viernes, 7 de noviembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 16

 EL TEMOR AL PLACER

Hablar del temor al placer parece una contradicción. ¿Cómo puede alguien temer algo que es beneficioso y deseable? Sin embargo, algunas personas evitan el placer, otras desarrollan ansiedad aguda en situaciones placenteras y otras realmente experimentan dolor cuando la excitación por placer se vuelve muy intensa. Cuando expuse este tema en una conferencia, alguien preguntó: “¿Cómo explica usted la expresión ‘Es tan bueno que me duele”. Esta pregunta me recordó un comentario de un paciente: “Me duele bien”.

Se sabe que algunas personas hallan placer en el dolor. Esta reacción aparentemente masoquista exige una explicación. Consideremos la situación de una persona que descubre que se ha quedado rígida por estar mucho tiempo en una misma posición; estirar sus músculos contraídos resulta doloroso, aunque al hacerlo se restablecerá la circulación y la hará sentirse bien. Otro ejemplo: una persona se aprieta un forúnculo con pus para liberar la presión. El procedimiento es doloroso, pero cuando el forúnculo estalla y descarga su contenido, la persona siente placer y satisfacción. En ambos casos, el placer deriva de la liberación de tensión, que no puede alcanzarse sin sufrir algún dolor. Casi todas las visitas al médico o al dentista implican dolor, que es voluntariamente aceptado para sentirse mejor. Soportar el dolor en aras del placer forma parte del principio de la realidad. No tiene nada de masoquista. Lo que buscamos es el placer, no el dolor.

El masoquista sexual que siente placer cuando le pegan tiene una motivación similar. Necesita el dolor para liberar la presión. Su cuerpo está tan concentrado y los músculos de los glúteos y de la pelvis están tan tensos que la excitación sexual no atraviesa los genitales con suficiente fuerza. Los golpes, además de su significado psicológico, quiebran la tensión y relajan los músculos dejando que fluya la excitación sexual. Reich, en su estudio sobre el masoquismo, muestra que al masoquista no le interesa el dolor per sé, sino que busca el placer al que se accede a través del dolor.

Lo que diferencia al masoquista de la persona normal es su necesidad de sentir dolor para experimentar placer. Una y otra vez soporta las mismas situaciones dolorosas en su desesperado intento de sentir placer. Parece no aprender de su experiencia. Su enfoque no es creativo.

El comportamiento masoquista está motivado más por el deseo de aprobación que por el de placer. La aprobación exige sumisión, que para el masoquista es el prerrequisito para el placer. La actitud sumisa que subyace a la personalidad masoquista socava cualquier actividad creativa. A su vez, su sumisión lo fuerza a tener un comportamiento desafiante que causa su castigo. Si no supera la culpa y el temor profundamente arraigados que invaden su personalidad, el masoquista da vueltas en el mismo círculo vicioso, buscando constantemente el dolor para obtener algo de placer, pero termina con más dolor que placer.

Es importante señalar que los traumas no siempre se perciben inmediatamente como dolorosos. Con frecuencia un corte infligido por un cuchillo afilado no se siente hasta unos minutos, después, cuando aparece un dolor repentino, mientras oleadas de sensaciones inundan la zona herida. El corte del cuchillo produce una perturbación localizada que deja al área lesionada momentáneamente entumecida. Lo mismo sucede con los traumas psíquicos. Generalmente, un insulto no se percibe inmediatamente. El dolor del insulto parece golpearnos más tarde y entonces reaccionamos con un arrebato de ira. Tal vez, el insulto nos cogió por sorpresa y no estábamos preparados para reaccionar, pero esta interpretación no explica la reacción retardada ante la herida física.

El dolor, como cualquier otro sentimiento, es la percepción de un movimiento. En contraposición al placer, en el que el movimiento fluye suave y rítmicamente, el movimiento que da origen a la sensación de dolor es intermitente y espasmódico. El corte es doloroso hasta que se establecen nuevos canales que permiten que la sangre fluya libremente por la zona herida. Luego, el dolor cede. El insulto es doloroso porque provoca una ira que no puede expresarse de inmediato. La liberación de la ira alivia el dolor. Hasta que no se restablezca el flujo normal de  sentimientos, habrá una situación de presión (una fuerza o energía crece detrás de un obstáculo) y esta presión o tensión se experimenta como dolor.

El mejor ejemplo de este concepto de dolor es el estado de congelamiento. El trauma del congelamiento generalmente es indoloro, pero la recuperación es muy  dolorosa. La persona que sufre congelamiento puede realmente no ser consciente del estado en que se encuentra hasta que no entra en un ambiente cálido. Entonces, comienza el dolor y se hace cada vez más severo, a medida que la sangre regresa a la extremidad congelada. Con frecuencia se utiliza el congelamiento de una parte del cuerpo como procedimiento anestésico porque elimina la sensación. En consecuencia, el dolor del congelamiento se debe a la presión que surge cuando los fluidos del cuerpo que producen energía, la sangre y la linfa, intentan abrirse paso hacia los espacios constreñidos de la extremidad  congelada.

El dolor es un aviso de trastorno, una señal de peligro. En el caso del congelamiento, es una señal de que el proceso de recuperación debe ser gradual para evitar cualquier lesión permanente en los tejidos. Si la presión se eleva demasiado, las células congeladas y contraídas estallan, provocando la necrosis del área afectada. Para tratar el congelamiento es necesaria una elevación  progresiva de la temperatura para evitar este peligro. Aun siguiendo este procedimiento, se padecerá algún dolor y esto es inevitable si se ha de restablecer la función.

El temor al placer es el temor al dolor que inevitablemente aparece cuando un impulso expansivo que fluye hacia afuera encuentra una zona del cuerpo contraída  y restringida. Reich había descrito el temor al placer del masoquista como el temor a estallar si la excitación se vuelve demasiado fuerte. Para comprender esta afirmación debemos mirar al individuo cuyo cuerpo está tenso y sujeto como si su estado fuera similar al del congelamiento. Está congelado por su inmovilidad y falta de espontaneidad. En una situación de placer está expuesto al calor producido por el flujo de sangre hacia la periferia de su cuerpo, a través de la acción de los nervios parasimpáticos. Su cuerpo trata de expandirse, pero la expansión se torna dolorosa cuando enfrenta la resistencia de los músculos crónicamente espásticos. La sensación puede incluso ser aterradora. El individuo siente que va a estallar o a “despedazarse”. Su impulso inmediato es salir de la situación.

Si una persona pudiera tolerar el dolor y mantenerse en la situación, dejando que los movimientos placenteros fluyan por su cuerpo, experimentaría el “despedazamiento” físicamente. Comenzaría a temblar y a sacudirse. Todo su cuerpo vibraría. Sentiría que pierde el control sobre su cuerpo. Sus movimientos se entorpecerían y su sensación de autodominio desaparecería. Cuando esto le sucede a personas que no realizan la terapia se ponen tan nerviosas que se sienten forzadas a retirarse de la situación.

Sin embargo, el temblor y la sacudida representan la ruptura de las tensiones musculares y de su complemento psíquico, las defensas del ego. Es una reacción terapéutica, un intento del cuerpo de deshacerse de las rigideces que limitan su motilidad e inhiben la expresión de los sentimientos. Es una manifestación de la propiedad de autocuración del cuerpo. Si se la alienta, por ejemplo con la terapia bioenergética, y se la deja actuar, generalmente termina en llanto. Un placer abrumador frecuentemente producirá llanto, ya que quiebra la rigidez del cuerpo. 

Hay numerosos ejemplos de esta reacción. Muchas mujeres lloran después de una experiencia sexual placentera. Las personas lloran cuando se encuentran con amigos o parientes a los que hacía mucho tiempo que no veían. La expresión es “Estoy tan feliz que lloraría”.

Como adultos, tenemos muchas inhibiciones frente al llanto. Lo sentimos como una expresión de debilidad, de feminidad, de infantilismo. La persona que bloquea el llanto, bloquea el placer. No puede “dar rienda suelta” a su tristeza y por lo tanto no puede “dar rienda suelta” a su alegría. Se vuelve ansiosa en situaciones de placer. Su ansiedad se origina en el conflicto entre el deseo de dar rienda suelta y el temor a hacerlo. Este conflicto surge cada vez que el placer es suficientemente fuerte como para amenazar su rigidez.

La descarga convulsiva del llanto es el mecanismo primario para la liberación de la tensión en el ser humano. La mayoría de los niños lloran cuando están angustiados y todos los niños lloran cuando sienten dolor. A un nivel interpersonal o psíquico su llanto es un llamado a la madre. Biológicamente, es una reacción ante el estado de
contracción del cuerpo. Si se observa a un bebé en estado de angustia o dolor, se notará que su cuerpo se ha vuelto tieso y rígido. Pero a diferencia de los adultos, su joven cuerpo vibrante y vivo no puede mantener esta rigidez. Primero, su mandíbula comienza a temblar, luego su mentón se sacude y un momento más tarde todo su cuerpo está convulsionado por los sollozos. Las madres saben que
el llanto de un bebé es una señal de angustia y se apresuran a eliminar lo que lo perturba. El bebé, sin embargo, no llora para llamar a su madre, ya que con
frecuencia continúa llorando cuando ella viene, sino para liberar la tensión.

La función del llanto de reducir la tensión se ve en la práctica psiquiátrica. Los pacientes invariablemente declaran que se sienten mejor después de haber llorado.
Algunos incluso dirán: “Necesito llorar”. Después de llorar, el cuerpo del paciente está más flojo, su respiración es más sencilla y profunda, sus ojos brillan más y su piel tiene mejor color. Se puede sentir que la tensión abandona el cuerpo del paciente, mientras éste se entrega al llanto.
Cuando el llanto no surte efecto es porque el paciente estaba demasiado inhibido como para permitir que los movimientos voluntarios del llanto lo dominen. En esta
situación, una palmada compasiva o un comentario comprensivo pueden eliminar la inhibición lo suficiente como para permitir una descarga total.

El temor al placer es el temor al dolor, no sólo al dolor físico evocado por el placer en el cuerpo contraído y rígido sino también al dolor psíquico de la pérdida, la frustración y la humillación. A medida que crecemos, superamos estos dolores reprimiendo nuestra tristeza, temor e ira. Durante el proceso, disminuimos nuestra capacidad de sentir amor, alegría y placer. Los sentimientos son reprimidos por
tensiones musculares en forma de espasticidades musculares crónicas. Lo que hacemos es, en efecto, reprimir todos los sentimientos, lo cual sienta las bases de una tendencia depresiva en la personalidad. Al ahogar el dolor, ahogamos el placer.

No podemos recuperar la capacidad de sentir alegría sin volver a experimentar nuestra pena. Y no podemos sentir placer sin pasar por el dolor del renacimiento. Y renacemos cuando tenemos el coraje de enfrentar los dolores de nuestras vidas sin recurrir a la ilusión. Este es el aspecto dual del dolor. Aunque es una señal de peligro y representa una amenaza a la integridad del organismo, representa
también el intento del cuerpo de reparar el efecto de una lesión y restablecer, la integridad del organismo.

Si le tememos al dolor, le temeremos al placer. Esto no significa que debamos buscar el dolor para-encontrar el placer, como lo hace el masoquista. Incapaz de afrontar el dolor en su interior, éste lo proyecta a situaciones externas.
Sí significa que no debemos huir del dolor de enfrentar honestamente nuestra propia realidad si deseamos tener alegría en nuestras vidas.

CAPITULO4
 
 

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