EGOTISMO Capítulo 5 (continuación y final)
Con frecuencia se denomina a los psiquiatras "reducidores de cabezas”. Esta definición indica que una de sus principales tareas es reducir el ego de los pacientes. Lo que en realidad hacen es, por supuesto, lograr que el paciente baje a la tierra. Al eliminar sus ilusiones, el paciente entra en un mejor contacto con la realidad y mejora su funcionamiento. En la mente popular esto se ve como un proceso de reducción; se reduce el ego al tamaño del cuerpo y se lo cimienta en las funciones del cuerpo. El psiquiatra no ataca directamente al ego del paciente. Dicho enfoque puede tener un efecto desastroso, ya que la persona se siente identificada con su ego. La caída del ego, como lo mencioné más arriba, puede hundir a un individuo en la depresión o llevarlo al suicidio. En cambio, se pone al paciente en contacto con la realidad de su existencia con su ser físico, es decir, con su cuerpo y con sus sentimientos.
En la medida en que un paciente pueda aceptar sus sentimientos e identificarse con su cuerpo, estará liberado del dolor de intentar concretar la imagen que le impusieron sus padres y la sociedad. La imagen que domina a la mayoría de los individuos hoy es la del éxito. De una manera u otra la mayoría de las personas luchan por el éxito. Las mujeres luchan por tener éxito como esposas, como madres o en sus relaciones sociales. Los hombres luchan por ser amantes de éxito, hombres de negocios de éxito o profesionales de éxito. Si alguien no alcanza el éxito puede ser considerado un fracasado.
Esta tendencia a juzgar la propia vida en términos de éxitos y fracasos muestra hasta qué punto estamos dominados por nuestros egos. Juzgar la vida en esta forma es una acción destructiva mucho más grave que la que generan la culpa, la vergüenza y la vanidad.
Nunca antes en su historia ha tenido el hombre tal engreimiento. En todas las épocas anteriores se ha visto como sujeto a una ley superior, como parte de un orden mayor y como el instrumento de un poder superior. De igual forma, siempre ha habido algunos individuos cuyo egotismo los colocó por encima de los principios morales, que asumieron una autoridad divina. Sus conquistas dejaron una estela de dolor y sufrimiento. Las heridas que infligieron aún no han sanado totalmente. Pero estos conquistadores fueron un fenómeno pasajero. Su poder se desvaneció con su muerte y su influencia se compensó con las profundas convicciones religiosas de las personas.
Esta situación cambió bruscamente en el siglo Veinte. La ciencia y la tecnología socavaron la creencia del hombre en una fuerza sobrenatural que tenía el poder de moldear su vida y de dar forma a su destino. Las dos guerras mundiales destruyeron su fe en la ley moral y en la justicia natural. Y el nacimiento de la psicología lo hizo consciente de los factores emocionales que determinan su pensamiento. Finalmente, con el advenimiento del automóvil y la ruptura de la vida en comunidad, cada persona se transformó en un individuo que se sentía responsable de su propia vida. Esta es una responsabilidad impresionante, que sólo un egotista puede afrontar con equilibrio. Aunque ingenua y ciegamente, el hombre moderno pasó a ocupar el rol que Dios dejó vacante, sin saber que en el proceso perdía su alma.
Hablar del alma es un asunto complicado. Nadie sabe qué es y muchos sostienen que no existe. Yo la defino como una cualidad del ser. Puede decirse que una persona que no se siente parte de un esquema mayor, que no siente que su vida es parte de un proceso natural que es más grande que ella misma no tiene alma. El alma de un hombre es lo que lo une con su pasado y lo compromete con su futuro. Lo vincula con la tierra y lo relaciona con todas las criaturas vivientes. Es la base de su identificación con los fenómenos cósmicos y la fuente del sentimiento pleno de unidad con el cosmos. Si tiene alma, un hombre puede atravesar las fronteras del sí-mismo y experimentar el gozo y el éxtasis de la unidad con el universo. Si no tiene alma, un hombre está encerrado en la prisión de su mente y sus placeres se limitan a satisfacciones del ego.
Una persona sin alma es un egotista. Ve el mundo sólo en términos de sí mismo. Su esposa e hijos son prolongaciones de su autoimagen. Sus intereses reflejan las necesidades de su ego. Si esquía, por ejemplo, lo hace para demostrar su habilidad y para impresionar a los demás con sus aptitudes. La magnificencia de la montaña con su capa de nieve, su soledad, sus árboles helados no lo conmueven.
Hace el amor con una mujer con escaso sentimiento. La satisfacción del ego por la conquista o por satisfacer a la mujer es más importante, para él, que la experiencia del amor. Puede ser socialmente consciente, pero su participación en las causas se origina en las identificaciones del ego. Puede ser una persona de “éxito’’ o considerarse un fracasado, ya que su ego es el árbitro de todas sus acciones.
El egotista se considera una persona creativa, ya que está constantemente expresándose. Lo que realmente está expresando es su imagen de sí mismo, una imagen desprovista de belleza, gracia o verdad. Estas cualidades pertenecen al individuo que está en contacto con las fuerzas más profundas de la vida, las fuerzas que crean y sostienen la vida, no simplemente la vida humana y ciertamente no sólo la vida de un solo ser humano. La verdad, la belleza y la gracia definen la relación de un organismo con su ambiente. Expresan el hecho de que la relación es armoniosa, producen placer y están orientadas hacia la alegría de vivir.
Todos los animales, desde el gusano de la tierra hasta el delfín que juguetea en el mar, tienen estas cualidades. Tienen alma y, en consecuencia, son autoexpresivos y creativos. Sin alma no puede haber verdadera creatividad ni verdadero arte. Pero allí donde un animal vive su arte, el hombre proyecta el suyo. En ambos casos, el verdadero arte es la expresión de las sensaciones profundas de un organismo, una manifestación de su alma.
El siglo Veinte fue testigo del nacimiento del hombre egotista y de la muerte del verdadero arte. Esta es una gran frase y una amplia generalización, pero hay numerosas pruebas que la sostienen. Dado que el arte del siglo Veinte es expresionista, toda expresión puede considerarse arte. Ya no importa qué se exprese. La belleza, gracia y verdad son irrelevantes. La situación sería risible si no fuera porque el artista como egotista está apoyado por críticos y vendedores de obras de arte que también son egotistas. Los críticos deciden qué es significativo sobre la base de sus propias ideas, y los vendedores, qué es vendible sobre la base de la popularidad y la moda. El mercado artístico se ha convertido en un mercado de moda en el cual nadie sabe quién fija las tendencias pero en el cual una tendencia que se vuelve popular determina el éxito.
No sólo en su arte sino también en su arquitectura, en su economía, en su trato con la naturaleza el hombre egotista tiene la arrogancia de creer que todo lo que hace es expresivo y significativo. Sabe que sus ciudades son desagradables, que sus campos están devastados, que sus ríos están sucios y su aire, contaminado, pero cree ingenuamente que si le dan suficiente poder y dinero puede crear un paraíso. ¿No advierte’ que su ansia de poder sobre la naturaleza ha destruido la base de una relación creativa entre él y la naturaleza? ¿Qué su tecnología lo ha alienado del proceso de la vida? ¿Y que su ciencia le ha arrebatado la espiritualidad?
No, no lo advierte totalmente. Ve la mente como la esencia de su personalidad, mientras que considera que el cuerpo es meramente la escena donde brilla y reluce la joya de su mente. El corolario de esta actitud es que el cuerpo es simplemente un mecanismo que refleja la operación de la mente. Por supuesto, es posible ampliar el concepto de mente para incluir al cuerpo, para convertir al sí-mismo psíquico en sinónimo del sí-mismo somático. Pero tales ampliaciones son con frecuencia meras racionalizaciones para cubrir la predisposición del hombre en favor de la mente y su prejuicio contra el cuerpo.
El alma del hombre está dentro de su cuerpo. A través del cuerpo la persona forma parte de la vida y de la naturaleza. En el crecimiento y organización de su cuerpo atraviesa todas las etapas de la evolución. La ontogénesis, decimos, resume la filogénesis. Su cuerpo incorpora, entonces, la historia de la vida sobre la Tierra. Incluye muchos de los elementos comunes de la naturaleza, aunque combinados en formas únicas. Está sujeto a las leyes de la naturaleza, de la cual verdaderamente forma parte.
¿Entonces por qué el prejuicio contra el cuerpo? ¿Por qué se lo menosprecia en favor de la mente? Se sugieren muchas respuestas, aunque ninguna parece definitiva. El cuerpo del hombre no es muy diferente del de los demás mamíferos, mientras que su mente es única. Habiendo descubierto este hecho sólo tardíamente durante la historia de su evolución, el hombre trata despóticamente a los demás animales, desdeñándolos y despreciándolos por su estupidez e ignorancia. Se ha vuelto contra su cuerpo porque representa su naturaleza animal. También se ha vuelto contra él porque forma parte de la naturaleza, mientras que su mente es exclusivamente suya. Un hombre puede creer que posee su mente, pero nunca poseerá plenamente su cuerpo. En él existen procesos que la mente nunca podrá comprender o controlar: el latido del corazón, el arranque de los sentimientos, el anhelo de amor. Y debido a que la mente no puede controlar totalmente el cuerpo, le teme a éste, al igual que a las fuerzas desconocidas de la naturaleza.
El cuerpo es físico; crece y decae. La mente parece etérea, pura e incorruptible. El cuerpo es pesado y está sujeto a la ley de gravedad. La mente es liviana y sus pensamientos trascienden el tiempo y el espacio. El cuerpo es vulnerable; puede ser herido y quebrado. En cambio, la mente parece inexpugnable. Los niños tienen un refrán que ilustra esta idea. Cuando sus compañeros de juegos se burlan de ellos, responden: “Los palos y piedras pueden quebrar mis huesos, pero las palabras nunca podrán herirme”. Comparado con los animales que fueron sus predadores en la antigüedad, el cuerpo del hombre era débil y relativamente impotente. Su conciencia, sin embargo, era poderosa. Podía superarlos y finalmente los venció.
Pero el cuerpo tiene sensibilidad y sólo él puede experimentar placer, alegría y éxtasis. Sólo él tiene belleza y gracia, ya que separadas del cuerpo estas palabras carecen de sentido. Intentar definir la belleza sin hacer referencia al cuerpo es imposible. Si se dice que la belleza es algo placentero para los ojos, se han incorporado dos referentes del cuerpo a su definición: placer y ojos. Son nuestros cuerpos los que aprecian la frescura de un arroyo, el sabor dulce del agua pura, la visión del cielo azul, el canto de un pájaro, el aroma de una flor, etcétera.
Si estamos en contacto con nuestros cuerpos, nos alegra formar parte de la naturaleza y poder compartir su esplendor. Si nos sentimos identificados con nuestros cuerpos, tenemos alma, ya que a través de nuestros cuerpos nos identificamos con toda la creación.
Como psiquiatra, veo diariamente el sufrimiento del ser humano egotista. Ya sea que considere tener éxito o haber fracasado, su queja básica consiste en que se siente insatisfecho, incompleto e incapaz de experimentar placer y alegría. Al estar desconectado de su cuerpo, no siente su dolor, no es consciente de las tensiones musculares crónicas que bloquean su autoexpresión. Sus problemas tienen origen en la disociación del pensamiento y el sentimiento, en la desconfianza en los sentimientos como guía de la conducta y en el temor a las respuestas involuntarias del cuerpo. Como su fe descansa en un ego disociado, confía en el pensamiento “racional” y en la voluntad para las respuestas que deberían ser emocionales y estar motivadas por sentimientos placenteros. No sorprende que tarde o temprano se sienta deprimido y considere a la vida vacía y sin sentido.