viernes, 2 de enero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 25

 CAPITULO 6

Verdad, belleza y gracia

VERDAD Y ENGAÑO

Durante algún tiempo, los biólogos se mostraron impresionados con el ascenso del hombre hacia el dominio del reino animal. En vista de su inmenso poder actual, nadie cuestiona su dominio. Pero esto no siempre fue así. Antes de obtener este poder, estaba en relativa desventaja física, comparado con los animales que cazaba o que lo cazaban a él. No tenía ni gran velocidad ni gran fuerza. Le faltaban los largos dientes caninos con los que se protege un babuino. Estaba desnudo, expuesto y era vulnerable. En algún momento de su evolución aprendió a utilizar el palo y el cuchillo de piedra, pero éstos no eran grandes armas. La gran ventaja que poseía el hombre en la lucha por la supervivencia era su mejor cerebro. Si bien no podía luchar mejor ni correr más rápido que los otros animales, sí los superaba en astucia.

El hombre vive de su astucia más que cualquier otro animal. En cualquier medio natural, la supervivencia depende generalmente de la astucia. El cazado debe estar siempre alerta ante la posibilidad del peligro y conocer las vías de escape. El cazador debe conocer el rumbo de la presa, saber cómo acercarse a ella y cómo matarla. Pero el cazador debe también ser experto en el uso del sigilo y el engaño, ya que la cautelosa presa a menudo debe ser tomada por sorpresa. En esta lucha por la supervivencia, el hombre ha superado a sus rivales.

En toda discusión sobre la verdad y el engaño debemos reconocer que éste juega un importante papel en los asuntos del hombre y de la bestia. En muchos aspectos de la vida, tiene un valor positivo. En el fútbol, por ejemplo, admiramos mucho al jugador que sabe cómo utilizar el engaño para desequilibrar a su adversario y sacar ventaja. Se ocultan y disfrazan jugadas por la misma razón. En el boxeo, la suavidad de una finta que engaña a un adversario es considerada como una característica de un campeón.

Una parte importante de la estrategia de la guerra está basada en el uso del engaño. Ningún general astuto informaría de su ataque al enemigo; por el contrario, haría todos los esfuerzos posibles para ocultar y disfrazar sus  movimientos. Pero no es sólo en el campo del combate físico donde el engaño juega un rol importante. El juego de póquer perdería su atractivo si se prohibiera el engaño. Y el ajedrez no sería el desafío que es, si el engaño no fuera un aspecto integrante del juego. En muchas situaciones el correcto uso del engaño puede determinar la diferencia entre victoria y derrota.

Hablando en general, la habilidad para el engaño es una ventaja importante en todas las situaciones de oposición o contienda. En consecuencia, en todas las situaciones en las que el dominio o el poder son un problema, sería ingenuo no  estar atentos ante la posibilidad del engaño. El engaño está fuera de lugar y tiene un obvio valor negativo en las situaciones que exigen cooperación y comprensión. Engañar a una persona a quien se dice amar es un acto de traición.

El engaño destruye el placer que la relación estaba destinada a fomentar. Pero mucho más grave es el engaño a sí mismo. El autoengaño es desastroso. En situaciones de conflicto, el uso consciente del engaño exige un grado de objetividad que aumenta el nivel de la conciencia. Para evaluar correctamente el valor de un engaño, hay que ubicarse en la posición del adversario.

Ante todo en la mente de la persona que planifica un engaño se encuentra la respuesta del adversario. “Si hago este movimiento o digo esto, ¿qué hará o pensará él?” Y el éxito del engaño depende de la exactitud con que haya medido esta respuesta. El uso efectivo del engaño exige que la persona salga del sí-mismo y se tome consciente del otro y de sí misma.

La significación del engaño para la autoconciencia atrajo mi atención a partir de una observación de una de mis pacientes. Me dijo que ella recordaba el momento en que por primera vez fue autoconsciente, o consciente de su individualidad. Tenia aproximadamente cuatro o cinco años y sus padres le pidieron una explicación por algo que hizo y que ellos no aprobaban. Rápidamente, le pasó por la mente el pensamiento de que no tenia que responderles con sinceridad. “En ese momento”, dijo, “me volví consciente de mí misma como ser independiente. Advertí que tenía el poder de engañarlos.” Aunque oí esta frase hace más de veinte años, no la he olvidado, ya que me impresionó porque contenía una visión penetrante de la personalidad humana.

La conciencia surge del reconocimiento de las diferencias. Erich Neumann expone y desarrolla este concepto en su libro Origins and History of Consciousness. Esto significa que si somos conscientes de la luz, debemos haber experimentado la oscuridad. Una persona o animal que vive sólo en la luz o en la oscuridad no sería consciente de ninguna de ellas. De manera similar, para saber qué es “arriba”, debemos saber también qué representa “abajo”.

Para ser conscientes de nuestro propio sí-mismo, debemos ser igualmente conscientes del otro. La autoconciencia debe depender, así, del reconocimiento de un par de opuestos o alternativas de la autoexpresión. Si un individuo sólo puede  decir la verdad, carece de opciones. Sin una opción, su autoexpresión es limitada y su conciencia, reducida. Reconocer que se tiene la opción de responder  sinceramente o no, fortalece el dominio del comportamiento por el ego, ya que éste, actuando a través del intelecto, es el juez de la verdad. Esta opción efectivamente coloca al ego en el asiento del conductor de la personalidad. A través de su habilidad para discernir entre verdad y engaño, bien y mal, el ego, que está identificado con el intelecto, se convierte en el centro de la autoconciencia.

¿Puede una persona adquirir esta habilidad para discernir la verdad de la falsedad sin explorar el reino del engaño? Creo que no. Muchos niños atraviesan una fase  temprana de desarrollo, en la que mienten. La mentira consiste generalmente en la negación de alguna acción que los padres considerarían mala. Por ejemplo, un niño puede tomar dinero de algún lugar y ocultarlo. Cuando se enfrente con la convicción de sus padres de que él tomó el dinero, el niño negará, de la manera más inocente, saber algo sobre el asunto. Un tiempo después, puede admitir la acción o se puede hallar el dinero entre sus pertenencias. La mayoría de los padres harían una escena horrible y castigarían al niño por la mentira, pero si son inteligentes considerarán el incidente como una exploración infantil del engaño y  confiarán en que aprenda a usarlo apropiadamente.

La represión de la habilidad del niño para el engaño puede tener un efecto destructivo en su personalidad en desarrollo. Yo no había pensado mucho en este problema hasta que una paciente lo mencionó después de una conferencia que di sobre el rol del engaño en el pensamiento. Esta paciente sufría una grave deficiencia en su sentido del sí-mismo. Inclusive carecía de la fachada normal con la que la mayoría de las personas enfrentan el mundo. Estaba muy abierta a expresar sentimientos, pero éstos no eran sinceros. Insistía en declarar su intención de mejorar, de cuidar mejor de sí misma, por ejemplo, pero esto no afectaba su comportamiento. A pesar de que yo marcaba insistentemente el contraste entre sus afirmaciones y su comportamiento, ella no podía ver que sus palabras eran frases vacías destinadas exclusivamente a obtener mi aprobación. Su actitud era única en cuanto a la medida en que se resistía a mi sugerencia de que su aparente cooperación ocultaba una negatividad subyacente.

Mi conferencia tocó una cuerda en la paciente y produjo el siguiente material. Citaré sus frases:“Nunca he podido mentir. Siempre he tenido que decir la verdad. A mi madre le importaba todo lo que yo pensaba o sentía o deseaba y yo me enorgullecía de su interés. No sé cómo se me cruzó la idea de que no podía ocultarle nada.” “No podía ser mentirosa, pero siempre admiré esta habilidad. No temía ser una mala niña sino ser una niña que ocultaba cosas. Sentía que no tenía derecho de ocultarle nada a mi madre. Ella siempre tenía razón. Tenía el extraño don de detectar que le ocultaba algo. Ella leía un diario que yo llevaba. Yo esperaba su aprobación, pero mi madre nunca me aprobaba. La única manera de recibir amor que yo conocía era seguirle el juego. Yo no sentía que tuviera derecho a la intimidad.”

Lo que le sucedía a esta paciente era que su necesidad de intimidad, de ocultar información personal, de conservar un sentido del sí-mismo y de engañar si era necesario, para proteger a este sí-mismo, se transformaba en autoengaño a través de la represión de esta tendencia natural. Habiendo renunciado a su intimidad, perdió el sentido del sí-mismo. Incapaz de mentir, no conocía la verdad. Pocas veces he encontrado un caso más difícil en mi práctica profesional. Si bien a mi paciente se le negaba el derecho a  engañar, su madre ejercía este arte con su hija. Su fingido interés ocultaba su deseo de dominar. “Me educaron como un experimento. Yo debía ser diferente”, decía mi paciente.

A pesar de estas afirmaciones, no podía reconocer hasta qué punto era destructiva su madre. Nunca vio el engaño. Los niños en nuestra cultura son educados para  considerar que mentir es algo malo o pecaminoso. Esto se basa en el hecho de que es destructivo mentir en relaciones que están basadas en la confianza y el afecto o en situaciones que exigen un esfuerzo cooperativo para alcanzar un fin común. La mentira socava la confianza e introduce antagonismos que destruyen el placer que brindan estas relaciones. Sin embargo, si la honestidad expone a la persona al castigo y al dolor, necesitará fuerza de voluntad para ser honesta, ya que la tendencia natural de todos los organismos es a evitar el dolor. La persona hará el esfuerzo si la amenaza de dolor es leve. Cuando la amenaza de dolor excede el nivel aceptable, forzar a la persona a decir la verdad en contra de su propio interés la coloca en conflicto consigo misma y rompe la integridad de su personalidad. Los gobiernos democráticos protegen a sus ciudadanos contra este efecto dañino brindándoles garantías constitucionales contra la autoinculpación.

Desafortunadamente, la relación entre padres e hijos no tiene tales salvaguardas. Hay una famosa máxima que dice que las normas están hechas para violarlas y los jóvenes se destacan especialmente por su desatención a las normas. Ávidos de libertad y en busca del placer, los niños se revelan naturalmente contra las restricciones. Si los padres utilizan castigos para hacerles cumplir las normas, es difícil imaginar cómo los niños pueden evitar decir mentiras. La única  alternativa para el niño que ha violado una norma es no decir nada. Desafortunadamente, en la mayoría de los hogares no se respeta el derecho al silencio. El resultado es un niño que miente o un niño que no puede mentir porque   se le ha privado de su sentido del sí-mismo.

El derecho de establecer normas y de infligir castigos es propio del ejercicio de poder. Está basado en la suposición de que las fuerzas hostiles y negativas de la comunidad sólo pueden controlarse por tales medios. Pero el poder en sí mismo crea antagonismos que interfieren en la vida cooperativa y comunitaria. Debemos aceptar que dichas fuerzas negativas existen en las grandes comunidades en las que vivimos y que, seamos realistas, se necesitan algunas leyes y algún poder para la vida armónica de las grandes sociedades. Pero si introducimos este concepto en la situación del hogar y la familia, socavamos la base del placer y de la alegría en estas relaciones. Cuando el poder entra al hogar por la puerta principal, en forma de padres que castigan, la desconfianza y el engaño entran por la puerta de servicio en forma de hijos rebeldes y mentirosos.

El hogar que se rige por el principio del placer, a diferencia del que se rige por el poder, produce hijos seguros de sí mismos, que conocen la diferencia entre verdad y engaño y que pueden cooperar para fomentar el placer y la alegría. Esto no significa que esos hijos no mientan ocasionalmente. En todos los hogares hay normas: siempre existe alguna amenaza de castigo, algún ejercicio de poder. Para mantener la confianza y el afecto que unen a la familia hay normas mínimas destinadas a aumentar el placer de todos los miembros. El uso del castigo y el poder es una clara manifestación de que la confianza y el afecto se han debilitado y que han disminuido la cooperación y el placer mutuo. Nunca debe castigarse la mentira en sí, ya que es una clara señal de que se debe mostrar más confianza.

El derecho a castigar a un niño es una traición a la confianza que el niño tiene en su padre. El niño confía en que el padre no hará nada que le cause dolor sino que hará todo para brindarle placer y fomentar su felicidad. Sin embargo, cuando los padres proclaman este objetivo de palabra pero infligen dolor y castigo, el niño se siente traicionado y engañado. La idea de que el castigo se inflige por el bien de la víctima es reconocida hoy como una racionalización. Encarcelamos a un convicto para proteger a la sociedad y castigamos a un niño para asegurar su sumisión a la voluntad y al poder de sus padres. Sin embargo, muchos padres creen que el castigo es bueno para el niño. “Ahórrese el castigo y echará a perder al niño”, ésta es una antigua máxima que pertenecía a una cultura que negaba el sexo y el placer. Representa un enfoque no creativo de la vida.

No hay un solo factor que determine más la pérdida del potencial creativo de una persona que el autoengaño. Este toma muchas formas. En el primer capítulo señalé cómo nos engañamos a nosotros mismos a través de la moral de la  diversión. La fe en el poder es otra forma de autoengaño, el egotismo una tercera y la creencia en que el castigo tiene un efecto positivo es una cuarta. Una persona se engaña a sí misma cada vez que no es veraz consigo misma. Pero para ser veraz consigo misma, la persona debe saber quién es y qué siente. Si sus sentimientos están reprimidos, su comportamiento será un reflejo de las ideas que le han inculcado y no una expresión de su verdadero ser o sí mismo.

El autoengaño es la consecuencia de una pérdida de contacto con el sí-mismo corporal. La persona que no siente lo que sucede en su cuerpo no está en contacto consigo misma. Su sensibilidad y por lo tanto sus sentidos están confundidos. Incapaz de confiar en sus sentidos, cree lo que le dicen o lo que lee cuando se le presenta como un hecho objetivo porque no tiene forma de determinar la verdad.

Está predispuesto a atender a la publicidad y a los slogans y es vulnerable a la gran mentira. Cuando sigue todos los caprichos de la moda, piensa que es un individuo, cuando en realidad es sólo un hombre masa. Nadie elige engañarse a sí mismo. El autoengaño se desarrolla cuando una persona ha sido engañada tan profundamente en sus relaciones personales que ya no confía en sus propios sentidos.


 

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