jueves, 27 de noviembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 18


Capítulo 4 (continuación)


 Además de luchar por el éxito, una sociedad de masas también produce en sus miembros la obsesión por el poder. La lucha por el éxito se desarrolla a partir de la necesidad de obtener reconocimiento, de lograr una identidad, aunque sólo sea pública, y de sentirse importante. La lucha por el poder deriva de la necesidad de superar un sentimiento interior de impotencia y de compensar un sentimiento  interior de desesperación. Para una persona, el poder tiene dos aspectos. Uno es la riqueza y el otro, la autoridad. Ambos pueden conferirle a su poseedor una sensación de poder que le sirve para crear una pseudoindividualidad similar a la de la persona de éxito. La riqueza y la autoridad parecen brindar oportunidades de autoexpresión que se les niegan a personas de medios más limitados o de menor  categoría social.

Pero la autoexpresión presupone que se tiene una personalidad que expresar. Ni la riqueza ni la autoridad pueden crear una personalidad donde no la hay. No soy el  único entre los psiquiatras que tratan a personas ricas que sufren severos  trastornos emocionales, los cuales las hacen desdichadas a ellas y a sus familias. Muchas de ellas, en realidad, se sienten culpables por poseer riquezas, que, a  pesar de sus aparentes ventajas, generalmente resultan ser una carga. La autoridad puede ser una limitación aún mayor, ya que le impone a su poseedor la obligación de mantener una actitud y una posición que le crean un conflicto en sus sentimientos y deseos. El hombre que tiene autoridad cree que le debe lealtad al sistema que se la otorgó, a pesar del hecho de que ello puede socavar su  integridad personal.

El carácter autodestructivo de la lucha por el éxito con frecuencia se manifiesta cuando éste se alcanza. Tiempo atrás traté a un hombre de negocios que, después de algunos años de esfuerzo, había alcanzado el éxito que ansiaba. Me consultó porque estaba deprimido. Su éxito no había producido el bienestar o la sensación de liberación que había previsto. Otro caso fue el de la actriz que había luchado por ganar el reconocimiento que deseaba. Cuando finalmente lo alcanzó, se deprimió. Estos incidentes son tan comunes que he llegado a advertir que la depresión se  desarrolla cuando se desmorona una ilusión. La ilusión en estos casos consistía en que el éxito conduciría a la felicidad o conllevaría el placer.

Dado que los valores de una sociedad de masas son el éxito y el poder, la persona que los acepta se transforma en un hombre masa y pierde su verdadera individualidad. Ya no piensa en sí mismo como en una persona separada de la  muchedumbre, ya que su interés primordial es elevarse por encima de ella. Al mismo tiempo, es muy importante ser aceptado por la muchedumbre. Abandona la actitud discriminatoria del verdadero hombre en favor de la conformidad. Su comportamiento no está orientado hacia el placer sino hacia el prestigio; se transforma en un buscador de status y en un trepador social. Lo peor es que estas  virtudes se infiltran en su vida privada. Se transforman en los criterios por los cuales juzga a sus hijos, que deben estar a la altura de lo aceptable y, a la vez, sobresalir.

No se puede culpar de este estado de cosas a las personas que rigen el sistema. El productor de televisión no es el responsable de que nos transformemos en hombres masa. El problema no es la falta de calidad de los programas de televisión. Todo el sistema en sí está mal, ya que su fin es atraer al máximo número de personas y su medio es emplear el denominador común emocional más bajo. Nos convertimos en hombres masa cuando nos identificamos con el sistema, aceptando sus valores. Sin embargo, no podemos aislamos fácilmente del sistema,ya que éste invade todos los aspectos de nuestra cultura.

Debemos comprar algunos productos producidos en masa, ya que son más baratos aunque no necesariamente mejores. Debemos leer los periódicos ocasionalmente, aunque he descubierto que añaden poco a mi sensación de  bienestar. Y si no deseamos vivir sin una radio o TV, deberíamos al menos ser exigentes en nuestra elección de programas. Debemos discriminar si queremos evitar que la abrumadora propaganda y publicidad, a favor del sistema, que nos lanzan, nos lave el cerebro. Sólo podremos hacerlo si cuidamos nuestra verdadera individualidad y no nos dejamos seducir por las recompensas que ofrece el sistema a todos los que alcanzan el éxito.

El sistema le ofrece al individuo agresivo oportunidades para convertirse en uno de los actores de la obra y no seguir formando parte de la audiencia a la que no se ve ni escucha. Alguien debe conducir el espectáculo o al menos así parece. Estos individuos que ascienden a la cima de la jerarquía del poder se considera que tienen éxito. Existen jerarquías en todos los campos de acción: negocios, política,  sociedad, arte, etcétera. Y existen jerarquías dentro de cada segmento del campo. Toda actividad organizada crea una jerarquía de poder. En cada jerarquía, grande o pequeña, la persona que se halla en la cima y ejerce el mayor poder es  considerada un individuo de éxito por aquellos que se encuentran más abajo en la escala.

Sin embargo, nadie dirige realmente el programa; nadie ejerce realmente el poder. Los que se encuentran en la cima forman parte del sistema tanto como el hombre que se encuentra más abajo en el poste del tótem. Pueden ser reemplazados tan fácilmente como sus subordinados. No son personas creativas cuyo trabajo tenga el sello de su individualidad. Su función, al igual que la de cada hombre masa, es permitir que el espectáculo continúe, mantener el sistema en funcionamiento, hacer que la máquina siga andando. Por supuesto, es diferente en la cima, pero sólo en  términos de poder, no en términos de placer. En la cima puede tener la satisfacción de distinguirse de la masa, pero esto no se debe a que es un individuo. Está parado sobre los hombros de la masa de personas cuyo apoyo es necesario para su posición. No es diferente de ellos. Es un hombre masa que ha sido enfocado por el reflecto durante algún tiempo. Es un individuo dedicado a la lucha por el poder y  disociado de su cuerpo y de su orientación hacia el placer.

martes, 11 de noviembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 17

 CAPITULO 4

Poder versus placer

EL HOMBRE MASA

La lucha natural de un organismo por el placer normalmente se suspende sólo en dos situaciones: en aras de la supervivencia y en busca de un placer mayor. En circunstancias que amenazan la vida de un hombre, el placer y la creatividad se convierten en valores irrelevantes.Lo importante es sobrevivir y una persona tolerará el dolor y renunciará al placer para mantenerse viva. Además de        esta  situación, un hombre postergará la satisfacción inmediata de una necesidad o deseo si esto lo conduce a un placer mayor en el futuro. También tolerará cierto grado de dolor para alcanzar un objetivo que le promete un placer significativo. El proceso creativo frecuentemente — conlleva algún dolor en el esfuerzo por lograr que una concepción dé frutos. En ninguna de las dos situaciones puede     considerarse que sacrificar el placer sea un acto destructivo.

El placer es todavía el principal objetivo del hombre. Sin embargo, se dice que existe sólo una situación que conduce a una conducta autodestructiva: esa situación es la aglomeración o, más precisamente, el hacinamiento. Se sabe que cuando un grupo de animales excede una densidad óptima en relación con el espacio en que vive, se ponen en movimiento fuerzas destructivas  Se ha demostrado experimentalmente que una aglomeración de ratas confinadas en un área limitada se vuelve autodestructiva cuando su densidad excede cierta cifra. Se desarrollan patrones de comportamiento neuróticos, hay una pérdida de interés en la limpieza, las ratas madres abandonan o destruyen a sus crías y los machos más fuertes atacan y matan a los más débiles.

La explicación que se da de este comportamiento es que a los animales los trastorna el número excesivo de contactos que tienen entre sí en el estado de densidad excesiva. Por una parte se sienten excitados y estimulados por estos contactos, pero por otra, la descarga y liberación de la excitación está restringida por el hacinamiento. En consecuencia, se vuelven temerosos, nerviosos y autodestructivos. El paralelismo entre el comportamiento neurótico de las ratas y el del hombre moderno, que también vive en condiciones de hacinamiento, no ha escapado a nuestra atención. Sin embargo, los psiquiatras dudan en aceptar el simple hecho del hacinamiento como la causa de las enfermedades emocionales que ven en sus consultorios. 

En primer lugar, estas enfermedades tambien se desarrollan en personas que no viven en condiciones de hacinamiento. En segundo lugar, no todas las personas de un área de alta densidad se vuelven autodestructivas. Y en tercer lugar, la mayoría de los problemas emocionales han sido definitivamente rastreados hasta experiencias familiares de la niñez temprana. El paralelismo es, sin embargo, tan sorprendente que no se lo puede ignorar. Más aún, numerosos estudios, han demostrado que la incidencia de las enfermedades emocionales es mayor en las áreas de alta densidad y con bajos ingresos. 

Yo sugeriría que el común denominador de todos los patrones de comportamiento neurótico es la disminución del sentido del Sí-mismo. Esto incluye una pérdida del sentido de identidad, una conciencia reducida de la propia individualidad, una disminución de la autoexpresión y una reducida capacidad de sentir placer. Seguramente, el hacinamiento contribuirá a esta limitación de  la personalidad como causa material, mientras que la situación familiar actúa como causa eficiente. La familia, como lo señaló Wilhelm Reich, es el agente operativo de la sociedad.

Aunque nadie sabe cuál es la densidad óptima para una población humana, no puede negarse que estamos viviendo en una sociedad de masas y que sus miembros exhiben cierto grado de comportamiento autodestructivo. En lugar de luchar por el placer, que es el patrón normal, se ven impulsados a alcanzar el éxito y están obsesionados con la idea del poder. Ni el impulso ni la obsesión fomentan un enfoque creativo de la vida. Son fuerzas destructivas de la personalidad. 

En una sociedad de masas el éxito es la marca que distingue al individuo de la masa. Se dice que la persona triunfadora "tiene el éxito asegurado”. Lo que ha hecho es ganarse un nombre. Habiendo obtenido esta distinción, entonces supuestamente podrá sentarse a disfrutar de la vida mientras el resto de la masa, los sin nombre, deben continuar en su lucha por el éxito. El individuo que tiene   éxito es envidiado por la masa, que ve en este éxito un aura de poder e imagina que para aquél los problemas desaparecerán o por lo menos se reducirán  significativamente.

Sabemos racionalmente que el éxito no posee propiedades mágicas. Sin embargo, emocionalmente todos estamos más o menos comprometidos con el éxito en una  forma u otra: financiera, política, atlética, social e incluso matrimonial. Sea cual fuere el campo de acción que elijamos, le asignamos tanta importancia al éxito que  generalmente se convierte en el impulso dominante de nuestras vidas. Esto es comprensible, ya que pensar en términos de éxito o fracaso es natural en nuestra cultura orientada hacia objetivos. Desde el momento en que ingresamos a la escuela, nuestra vida pública está marcada por el registro de nuestros éxitos y fracasos. El progreso en la escuela está representado por el logro de objetivos y  luego esto se convierte en el patrón de nuestra vida adulta.

El problema que nos concierne, sin embargo, es la creciente tendencia a que el éxito en sí se convierta en el objetivo dominante. Si, por ejemplo, planeo escribir un libro, mi objetivo es publicarlo. Cuando alcanzo este objetivo, puedo decir que he tenido éxito. Pero en la mente del público éste no es un éxito. Sin embargo, si por casualidad el libro entrara en la lista de éxitos de ventas, yo habría tenido éxito. Habría ganado el reconocimiento que de alguna manera es esencial para la imagen di éxito.

¿Puede decirse que la lucha por el éxito es una lucha por el reconocimiento? Hay bastantes pruebas que apoyan esta visión. En todos los campos de acción se han  desarrollado procedimientos y prácticas para brindar la aclamación que el éxito requiere. En cine, el Academy Award (Premio de la Academia) en el teatro de Nueva York, el Tony Award (Premio Tony), El béisbol tiene su Hall of Fame (Salón de la Fama); el fútbol, sus equipos All-Americans. El hombre de negocios que tiene éxito recibe homenajes en almuerzos y cenas; el artista, en recepciones e  inauguraciones. Todas estas actividades se realizan con la mayor publicidad posible, para ampliar la imagen del individuo de éxito.

Esta imagen, tal como se la presenta al público por Los medios de masas, muestra a la persona de éxito como un individuo feliz. Está rodeado por una familia sonriente, cuyos miembros parecen iluminados por el resplandor del éxito. Ninguna nube oscurece el horizonte de su buena suerte. Esta imagen puede empañarse más tarde, cuando los problemas de su vida personal irrumpan en la conciencia  pública, pero en ese momento otros individuos habrán acaparado la atención del público para darle nuevo lustre a la imagen del éxito. El público parece necesitar figuras a las cuales admirar y los medios de masas satisfacen esta necesidad. La persona de éxito es el héroe de la era tecnológica.

 Los héroes no son nuevos. Cada era produce su cuota de individuos que se distinguen de los demás miembros de su comunidad por algún logro. Su aclamación sirve para que los demás sigan su ejemplo. La imagen del héroe es la de un individuo que encama una virtud en su grado máximo. Esa virtud puede ser el valor, la sabiduría o la fe, pero siempre es un atributo personal que se hace  evidente por los logros del héroe. Este no lucha por el reconocimiento. La motivación de sus acciones no puede ser egotista; de lo contrario no sería un verdadero héroe.

En nuestra cultura, el éxito en sí no implica una virtud superior. Un libro no es necesariamente superior porque esté en las listas de éxitos en ventas. La mayoría de los libros que alcanzan esta distinción atraen al mercado de masas y generalmente están sostenidos por una amplia publicidad. Si bien en el mundo de los negocios el éxito puede requerir un alto grado de perspicacia, esta cualidad  nunca ha sido considerada una virtud personal. Hoy lo que importa es el logro, no las cualidades personales del individuo. A veces el éxito se logra por cualidades no  precisamente virtuosas. Hasta su caída, Hitler era considerado un hombre de éxito por muchas personas de todo el mundo. Por supuesto, el éxito puede alcanzar al  individuo con aptitudes superiores; sin embargo, lo que se reconoce no es su virtud personal sino su logro. Con frecuencia, el verdadero logro es relativamente poco  importante. El autor de seis buenos libros puede tener menos éxito que el escritor de un éxito en ventas. Lo que sí importa es el reconocimiento. Sin reconocimiento no podemos considerar que hemos tenido éxito ante el público.

Alcanzar el éxito significa sobresalir en la muchedumbre, destacarse sobre la masa de personas y ser reconocido como individuo. Para el escritor significa que lo que dice o escribe se considere importante. “Importa”, es la forma en que se definió a un autor de éxito. Antes de su éxito no “importaba”, aunque lo que hubiera escrito podría haber tenido más valor que su obra posterior. A través del éxito, se ha vuelto importante. Vemos esto todo el tiempo. Tan pronto una persona alcanza el éxito, se la escucha con respeto. Dado que “lo ha logrado”, sus palabras pueden decirnos a los demás, que aún estamos luchando, el secreto de la buena suerte. La persona de éxito es importante para todos los que desean emularlo.

El éxito es el reflector que ilumina a uno entre muchos. En realidad, en el mundo de hoy no es necesario lograr nada especial para tener éxito; si el reflector ilumina a un individuo, éste se encuentra en el camino hacia el éxito. Si en Life se publica un artículo sobre usted, con una fotografía suya, se podrá considerar que usted tiene éxito. Si usted aparece en un programa de televisión nacional, “tiene el éxito asegurado”. Los reflectores se han vuelto tan poderosos que la persona en la que se posan por un momento se distingue para toda la vida. Pero por el mismo   proceso, el resto de las personas queda en una sombra más profunda.
 
Si una sociedad de masas alimenta la lucha por el éxito, es igualmente cierto que la imagen del éxito se transforma en una de las fuerzas cohesivas de tal sociedad.
Los medios de masas no son la única fuerza que crea al hombre masa, es decir, la persona sin identidad pública. El entretenimiento masivo y la producción en masa son otras partes del sistema. ¿Qué individualidad se puede sentir al conducir un Ford o un Chevrolet? Hay cerca de un millón de cada una de estas marcas de automóvil en las autopistas de Estados Unidos. Para superar esta limitación algunos individuos agresivos intentan ser los primeros en tener el último modelo. Si nos obligan a comprar productos idénticos y a vivir en hogares idénticos, se cierran estas importantes áreas de la autoexpresión.

Pero la producción en masa nos  exige incluso que tengamos empleos idénticos. Podemos ser una de las veinte secretarias en una oficina, uno de los cien  vendedores de un sector, uno de los mil trabajadores de la producción en una fábrica; somos los hombres masa que pueden ser reemplazados sin alterar la rutina.

El entretenimiento masivo tiene un efecto aún más insidioso ya que irrumpe en nuestra vida privada. Como televidentes, ni siquiera se nos conoce. Nos sentamos en la semioscuridad a mirar una imagen y no nos relacionamos con el actor ni siquiera como cuando compramos una entrada. Se nos priva de la oportunidad de expresar nuestra respuesta otorgando o negando el aplauso. Somos el gran  público desconocido, que no importa salvo en términos de cifras. La única salida para nuestro ego es a través de la identificación con los individuos destacados, los que tienen éxito.

 

viernes, 7 de noviembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 16

 EL TEMOR AL PLACER

Hablar del temor al placer parece una contradicción. ¿Cómo puede alguien temer algo que es beneficioso y deseable? Sin embargo, algunas personas evitan el placer, otras desarrollan ansiedad aguda en situaciones placenteras y otras realmente experimentan dolor cuando la excitación por placer se vuelve muy intensa. Cuando expuse este tema en una conferencia, alguien preguntó: “¿Cómo explica usted la expresión ‘Es tan bueno que me duele”. Esta pregunta me recordó un comentario de un paciente: “Me duele bien”.

Se sabe que algunas personas hallan placer en el dolor. Esta reacción aparentemente masoquista exige una explicación. Consideremos la situación de una persona que descubre que se ha quedado rígida por estar mucho tiempo en una misma posición; estirar sus músculos contraídos resulta doloroso, aunque al hacerlo se restablecerá la circulación y la hará sentirse bien. Otro ejemplo: una persona se aprieta un forúnculo con pus para liberar la presión. El procedimiento es doloroso, pero cuando el forúnculo estalla y descarga su contenido, la persona siente placer y satisfacción. En ambos casos, el placer deriva de la liberación de tensión, que no puede alcanzarse sin sufrir algún dolor. Casi todas las visitas al médico o al dentista implican dolor, que es voluntariamente aceptado para sentirse mejor. Soportar el dolor en aras del placer forma parte del principio de la realidad. No tiene nada de masoquista. Lo que buscamos es el placer, no el dolor.

El masoquista sexual que siente placer cuando le pegan tiene una motivación similar. Necesita el dolor para liberar la presión. Su cuerpo está tan concentrado y los músculos de los glúteos y de la pelvis están tan tensos que la excitación sexual no atraviesa los genitales con suficiente fuerza. Los golpes, además de su significado psicológico, quiebran la tensión y relajan los músculos dejando que fluya la excitación sexual. Reich, en su estudio sobre el masoquismo, muestra que al masoquista no le interesa el dolor per sé, sino que busca el placer al que se accede a través del dolor.

Lo que diferencia al masoquista de la persona normal es su necesidad de sentir dolor para experimentar placer. Una y otra vez soporta las mismas situaciones dolorosas en su desesperado intento de sentir placer. Parece no aprender de su experiencia. Su enfoque no es creativo.

El comportamiento masoquista está motivado más por el deseo de aprobación que por el de placer. La aprobación exige sumisión, que para el masoquista es el prerrequisito para el placer. La actitud sumisa que subyace a la personalidad masoquista socava cualquier actividad creativa. A su vez, su sumisión lo fuerza a tener un comportamiento desafiante que causa su castigo. Si no supera la culpa y el temor profundamente arraigados que invaden su personalidad, el masoquista da vueltas en el mismo círculo vicioso, buscando constantemente el dolor para obtener algo de placer, pero termina con más dolor que placer.

Es importante señalar que los traumas no siempre se perciben inmediatamente como dolorosos. Con frecuencia un corte infligido por un cuchillo afilado no se siente hasta unos minutos, después, cuando aparece un dolor repentino, mientras oleadas de sensaciones inundan la zona herida. El corte del cuchillo produce una perturbación localizada que deja al área lesionada momentáneamente entumecida. Lo mismo sucede con los traumas psíquicos. Generalmente, un insulto no se percibe inmediatamente. El dolor del insulto parece golpearnos más tarde y entonces reaccionamos con un arrebato de ira. Tal vez, el insulto nos cogió por sorpresa y no estábamos preparados para reaccionar, pero esta interpretación no explica la reacción retardada ante la herida física.

El dolor, como cualquier otro sentimiento, es la percepción de un movimiento. En contraposición al placer, en el que el movimiento fluye suave y rítmicamente, el movimiento que da origen a la sensación de dolor es intermitente y espasmódico. El corte es doloroso hasta que se establecen nuevos canales que permiten que la sangre fluya libremente por la zona herida. Luego, el dolor cede. El insulto es doloroso porque provoca una ira que no puede expresarse de inmediato. La liberación de la ira alivia el dolor. Hasta que no se restablezca el flujo normal de  sentimientos, habrá una situación de presión (una fuerza o energía crece detrás de un obstáculo) y esta presión o tensión se experimenta como dolor.

El mejor ejemplo de este concepto de dolor es el estado de congelamiento. El trauma del congelamiento generalmente es indoloro, pero la recuperación es muy  dolorosa. La persona que sufre congelamiento puede realmente no ser consciente del estado en que se encuentra hasta que no entra en un ambiente cálido. Entonces, comienza el dolor y se hace cada vez más severo, a medida que la sangre regresa a la extremidad congelada. Con frecuencia se utiliza el congelamiento de una parte del cuerpo como procedimiento anestésico porque elimina la sensación. En consecuencia, el dolor del congelamiento se debe a la presión que surge cuando los fluidos del cuerpo que producen energía, la sangre y la linfa, intentan abrirse paso hacia los espacios constreñidos de la extremidad  congelada.

El dolor es un aviso de trastorno, una señal de peligro. En el caso del congelamiento, es una señal de que el proceso de recuperación debe ser gradual para evitar cualquier lesión permanente en los tejidos. Si la presión se eleva demasiado, las células congeladas y contraídas estallan, provocando la necrosis del área afectada. Para tratar el congelamiento es necesaria una elevación  progresiva de la temperatura para evitar este peligro. Aun siguiendo este procedimiento, se padecerá algún dolor y esto es inevitable si se ha de restablecer la función.

El temor al placer es el temor al dolor que inevitablemente aparece cuando un impulso expansivo que fluye hacia afuera encuentra una zona del cuerpo contraída  y restringida. Reich había descrito el temor al placer del masoquista como el temor a estallar si la excitación se vuelve demasiado fuerte. Para comprender esta afirmación debemos mirar al individuo cuyo cuerpo está tenso y sujeto como si su estado fuera similar al del congelamiento. Está congelado por su inmovilidad y falta de espontaneidad. En una situación de placer está expuesto al calor producido por el flujo de sangre hacia la periferia de su cuerpo, a través de la acción de los nervios parasimpáticos. Su cuerpo trata de expandirse, pero la expansión se torna dolorosa cuando enfrenta la resistencia de los músculos crónicamente espásticos. La sensación puede incluso ser aterradora. El individuo siente que va a estallar o a “despedazarse”. Su impulso inmediato es salir de la situación.

Si una persona pudiera tolerar el dolor y mantenerse en la situación, dejando que los movimientos placenteros fluyan por su cuerpo, experimentaría el “despedazamiento” físicamente. Comenzaría a temblar y a sacudirse. Todo su cuerpo vibraría. Sentiría que pierde el control sobre su cuerpo. Sus movimientos se entorpecerían y su sensación de autodominio desaparecería. Cuando esto le sucede a personas que no realizan la terapia se ponen tan nerviosas que se sienten forzadas a retirarse de la situación.

Sin embargo, el temblor y la sacudida representan la ruptura de las tensiones musculares y de su complemento psíquico, las defensas del ego. Es una reacción terapéutica, un intento del cuerpo de deshacerse de las rigideces que limitan su motilidad e inhiben la expresión de los sentimientos. Es una manifestación de la propiedad de autocuración del cuerpo. Si se la alienta, por ejemplo con la terapia bioenergética, y se la deja actuar, generalmente termina en llanto. Un placer abrumador frecuentemente producirá llanto, ya que quiebra la rigidez del cuerpo. 

Hay numerosos ejemplos de esta reacción. Muchas mujeres lloran después de una experiencia sexual placentera. Las personas lloran cuando se encuentran con amigos o parientes a los que hacía mucho tiempo que no veían. La expresión es “Estoy tan feliz que lloraría”.

Como adultos, tenemos muchas inhibiciones frente al llanto. Lo sentimos como una expresión de debilidad, de feminidad, de infantilismo. La persona que bloquea el llanto, bloquea el placer. No puede “dar rienda suelta” a su tristeza y por lo tanto no puede “dar rienda suelta” a su alegría. Se vuelve ansiosa en situaciones de placer. Su ansiedad se origina en el conflicto entre el deseo de dar rienda suelta y el temor a hacerlo. Este conflicto surge cada vez que el placer es suficientemente fuerte como para amenazar su rigidez.

La descarga convulsiva del llanto es el mecanismo primario para la liberación de la tensión en el ser humano. La mayoría de los niños lloran cuando están angustiados y todos los niños lloran cuando sienten dolor. A un nivel interpersonal o psíquico su llanto es un llamado a la madre. Biológicamente, es una reacción ante el estado de
contracción del cuerpo. Si se observa a un bebé en estado de angustia o dolor, se notará que su cuerpo se ha vuelto tieso y rígido. Pero a diferencia de los adultos, su joven cuerpo vibrante y vivo no puede mantener esta rigidez. Primero, su mandíbula comienza a temblar, luego su mentón se sacude y un momento más tarde todo su cuerpo está convulsionado por los sollozos. Las madres saben que
el llanto de un bebé es una señal de angustia y se apresuran a eliminar lo que lo perturba. El bebé, sin embargo, no llora para llamar a su madre, ya que con
frecuencia continúa llorando cuando ella viene, sino para liberar la tensión.

La función del llanto de reducir la tensión se ve en la práctica psiquiátrica. Los pacientes invariablemente declaran que se sienten mejor después de haber llorado.
Algunos incluso dirán: “Necesito llorar”. Después de llorar, el cuerpo del paciente está más flojo, su respiración es más sencilla y profunda, sus ojos brillan más y su piel tiene mejor color. Se puede sentir que la tensión abandona el cuerpo del paciente, mientras éste se entrega al llanto.
Cuando el llanto no surte efecto es porque el paciente estaba demasiado inhibido como para permitir que los movimientos voluntarios del llanto lo dominen. En esta
situación, una palmada compasiva o un comentario comprensivo pueden eliminar la inhibición lo suficiente como para permitir una descarga total.

El temor al placer es el temor al dolor, no sólo al dolor físico evocado por el placer en el cuerpo contraído y rígido sino también al dolor psíquico de la pérdida, la frustración y la humillación. A medida que crecemos, superamos estos dolores reprimiendo nuestra tristeza, temor e ira. Durante el proceso, disminuimos nuestra capacidad de sentir amor, alegría y placer. Los sentimientos son reprimidos por
tensiones musculares en forma de espasticidades musculares crónicas. Lo que hacemos es, en efecto, reprimir todos los sentimientos, lo cual sienta las bases de una tendencia depresiva en la personalidad. Al ahogar el dolor, ahogamos el placer.

No podemos recuperar la capacidad de sentir alegría sin volver a experimentar nuestra pena. Y no podemos sentir placer sin pasar por el dolor del renacimiento. Y renacemos cuando tenemos el coraje de enfrentar los dolores de nuestras vidas sin recurrir a la ilusión. Este es el aspecto dual del dolor. Aunque es una señal de peligro y representa una amenaza a la integridad del organismo, representa
también el intento del cuerpo de reparar el efecto de una lesión y restablecer, la integridad del organismo.

Si le tememos al dolor, le temeremos al placer. Esto no significa que debamos buscar el dolor para-encontrar el placer, como lo hace el masoquista. Incapaz de afrontar el dolor en su interior, éste lo proyecta a situaciones externas.
Sí significa que no debemos huir del dolor de enfrentar honestamente nuestra propia realidad si deseamos tener alegría en nuestras vidas.

CAPITULO4
 
 

lunes, 3 de noviembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 15

Capítulo 3 (continuación)


 Es más lógico definir el dolor en términos de placer que a la inversa. El placer, en forma de bienestar, es el estado normal del cuerpo sano. El dolor denota algún trastorno de este estado. En consecuencia, el dolor representa una pérdida de placer, así como la enfermedad es una pérdida de salud. Psíquicamente, experimentamos el dolor como pérdida de placer, como cuando decimos: “Me duele tu rechazo”. Por el contrario, cuando una relación no promete placer, su ruptura no es una experiencia tan dolorosa.

No existe ningún estado neutro en la naturaleza, ni condición neutra en el organismo humano que corresponda a una ausencia de placer o dolor. La ausencia de sentimientos es patológica. Este estado, que no es poco común, indica que se ha reprimido el sentimiento. La represión de sentimientos se produce por tensiones musculares crónicas que restringen y limitan la motilidad del cuerpo, reduciendo así la sensación. En la ausencia de movimiento no hay nada que sentir.

La rigidez caracterológica y física que surge de la tensión muscular crónica se desarrolla a partir de la necesidad de reprimir sensaciones dolorosas. Obviamente nadie querría reprimir las placenteras. Cuando se superan tensiones musculares crónicas durante la terapia bioenergética, es de esperar que los recuerdos y sentimientos dolorosos emerjan a la conciencia. La capacidad de un paciente de aceptar y tolerar estos sentimientos dolorosos determinará su capacidad de experimentar sentimientos placenteros. Debería interpretarse que el refrán “No hay placer sin dolor” significa que la capacidad de experimentar placer está   vinculada a la de sentir el dolor de una situación perturbadora.

LA REGULACIÓN NERVIOSA DE LAS RESPUESTAS

El organismo humano está equipado con dos sistemas nerviosos que integran y regulan sus respuestas. Uno, el sistema cerebroespinal, coordina la acción de los músculos voluntarios . Asimismo, regula el tono muscular y mantiene la postura. Este sistema actúa sobre los  músculos estriados del esqueleto.

El segundo es el sistema nervioso autónomo o vegetativo, que regula los procesos corporales básicos del cuerpo, tales como la respiración, la circulación, la acción del corazón, la digestión, la eliminación, la actividad glandular y las reacciones pupilares. Los músculos sobre los que actúa se denominan músculos lisos, porque no tienen las estrías características de los músculos del esqueleto, de mayor tamaño. Su acción no se halla bajo el control de la  conciencia, de ahí su nombre de “sistema autónomo”. Está compuesto de dos subdivisiones denominadas simpática y parasimpática, que actúan antagónicamente. Por ejemplo, los nervios simpáticos aceleran la acción del corazón, mientras que los parasimpáticos la aminoran.

En The Function of the Orgasm, Wilhelm Reich señala que “el parasimpático (está) activo siempre que hay expansión, elongación, hiperemia, turgencia y placer. A la inversa, el simpático funciona cada vez que el organismo se contrae, retira sangre de la periferia, cuando muestra palidez, ansiedad o dolor”. 

Las dos divisiones tienen efectos contrarios sobre la dirección del flujo sanguíneo. La acción parasimpática dilata las arteriolas periféricas, aumentando el flujo sanguíneo hacia la superficie y produciendo más calor en la superficie. El corazón aminora su ritmo hasta un latido relajado y cómodo. La acción simpática contrae las arterias, empujando la sangre hacia el interior del cuerpo para suministrar más oxígeno a los órganos vitales y a los músculos. En consecuencia, la acción parasimpática fomenta una expansión del organismo y una extensión hacia el medio, es decir una respuesta placentera. La acción simpática produce una contracción y una retirada con respecto al medio, una respuesta al dolor.

Las situaciones dolorosas son emergencias ante las cuales la persona reacciona por medio del sistema simpático-adrenal aumentando su estado de tensión y su percepción del medio. Esta tensión se origina en un estado de hipertonicidad en los músculos cuando se preparan para actuar. Es diferente de la tensión muscular crónica descrita en la sección anterior, que es inconsciente y representa la persistencia de un estado de preparación que surge de una  emergencia pasada. El aumento de la conciencia implica una participación activa de la voluntad. En una emergencia, un individuo no actúa espontáneamente; todas las acciones  son movimientos calculados, destinados a eliminar el peligro.

La voluntad es un mecanismo de emergencia. Se activa cada vez que se requiere un esfuerzo mayor que el natural para superar una crisis. La voluntad sirve a la función de supervivencia frente a las que parecen posibilidades abrumadoras. Cuando se activa la voluntad, los músculos voluntarios del cuerpo se movilizan, tal como los ciudadanos de una nación se movilizan en tiempos de guerra. Se suspende el comportamiento normal cuando el ego consciente toma el control total. En una emergencia, no se tiene ni inclinación ni tiempo para el placer. Los movimientos involuntarios armoniosos y rítmicos que expresan placer deben dar lugar a movimientos controlados que expresan la propia determinación. Puede ejemplificarse la diferencia con un jinete que ha disfrutado de su cabalgata, dándole a su caballo libertad de movimiento.

Frente a una emergencia, el jinete toma el completo control del caballo, que en consecuencia puede ser llevado más allá de sus límites naturales; pero en esta situación, el placer de cabalgar desaparece tanto para el jinete como para su caballo.

La voluntad es la antítesis del placer. Su uso implica que la persona se encuentra en una situación dolorosa que requiere una movilización de los recursos totales del organismo.  . Tanto si el objetivo es físico, tal como levantar un gran peso, como si es psíquico, tal como escribir un artículo dentro de un plazo, crea un estado de tensión que corresponde al sector de dolor del espectro. La conocida imagen del periodista frente a su máquina de escribir, tenso, nervioso, frustrado y fumando continuamente, muestra la intensidad del esfuerzo físico  que puede imponer un objetivo psíquico.

 Para muchas personas el logro de objetivos se convierte en una norma vital. Tan pronto como cumplen un objetivo se proponen otro. Cada logro brinda un estremecimiento de satisfacción momentáneo que pronto se desvanece, haciéndose necesario un nuevo objetivo: un automóvil nuevo, una casa más grande, más prestigio, más dinero, etcétera. Nuestra cultura se obsesiona con el éxito. Al luchar constantemente por alcanzar objetivos, al vivir  continuamente en un estado de emergencia, las personas necesariamente desarrollan una alta presión sanguínea, úlceras, tensión y ansiedad. Nos enorgullecemos de nuestro vigor olvidando que todo esfuerzo requiere la activación del sistema simpático-adrenal.

No todos los objetivos exigen una postergación del placer. Hemos visto que un estado de tensión puede ser placentero si está asociado a la perspectiva de su liberación y a la satisfacción de la necesidad o deseo subyacente. La anticipación del placer es en sí una experiencia placentera.

En estas condiciones el esfuerzo necesario es sencillo y relajado, la actividad avanza suavemente y los movimientos del cuerpo mantienen un alto grado de coordinación y ritmo. El trabajo de este tipo es placentero. Pero sólo se puede trabajar de esta manera cuando no hay desesperación, cuando la creatividad es tan importante como la meta y cuando el fin no domina los medios. No vivimos para producir, producimos para vivir. La preocupación por los objetivos y por el éxito es característica de las personas que temen al placer.

EL TEMOR AL PLACER