Sin embargo, si la práctica de esta educación implica el poder político, y si los oprimidos no lo tienen, ¿cómo realizar la pedagogía del oprimido?
Un primer aspecto de esta indagación radica en la distinción que debe hacerse entre la educación sistemática, que sólo puede ser transformada por el poder, y los trabajos educativos que deben ser realizados por los oprimidos, en el proceso de su (liberación) organización.
En un primer momento, los oprimidos van descubriendo el mundo de la opresión, y se van COMPROMETIENDO, con su transformación.
Y una vez transformada la realidad opresora, la pedagogía del oprimido pasa a ser la pedagogía de los hombres en proceso de permanente liberación.
Todo depende de la acción profunda a través de la cual se enfrentará a la cultura de la dominación.
Mientras la violencia de los opresores hace de los oprimidos hombres a los que se les prohíbe ser, la respuesta de éstos a la violencia de aquéllos se encuentra infundida del anhelo de búsqueda del derecho de ser.
Los opresores, violentando y prohibiendo que los otros sean, no pueden a su vez ser; los oprimidos, luchando por ser, al retirarles el poder de oprimir y de aplastar, les restauran la humanidad que había perdido en el uso de la opresión.
Es por esto por lo que sólo los oprimidos, liberándose, pueden liberar a los opresores.
La superación será la creación del hombre nuevo, no ya opresor, no ya oprimido, sino hombre liberándose.
La superación auténtica de la contradicción oprimidos -opresores, no esta en el mero cambio de lugares. Más aún: no radica en el hecho de que los oprimidos de hoy, en nombre de la liberación, pasen a ser los nuevos opresores.
Ocurre también, que los opresores no se reconocen como sujetos en proceso de liberación. Para los opresores, la persona humana son sólo ellos. Para ellos solamente hay un derecho, su derecho a vivir en paz, para los demás sólo admiten el derecho a sobrevivir, y eso, porque es preciso que existan para que ellos también existan, y puedan mostrarse “generosos”.
Creer en el pueblo, es la condición previa, indispensable, a todo cambio revolucionario.
De ahí que este paso debe tener el sentido profundo del renacer. Quienes lo realizan deben asumir una nueva forma de estar sintiendo. Ya no pueden actuar como actuaban, ya no pueden permanecer como estaban siendo.
Por otro lado existe, en cierto momento de la experiencia existencial del oprimido, una atracción irresistible por el opresor, por sus patrones de vida.
Participar en estos patrones constituye una aspiración incontenible. En su enajenación quieren, a toda costa, parecerse al opresor, imitarlo, seguirlo.
La auto desvalorización es otra característica del oprimido. Resulta de la introyección que ellos hacen de la visión que de ellos tienen los opresores.
De tanto oír de sí mismos que son incapaces, terminan por convencerse. Los criterios del saber que le son impuestos son los convencionales.
En tanto se mantiene nítida su ambigüedad, los oprimidos difícilmente luchan y ni siquiera confían en sí mismos. Tienen una creencia difusa, mágica, en la invulnerabilidad del opresor.
Es necesario que empiecen a ver ejemplos de la vulnerabilidad del opresor, para que se vaya operando en sí mismos la convicción opuesta a la anterior. Mientras esto no se verifique, continuarán abatidos, miedosos, aplastados.
Poco a poco, la tendencia es asumir formas de acción rebelde.
Es este carácter de dependencia emocional y total de los oprimidos el que puede llevarlos a las manifestaciones que Fromm denominaba necrófilas. De destrucción de la vida, de la suya, y del otro también.
Sólo cuando los oprimidos descubren nítidamente al opresor, y se comprometen en la lucha organizada por su liberación, empiezan a creer en sí mismos, superando así su complicidad con el régimen opresor.
Este descubrimiento, sin embargo, no puede ser hecho a un nivel meramente intelectual, debe estar asociado a un intento serio de reflexión, a fin de que sea praxis.
En los momentos en que ocurre su liberación, los oprimidos necesitan reconocerse como hombres, con su responsabilidad histórica. Debe defenderse el esfuerzo permanente de reflexión de los oprimidos sobre sus condiciones concretas. La reflexión, si es verdadera reflexión, conduce a la práctica.
Los hombre oprimidos son capaces de pensar correctamente.
La acción política junto a los oprimidos, en el fondo, debe ser una acción cultural para la libertad, y por ello mismo, una acción con ellos.
Su dependencia emocional, fruto de la situación concreta de dominación en que se encuentran y que a su vez, genera una percepción inauténtica del mundo, es fácilmente aprovechada por el opresor. Es este quien utiliza la dependencia para crear una dependencia cada vez mayor.
La acción liberadora, reconociendo esta dependencia de los oprimidos como punto vulnerable, debe intentar, a través de la reflexión y de la acción, transformarla en independencia.
El convencimiento de los oprimidos sobre el deber de luchar por su liberación debe ser producto de su concienciación.
Los oprimidos que se “forman” en el amor a la muerte, que caracteriza el clima de la opresión, deben encontrar en su lucha el camino de amor a la vida, que no radica sólo en el hecho de comer más, aunque también lo implique, y de él no puede prescindirse.
Los oprimidos deben luchar como hombres que son, y no como “objetos”.
El pasar de este estado, en el que se destruyen, al estado de hombres, en el que se reconstruyen, se inicia con un autorreconocimiento como hombres destruidos.
La propaganda, el dirigismo, la manipulación, como armas de la dominación, no pueden ser usadas como instrumento de la reconstrucción.
No existe otro camino sino el de la práctica de una pedagogía liberadora, en que el liderazgo revolucionario, en vez de sobreponerse a los oprimidos, establece con ellos una relación permanentemente dialógica.
Educadores y educandos, liderazgo y masas, co-intencionados hacia la realidad, se encuentran en una tarea en que ambos son sujetos en el acto, no sólo de descubrirla, y así conocerla críticamente, sino también en el acto de recrear ese conocimiento.
Al alcanzar este conocimiento de la realidad, a través de la acción y reflexión en común, se descubren siendo sus verdaderos creadores y re-creadores.
De este modo, la presencia de los oprimidos en la búsqueda de su liberación, más que pseudo participación, es lo que realmente debe ser: compromiso.
Mostrando entradas con la etiqueta pedagogía del oprimido. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pedagogía del oprimido. Mostrar todas las entradas
lunes, 26 de agosto de 2013
miércoles, 21 de agosto de 2013
Pedagogía del Oprimido, parte 1
Pedagogía del Oprimido
Aprender a decir su palabra
El método de alfabetización del profesor Paulo Freire
Por: José María Fiori
La práctica de la libertad, sólo encontrará adecuada expresión en una pedagogía en que el oprimido tenga condiciones de descubrirse y conquistarse, reflexivamente, como sujeto de su propio destino histórico.
Una cultura tejida con la trama de la dominación, por más generosos que sean los propósitos de sus educadores, es una barrera cerrada a las posibilidades educacionales. Por el contrario, una nueva pedagogía enraizada en la vida de estas subculturas, a partir de ellas, y con ellas, será un continuo retornar reflexivo de sus propios caminos de liberación. La pedagogía del oprimido, es pues, liberadora de ambos, del oprimido y del opresor
El método de Paulo Freire no enseña a repetir palabras; simplemente coloca al aprendiz en condiciones de poder replantearse críticamente las palabras de su mundo, para, en la oportunidad debida, saber y poder decir su palabra.
La conciencia es esa misteriosa y contradictoria capacidad que el hombre tiene para distanciarse de las cosas, y hacerlas presentes, inmediatamente presentes. Es un comportarse del hombre frente al medio que lo envuelve, transformándolo en mundo humano.
Pero nadie toma conciencia separadamente de los demás. La conciencia se constituye como conciencia del mundo.
El monólogo, en cuanto aislamiento, es la negación del hombre.
El mundo de la conciencia es elaboración humana. Ese mundo no se constituye en la contemplación, sino en el trabajo.
Existe una responsabilidad histórica del sujeto, el hombre se reconoce como sujeto que elabora el mundo. El mundo se vuelve proyecto humano: el hombre se hace libre. Su elaboración forzosamente ha de ser colaboración.
Expresarse, expresando el mundo, implica comunicarse. La palabra, más que instrumento, es origen de la comunicación. La palabra es esencialmente diálogo.
“Aprender a leer es aprender a decir su palabra.”
El método de Paulo es, fundamentalmente, un método de cultura popular: de conciencia y política.
En un régimen de dominación de conciencias, en que los que más trabajan menos pueden decir su palabra, y en que inmensas multitudes ni siquiera tienen condiciones para trabajar, los dominadores mantienen el monopolio de la palabra, con que mistifican, masifican y dominan. En esta situación, los dominados, para decir su palabra, tienen que luchar para tomarla. Aprender a tomarla de los que la retienen y niegan a los demás, es un difícil pero imprescindible aprendizaje: es “la pedagogía del oprimido”.
Primeras Palabras.
Las páginas que aparecen continuación, son resultado de nuestras observaciones en estos tres años de exilio. Observaciones que se unen a las que hiciéramos en Brasil, en los varios sectores en que tuvimos la oportunidad de desarrollar actividades educativas.
Y uno de los aspectos que observamos es el del " miedo a la libertad”, o lo que algunos de ellos llaman: “el peligro de la concienciación”.
Sin embargo, la verdad es que no es la concienciación lo que puede conducir al pueblo a “fanatismos destructivos”. Por el contrario, al insertar a los hombres al proceso histórico, como sujetos, evita los fanatismos y los inscribe en su búsqueda de afirmación.
La inicie quien la inicie, la sectorización es un obstáculo para la emancipación de los hombres. No son pocos los revolucionarios que se transforman en reaccionarios por la sectorización en que se dejan caer, al responder a la sectorización derechista.
En lo que se refiere al sectario de derecha, cerrándose en “su” verdad, no hace sino lo que le es propio. Por el contrario, el hombre de izquierda que se sectariza y encierra es la negación de sí mismo y pierde su razón de ser.
El sectario, cualquiera que sea la opción que lo orienta, no percibe, no puede percibir o percibe erradamente, en su irracionalidad cegadora, la dinámica de la irrealidad.
El hombre radical, comprometido con la liberación de los hombres, no se deja prender en “círculos de seguridad“, en los cuales aprisiona también a la realidad. Por el contrario, es tanto más radical cuanto más se inserta en esta realidad para, a fin de conocerla mejor, transformarla mejor.
No teme enfrentar, no teme escuchar, no teme el descubrimiento del mundo. No teme el encuentro con el pueblo. No teme al diálogo con él, de lo que resulta un saber cada vez mayor de ambos. No se siente dueño del tiempo, ni dueño de los hombres, ni liberador de los oprimidos. Se compromete con ellos, en el tiempo, para luchar con ellos por la liberación de ambos.
Paulo Freire
Santiago de Chile, otoño de 1969
Suscribirse a:
Entradas (Atom)