y su dedicación a la vida es siempre total. El animal salvaje vive, por supuesto, en una armonía mucho mayor con su medio que los seres humanos con el nuestro.
El sentimiento de completa armonía con el medio que puede conducir a la acción perfecta es el principio subyacente de la maestría del zen. El maestro del zen ha alcanzado un grado de integración en el cual él es uno con sus acciones y con su mundo. Es plenamente él mismo y sin embargo, al mismo tiempo, completamente ajeno a sí mismo. Esta contradicción puede explicarse por una total identificación del ego con el cuerpo. Se elimina la distinción entre voluntad y deseo. Sólo cuando el ego desea lo que el cuerpo quiere, éste responde infaliblemente y sin vacilar a la voluntad del ego.
Sería ingenuo creer que esta armonía perfecta puede alcanzarse en todos los aspectos de la vida y en todo momento. Son afortunadas las personas que la han alcanzado en una sola esfera de actividad. Dentro de esa esfera hay acciones que tienen la marca del maestro. Otras la han conocido en algunos momentos y ha sido lo que Abraham Maslow denomina “experiencia cumbre”. Es la base del sentimiento de gozo. Y es el principio que subyace al enfoque creativo de la vida.
EL ROL DEL EGO EN EL DOLOR
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