lunes, 1 de junio de 2026

La Experiencia del Placer, parte 36

 

DEPRESIÓN E ILUSIÓN

La represión de la emoción y del sentimiento mediante la culpa y la vergüenza predispone a la persona a una reacción depresiva. La culpa y la vergüenza fuerzan a la persona a poner los valores del ego en sustitución de los del cuerpo, las imágenes en el lugar de la realidad y la aprobación como sucedáneo del amor. Invierte su energía en intentar cumplir un sueño que nunca se hará realidad porque está basado en una ilusión. La ilusión consiste en que el bienestar y el placer dependen exclusivamente de la respuesta del medio.

El reconocimiento, la aceptación y la aprobación se convierten en metas agobiantes de nuestro esfuerzo dejando de lado el hecho de que estas respuestas de los demás no tendrán sentido hasta que no nos reconozcamos, aceptemos y aprobemos a nosotros mismos. Esta ilusión ignora el hecho de que el placer es principalmente un estado interno que produce espontáneamente una respuesta favorable del medio.

Las emociones que se reprimen son aquellas que derivan de una expectación de dolor, a saber: hostilidad, ira y temor. Estas emociones se reprimen cuando no se les puede expresar ni tolerar. El individuo no tiene otra opción más que negarlas. La situación que provoca este estado de cosas es un choque de voluntades entre madre e hijo. Una vez que esto sucede, el problema original del conflicto se  transforma en una cuestión de bueno o malo y los sentimientos del niño ya no son importantes. Dado que es extremadamente difícil que los padres acepten o aun  conciban que están equivocados, fuerzan al niño a la sumisión. Esta sumisión, que generalmente tiene lugar antes de la pubertad, le permite al niño desarrollar un  modus vivendi con sus padres que facilita su avance hacia la edad adulta. Sin embargo, debajo de la sumisión hay una rebeldía latente que generalmente estalla cuando el joven se hace más independiente, en la adolescencia.

La rebeldía de la adolescencia no libera las emociones reprimidas de la niñez. Está basada en las recientemente descubiertas prerrogativas de la adolescencia, y en  consecuencia introduce un nuevo conflicto en la relación entre los padres y el hijo. Aun cuando el joven pueda dominar en el nuevo choque de voluntades que surge, la culpa y la vergüenza que se originaron en la infancia no se resuelven. Hundidas en el inconsciente, avivan los fuegos de una rebeldía que no conoce su verdadero objeto. Desafortunadamente parece ser cierto que sin alguna forma de terapia, la rebeldía no tiene un resultado constructivo.

Es extremadamente difícil que un niño funcione bajo la presión de una relación negativa con sus padres. Una buena relación es tan esencial para la seguridad de un niño que cualquier perturbación preocupa a su mente, absorbe sus energías y altera su equilibrio. Una relación perturbada produce un niño perturbado y su perturbación comúnmente se manifiesta en desasosiego y en rabietas. Estos últimos gradualmente se ponen bajo control cuando el niño encuentra intereses “externos”: escuela, amigos, juegos, etcétera. Estas nuevas asociaciones demandan una actitud positiva si quiere ser aceptado por los demás. Para efectuar este cambio en el exterior, el niño debe también efectuar algún ajuste en su situación en casa. Debe renunciar a la hostilidad hacia sus padres, doblegar su ira y controlar su temor.

La represión tiene varios pasos. Primero se bloquea la expresión de la emoción para evitar un conflicto continuo; segundo, se desarrollan sentimientos de culpa que hacen que se sienta la emoción como “mala”, y tercero, el ego logra negar la emoción, eliminándola así de la conciencia.

La represión de la expresión emocional es una forma de renuncia. El niño renuncia a toda expectativa de placer con sus padres y se predispone para una reducción del conflicto abierto. Cuando crece, advierte que todos los padres son de alguna manera semejantes; pocos acceden a los deseos de un niño y casi todos  demandan obediencia. Y también advierte que generalmente los padres tienen buenas intenciones, que su deseo consciente es ayudarlo a adaptarse a las condiciones de la vida social.

La capacidad de ser objetivo, de ver que los padres también están pasando por un momento difícil y que sus valores están basados en su modo de vida, marca un paso más en el desarrollo de la conciencia del niño y sienta las bases para el sentimiento de culpa. Este desarrollo se da durante el período de latencia, desde los siete hasta los trece años, y representa una solución del complejo de Edipo. El niño acepta ahora su posición en la familia y juzga sus sentimientos y comportamiento desde ese punto de vista. En el período pre-Edipo, hasta los seis años, la mayoría de los niños son demasiado subjetivos como para sentirse culpables por sus actitudes o por su comportamiento.

La capacidad de juzgar las propias actitudes se origina en el proceso de identificación con los padres y con otras figuras con autoridad. A través de estas identificaciones, buenas o malas, alcanzamos un punto que se halla fuera del Sí-mismo. Sólo desde ese punto, el ego puede volverse contra el Sí-mismo, condenando sus emociones y creando un sentimiento de culpa. Desde esta posición “fuera” del Sí-mismo, las emociones condenadas se sienten como malas. En consecuencia, es justificable disociarse de ellas para reducir el sentimiento de culpa.

En el último paso del proceso, el ego intenta reconstruir la personalidad dividida, negando la emoción y reemplazándola por una imagen del sentimiento opuesto. La persona que reprime su hostilidad se verá a sí misma afectuosa y obediente. Si reprime su ira, se verá buena y gentil. Si reprime su temor, se concebirá como valiente.

Normalmente, el ego trabaja con imágenes; una es la imagen del cuerpo, otra es la del Sí-mismo y la tercera es la del mundo. Cuando la experiencia demuestra que estas imágenes son verdaderas, la persona está en contacto con la realidad. Una imagen que contradice la experiencia es como una ilusión; cuando contradice la autoexperiencia es un delirio.

¿Cómo se puede afirmar que estos delirios no son la realidad del carácter de una persona? ¿No es natural que una persona sea afectuosa y obediente? Sí, pero no más natural para ella que ser hostil y desafiante. El individuo que padece un delirio desarrolla un patrón compulsivo de comportamiento para sostener el delirio. Siempre debe actuar como afectuoso y obediente, ya que cualquier fractura en el patrón puede hacer reventar el delirio. En forma similar, la persona que siempre es buena y gentil, que ve ambos lados de todas las posiciones, ha erigido poderosas defensas contra cualquier sentimiento de ira. El verdadero coraje es la habilidad para actuar frente al temor.

La persona que ha reprimido su temor teme sentir temor. En la terapia bioenergética, la medida del temor reprimido de un paciente es su incapacidad de sentir o expresar temor. Los pacientes que están atemorizados niegan internamente todo sentimiento de temor, aun cuando las expresiones de su cuerpo y su rostro lo muestren.

Las verdaderas emociones surgen, como hemos visto, de la experimentación o de la expectación de placer o dolor. El delirio no tiene vinculación con estos sentimientos. La persona que proclama su amor sin tener en cuenta las  circunstancias se está engañando a sí misma o está engañando a los demás. No reaccionar con ira cuando nos sentimos heridos, o con temor cuando estamos  amenazados, es un indicio de que estas respuestas emocionales están bloqueadas. Pero sólo está bloqueada su percepción consciente. La hostilidad reprimida se manifiesta en formas sutiles, sádicas, que son evidentes para todos  excepto para la persona que sufre el delirio.

Para mantener el delirio se debe transformar la realidad exterior en lo opuesto. Esta es la esencia del mecanismo paranoide. Se desconfía de lo positivo y se descree de lo negativo. Si, por ejemplo, la persona hace el papel de niño afectuoso y obediente, debe fingir que los padres son figuras afectuosas y benefactoras. Yo tuve un joven paciente esquizoide que estaba interiormente aterrado pero era  completamente inconsciente de esta emoción. A pesar de que se sabe que la mayoría de las plazas de las ciudades de Estados Unidos son peligrosas de noche, este joven y un amigo paseaban por una de esasplazas de noche. Una banda de maleantes les asaltó y golpeó. Diríamos que una persona en su sano juicio no se hubiera arriesgado de esta manera. Mi paciente no podía permitirse sentir temor y tenía que probar su coraje arriesgándose innecesariamente. Habiendo renunciado a su propia hostilidad, no podía creer que otras personas pudieran ser tan hostiles con él.

Algunos años atrás, traté a un hombre que tenía una estructura de carácter pasivo-femenino. Esta personalidad deriva de la represión dé sentimientos agresivos y  especialmente de la represión de la ira. Dirigía un próspero negocio de venta al por menor sobre la base del principio de que él y sus empleados eran una gran familia feliz. El negocio tuvo éxito en lo referente a la venta de mercaderías, pero en su mejor año no produjo ganancias y mi paciente sufrió un shock al descubrir que sus empleados le habían robado muchos miles de dólares. El autoengaño va de la mano con las ilusiones de la vida.

Podría citar muchos ejemplos de la ingenuidad que caracteriza a los individuos reprimidos. Se manifiesta tanto en sus actitudes sociales como en su vida personal. No pueden ver la hostilidad a su alrededor porque han reprimido la propia. Hablan de la "bondad” intrínseca del hombre sin advertir que no hay bondad sin maldad, no hay placer sin dolor. No pueden aceptar la realidad de la vida porque han negado su propia realidad. Sus ilusiones específicas toman diferentes formas, que están  determinadas por la naturaleza de las demandas de sus padres. Existe la ilusión de que el autosacrificio es el camino a la felicidad, de que el trabajo arduo se  recompensa con amor, de que la conformidad conduce a la seguridad, etcétera. Todas las ilusiones tienen en común el rechazo de la importancia del placer, que, en consecuencia, las transforma en esfuerzos creativos estériles.

Dado que el complejo delirio-ilusión está creado por la mente, está sostenido por el poder racionalizador de ésta. No sólo afecta al comportamiento sino que también  determina la calidad del pensamiento. Es extremadamente difícil contrarrestarlo con la lógica. La persona que sufre este complejo está convencida de la "rectitud” moral de su posición y puede elaborar suficientes argumentos para defenderla. Sólo cuando el complejo se transforma en depresión, la persona se abre a la ayuda. Y la depresión es inevitable.

El colapso se produce porque el complejo delirio-ilusión es un drenaje constante de la energía del individuo. Tarde o temprano agotará sus reservas y descubrirá que ya no puede seguir. La persona deprimida literalmente carece de energía para continuar cumpliendo sus funciones. Todas sus funciones vitales se deprimen, su apetito disminuye, se restringe su respiración y su motilidad se reduce   drásticamente. La consecuencia de este funcionamiento vital reducido es un metabolismo de energía reducido y una pérdida de la sensibilidad del cuerpo.

Si se compara la depresión con la decepción, está clara la relación de la primera con la ilusión. Si no cumple una esperanza válida, la persona se decepciona pero no se deprime. La persona deprimida siente que su vida está vacía. No tiene interés ni alegría para luchar. La decepción no tiene ese efecto sobre la personalidad. Es una experiencia dolorosa pero le permite al individuo evaluar su  situación y adoptar un enfoque más constructivo del problema. Si alguien está decepcionado se siente triste. La persona deprimida no siente nada. Una reacción depresiva es una prueba clara de que la persona ha sido víctima de una ilusión. 

Para superar la tendencia depresiva se debe revelar el complejo delirio-ilusión y liberar las emociones reprimidas. Primero se debe atacar la ilusión básica que nos hace mirar fuera de nuestro Sí-mismo en busca del placer y que ignora el funcionamiento del cuerpo. Esto se logra haciendo que el paciente sea consciente de las tensiones que hay en su cuerpo y liberando algunas de estas tensiones con las maniobras y ejercicios descritos en el capítulo dos. Estas simples técnicas físicas son generalmente bastante efectivas para estimular un flujo de sensibilidad en el cuerpo del paciente. En muchos pacientes produce también una fuerte reacción emocional. Con mucha frecuencia, esta primera experiencia tomará al paciente consciente de la necesidad de revitalizar su cuerpo. Se sentirá más vivo y  tendrá también la esperanza de que, a través del cuerpo, puede encontrar una salida a su dilema. Y sentirá inspiración para explorar esta posibilidad.

Este entusiasmo inicial pronto se suaviza, al advertir que el proceso creativo de recuperación implica un trabajo arduo y un compromiso serio con el cuerpo. Las tensiones musculares crónicas que bloquean la expresión de sentimientos ceden lentamente ante el esfuerzo terapéutico. En la mayoría de los casos, el esfuerzo para movilizar la musculatura tensa es doloroso. Sin embargo, la liberación de la tensión produce en el cuerpo tales sentimientos de placer y alegría que el esfuerzo vale la pena. En consecuencia, el esfuerzo debe ser continuo y debe combinarse con el análisis, a nivel psicológico, de la culpa y la vergüenza que impiden la autoaceptación. 

El complejo delirio-ilusión disminuye progresivamente cuando el paciente tiene un contacto creciente con la realidad. La realidad tiene dos caras o aspectos. Uno es la realidad del cuerpo y sus sentimientos. Esta realidad se percibe subjetivamente. La otra realidad es la del mundo exterior, que se percibe objetivamente. Toda distorsión de nuestras experiencias internas produce una correspondiente  distorsión en nuestras percepciones externas, dado que percibimos el mundo a través de nuestros cuerpos. La persona deprimida no está en contacto con ninguno de los dos aspectos de la realidad, porque no está en contacto con su cuerpo.

La persona que está en contacto con su cuerpo no se deprime. Sabe que el placer y la alegría dependen del correcto funcionamiento de su cuerpo. Es consciente de sus tensiones corporales y sabe qué las provoca. En consecuencia, puede tomar las medidas apropiadas para restablecer su bienestar corporal. No tiene delirios sobre sí mismo ni ilusiones con respecto a la vida. Acepta sus sentimientos como expresiones de su personalidad y no tiene dificultades para manifestarlos. Cuando un paciente entra totalmente en contacto con su cuerpo, se elimina la tendencia depresiva. 

La activación de la respiración y la movilización de su motilidad ayudan al paciente a ponerse en contacto con su cuerpo. Experimentará su dolor y frustración y esto lo hará llorar. Luego, cuando la respiración se intensifique y se haga más abdominal, su llanto se transformará en un sollozo rítmico que expresará su tristeza  subyacente, la tristeza de la persona que ha vivido de una ilusión. Se irritará ante el engaño que lo forzó a reprimir sus sentimientos, que expresará golpeando y pateando el diván.

Manifestará sus resentimientos y temores y, si lo hace, le quitará la máscara de delirio a su personalidad y se verá a sí mismo como un individuo que no desea otra cosa que disfrutar de la vida. Su tendencia depresiva desaparecerá.

La liberación de las emociones reprimidas es la cura para la depresión. Llorar por estar triste, por ejemplo, es un antídoto específico para la depresión. Una persona triste no está deprimida. La depresión deja a un individuo inerte e insensible; la tristeza lo hace sentirse cálido y vivo. Sentir la propia tristeza abre la puerta a sentir todas las emociones y hace que el individuo vuelva a la condición humana, en la  cual el placer y el dolor son los principios orientadores del comportamiento. Poder sentirse triste es poder sentirse alegre. El restablecimiento de la capacidad del paciente de sentir placer es la garantía de su bienestar emocional.



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario