lunes, 16 de marzo de 2026

La Experiencia del Placer, parte 32

 AFECTO Y HOSTILIDAD

Las emociones pueden clasificarse en simples o compuestas. La emoción simple tiene sólo un tono de sentimiento, placer o dolor. Las emociones compuestas  contienen elementos de placer y de dolor. La tristeza y la compasión son, como lo veremos, emociones compuestas.

También pueden combinarse dos o más emociones para producir una respuesta más compleja. En el resentimiento, por ejemplo, hay ira más temor. Generalmente, los juicios de valor se superponen a los propios sentimientos, produciendo lo que yo llamo emoción conceptual. La culpa, la vergüenza y la vanidad entran en esta categoría.

A veces, las sutiles respuestas emocionales de las personas escapan a una definición. Las palabras son inadecuadas para describir todos los matices de  sentimientos que el ser humano es capaz de experimentar.

No es mi intención analizar cada respuesta emocional. Sin embargo, algunas son importantes para comprender la personalidad humana. Estas, que incluyen las emociones simples, recibirán toda nuestra atención.

Hay dos pares de emociones simples, cuyos miembros guardan una relación polar entre sí. Temor e ira forman un par; amor y odio forman el otro. El segundo par abarca a todas las emociones que pueden agruparse bajo los títulos afecto y hostilidad. Generalmente definen nuestros sentimientos hacia los demás, aunque podemos hablar de amor y odio a objetos y situaciones.

El afecto es el acercamiento a los demás y al mundo desde un estado excitado de expectación placentera. Representa una reacción expansiva en el cuerpo. Se basa en el flujo de sangre hacia la superficie del cuerpo que se produce por la dilatación del sistema sanguíneo periférico.

El flujo de sangre hacia la superficie crea una sensación de calor físico. Los sentimientos afectuosos se caracterizan por su calor. Decimos que una persona afectuosa es cálida. Las demás manifestaciones físicas de placer también están  presentes. La musculatura está floja y relajada, el latido cardíaco es lento, las pupilas están contraídas, etcétera.

El calor del afecto está principalmente en la piel, la sangre fluye hacia ella. Esto produce un deseo de algún contacto físico con la persona que es objeto de estos  sentimientos: un apretón de manos, un abrazo o un beso. Todos los sentimientos afectuosos tienen un aspecto erótico y son una expresión del impulso erótico, o Eros. Los elementos eróticos del afecto pueden ser secundarios o dominantes. Son secundarios en la amistad y dominantes en el amor sexual. Un fuerte elemento erótico es el provocado por un alto grado de excitación, con centro en las zonas eróticas. Luego éstas se sobrecargan con sangre.

Los sentimientos opuestos, a saber, aquellos que pueden denominarse hostiles, están también determinados por el flujo de sangre, pero en dirección opuesta. La sangre abandona la piel y la superficie del cuerpo, provocando una sensación de frialdad. Todos los sentimientos hostiles son fríos. La persona hostil retrae su afecto y se vuelve fría hacia otro individuo. Pierde todo deseo erótico que pueda haber tenido y repele cualquier idea de contacto físico.

Todos los sentimientos hostiles representan, en consecuencia, la retracción del sentimiento. Ni el afecto ni la hostilidad representan una actitud agresiva. La agresión es una función del sistema muscular, que no participa activamente en los sentimientos que estamos tratando. Generalmente se añade un componente  agresivo a estos sentimientos, transformándolos en acciones específicas. El acto sexual requiere este añadido para que se produzca la copulación. Cuando un elemento agresivo se une a un sentimiento hostil, se produce un ataque o una agresión, que difiere de la reacción puramente hostil de volverse frío.

La palabra “agresivo” se utiliza en psicología como opuesto a lo pasivo. Agresivo implica moverse hacia la persona u objeto, mientras que “pasivo” indica una  inhibición de este movimiento. Una persona puede ser agresivamente hostil o agresivamente afectuosa; del mismo modo, puede ser pasiva al expresar hostilidad o afecto. Es obvio que la palabra “activo” no puede utilizarse en este contexto como opuesta a pasivo, dado que carece de la connotación de una dirección u objetivo. Un jugador de tenis agresivo, juega para ganar; un jugador activo no  necesariamente tiene esta meta.

Para demostrar la polaridad de los sentimientos afectuososy hostiles, trataré y compararé amabilidad con hostilidad y amor con odio. La amabilidad distingue nuestros sentimientos por la persona que tiene actitudes y gustos similares a los nuestros, de nuestros sentimientos por un extraño. Los placeres se comparten con un amigo. Dudamos de compartirlos con extraños. Pero por el acto mismo de  compartir un placer con un extraño, éste se convierte en un amigo.

La reserva que se manifiesta hacia el extraño es muy evidente en la mayoría de los niños grandes. Un niño pequeño, que tiene el sentido del sí-mismo sin desarrollar,  no hace distinciones entre los niños de su misma edad. En cambio, no sólo un grupo establecido de niños mira al recién llegado con reserva, sino que él también se acerca cautelosamente al grupo. Durante algún tiempo, observa las actividades a la distancia. Luego se aproxima gradualmente.

Cuando se familiariza más, uno de los otros niños puede invitarlo a participar en su juego. Cuando él lo hace, su aceptación está asegurada.

El extraño representa un elemento perturbador del sentimiento de calma y armonía que inunda a un grupo establecido. Su presencia puede inhibir el flujo de  sensaciones placenteras que se da entre amigos íntimos y, en consecuencia, puede provocar algún grado de hostilidad o frialdad. Por otra parte, el extraño introduce novedad y excitación, con su promesa de placer. En consecuencia,  provocará alguna curiosidad, que conducirá al contacto.

Cuál de los dos factores tiene más peso a la hora de determinar la respuesta al extraño depende de la personalidad de los miembros del grupo. Una persona  segura estará más dispuesta a aceptar a un extraño que una insegura.

La amabilidad con un extraño se manifiesta más en las personas que disfrutan que en las personas que se hallan en una situación de poder. Hablando en general, cuando las personas lo están pasando bien, tienden a ser receptivas con un extraño. Este placer las vuelve expansivas y las abre a nuevas experiencias. Un extraño siempre es bien recibido en una fiesta; generalmente es persona non grata en un enclave de poder. En la lucha por el poder las personas desconfían del extraño y le temen. Cuando no hay placer, el extraño suele encontrar hostilidad o inclusive enemistad.

Muchos años atrás, vi una tira cómica que mostraba vívidamente esta situación. Dos hoscos galeses estaban de pie en un campo mirando a un extraño que se acercaba.

—¿Lo conoces, Bill? —preguntó el primero.

—No —respondió el segundo galés.

—Tírale una piedra —dijo el primero.

La hospitalidad con el extraño es un concepto que se enseña como parte de la tradición judeo-cristiana, entre otras. La civilización moderna, con sus facilidades para los viajes y las comunicaciones, tiende a quebrar las barreras naturales entre los extraños. Pero éste es sólo un fenómeno superficial. Debajo de la aparente cordialidad con que se recibe al turista, siempre podemos captar la reserva y  frialdad subyacentes que sienten por el extraño las personas cuyas vidas están privadas de alegría.

La persecución del extraño es una expresión de odio, más que de simple hostilidad. Dado que puede ser un objeto natural de sentimientos hostiles, se convierte fácilmente en blanco de odios reprimidos que tienen origen en experiencias dolorosas de la niñez. Las personas proyectan sobre el extraño las hostilidades intensas que inicialmente experimentaron hacia la figura paterna y que han reprimido a través de la culpa. El extraño se transforma en el chivo expiatorio sobre el que se descargan estos sentimientos de hostilidad. Esta transferencia generalmente encuentra aprobación social y el ego la racionaliza fácilmente. La  hostilidad con que se recibe al extraño puede superarse con una creciente familiaridad, pero sería un error pensar que el odio hacia el extraño pueda superarse con educación.

Para liberar los odios reprimidos se necesita una situación terapéutica. Primero, debe utilizarse alguna forma de técnica analítica para hacerles conscientes. Segundo, se debe superar y liberar la culpa que sirve para reprimir estos  sentimientos hostiles. Y tercero, se debe ofrecer algún medio para la expresión física de la hostilidad en un ambiente controlado, de manera que se descarguen las tensiones físicas que subyacen a estos sentimientos. Cuando esto ocurre, se restablece la capacidad de experimentar placer y el “bienestar” se convierte en el tono normal del cuerpo. 

El amor y el odio son un conocido par de opuestos. No es difícil comprender la polaridad si advertimos que el odio es amor congelado, es decir, un amor que se ha enfriado. Cuando el amor se transforma en odio, no se debe a una decepción. Dado que el amor está basado en la esperanza del placer, se desvanece lentamente cuando no hay placer.

Un pretendiente rechazado se siente herido, pero no odia. La causa del odio es una sensación de traición. Si hemos dado un compromiso de amor que la otra persona ha aceptado, nuestro corazón está totalmente abierto, hemos depositado nuestra confianza en el otro. La traición de esta confianza es como un cuchillo clavado en nuestro corazón.

Provoca un shock en la personalidad, que paraliza todos los movimientos y frena todos los sentimientos. Es como el congelamiento rápido de los alimentos, que preserva el sabor deteniendo todos los procesos bioquímicos.

Es la sensación de traición la que siempre transforma los sentimientos afectuosos en animadversión. La traición de una amistad transforma el sentimiento positivo en  enemistad. La traición de la confianza convierte el afecto en animadversión. En consecuencia, el grado de animadversión es proporcional a la cantidad de sentimiento positivo invertido en una relación.

Los sentimientos afectuosos unen a las personas en un verdadero espíritu de comunidad, de manera tal que el bienestar de una persona le interesa a la otra. En particular el amor implica atención y dependencia mutuos. La persona enamorada lleva a la persona amada a su corazón y al mismo tiempo le entrega su corazón a la otra. Es fácil ver por qué una traición tiene un efecto tan profundo. Provoca una profunda herida que sana muy lentamente y deja una cicatriz.

La traición más importante es la de los padres, especialmente la de la madre al hijo. El niño no sólo depende de su madre, sino que está naturalmente abierto a ella. Una madre traiciona a su hijo cuando expresa hostilidad o muestra una actitud destructiva hacia él. El niño sólo puede reaccionar con el sentimiento: “Realmente no le importo”. Una manifestación de enfado no tiene el mismo efecto. El enfado es un sentimiento positivo y expresa una inquietud real. La hostilidad hacia un niño es otra cuestión. Nunca está justificada biológicamente,ya que el niño es una  prolongación de la madre. Es una expresión del odio a sí misma y una transferencia de la hostilidad que se desarrolló debido a que la mujer fue traicionada por su propia madre.

La hostilidad hacia un niño generalmente nace cuando éste no satisface la imagen que tienen los padres sobre lo que debería ser su hijo. Esta imagen es también su propia autoimagen idealizada e inconsciente. Cuando el niño no está a la altura de esta imagen, los padres se sienten traicionados. Esta sensación de traición transforma el afecto de los padres en hostilidad, lo cual provoca entonces una  reacción negativa del niño. Así se crea un círculo vicioso del cual no pueden escapar ni los padres ni el hijo. Los padres pueden evitar una situación tan desafortunada si advierten que un bebé o niño es un animal cuyo comportamiento está regido por el principio del placer. Educar al niño para que se convierta en miembro de la sociedad civilizada requiere tener un enfoque creativo basado en una apreciación de este principio, si se han de evitar los efectos destructivos de la hostilidad paterna.

El odio contiene la posibilidad de amar. Por ejemplo, si se perdona la traición, la persona se descongela y el amor fluye nuevamente. Esto sucede frecuentemente en las últimas etapas de la terapia. En las primeras etapas, el paciente se hace consciente de la hostilidad u odio reprimidos que siente hacia sus padres debido a su traición.

Estos sentimientos negativos se liberan como se describió anteriormente. Cuando ha descargado sus tensiones y ha recuperado su bienestar, un paciente puede aceptar que el comportamiento de su madre estuviera determinado por su propia crianza y puede perdonarla. Ahora siente un genuino afecto por su madre, en lugar del amor compulsivo con el que lo agobiaron. El odio se vuelve a convertir en  amor, también fuera de la terapia cuando hay un intercambio honesto de sentimientos y una verdadera reconciliación.

No son desconocidas las situaciones en las que una reacción inicial de odio se transforma espontáneamente en amor. Esta evolución puede explicarse suponiendo que siempre existió una fuerte atracción pero que el temor a la traición impidió que ésta fluyera. Este temor puede expresarse de la siguiente manera: “Si me permito amarte, tú te volverás en mi contra y me lastimarás, entonces te odio”. A medida que  disminuye el temor, florece el amor. El temor a la traición subyace a los celos excesivos que nos hacen sospechar de todos los movimientos de la persona amada.


 

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