lunes, 24 de agosto de 2026

La Experiencia del Placer, parte 44 (final)

 AUTORREALIZACIÓN

Ningún paciente resuelve nunca todos sus conflictos ni libera todas sus tensiones en la terapia. Esto es así por dos razones. La primera es que los mecanismos psíquicos y físicos de represión están tan profundamente estructurados en la personalidad que no se los puede eliminar completamente. En más de una ocasión le he demostrado a un paciente que no se puede borrar totalmente una línea  trazada con lápiz de un papel. Siempre queda un rastro. Nuestras experiencias están grabadas de forma similar en nuestros cuerpos. 

La segunda razón es que las experiencias traumáticas de un individuo forman parte de su ser y no es posible eliminarlas o ignorarlas. Sin embargo, se las puede  reprimir o aceptar. Si se las reprime, la persona tiene problemas. Si se las acepta y comprende, pueden servir para ampliar su visión y profundizar su sensibilidad y   pueden convertirse en la materia prima del proceso creativo.

Afortunadamente, los pacientes no piden que se los haga de nuevo. Buscan una renovación del sentimiento de que la vida puede disfrutarse. Alguna vez tuvieron este sentimiento, dado que sus sueños de felicidad están basados en él. Aun pensar que es posible presupone que la persona sabe lo que es. No creo que un ser humano pueda sobrevivir si no tuvo momentos de alegría cuando era niño.

El recuerdo de esas experiencias, aunque sea borroso, sostiene su espíritu en su tormento posterior. Todos los pacientes que he tratado, por muy desesperados o  perturbados que estuvieran, podían recordar dichos momentos. Quieren sentir esa alegría nuevamente, no como recuerdo sino en relación con su situación actual. Quieren comprender qué fue lo que les hizo perder ese sentimiento y saber cómo evitar que se repita la pérdida.

La dificultad para alcanzar estas metas radica en el proceso de renovación. Un paciente debe revivir su vida en el sentimiento y en el pensamiento, en la acción. La recorre nuevamente, pero retrocediendo del presente al pasado. Este retroceso le asegura un punto de apoyo en la realidad. Debe saber lo que es ahora, para descubrir cómo llegó a serlo. El presente sólo puede entenderse en términos  del pasado, pero el pasado sólo tiene sentido porque ha determinado el presente. 

Destaco esto porque la tendencia de los pacientes y de la mayoría de las personas es ignorar el pasado o vivir en él. Ambas actitudes menoscaban el presente y en consecuencia el sí-mismo. Se debe aceptar lo que ocurrió en el pasado y no confundirlo con el presente.

En el retroceso de adulto a joven, a niño, a bebé, se debe hallar la inversión que sustituyó al verdadero sí-mismo con la imagen del ego. La secuencia que transformó el sentimiento de inocencia del niño en el de culpa comenzó con la oposición a sus padres. En esta oposición, el niño, al principio, se siente bien. Sin embargo, este sentimiento da paso a una sensación de estar equivocado cuando no logra modificar la actitud de sus padres. La sensación de estar equivocado es intolerable; al someterse a la autoridad paterna el niño gana en corrección, pero pierde en honradez. La inversión (de sentirse bien a sentirse equivocado, de sentirse inocente a sentirse culpable) no fue una decisión consciente. Sucedió gradualmente cuando se reprimieron los sentimientos negativos y hostiles y se los  reemplazó por pensamientos y actitudes más aceptables para los padres. 

En consecuencia, no se la recuerda como un solo hecho y se la debe reconstituir a partir del recuerdo de experiencias pasadas. Sin embargo, estos recuerdos están vinculados con sentimientos reprimidos y no se los puede evocar hasta que no se reactiven esos sentimientos.

Reactivar los sentimientos reprimidos es la parte difícil de la terapia. El proceso encuentra la oposición de las defensas del ego, por un lado, y del temor a estos  sentimientos, por el otro. El ego ha establecido un grado relativo de seguridad en la personalidad reprimiendo el sentimiento y no está preparado para arriesgar esa  seguridad por evocar conflictos del pasado. Esta posición del ego está apoyada por el temor del paciente a la intensidad del sentimiento. El paciente teme que su ira se salga de control y se transforme en cólera o furia asesina.

Teme que la pena lo agobie y teme hundirse en la desesperación. Teme que su miedo se convierta en pánico o terror y lo paralice. Cuando se reactivan estos sentimientos, tienen una realidad inmediata que hace que el temor a ellos parezca válido.

La dificultad crece por el sentimiento de impotencia que también surge en este proceso, dado que formaba parte de la situación original que condujo a la represión del sentimiento. El niño tuvo que abandonar su oposición a sus padres o arriesgarse a que éstos lo abandonaran. Los padres lo despojan del cariño o amenazan con hacerlo como medio para controlar al niño. El sentimiento de impotencia da lugar nuevamente al tema de la supervivencia, un tema que está aún sin resolver en el inconsciente del paciente.

Dado que la autonegación aseguró la supervivencia, la autoafirmación parece amenazarla. No obstante, es necesario algún grado de autoafirmación para la  supervivencia en el mundo.

Para liberar los sentimientos reprimidos y abrirse paso hacia el niño que hay dentro de un paciente, se necesita un trabajo coherente a nivel psíquico y físico. Deben analizarse las defensas del ego que inhiben la aceptación de las  respuestas emocionales naturales de un niño al placer y al dolor. Deben liberarse las tensiones musculares crónicas que bloquean la gama completa de expresión emocional.

Esta meta no puede alcanzarse con un enfoque dirigido a un solo nivel. La psicoterapia, analítica o de otro tipo, que no estimula la expresión de los sentimientos reprimidos, fomenta el control a expensas de la espontaneidad y  fortalece el ego a expensas del cuerpo. Si su trabajo terapéutico se limita a la expresión de sentimientos, se alienta la impulsividad a expensas de la integración.

La creatividad en la terapia, como en la vida, es el resultado de la fusión de fuerzas polares. La capacidad de expresar un sentimiento y la capacidad de controlar su expresión son las dos caras de una misma moneda: el individuo madura. Al principio de la terapia, este control lo ejerce el terapeuta. Se alienta al paciente a “entregarse”, con la seguridad de que el terapeuta puede manejar la  situación. La ira se expresa en el diván y nunca se vuelve destructiva. El paciente puede entregarse a la tristeza, sabiendo que no está solo y que tiene un oyente  comprensivo. Puede expresar su temor gritando, sabiendo que cuenta con apoyo. 

Puede soportar sentirse impotente porque cree que su terapeuta es poderoso. Gradualmente, el control se traslada al paciente cuando éste aprende que cuando acepta y confía en sus sentimientos, éstos pierden su carácter de fuerzas extrañas que amenazan su ego.

Comprende que sus sentimientos negativos y hostiles son una respuesta al dolor y que sus sentimientos afectuosos son una respuesta al placer. Los pasos desde la posición defensiva de control del ego a la posición expuesta de una actitud creativa se dan a medida que el paciente se apoya en la realidad. El primer paso hacia la realidad que da un paciente es su identificación con su cuerpo. A través de la terapia, llega a verse a sí mismo en términos de su cuerpo, no de una imagen del ego que está en conflicto con su cuerpo. Se hace consciente de sus tensiones musculares y siente el efecto de éstas sobre sus actitudes y comportamiento. 

Aprende cómo reducir estas tensiones a través de los movimientos físicos apropiados. Esta identificación con el cuerpo es también el primer paso hacia la autorrealización.

El segundo paso hacia la realidad es el reconocimiento del principio del placer como la base de las propias actividades conscientes. La motivación para todas nuestras acciones es luchar por el placer y evitar el dolor. Podemos seguir diferentes caminos en la persecución de este objetivo, pero estamos impulsados por un deseo. El individuo que no reconoce que sus acciones están motivadas por el deseo de placer o que está inhibido por el temor al placer (la culpa) no está en contacto con la realidad de su naturaleza animal.

El tercer paso es una aceptación de los propios sentimientos. Los sentimientos son la respuesta espontánea de un organismo a su medio. No se pueden alterar los  propios sentimientos; no están sujetos a la voluntad o a la mente. Un individuo puede expresar un sentimiento o retener su expresión, según la situación. Si se vuelve contra sus sentimientos, se vuelve contra sí mismo. Si una persona rechaza sus sentimientos, se rechaza a sí misma.

El cuarto paso es comprender la interdependencia de todas las funciones de la personalidad. La persona que está apoyada en la realidad tiene una actitud subjetiva. Sabe que su pensamiento está relacionado con sus sentimientos y  determinado por sus respuestas corporales. Puede ser objetivo porque es consciente de su subjetividad. Aun en lo más abstracto, su pensamiento no está disociado de su participación en la condición humana. No dice: “Pienso, luego existo”. Si dijera algo, sería: “Existo, luego pienso”.

El quinto paso es la humildad. La humildad es darse cuenta del propio desamparo relativo en el universo. Es lo contrario del engreimiento del ego. Somos impotentes en todos los asuntos importantes de la vida. No podemos comprar el verdadero amor ni con todo el dinero del mundo. No podemos producir placer ni con todo el poder de nuestra avanzada tecnología. La vida humana fluye espontáneamente desde el vientre de una mujer y termina inexorablemente en las entrañas de la tierra. Nosotros no la creamos y no podemos preservarla eternamente. Nuestra  preocupación consciente debería ser vivirla plenamente.

La humildad es la marca de una persona que se acepta a sí misma. Dicha persona no es ni sumisa ni arrogante. No es egotista ni retraída. Aunque reconoce que es un individuo único, sabe también que forma parte de un orden mayor. Y si bien advierte que su existencia está sujeta a fuerzas externas a su personalidad, siente que estas fuerzas, naturales y sociales, están también dentro de él mismo y  forman parte de su ser. En consecuencia, es sujeto y objeto, actor y “actuado”, en el taller de la vida.

La condición del ser humano es un estado de aparentes contradicciones que se resuelven espontáneamente en el proceso creativo de la vida. Todo ser humano es al mismo tiempo un animal y un portador de cultura. Cuando estas dos fuerzas opuestas se fusionan creativamente en su personalidad, se convierte en un animal cultivado. Su cultura es una superestructura erigida sobre la base de su naturaleza animal y está destinada a ampliar y glorificar esa naturaleza. Esta fusión no se produce cuando el proceso cultural, o proceso civilizador, intenta modificar y controlar la naturaleza animal de la persona. Si éste triunfa, la persona se convierte en un animal domesticado cuyo potencial creativo ha sido subvertido con fines productivos.

Si fracasa, deja a la persona con una naturaleza animal atormentada y enfurecida que generalmente rompe la fachada de la sofisticación cultural con su comportamiento rebelde y destructivo.

En realidad, el intento de modificar la naturaleza animal de un individuo sólo tiene éxito parcialmente. El proceso de domesticación apenas puede llegar a alguna profundidad.

Detrás de una actitud de sumisión siempre se encuentra una capa de desafío y rebeldía asociada con sentimientos negativos y hostiles reprimidos. Y detrás de la abierta rebeldía y destrucción de muchos jóvenes de hoy, hay una capa de sumisión asociada con sentimientos reprimidos de temor y de desesperación. En los adultos, la actitud sumisa es una defensa contra sentimientos internos de rebeldía y hostilidad, mientras que la rebeldía externa es una reacción contra la sumisión interna. Ninguna de ellas es una actitud creativa y en ningún caso hay auto aceptación.

Para tener éxito, la terapia debe abrirse paso por estas capas hasta el corazón del individuo. Para abrir el corazón de una persona a la alegría debe restablecerse su inocencia.

Debe restablecerse su fe en sí misma y en la vida. Debe, en otras palabras, volver al estado en el cual su existencia se caracterizaba por esas cualidades. Ese estado es la infancia.

La persona que puede aceptar al niño que hay en su interior, tiene la capacidad de gozar la vida. Tiene la capacidad de asombro que la abre a nuevas experiencias.

Tiene la excitabilidad para responder con entusiasmo fresco.

Y tiene la espontaneidad necesaria para la autoexpresión. Los niños pequeños están próximos a la alegría, ya que aún retienen algo de la inocencia y fe de que fueron dotados. Es por eso que Jesús dijo: “De ellos es el Reino de los Cielos”.

La persona creativa no es un niño. Los adultos que intentan ser niños en su búsqueda de la diversión no son realistas, son autodestructivos. Su comportamiento es infantil, su motivación es la huida y su actitud es afectada.

El adulto maduro está próximo a la sabiduría dado que ha vivido y sufrido. A pesar de su sufrimiento y conocimiento del mundo, está en contacto con el niño que fue y que hasta cierto punto todavía es. Nuestros sentimientos hacia la vida,

el amor y el placer no cambian cuando crecemos. Aunque nuestros modos de expresar estos sentimientos cambien, en nuestro corazón todavía somos niños pequeños. En una persona creativa no hay separación o barrera entre el niño y el adulto, entre el corazón y la mente, entre el ego y el cuerpo.

De alguna manera, toda terapia termina en un fracaso. No alcanzamos nuestra imagen de perfección. El paciente advierte que siempre tendrá defectos. Sin embargo sabe que su crecimiento no está completo y que el proceso creativo iniciado en la terapia es ahora su responsabilidad personal. No sale de la terapia en una nube —los que lo hacen están destinados a caer—, siente que sus pies están sobre la tierra, ha obtenido una apreciación de la realidad y ha desarrollado una actitud creativa hacia los problemas que afrontará. Ha experimentado alegría, pero también pena. Sale con un sentimiento de autorrealización que incluye el respeto a la sabiduría del cuerpo. Ha recuperado su potencial creativo.


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