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lunes, 23 de septiembre de 2013

Pedagogía del Oprimido, parte 14

Dividir para oprimir

Esta es otra dimensión fundamental de la teoría de la acción opresora, tan antigua como la opresión misma.
En la medida que las minorías, sometiendo a su dominio a las mayorías, las oprimen, dividirlas y mantenerlas divididas son condiciones indispensables para la continuidad de su poder.

De ahí que toda acción que pueda, aunque débilmente, proporcionar a las clases oprimidas el despertar para su unificación es frenada inmediatamente por los opresores a través de métodos que incluso pueden llegar a ser físicamente violentos.

Conceptos como los de unión, organización y lucha, son calificados sin demora como peligrosos. Y realmente los son, para los opresores, ya que su “puesta en práctica” es un factor indispensable para el desarrollo de una acción liberadora.

Así, los opresores, al no poder negar en sus conflictos la existencia de las clases sociales, hablan de la necesidad de comprensión, de armonía, entre los que compran y aquellos a quienes se obliga a vender su trabajo. Armonía que en el fondo es imposible, dado el antagonismo indisfrazable existente entre una clase y otra.

La única armonía viable y comprobada es la de los opresores entre sí. Éstos, aunque divergiendo e incluso, en ciertas ocasiones, luchando por interese de grupo, se unifican, inmediatamente, frente a una amenaza de su clase en cuanto tal.

De la misma forma, la armonía del otro polo sólo es posible entre sus miembros tras la búsqueda de su liberación.

La necesidad de dividir para facilitar el mantenimiento del estado opresor se manifiesta en todas las acciones de la clase dominadora. Su intervención en los sindicatos, favoreciendo a ciertos “representantes” de la clase dominada que, en el fondo, son sus representantes y no los de sus compañeros; la “promoción” de individuos que, revelando cierto poder de liderazgo pueden representar una amenaza, individuos que una vez promovidos, se “amansan“; la distribución de bendiciones para unos y la dureza para otros, son todas formas de dividir para mantener el “orden” que les interesa. Formas de acción que inciden, directa o indirectamente, sobre alguno de los puntos débiles de los oprimidos: su inseguridad vital, la que, a su vez, es fruto de la realidad opresora en la que se constituyen.

Inseguros en su dualidad de seres que “alojan” al opresor, por un lado, rechazándolo, por otro, atraídos a la vez por él, en cierto momento de la confrontación entre ambos, es fácil desde el punto de vista del opresor obtener resultados positivos de su acción divisoria.
Su inseguridad vital se encuentra directamente vinculada a la esclavitud de su trabajo, que implica verdaderamente la esclavitud de la persona.
Es así como sólo en la medida en que los hombres crean su mundo, mundo que es humano, y lo crean con su trabajo transformador, se realizan. La realización de los hombres, en tanto tales, radica, pues, en la construcción de este mundo. Así, si su “estar” en el mundo del trabajo es un estar en total dependencia, inseguro, bajo una amenaza permanente, en tanto su trabajo no les pertenece, no pueden realizarse. El trabajo alienado deja de ser un quehacer realizador de la persona, y pasa a ser un eficaz medio de enajenación.

Toda unión de los oprimidos entre sí, implica tarde o temprano que al percibir éstos su estado de despersonalización, descubran que, en tanto divididos, serán siempre presas fáciles del dirigismo y de la dominación.
Por el contrario, unificados y organizados, harán de su debilidad una fuerza transformadora, con la cual podrán transformar el mundo, haciéndolo más humano.

El dividir para mantener el status quo se impone pues, como un objetivo fundamental de la teoría de la acción dominadora antidialógica.

Como un auxiliar de esta acción divisionista encontramos cierta connotación mesiánica, por medio de la cual los dominadores pretenden aparecer como salvadores de los hombres a quienes deshumanizan.
Sin embargo, en el fondo no consiguen esconder sus intenciones; lo que desean realmente es salvarse a sí mismos. Es la salvación de sus riquezas, su poder, su estilo de vida, con los cuales aplastan a los demás.

Su equívoco radica en que nadie se salva solo, cualquiera que sea el plano en que se encare la salvación. En la medida en que oprimen, no pueden estar con los oprimidos. En una aproximación psicoanalítica de la acción opresora, se descubre lo que podemos denominar “falsa generosidad”, una de las dimensiones de su sentimiento de culpa. Con esta falsa generosidad, además de pretender seguir manteniendo un orden injusto y necrófilo, desea “comprar” su paz. Ocurre sin embargo, que la paz no se compra, la paz se vive en el acto realmente solidario y amoroso, que no puede ser asumido, ni puede encarnarse en la opresión.

En la medida en que la división de las masas oprimidas es necesaria al mantenimiento de del status quo, y, por tanto, a la preservación del poder de los dominadores, urge que los oprimidos no perciban claramente las reglas del juego. En este sentido, una vez más,  es imperiosa la conquista para que los oprimidos se convenzan, realmente, que están siendo defendidos. Defendidos contra la acción demoníaca de los “marginales y agitadores”, “enemigos de Dios”, puesto que así se llama a los hombres que viven y vivirán, arriesgadamente, en la búsqueda valiente de la liberación de los hombres.

De esta manera, con el fin de dividir, los necrófilos se denominan a sí mismos biófilos, y llaman a los biófilos, necrófilos. La historia, sin embargo, se encarga siempre de rehacer estas autoclasificaciones.
Los héroes son exactamente quienes ayer buscaron la unión para la liberación y no aquellos que, con su poder, pretendían dividir para reinar.

lunes, 26 de agosto de 2013

Pedagogía del Oprimido, parte 3

Sin embargo, si la práctica de esta educación implica el poder político, y si los oprimidos no lo tienen, ¿cómo realizar la pedagogía del oprimido?

Un primer aspecto de esta indagación radica en la distinción que debe hacerse entre la educación sistemática, que sólo puede ser transformada por el poder, y los trabajos educativos que deben ser realizados por los oprimidos, en el proceso de su (liberación) organización.
En un primer momento, los oprimidos van descubriendo el mundo de la opresión, y se van COMPROMETIENDO, con su transformación.
Y una vez transformada la realidad opresora, la pedagogía del oprimido pasa a ser la pedagogía de los hombres en proceso de permanente liberación.

Todo depende de la acción profunda a través de la cual se enfrentará a la cultura de la dominación.

Mientras la violencia de los opresores hace de los oprimidos hombres a los que se les prohíbe ser, la respuesta de éstos a la violencia de aquéllos se encuentra infundida del anhelo de búsqueda del derecho de ser.
Los opresores, violentando y prohibiendo que los otros sean, no pueden a su vez ser; los oprimidos, luchando por ser, al retirarles el poder de oprimir y de aplastar, les restauran la humanidad que había perdido en el uso de la opresión.
Es por esto por lo que sólo los oprimidos, liberándose, pueden liberar a los opresores.
La superación será la creación del hombre nuevo, no ya opresor, no ya oprimido, sino hombre liberándose.

La superación auténtica de la contradicción oprimidos -opresores, no esta en el mero cambio de lugares. Más aún: no radica en el hecho de que los oprimidos de hoy, en nombre de la liberación, pasen a ser los nuevos opresores.

Ocurre también, que los opresores no se reconocen como sujetos en proceso de liberación. Para los opresores, la persona humana son sólo ellos. Para ellos solamente hay un derecho, su derecho a vivir en paz, para los demás sólo admiten el derecho a sobrevivir, y eso, porque es preciso que existan para que ellos también existan, y puedan mostrarse “generosos”.

Creer en el pueblo, es la condición previa, indispensable, a todo cambio revolucionario.
De ahí que este paso debe tener el sentido profundo del renacer. Quienes lo realizan deben asumir una nueva forma de estar sintiendo. Ya no pueden actuar como actuaban, ya no pueden permanecer como estaban siendo.
 
Por otro lado existe, en cierto momento de la experiencia existencial del oprimido, una atracción irresistible por el opresor, por sus patrones de vida.
Participar en estos patrones constituye una aspiración incontenible. En su enajenación quieren, a toda costa, parecerse al opresor, imitarlo, seguirlo.

La auto desvalorización es otra característica del oprimido. Resulta de la introyección que ellos hacen de la visión que de ellos tienen los opresores.
De tanto oír de sí mismos que son incapaces, terminan por convencerse. Los criterios del saber que le son impuestos son los convencionales.

En tanto se mantiene nítida su ambigüedad, los oprimidos difícilmente luchan y ni siquiera confían en sí mismos. Tienen una creencia difusa, mágica, en la invulnerabilidad del opresor.
Es necesario que empiecen a ver ejemplos de la vulnerabilidad del opresor, para que se vaya operando en sí mismos la convicción opuesta a la anterior. Mientras esto no se verifique, continuarán abatidos, miedosos, aplastados.
Poco a poco, la tendencia es asumir formas de acción rebelde.

Es este carácter de dependencia emocional y total de los oprimidos el que puede llevarlos a las manifestaciones que Fromm denominaba necrófilas. De destrucción de la vida, de la suya, y del otro también.

Sólo cuando los oprimidos descubren nítidamente al opresor, y se comprometen en la lucha organizada por su liberación, empiezan a creer en sí mismos, superando así su complicidad  con el régimen opresor.
Este descubrimiento, sin embargo, no puede ser hecho a un nivel meramente intelectual, debe estar asociado a un intento serio de reflexión, a fin de que sea praxis.

En los momentos en que ocurre su liberación, los oprimidos necesitan reconocerse como hombres, con su responsabilidad histórica. Debe defenderse el esfuerzo permanente de reflexión de los oprimidos sobre sus condiciones concretas. La reflexión, si es verdadera reflexión, conduce a la práctica.
Los hombre oprimidos son capaces de pensar correctamente.

La acción política junto a los oprimidos, en el fondo, debe ser una acción cultural para la libertad, y por ello mismo, una acción con ellos.
Su dependencia emocional, fruto de la situación concreta de dominación en que se encuentran y que a su vez, genera una percepción inauténtica del mundo, es fácilmente aprovechada por el opresor. Es este quien utiliza la dependencia para crear una dependencia cada vez mayor.

La  acción liberadora, reconociendo esta dependencia de los oprimidos como punto vulnerable, debe intentar, a través de la reflexión y de la acción, transformarla en independencia.
El convencimiento de los oprimidos sobre el deber de luchar por su liberación debe ser producto de su concienciación.

Los oprimidos que se “forman” en el amor a la muerte, que caracteriza el clima de la opresión, deben encontrar en su lucha el camino de amor a la vida, que no radica sólo en el hecho de comer más, aunque también lo implique, y de él no puede prescindirse.
Los oprimidos deben luchar como hombres que son, y no como “objetos”.
El pasar de este estado, en el que se destruyen, al estado de hombres, en el que se reconstruyen, se inicia con un autorreconocimiento como hombres destruidos.
La propaganda, el dirigismo, la manipulación, como armas de la dominación, no pueden ser usadas como instrumento de la reconstrucción.
No existe otro camino sino el de la práctica de una pedagogía liberadora, en que el liderazgo revolucionario, en vez de sobreponerse a los oprimidos, establece con ellos una relación permanentemente dialógica.

Educadores y educandos, liderazgo y masas, co-intencionados hacia la realidad, se encuentran en una tarea en que ambos son sujetos en el acto, no sólo de descubrirla, y así conocerla críticamente, sino también en el acto de recrear ese conocimiento.
Al alcanzar este conocimiento de la realidad, a través de la acción y reflexión en común, se descubren siendo sus verdaderos creadores y re-creadores.
De este modo, la presencia de los oprimidos en la búsqueda de su liberación, más que pseudo participación, es lo que realmente debe ser: compromiso.