Capítulo 3 (continuación)
Es más lógico definir el dolor en términos de placer que a la inversa. El placer, en forma de bienestar, es el estado normal del cuerpo sano. El dolor denota algún trastorno de este estado. En consecuencia, el dolor representa una pérdida de placer, así como la enfermedad es una pérdida de salud. Psíquicamente, experimentamos el dolor como pérdida de placer, como cuando decimos: “Me duele tu rechazo”. Por el contrario, cuando una relación no promete placer, su ruptura no es una experiencia tan dolorosa.
No existe ningún estado neutro en la naturaleza, ni condición neutra en el organismo humano que corresponda a una ausencia de placer o dolor. La ausencia de sentimientos es patológica. Este estado, que no es poco común, indica que se ha reprimido el sentimiento. La represión de sentimientos se produce por tensiones musculares crónicas que restringen y limitan la motilidad del cuerpo, reduciendo así la sensación. En la ausencia de movimiento no hay nada que sentir.
La rigidez caracterológica y física que surge de la tensión muscular crónica se desarrolla a partir de la necesidad de reprimir sensaciones dolorosas. Obviamente nadie querría reprimir las placenteras. Cuando se superan tensiones musculares crónicas durante la terapia bioenergética, es de esperar que los recuerdos y sentimientos dolorosos emerjan a la conciencia. La capacidad de un paciente de aceptar y tolerar estos sentimientos dolorosos determinará su capacidad de experimentar sentimientos placenteros. Debería interpretarse que el refrán “No hay placer sin dolor” significa que la capacidad de experimentar placer está vinculada a la de sentir el dolor de una situación perturbadora.
LA REGULACIÓN NERVIOSA DE LAS RESPUESTAS
El organismo humano está equipado con dos sistemas nerviosos que integran y regulan sus respuestas. Uno, el sistema cerebroespinal, coordina la acción de los músculos voluntarios . Asimismo, regula el tono muscular y mantiene la postura. Este sistema actúa sobre los músculos estriados del esqueleto.
El segundo es el sistema nervioso autónomo o vegetativo, que regula los procesos corporales básicos del cuerpo, tales como la respiración, la circulación, la acción del corazón, la digestión, la eliminación, la actividad glandular y las reacciones pupilares. Los músculos sobre los que actúa se denominan músculos lisos, porque no tienen las estrías características de los músculos del esqueleto, de mayor tamaño. Su acción no se halla bajo el control de la conciencia, de ahí su nombre de “sistema autónomo”. Está compuesto de dos subdivisiones denominadas simpática y parasimpática, que actúan antagónicamente. Por ejemplo, los nervios simpáticos aceleran la acción del corazón, mientras que los parasimpáticos la aminoran.
En The Function of the Orgasm, Wilhelm Reich señala que “el parasimpático (está) activo siempre que hay expansión, elongación, hiperemia, turgencia y placer. A la inversa, el simpático funciona cada vez que el organismo se contrae, retira sangre de la periferia, cuando muestra palidez, ansiedad o dolor”.
Las dos divisiones tienen efectos contrarios sobre la dirección del flujo sanguíneo. La acción parasimpática dilata las arteriolas periféricas, aumentando el flujo sanguíneo hacia la superficie y produciendo más calor en la superficie. El corazón aminora su ritmo hasta un latido relajado y cómodo. La acción simpática contrae las arterias, empujando la sangre hacia el interior del cuerpo para suministrar más oxígeno a los órganos vitales y a los músculos. En consecuencia, la acción parasimpática fomenta una expansión del organismo y una extensión hacia el medio, es decir una respuesta placentera. La acción simpática produce una contracción y una retirada con respecto al medio, una respuesta al dolor.
Las situaciones dolorosas son emergencias ante las cuales la persona reacciona por medio del sistema simpático-adrenal aumentando su estado de tensión y su percepción del medio. Esta tensión se origina en un estado de hipertonicidad en los músculos cuando se preparan para actuar. Es diferente de la tensión muscular crónica descrita en la sección anterior, que es inconsciente y representa la persistencia de un estado de preparación que surge de una emergencia pasada. El aumento de la conciencia implica una participación activa de la voluntad. En una emergencia, un individuo no actúa espontáneamente; todas las acciones son movimientos calculados, destinados a eliminar el peligro.
La voluntad es un mecanismo de emergencia. Se activa cada vez que se requiere un esfuerzo mayor que el natural para superar una crisis. La voluntad sirve a la función de supervivencia frente a las que parecen posibilidades abrumadoras. Cuando se activa la voluntad, los músculos voluntarios del cuerpo se movilizan, tal como los ciudadanos de una nación se movilizan en tiempos de guerra. Se suspende el comportamiento normal cuando el ego consciente toma el control total. En una emergencia, no se tiene ni inclinación ni tiempo para el placer. Los movimientos involuntarios armoniosos y rítmicos que expresan placer deben dar lugar a movimientos controlados que expresan la propia determinación. Puede ejemplificarse la diferencia con un jinete que ha disfrutado de su cabalgata, dándole a su caballo libertad de movimiento.
Frente a una emergencia, el jinete toma el completo control del caballo, que en consecuencia puede ser llevado más allá de sus límites naturales; pero en esta situación, el placer de cabalgar desaparece tanto para el jinete como para su caballo.
La voluntad es la antítesis del placer. Su uso implica que la persona se encuentra en una situación dolorosa que requiere una movilización de los recursos totales del organismo. . Tanto si el objetivo es físico, tal como levantar un gran peso, como si es psíquico, tal como escribir un artículo dentro de un plazo, crea un estado de tensión que corresponde al sector de dolor del espectro. La conocida imagen del periodista frente a su máquina de escribir, tenso, nervioso, frustrado y fumando continuamente, muestra la intensidad del esfuerzo físico que puede imponer un objetivo psíquico.
Para muchas personas el logro de objetivos se convierte en una norma vital. Tan pronto como cumplen un objetivo se proponen otro. Cada logro brinda un estremecimiento de satisfacción momentáneo que pronto se desvanece, haciéndose necesario un nuevo objetivo: un automóvil nuevo, una casa más grande, más prestigio, más dinero, etcétera. Nuestra cultura se obsesiona con el éxito. Al luchar constantemente por alcanzar objetivos, al vivir continuamente en un estado de emergencia, las personas necesariamente desarrollan una alta presión sanguínea, úlceras, tensión y ansiedad. Nos enorgullecemos de nuestro vigor olvidando que todo esfuerzo requiere la activación del sistema simpático-adrenal.
No todos los objetivos exigen una postergación del placer. Hemos visto que un estado de tensión puede ser placentero si está asociado a la perspectiva de su liberación y a la satisfacción de la necesidad o deseo subyacente. La anticipación del placer es en sí una experiencia placentera.
En estas condiciones el esfuerzo necesario es sencillo y relajado, la actividad avanza suavemente y los movimientos del cuerpo mantienen un alto grado de coordinación y ritmo. El trabajo de este tipo es placentero. Pero sólo se puede trabajar de esta manera cuando no hay desesperación, cuando la creatividad es tan importante como la meta y cuando el fin no domina los medios. No vivimos para producir, producimos para vivir. La preocupación por los objetivos y por el éxito es característica de las personas que temen al placer.
EL TEMOR AL PLACER
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