CAPITULO 9
Culpa, vergüenza y depresión
CULPA
En nuestra cultura hay demasiadas personas que están llenas de sentimientos de culpa y vergüenza o sufren depresión. Sus vidas emocionales están confundidas y llenas de conflictos. En este estado es muy improbable que puedan tener un enfoque creativo de la vida y, de hecho ,esta tendencia a la depresión indica una conciencia interna del fracaso.
¿Cómo se origina el sentimiento de culpa? No es una emoción verdadera, derivada de la experiencia de placer o dolor. No está arraigada en los procesos biológicos del cuerpo. Fuera del hombre, no se la encuentra en el mundo animal. En consecuencia, debemos suponer que la culpa es un producto de la cultura y de los valores que la caracterizan. Estos valores se encarnan en principios morales y códigos de conducta con los que los padres adoctrinan a los hijos y que pasan a formar parte de la estructura del ego del niño. Por ejemplo, se enseña a la mayoría de los niños que mentir está mal. Si ellos aceptan este principio y luego dicen una mentira, se sentirán culpables. Y si se rebelan contra la enseñanza, se ven forzados a entrar en conflicto con sus padres, lo cual también puede producir sentimientos de culpa.
El problema se complica más porque se considera mal mentir en situaciones de confianza. Se lo considera incorrecto porque se siente que es malo; es decir, provoca un estado de dolor en el que engaña porque perturba la armonía entre él y aquellos que confían en él. En consecuencia, hay alguna justificación para el precepto moral por el cual no se debería mentir, pero rara vez se utiliza esta justificación biológica en la enseñanza de los principios éticos. En cambio, los padres y otras personas se apoyan en una actitud doctrinaria, que vuelve rígido el principio moral y lo disocia de su conexión con la vida emocional del individuo.
Un principio moral que se ha convertido en una norma autoritaria necesariamente entrará en conflicto con el comportamiento espontáneo deu n individuo, que se guía por el principio de placer-dolor. Una cultura sin un sistema de valores carece de sentido.
La cultura en sí es un valor positivo. Una sociedad sin un código de conducta aceptado, basado en principios morales, degenera en anarquía o dictadura. Cuando el hombre desarrolló la cultura y trascendió el estado puramente animal, la moral comenzó a formar parte de su modo de vivir. Pero ésta era una moral natural basada en el sentimiento de lo bueno y de lo malo, especialmente aquello que promovía el placer en Contraposición a aquello que conducía al dolor. Ilustraré este concepto de moral natural con otro ejemplo de la relación padres-hijos. A un padre normal le duele la falta de respeto de su hijo y al niño lo perturba el dolor de su padre. Todos los hijos quieren respetar a sus padres; esto es moral natural. Sin embargo, no lo harán si esto conduce a una pérdida de respeto hacia sí mismos, a una renuncia a su derecho a la autoexpresión.
Si el padre respeta la individualidad del niño, y sobre todo su lucha por el placer, habrá mutuo respeto entre el padre y el hijo, lo cual aumentará el placer y la alegría que cada uno experimenta con el otro. En esta situación ni el padre ni el hijo incubarán sentimientos de culpa.
El sentimiento de culpa surge cuando se impone un juicio moral negativo sobre una función corporal que está fuera del control del ego o de la conciencia. Por ejemplo, sentirse culpable de tener deseos sexuales no tiene sentido desde el punto de vista biológico. El deseo sexual es una respuesta corporal natural a un estado de excitación y se desarrolla independientemente de la voluntad. Tiene origen en las funciones del placer del cuerpo. Si se juzga a este deseo como moralmente malo, significa que la conciencia se ha vuelto contra el cuerpo. Cuando esto sucede se rompe la unidad de la personalidad. En todos — los individuos trastornados emocionalmente hay sentimientos conscientes o inconscientes de culpa que alteran la armonía interna de su personalidad.
La aceptación de los propios sentimientos no implica que tengamos el derecho a actuar sobre la base de ellos en cualquier situación. El ego sano tiene el poder de controlar el comportamiento para adecuarlo a la situación. La falta de poder en un ego débil, o personalidad enferma, puede conducir a acciones destructivas para los individuos y para el orden social. Aunque la sociedad tiene el derecho y la obligación de proteger a sus miembros del comportamiento destructivo, no tiene derecho a etiquetar como malos los sentimientos en sí mismos.
La distinción es más clara si reconocemos la diferencia entre la culpa como juicio moral de los propios sentimientos y la culpa como juicio legal de las acciones de una persona. Esta última implica determinar qué cierto comportamiento ha violado una ley establecida. La primera da origen a un sentimiento que generalmente no guarda ninguna relación con las propias acciones. Una persona que viola una ley es culpable de un delito, se sienta culpable o no. Un niño que experimenta hostilidad hacia sus padres puede sentirse culpable, aunque no haya cometido ningún acto destructivo.
El sentimiento de culpa es una forma de autocastigo. Cualquier sentimiento o emoción puede convertirse en fuente de sentimientos de culpa, si se lo vincula a un juicio moral negativo. Sin embargo, generalmente, son nuestros sentimientos de placer, deseos sexuales o eróticos, y la hostilidad los que están teñidos con estos juicios, que derivan directamente de actitudes paternas y en última instancia de costumbres sociales. Al niño se lo hace sentir culpable de sus luchas por el placer a fin de convertirlo en un trabajador productivo, y se lo hace sentir culpable de su hostilidad para volverlo obediente y sumiso. Durante este entrenamiento se destruye su potencial creativo.
La mayoría de los esfuerzos psicoterapéuticos están orientados a la eliminación de los sentimientos de culpa a fin de restablecer la integridad de la personalidad. Ya que es el sentimiento de culpa el que socava el poder del ego de controlar el comportamiento por el bien del individuo y de la comunidad Y es el sentimiento de culpa el que mueve a las personas a actuar de forma destructiva impidiendo los procesos autorreguladores naturales del cuerpo. En todo niño obediente hay un rasgo de rebeldía que puede surgir en cualquier momento. En toda persona sexualmente reprimida existen tendencias a la perversión. Todo individuo privado de placer se ve tentado por la aventura que promete diversión.
Para eliminar el sentimiento de culpa, primero se debe hacer consciente la culpa. Puede parecer contradictorio hablar de un sentimiento que no se siente, pero el hecho es que en las personas hay sentimientos latentes, es decir sentimientos que han sido reprimidos y que están bajo la superficie de la conciencia. Los mejores ejemplos están en el reino del sexo. En el cambiante mundo de hoy, muchas personas niegan sentirse culpables por sus actividades sexuales. Guiadas por la moral de la diversión, creen que “todo vale” entre dos “adultos que consienten”, siempre que nadie resulte herido. En consecuencia, se jactan de que no se sienten culpables de su promiscuidad sexual o de sus relaciones extramatrimoniales. No obstante, cuando les pregunto a algunas de estas personas que me consultan por la masturbación su expresión es de disgusto. Creen que la masturbación es mala y la evitan. Se quejan de que no experimentan placer en la masturbación. ¿Pero cómo es posible? Si disfrutan del sexo, deberían disfrutar de la masturbación cuando no hay una pareja sexual disponible.
Cuando admiten que se sienten mal después de masturbarse, puede señalarse que éste es un sentimiento de culpa sin sus implicaciones morales. Pronto se evidencia que sus otras actividades les dejan sentimientos mezclados. Sienten algún placer, pero también algún dolor en forma de dudas sobre sí mismos y autocastigo.
La carga del sentimiento de culpa deriva de la emoción natural. Cuando una emoción se expresa plenamente y se libera la excitación, la persona se siente bien. Tiene un sentimiento de placer y satisfacción. Sin embargo, cuando no se expresa plenamente una emoción, la excitación residual no descargada deja a la persona insatisfecha, descontenta y mal. Este sentimiento de malestar puede interpretarse como de culpa, pecado o maldad, según cuál sea el juicio moral. Es inútil evitar las etiquetas de culpa o pecado para cambiar la sensación de malestar subyacente.
Una experiencia de completa satisfacción y placer no deja espacio para que actúe la culpa.La culpa crea un círculo vicioso. Si una persona se siente culpable de sus deseos sexuales, no podrá entregarse totalmente a estos deseos o comprometerse sinceramente en la relación sexual. Su actividad sexual en estas condiciones no puede ser completamente satisfactoria o agradable. El freno del inconsciente, empujado por la culpa, introduce un elemento doloroso en la experiencia y la persona sale de ella con la sensación de que fue de alguna manera "mala”. Para sentirla como buena, una actividad debe ser agradable o placentera. Entonces, realmente se la siente como buena. Cuando carece de esta cualidad, se puede suponer que no fue totalmente buena y la persona necesariamente se sentirá tanto o más culpable que antes.
En consecuencia, la existencia de sentimientos inconscientes de culpa se evidencia en una menor capacidad de sentir placer, en un énfasis en la productividad, en el éxito y en la persecución frenética de la diversión. Negándose el placer, las personas pueden enmascarar su culpa, pero esta maniobra también traiciona su culpa. Su capacidad reducida de gozar la vida está originalmente causada por la culpa. Los “debes” y “no debes” con que se cría a los niños tienen un efecto insidioso que induce a la culpa, aun cuando se eviten palabras tales como “malo” y “pecaminoso”. “No debes perder el tiempo* es un imperativo común. La noción misma de perder el tiempo es un reflejo de la culpa inconsciente.
Cuando el niño haya crecido, el sentimiento de culpa y las inhibiciones que produce se habrán estructurado en su cuerpo en forma de tensiones musculares crónicas. Mientras tanto, puede haberse vuelto rebelde, expresando su desafío mediante métodos que sus padres no aprobarían, pero este procedimiento no modifica la culpa subyacente. Puede inclusive aumentarla. Puede creer racionalmente que se ha liberado de la culpa, pero sólo la reprime a niveles en los que resulta inaccesible. Enla medida en que el cuerpo esté atado a tensiones musculares crónicas que limiten su motilidad y reduzcan la autoexpresión del individuo, no puede negarse la existencia de la culpa inconsciente.
La culpa está unida no sólo a la lucha por el placer sino también a sentimientos de hostilidad. Ambos están directamente relacionados; un niño se vuelve hostil cuando se frustra su búsqueda de placer y se le castiga y se le hace sentir culpable de su enfado. He aquí nuevamente una lista de cosas que “debes” y “no debes” hacer. “No debes gritar”, “Debes escuchar a tus padres”, “No debes enfadarte”, etcétera. Dado que el niño siente la hostilidad resultante como mala, se convence de que él es malo. Él es el culpable.
Una de mis pacientes me hizo ver la relación entre la ira reprimida y la culpa. Me dijo que se sentía terriblemente culpable y que decidió golpear la cama con una raqueta de tenis. Este es uno de los ejercicios terapéuticos de la bioenergética. Lo hacía con todo el rigor, entregándose totalmente a la actividad. Cuando había terminado, el sentimiento de culpa desaparecía totalmente. “La culpa — dijo— no es más que ira reprimida.”
Sin embargo, he tenido pacientes que no podían golpear el diván terapéutico eficazmente. No obtenían ninguna satisfacción con esta actividad. Muchos decían que era tonta. En tales casos, el análisis siempre revela un sentimiento de culpa por la expresión de la hostilidad, especialmente hacia la madre. En consecuencia, el paciente no puede comprometerse con la actividad. Analizando la culpa subyacente, y con práctica constante, el paciente se vuelve más agresivo, golpea con más fuerza y con más sentimiento. Puede ser sorprendente, pero cuando se descarga toda la hostilidad, el paciente no siente culpa y resurge el afecto hacia sus padres.
Dado que el sentimiento de culpa es una forma de autocastigo, se lo puede superar con autoaceptación. Subjetivamente, somos lo que sentimos. Negar un sentimiento o emoción es rechazar una parte de uno mismo. Y cuando una persona se rechaza a sí misma le queda un sentimiento de culpa. Las personas rechazan sus sentimientos porque tienen una imagen idealizada de sí mismas que no incluye sentimientos de hostilidad, temor o cólera. Sin embargo, el rechazo es sólo mental; los sentimientos aún están allí, enterrados y cubiertos con la costra de la culpa.
El rechazo inicial es siempre el de los padres. "Eres un niño malo porque no obedeces a tus padres”; si esto se repite lo suficiente, puede lavar el cerebro del niño para que crea que es malo. Ningún niño nace bueno ni malo, obediente ni desobediente. Nace como un animal, con la tendencia instintiva del animal a buscar el placer y evitar el dolor. Si este comportamiento es inaceptable para sus padres, también lo es el niño. El padre que cree que ama al niño pero no puede aceptar su naturaleza animal básica, es culpable de autoengaño.
El sentimiento original de culpa nace de la sensación de no ser amado. La única explicación que un niño puede formular a este estado de cosas es que no merece el amor. Es incapaz de pensar que el error está en su madre. Este concepto se desarrollará más tarde, cuando haya obtenido más objetividad. A edad temprana, su salud mental y su supervivencia dependen de que vea a su madre bajo una luz positiva, como la “buena madre”, todopoderosa y protectora. Los aspectos del comportamiento de su madre que contradicen esta imagen se niegan y proyectan sobre una “mala madre” que no es realmente la verdadera. Esta reacción del niño es coherente con la visión según la cual el amor maternal es innato e instintivo. Si la madre es “buena”, el niño deberá ser malo, dado que estas categorías sólo se aplican a opuestos. Estas distinciones no surgen cuando madre e hijo satisfacen sus necesidades mutuas y se proporcionan el placer del amor.
De la misma manera que algunos sentimientos se juzgan moralmente malos, otros se juzgan moralmente superiores. Estos sentimientos se cultivan deliberadamente y la persona representa un espectáculo de amor, compasión y tolerancia que no se sienten genuinamente. Este pseudoamor produce una sensación de bienestar moral, pero no de placer. La persona recta no ama porque tenga la esperanza de un placer sino como un deber u obligación moral. Dicho comportamiento está destinado a ocultar los sentimientos contrarios. El pseudoafecto de la persona recta cubre su hostilidad reprimida.
La persona recta ha reprimido su lucha por el placer en favor de un ego de superioridad moral. Ha reprimido también su sentimiento de culpa por sus verdaderas emociones. Su rectitud, sin embargo, traiciona su culpa, ya que la rectitud y la culpa son como la cara y la cruz de una misma moneda. Una no existe sin la otra, aunque no se muestran ambas a la vez. Cada persona que se siente culpable tiene también un sentimiento oculto de superioridad moral.
No hay comentarios:
Publicar un comentario