lunes, 29 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 24


 EGOTISMO Capítulo 5 (continuación y final) 

Con frecuencia se denomina a los psiquiatras "reducidores de cabezas”. Esta definición indica que una de sus principales tareas es reducir el ego de los pacientes. Lo que en realidad hacen es, por supuesto, lograr que el paciente baje a la tierra. Al eliminar sus ilusiones, el paciente entra en un mejor contacto con la realidad y mejora su funcionamiento. En la mente popular esto se ve como un  proceso de reducción; se reduce el ego al tamaño del cuerpo y se lo cimienta en las funciones del cuerpo. El psiquiatra no ataca directamente al ego del paciente. Dicho enfoque puede tener un efecto desastroso, ya que la persona se siente identificada con su ego. La caída del ego, como lo mencioné más arriba, puede hundir a un individuo en la depresión o llevarlo al suicidio. En cambio, se pone al  paciente en contacto con la realidad de su existencia con su ser físico, es decir, con su cuerpo y con sus sentimientos. 

En la medida en que un paciente pueda aceptar sus sentimientos e identificarse con su cuerpo, estará liberado del dolor de intentar concretar la imagen que le impusieron sus padres y la sociedad. La imagen que domina a la mayoría de los individuos hoy es la del éxito. De una manera u otra la mayoría de las personas luchan por el éxito. Las mujeres luchan por tener éxito como esposas, como madres o en sus relaciones sociales. Los hombres luchan por ser amantes de éxito, hombres de negocios de éxito o profesionales de éxito. Si alguien no alcanza el éxito puede ser considerado un fracasado. 

Esta tendencia a juzgar la propia vida en términos de éxitos y fracasos muestra hasta qué punto estamos dominados por nuestros egos. Juzgar la vida en esta forma es una acción destructiva mucho más grave que la que generan la culpa, la vergüenza y la vanidad.

 Nunca antes en su historia ha tenido el hombre tal engreimiento. En todas las épocas anteriores se ha visto como sujeto a una ley superior, como parte de un orden mayor y como el instrumento de un poder superior. De igual forma,  siempre ha habido algunos individuos cuyo egotismo los colocó por encima de los principios morales, que asumieron una autoridad divina. Sus conquistas dejaron una estela de dolor y sufrimiento. Las heridas que infligieron aún no han sanado totalmente. Pero estos conquistadores fueron un fenómeno pasajero. Su poder se desvaneció con su muerte y su influencia se compensó con las profundas convicciones  religiosas de las personas.

Esta situación cambió bruscamente en el siglo Veinte. La ciencia y la tecnología socavaron la creencia del hombre en una fuerza sobrenatural que tenía el poder de moldear su vida y de dar forma a su destino. Las dos guerras mundiales destruyeron su fe en la ley moral y en la justicia natural. Y el nacimiento de la psicología lo hizo consciente de los factores emocionales que determinan su  pensamiento. Finalmente, con el advenimiento del automóvil y la ruptura de la vida en comunidad, cada persona se transformó en un individuo que se sentía  responsable de su propia vida. Esta es una responsabilidad  impresionante, que sólo un egotista puede afrontar con equilibrio. Aunque ingenua y ciegamente, el hombre moderno pasó a ocupar el rol que Dios dejó vacante, sin saber que en el proceso perdía su alma.

Hablar del alma es un asunto complicado. Nadie sabe qué es y muchos sostienen que no existe. Yo la defino como una cualidad del ser. Puede decirse que una persona que no se siente parte de un esquema mayor, que no siente que su vida es parte de un proceso natural que es más grande que ella misma no tiene alma. El alma de un hombre es lo que lo une con su pasado y lo compromete con su futuro. Lo vincula con la tierra y lo relaciona con todas las criaturas vivientes. Es la base de su identificación con los fenómenos cósmicos y la fuente del sentimiento pleno de unidad con el cosmos. Si tiene alma, un hombre puede atravesar las  fronteras del sí-mismo y experimentar el gozo y el éxtasis de la unidad con el universo. Si no tiene alma, un hombre está encerrado en la prisión de su mente y sus placeres se limitan a satisfacciones del ego.

Una persona sin alma es un egotista. Ve el mundo sólo en términos de sí mismo. Su esposa e hijos son prolongaciones de su autoimagen. Sus intereses reflejan las  necesidades de su ego. Si esquía, por ejemplo, lo hace para demostrar su habilidad y para impresionar a los demás con sus aptitudes. La magnificencia de la montaña con su capa de nieve, su soledad, sus árboles helados no lo conmueven.

Hace el amor con una mujer con escaso sentimiento. La satisfacción del ego por la conquista o por satisfacer a la mujer es más importante, para él, que la experiencia del amor. Puede ser socialmente consciente, pero su participación en las causas se origina en las identificaciones del ego. Puede ser una persona de “éxito’’ o considerarse un fracasado, ya que su ego es el árbitro de todas sus acciones.

El egotista se considera una persona creativa, ya que está constantemente expresándose. Lo que realmente está expresando es su imagen de sí mismo, una imagen desprovista de belleza, gracia o verdad. Estas cualidades pertenecen al individuo que está en contacto con las fuerzas más profundas de la vida, las fuerzas que crean y sostienen la vida, no simplemente la vida humana y  ciertamente no sólo la vida de un solo ser humano. La verdad, la belleza y la gracia definen la relación de un organismo con su ambiente. Expresan el hecho de que la  relación es armoniosa, producen placer y están orientadas hacia la alegría de vivir. 

Todos los animales, desde el gusano de la tierra hasta el delfín que juguetea en el mar, tienen estas cualidades. Tienen alma y, en consecuencia, son autoexpresivos y creativos. Sin alma no puede haber verdadera creatividad ni verdadero arte. Pero allí donde un animal vive su arte, el hombre proyecta el suyo. En ambos casos, el verdadero arte es la expresión de las sensaciones profundas de un organismo, una manifestación de su alma.

El siglo Veinte fue testigo del nacimiento del hombre egotista y de la muerte del verdadero arte. Esta es una gran frase y una amplia generalización, pero hay numerosas pruebas que la sostienen. Dado que el arte del siglo Veinte es expresionista, toda expresión puede considerarse arte. Ya no importa qué se exprese. La belleza, gracia y verdad son irrelevantes. La situación sería risible si no fuera porque el artista como egotista está apoyado por críticos y vendedores de obras de arte que también son egotistas. Los críticos deciden qué es significativo sobre la base de sus propias ideas, y los vendedores, qué es vendible sobre la  base de la popularidad y la moda. El mercado artístico se ha convertido en un mercado de moda en el cual nadie sabe quién fija las tendencias pero en el cual una tendencia que se vuelve popular determina el éxito.

No sólo en su arte sino también en su arquitectura, en su economía, en su trato con la naturaleza el hombre egotista tiene la arrogancia de creer que todo lo que hace es expresivo y significativo. Sabe que sus ciudades son desagradables, que sus campos están devastados, que sus ríos están sucios y su aire, contaminado, pero cree ingenuamente que si le dan suficiente poder y dinero puede crear un paraíso. ¿No advierte’ que su ansia de poder sobre la naturaleza ha destruido la base de una relación creativa entre él y la naturaleza? ¿Qué su tecnología lo ha alienado del proceso de la vida? ¿Y que su ciencia le ha arrebatado la  espiritualidad?

No, no lo advierte totalmente. Ve la mente como la esencia de su personalidad, mientras que considera que el cuerpo es meramente la escena donde brilla y reluce la joya de su mente. El corolario de esta actitud es que el cuerpo es  simplemente un mecanismo que refleja la operación de la mente. Por supuesto, es posible ampliar el concepto de mente para incluir al cuerpo, para convertir al sí-mismo psíquico en sinónimo del sí-mismo somático. Pero tales ampliaciones son con frecuencia meras racionalizaciones para cubrir la predisposición del hombre en favor de la mente y su prejuicio contra el cuerpo.

El alma del hombre está dentro de su cuerpo. A través del cuerpo la persona forma parte de la vida y de la naturaleza. En el crecimiento y organización de su cuerpo  atraviesa todas las etapas de la evolución. La ontogénesis, decimos, resume la filogénesis. Su cuerpo incorpora, entonces, la historia de la vida sobre la Tierra. Incluye muchos de los elementos comunes de la naturaleza, aunque combinados en formas únicas. Está sujeto a las leyes de la naturaleza, de la cual verdaderamente forma parte.

¿Entonces por qué el prejuicio contra el cuerpo? ¿Por qué se lo menosprecia en favor de la mente? Se sugieren muchas respuestas, aunque ninguna parece  definitiva. El cuerpo del hombre no es muy diferente del de los demás mamíferos, mientras que su mente es única. Habiendo descubierto este hecho sólo tardíamente durante la historia de su evolución, el hombre trata despóticamente a los demás animales, desdeñándolos y despreciándolos por su estupidez e ignorancia. Se ha vuelto contra su cuerpo porque representa su naturaleza animal. También se ha vuelto contra él porque forma parte de la naturaleza, mientras que su mente es exclusivamente suya. Un hombre puede creer que posee su mente, pero nunca poseerá plenamente su cuerpo. En él existen procesos que la mente  nunca podrá comprender o controlar: el latido del corazón, el arranque de los sentimientos, el anhelo de amor. Y debido a que la mente no puede controlar totalmente el cuerpo, le teme a éste, al igual que a las fuerzas desconocidas de la  naturaleza.

El cuerpo es físico; crece y decae. La mente parece etérea, pura e incorruptible. El cuerpo es pesado y está sujeto a la ley de gravedad. La mente es liviana y sus  pensamientos trascienden el tiempo y el espacio. El cuerpo es vulnerable; puede ser herido y quebrado. En cambio, la mente parece inexpugnable. Los niños tienen un refrán que ilustra esta idea. Cuando sus compañeros de juegos se burlan de ellos, responden: “Los palos y piedras pueden quebrar mis huesos, pero las palabras nunca podrán herirme”. Comparado con los animales que fueron sus  predadores en la antigüedad, el cuerpo del hombre era débil y relativamente impotente. Su conciencia, sin embargo, era poderosa. Podía superarlos y finalmente los venció.

Pero el cuerpo tiene sensibilidad y sólo él puede experimentar placer, alegría y éxtasis. Sólo él tiene belleza y gracia, ya que separadas del cuerpo estas palabras  carecen de sentido. Intentar definir la belleza sin hacer referencia al cuerpo es imposible. Si se dice que la belleza es algo placentero para los ojos, se han incorporado dos referentes del cuerpo a su definición: placer y ojos. Son nuestros cuerpos los que aprecian la frescura de un arroyo, el sabor dulce del agua pura, la visión del cielo azul, el canto de un pájaro, el aroma de una flor, etcétera. 

Si estamos en contacto con nuestros cuerpos, nos alegra formar parte de la naturaleza y poder compartir su esplendor. Si nos sentimos identificados con nuestros cuerpos, tenemos alma, ya que a través de nuestros cuerpos nos identificamos con toda la creación.

Como psiquiatra, veo diariamente el sufrimiento del ser humano egotista. Ya sea que considere tener éxito o haber fracasado, su queja básica consiste en que se siente insatisfecho, incompleto e incapaz de experimentar placer y alegría. Al estar desconectado de su cuerpo, no siente su dolor, no es consciente de las tensiones musculares crónicas que bloquean su autoexpresión. Sus problemas tienen origen en la disociación del pensamiento y el sentimiento, en la desconfianza en los sentimientos como guía de la conducta y en el temor a las respuestas involuntarias del cuerpo. Como su fe descansa en un ego disociado, confía en el pensamiento “racional” y en la voluntad para las respuestas que deberían ser emocionales y estar motivadas por sentimientos placenteros. No sorprende que tarde o temprano se sienta deprimido y considere a la vida vacía y sin sentido.

Llamo egotista a este paciente porque quiere saber cómo desempeñarse mejor, cómo alcanzar la imagen de su ego. Este énfasis en el “cómo” en lugar del “por qué”, que es típico de nuestro enfoque actual de la vida es característico de la actitud egotista. Supone que el hombre puede hacer todo si tiene la información correcta. Muestra la arrogancia de la mente, ya que ignora que el pensamiento está condicionado por la sensibilidad y que la creatividad es la función de búsqueda del placer, del cuerpo. Al igual que todos los psiquiatras, tengo que reducir el ego dilatado del paciente, pero mis pacientes no me consideran un “reducidor de cabezas”. Esto se debe a que yo trabajo con el cuerpo al igual que con la mente. El objeto de la terapia bioenergética es restablecer la unidad de la
personalidad, restituir la identificación del ego con el cuerpo y liberar al cuerpo de las tensiones musculares crónicas que bloquean su motilidad y restringen su respiración.

En la personalidad integrada, las distinciones que establecí entre pensamiento y sentimiento, entre los movimientos voluntarios e involuntarios del cuerpo y entre  el ego y el cuerpo no existen, salvo como construcciones artificiales, subterfugios del lenguaje. Los diferentes niveles de funcionamiento no son discernibles para el ojo. No se expresa ningún pensamiento sin alguna nota de sentimiento en la voz. No se escribe ninguna palabra sin una carga emocional. No se produce ningún movimiento que no se perciba como placer o dolor. El ego no funciona como  entidad separada. Forma parte de una estructra unitaria que llamamos individuo. Es un aspecto o visión (la visión desde arriba) de la personalidad única de una persona. El individuo existe, simplemente eso. Como todos los otros organismos animales, intenta hacer su existencia lo más agradable posible. Sin embargo, puede enfocar este objetivo desde dos direcciones. Si lo enfoca desde el cuerpo,
advertirá que el placer es un estado de armonía con el medio natural y humano. 

Sentirá que la alegría es la fusión de lo interior con lo exterior y que en el éxtasis, las fronteras del sí-mismo se disuelven completamente. Sabrá que el ego, al definir su personalidad, potencia su entrega. Este es el enfoque de una persona con alma. Si, por el contrario, enfoca el objeto desde el punto devista del ego, luchará por el poder y el éxito. Sus logros le darán una sensación momentánea de satisfacción del ego, pero su placer será mínimo y se limitará a la gratificación sensual.

Excesivamente consciente de su ego, nunca conocerá la alegría de la entrega. Confundirá la imagen de la individualidad conla verdadera individualidad. Este es el
enfoque del egotista, la persona sin alma.



CAPITULO 6
Verdad, belleza y gracia
VERDAD Y ENGAÑO

sábado, 27 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 23

 Capítulo 5 (continuación)

EL ROL DEL EGO EN EL DOLOR   

El ego actúa con imágenes y sus satisfacciones se derivan de la concreción de sus imágenes. Su realización promete felicidad. Un hombre muy trabajador puede soñar con una vida de ocio, una madre puede soñar con el futuro de sus hijos, un escritor puede soñar con la gran novela que escribirá, etcétera. Las imágenes forman parte de la vida de todo individuo. Las crea el flujo de sentimientos hacia arriba y hacia afuera, hacia el ego y hacia el mundo. Agrandan nuestra vista y expanden nuestro espíritu. Excitan el cuerpo y crean sensaciones de placer, de  placer anticipado porque el verdadero placer espera la concreción de la imagen y la descarga de excitación que entonces se produce.

Todos los proyectos que iniciamos implican una imagen. El hombre de negocios que comienza una nueva actividad se ve a sí mismo viviéndola. El ama de casa que planifica una nueva decoración se imagina conviviendo con ella. Estas imágenes son excitantes porque la persona prevé que la vida será más agradable después de su concreción. Pero esto puede no ocurrir.

Si el ego está disociado del cuerpo no se produce el flujo de excitación hacia abajo. No hay descarga de excitación placentera. La liberación de excitación a través del  movimiento coordinado y armonioso del cuerpo queda bloqueada por las tensiones musculares crónicas que representan impulsos negativos y hostiles reprimidos.

Ansiedades sexuales reprimidas le impiden encontrar su salida natural en el amor. Se ve perturbado por inseguridades latentes, derivadas de la temprana relación  con su madre, que más tarde afectan la relación con la tierra y el suelo, prolongaciones simbólicas de la madre. La persona que no está bien cimentada, literal y figuradamente, teme “soltarse” o “liberarse”. Está, como decimos hoy, “colgada”. El resultado es la incapacidad de experimentar placer y el aumento de los estados de Tensión y dolor.

La excitación, imposibilitada de fluir hacia abajo, sobrecarga el ego y crea nuevas imágenes que deben concretarse antes de poder experimentar placer. Se inician  nuevos proyectos, se realizan mayores esfuerzos, pero su efecto es sólo el aumento de la tensión y del dolor. Es fácil ver cómo se desarrolla una espiral autodestructiva. Debemos trepar más y más arriba en la escala social, cada uno de cuyos pasos produce una satisfacción momentánea del ego que pronto se desvanece en el descontento.

Debemos ganar más dinero, comprar una casa más grande, alcanzar una posición política más alta, escribir más libros, etcétera. Cada movimiento hacia arriba que no va seguido de su correspondiente flujo hacia abajo y de descarga de excitación sirve sólo para aumentar el dolor, que luego aumenta la disociación entre el ego y el cuerpo.

El ego disociado confunde la imagen con la realidad. Ve la imagen como fin y no como medio hacia un fin. Sus metas se vuelven compulsivas y se pierde el placer de vivir. Es tristemente cierto, como lo señalan los psicólogos, que somos personas orientadas hacia metas. Confundimos la meta con el placer y no vemos que la meta es una promesa de placer, no una garantía de él. Tendemos a considerar el  logro de la meta como la recompensa en sí misma. En consecuencia, inevitablementese reemplaza una meta por otra, mientras que el placer se posterga indefinidamente. El progreso per se se transforma en el objetivo final y nuestras  vidas quedan atadas a una tabla o gráfico estadístico.


EGOTISMO


jueves, 18 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 22

 Capítulo 5 (continuación)

EL ROL DEL EGO EN EL PLACER 

El ego juega un importante rol en el placer cuando se identifica con el cuerpo. Un ego fuerte permite disfrutar más de la vida. Un ego débil disminuye la capacidad de sentir placer. Podemos comprender estas frases si imaginamos el cuerpo como un arco y el ego como la fuerza consciente que tira de la cuerda y curva el arco. En esta imagen la trayectoria de la flecha es la experiencia del placer, ya que  representa la liberación de la tensión del arco. Un ego fuerte creará una mayor tensión en el arco o soportará una mayor tensión en el cuerpo. En consecuencia, producirá un vuelo más completo de la flecha cuando se libere. Cuando el arco no está completamente extendido porque el ego es débil, la flecha cae impotentemente a tierra. Si por un momento ignoramos si la flecha da en el blanco o no, deberíamos advertir que el placer está representado por el vuelo libre de la flecha. Y en realidad, es un placer disparar una flecha al aire y sentir su vuelo como una expresión del propio esfuerzo. 

Disparé una flecha al aire. Cayó a tierra no sé en qué lugar.

La mayoría de las personas son demasiado conscientes de su ego como para contentarse con el simple placer. Si disparan flechas, exigen que haya blancos que desafíen sus habilidades. El tiro al blanco agrega' otro elemento a esta imagen. Si damos en el blanco, le damos una satisfacción adicional al ego, debido a que el éxito aumenta el placer de la actividad. Si fallamos, el fracaso produce una  decepción para el ego que adormece el simple placer de disparar flechas. La satisfacción adicional que brinda el éxito sirve también de incentivo para un mayor esfuerzo. El ego se dilata por el éxito y puede, en intentos posteriores, ejercer una fuerza mayor. Disminuye con el fracaso, que debilita la voluntad. Cuando el ego se identifica con el cuerpo, el éxito aumenta la capacidad del cuerpo de tolerar la tensión y en consecuencia de experimentar placer. Cuando esta identificación no existe, sin embargo, a la persona se le sube el éxito a la cabeza, dilatando su ego y tentándola a extralimitarse más allá de su capacidad.

Puede también compararse el ego con un general. Es la cabeza de la personalidad, pero a diferencia del general, que es la cabeza de un ejército, está al frente de todos los contactos con el mundo exterior. Lo he ubicado en el cerebro anterior, próximo a los ojos y a otros órganos de los sentidos. Esta área es la parte del cuerpo que recibe el mayor estímulo del medio, que facilita la función de  percepción del ego. Y a través del control del movimiento voluntario, el ego establece el tono de nuestra relación con el medio. Normalmente, una expansión del ego como reacción ante una respuesta positiva del medio (reconocimiento de la autoexpresión) irradia excitación a todo el cuerpo. Cuando el ego desfallece porque sus cimientos en el cuerpo son débiles y no está sostenido desde fuera por el reconocimiento, surge la depresión.

En el extremo opuesto del cuerpo está el aparato genital, el centro de las funciones sexuales. El sexo es el epítome del placer y la creatividad. Esto no significa que  todo el placer sea sexual ni que todas las actividades sexuales sean placenteras. La sexualidad es el principal canal de descarga de tensiones del cuerpo y la expresión creativa más importante del individuo. Entre estos dos polos del organismo hay una pulsación de energía. Esta polaridad está basada en el hecho obvio dé que el extremo superior o anterior del cuerpo participa en la ingestión o carga mientras que el extremo inferior o posterior participa en los procesos de eliminación y descarga. 

El flujo de energía o sensibilidad entre los dos polos del cuerpo es pendular. Su ritmo está determinado por los procesos energéticos del  cuerpo. Cuando se establece un contacto placentero con el medio fluyen energía y sensibilidad hacia la mitad superior del cuerpo. El ego se estimula y el cuerpo se excita. Una vez que la excitación alcanza cierta intensidad, se invierte la dirección del flujo. La energía y la sensibilidad fluyen hacia abajo, hacia los canales de descarga, ya sea  sexualmente o a través de otros movimientos. 

Como animales terrestres, nos movemos en relación con la tierra. En consecuencia, cuando un niño está excitado salta de alegría. En la misma  situación, los animales saltan y brincan y los humanos adultos bailan. En última instancia, toda la energía se descarga a tierra. En todos los fenómenos pendulares, el movimiento en una dirección es igual al movimiento en la dirección contraria. El flujo de sensibilidad hacia los órganos sexuales no es mayor, en consecuencia, que el flujo de sensibilidad hacia arriba, hacia la cabeza y viceversa. Esto significa que  la fuerza del ego determina la intensidad del impulso sexual y que la cantidad de placer sexual y de satisfacción influye sobre la fuerza del ego.

Esta relación entre el ego y la función sexual puede extenderse a todas las formas de placer. Cuando más fuerte sea el ego, mayor es el placer. A su vez, el placer alimenta al ego. Cuanto más placer se experimenta, más fuerte se torna el ego. Un ego más fuerte puede sostener una mayor excitación, que más tarde se transforma en placer y satisfacción cuando se produce la liberación.

El movimiento pendular de la energía entre los dos polos del cuerpo, es decir entre las mitades superior e inferior del cuerpo, es continuo durante las horas de vigilia.  En cada paso que damos somos conscientes de una dirección y de un sentimiento de contacto con la tierra. Si carecemos de esto último, caminamos mecánicamente o flotamos como espíritus. Cuando esta pulsación de energía o sensibilidad fluye libremente, cada paso y cada movimiento son un placer. En actividades más intensas aumentan el grado y el ritmo de la pulsación. Un mayor grado de excitación generalmente se corresponde con un ritmo más rápido, como cuando corremos o bailamos.

Ambas actividades, comparadas con caminar, implican una mayor conciencia del objetivo de la actividad y un mayor sentido de que el cuerpo está en movimiento. Por un lado, el ego participa más y por otro, hay más liberación de placer.             La presencia de esta pulsación garantiza que, hagamos lo que hagamos, la mente y el cuerpo funcionan juntos, armónicamente, para estimular el ritmo y la efectividad de la acción y asegurar el placer y la satisfacción por su consumación.

Se experimenta placer cuando hay una dedicación total de la mente y el cuerpo a la actividad. Es el resultado de una entrega total al impulso y al sentimiento, unida a la conciencia de que el objetivo y el ritmo de la acción son correctos. Si además de esto se cumple la meta, la persona experimenta un sentimiento de satisfacción profundamente arraigado. Se combinan tres factores para producir este  sentimiento especial de plena satisfacción: un arranque interno de excitación, la coordinación consciente y el ritmo del movimiento, y el resultado externo deseado. 

Cuando cuerpo, mente y movimiento se funden en un momento de verdad personal, surge un sentimiento de plenitud. En el momento de la fusión, la excitación transciende las fronteras del sí-mismo y transporta al individuo hacia las  alturas del gozo. Aquellos que han experimentado estos momentos saben que tienen casi un carácter mítico. Unos minutos antes del acontecimiento decisivo, la persona siente intuitivamente que se producirá. Antes de que la pelota se encuentre con el bate, el bateador puede sentir que se acerca la carrera.

Antes de que realmente se produzca el clímax el enamorado puede saber internamente que el orgasmo será extático. Antes de escribir las palabras sobre el papel, el escritor puede ser consciente de que aquéllas formarán una bella frase. Tal vez el ejemplo más común sea el del juego de bolos, en el que la persona puede sentir que pronto se producirá el golpe, apenas la pelota deja su mano. Cuando suceden estas cosas, es como si fuerzas extrañas hubieran guiado nuestras acciones.

El jugador de pelota puede llamarle ritmo, el enamorado puede hablar de sus sentimientos y el escritor puede atribuir su logro a la imaginación. Estas palabras  meramente indican que * se logró una perfecta armonía entre el sí-mismo y el mundo, lo cual hizo que la acción pareciera no requerir esfuerzo y el resultado fuera inevitable. En sus actividades más limitadas, el animal salvaje conoce este gozo de la perfecta armonía. Generalmente sus movimientos son certeros, su ritmo es increíblemente preciso y su dedicación a la vida es siempre total. El animal salvaje vive, por supuesto, en una armonía mucho mayor con su medio que los seres humanos con el nuestro.

El sentimiento de completa armonía con el medio que puede conducir a la acción perfecta es el principio subyacente de la maestría del zen. El maestro del zen ha  alcanzado un grado de integración en el cual él es uno con sus acciones y con su mundo. Es plenamente él mismo y sin embargo, al mismo tiempo, completamente ajeno a sí mismo. Esta contradicción puede explicarse por una total identificación del ego con el cuerpo. Se elimina la distinción entre voluntad y deseo. Sólo cuando el ego desea lo que el cuerpo quiere, éste responde infaliblemente y sin vacilar a la voluntad del ego.

Sería ingenuo creer que esta armonía perfecta puede alcanzarse en todos los aspectos de la vida y en todo momento. Son afortunadas las personas que la han  alcanzado en una sola esfera de actividad. Dentro de esa esfera hay acciones que tienen la marca del maestro. Otras la han conocido en algunos momentos y ha sido lo que Abraham Maslow denomina “experiencia cumbre”. Es la base del sentimiento de gozo. Y es el principio que subyace al enfoque creativo de la vida.

EL ROL DEL EGO EN EL DOLOR

 

lunes, 15 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 21

 CAPITULO 5

El ego: autoexpresión versus egotismo

AUTOEXPRESIÓN

El proceso de la evolución en los animales ha conducido, a través de una creciente complejidad y una mayor organización de la estructura, a un elevado sentido de la  individualidad. El efecto concomitante de este desarrollo es la necesidad de expresar esta individualidad. En el capítulo anterior vimos que cuando esta necesidad se ve frustrada por condiciones de la vida social, tales como el  hacinamiento o la formación de una sociedad de masas, se desarrollan tendencias autodestructivas. En estas condiciones la necesidad de autoexpresión en el hombre adquiere formas neuróticas. Se transforma en una lucha por el éxito y en un deseo de poder.

Los biólogos están comenzando a reconocer que la necesidad de autoexpresión es algo sólo levemente menos importante que la necesidad de supervivencia. Si nos  preguntamos: “¿Supervivencia para qué?”, la única respuesta con sentido es el placer y la alegría de vivir, que no pueden ser disociados de la autoexpresión.La autoexpresión es la manifestación de la existencia individual.El comportamiento de los animales, no puede ser evaluado exclusivamente en cuanto a su capacidad para la supervivencia. La supervivencia y la autoexpresión son funciones que están estrechamente relacionadas.  

 Siguiendo las observaciones de Konrad Lorenz, los biólogos han llegado a considerar que el canto de los pájaros cumple la función de proclamar un territorio y no sólo la de expresar un sentimiento interno. A aquellos que nos hemos deleitado con el canto de los pájaros, nos agrada saber que cumple ambas funciones.

Lo que se expresa en el exterior refleja lo que sucede en el interior del organismo. La autoexpresión como aspecto manifiesto de la individualidad corresponde al  autoconocimiento y a la autopercepción como aspectos internos o psíquicos de la existencia individua. “un aspecto saludable (entre los animales) es siempre una reflexión del mundo interior”.Pero este mundo interior no es exclusivamente un fenómeno mental.

 A nivel consciente, la autoexpresión es una función del ego y del cuerpo. Por lo tanto se diferencia de las formas de autoexpresión inconscientes, porque éstas son manifestaciones sólo del sí-mismo corporal. El color del cabello o de los ojos es una forma de autoexpresión corporal, en la que no participa el ego. Todas las acciones creativas, sin embargo, son necesariamente conscientes, y en consecuencia el ego juega un rol importante en la formulación y ejecución del impulso creativo. Sin embargo, este impulso no nace en el ego. Tiene su origen en el cuerpo; su motivación es la lucha por el placer y se inspira en el inconsciente.

La autoexpresión, la creatividad y el placer están estrechamente relacionados. Toda forma de autoexpresión tiene un elemento creativo y conduce al placer y a la satisfacción. Todos los proyectos que emprendemos y realizamos brindan estas satisfacciones duales, una a nivel físico a través del placer de la actividad y la otra a nivel del ego a través de una conciencia del logro. Esta doble recompensa corresponde a la dualidad de la naturaleza del hombre. Por una parte, somos actores conscientes del teatro de la vida y en consecuencia conocemos nuestro rol de individuos. Sin  embargo, con demasiada frecuencia, esta autoconciencia nos impide ver que, por otra parte, al igual que los animales, formamos parte del esquema de la naturaleza, ya que vivimos en nuestros cuerpos y dependemos para nuestro placer corporal de una relación armoniosa con la naturaleza.

Cuando estamos cegados de esta manera, nos volvemos conscientes de nuestro ego, es decir egotistas. El egotista confunde el ego con el sí-mismo y cree que todo lo que fomenta su ego aumenta el interés del sí-mismo. Esto es cierto sólo dentro de estrechos límites, que definiré más adelante. Poniendo el ego en primer lugar, se invierte la relación normal entre el ego y el sí-mismo corporal, lo cual puede conducir al comportamiento destructivo. El sí-mismo corporal es el fundamento sobre el cual se apoya el ego.

Fortaleciendo esta base, se mejora toda la estructura de la personalidad. Arreglar el techo hace poco por el cimiento. Cuando se sacrifica el placer por un impulso del ego, tal como el éxito, el resultado puede ser desastroso.

Piense, por ejemplo, en la persona que vive más allá de lo que sus medios le permiten para impresionar a sus vecinos. Poseer una gran casa o un costoso automóvil dilatará su ego, pero también le provocará considerable dolor y angustia cuando tenga que pagar su mantenimiento.

Podrá ignorar el dolor sólo disociándose de la realidad. Si suprime el dolor, también elimina toda posibilidad de sentir placer. El sacrificio del placer torna cuestionable el valor de la satisfacción que el ego obtiene de sus posesiones. 

Aun cuando una persona pueda obtener con sus esfuerzos el dinero necesario para comprar y mantener una residencia lujosa, las satisfacciones del ego que aquélla le brindará apenas justifican la inversión de tiempo y dinero.Una cosa es trabajar para algo que brindará verdadero placer; otra distinta es cuando el objeto sirve simplemente para ampliar la imagen de la persona. Dado que los humanos somos seres autoconscientes con ego, no somos ajenos a la imagen que ofrecemos; La imagen es importante porque representa a la persona, pero no es la persona. El individuo que se identifica con su imagen y no con su    Sí mismo corporal es egotista.

Ninguna imagen es suficientemente grande como para brindar las satisfacciones corporales que le dan sentido a la vida. El ego que no se alimenta por sus raíces con placer corporal desarrolla un hambre insaciable. El individuo dominado por un ego insaciable está bajo constante presión para expandir su imagen. El impulso de su ego asume un carácter implacable que avasalla todas las consideraciones  personales para alcanzar sus objetivos. La persona que comienza a andar en esta dirección no puede detenerse. Si gana un millón de dólares, debe luchar en forma igualmente ardua para ganar un segundo millón, después un tercero, etcétera. El dinero adicional difícilmente pueda aumentar su seguridad o contribuir materialmente a su placer, aunque el impulso de continuar ganando dinero parece hacerse más fuerte con cada incremento de la riqueza. Su ego es como un globo de gas que debe elevarse más y más, agrandándose mientras lo hace hasta explotar.

El dinero es una fuerte atracción para el ego porque representa poder. Cada aumento de riqueza o poder da un grado de satisfacción al ego. Le permite al ego pensar que es el dueño del mundo. Puede parecer que hay sólo una corta distancia entre la adquisición de conocimientos y destrezas y la conquista de la naturaleza, pero es la diferencia que separa al hombre integrado del hombre  egotista y alienado, obsesionado por el poder. La necesidad de poder es un reflejo de la inseguridad del hombre y una señal de la inadaptación de su ego. Si bien el poder y la riqueza pueden añadir algo al placer de la vida, lo hacen sólo cuando no son las metas de la vida.

El dinero no es la única área en la que actúan los impulsos del ego. El campo de los deportes con público está altamente cargado de intereses del ego y podemos  hacemos una mejor idea de la naturaleza de estos intereses mediante un análisis de este fenómeno. Un espectador de un evento deportivo que es simpatizante de uno de los equipos obtiene considerable satisfacción con la victoria de su equipo. Si es un hincha, ni siquiera es necesario que vea el evento personalmente o por televisión. La sola idea de que el equipo gane o pierda le acarrea una fuerte carga  emocional. Para un hincha, el placer de ver el espectáculo es generalmente un valor secundario. Si su equipo pierde, puede hundirse en una depresión que elimina completamente su placer.

Dado que en el hincha participa sólo el ego, su compromiso es limitado y su papel se reduce al de espectador, pero reacciona emocionalmente como si estuviera completamente involucrado. Está, de hecho, expresándose a través de las identificaciones de su ego.

Muchas personas se identifican con sus escuelas y sienten que los logros o fracasos de sus graduados se reflejan en ellas. Si bien en algunos casos esta identificación puede ser excesiva, como en el vínculo con la antigua escuela, tiene una base legítima por el hecho de que, como miembro del cuerpo estudiantil, esa persona participaba activamente en los programas y asuntos de la escuela. El patriotismo en el Estado moderno es otra identificación del ego que tiene una base real, porque deriva del hecho de ser miembro de una comunidad.

A través de las identificaciones del ego, un individuo siente que forma parte de la sociedad, que participa en sus luchas y comparte sus logros y fracasos. Sin esas
identificaciones del ego, una persona se sentiría apartada de las corrientes y movimientos de una situación social y aislada de los intereses de la comunidad. Se vería forzada a buscar placer y sentido dentro de las fronteras de su propia  personalidad, algo que nadie puede hacer completamente, ya que el placer depende de una relación armoniosa con el medio. Con estas identificaciones, el ego extiende las fronteras del sí-mismo, aumentando así las posibilidades de
experimentar placer y satisfacción.

Los problemas surgen cuando una persona se extiende demasiado, es decir cuando las identificaciones de su ego compensan una falta de autoidentificación. En una persona sana, el ego está cimentado en las sensaciones del cuerpo y
se identifica con el sí-mismo corporal. La autoexpresión existe entonces en la forma de vida creativa y sólo secundariamente a través de identificaciones del ego.
Cuando la identificación con el cuerpo es débil y tenue, la identidad de una persona es vaga y su autoexpresión en la vida creativa se reduce. Ese individuo, que está alienado de su sí-mismo corporal, debe buscar una identidad y medios de autoexpresión a través de las identificaciones del ego.

Esto se convierte en su principal modo de autoexpresión y, en este caso, es un mal sustituto del objeto real. Una inversión demasiado grande en identificaciones del
ego desvía energía del sí-mismo, que se agota más cuanto más se dilata el ego. Las satisfacciones del ego que se obtienen de estas inversiones no contribuyen al goce de la vida. Al igual que las ilusiones, otra función del ego disociado, pueden sostener el espíritu, pero no hacen nada por el cuerpo. He oído a muchas personas de éxito quejarse de que no han experimentado “auténtica satisfacción” con su aparente éxito.

Hay otro aspecto del rol del ego en la autoexpresión: la necesidad de reconocimiento. Todo acto consciente de autoexpresión parece incompleto mientras no provoque una respuesta de otros miembros de la comunidad. Si la
respuesta es favorable, la persona obtiene un grado adicional de satisfacción por el logro. Si es negativa, se reduce la satisfacción. Una acción creativa que pasa
inadvertida, generalmente le deja a la persona un sentimiento de frustración. Un escritor se decepciona si nadie lee su libro, un artista se siente desalentado si nadie reacciona ante sus pinturas, una cocinera es desdichada si su trabajo pasa inadvertido. Aparentemente, todos necesitamos algún reconocimiento de nuestra
individualidad. Sin este reconocimiento, es difícil mantener la propia identidad o sostener el sentido del sí-mismo.

Al tener un ego, somos conscientes de que somos individuos, pero también de que estamos aislados y solos. Así como queremos ser individuos, queremos también que se nos acepte como integrantes del grupo. El primer deseo se satisface a través de un acto de autoexpresión; el segundo, a través del reconocimiento dado al acto. Dado que ambos deseos fluyen a través del ego, su satisfacción conduce a satisfacciones para el ego. Podemos también distinguir un factor cuantitativo en este proceso. Un ego más fuerte está asociado a un mayor grado de individualidad, a una mayor necesidad de autoexpresión y a una necesidad más intensa de reconocimiento. Un ego más débil tiene un menor impulso hacia la autoexpresión y se contenta con menos reconocimiento.

El deseo de reconocimiento subyace al fenómeno del status. El grado de reconocimiento determina el propio status y el impulso hacia el status deriva de la necesidad de reconocimiento del ego. El status es un fenómeno que los seres humanos compartimos con muchos animales. La ley del más fuerte entre las aves del corral, el orden de alimentación en una jauría de caza, la prioridad en la  selección de parejas, generalmente están determinados por el status. Para las especies, el status sirve para asegurar la supervivencia del más apto. En cuanto al individuo, aumenta su sentido de la identidad y sostiene su ego. En la medida en que el ego se identifique con el cuerpo, como en el animal, el status refleja las dotes físicas del individuo.

Entre los seres humanos, sin embargo, muchos factores no relacionados con el cuerpo determinan la posición o status del individuo en la comunidad. La posición hereditaria, riqueza, forma de hablar, relaciones familiares, juegan importantes roles en la determinación del status. Cuando no es una verdadera indicación de las cualidades personales del individuo, actúa como fuerza disociadora, separando el
ego del cuerpo. El status moldea la imagen del ego. Cuanto más elevado sea el status, más grande será la imagen, ya que nos vemos a nosotros mismos sólo a través de los ojos de los demás.

Pero nos sentimos nosotros mismos desde dentro si estamos en contacto con nuestros cuerpos. No surge ninguna dificultad cuando la imagen corresponde a la realidad del cuerpo, es decir cuando la manera en que nos vemos a nosotros mismos se corresponde con lo que sentimos. La falta de correspondencia trastorna nuestro sentido de la identidad. Nos sentimos confundidos con respecto a quienes somos. La conciencia se siente tentada a identificarse con la imagen y a rechazar la realidad del cuerpo. Esta disociación del ego y el cuerpo conduce a una vida irreal. La persona se obsesiona con su imagen, se preocupa por su posición y se dedica a la lucha por el poder a fin de elevar su status. El placer y la creatividad se desvanecen en el fondo de su vida.

 EL ROL DEL EGO EN EL PLACER

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 20

 

LA ILUSIÓN DEL PODER  (Cápítulo 4, conclusión)

La atracción del poder parece enorme especialmente para aquellos que se sienten privados de él. Las personas parecen dispuestas a luchar y morir por el poder; no pueden o no se comprometen de esta manera con el placer. ¿Cuál es la mística del poder?

Observemos el significado de poder. Hablando en general, el poder es la capacidad de manipular, controlar el medio. En este sentido, los animales ejercen algún poder, todos manipulan el medio para satisfacer sus necesidades. El castor construye un dique, la marmota excava un pozo y el pájaro construye su nido. El hombre es el manipulador más grande, pero mientras su poder se mantuvo como un poder personal no era diferente de los demás animales. Cuando el hombre cazaba con lanzas, o arcos y flechas, no se alteraba el equilibrio de la naturaleza. La situación cambió cuando el poder se convirtió en una fuerza impersonal que el hombre podía atar a su voluntad.

El crecimiento del poder es la historia de la civilización.

La civilización y el poder comenzaron con la domesticación de los animales y el desarrollo de los agricultores, es decir, con la producción de riqueza. El primer poder real estuvo en manos de un gobernante y radicaba en su control sobre las  reservas de alimentos que estaban bajo su dominio. A través de este control podía ejercer el dominio sobre sus súbditos, que luego le prestarían sus energías para sus propósitos a cambio de la seguridad que él ofrecía. El poder creció gradualmente cuando el hombre aprendió a controlar las fuerzas naturales y a dirigir sus energías hacia sus fines.

Y aumentó más a medida que las tribus se convirtieron en estados y los estados se unieron para formar naciones. Creció más rápido cuando el hombre descubrió el motor a vapor y aprovechó la energía latente del carbón. Luego vinieron, en rápidos pasos, el motor de combustión interna, la electricidad y la energía nuclear.

La cantidad de poder que el hombre tiene a su disposición es escalofriante. A esta altura de su historia, creo que ha liberado un genio que podría fácilmente destruirlo si no comprende su modo de operar. Hay un viejo refrán según el cual el poder corrompe a una persona. Esto generalmente se ha aplicado a gobernantes o personas en posiciones de autoridad, ya que éstas eran las únicas que tenían poder en el pasado, pero el adagio es suficientemente amplio como para abarcar otros aspectos del poder. Cuando pensamos en los aspectos destructivos del poder, imaginamos los horrores de la guerra: napalm granadas y, últimamente, las armas nucleares. A pesar de lo atemorizante que resultan, me preocupan más los efectos insidiosos del poder sobre la personalidad humana.

El poder es la antítesis del placer. Guarda la misma relación con el placer que el ego con el cuerpo. El placer deriva del libre flujo de sentimientos o energía dentro del cuerpo y entre el cuerpo y su medio. El poder se desarrolla a través del bloqueo y control de la energía. Esto describe la distinción básica entre el individuo placer y el individuo poder. El poder se desarrolla a partir del control y actúa a través de él. No tiene otro motivo de actuar. El viento no tiene poder; es sólo una fuerza. Tiene energía. Es cuando controlamos la fuerza del viento haciendo que mueva un  molino que generamos poder. De un modo similar, un río rápido no tiene poder. El poder surge cuando se canaliza y dirige la fuerza del agua en movimiento para mover las ruedas de una turbina.

El placer es la sensación de armonía entre el organismo y su medio. Este no es un concepto estático, ya que el medio constantemente cambia o es cambiado, brindando así oportunidades para nuevos y mayores placeres. El poder, en cambio, controla y disocia. Erige una pared entre el hombre y su medio natural. Lo protege pero también lo aísla. La persona que vive en un piso moderno en una ciudad, con calefacción en invierno y aire acondicionado en verano, y va a trabajar a una oficina similar, es como un animal en un zoológico o un pez en un acuario. Su  supervivencia está asegurada y se le brindan comodidades, pero se le niegan la excitación y el placer del campo abierto, el estímulo de las estaciones cambiantes y la libertad del espacio ilimitado. Es un pobre pez que cambiaría la seguridad del acuario por la libertad y los peligros del mar y del río.

Al ganar poder sobre la naturaleza, el hombre se ha sometido a los mismos controles que le ha impuesto al medio. El peligro insidioso del poder es su efecto disociador sobre las relaciones humanas. La persona que detenta poder se vuelve una figura superior, mientras que la persona sometida al poder queda inversamente reducida a un objeto. El uso del poder niega la igualdad de los hombres y forzosamente lleva al conflicto y a la hostilidad. Esto sucede especialmente en las relaciones personales íntimas en un hogar. En el momento en que la cuestión del poder entra en la relación entre marido y mujer, la pareja tiene problemas. La persona más débil siempre se siente amenazada y se desarrolla una lucha secreta por el poder que corroerá los buenos sentimientos y el afecto que cada uno siente por el otro. 

Pero es en la relación entre padres e hijos donde se hallan los efectos más dañinos del poder. Siempre se utiliza poder para controlar a un niño, supuestamente por su propio bien, pero en realidad por el bien de los padres. El efecto del poder, y todo castigo es un ejercicio de poder, niega la individualidad del niño, reprime su autoexpresión y le niega el derecho a disentir.

Con frecuencia, me consultan padres que se quejan de que sus hijos no tienen criterio y no saben lo que quieren. Un joven traído por sus padres no tenía capacidad de decisión. La historia que se descubrió fue la siguiente. De niño, el joven debía someter todos los deseos que tuviera a la opinión de sus padres y justificarlos con un buen motivo. Si quería algo, debía explicar por qué lo quería. Su deseo de placer no era suficientemente importante. En nombre de la racionalidad, sus padres usaban el poder para controlar sus acciones y el resultado era la represión de su lucha por el placer y, con ella, la del impulso creativo de su  personalidad. He visto esta historia repetida en demasiados hogares.

Los padres ejercen el poder para controlar a sus hijos porque ellos fueron controlados del mismo modo en su juventud. Habiendo sido objetos de poder, ahora están decididos a ejercer poder, incluso sobre sus hijos, que es la manera más sencilla de ejercer el poder. El ejercicio del poder parece restablecer, en sus mentes, la idea de que son personas que tienen el derecho de efectuar demandas y expresarlas. 

La teoría psicoanalítica nos ofrece alguna interpretación de cómo se desarrolla esta asociación. En el pensamiento psicoanalítico, está generalmente aceptado que el bebé llega al mundo con un sentido de omnipotencia. Este sentimiento deriva de su experiencia intrauterina, donde sus necesidades se satisfacían automáticamente. El sentimiento de omnipotencia se fortalece más con el amamantamiento. La joven conciencia del niño ve el mundo en función del seno. Si lo tiene a su disposición, siente que posee el mundo. Más tarde se dará cuenta de que hay otro seno, que acariciará con sus manos mientras se alimenta con el primero. A esta altura  literalmente tiene el mundo en sus manos. Su conciencia en expansión lo hará percibir gradualmente a su madre. El cuerpo de ella, que él al principio percibe como prolongación del suyo, se transforma en un objeto independiente. Pero mientras su madre responda plenamente a sus demandas teniéndolo en sus brazos y amamantándolo, todavía se sentirá omnipotente en cuanto a su capacidad de regir este mundo más grande.

En una sana relación madre-hijo, el placer que el niño experimenta en el pecho es compartido por ella. Ella también disfruta de la experiencia. Y cuando los ojos del  bebé se encuentran con los de su madre, el sentimiento que fluye entre ellos puede definirse como de alegría y de placer. Ningún otro contacto entre madre e hijo puede ser tan íntimo o tan satisfactorio como el amamantamiento. 

Cuando el niño crezca, necesariamente será apartado del pecho materno. El destete puede ser o no una experiencia traumática, pero es tan inevitable como el  trauma del nacimiento. El niño ingresa entonces en un mundo nuevo en el que lentamente reconoce que ya no es omnipotente, que hay otros individuos con necesidades que deben satisfacerse y que se hace necesaria la cooperación  mutua. En la medida en que el amamantamiento haya satisfecho sus necesidades orales, aceptará este nuevo mundo con sus diferentes condiciones y sus expectativas de placeres diferentes.

El niño que no está satisfecho de esta manera es un niño desgraciado. Está emocionalmente desprovisto del placer, que es el derecho de todo niño, y está  psíquicamente desprovisto del sentimiento de importancia y omnipotencia. La privación disminuye si la madre sostiene al bebé y le brinda una atención cariñosa, pero en cualquier caso la pérdida del placer en el pecho es una privación.

Puede afirmarse que hablo demasiado del amamantamiento. Se sostuvo que Freud y Reich le daban excesiva importancia al sexo. Pero el amamantamiento y el sexo son las expresiones primarias de nuestra naturaleza de mamíferos. Rechazarlos es negar nuestra herencia animal y esto constituye una negación del cuerpo. He visto las ventajas del amamantamiento en mi propio hijo y en los hijos de algunas de mis pacientes. No puedo sostener que resuelve todos los problemas. Afirmaré  categóricamente que el niño satisfecho causa menos problemas que el niño desgraciado. 

Cada vez que un niño se sienta desprovisto de placer, luchará por obtenerlo. Esto fácilmente puede originar un conflicto con los padres. El asunto rápidamente se  transforma en un problema de poder. Los padres, sintiendo que se está desafiando su derecho de controlar la situación, no dudan en utilizar su poder superior para forzar su voluntad. Pueden recurrir al castigo o al uso de la amenaza de negarle su amor para lograr la sumisión del niño. Cuando esto sucede, ya se ha esbozado una lucha por el poder entre padres e hijos que continúa intermitentemente durante muchos años, en los cuales los niños son siempre los perdedores porque dependen de sus padres. Finalmente, los padres también serán perdedores. Perderán el profundo afecto y amor que sólo se desarrollan compartiendo el placer y la alegría. Cuando crecen en estos hogares, los niños esperan el día en que tendrán poder para hacer lo que deseen.  

La imagen del éxito es una satisfacción ilusoria de la privación infantil del seno. La persona que busca el poder y lucha por el éxito tiene una fijación a nivel infantil. Su sueño es que cuando alcance el poder, o tenga éxito, pueda echarse y hacer que los demás satisfagan sus deseos. Tendrá el poder de regir su medio para satisfacer sus necesidades. Podrá darse los gustos como no podía hacerlo cuando era joven. Su objetivo es regresivo, y cuando cumpla la meta, ésta resultará una decepción amarga. Habiendo obtenido el reconocimiento y el poder, su fantasía inconsciente es recurrir a su madre para satisfacerse. Pero es demasiado tarde. La leche ha desaparecido de los senos y el impulso de succión se ha congelado en su boca dura.

Dado que el poder es la antítesis del placer, puede aumentar la experiencia de placer. Para hacerlo deberá estar en una relación creativa con el placer. A través del poder podemos hacer más bello nuestro alrededor, podemos realizar más fácilmente muchas de las tareas de la vida y podemos ampliar nuestros contactos con el universo. El poder amplía y ensancha el ego del hombre. Esto puede ser un desarrollo positivo si el ego sigue identificándose con el cuerpo y orientándose hacia la expresión y satisfacción de sus instintos animales. En consecuencia, no estoy abogando por un retorno a la naturaleza. Probablemente no podríamos renunciar, y de hecho no renunciaríamos, al poder. Puede ser constructivo así como destructivo. Las personas que ejercen el poder constructivamente, sin  embargo, son aquellas que han sido satisfechas en su infancia y saben cómo disfrutar de la vida.

El poder conlleva la enorme responsabilidad de no abusar de él en beneficio del ego. En nuestra ambición, podríamos fácilmente destruir la belleza de la Tierra. No  estamos muy lejos dehacerlo ahora. Cuando el poder cae en manos de una persona insatisfecha, la situación es peligrosa. Ya sea que él poder implique dinero, un automóvil de gran potencia o un rifle, el riesgo para el bienestar humano es grande. La persona insatisfecha adora el poder; sus nuevos ídolos son personificaciones del poder: James Bond, Superman, etcétera. ¿Qué son éstas sino las fantasías que fluyen por la mente de una persona insatisfecha?

Las raíces del placer deben, en proporción con el crecimiento del poder, hundirse más profunda y firmemente en la tierra. En esta dirección va nuestra esperanza