Mostrando entradas con la etiqueta sobreprotección. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sobreprotección. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de mayo de 2017

Cuenta Contigo, parte 1

CUENTA CONTIGO
No busques fuera
las soluciones que están en ti
(resumen del libro)
Patricia Ramírez Loeffler, Ed. Penguin Random House, Barcelona, 2016

Introducción:

Estar preparado es importante, saber esperar lo es aún más, 
pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida.

  Arthur Schnitzler 

En esta frase se encuentra resumida la trama principal de Cuenta contigo. Y sobre todo, en saber que aprovechar el momento adecuado depende de nosotros. Este libro es un canto a la responsabilidad y al control interno. ¿En qué medida el éxito depende de nosotros? ¿Son los demás los que nos boicotean, nos estresan e impiden nuestro progreso? ¿No seremos nosotros los que no ponemos todo de nuestra parte, e invertimos el tiempo y la energía en buscar excusas que nos limitan?

La cultura de “lo merezco todo invirtiendo lo mínimo” impide que muchas personas alcancen sus sueños y, con ello, la felicidad. Pasan el tiempo soñando, pero apenas se esfuerzan, ni luchan por lo que desean.
En Cuenta contigo vamos a trabajar desde el interior para que puedas alcanzar tus propósitos. Pero ¿qué hay en tu interior? Más de lo que imaginas: capacidad de aprendizaje, posibilidad de cambio, fuerza de voluntad, talento, pasiones y emociones; en definitiva, un potencial que puedes poner en práctica para sentirte mejor, experiencias positivas que ayudarán a que te sientas seguro y veas en ti alguien con posibilidades de avanzar, en vez de una persona limitada. También es cierto que dentro de nosotros hay miedos, historias de fracaso, etiquetas y juicios de valor que nos impiden avanzar. A lo largo del libro veremos que tendremos que aprender a lidiar con ello, analizarlo y vencerlo para que, en lugar de restar, nos ayude a seguir sumando.

En Cuenta contigo vas a encontrar el empujón que precisas para no depender de los ánimos de los demás. Deja de esperar el rescate y ponte a nadar.
Pedir ayuda es vital para nuestra sobrevivencia. Es una conducta inteligente que permite colaborar, cooperar, y que entre todos consigamos objetivos que no somos capaces de lograr por nosotros mismos. Pero si pedimos ayuda sin explorar si podemos resolver el problema con nuestros propios recursos, nunca llegaremos a saber dónde están nuestros límites, ni a salir de la zona confortable, ni a trabajar la creatividad para buscar soluciones nuevas. No se trata solo de estudiar y memorizar. Se trata de aprender a aprender.
No pretendo con este libro que seas autosuficiente y autónomo para todo, pero si que aprendas a responsabilizarte de tus objetivos, emociones y pensamientos; en definitiva, de las cosas que te ocurren en la vida. Solo así podrás solucionarlas. Los demás no son los responsables de que tú seas infeliz. Aprende a estar pendiente de ti y de lo que tú controlas para poder trabajar en ti mismo. (13)

Cuenta contigo tampoco es una llamada al egoísmo. Significa solo dejar de pedir ayuda para buscarla en ti. Y si después de una búsqueda a conciencia no la encuentras, cuenta con otros, pero date tiempo para aprender, actuar, reproducir y coger el hábito.

¿En qué momento perdimos el espíritu aventurero? ¿Te acuerdas de que, cuando eras pequeño, una de tus frases favoritas era “yo solo”. Las personas tenemos esa necesidad de explorar y de aprender… hasta que llegan los machacones del error y las prisas, y los obsesivos de la perfección, que nos hacen sentir desgraciados cuando nos equivocamos. Y poco a poco nos van mutilando la iniciativa y los deseos de descubrir y ocuparnos de nuestras cosas. Terminamos interiorizando que es mejor que otros se ocupen. Y cuando te das cuenta, en tu vida prevalece el perfeccionismo, las prisas y el hacer lo correcto y lo que se espera de ti. Aunque tuviste que pagar un precio muy alto: entregaste tu creatividad y tu iniciativa, y perdiste la oportunidad de divertirte descubriendo.

Hoy en día no puedes salir de casa a jugar a la calle porque te manchas, te caes, te rompes algo, te raptan… Nuestro hijos están asimilando el “manual del perfecto inútil” con tanta sobreprotección. No se trata de que sean temerarios, pero dejemos que den rienda suelta a su espíritu aventurero y que tomen la iniciativa para que crezcan con la experiencia de que pueden contar con ellos mismos.

La palabra clave de Cuenta contigo es: responsabilidad. Que para mi no tiene nada que ver con seriedad, ni con el autoritarismo, ni con ser un aburrido y un rancio en el trabajo. Eres responsable cuando cumples con tu palabra, cuando te ocupas de tus obligaciones sin tener a nadie encima, cuando decides tomar las riendas de tu vida. Si eres capaz de conseguir todo esto con diversión, humor y pasión, ¡qué más le podemos pedir a la vida!

En este libro encontrarás veinte capítulos con la siguiente estructura: una introducción al tema, una invitación a tu reflexión personal y mis consejos prácticos, para que puedas poner en marcha tus cambios.
¿Recuerdas cuántas veces has conseguido solucionar tu solito un problema? Coge una libreta bonita y especial. Será la libreta Cuenta contigo. Y empieza con el primer ejercicio.

Momento libreta…
Escribe en forma breve cinco éxitos logrados por ti. Cuando describas el primero, anota después lo que te ayudó a conseguirlo. ¿Fue tu constancia, tus conocimientos, tu experiencia, tu habilidad, tu deseo de solucionarlo….?

Ya estás contando contigo. Estás buscando dentro de ti herramientas que te han servido en ocasiones anteriores. Las olvidamos porque no les damos importancia. A mis pacientes y a los deportistas les pido siempre que lleven una hoja con los recursos que van aprendiendo. Aquí tienes un ejemplo:


Mis recursos personales

Relajación  muscular                Para manejar la ansiedad.

Escribir mis éxitos logrados Me da seguridad y conocimiento de mis recursos.

Visualización                        Anticiparme a una jugada, a una reunión y dejar en mi memoria lo que quiero                                                que ocurra y cómo quiero que ocurra. Me da seguridad y me motiva.

Mientras vas leyendo y trabajando con el libro, ve haciendo también tu lista de recursos personales. Así sabrás ante situaciones de duda, que herramienta utilizar. También serás consciente de lo que has aprendido.
Mi experiencia me dice que desde el día que decidí contar conmigo, me sentí libre. No te pierdas esa experiencia, no tiene precio. (17)


1
¿Eres lo que deseas ser?  



Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, 
siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.

                                                                                   Viktor Frankl


Hay personas que se sienten como la parte perdedora de una relación rota, como alguien marginado o que inexplicablemente ha sido despedido de su trabajo, como el jugador desolado que ha bajado de categoría. Se hallan invadidas por la inseguridad, y se mueven sin rumbo ni objetivos.
Hay otro grupo de personas que están desmotivadas. No terminan de encontrar lo que les apasiona. Alumnos que no saben que estudiar, deportistas que no saben si seguir insistiendo, directivos angustiados, amas de casa que ni aman la casa ni saben dónde empezar a trabajar.
Hay personas aburridas. De su vida, de su pareja, de no recibir lo mismo que entregan. Personas que llevan tiempo malviviendo la vida que no desean tener.

Hay un grupo todavía más triste, los que si saben lo que quieren pero son incapaces de actuar. Quiero adelgazar, quiero dejar de fumar, quiero aprender a controlarme, quiero, quiero, quiero… pero no hago nada.
Y para rematar, está el grupo que quiere que las circunstancias y y su entorno cambien o que los demás hagan cosas por ellos para ser felices: quiero menos tráfico, quiero que mi pareja sea más romántica. Y cuando todo el mundo haga lo que yo quiero, tampoco seré feliz, porque entonces querré más.
Si te has visto reflejado en alguno de los grupos, te animo a reírte de ti mismo. Es la mejor medicina. Y que identificarte sirva para poner remedio. Es el momento de poder elegir aquello en lo que te quieres convertir.
Estar a gusto con uno mismo te permite cambiar con tranquilidad, sin prisas.

¿Por qué deberías convertirte en quien deseas ser? Es fácil, por honestidad contigo mismo. Vivir una vida que no te gusta, no es vivir.
Convertirte en lo que deseas ser forma parte de un largo camino. Así que necesitamos llenar una maleta. Puedes empezar por meter a la responsabilidad. Eres tú el único que puede responsabilizarse de tu cambio.
Acuérdate también de convocar a la paciencia. Las prisas no llevan a ninguna parte. Todo cambio necesita tiempo. ¡Y cuidado con las expectativas! Si te excedes, te sentirás frustrado, y si te quedas corto, quizás no te motives lo suficiente. Además, necesitamos contar con las variables más potentes de la psicología positiva: optimismo, esperanza, perseverancia, ilusión y coraje
Empecemos por definir qué quiero ser.

                                        Momento libreta…                   
Finaliza diez veces la frase que empieza con “Quiero ser…”. Los ejemplos que ofrezco a continuación pertenecen a personas distintas:


  1. Quiero ser más creativo.
  2. Quiero ser una persona más paciente
  3. Quiero ser un deportista con más confianza.
  4. Quiero ser un poco más lector.
  5. Quiero ser alguien con más carácter para que no me engulla mi jefe ni                mis compañeros.        
  6. Quiero ser puntual.
  7. Quiero ser alguien sin ansiedad, y disfrutar la vida con sosiego
  8. Quiero ser alguien que piense más en mí. Siento que mis hijos y mi     pareja no valoran todo aquello a lo que renuncio por ellos.
  9. Quiero ser más atrevido para poder cumplir mis sueños. Los miedos me bloquean.
  10. Quiero ser más ordenado.  

Si sigues viviendo una vida que no deseas, estarás participando en tu propio deterioro. Una persona insatisfecha puede sufrir ansiedad y tristeza, y afectar así su sistema inmunológico.
Querer ser feliz y esforzarte en el cambio, además de aportarte felicidad, te aportará salud. Antes de planificar tu cambio, tienes que conocer el valor de tus expectativas. Si piensas que tienes limitaciones, tu progreso también será limitado. El avance no es posible cuando no te crees capaz de conseguirlo.
Las expectativas que ponemos ante una determinada situación son capaces de sugestionarnos de tal manera que inhiben o potencian funciones biológicas. Imagina lo que seremos capaces de sentir y hacer cuando las expectativas estén puestas en el potencial psicológico: la actitud y las emociones. (23

                                                            Momento libreta… 
Antes de seguir trabajando en lo que deseas ser, contesta con tranquilidad estas preguntas. Ya que las expectativas van a influir en tu cambio…

  • ¿Qué espero de mí?
  • ¿Qué creo que soy capaz de conseguir?
  • ¿Alguna vez he tenido éxito en un cambio? 

A la hora de cambiar, también influyen tus ideas limitantes. Los límites pueden venir de ti, de una pareja posesiva, de la mala organización del tiempo; en definitiva, de todo lo que veas como un freno.

    Momento libreta… 
1. Elige un cambio de tu lista, la del primer ejercicio de este capítulo.
2. Elige lo que ganas con tu cambio, ¿adónde te lleva?
3. Define, por favor, qué límites encuentras a la hora de realizar cada uno de 
    tus cambios.
4. Escribe, a continuación, soluciones para derribar tus límites.
5. Y divide tu primer cambio en objetivos más pequeños, en pasos que           
     puedas planificar y que puedas empezar a dar.

A partir de hoy, no hagas responsable a nadie, ni de lo que consigas ni de lo que dejes por el camino.
La verdadera responsabilidad e implicación pasan por desear lograr algo e involucrarte tú. No significa que tengas que rechazar la ayuda y la cordialidad de quienes te ofrezcan su cooperación, pero no cuentes con ello y mucho menos lo exijas. Lo que te llega es un regalo y acéptalo como tal, con todo el
agradecimiento que se merece aquello que no esperas.

       Momento libreta….
Observa dos ejemplos de cómo completaría este último “Momento libreta” un deportista y una dependienta, y luego redacta el tuyo.

Ejemplo 1: Deportista de alto rendimiento

1. El cambio que elijo: tener más seguridad.
2. Cuando lo consiga seré capaz de competir con todo mi talento.
    Podré alcanzar mejores marcas, sentirme orgulloso de mi trabajo y cumplir 
     con mis sueños.
3. Lo que me limita es no saber cómo llevar a cabo mi propósito, no se pensar
    en forma positiva, ante el error me vengo abajo y caigo en un círculo 
    vicioso.
4. Mis soluciones:

a) Cambiar mis creencias ante el error. Tengo que aceptar que me equivoco y
    que eso forma parte de mi evolución.
b) Aprender a hablar en positivo. Utilizar frases como: “He entrenado bien”
c) Fijarme más en mis sensaciones positivas cuando entreno. Estoy muy 
    pendiente de las molestias y de los signos del cansancio, y con ello me 
    vengo abajo.
d) Escribir cada día mis progresos y aquello de lo que me siento orgulloso, así
    estaré más pendiente de lo que hago bien y no tanto de lo que no consigo.

5. A partir de mañana, escribiré cada día una frase que focalice mi atención 
    En una fortaleza, o en sensaciones positivas. Y al volver de la práctica
    anotaré en un diario todo lo que he conseguido.

Ejemplo 2: Dependienta

1. El cambio que elijo: ser más amable con los clientes. A veces estoy de mal
    humor.
2. Conseguiré retener clientes para que vuelvan a mi panadería.
3. Me limita mi mal humor. Toda mi vida he sido así, pero no me gusto.
4. Mis soluciones:
a) Sonreír. Voy a poner un cartel que pueda ver constantemente y que diga:
    “Sonría, por favor”
b) Esforzarme en utilizar expresiones amables: “Gracias por la visita”; “Espero 
    que disfrute el pan”; “Me alegro de volver a verle”, etc.
5. Hoy mismo empiezo con la sonrisa y con la expresión: “Que tenga un buen 
    día”. Creo que conseguir esto ya es un logro para mí.

Tu lista puede ser de diez “cosas que quieres ser”, de tres o de quince. Que no te bloquee todo aquello en lo que te quieres convertir.
Si tienes claros tus pasos, no los postergues más. Te equivocas pensando que no es el momento, que no eres capaz, que se te olvidará y otras excusas más. Da pequeños pasos para conseguir grandes metas. Elige la fecha para empezar a andar. Poner límites nos prepara y conciencia para el momento. Necesitas convertirte en tu propio motor.(27)

¿Cuánto tiempo necesitas para que tu cambio se convierta en algo inherente a ti, en un hábito? Hay distintas investigaciones que hablan de 21 días, 66 días y hasta más de doscientos días. No importa, no tenemos prisa. Lo único que necesitas es tener intención de hacerlo.
Para que se produzca el cambio, recuerda: tener el deseo, programarlo, actuar y repetirlo. La repetición favorece el aprendizaje.

Para convertir algo en automático, se necesita un periodo de entrenamiento. Tienes que educar a tus pensamientos y emociones. Repítelo, actúa, repítelo, actúa… y acuérdate de reforzarte. Recuerda lo que dijo Aristóteles: “Somos lo que repetidamente hacemos. De esta forma, la excelencia no es un hecho aislado, sino un hábito”.













lunes, 31 de marzo de 2014

Encuentro con la Sombra, parte 56


43. ASUMIR EL YO
ENAJENADO
Nathaniel Branden

Es psicólogo y ejerce en la ciudad de Los Angeles. Entre sus libros cabe destacar The Disowned Yo; Honoring the Yo; How to Raise Your Yo-Esteem y The Psychology qf Romantic Love.

¿Cómo puede una persona desconectarse de tal manera de su propia experiencia emocional que llegue a ser incapaz de sentir el significado de las cosas?
Comencemos diciendo que la mayoría de los padres enseñan a sus hijos a reprimir los sentimientos. Veamos algunos ejemplos: cuando un niño tropieza y se queja su padre suele reprenderle ásperamente con el argumento de que «los hombres no lloran»; cuando una niña odia a su hermano o siente rechazo por algún pariente mayor su madre suele decirle: “Odiar es algo terrible. En realidad tú no sientes odio»; cuando un niño entra corriendo en casa, pletórico de entusiasmo y alegría, suele encontrarse con un padre enojado que le recrimina con acritud: «¿Qué te ocurre? ¿Por qué haces tanto ruido?» Los padres emocionalmente distantes e inhibidos suelen criar hijos igualmente distantes e inhibidos. Y ello no sólo a consecuencia de sus
manifestaciones verbales abiertas sino también mediante el ejemplo tácito que les ofrecen ya que con su propia conducta están enseñando a su hijo lo que es «correcto», «apropiado», «socialmente aceptable», etcétera.

En especial, resulta particularmente nefasta la influencia de aquellos padres que tratan de inculcar a sus hijos una determinada enseñanza religiosa porque suelen inducirles conceptos tan erróneos y perniciosos como que hay «malos pensamientos», «malas emociones», etcétera, imbuyéndoles así de un miedo moral hacia su propia vida interior.
De este modo, un niño puede verse abocado a concluir que sus sentimientos son potencialmente peligrosos que, en ocasiones, es aconsejable negarlos y, en fin, que de un modo u otro, debe «controlarlos».
Pero para «controlar» sus sentimientos el niño debe enajenarlos, es decir, dejar de experimentarlos. Las emociones son experiencias psicosomáticas, experiencias que se manifiestan simultáneamente a nivel mental y a nivel físico y, por tanto, el intento de «controlar» las emociones también debe tener lugar a esos dos niveles. En consecuencia, en el nivel psicológico el niño deja de reconocer -es decir, deja de ser consciente de los sentimientos indeseables separando su conciencia de ellos mientras que en el nivel físico, por su parte, debe tensar muscularmente su cuerpo para anestesiarlo parcialmente e insensibilizarse con respecto a sus propios estados internos (como ocurre, por ejemplo, en el caso de los niños que tensan los músculos de su rostro y de su pecho para contener su respiración y tratar de ignorar y reprimir, de ese modo, el daño que siente). Es innecesario decir que este proceso no parte de una decisión consciente y calculada sino que se origina en una determinación subconsciente. Ello no impide, sin embargo, que de ese modo el niño inicie el proceso de enajenación mediante el cual aprende a negar sus sentimientos, invalidar sus juicios y valoraciones, rechazar su propia experiencia y despojarse de determinados aspectos de su personalidad. Debemos señalar, no obstante, que no nos estamos refiriendo aquí al aprendizaje de la regulación racional de nuestro comportamiento -que constituye un tema completamente diferente- sino tan sólo a la censura y negación de la experiencia interna. Hecha esta salvedad podemos seguir con la historia del desarrollo de la represión emocional.

Los primeros años de la vida de la mayoría de los niños encierran muchas experiencias terribles y dolorosas.
Quizás sus padres nunca atiendan a su necesidad de ser tocado, abrazado y acariciado; tal vez le griten constantemente o bien se griten entre sí; quizás utilicen deliberadamente el miedo y la culpabilidad como una forma de control; es posible que oscilen entre la sobreprotección y negligencia; quizás le mientan o se burlen de él; puede que se muestren negligentes o indiferentes; quizás le critiquen y le reprendan de continuo; tal vez le desconcierten con normas confusas y contradictorias; es posible que le abrumen con expectativas y exigencias que no tienen en cuenta sus aptitudes, necesidades e intereses; quizás, en fin, le sometan a malos tratos físicos o descalifiquen todos sus esfuerzos por expresar su espontaneidad y su asertividad.
El niño carece del adecuado conocimiento intelectual necesario para reconocer sus necesidades o comprender la conducta de sus padres. Pero lo cierto es que, en ocasiones, el miedo y el sufrimiento pueden desbordarle e incapacitarle. En consecuencia, cuando el contacto con sus emociones deviene intolerable si el niño quiere sobrevivir se ve abocado inexorablemente a protegerse desconectándose de sus emociones. Para ello debe negar sus sentimientos y congelar en su cuerpo -mediante la tensión muscular y fisiológica- todo el miedo y el sufrimiento que no puede experimentar, expresar y descargar. De ese modo, sin embargo, se inicia una pauta de conducta que tenderá a repetirse cada vez que se sienta amenazado por algún sentimiento que no desee experimentar.

Pero la represión no se limita tan sólo a los sentimientos negativos sino que se va generalizando progresivamente hasta llegar a comprometer a toda la vida emocional. La represión de las emociones se rige por el mismo principio que la anestesia quirúrgica, el bloqueo de la sensibilidad, un bloqueo que no sólo anula la capacidad de sentir dolor sino que también elimina la capacidad de experimentar placer.
Debemos reconocer, sin embargo, que la represión emocional es una cuestión de grado y que, por tanto, es más profunda y completa en unos individuos que en otros. Lo cierto, en cualquier caso, es que la represión reduce tanto nuestra capacidad de experimentar placer como nuestra capacidad de experimentar dolor.
No resultará difícil, por tanto, admitir que todos los seres humanos arrastran el peso de una enorme cantidad de sufrimiento inconsciente sin descargar, un sufrimiento que no se origina solamente en el presente sino que se remonta a los primeros años de nuestra vida.

Una tarde estaba hablando con unos colegas sobre este tema cuando un joven psiquiatra me dijo que creía que estaba exagerando la magnitud del problema. Le pedí, entonces, que participara en una demostración. Se trataba de una persona inteligente aunque algo tímida ya que hablaba en voz muy queda, casi con reticencia, como si dudara de que los presentes estuviéramos realmente interesados en conocer su opinión. Respondió que no tenía ningún inconveniente en colaborar pero me advirtió también que si pretendía examinar su infancia quizás no fuera un buen sujeto para mi experimento. En su opinión, aunque mi tesis fuera correcta a nivel general, me dijo que tal vez convendría buscar otro voluntario ya que temía que me llevara la lamentable sorpresa de ver mis expectativas frustradas porque sus padres siempre se habían mostrado muy receptivos a sus necesidades y había tenido la suerte de gozar de una niñez extraordinariamente dichosa. A pesar de todo, sin embargo, le invité a proseguir.
Le expliqué entonces que íbamos a realizar un ejercicio que había diseñado para trabajar en terapia con mis clientes. Le pedí que se sentara cómodamente en la silla, apoyara los brazos, cerrara los ojos y relajara su
cuerpo.

«Ahora -continué- quiero que imagines la siguiente escena: Estás agonizando en la cama de un hospital.
Tienes tu edad actual. No padeces ningún dolor físico pero eres muy consciente, sin embargo, de que dentro de muy pocas horas tu vida habrá concluido. Imagina que tu madre se halla de pie al borde de tu cama.
Observa su rostro. ¡Hay tantas cosas por decir!  Date cuenta de todo lo que habéis callado, de todo lo que jamás os habéis dicho, de todos los pensamientos y sentimientos que nunca habéis compartido. Esta es la
mejor ocasión de tu vida para comprender a tu madre y para que ella escuche lo que tengas que decirle.
¡Háblale! ¡Díselo!».
A medida que hablaba las manos del joven iban crispándose, su rostro enrojeció y podía percibirse claramente la tensión muscular de su frente y el anillo muscular que rodeaba sus ojos con el que parecía tratar de reprimir el llanto. Cuando por fin habló su voz sonaba más infantil que antes. Entonces dijo entre gemidos: «¿Por qué no me escuchas? ¿Por qué no me escuchas nunca cuando te hablo?»
En ese momento interrumpí el trabajo porque no quise invadir su intimidad aunque era evidente que tenía muchas cosas más que decir. No era el momento de hacer psicoterapia ni tampoco me había invitado a ello pero hubiera sido muy interesante señalarle la posible relación existente entre la frustración de su necesidad infantil de ser escuchado y su carácter cauteloso y reservado. Al cabo de un rato abrió los ojos, sacudió la cabeza con expresión atónita y un tanto azorada y me dirigió una mirada de aprobación.

Señalemos, de paso, que el desarrollo completo de esta técnica exige la confrontación imaginaria con ambo padres. A ello se le añade, en ocasiones, la necesidad de imaginar la presencia de una madre o de un padre ideal -distintos a los padres reales- y preguntarle lo que uno desee, lo cual puede resultar muy útil para que las personas establezcan contacto con las necesidades frustradas de su infancia, aquellas que fueron negadas y reprimidas. Por lo general, el ejercicio se realiza acostado sobre el suelo porque parece demostrado que en esa posición de indefensión física las defensas psicológicas también tienden a debilitarse.
Volviendo al caso del joven psiquiatra que acabamos de mencionar quisiera llamar la atención sobre el hecho de que en ningún momento he creído que mintiera sobre su niñez ya que no me cabe la menor duda de que cuando hablaba de su feliz infancia era totalmente sincero. Pero también es cierto que, al reprimir el sufrimiento de su infancia, también se estaba despojando de algunas de sus necesidades legítimas, de sentimientos importantes, es decir, que estaba enajenándose de una parte de sí mismo. Es muy posible que esa situación no sólo fuera la responsable de su menoscabo emocional sino también de su relativo deterioro intelectual ya que cualquier intento para tratar de relacionar su presente con su pasado, o de comprender la reticencia de su personalidad hubiera sido distorsionada por juicios equivocados, los cuales, a su vez, dificultan necesariamente sus relaciones personales actuales.

Cuando una persona reprime los recuerdos, las valoraciones, los sentimientos, las frustraciones, los anhelos y las necesidades de su infancia, se está cerrando, al mismo tiempo, el acceso a datos cruciales. En esas condiciones, cuando intenta pensar sobre su vida y sus problemas se ve obligado a debatirse en la oscuridad porque ha perdido ciertos ítems claves. Por otra parte, la necesidad de proyectar su represión, de mantener sus defensas, contribuye también a mantener su mente a salvo de las irrupciones «peligrosas» de pensamientos que pudieran fomentar o reactivar el temido material sumergido. En esta situación es inevitable la presencia de mecanismos de defensa tales como la distorsión y la racionalización.
A veces los clientes muestran una considerable resistencia a entrar completamente en este ejercicio. Sin embargo, la resistencia concreta que presenta un determinado cliente puede resultar muy ilustrativa a este
respecto.
Recuerdo cierta ocasión en que me invitaron a presentar esta técnica en una sesión de terapia grupal dirigida por un colega. Al comienzo la mujer con quien estaba trabajando se dirigió a su padre con una voz impersonal y distante y parecía bastante ajena al significado emocional de sus palabras.
Sin embargo, a medida en que iba haciéndole preguntas tales como «¿Qué siente una niña de cinco años cuando su padre la maltrata de ese modo?» sus defensas comenzaron a disolverse y se zambullía cada vez más profundamente en sus emociones hasta que rompió a llorar con el rostro embargado por el dolor y el sufrimiento. Sin embargo, en el momento en que parecía estar a punto de entregarse por completo se asustó de lo que estaba experimentando, retornó bruscamente al tono impersonal y dijo, como reprochándose a sí misma: «Es inútil que te culpe, tú no puedes ayudarme, tú tienes tus propios problemas y no sabes cómo manejar a los niños». Cuando le aclaré que no se trataba de «culpar» a nadie, que lo único que nos interesaba era saber lo que había sucedido y lo que ella sentía al respecto, se sintió nuevamente segura y volvió a establecer contacto con sus emociones. Entonces volvió a hablar de lo que había ocurrido y de lo que ella había sentido. Pero siempre que parecía estar a punto de estallar de rabia se activaba algún mecanismo de censura, reaparecía la voz impersonal y daba «excusas» para justificar el trato que había recibido. Era evidente que todavía no se hallaba en condiciones de renunciar a todas sus defensas.

El hecho de permitirse experimentar plenamente todo su odio resultaba insoportablemente peligroso y la hubiera hecho sentirse culpable de albergar esa rabia contra sus padres. Por otra parte, es muy posible que temiera que si sus padres hubieran conocido sus sentimientos los hubiera perdido para siempre. Por último, si se hubiera permitido experimentar plenamente sus emociones hubiera debido también afrontar todo el sufrimiento y frustración que esconden, cosa que no parecía estar dispuesta a afrontar. Para ello no sólo hay que estar dispuesto a soportar el dolor y el sufrimiento sino que también hay que asumir la soledad, la cruda realidad de que la niña pequeña que una vez fue, no tuvo -y ya no tendrá jamás- los padres que necesitaba y
hubiera deseado.

Recuerdo otro caso en el que uno de mis clientes comenzó a hacer gala de una elocuencia de la que hasta ese momento parecía carecer. El hecho ocurrió un mes después de que mi cliente -un hombre de unos veinticinco años- entrara en terapia de grupo. Se trataba de una de las personas más tensas y bloqueadas físicamente con las que había trabajado. Se lamentaba de su total incapacidad para sentir y saber lo que quería de la vida, que ignoraba hacia donde debía encaminar sus pasos. Me dijo que no podía llorar. Comenzó hablando, con una voz tímida y suave, del miedo que tenía a la frialdad y severidad de su padre. Entonces le insinué que, en ocasiones, los niños también podían odiar a un padre que les tratara con crueldad. En ese momento, todo su cuerpo se estremeció y gritó: «¡No quiero hablar de eso!» «¿Qué ocurriría -le pregunté- si le hablaras de tu enojo?» Las lágrimas rodaron entonces espontáneamente por sus mejillas y chilló: «¡Le tengo miedo! ¡Tengo miedo de lo que podría hacerme! ¡Me mataría!»
Su padre había fallecido veinte años atrás, cuando mi cliente tendría unos seis años de edad.
En las semanas siguientes no le pedí que volviera a repetir este ejercicio y me limité a dejarle que observara el trabajo que realizábamos con el resto del grupo. Sin embargo, cada vez que veía que uno de sus compañeros afrontaba las experiencias traumáticas de su infancia nuestro sujeto prorrumpía en llantos. Poco a poco fue recordando su infancia y comenzó a hablar de ella con cierta implicación emocional. A medida que transcurría el tiempo podía apreciarse que sus tensiones musculares iban desapareciendo, que su cuerpo se relajaba y que iba recuperando lentamente su capacidad de sentir. De esta manera, en la medida en la que se permitía experimentar sus necesidades y frustraciones -previamente enajenadas- fue descubriendo en su interior deseos, respuestas y aspiraciones ignoradas hasta que, al cabo de unos meses, renació en él el interés - largamente reprimido hasta entonces- de dedicarse a una determinada profesión.