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viernes, 12 de diciembre de 2014

Lo que verdaderamente dijo Jung, parte 3


Animus y Anima

La integración de lo masculino y lo femenino.

Una síntesis descriptiva del proceso de individuación hasta el momento, podría ser el siguiente: hemos ido aprendiendo a caminar en la verdad “aflojando” la máscara, haciendo que el mundo externo mismo se haga más lúcido, con mayores contornos y detalles para la conciencia. Hemos aprendido a buscar la verdad de nosotros mismos, independizándonos de la conciencia colectiva, aprendiendo a vivir a partir de nuestro interior, de lo que auténticamente sentimos y pensamos.

Al confrontarnos con nuestra sombra, también nos hemos ido reconciliando gradualmente con nuestra historia. Esos acontecimientos vergonzosos, esas personas o sucesos que han sido para nosotros causas de temor o de resentimiento; esos eventos penosos, dolorosos; esos temas que siempre han sido un poco tabú por el temor que nos inspiran; en fin, todo ese “mundo” del cual en el fondo no hemos querido saber nada.

Al entrar en nuestra conciencia, tales hechos nos han enriquecido con nuevas energías, o han disminuido las que nos paralizaban. Además, nuevas cualidades se han incorporado a nuestra manera de ser, enriqueciendo nuestra personalidad.

Una nueva sensación de libertad ha ido apareciendo; nos sentimos con mayor “voluntad”; hay menos recursos a la proyección y hemos aprendido a dejar tranquilos a los demás. Hay en fin, mayor paz personal y social. La sombra se ha convertido en luz, y nuestros enemigos interiores en amigos y confidentes.

Dentro del inconsciente colectivo, la función arquetípica más inmediata es aquella que se refiere a la diferenciación de lo masculina y lo femenino, al menos en el mundo de hoy.

Muchos de los problemas actuales del ser humano y de la cultura derivan de una falta de integración de este par de funciones arquetípicas. El psiquismo del hombre y la mujer, no es exactamente el mismo. La necesidad de reforzar los elementos femeninos en forma adecuada y armónica con los rasgos masculinos, es urgencia en nuestra época.

Al hablar de este par de arquetipos que expresan la polaridad masculino - femenino, el Animus y el Anima, Jung los describió en términos de “Eros - Logos”, sólo como ayudas conceptuales para describir el hecho de que la conciencia de la mujer se caracteriza más por lo unitivo de Eros, que por lo diferenciador y cognoscitivo del Logos.

A la luz de la antiquísima psicología china, el cosmos se reduce a la polaridad del principio Yang y el principio Yin. Todo en el mundo concreto participa de las varias proporciones del Yin y el Yang.

En general, el hombre es de un nivel Logos, pensamiento - sensación, teniendo reprimido el sentimiento y/o la intuición; la mujer lo contrario: se desenvuelve en un nivel Eros, sentimiento - intuición, dejando reprimido el pensamiento y/o sensación. Esto es una manifestación de las polaridades no integradas. Esta dinámica de integración es de importancia para la madurez psicoafectiva. Cuando no se ha realizado se produce el fenómeno de la “animosidad”: el anima da lugar a extraños estados afectivos en el hombre, y el animus origina en la mujer una vulgaridad irritante que despierta ideas descabelladas.

 
Cuando un hombre asume e integra su anima, se verifica en él un cambio de actitud respecto a lo femenino en general… porque la vida se apoya en la interacción armonizada de las fuerzas masculinas y femeninas, tanto internas como exteriores al individuo humano. Conseguir la unión de estos contrarios, constituye una de las tareas esenciales de la psicoterapia actual.

Un varón que desarrolle solamente el área masculina, será brutal más que agresivo; intelectual, pero de manera estéril y más bien formal y académico; su lado femenino subdesarrollado se manifestará en caprichos de niño mimado e irritabilidad.

Por otra parte, una mujer que ha desarrollado solo su lado femenino, se presentará débil y meramente receptiva; híper sensitiva, más que capaz de relaciones interpersonales; mientras su lado masculino, indiferenciado, se manifestará más bien como tozudez interior más que firmeza y dogmatismo más que racionalidad.

Vivimos en una era caracterizada por un fuerte racionalismo y por el contacto con el mundo a través del conocimiento intelectual y empírico, en desmedro del conocimiento intuitivo - afectivo; la violencia, la guerra, el terrorismo se manifiestan como modos de solución de los problemas; el dominio económico, político o militar, predomina sobre el servicio; el tener y la eficacia, sobre el ser, la gratitud y el interés por las personas.

Cuando él o ella no tienen primero e interiormente la contraparte incorporada en la dinámica de su proceso de madurez, se buscan con un hambriento desequilibrio, proyectado en la propaganda porno.

Estando desvinculados los principios masculino y femenino internos, la identificación exterior es meramente epidérmica.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Encuentro con la Sombra, parte 46


NOVENA PARTE:
EL TRABAJO CON LA SOMBRA:
CÓMO ILUMINAR LA OSCURIDAD
MEDIANTE LA TERAPIA , LOS
RELATOS Y LOS SUEÑOS

Las mejores épocas de nuestras vidas son aquellas en las que acopiamos el suficiente valor como para rebautizar a nuestra maldad como lo mejor que hay en nosotros.
FRIEDRICH NIETZSCHE

En la mitad de la vida extravié el camino correcto y me encontré en un bosque oscuro... Pero, por doloroso que sea perderse, morir lo es más todavía.
DANTE

Los mitos nos enseñan que en lo más profundo del abismo puede escucharse la voz de la salvación. En los momentos más oscuros es cuando podemos escuchar el verdadero mensaje de transformación. En medio de la oscuridad sobreviene la luz.
JOSEPH CAMPBELL

La única maldad del psiquismo humano consiste en no poder unir o reconciliar los distintos fragmentos de nuestra experiencia. Cuando aceptamos todo lo que somos -incluida la maldad- hasta el mismo mal se transforma. Cuando logramos armonizar las distintas energías de nuestro psiquismo el rostro sangriento del mundo asume el semblante de la Divinidad.
ANDREW BARD SCHMOOKLER

INTRODUCCIÓN

Para recuperar nuestra sombra tenemos que afrontarla e integrar sus contenidos en una imagen más global y completa de nosotros mismos. El encuentro terapéutico con la sombra suele comenzar en la madurez, cuando nos damos cuenta de los efectos limitadores de la represión, cuando ponemos en cuestión los valores que hasta ese momento habían gobernado nuestra vida, cuando se tambalean las esperanzas que habíamos depositado en nosotros mismos y en los demás, cuando nos sentimos abrumados por la envidia, los celos, el impulso sexual y la ambición o cuando se desmoronan estrepitosamente nuestras más firmes convicciones. En cualquier caso, el trabajo con la sombra puede aparecer siempre que nuestra vida parezca estancarse y perder todo su interés y sentido.

Shakespeare era muy consciente de la necesidad de tomar conciencia de la sombra y en sus obras solía referirse a las funestas consecuencias de no prestarle la atención debida. Escuchemos, por ejemplo, la contundente voz del malvado Macbeth describiendo claramente la vacuidad y desdicha con que puede maltratarnos la insondable oscuridad:

La vida es una sombra huidiza...
mero ruido y furia,
un cuento absurdo
contado por un idiota.

La patética figura de Macbeth es muy interesante al respecto porque ha perdido el sentido de la vida cuando ya es demasiado tarde para poder trabajar con su sombra. De ese modo, no le queda más remedio que
actualizarla y acatar su destino transformándose en un asesino. En un lenguaje menos poético podríamos decir que la verdadera tragedia consiste en tomar conciencia de la sombra cuando ya es demasiado tarde para hacer algo al respecto.
Según Jung, para la mayor parte de nosotros la actualización de la sombra constituye «un problema eminentemente práctico». Lo que denominamos trabajo con la sombra es el proceso voluntario y consciente de asumir lo que hasta ese momento habíamos decidido ignorar o reprimir. La terapia, por tanto, exige que nos hagamos cargo de aquello que habíamos sacrificado en aras de un ego ideal y que reorganicemos nuestra personalidad sin dejar de lado nuestros aspectos más destructivos.

Pero, para poder establecer este nuevo orden, es necesario que afrontemos y nos liberemos de las ilusiones que hemos alimentado hasta ese momento. En su libro Paseo por la tierra el sociólogo Philip Slater describe el trabajo terapéutico del siguiente modo:
“Aunque puedan experimentar regresiones puntuales, los pacientes que emprenden un trabajo psicoterapéutico no retornan literalmente a la niñez para desaprender las pautas de conducta destructivas que han aprendido a lo largo de su vida. Lo verdaderamente importante es llegar a ser capaz de desidentificarse de esa pauta, ser capaz de decirse a uno mismo: «He desperdiciado X años de mi vida tratando de conseguir un objetivo doloroso e
inalcanzable. Pero, por más deplorable que esto sea, ahora tengo la oportunidad de cambiar». Sin embargo, ésta es una tarea difícil porque tenemos la tendencia de racionalizar nuestros errores como parte necesaria del proceso de desarrollo («me enseñó a ser disciplinado») y a declinar nuestra responsabilidad («eso era antes de que lo tuviera claro»).”

Cuando renunciamos a ese tipo de maniobras evasivas nos vemos abocados a la desesperación pero -como señala Alexander Lowen- la desilusión es lo único que puede curarnos de la ilusión.

Sin desesperación -una especie de período de luto por las ilusiones y fantasías perdidas- jamás podríamos mirar de frente a la realidad. Quizás haya personas que no puedan superar la desilusión pero lo cierto es que sin ella no puede tener lugar ningún cambio verdaderamente importante.

El objetivo del proceso de individuación (el proceso que nos permite llega a ser personas completas y únicas) es el de abrazar simultáneamente la luz y la oscuridad y favorecer el desarrollo de una relación creativa entre el ego y el Yo (nuestro símbolo personal de totalidad individual). De este modo, el diálogo sincero y la interpretación de los sueños que tiene lugar en el encuentro terapeútico nos ofrece la oportunidad de desarticular nuestra falsa personalidad y llegar a aceptar nuestra verdadera naturaleza.

La tarea de reapropiamos de nuestra personalidad inferior suele requerir la presencia catalizadora de un testigo (un guía o un psicoterapeuta, por ejemplo). En La Sombra y el Mal en los Cuentos de Hadas, Marie-Louise von Franz describe del siguiente modo el proceso de despertar gradual a la sombra:

Si tratáramos de explicar lo que es la sombra a alguien que carece de la más mínima noción de psicología y acude a una sesión analítica por vez primera, deberíamos decirle que en el fondo de la mente existen ciertos procesos de los que no somos conscientes. Así pues, en una primera aproximación al inconsciente, la sombra no es más que un término «mitológico» que sirve para designar a todos los contenidos inconscientes de nuestro psiquismo. Sólo después de profundizar en los aspectos sombríos de nuestra personalidad y
de investigar sus diferentes facetas hace aparición en los sueños una personificación del inconsciente del mismo sexo que el soñante.

A medida que aumenta nuestra conciencia de la sombra, las figuras oníricas se tornan más claras y su integración adquiere mayor importancia. Por otra parte, también debemos tener en cuenta que nuestra sombra personal está estrechamente ligada a la sombra colectiva de la cultura en que nos hallamos inmersos. El psicoanalista israelí Eric Neumann describió del siguiente modo este estadio del trabajo con la sombra en el proceso de individuación:

Quien ha emprendido el viaje hacia la individuación deberá diferenciar, en un momento u otro, entre «su» maldad y la maldad colectiva. A lo largo del proceso de individuación va desapareciendo gradualmente el impulso del ego hacia la perfección. Para llegar a algún tipo de acuerdo con la sombra es necesario sacrificar la inflación del ego, lo cual se opone frontalmente al antiguo ideal ético de la perfección absoluta.

Quien esté dispuesto a enfrentarse con sus enemigos -internos o externos- siempre hallará el camino expedito.
Según Jung, el trabajo con la sombra exige un acto fundamental de reconocimiento (y, en ocasiones, de catarsis). «El hombre moderno, afirmaba, debe redescubrir la fuente más profunda de su vida espiritual pero para ello no le queda más remedio que luchar contra el mal, afrontar su sombra e integrar al diablo.»
Los colaboradores que participan en esta sección expresan con entusiasmo su visión respecto al trabajo con la sombra. En este sentido, los ensayos que presentamos a continuación constituyen un manual de trabajo con la sombra que nos habla de las habilidades del analista, las intuiciones que nos proporciona la literatura y la mitología, la sabiduría de los sueños y las experiencias que suelen acompañar a la llamada crisis de la mediana edad.
En el capítulo 35, "La Curación de la Sombra", un fragmento extraído del libro Insearch: Psychology and Religion, publicado en 1967, el analista y psicólogo junguiano experto en arquetipos James Hillman nos recuerda la extraordinaria importancia del amor, un factor necesario, pero no suficiente, para trabajar con la sombra.
El capítulo 36, procedente de The Hero with Thousand Faces, el último clásico del insigne mitólogo Joseph Campbell, nos habla de las experiencias que acontecen cuando atravesamos el umbral de lo desconocido -con la consiguiente autoaniquilación y resurrección simbólicas - y penetramos en "El Vientre de la Ballena". En este ensayo, Campbell estudia la presencia del tema del viaje a través de la sombra -que constituye un «acto de centramiento y de renovación de la vida»- en el seno de diferentes épocas y culturas.
En el capítulo 37, "La Utilidad de lo Inútil", aparecido originalmente en la revista Psychological Perspectives, Gary Toub se sirve de las parábolas taoístas y de la psicología junguiana para ilustrar su tesis, exhortándonos a vivir nuestra vida, a sostener la tensión de la naturaleza dual de los opuestos y, lo que es más importante todavía, a encontrar sentido donde menos lo esperábamos.
La psicóloga junguiana Karen Signell considera que el trabajo con los sueños constituye el camino real hacia la sombra. Su ensayo, "El Trabajo con los Sueños de las Mujeres", extraído de Wisdom of the Heart, demuestra la utilidad de la interpretación onírica para identificar e integrar a la sombra. El ensayo de Signell, aunque se centra en la vida de las mujeres, no se limita, sin embargo, a ellas sino que enseña a todo ser humano a «ablandar su corazón ante uno mismo y ante los demás».
En su ensayo "El Hombre de Mediana Edad", extraído de su best-seller The Seasons of a Man's Life, el famoso psicólogo Daniel J. Levinson describe los cambios que conlleva la llamada crisis de la mediana edad, entre los cuales cabe destacar la necesidad de tomar conciencia de nuestra agresividad y de nuestra mortalidad. En opinión de Levinson, si renunciamos a esta responsabilidad terminaremos sacrificando nuestra propia creatividad.
Finalmente, en "Aprender a Relacionarnos con el Mal" -publicado originalmente en la revista jungiana Spring en 1965- la analista junguiana Liliane Frey-Rohn afirma que el trabajo de integración de la sombra personal y de transformación del mal constituye un reto moral que exige un esfuerzo supremo de conciencia y que tiene una importancia capital para la estabilidad de nuestra cultura.
Los ensayos presentados en esta sección nos ofrecen, pues, una mano y una luz para ayudarnos a atravesar el tenebroso camino que conduce a la integración de la sombra.

viernes, 17 de enero de 2014

Encuentro con la Sombra, parte 26

18. APROVECHAR
NUESTROS DEFECTOS Y
NUESTROS ERRORES
Marsha Sinetar 

Las personas eficaces en su trabajo conocen sus propias limitaciones y las utilizan para su provecho. Esas personas han descubierto no sólo que deben seguir explotando, en cierta medida, su propia constitución psicológica, sus tendencias emocionales y sus pautas de atención, sino que además las consideran como una ayuda inestimable para llevar a cabo su trabajo. De hecho, el conjunto de limitaciones que caracterizan a una determinada persona constituye un complejo de atributos cuyo sentido excede la comprensión del individuo.
Este complejo es la esencia de la vida creativa.

Tengo un cliente -merodeador de pasillos- cuyo temperamento inquieto le hace pensar mejor deambulando arriba y abajo. Mi cliente acepta ese rasgo peculiar de su personalidad y lo mismo hacen sus compañeros de trabajo. Después de varios años de trabajar con él sus colegas ya no se sorprenden de su singular caminata. Su mente superdotada ha proporcionado millones de dólares a su empresa y él ha adquirido, en consecuencia, el «derecho» de deambular tanto como desee.
Otra persona, en este caso una científica, prefiere trabajar aislada en una empresa que mantiene una política de puertas abiertas, de modo que cuando trabaja cierra sistemáticamente la puerta. Al comienzo fue criticada por comportarse de ese modo pero ella era tan consciente de esa necesidad para obtener resultados tangibles que insistió hasta que sus compañeros terminaron aceptándola.

Todas esas personas han adoptado un estilo de trabajo que compagina tendencias contradictorias, el deseo de concentrarse con la necesidad de deambular o el deseo de satisfacer a una empresa con la necesidad de
compaginarlo con un estilo personal de trabajo.
El lema de la cantante francesa Edith Piaf «aprovecha tus defectos» define a la perfección el desafío que supone llegar a comprender y a utilizar nuestras limitaciones. Sin embargo, no estoy segura de que debamos llamar «limitaciones» a esos rasgos aunque así me lo parecen, ciertamente, cuando los comparo con la conducta estereotipada con que los demás pretenden moldear nuestro modo de ser.

Con frecuencia suelo hablar con una escritora amiga sobre nuestra «pereza». Hace ya muchos años que las dos nos dimos cuenta de que nuestro proceso creativo incluye períodos de inactividad completa, etapas de reposo en las que parecen incubarse nuevas ideas. Desde un punto de vista superficial esto no parece muy interesante e incluso podríamos decir que es «malo» si lo comparamos con el estilo de vida que se nos ha inculcado. Mi propia moral puritana, por ejemplo, se rebela con un vigor insospechado ante la simple idea de tener que atravesar períodos de descanso. Sin embargo, a la larga me he dado cuenta de que es precisamente eso lo que debo hacer antes de acometer un nuevo proyecto creativo.

Mi amiga me contaba riendo cómo se quedaba en la cama días enteros mirando la televisión mientras almacenaba inconscientemente nuevas imágenes e ideas para su próximo libro. «Antes odiaba verme de ese modo porque iba en contra de todas las ideas que me había forjado sobre qué y cómo "debía" escribir. Era como si debiera estar continuamente rodeada por una especie de halo almidonado, una Betty Crooker de la máquina de escribir que tecleaba escrupulosamente manuscrito tras manuscrito veinticuatro horas al día como si fueran sabrosas galletas recién salidas del horno». Sin embargo, mi amiga se dio cuenta gradualmente de que de tanto en tanto necesitaba un descanso porque, de lo contrario, su nuevo libro sería forzado, artificial y muy poco original.

En lo que a mí respecta vivo en el campo y aprovecho para dar largos paseos conduciendo mientras escucho música. Siempre me han gustado las iglesias rurales y me encanta viajar por caminos polvorientos o por la escarpada autopista "1" de la costa del Pacífico contemplando este tipo de edificios curtidos por el tiempo.
Estos paseos suponen para mí un descanso y un viaje simbólico que refleja el camino espiritual subjetivo que precisa mi faceta creativa para acopiar energía y poder escribir un artículo o un capítulo de un libro.

No hay otra faceta de nuestra personalidad que revele mejor nuestro temperamento básico, nuestro estilo personal de trabajo, que nuestro lado oscuro, esa parte de nosotros mismos que se desarrolla siguiendo su propio ritmo y que tiene sus propias necesidades. Me refiero, claro está, al conjunto de impulsos incontrolables, de hábitos contumaces y de tendencias inaceptables y contradictorias que nos empujan en la dirección opuesta a la que pretendemos ir. Ese conjunto de impulsos y hábitos contradictorios, sin embargo, enriquece nuestra vida y proporciona la energía dinámica que nos mueve. Jung los describe del siguiente modo:
La conciencia y el inconsciente no pueden aspirar a convertirse en una totalidad cuando una de las partes es suprimida o maltratada por la otra. Si deben luchar, dejemos, al menos, que sea una lucha honesta en la que ambos contendientes cuenten con las mismas posibilidades.
Ambas partes constituyen aspectos fundamentales de nuestra vida... y también debemos permitir, en la medida de lo posible, que la vida caótica de nuestro inconsciente tenga la oportunidad de encontrar su propio camino. Esto supone, al mismo tiempo, una contradicción y una colaboración. El hierro se templa con el martillo y el yunque y nuestra «individualidad» global se fragua en el crisol de la conciencia y del inconsciente.
Con ello no estamos afirmando, sin embargo, que debamos dañarnos a nosotros mismos ignorando o potenciando comportamientos adictivos y autolimitadores sino que, por el contrario, debemos adoptar una visión global sobre lo que cada una de nuestras conductas puede enseñarnos, sobre lo que cada una de ellas aporta para el gran viaje del Yo hacía Sí mismo. Veamos ahora algunos puntos especialmente provechosos para aprender a «apreciar» el valor potencial de nuestros «hábitos negativos»:
- ¿Has tratado de eliminar a la fuerza ciertos hábitos de trabajo para adaptarte y parecerte a los demás?
- ¿Existen rasgos personales contra los que trataste de luchar -como hicimos mi amiga escritora y yo- porque pensabas que eran negativos?
- ¿Has renunciado a alguna meta en algún área «superflua» de tu vida porque alguien te haya dicho que no merece la pena?
- ¿Existe alguna actividad «de tiempo libre» (como dormir, ver la televisión, escuchar música, fantasear, etcétera) que renueve tu energía pero que consideres que no debes hacer?

Si caemos en cuenta que nuestros hábitos, nuestras ensoñaciones, nuestras fantasías, nuestros valores y todas las dualidades de nuestra personalidad constituyen expresiones de la vida, podemos aprovecharlas para expresar nuestra totalidad creativa. Y no son sólo nuestras palabras, nuestros actos y nuestras relaciones las que expresan nuestra individualidad sino la totalidad de lo que somos. Es por ello que las facetas contradictorias de nuestra personalidad pueden aportar un nuevo matiz, una nueva faceta o un nuevo impulso al proceso de individuación y afirmación creativa de toda nuestra vida.


martes, 7 de enero de 2014

Encuentro con la Sombra, parte 22

15. EL ASPECTO
DEMONÍACO DE
LA SEXUALIDAD
Adolf Guggenbühl-Craig


Una de las tareas fundamentales del proceso de individuación consiste en experimentar nuestras facetas más oscuras y destructivas. Esta experiencia puede manifestarse en ámbitos muy diferentes, entre ellos la sexualidad. Con ello no estamos diciendo, sin embargo, que uno se vea desbordado por fantasías propias del Marqués de Sade, ni mucho menos, por supuesto, que deba llevar a la práctica ese tipo de actividades.
Lo único que afirmamos es que ese tipo de fantasías deben ser consideradas como una expresión simbólica -en el dominio de lo sexual- del despliegue del proceso de individuación.

El fenómeno del sadomasoquismo ha desconcertado frecuentemente a los psicólogos. ¿Cómo pueden coincidir el placer y el dolor? Para muchos psicólogos y psicoanalistas el masoquismo parece ser contradictorio.
En la Edad Media el masoquismo desempeñaba un papel muy importante y los flagelantes proliferaban en las aldeas y las ciudades. La rutina cotidiana de los monjes incluía prácticas auto humillantes y autoflagelatorias. Según la psiquiatría moderna este fenómeno colectivo constituye una expresión clara de una perversión neurótica de la sexualidad. Pero esta explicación no resulta completamente satisfactoria.

En mi opinión el sadomasoquismo está ligado al proceso de individuación. ¿No es acaso nuestro propio sufrimiento – y obviamente, el sufrimiento en general- una de las cosas más difíciles de aceptar? Hay tanto sufrimiento en el mundo y nuestro sufrimiento corporal y espiritual es tan intenso que hasta los santos experimentan dificultades para comprenderlo. Una de las tareas más arduas del proceso de individuación consiste en aceptar la tristeza, el dolor y la ira de Dios con la misma facilidad con la que aceptamos la
alegría, el placer y la gracia de Dios. En el masoquismo, estos dos opuestos -sufrimiento y alegría, dolor y placer- se hallan simbólicamente unidos. Es como si el masoquismo lograra afrontar y resolver -a nivel simbólico- los grandes opuestos de nuestra existencia.

El sadismo, por su parte, puede ser considerado como una expresión del aspecto destructivo de la sombra, del asesino que se esconde dentro de cada uno de nosotros. Se trata de un rasgo específicamente humano que parece disfrutar con la destrucción. Este no es el lugar para discutir si la destructividad es un fenómeno natural o si es la consecuencia de algún problema en el desarrollo (aunque yo me inclino por la primera de las dos hipótesis). En cualquiera de los casos, cada uno de nosotros debe resolver por sí mismo el problema de la destructividad.

Lo cierto es que existen seres humanos que gozan con la destrucción, el asesinato y la tortura. Y este fenómeno está relacionado con la autodestrucción. No resulta pues sorprendente que el sadismo y el masoquismo sean fenómenos estrechamente relacionados y suelan aparecer juntos. El asesino autodestructivo se halla en el mismo centro de la sombra arquetípica, en el centro de la irreductible destructividad de los seres humanos.
Otro elemento constitutivo del sadismo hay que buscarlo en el deseo de poder. Es por ello que hay sujetos que experimentan placer sexual en el hecho de someter a su pareja, de jugar con ella como lo hace un gato
con un ratón.
Otro aspecto del sadismo consiste en el hecho de degradar a la pareja al estatus de puro objeto. En las fantasías sádicas atar a la pareja y observar «fríamente» sus reacciones juega un papel muy importante.
De este modo la pareja se convierte en una pura cosa con la que juega el sádico.

Durante mucho tiempo los teólogos cristianos sólo aceptaban la sexualidad con fines reproductivos.
Consideraban que el erotismo era algo demoníaco y misterioso, algo contra lo que debía lucharse. Pero no debemos despachar de un plumazo este punto ya que esos teólogos eran personas inteligentes y diferenciadas que buscaban sinceramente la verdad y la comprensión.

Hoy en día la sexualidad sigue portando consigo el estigma del demonio. Todos los intentos realizados para convertirla en algo inofensivo y «natural» han terminado fracasando. Para el hombre moderno la sexualidad sigue siendo diabólica y siniestra.
El hecho de que la sexualidad se halle excluida de la vida cotidiana de la mayor parte de nuestros hospitales constituye otro ejemplo contemporáneo de la forma siniestra en la que experimentamos la sexualidad. ¿Por qué se considera que la vida sexual puede dañar a los pacientes? ¿De dónde surge esta creencia? ¿Por qué razón no se les permite a los pacientes de una institución mental, por ejemplo, mantener relaciones sexuales con otros internos?

Terminaremos esta enumeración recordando que los atletas que participan en las Olimpíadas suelen tener estrictamente prohibido el ejercicio de cualquier tipo de actividad sexual durante el desarrollo de la competición hasta el punto de que se ha dado el caso de haber sido descubiertos y expulsados por ello.
Sin embargo, al mismo tiempo se reconocen también los efectos benéficos del ejercicio sexual antes de acometer grandes esfuerzos.
En todos estos puntos podemos sospechar la presencia de prejuicios muy antiguos. En ciertos pueblos primitivos los hombres se abstenían de mantener contacto sexual con las mujeres antes de ir a la batalla.
Este aspecto demoníaco de la sexualidad también podemos encontrarlo en la dificultad de experimentar y aceptar la actividad sexual como simple «goce» de una experiencia placentera. Hay muy pocas personas que puedan disfrutar de la sexualidad como lo hacen de una buena comida.

¿Qué significado psicológico puede tener, pues, el hecho de que la sexualidad siempre haya estado acompañada de algo siniestro aun hoy en día en que aparentemente nos hemos liberado de esa actitud? Lo siniestro resulta siempre ininteligible, conmovedor, numinoso. Dondequiera que aparezca lo divino experimentamos miedo. En muchos sentidos el proceso de individuación, que tiene un carácter fuertemente religioso, se experimenta como numinoso. Todo lo que tiene que ver con la salvación posee, entre otras cosas, un carácter siniestro, poco familiar y sobrehumano.


Todas las biblias o códigos sagrados han incurrido en los siguientes errores:
1. Que en el ser humano existen dos únicos principios verdaderos: el cuerpo y el alma.
2. Que la energía -denominada mal- pertenece exclusivamente al cuerpo y que la razón -denominada bien- es exclusiva del alma.
3. Que si el hombre sigue los dictados de su energía Dios le atormentará eternamente.
Pero la verdad es exactamente lo contrario:
1. El ser humano no tiene un cuerpo distinto al alma porque lo que llama cuerpo es aquella porción del alma que puede ser percibida por los cinco sentidos, las principales ventanas del alma en esta época.
2. No hay más vida que la energía y ésta pertenece al cuerpo. La razón es el límite, o circunferencia externa, de la energía.
3. La energía es deleite eterno.
WILLIAM BLAKE


lunes, 9 de diciembre de 2013

Encuentro con la Sombra, parte 16


10. LA SOMBRA
COMPARTIDA POR LOS
HERMANOS
Christine Dowing

Las relaciones entre hermanos constituyen uno de los vínculos humanos más persistentes que existen ya que comienzan en el momento del nacimiento y sólo finalizan con la muerte de uno de los implicados. Es por ello que, aunque nuestra cultura parezca permitirnos el distanciamiento -e incluso el abandono- de la relación fraterna, lo cierto, sin embargo, es que solemos regresar a ella en circunstancias especialmente señaladas -como matrimonios y nacimientos- y en momentos particularmente críticos -como divorcios y muertes, por ejemplo. En esos momentos solemos sorprendernos de la prontitud con que reaparecen las viejas pautas de relación que sosteníamos con nuestros hermanos en la infancia y de la intensidad de la estima y el rencor que nos une y nos separa de ellos.

Pero, en cualquiera de los casos, esa otra persona tan parecida a mí sigue siendo incuestionablemente otra. Mi hermana, a fin de cuentas, fue la persona que sirvió como punto de referencia indiscutible para que yo me definiera. (Las investigaciones realizadas al respecto indican claramente que los niños son conscientes de la otredad fundamental de sus hermanos mucho antes incluso de que lleguen a separarse completamente de la madre.) De este modo, las relaciones entre hermanos están sometidas a una tensión paradójica -que jamás llega a superarse por completo- entre la afinidad y la desigualdad, entre la intimidad y la extrañeza.

Los hermanos del mismo sexo se hallan implicados en un proceso recíproco de autodefinición. Paradójicamente cada uno de ellos es, al mismo tiempo, para el otro, el Yo ideal y lo que Jung denominaba la «sombra». Las madres crean hijas del mismo modo en que las hijas crean madres pero la relación existente entre madres e hijas no es simétrica como lo es, en cambio, la relación fraterna. Es cierto que entre hermanas siempre existe algún tipo de asimetría, algún tipo de jerarquía, ya sea el orden de nacimiento, su edad relativa, etcétera, pero la distancia que suele separar a las madres de sus hijas es abrumadora y, en ocasiones, sagrada mientras que la que existe entre las hermanas, por el contrario, es sutil, relativa y profana.

El papel que desempeña nuestra hermana difiere mucho del rol que juega nuestra mejor amiga (aunque tal amiga suela servir a menudo como hermana sustituta) porque la fraternidad no la elegimos. Nuestra hermana nos confunde como jamás lo podría hacer una amiga. En opinión de John Bowlby el aspecto más importante de los hermanos es su familiaridad ya que con frecuencia suelen transformarse en modelos de identificación secundarios a quienes recurrimos cuando nos hallamos cansados, hambrientos, enfermos, asustados o inseguros. Los hermanos también pueden servir como compañeros de juegos pero el papel que desempeñan es diferente porque a los amigos sólo nos dirigimos cuando estamos de buen humor y confiados y lo que queremos es jugar. La relación entre hermanos, sin embargo, persiste durante toda la vida y jamás podremos liberarnos por completo de ella. (Podemos divorciamos de nuestra pareja pero jamás podremos desembarazarnos completamente de un hermano.) Es precisamente esa persistencia la que la convierte a la relación entre hermanos en la relación más segura -más segura incluso que la relación que nos une a nuestros padres porque no hay relación más dependiente que la que sostenemos en nuestra infancia con éstos- para expresar la hostilidad y la agresividad. La relación que mantenemos con nuestros hermanos del mismo sexo constituye, pues, el vínculo más tenso, escurridizo y ambivalente que existe.

Creo que hasta las mujeres que carecen de hermana biológica anhelan durante toda su vida un deseo de relación fraterna que las lleva a buscar hermanas sustitutas.
A diferencia de lo que ocurre con el arquetipo de la Madre y del Padre, los arquetipos de la Hermana y del Hermano están presentes en nuestra vida psicológica al margen de nuestra experiencia vital concreta.

Yo soy lo que ella no es. La figura de la hermana interna -ideal y, al mismo tiempo, oscura- tiene tanta importancia para el proceso de individuación que existe tanto en el caso de que tengamos una hermana biológica como en el caso de que carezcamos de ella. Pero, como ocurre con todos los arquetipos, la figura de la Hermana debe actualizarse y singularizarse en el mundo de las imágenes externas. Cuando carecemos de una hermana biológica recurrimos a una hermana imaginaria o a una hermana sustituta e incluso en el caso de que exista una hermana real ésta no siempre personifica adecuadamente al arquetipo y suelen aparecer figuras o sustitutos fantásticos. La Hermana asume entonces el rostro concreto de una amiga, de una figura onírica, de un personaje literario o de una heroína mitológica.

Al calificar a la figura de la Hermana como un arquetipo no estoy diciendo que exista una especie de esencia universal histórica de la fraternidad sino que tan solo expreso mi convencimiento de que conlleva una dimensión transpersonal, extrapersonal y religiosa que confiere una “numinosidad daimónica“, un aura divina, a todas aquellas personas reales sobre las cuales «transferimos» el arquetipo.
La figura de la sombra es particularmente interesante a este respecto porque, como decía Jung, en los mitos, en la literatura y en los sueños la sombra suele representarse como un hermano. Jung estaba muy interesado por lo que él denominaba «el motivo del enfrentamiento entre hermanos», un tema emblemático de toda antítesis, especialmente de las dos formas antagónicas de tratar con el poderoso inconsciente: la negación y la aceptación, el literalismo y el misticismo. Este interés le llevó a estudiar detenidamente el cuento de E. T. A. Hoffman  "El Elixir del Diablo" y a concluir que el rechazo y el temor que sentía el protagonista por su malvado y siniestro hermano terminaron conduciéndole a la rigidez, al estrechamiento de su conciencia, a la inflexibilidad violenta y, en suma, a la unidimensionalidad de «un hombre carente de sombra».

Jung consideraba que la tarea fundamental del hombre de mediana edad consiste en aprender a reestablecer el contacto con la figura del hermano. Pero el fracaso de esta empresa aparentemente imposible activa una especie de regresión a la infancia. Sin embargo, dado que los medios que funcionaban entonces ya no están disponibles, la regresión prosigue más allá de la temprana infancia y se adentra en los dominios de nuestro legado ancestral. Entonces se reestimulan las imágenes mitológicas - los arquetipos- y se revela un mundo espiritual interno completamente insospechado hasta ese momento.

Pero la reflexión de Jung sobre el significado interno de la relación fraterna no se inspiró en los hermanos antagónicos sino en el mito griego de los Dióscuros, tan estrechamente ligados entre sí que ni siquiera la muerte pudo separarlos. En su ensayo sobre el arquetipo del renacimiento Jung escribe:

Nosotros mismos somos los Dióscuros, uno mortal y otro inmortal. Sin embargo, aunque siempre permanezcamos unidos jamás podemos llegar a ser uno... Preferimos ser «yo» y nada más que eso. Por ello debemos enfrentamos a ese amigo o enemigo interno y el hecho de que sea amigo o enemigo depende exclusivamente de nuestra propia actitud.

En la representación mitológica de la relación entre hombres Jung ve un reflejo de la relación con ese amigo interior del alma en el que la naturaleza querría convertirnos, esa otra persona que también somos y que, no obstante, nunca llegamos a ser, esa personalidad mayor y más amplia que madura en nuestro interior, el Yo.

El concepto junguiano de hermano interior del mismo sexo -que puede ser tanto positivo como negativo-que es la sombra o el Yo, tiene mucho en común con la figura que Otto Rank denominó «Doble». En su temprano estudio El Mito del Nacimiento del Héroe y en su voluminoso tratado posterior sobre el tema del incesto, Rank investigó la recurrencia literaria y mitológica del símbolo del hermano hostil. Con mucha frecuencia los dos hermanos son gemelos y, muy a menudo, uno de ellos debe morir para garantizar la vida del otro. En sus últimos escritos Rank subsume el tema de los hermanos bajo la figura del Doble y aquél adquiere el carácter de una figura primordialmente interna, una especie de alter ego. El Doble puede representar tanto a nuestro Yo mortal como a nuestro Yo inmortal y, por consiguiente, puede ser temido como una imagen de nuestra mortalidad o considerado como un símbolo de nuestra propia eternidad. De este modo, el Doble puede ser tanto la Muerte como el Alma Inmortal, puede despertar nuestro temor o inspirar nuestro amor y sacar a la luz el «eterno conflicto» existente entre nuestra «necesidad de parecernos a alguien y nuestro deseo de ser diferentes».

El Doble responde, pues, a la necesidad de disponer de un espejo, una sombra y un reflejo. Parece tener una vida independiente pero está tan íntimamente ligado al ser vital del héroe que si éste intenta separarse por completo de él acontecen todo tipo de desdichas.
Para Rank la relación con un hermano del mismo sexo, con un doble, es equiparable a la relación que sostenemos con nuestro propio Yo inconsciente, con nuestra psique, con la muerte y con la inmortalidad, una relación que expresa nuestro profundo deseo de muerte del ego, nuestro anhelo de abandonarnos a algo superior al ego y de fundirnos con el Yo trascendente. La imagen del amor fraterno representa pues nuestro impulso a ir «más allá de la psicología».

Según Jung, el último estadio del viaje hacia la plenitud psicológica presupone nuevamente la aparición de un arquetipo que aparece como una figura de nuestro mismo sexo, el Yo. Desde esta perspectiva lineal las dos figuras internas del mismo sexo, la sombra y el Yo, corresponden a dos momentos muy distintos del proceso, el comienzo y el final. Sin embargo, la relación existente entre la sombra y el Yo no siempre resulta tan evidente y si nos limitamos a considerar que las figuras internas del mismo sexo constituyen una representación del arquetipo del hermano se nos aparecerá como una figura notablemente ambivalente y numinosa.