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martes, 30 de enero de 2018

La Relación de Pareja, parte 5


EL ESPACIO INTERACCIONAL ENTRE LA SOMBRA Y LA PERSONA

Así pues, en el proceso de desarrollo de la pareja, en primer lugar se ha de llevar a cabo una operación con la finalidad de recuperar la sombra en la luz de la conciencia. Nuestro concepto sobre el bien y el mal será poderosamente cuestionado. Veamos con mayor detalle el concepto de sombra.
Nadie puede ser real y no proyectar una sombra. Al mismo tiempo que formamos una autoimagen y un ego, formamos también una sombra. Así como una luz lanza obscuridad en algún lado, la conciencia del ego siempre lanza una sombra en relación a su poder. Se refiere a la parte de la personalidad que ha sido reprimida para dar paso a la formación del ego ideal. Este ego ideal viene de los padres, la sociedad, los grupos y las normas religiosas. Está relacionado con nuestra cultura y destinado a cubrir requerimientos de moralidad y educación.

En la sombra colocamos ciertos aspectos que quisiéramos no existieran en nuestras vidas. Nuestros impulsos inaceptables, nuestras acciones y deseos vergonzosos, nuestras carencias. Es el lado sombrío de nuestra personalidad y es doloroso y difícil de aceptar. Contradice cómo queremos vernos ante los ojos de los demás. Sentimos su cercanía como una amenaza.
La sombra y sus características son enviadas al inconsciente. Puede estar suprimida para mantener nuestra ilusoria perfección. Pero ignorando nuestra sombra no la evitamos. Cuando se niega o es reprimida sigue trabajando detrás de escena, causando comportamientos neuróticos y compulsivos.

También proyectamos la sombra en otras personas atribuyéndoles esas cualidades que queremos negar en nosotros. Lejos de resolver el problema, la proyección inyecta veneno en las relaciones interpersonales, a través de percepciones deformadas.
En el camino de la salud mental, nos encontramos con la necesidad de reconocer la sombra que llevamos dentro. Nos obliga a enfrentar las decisiones éticas más problemáticas, poniendo a prueba nuestra propia disciplina.
El futuro de la humanidad depende, en gran medida, del reconocimiento de la sombra. Tal vez los grandes estallidos sociales se producen como consecuencia de negar el mal.
El verdadero conocimiento de la sombra es una tarea que nunca termina totalmente. La sombra no es un problema a resolver, es una entidad íntima que debemos explorar, conocer y reconocer como una parte de nuestra psique.

Un aspecto de la sombra colectiva en la actualidad está compuesto por el elemento femenino. Vemos al mundo bajo la brillante luz del sol y nos resistimos a verlo iluminado por la misteriosa luz de la luna.
La conciencia colectiva actualmente se caracteriza por tener una visión masculina del mundo. La mujer de hoy lucha encarnizadamente (pasión masculina) por la defensa de todo tipo de igualdad. Lucha por la sobrevivencia del espíritu y la esencia femenina, que reclama su lugar en el mundo desde la sombra colectiva.

La sombra tiene cualidades  vitales que podemos sumar a nuestras vidas. Nos podemos fortalecer con los contenidos de la sombra si nos relacionamos con ella adecuadamente. Un hombre que ha tratado de ser bondadoso en sus relaciones y ha reprimido su enojo, de pronto puede reconocer que la ira es parte de su personalidad. Si es capaz de integrar el enojo, puede hacerse más fuerte, más resuelto. Su enojo puede ser una reacción sana para una situación intolerable.
Sin una relación con la sombra, será difícil desarrollar la capacidad de tener relaciones sanas. Un hombre o mujer que bloquea su instinto sexual, puede necesitar relacionarse con sus sentimientos eróticos, y adquirir la energía vital necesaria para una sana relación con una persona del sexo opuesto.

Incluso el ladrón que llevamos dentro puede ser de gran ayuda en ciertas situaciones. Si estamos conectados con esa parte nuestra del ladrón astuto, quizá no seremos sorprendidos por otras personas. A través de nuestra parte de ladrón, nos damos cuenta de como la gente engaña y explota la inocencia de otras personas.
La relación con la sombra proporciona sentido del humor. Por lo general, la risa proviene de la sombra. El humor expresa muchas de nuestras emociones escondidas, aquellas que consideramos inferiores o bien, que nos producen temor. Una forma de reconocer nuestra sombra consiste en observar qué es lo que evoca nuestro sentido del humor. A través de la risa, podemos ver como se libera nuestra sombra inofensivamente. Las personas que tienen muy reprimida su sombra son personas que carecen de sentido del humor.

El mal no es únicamente la ausencia del bien, es una realidad que llevamos dentro, psicológicamente hablando. La negación del mal equivale a la negación de la realidad humana, equivale a tomar al hombre como espíritu que no proyecta sombra.
La responsabilidad por lo que hace la sombra recae en el ego. El ego no tolera cargar con las acciones de su socio inconsciente. La no reconocida sombra levanta la voz, obligando al ego a dar la cara, causándole todo tipo de dificultades.
Tras una noche de placer dionisiaco, en la que sale a relucir la sombra, viene un día de vergüenza y culpa. Es el ego que ahora tiene que dar la cara por todo aquello que hizo la sombra el día anterior. Por supuesto, para el ego no es una disculpa aceptable decir: perdón, lo hizo mi sombra.   

LA RELACIÓN CON LA SOMBRA EN LA PAREJA  

Mediante la acción de la pareja, se pone bajo tensión el eje entre el ego y la sombra. Una persona hace cuestionamientos y juicios acerca de la conducta de su compañero o compañera. Le da información acerca de su integridad. En respuesta, el ego de la persona afectada reacciona defensivamente.
Decíamos que en la pareja, los juicios de uno son experimentados por el otro en forma idéntica a ciertas experiencias de la infancia, posiblemente olvidadas, pero conservadas en el inconsciente.
De la misma manera, en la pareja se producen ocultamientos de forma que a la conducta expuesta y evidente corresponde otra que transcurre en la sombra. En la vida cotidiana de la pareja, es común la condena hacia ciertos comportamientos relacionaos con el orden y la limpieza, con el lenguaje, con la puntualidad, con la moralidad, con la educación, en suma con lo que está bien y lo que está mal. La consecuencia es la misma: ocultamientos y represiones. Es así como la vida de la pareja se empobrece.

Un análisis de la relación de pareja revela el grado de integración que las personas tienen con su sombra.
El grado más bajo de integración de sombra se manifiesta en aquellas parejas en las que no existe la menor tolerancia hacia los errores e imperfecciones del otro. Para cada uno, el otro es indudablemente el causante de la infelicidad familiar o matrimonial. Son parejas que se relacionan a través de una mortal lucha por el poder.
Estas parejas mantienen una constante mentalidad paranoica. Se liberan de la culpa y se la atribuyen a los demás. La paranoia cumple con la función de reducir la ansiedad y la culpabilidad que sentimos y de transferir a los demás aquellas características que no queremos reconocer en nosotros mismos. Solo nos percatamos de aquellos aspectos negativos del enemigo (la pareja).

El siguiente grado corresponde a parejas que toleran, sin agrado, un ocasional contacto con la sombra. Esto les produce tensión y los lleva a hacer el propósito de poner atención para que en el futuro ya no les ocurra. Uno le pide al otro que haga esfuerzos por corregirse pues su conducta no es adecuada. Equivale, figuradamente, a un régimen capitalista que admite la existencia de un partido comunista.
En el tercer grado, las parejas manifiestan un sustancial aumento de contacto con la sombra. Claramente les llena de energía y humor. Equivale a fijar límites, dentro de los cuales, a su vez, se desvanecen los límites entre el ego y la sombra. Un ejemplo típico se observa en la época de vacaciones.
Las personas que hacen cosas poco habituales en su vida cotidiana son menos rígidas. La relación con otras persona quienes a su vez se encuentran en buenos términos con su sombra y con quienes la pareja se permite expresiones de sombra, es otro ejemplo de aceptación circunstancial.

El cuarto grado comprende aquellas parejas que mantienen habitual relación con la sombra, (es preferible la espontaneidad que el cuidado de la imagen social). No se trata de ignorar a la sociedad ni de provocar conductas antisociales, sino de hacer conciencia de la sombra, de aceptar que es parte de la vida. En este tipo de parejas existe casi una total aceptación de uno hacia el otro. Se refleja en poco o nulos juicios críticos entre ellos y en poca o nula lucha por el poder.
El quinto grado es el más alto. se ha desvanecido el límite entre el ego y la sombra. La máscara social tiene importancia solo como un juego. Las expresiones de la sombra aparecen. La integración de la sombra es una operación paralela a la disolución del ego.

Jung acostumbraba decir a sus discípulos: Prefiero ser un hombre completo, antes de ser un hombre bueno. Revelar las propias limitaciones, incapacidades o torpezas no es un orgullo, precisamente, pero es algo natural y absolutamente humano. La crítica se recibe, no como un dardo que se clava, sino como una oportunidad para aprender algo de sí mismo. En el quinto grado tiene mayor importancia la honestidad, antes que la necesidad de deshacerse de aspectos indeseables mediante la proyección.
La energía disponible aumenta en un grado considerable, puesto que ya no se encuentra secuestrada por una polaridad.

La proyección de la sombra nos impide percibir objetivamente al compañero.
Cuando algún detalle me provoca un enojo excesivo, independientemente de la conducta de esa persona, yo haría bien en analizar lo que he aprendido. Responder exageradamente e inflexiblemente en contra o a favor de algo, corresponde al territorio de la sombra.

¿A DÓNDE SE FUE EL AMOR?

 Se ocultó detrás de la sombra. Hay personas que sienten un fuerte rechazo hacia su pareja aun cuando en el pasado hubo enamoramiento y pasión. Existe intolerancia hacia muchas de sus conductas: manera de comer, de vestir, de gesticular, etcétera.
Lo que sucede es que esas personas han fracasado en la aceptación de su propia sombra. Han convertido a su pareja en una gran pantalla sobe la cual proyectan todo el rechazo que sienten contra sí mismas. No te soporto, puede convertirse en no me soporto; incluso la frase no te quiero puede tomar la forma de no me quiero.
Muchas parejas se separan cuando se enfrentan a estas épocas obscuras que se caracterizan por el rechazo, la aversión, la intolerancia y la vergüenza. Los individuos se van con sentimientos de liberación. Naturalmente se han liberado ilusoriamente de su sombra, pero harían bien en trabajar esos aspectos de su sombra que han proyectado en su compañero. El amor no se ha perdido, precisamente, se ha ocultado detrás de esos pensamientos repulsivos que reflejan aspectos inaceptables en uno mismo.

Jung decía que la sombra solo resulta peligrosa cuando no le prestamos la debida atención. Descubrir la sombra nos permite ser congruentes para estar en el lugar correcto del modo correcto.
La sombra es, en parte, todo aquello que queremos ser pero que no nos atrevemos a ser. Se manifiesta en conductas que escapan de nuestro control consciente. Si bien la conciencia es la que propone, es la sombra quien termina disponiendo.
Hay emociones difíciles de asumir, como la envidia que una madre siente por su hija. Ese sentimiento forma parte de la sombra y no es aceptado conscientemente. Pero la hija se da cuenta cuando toma sus propias decisiones y entonces crece en una atmósfera de terribles contradicciones.

El hombre que mantiene una adecuada relación con su sombra se dejará cegar tan poco por las acciones justas del injusto, como por los hechos injustos del justo. El mal y el bien no son, a fin de cuentas, sino abstracciones de la acción.
Atrás de los celos también está la sombra: indican que nos encontramos divididos interiormente. El deseo de que nuestro compañero sea atractivo para otras personas y el deseo de conquistar y afirmar nuestra identidad sexual chocan en nuestra conciencia.
También en la infidelidad está presente la sombra. Las parejas que cierran el paso a la sombra hacia el interior de la relación, propician infidelidad. La sombra exige ser tomada en cuenta y si la pareja niega esto, la tensión aumenta. Entonces podemos preguntarnos que curso va a tomar o qué salida va a encontrar.

La conducta sadomasoquista es motivada por el miedo y comprende la proyección de contenidos de la sombra sobre el compañero o compañera.
El sádico hace a otros lo que teme que le hagan a él; dirige hacia otros los impulsos autodestructivos. Castigando a su pareja, logra evitar el miedo a sufrir tal dominación. Al mismo tiempo, obliga a la víctima a amarle y perdonarle, así puede liberarse de sentimientos de culpa que le amenazan.
El masoquista evita un dolor temido mediante un daño real. Un sentimiento de culpa le impulsa a buscar el sufrimiento. Representa un sacrificio para evitar un castigo. Es una forma de obtener la protección y el apoyo de una potencia superior y amenazante.

En resumen, es posible afirmar que la relación con la sombra y su integración en la consciencia permite a las personas aumentar el autoconocimiento, aceptarse de una manera más completa, encauzar adecuadamente las emociones negativas, liberarse de la culpa y la vergüenza, utilizar su imaginación creativa, sanar sus relaciones, aumentar su capacidad de goce, de juego y de intimidad y elevar su vitalidad y energía.

lunes, 3 de febrero de 2014

Encuentro con la Sombra, parte 33

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SÉPTIMA PARTE:

DIABLOS, DEMONIOS Y
CHIVOS EXPIATORIOS
UNA PSICOLOGÍA DEL MAL 


Nuestra vida es un tejido entrelazado con el bien y el mal: nuestras virtudes serían admirables si no estuvieran contaminadas por nuestros defectos y nuestras flaquezas serían desesperantes si no se hallaran atemperadas por nuestras virtudes.

WILLIAM SHAKESPEARE

No cabe la menor duda de que la noción filosófica de salud mental es una doctrina inapropiada porque la maldad que tan positivamente rechaza constituye un aspecto genuino de la realidad que puede abrirnos los ojos a los niveles más profundos de la existencia y, en este mismo sentido, esconder la clave principal que nos permita descubrir el sentido de la vida.

WILLIAM JAMES

La angustiosa realidad es que la vida cotidiana del ser humano se halla atrapada en un complejo inexorable de opuestos -día y noche, nacimiento y muerte, felicidad y desdicha, bien y mal. Ni siquiera estamos seguros de que uno de ellos pueda subsistir sin el otro, de que el bien pueda superar al mal o la alegría derrotar al sufrimiento. La vida es un continuo campo de batalla. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Si no fuera así nuestra existencia llegaría a su fin.
C. G. JUNG

INTRODUCCIÓN

La sombra personal constituye un asunto completamente subjetivo pero la sombra colectiva, por su parte, configura la realidad objetiva a la que comúnmente denominamos mal. Nuestra sombra personal puede modificarse mediante el esfuerzo moral pero la sombra colectiva, sin embargo, no se ve alterada por nuestros esfuerzos racionales y puede dejarnos con una sensación de total y absoluta indefensión. No obstante, cuando nuestros valores se sustentan en los valores institucionalizados nos sentimos vacunados contra los efectos negativos del mal. Es por ello que hay quienes buscan refugio a su desesperación en la fe y la obediencia a los valores absolutos que proponen los sistemas religiosos o ideológicos que históricamente ha utilizado el ser humano como defensa psicológica ante las profusas amenazas del mal.

El mal y los problemas que acarrea han llamado la atención del ser humano desde los tiempos más remotos.
El Zeitgeist de cada generación -el espíritu de la época- tiñe nuestra percepción de lo que es el bien y lo que es el mal. Entre los pueblos aborígenes -que han permanecido prácticamente inalterados desde la Edad de
Piedra - el mal siempre ha estado asociado a la oscuridad y la noche. La vida cotidiana de esos pueblos -para quienes el mal sólo acecha amenazadoramente en la oscuridad de la noche- está impregnada de creencias supersticiosas asociadas literal y simbólicamente con la idea de la sombra.

En su clásico El Doble, Otto Rank pasa revista a algunas de las formas mediante las cuales internalizados nuestra sombra como una expresión elocuente del pacto que establece el alma del ser humano con el problema del bien y el mal. En ese libro Rank estudia detalladamente la forma en la que los pueblos nativos regulan de modo ritual sus relaciones con la sombra a través de las tradiciones y del tabú.
En el Antiguo. Egipto el mal era deificado con la figura de Set, el hermano oscuro de Osiris. Set personificaba el árido desierto, la causa de todas las sequías y plagas que azotaban a la floreciente cultura del fértil valle del Nilo. En la mitología persa, por su parte, la vida era simbolizada como una batalla entre Ahura-Mazda, que representaba la fuerza de la vida, portadora de luz y de verdad, y Ahriman, que representaba la fuerza de la maldad colectiva, el señor de la oscuridad, de la mentira, la enfermedad y la muerte.

La cultura hindú prevalente en todo el subcontinente indio considera que el mal transpersonal forma parte de la continua transformación de la única substancia divina, la energía vital. Según el erudito Heinrich Zimmer el mal forma parte integral del ciclo kármico de causa y efecto. Los hindúes creen que su felicidad o su desdicha dependen de sus acciones y de las intenciones que las mueven. Según un relato hindú «el bien y el mal se alternan en incesante ciclo. Por con siguiente, el sabio no se identifica con el bien ni con el mal. El sabio no está ligado absolutamente a nada».

El pensamiento occidental, por su parte, se sustenta en los aleccionadores relatos de la Biblia  judeocristiana y en la mitología griega. Toda nuestra cultura se halla impregnada con imágenes procedentes del drama del Antiguo Testamento, la historia de un pueblo guiado por la conciencia que sostuvo un privilegiado diálogo con su Creador. Las parábolas de Jesús y la parafernalia que acompaña a Satán -el ángel de las tinieblas- nos proporcionan los símbolos fundamentales para comprender la maldad humana.
Para la mitología griega, en cambio, el mal colectivo es una creación divina. Todos los dioses del panteón olímpico -desde el más prominente hasta el más insignificante- presentan una extraordinaria correspondencia psicológica con nuestro mundo de hubris y de sombras. Se trata de fuerzas arquetípicas, de fenómenos reales y palpables que se originan más allá del mundo de causas y efectos pero que se manifiestan entre los seres humanos. En los grandes mitos griegos el mal es una fuerza preexistente con la que deben contar los mortales.

Repasemos ahora la historia de Pandora, cuya curiosidad fue, según la mitología griega, la causa de todas las desgracias que aquejan al ser humano: El gran Zeus, poderoso señor de los cielos y gobernador de todos los dioses, encolerizado con Prometeo por haber robado el fuego de los dioses, dijo así: «Tu arte es más sabio que el de todos nosotros, te regocijas de haberme engañado y de haber robado el fuego. Esto te perjudicará a tí y a todos los seres humanos porque mi venganza hará caer sobre ellos todos los males rodeando con amor su propio dolor».
Siguiendo las órdenes de Zeus, Hefesto, el herrero de los dioses, construyó con arcilla una inocente doncella a imagen de la hermosa Afrodita, diosa del amor. Esta figura femenina, predecesora de todos los mortales, fue bautizada con el nombre de Pandora («la rica en dones»). Cuando Atenea la adornó con cualidades casi divinas Pandora era encantadora. La indignación de los Olímpicos con el engaño de Prometeo era tal que todos los dioses y diosas participaron en la venganza. El mismo Zeus resolvió proporcionar a Pandora una curiosidad insaciable y luego le regaló una caja cerrada de arcilla con la advertencia de que jamás debía abrirla.

Prometeo -sabedor de los ponzoñosos regalos de los dioses había advertido a su hermano Epimeteo que no aceptara ningún regalo de ellos. Pero cuando Hermes, el mensajero de los dioses, le obsequió a Pandora, Epimeteo no pudo resistir los encantos de la hermosa mujer y aceptó. De este modo Pandora llegó a vivir entre los mortales.
No pasó mucho tiempo antes de que Pandora sucumbiera a su curiosidad, abriera la caja y liberara, de ese modo, a todos los infortunios -desconocidos hasta entonces- que desde ese momento afligen a la humanidad. Entonces cerró nuevamente la caja a tiempo todavía de mantener dentro a la Esperanza, pero ya era tarde porque todas las numerosas calamidades de la caja se habían diseminado por toda la tierra. Ese fue el origen de la vejez y de la muerte que completó la separación entre los seres humanos y los dioses inmortales.

A veces no vemos los males del mundo, pero en otras, en cambio, los descubrimos con aterradora lucidez. Carl Kerenyi ha explicado la actitud de Epimeteo en el mito de Pandora diciendo que la naturaleza humana acepta los regalos y sólo después percibe el mal. Nosotros percibimos el mal como un conflicto entre lo que esperamos de la vida y lo que ésta realmente es. Nuestra entusiasta visión del mundo nos ciega a la visión de lo negativo pero esta ignorancia tiene importantes consecuencias. De este modo permanecemos inconscientes de la realidad del mal y esta ingenuidad puede explicar gran parte de las abominaciones realizadas por los seres humanos en nombre de una causa noble.

La sombra colectiva puede convertirse en un fenómeno de masas y hacer que naciones enteras se vean poseídas por la fuerza arquetípica del mal. Esto puede explicarse por un proceso inconsciente denominado participation mystique, un proceso mediante el cual los individuos y los grupos se identifican emocionalmente con un objeto, una persona o una idea y dejan de lado cualquier tipo de discriminación moral. Este fenómeno colectivo es el que sustenta la identificación con una ideología o un líder que da cauce de expresión a los miedos y sentimientos de inferioridad de toda una colectividad. A menudo esta situación asume formas colectivas fanáticas y da lugar a fenómenos tales como la persecución religiosa, la intolerancia racial, el sistema de castas, el fenómeno del chivo expiatorio, la caza de brujas o el odio genocida.

 De este modo, cuando la sombra reprimida por toda una sociedad se proyecta sobre una minoría se activa considerablemente el potencial para el mal de esa colectividad. Los pogroms zaristas del último cambio de siglo, la persecución y el holocausto nazi de judíos, gitanos y homosexuales en la Segunda Guerra Mundial, el anticomunismo y el maccarthismo norteamericano de los años cincuenta y el sistema constitucional sudafricano del apartheid constituyen espantosos ejemplos de este fenómeno. Nuestro siglo ha sido testigo de psicosis masivas que ha engendrado actos de barbarie de una crueldad hasta entonces inimaginable.

La expresión del mal colectivo suele desafiar nuestra comprensión. Es como si de repente estas fuerzas brotaran de la mente inconsciente de un gran número de personas. Cuando tiene lugar una epidemia mental de tales proporciones nos hallamos indefensos para combatir las calamidades que provoca. Los pocos que no quedan atrapados en tal fenómeno masivo de participation mystique corren el peligro de convertirse en víctimas de él. Consideremos, sin ir más lejos, la negativa del pueblo alemán a aceptar la existencia de los campos de exterminio nazis, la ceguera del mundo entero al régimen genocida del Khmer Rojo de Camboya o la indiferencia global al sufrimiento del pueblo tibetano a manos del despiadado comunismo chino.
Este fenómeno colectivo suele personificarse en un determinado líder político -Napoleón, Stalin, Hitler, Pol Pot o Saddham Hussein, por ejemplo- quien sobrelleva entonces las proyecciones colectivas reprimidas por toda una cultura. «La sombra colectiva no sólo se halla viva en tales líderes -dice Liliane Frey-Rohn- sino que ellos mismos son representaciones de la sombra colectiva, del adversario y del mal».

En los últimos años hemos presenciado valerosos intentos de poner fin a este tipo de problema. El moderno santo hindú Mohandas Gandhi consiguió recuperar la dignidad e independencia de la India mediante la no violencia, un movimiento que ha terminado liberando a casi todas las naciones del Tercer Mundo de la colonización imperialista más descarada. Martin Luther King y el movimiento por los derechos civiles constituyó la avanzadilla de la causa de la igualdad racial y sigue inspirando a individuos y naciones a desafiar las fuerzas represivas del mal. Las sanciones de toda una civilización unificada contra el fenómeno del apartheid sudafricano son un resultado directo de este logro. El movimiento por los derechos de las mujeres, de los niños, de los marginados y de los ancianos desafía abiertamente las fuerzas inconscientes del mal presentes en la vida americana. En la antigua Unión Soviética podía observarse el extraordinario esfuerzo de toda una nación por liberarse de las garras de una ideología destructiva. Resulta muy alentador observar el rechazo de todo el pueblo ruso y de las naciones aledañas, de las fuerzas oscuras que han gobernado su sistema político durante casi un siglo.

Pero para evitar caer involuntariamente en la ingenuidad inconsciente necesitamos de continuo nuevas formas de pensar sobre el mal. Para la mayor parte de nosotros el mal sigue siendo un tigre que descansa aletargado en un rincón oscuro de nuestra vida. De tanto en tanto despierta, ruge amenazadoramente y -si no ocurre nada terrible- nuestra propia necesidad de negar su peligrosa presencia vuelve nuevamente a adormecerle.
La negación del mal es una conducta aprendida. Sólo así podemos soportar la realidad. Desde nuestra infancia más temprana todos hemos experimentado de manera directa o indirecta el mal a través de la conducta inexplicable de los demás y las imágenes impersonales de la televisión, los nuevos medios de comunicación, el cine, las novelas y los cuentos de hadas. Esta situación obliga a nuestras jóvenes mentes a encontrar alguna explicación para la realidad objetiva del mal y su amenazante peligro.

Algunos consiguen superar estas amenazadoras experiencia sin ayuda. Las formulaciones infantiles sobre las sombras y el mal, tales como el hombre del saco, por ejemplo, eliminan la inmediatez de tal presagio del peligro pero constituyen pobres adaptaciones posteriores a la vida generando todo tipo de síntomas, desde el miedo a la oscuridad a perturbadoras reacciones fóbicas. Hay quienes lamentablemente se hallaron expuestos de manera prematura y trágica al abismo del mal -que fueron víctimas del abuso infantil, de las guerras y de otros tipos de crímenes- y que jamás han terminado de recuperarse de tales experiencias. Otros han recibido un adoctrinamiento religioso tan extraordinariamente dogmático sobre el mal del mundo que sobreviven con estereotipos de azufre, fuego, infiernos, castigos y todo tipo de supersticiones relativas al bien y el mal.

La mayoría de nosotros, sin embargo, solemos utilizar como estrategias de enfrentamiento, la evitación y la negación. Pero la negación del mal constituye una aflicción permanente de la humanidad que quizás constituye la forma más peligrosa de pensar. En Escape from Evil, Ernest Becker sugiere que la causa fundamental de todos los males del mundo descansa en la expectativa y el deseo quimérico de negar el mayor de los males, la muerte: «En sus intentos de evitar el mal el ser humano es responsable de haber producido más daño al mundo que el que podrían haber originado los organismos ejercitando simplemente sus tractos digestivos. Es la ingenuidad del ser humano, más que su naturaleza animal, lo que ha acarreado tan amargo destino terrenal».

No todo el mundo está de acuerdo en que el mal constituya un aspecto permanente de la condición humana.
San Agustín ya expuso la doctrina de la privatio boni, la idea de que el mal no es más que la ausencia del bien, una noción según la cual las buenas acciones pueden ayudarnos a erradicar el mal. En Aion Jung criticaba este tipo de pensamiento diciendo: Existe una tendencia casi innata a dar prioridad a lo «bueno» y a hacerlo así con todos los medios a nuestro alcance, sean adecuados o no... la tendencia a maximizar el bien y a minimizar el mal. La privatio boni puede pues ser una verdad metafísica. En este tema no conviene dar nada por supuesto. Sólo subrayaría que en nuestro campo de experiencia el blanco y el negro, la luz y la oscuridad, el bien y el mal, etcétera, son opuestos equivalentes que siempre se implican mutuamente.

En su reciente Banished Knowledge la prolífica escritora y psicoanalista Alice Miller recurrió a la controvertida noción de la privatio boni cuando afirmó claramente que la sombra colectiva no existe y que tales ideas en sí mismas son una negación del mal: La doctrina junguiana de la sombra y la noción de que el mal es el reverso del bien están orientadas a negar la realidad del mal. El mal es real pero no se trata de algo innato sino adquirido, algo, sin embargo, que nunca es el reverso del bien sino más bien su destructor...
Por más que se repita una y otra vez, no es cierto que el mal, la destructividad y la perversión constituyan un aspecto ineludible de la existencia humana. Lo cierto es que el mal siempre produce más mal y, con ello, un océano de sufrimiento, por otra parte, perfectamente evitable. El día en que la humanidad despierte y se disipe la ignorancia actual relativa al tema de la represión infantil pondremos verdaderamente un punto final a la producción del mal.

No obstante, la hipótesis operativa que presentamos en Encuentros con la Sombra es que el mal constituye un factor vital inextricablemente ligado a lo mejor de la humanidad. Para rechazar el legado de Pandora deberíamos retornar a su caja todas las calamidades, lo cual parece lógica y mitológicamente imposible. Ha sido precisamente cuando los seres humanos han cerrado los ojos a la realidad del mal que han ocurrido desgracias y calamidades mucho peores que el mal que deseaban erradicar. Recordemos, a este respecto, las Cruzadas contra los infieles de la Edad Media o la reciente guerra de Vietnam, sin ir más lejos.
Nuestra única posibilidad de afrontar los problemas de la maldad del mundo consiste en asumir nuestra propia responsabilidad personal. Según el analista junguiano Edward C. Whitmont «debemos reconocer y aceptar que la maldad y la vileza está en cada uno de nosotros por el hecho de ser humanos y haber desarrollado un ego. Debemos reconocer la objetividad arquetípica del mal como el espantoso semblante de una fuerza sagrada que no sólo contiene el crecimiento y la maduración sino que también encierra destructividad y podredumbre.

Sólo entonces podremos relacionarnos con nuestros semejantes considerándolos como víctimas en lugar de hacerlo como “chivos expiatorios“.
Las doctrinas infalibles no existen y nuestro sincero intento de descubrir la verdad sobre el mal en nuestras vidas sólo constituye una promesa de aumentar nuestra conciencia. Cada generación tiene sus propios encuentros con el espectro aterrador del mal. Nuestros hijos, nacidos en una época de dogmas simplistas de potencial destructivo desconocido hasta el momento, exigen y merecen de nosotros un planteamiento equilibrado y un lúcido conocimiento del mal.
En la séptima sección de nuestro libro presentamos y cotejamos algunas de las principales ideas sobre el tema del mal desde el punto de vista psicológico. Los ensayos recogidos aquí pretenden completar las lagunas que pudieran existir en el lector respecto de la gran diversidad de aproximaciones psicológicas sobre el tema del mal.

El capítulo 24, extraído de Recuerdos, Sueños y Pensamientos, la autobiografía de C. G. Jung escrita al final de su vida, resume las últimas reflexiones de Jung sobre el tema del mal y su indispensable necesidad para la psicología y el autoconocimiento del individuo.
En el segundo ensayo, procedente de su libro Power and Innocence, el psicólogo Rollo May, nos expone su idea de que la inocencia (a la que él denomina «pseudoinocencia») constituye una defensa infantil contra la
toma de conciencia del mal.
El psiquiatra y autor de best-sellers M. Scott Peck delinea en el siguiente capítulo, extraido de People of the Lie, una aproximación psicológica al problema del mal que incluye una definición de las características de las personas malvadas basada en el Cristianismo. «Con demasiada frecuencia -dice Peck- las personas malas suelen ser destructivas porque están intentando destruir el mal. El problema es que ellos se equivocan en su ubicación del locus del mal. En lugar de destruir a los demás deberían ocuparse en destruir la enfermedad que albergan en su propio interior».
A continuación Stephen A. Diamond examina varios enfoques psicológicos sobre el mal -incluyendo también una evaluación crítica de las ideas presentadas por May y Peck en los dos capítulos precedentes. Su visión de los demonios y de lo daimónico profundiza cualquier visión simplista del mal y da un paso adelante hacia una psicología progresiva del mal.
El siguiente capítulo, «La Dinámica Fundamental del Mal Humano» representa el trabajo final de Ernest Becker. En este extracto de Escape from Evil compara las ideas psicológicas de Otto Rank, Freud y Jung y hace especial hincapié en las ideas de Wilhelm Reich. Según Becker el principal beneficio del psicoanálisis ha sido su contribución a la comprensión de la dinámica de la desdicha del ser humano.
En su artículo «Reconocer Nuestra División Interna», procedente de su libro Out of Weakness, Andrew Bard Schmo Okler afirma que sólo podremos hacer las paces con la sombra cuando nos comprometamos en una lucha interna contra el mal. Sus observaciones sobre el estudio de Erick Erikson de la sombra de Mahatma Gandhi agregan una interesante dimensión al diálogo que hemos abierto en esta sección.
Estos ensayos no pretenden constituir un estudio exhaustivo sobre el tema del mal pero sí que proporcionan un estimulante acicate para nuestro pensamiento. Acerque una silla a nuestra mesa y participe. El diálogo no
ha hecho más que comenzar.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Encuentro con la Sombra, parte 3


La sombra colectiva

Hoy en día, cada vez que abrimos un periódico o vemos el telediario tropezamos cara a cara con los aspectos más tenebrosos de la naturaleza humana. Los mensajes emitidos a diario por los medios de difusión de masas a toda nuestra aldea global electrónica evidencian de continuo las secuelas más lamentables de la sombra. El mundo se ha convertido así en el escenario de la sombra colectiva.

Nuestra época nos ha forzado a ser testigos de este dantesco espectáculo.
No hay modo de eludir el espantoso y sombrío fantasma invocado por la corrupción política, el fanatismo terrorista y los criminales de cuello blanco. Nuestro apetito interno de totalidad -patente ahora más que nunca en el sofisticado engranaje de la comunicación global- nos exige hacer frente a la conflictiva hipocresía que se extiende por doquier.

De este modo, mientras que muchos individuos y grupos viven los aspectos socialmente más benignos de la existencia, otros, en cambio, padecen sus facetas más desagradables y terminan convirtiéndose en el objeto de las proyecciones grupales negativas de sombra colectiva (véase si no fenómenos tales como la caza de brujas, el racismo o el proceso de creación de enemigos, por ejemplo).

A lo largo de la historia la sombra ha aparecido ante la imaginación del ser humano asumiendo aspectos tan diversos como, por ejemplo, un monstruo, un dragón, Frankenstein, una ballena blanca, un extraterrestre o alguien tan ruin que difícilmente podemos identificarnos con él y que rechazamos como si de la Gorgona se tratara. Uno de las principales finalidades de la literatura y del arte ha sido la de mostrar el aspecto oscuro de la naturaleza humana. Como dijo Nietzsche: «El arte impide que muramos de realidad».

Los cuentos para niños suelen referirse a la lucha entre las fuerzas del bien -ejemplificadas por las hadas- y las fuerzas del mal -representadas por espantosos demonios-. De este modo los niños suelen ser iniciados en el fenómeno de la sombra superando de manera vicaria las pruebas que deben afrontar sus héroes y sus heroínas, aprendiendo así las pautas universales del destino del ser humano.

El lado oscuro de la sombra no constituye una adquisición evolutiva reciente fruto de la civilización y de la educación sino que hunde sus raíces en la sombra biológica que se asienta en nuestras mismas células. A fin de cuentas, nuestros ancestros animales consiguieron sobrevivir gracias a sus uñas y sus dientes. Nuestra bestia -aunque se mantenga enjaulada la mayor parte del tiempo- permanece todavía viva.

Muchos antropólogos y sociobiólogos creen que la maldad humana es el resultado de refrenar nuestra agresividad, de elegir la cultura sobre la naturaleza y de perder el contacto con nuestro estado salvaje.
En esta línea; el médico y antropólogo Melvin Konner cuenta en The Tangled Wing la historia de aquel hombre que fue al zoológico y acercándose a un cartel que decía «El Animal Más Peligroso de la Tierra» descubrió asombrado que se hallaba ante un espejo.


Conócete a ti mismo

En la antigüedad los seres humanos conocían las diversas dimensiones de la sombra: la personal, la colectiva, la familiar y la biológica. En los dinteles de piedra de del hoy derruido templo de Apolo enDelfos -construido sobre una de las laderas del monte Parnaso- los sacerdotes grabaron dos inscripciones, dos preceptos, que han terminado siendo muy famosos y siguen conservando en la actualidad todo su sentido. En el primero de ellos, «Conócete a ti mismo», los sacerdotes del dios de la luz aconsejaban algo que nos incumbe muy directamente: conócelo todo sobre ti mismo, lo cual podría traducirse como conoce especialmente tu lado oscuro.

Nosotros somos herederos directos de la mentalidad griega pero preferimos ignorar a la sombra, ese elemento que perturba nuestra personalidad. La religión griega, que comprendía perfectamente este problema, reconocía y respetaba también el lado oscuro de la vida y celebraba anualmente -en la misma ladera de la montaña- las famosas bacanales, orgías en las que se honraba la presencia contundente y creativa de Dionisos, el dios de la naturaleza, entre los seres humanos.

Hoy en día Dionisos perdura entre nosotros en forma degradada en la figura de Satán, el diablo, la personificación del mal, que ha dejado de ser un dios a quien debemos respeto y tributo para convertirse en una criatura con pezuñas desterrada al mundo de los ángeles caídos.

Nada con exceso

La segunda inscripción cincelada en Delfos, «Nada en exceso», es, si cabe, todavía más pertinente a nuestro caso. Según E. R. Dodds, se trata de una máxima por la que sólo puede regirse quien conoce a fondo su lujuria, su orgullo, su rabia, su gula -todos sus vicios en definitiva - ya que sólo quien ha comprendido y aceptado sus propios límites puede decidir ordenar y humanizar sus acciones.
Vivimos en una época de desmesura: demasiada gente, demasiados crímenes, demasiada explotación, demasiada polución y demasiadas armas nucleares. Todos reconocemos y censuramos estos abusos aunque al mismo tiempo nos sintamos incapaces de solucionarlos.