martes, 27 de enero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 28

 CAPITULO 7   

Autoconocimiento y autoafirmación

CONOCIMIENTO Y NEGACIÓN

Una persona no puede ser consciente de su individualidad si no tiene el derecho y la capacidad de afirmarla. Dicho con claridad, el autoconocimiento depende de la autoafirmación. Afirmarse a sí mismo implica la idea de oposición y difiere en este aspecto de expresarse a sí mismo, que no tiene esta connotación. La autoafirmación es la declaración de la propia individualidad frente a las fuerzas que la niegan.

Dichas fuerzas están en la sociedad y en el hogar. Para salvaguardar la individualidad de la persona, la Constitución de los Estados Unidos contiene la garantía de la libre expresión cuyo elemento esencial es el derecho a disentir. Sin el derecho de expresar la oposición, la individualidad se debilita y se socava la creatividad. Con frecuencia me ha impresionado observar que la incapacidad de un paciente de conocerse a sí mismo se corresponde con su incapacidad de decir “no”. Ante preguntas tales como: “¿Tenía rabietas cuando era niño?” o “¿Le dieron pecho?”, invariablemente responde: “No sé”. La falta de conocimiento sobre la propia infancia es algo comprensible, sabiendo que Freud demostró que los  primeros recuerdos de la infancia se reprimen. Sin embargo, aún preguntas relacionadas con el presente —“¿Por qué sonríe?”, “¿Qué siente?”, “¿Qué desea?”— con frecuencia dan lugar a la misma respuesta: “No sé”.

La incapacidad de decir “no” se manifiesta en el comportamiento del paciente bajo el estrés de las situaciones de la vida. No puede decirles “no” a las figuras con autoridad, no puede rechazar amablemente exigencias que considera excesivas y no puede resistirse a las presiones de su medio social. La misma dificultad se hace  evidente en la terapia cuando el paciente intenta gritar “No” y “No lo haré”, golpeando con los puños y pateando la cama. Su voz carece de convicción y resonancia. Sus movimientos carecen de coordinación y son débiles. Con  frecuencia, se detecta una nota de temor en la voz mediante la presencia de una inflexión ascendente, o se acorta el sonido y esto da la impresión de una protesta  ineficaz. Aun un observador que mira las acciones del paciente en una película, nota la falta de autoafirmación.

El paralelo entre el desconocimiento del sí-mismo y la debilidad caracterológica de la capacidad de decir “no” me hizo pensar que debe existir una conexión lógica entre ambos. Cuando el paciente dice “No sé”, ¿está también diciendo “No niego”, es decir, “No digo “no’ ”? La similitud de sonido entre las palabras “sé” y “no”** puede ser simplemente casual, pero da lugar a la pregunta: ¿Hasta qué punto es la negación un ingrediente esencial del conocimiento?

El conocimiento es una función de discriminación. Para saber qué es A, se lo debe distinguir de todo lo que es no-A. El conocimiento surge del reconocimiento de las diferencias. La primera diferencia que puede reconocer un organismo es la que existe entre lo que siente que es bueno para el cuerpo, o placentero, y lo que siente que es doloroso. Incluso distinciones tan elementales como el día y la noche, la luz y la oscuridad, arriba y abajo, se encuentran fuera del alcance del ser humano recién nacido. Hasta que abre los ojos, el bebé vive en un mundo en el cual el sí-mismo corporal es el universo y el otro, el no-sí- mismo, no existe en la conciencia. Cuando comienza a distinguir, unos de otros, los diferentes aspectos del mundo exterior, el bebé los identifica, en su mente, como sensaciones corporales. La madre se convierte en la persona que transforma la angustia en contento, el hambre en saciedad. En este nivel temprano, el comportamiento del bebé es puramente impulsivo. Sus reacciones son involuntarias. No ha aprendido a pensar y no ha adquirido ningún conocimiento.

El paso de la respuesta impulsiva al pensamiento exige la introducción de una frustración y de una negación. Si las acciones impulsivas de un organismo fueran capaces de satisfacer todas sus necesidades y deseos, el pensamiento consciente sería innecesario. La necesidad del pensamiento consciente surge cuando los patrones automáticos de comportamiento no satisfacen al organismo. En todos los  experimentos de aprendizaje con animales, la frustración es la palanca que obliga al animal a aprender un nuevo comportamiento para alcanzar el fin deseado. En uno de los más famosos experimentos de este tipo se colocó una banana fuera de la jaula de un mono y fuera de su alcance. Después de varios intentos inútiles de alcanzar la banana con el brazo, el mono finalmente descubrió un palo que le  habían dejado dentro de la jaula. Utilizando el palo pudo acercar la banana. En las oportunidades posteriores, utilizó el recurso del palo después de menos esfuerzos inútiles para alcanzar la banana con la mano. Podría decirse que el mono aprendió una nueva habilidad, que el aprendizaje implicó pensamiento y que en el proceso adquirió el conocimiento sobre una nueva forma de utilizar el palo.

El rol de la frustración en el pensamiento es evidente; el de la negación es oscuro. La frustración no necesariamente conduce a pensar; puede transformarse, con la misma facilidad, en ira o cólera. Estas son, de hecho, las respuestas más naturales a la frustración. Sólo puede haber pensamiento cuando la energía del deseo frustrado se aparta de esta vía de liberación. Un tiempo antes de que la frustración se vuelva agobiante, el animal debe detener el esfuerzo inútil. “Detente a pensar” es una antigua máxima.

El “detente”, que es tan esencial para el pensamiento, es un “no” silencioso, una orden negativa de un centro superior que frena la reacción emocional y deja que una facultad superior tome el control. Esta orden que detiene un esfuerzo inútil, y encauza la energía del impulso por un nuevo canal, es la voz del ego en su función creativa. En el impulso creativo participan tres elementos: el primero es un fuerte impulso que busca la satisfacción en el placer; el segundo es una frustración que  impide la satisfacción a través de las acciones habituales, y el tercero es un grado de autocontrol y autodisciplina que impide que el impulso frustrado se convierta en un comportamiento destructivo. Si la motivación del placer es débil, el esfuerzo puede conducir a un sentimiento de resignación. Si la autodisciplina es débil se transformará en cólera.

Un ego sano tiene las riendas de las respuestas involuntarias del cuerpo. No sustituye con sus ilusiones los deseos del cuerpo. Su influencia es restrictiva y es el fundamento del autodominio. Esto se ilustra con el siguiente incidente. Un joven que conocí quedó atrapado en una peligrosa contracorriente y descubrió que, a pesar de que estaba haciendo sus mejores esfuerzos por nadar, no podía salir. Advirtiendo que comenzaba a atemorizarse y a desesperarse, se dijo: “No te dejes ganar por el pánico”. Después de pensar un instante, observó que debía ahorrar  fuerzas y pedir auxilio. Así lo hizo y lo rescataron. Este ejemplo podría multiplicarse muchas veces.

Yo sostengo que la capacidad de decirse “no” a sí mismo y de decirles “no” a los demás son meramente las dos caras de una misma moneda. Si se niegan el derecho y la capacidad de afirmar la propia oposición, la autodisciplina y el autodominio necesariamente sufrirán.

Ahora encaremos esta cuestión de una forma algo diferente. Cuando nuestro hijo crezca, inevitablemente entrará en conflicto con sus padres. Pero supongamo que  es de una naturaleza inusual, que escucha todo lo que dice su madre y cumple sus órdenes al pie de la letra. “Come este puré”, le ordena su madre, y el niño obedece fielmente. Si este programa continuara a todos los niveles, ¿cómo aprendería el niño a pensar? No necesitaría pensar, ya que mamá sabe más. No necesitaría aprender, dado que su madre prevería todos los problemas y controlaría todas las  contingencias. No adquiriría ningún conocimiento, ya que no necesitaría de él. Afortunadamente, ningún niño normal nace con esa predisposición, ya que terminaría siendo un idiota impotente.

Cuando un niño obedece una orden, se lo priva de la oportunidad de aprender y de adquirir conocimientos. Esto no significa que nunca se le deban dar órdenes a un niño. Las órdenes son necesarias en emergencias, pero no en las situaciones de aprendizaje. Esto último requiere un libre juego de voluntades, si ha de haber pensamiento.

El “No niego” comienza en el hogar. Se inicia cuando un padre avasalla la oposición de un niño e impone su voluntad por encima de las objeciones de éste. Esto es tan común que generalmente pasa inadvertido. Después de todo¿qué sabe un niño? Un padre sabe más y con seguridad niega mejor. Pero los problemas en los cuales surge el conflicto entre padres e hijos rara vez son solucionables con un  conocimiento superior. Un niño se aleja unos pasos en el supermercado y su atenta madre le ordena que regrese. Si el niño no responde con suficiente rapidez, es probable que su iracunda madre lo levante de un sacudón. He visto esto varias veces. Es sorprendente la dureza con que se dan estas órdenes. “Deja de hacer eso”, “Siéntate* “No corras”, “No toques los caramelos” se expresan con tonos tan  autoritarios que me sorprendo cuando algunos niños se resisten con tanta temeridad.

El observador que mira a padres e hijos sólo puede deducir que ésta es, rara vez, una cuestión de “mamá sabe más”; más bien se trata de una cuestión de autoridad y obediencia. A un niño debe enseñársele a obedecer a sus padres; de lo contrario, temen, no podrán ejercer ningún control sobre él y podrá volverse malo. Este temor pasa por alto el hecho de que el niño es un ser social cuyas acciones espontáneas son autoexpresivas y no autodestructivas.

Desde el momento de su nacimiento, sus respuestas están orientadas por impulsos arraigados en la sabiduría del cuerpo. Si partimos de la premisa de que la disciplina debe imponerse desde fuera, no puede desarrollarse una verdadera autodisciplina. El niño se vuelve sumiso por temor: esto no es lo mismo que autocontrolado. El niño “bueno” y obediente que sacrifica su derecho de decir “no” pierde la capacidad de pensar por sí mismo. Creer que los niños “irán por mal camino” si no se les impone disciplina muestra una falta de fe en la naturaleza humana. Los niños no son intrínsecamente monstruos, pero pueden transformarse en tales cuando los padres son hostiles y reprimen su independencia. A los ojos de un niño, ese padre  es un monstruo al cual sólo puede oponerse con sus propios métodos. Así, el niño se torna como su padre.

 Es sorprendente la facilidad con que las personas olvidan la ley fundamental de la reproducción: de tal padre, tal hijo. La cualidad monstruosa de un padre es su falta de respeto por la individualidad de su hijo. Es inhumano que un padre no acepte a su hijo tal como es sino que trate de moldearlo según una imagen, que tiene en su propia mente, de lo que debería ser el niño.

Todos los niños atraviesan una fase negativa en su desarrollo. Entre los dieciocho meses y los dos años le dirán “no” a muchas exigencias y ofertas de sus padres. Este “no” revela que el niño es cada vez más consciente de que puede pensar por sí mismo. Frecuentemente es tan espontáneo que el niño puede efectivamente decir “no” a algo que le gusta. Recuerdo haberle ofrecido a mi pequeño hijo una de sus galletitas preferidas. Antes de reconocerla siquiera, dio vuelta la cabeza con un gesto de rechazo. Sin embargo, una rápida mirada lo convenció de que era un  objeto deseado y lo buscó. Pero cualquier insistencia de mi parte habría afirmado su negativa inicial.

El permitirle o no a un niño efectuar su propia elección en cualquier situación depende de las circunstancias. En principio, siempre debemos respetar el derecho de un niño a decir “no”. En la práctica, es aconsejable dejar que el niño haga lo que desee siempre que sea posible. Esto le permitirá desarrollar su sentido de la responsabilidad por su propio comportamiento, que es una tendencia natural en  todos los organismos. Cuando los primeros esfuerzos de un niño por establecer una norma autorreguladora son rechazados por los padres, surgen conflictos difíciles de superar. El niño que tiene el derecho de decirles “no” a sus padres, crece y se convierte en un adulto que sabe lo que quiere y quién es.

La imposición de patrones de pensamiento se denomina popularmente lavado de cerebro. Se puede lavar el cerebro de una persona sólo cuando se vencen su resistencia y voluntad. Se la debe privar de su derecho a decir “no”. Mientras tenga ese derecho, intentará descubrir las cosas por sí misma. Puede cometer errores, pero aprenderá. Los pacientes que son incapaces de expresar su oposición no  podrán descubrir nada por sí mismos. Esperan que el terapeuta les dé respuestas que no tiene. No saben qué quieren realmente o quiénes son. Afortunadamente, a muy pocos pacientes se les lava completamente el cerebro. La mayoría de ellos sufren una relativa limitación en su capacidad de autoafirmarse, pero esta limitación es la responsable de sus dificultades y de su falta de autoconocimiento.


lunes, 19 de enero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 27

  

BELLEZA Y GRACIA 

Las personas tienen la sensación de que la verdad es bella y de que la falsedad y la deshonestidad son feas. También se cree que lo bello es verdadero. En esta sección trataré la relación entre la belleza y la salud, ya que la salud puede  considerarse la verdad del cuerpo.

Generalmente no se considera que la belleza esté dentro del campo de la psiquiatría. La idea de que la belleza esté de alguna manera conectada con la salud mental parece un pensamiento extraño. Numerosos psiquiatras han afirmado que hay mujeres aparentemente bellas y hombres aparentemente guapos entre los insanos. Mi experiencia me indica lo contrario. Ni una sola de las pacientes esquizoides que he tratado sentía que su cuerpo era bello y yo coincidiría con esa autoapreciación. Realmente sería extraño que no existiera una relación entre lo bello y lo sano. Es posible que necesitemos revisar nuestras ideas sobre belleza y salud.

Los niños sanos nos parecen bellos, admiramos sus ojos brillantes, su tez clara y sus jóvenes cuerpos bien formados y ágiles. Nuestra respuesta a un animal está basada en las mismas cualidades: su vitalidad, su gracia y su exuberancia. Vemos a un animal sano como un objeto de belleza, sea un gato, un perro, un caballo o un pájaro. A la inversa, la enfermedad nos produce repulsión. Es difícil ver belleza en  la enfermedad. En la descripción de la utopía que Samuel Butler hace en su libro Erewhon, la enfermedad era el único delito por el cual se encarcelaba a las personas. Esta es una visión extrema de la enfermedad, que hiere nuestra  sensibilidad. Somos reacios a pensar que una persona enferma sea fea. Nos compadecemos de su infortunio, especialmente si está cercana a nosotros y en consecuencia negamos toda la repugnancia que pueda causarnos la enfermedad. Tales sentimientos son particularmente humanos; los animales salvajes destruyen a los enfermos.

Si se disocia la belleza de la salud, se la divorciará del aspecto más significativo de la existencia. Creará un mundo de valores opuestos, uno de los cuales fomenta el bienestar físico de los individuos, mientras que el otro trata con los conceptos abstractos de la belleza que no tienen nada en común con la salud. Los griegos, cuya cultura es uno de los fundamentos de la nuestra, no efectuaban esta distinción. Admiraban la belleza corporal como una expresión de la salud mental y física. Sus filósofos identificaban lo bello con lo bueno. En su escultura y arquitectura muestran la reverencia que le debían a lo bello por ser un atributo de la divinidad.

La tradición griega de la belleza, que se trasladó a la cultura romana, puede contrastarse con la actitud religiosa de los antiguos judíos que impedía todo culto a la forma y a la imagen. El Dios hebreo era una abstracción a la cual nadie podía aproximarse físicamente. Sus mandamientos eran una ley moral que sólo podía percibirse mental o psíquicamente. La buena vida para el hebreo consistía en  cumplir la Ley, que, en la medida en que promovía el bienestar de los miembros de la comunidad hebrea, agregaba un elemento de belleza a sus vidas. Pero la  belleza era secundaria para la moral.

A la larga, ambas culturas entraron en conflicto en la era cristiana. La cristiandad incorporó elementos de ambas culturas e intentó sintetizarlas en la figura de Cristo, que encarnaba en su persona el concepto de belleza junto con las ideas de justicia y moral que procedían de los hebreos. Esta síntesis, sin embargo, nunca se logró totalmente, ya que el cuerpo era considerado inferior al espíritu. La opresión romana impidió una vida de placer en la tierra para los primeros cristianos. Su salvación estaba en el Reino de los Cielos, que podía alcanzarse mediante la devoción y la fe. Cuando la Iglesia cristiana creció y ganó poder, se volvió en contra del cuerpo y del placer corporal. La belleza se convirtió en un concepto espiritual.

La división entre cuerpo y espíritu, o entre cuerpo y mente, se ha convertido en parte de nuestra cultura occidental. Es la responsable de la dicotomía que existe en la medicina moderna, que ve la enfermedad física y la enfermedad mental como dos fenómenos que no se relacionan entre sí. La mente del médico está entrenada  para pensar en la enfermedad como fenómeno accidental que no guarda relación con la personalidad. Esta actitud se desarrolló como reacción contra el misticismo de la cristiandad, que veía la enfermedad como un castigo por un pecado. Sin embargo, esto conduce a una visión mecanicista del cuerpo en la cual la belleza física es también una cualidad accidental que no está relacionada con la salud.

La medicina define la salud como la ausencia de enfermedad, así como ve el placer como la ausencia de dolor. Y debido a que sospechan que se puede simular una enfermedad, los médicos son reacios a describir un trastorno como una enfermedad, a menos que exista una lesión comprobable que justifique esta denominación. En su deseo de evitar la subjetividad, ignoran lo que sus sentidos les indican y confían en los instrumentos. Estos constituyen una ayuda en las mediciones fisiológicas y se los puede utilizar para determinar la eficiencia mecánica de un órgano o sistema. Pero ningún instrumento puede medir las  condiciones de funcionamiento de un organismo. 

Para esto necesitamos un concepto de la salud. Y al formular este concepto no podemos ignorar la significación del placer, de la belleza y de la gracia. Cuando observamos a un niño sano, no vemos su estado de salud. Lo que vemos es un niño que causa impresión en nuestros sentidos por su energía, gracia y atractivo. Interpretamos estas señales físicas como manifestaciones de un cuerpo sano. La determinación de salud o enfermedad es un juicio. La persona normal efectúa este juicio sobre la base de las impresiones de sus sentidos.

¿Tiene validez este juicio?

Una de las tesis de este estudio consiste en que el placer es la manifestación de un organismo en condiciones sanas de funcionamiento. Si esto es así, entonces la belleza es también una manifestación de salud, siempre que se establezca la conexión entre lo bello y lo placentero.

Pensamos en la belleza como algo placentero para los ojos: una mujer bella, por ejemplo, o un cuadro bello. La belleza, en su significado más simple, representa la armonía de los elementos de una escena o un objeto. Se destruye por la presencia de una desproporción o desorden evidentes. Pero una imagen estática no es bella. La armonía u orden debe derivar de una emoción interna que el objeto irradia y  que unifica sus diversos elementos. Esta cualidad que hace que el objeto parezca bello a los ojos se ve también en la música, cuando ésta resulta placentera para nuestros oídos. La cacofonía, o incluso una nota discordante, puede hacemos retorcer de dolor.

El placer de lo bello reside en su capacidad de excitar nuestros propios ritmos corporales y de estimular el flujo de sensaciones en nuestro cuerpo. Si respondemos con placer a un objeto bello es porque la emoción que contiene se transmite a nosotros. También nosotros nos emocionamos. Si falta esta respuesta, no sentimos placer. Es válido decir que no encontramos belleza en el objeto. Esto puede deberse a una deficiencia en nuestros sentidos o puede ser que el objeto no sea emocionante. Es difícil ver cómo un objeto sin emoción puede considerarse como un objeto bello o cómo una persona que no siente emoción puede experimentar la belleza.

Nuestra respuesta a las personas es similar a nuestras reacciones ante todos los objetos de nuestro medio. Nos excita una persona bella porque es excitante. Sentimos placer en compañía de una persona bella porque ella se siente bien consigo misma. En consecuencia, estamos justificados si la vemos como sana.  Una persona enferma no podría impresionarnos de la misma manera. Carecería de la emoción interna para estimularnos y del sentimiento de placer para hacemos sentir bien. En todo caso, ejercería una influencia deprimente. Sólo mediante un enorme esfuerzo de la imaginación se la podría considerar bella.

La excitación y el flujo de sensaciones vinculadas al placer se manifiestan físicamente en la gracia. La gracia es la belleza del movimiento y sirve de complemento a la belleza de la forma en un organismo sano. Al igual que la belleza, es una manifestación de placer. En un estado de placer nos movemos con gracia. El dolor produce un efecto perturbador sobre nuestros movimientos.

La palabra “gracia” tiene connotaciones que sugieren cualidades personales superiores. Se la utiliza como expresión de reverencia. El saludo “Su Gracia”, dirigido a quienes exigen respeto, es equivalente a “Su Excelencia”. Sugiere que la persona a quien así nos dirigimos tiene un poder personal especial, una gracia, que deriva, en última instancia, de su parentesco con una divinidad. En la antigüedad se creía que los reyes ejercían su autoridad por derecho divino, que confería a estas personas el atributo especial de la gracia.

La Biblia nos dice que el hombre fue creado a imagen de Dios y presuntamente cada hombre poseía una parte de la gracia; es decir, era Divino. Freud intentó demostrar que el hombre creó a Dios a imagen de su padre. Pero para cada niño, su padre es una persona de virtud superior, un hombre de gracia y, a los ojos del niño, Divino. Según la Biblia, el hombre perdió la gracia de Dios cuando comió la fruta del árbol de la sabiduría y conoció el bien y el mal. Cuando el hombre comenzó a pensar en lo bueno y en lo malo, debe de haberse sentido como el ciempiés que se quedó paralizado cuando intentó decidir qué pie mover primero. 

En el momento en que tenemos que pensar en movemos, se interrumpe el flujo espontáneo de sensaciones del cuerpo. La ruptura del movimiento rítmico produce un estado de falta de gracia.

Todos los animales son graciosos en sus movimientos. Cuando miramos un pájaro nos impresiona como un objeto bello en movimiento. El brinco de un ciervo y el salto de un tigre inspiran admiración. Los hombres primitivos conservan mucha de esta gracia animal, que se pierde progresivamente en el proceso civilizador. Se pierde cuando una persona no es libre para seguir sus instintos y sentimientos.

Con la pérdida de gracia hay una pérdida de gentileza. La persona que está dotada de gracia es gentil. Es abierta, cálida y comunicativa. Es abierta porque ninguna tensión restringe su flujo de sentimientos. No ha desarrollado ninguna defensa neurótica ni esquizoide contra la vida. Es cálida porque su energía no está atada a conflictos emocionales. Tiene más energía y, en consecuencia, más sentimientos. Les brinda placer a los demás sin esfuerzo, ya que todos los movimientos de su cuerpo son una fuente de placer para sí misma y para los demás.

En un ser humano, la falta de gracia física se debe a que las tensiones musculares crónicas bloquean los movimientos rítmicos involuntarios del cuerpo. Cada forma  de tensión representa un conflicto emocional que se resolvió mediante la inhibición de ciertos impulsos. Esta no es una verdadera solución, ya que los impulsos reprimidos encuentran el camino hacia la superficie en formas distorsionadas. La tensión muscular, la inhibición y el comportamiento distorsionado son señales de que el conflicto está aún activo, a nivel inconsciente. La persona que sufre tales conflictos no es graciosa ni gentil. No está mentalmente sana y, en vista del estrés físico que crean las tensiones musculares, no puede ser considerada físicamente sana.

El argumento que se presenta contra este concepto es que muchas personas aparentemente graciosas están emocionalmente perturbadas. Se hace referencia a los bailarines y atletas, cuyos movimientos se consideran graciosos. Pero la gracia de estos artistas es una reacción adquirida y no es, en absoluto, igual a la gracia de un animal salvaje. Los artistas parecen graciosos sólo cuando realizan la actividad especial que dominan. Aun así, su actuación no carece de esfuerzo. Sólo parece así a la distancia. Fuera de escena, estos artistas son a menudo bastante torpes en su comportamiento. La verdadera prueba de gracia está en los movimientos cotidianos de la vida: caminar, hablar, cocinar o jugar con un niño.

La belleza de la forma del cuerpo y la gracia de sus movimientos corporales son manifestaciones exteriores u objetivas de salud. El placer es la experiencia interna o subjetiva de la salud. La salud es indivisible; incluye la idea de salud mental y de bienestar físico. Una persona no puede estar mentalmente sana y físicamente enferma o físicamente bien y mentalmente enferma. Sólo se puede llegar a tales juicios divididos si se ignora el conjunto de la personalidad. El médico común que realiza un examen físico de rutina no ve los ojos vacíos, la mandíbula rígida y el  cuerpo helado que caracterizan a la personalidad esquizoide. O, si ve estas expresiones de perturbación emocional, no las relaciona con la salud física.

Generalmente su examen se limita a controlar los diferentes sistemas de órganos, que revelarían una lesión orgánica pero no un trastorno funcional de la personalidad total. El psiquiatra común, por otra parte, no mira los cuerpos de sus  pacientes. No ve su respiración restringida, sus cuerpos inmovilizados y sus ojos atemorizados. O si ve estos signos de perturbación emocional, no los relaciona con los problemas que exponen los pacientes. Sin criterios positivos de salud, no es posible juzgar las condiciones del funcionamiento total de un individuo. Los criterios que yo considero como los más válidos para mis propósitos son la belleza y la gracia corporales.

Las personas tienen un sentido innato de la belleza y de la gracia. Los niños son particularmente sensibles a estas cualidades. Cuando un niño ve una mujer bella exclama: “Eres bella”. Sin embargo, hay demasiadas personas que son como la muchedumbre del cuento de la nueva vestimenta del emperador, que se negaba a hacerle caso a sus sentidos y aplaudía la vestimenta invisible del emperador, hasta que un niño comentó que estaba desnudo. Se ha lavado el cerebro a las personas para que acepten los dictados de la moda aun cuando éstos contradigan la evidencia de sus sentidos. El individuo que es un esclavo de la moda ha sometido su gusto personal a laconformidad. Esta situación se ha vuelto tan grave que el  delgado y enjuto cuerpo esquizoide se ha transformado en el modelo de belleza femenina. Puedo atribuir este estado de cosas sólo al hecho de que la mayoría de las personas se haya desentendido de sus sentidos.

La belleza y la gracia son las metas hacia las cuales se dirige gran parte de nuestro esfuerzo consciente. Queremos ser más bellos y graciosos, ya que sentimos que estas cualidades conducen a la alegría. La belleza es el objetivo de toda acción creativa, a nivel personal en nuestro hogar y en nuestro medio, y artísticamente en nuestro trabajo. A pesar de este interés en la belleza, el mundo se vuelve cada vez más feo. Creo que esto se debe a que la belleza se ha convertido en un adorno en lugar de una virtud, en un símbolo del ego en lugar de una forma de vida. Estamos  comprometidos con el poder —no con el placer— como forma de vida y, en consecuencia, la belleza ha perdido su verdadero significado como imagen de placer.


martes, 13 de enero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 26

 

PENSAMIENTO Y SENTIMIENTO 

Generalmente se considera el pensamiento como opuesto al sentimiento. Se contrasta a la persona pensante con la impulsiva, es decir, el individuo que actúa según sus sentimientos sin pensar. “Detente a pensar” es la orden de la razón. Tal vez  parezca una contradicción, en consecuencia, decir que lo que se siente está íntimamente vinculado a lo que se piensa. Sin embargo, si analizamos nuestros procesos de pensamiento, nos sorprenderá saber cuánto se relaciona nuestro pensamiento con nuestros sentimientos, cuántos de nuestros pensamientos tienen una base emocional.

 La mayoría de nuestros pensamientos comunes son subjetivos. Necesitamos un esfuerzo de la voluntad para ser objetivos en nuestros procesos de  pensamiento.  El pensamiento juega un rol dual con respecto al sentimiento. Cuando una persona intenta pensar objetivamente, el pensamiento se opone al sentimiento. En otras ocasiones, el pensamiento es subjetivo y está  altamente influido por los sentimientos. En el pensamiento subjetivo, la línea de pensamiento corre paralela al sentimiento. En el pensamiento objetivo, corre en dirección contraria al sentimiento, es decir, miramos al sentimiento en forma crítica. Este rol dual del pensamiento en relación con el sentimiento sugiere que existe una relación dialéctica entre estos dos procesos. Se puede ver que tienen un origen  común en el inconsciente pero se desvían y se vuelven antitéticos en el nivel de la conciencia.

La identidad funcional del pensamiento y el sentimiento deriva de su origen común en el movimiento del cuerpo. Todos los movimientos del cuerpo que percibe la conciencia dan origen a un pensamiento y a un sentimiento. La conciencia del sentimiento ocurre en un lugar del cerebro diferente de aquel donde se forma un pensamiento.

Los centros del sentimiento, del placer o del dolor y las diferentes emociones están localizados en el cerebro medio y en el hipotálamo. Cuando los impulsos nerviosos, enviados por movimientos del cuerpo, alcanzan estos centros, la persona se hace consciente de los sentimientos. El impulso no se detiene en estos centros inferiores, sin embargo, sino que avanza por otros nervios hacia los hemisferios  cerebrales, dónde tienen lugar la formación de la imagen y el pensamiento simbólico. Debido a que los hemisferios cerebrales son las porciones más nuevas y avanzadas del cerebro, se Justifica que consideremos que el proceso de  pensamiento representa un nivel superior de conciencia.

Esto explicaría por qué podemos pensar en nuestros sentimientos pero no sentir nuestros pensamientos. Sin embargo, dado que la percepción es una función de la  conciencia en general, en la medida en que seamos conscientes y nos movamos tendremos sentimientos y pensamientos.

El concepto según el cual los movimientos del cuerpo dan origen a sentimientos y pensamientos se opone al pensamiento corriente. Estamos acostumbrados a ver el movimiento como una consecuencia del pensamiento y del sentimiento y no a la inversa. Esto se debe a que vemos todos los hechos personales a través del ego, que ocupa una posición en la cima de la pirámide jerárquica de las funciones de la personalidad. Visto desde abajo, el movimiento no sólo precede sino que sirve de fundamento a nuestros sentimientos y pensamientos. Estos movimientos  informativos son los movimientos corporales involuntarios.

Si no hay movimiento, la sensación desaparece. Si una persona no mueve el brazo durante un tiempo prolongado, éste se entumece y la persona no lo siente. Decimos que se duerme. Aun cuando conscientemente podamos moverlo, no lo sentimos. Sin embargo, al reactivarse la circulación, se restablece la sensibilidad. Este fenómeno se observa también en los estados esquizofrénicos, en los que puede haber pérdida de sensibilidad en todo el cuerpo. El paciente puede quejarse de que su cuerpo está muerto. Este síntoma, denominado despersonalización, puede superarse estimulando la respiración y el movimiento y restituyendo la  conexión entre pensamiento y sentimiento.

Muchos autores han señalado la relación entre pensamiento y sentimiento. Sandor Ferenczi señaló que la actividad muscular es una ayuda para el pensamiento.  Caminamos por una habitación cuando estamos tratando de resolver un problema. Silvano Arieti analiza el desarrollo del pensamiento desde, una representación interna simple de los movimientos y respuestas motrices a los  conceptos complejos de la filosofía y de la ciencia. Se ha dicho que todo pensamiento es una acción incipiente y que nos permite ensayar la acción en nuestras mentes antes de  embarcarnos en su realización. En esto, el pensamiento se diferencia del sentimiento, que impulsa a la persona a actuar inmediatamente.

Si el pensamiento deriva del movimiento, se sigue que la mayor capacidad de pensamiento del hombre proviene en última instancia de la mayor variedad de movimientos que es capaz de realizar. Para coordinar una mayor variedad de  movimientos se necesita un mecanismo neuronal más complejo. En esta conexión es significativo que en el área motora del cerebro haya más espacio y más neuronas asignadas a los movimientos de la mano que a los de otras partes del cuerpo. Esto refleja los intrincados y complejos movimientos que la mano humana es capaz de realizar. Esta relación entre movimiento y pensamiento puede explicar  por qué se dice que las personas retardadas mentales realizan movimientos descoordinados y torpes. Puede explicarse por el hecho de que los niños que sufren daños cerebrales no pueden desarrollar la coordinación motriz ni las destrezas de una persona sana. Pero se ha demostrado con claridad que, aun cuando haya daño cerebral, cualquier mejora significativa que pueda producirse en la coordinación motriz mediante ejercicios mejora el pensamiento general del niño.  

La capacidad superior de pensamiento del hombre, comparada con la de otros animales, es también una función de su elevada conciencia. El hombre es más  consciente de sí mismo y más consciente de su medio que cualquier otro animal. Si bien la totalidad del fenómeno de la conciencia es aún un misterio, la elevada conciencia del hombre no puede ser un desarrollo aislado. Se corresponde con una elevada sexualidad, en el otro extremo del cuerpo.

El hombre tiene deseo sexual con más frecuencia, sensaciones sexuales más fuertes y una capacidad de respuesta sexual mayor que la de cualquier otro animal. Tiene, en otras palabras, más energía sexual, pero dado que no hay una energía sexual específica, la conclusión de esto es que tiene más energía tanto para su sexualidad como para su conciencia.

SUBJETIVIDAD Y OBJETIVIDAD

El pensamiento objetivo busca definir las relaciones causales  en términos de las acciones y no de los sentimientos, ya que las acciones son hechos públicos, visibles, mientras que los sentimientos son hechos privados e internos. Los sentimientos no pueden verificarse objetivamente y en consecuencia no tienen cabida en el pensamiento objetivo. La pregunta que surge es la siguiente: ¿Puede el pensamiento divorciarse completamente del sentimiento? De hecho, cuando se analiza su naturaleza, el pensamiento objetivo, es decir, el pensamiento no emocional, parece más contradictorio que el pensamiento emocional o pensamiento subjetivo. Si la mente está completamente divorciada del aspecto sensitivo del ser, se transforma en un ordenador que funciona sólo sobre la base de la información que se le suministra. Esto es pensamiento programado. En contadas situaciones, la mente humana puede funcionar de esta manera. 

El pensamiento de un estudiante mientras realiza un problema de geometría se asemeja a las operaciones de un ordenador. El estudiante intenta tener a mano toda la información que ha adquirido sobre la geometría para la solución del problema. Si esta información es inadecuada, no puede resolver el problema, ya que ni sus sentimientos ni su experiencia personal le pueden servir de ayuda.

Mientras una persona esté viva, su cuerpo enviará impulsos a su cerebro, informando de sus actividades a ese órgano y produciendo sensaciones, sentimientos y pensamientos. Aun en medio de nuestras reflexiones más  abstractas, nuestras mentes no están libres de la intrusión de consideraciones personales. Somos conscientes de que nos sentimos irritados, frustrados, excitados o relajados.

Estas intrusiones dificultan la tarea del pensamiento objetivo y con frecuencia se necesita un considerable esfuerzo de la voluntad para mantener la atención  concentrada en un problema personal. Las intrusiones son mínimas cuando el cuerpo se halla en un estado de placer y el problema plantea un desafío creativo. En estas condiciones, la mente tiene menos tendencia a divagar.Pero tales condiciones son poco frecuentes en una cultura o sistema educativo que niega el rol del placer en el proceso creativo.

Cuando el individuo tiene que luchar contra sentimientos dolorosos que invaden su conciencia, el pensamiento objetivo se convierte en una cuestión de autodisciplina. Los sentimientos dolorosos siempre producen mayores trastornos que los placenteros, ya que el dolor se interpreta como una señal de peligro. Para pensar  objetivamente cuando el cuerpo se halla en estado de dolor, o de falta de placer, se debe apaciguar el cuerpo para reducirla sensación de dolor. Este “apaciguamiento”  disociala mente del cuerpo y toma el pensamiento mecánico o computarizado. El pensamiento creativo, que depende del libre flujo de las ideas inconscientes, actúa sólo cuando el cuerpo está más vivo y libre de cargas. No podemos evadir la conclusión de que la calidad del pensamiento, y probablemente también su contenido, no puede estar completamente divorciada del tono emocional del cuerpo.

El pensamiento objetivo se dificulta aún más cuando una persona intenta ser objetiva con respecto a su propio comportamiento. Dado que el comportamiento está mayormente determinado por los sentimientos, una persona tiene que conocer sus sentimientos para evaluar su comportamiento objetivamente. Por ejemplo, si una persona no es consciente de su agresividad explicará su reacción negativa como reacción a la animadversión de los demás hacia ella. No ve sus acciones como las ven los demás y en consecuencia es incapaz de evaluar su rol cuando provoca una respuesta negativa. Sin conciencia de las propias emociones y motivos, no se puede ser completamente objetivo consigo mismo. El ojo del intelecto sólo puede evaluar la lógica del propio razonamiento sobre la base de
los sentimientos percibidos. Pero si una persona es consciente de sus sentimientos y puede expresarlos subjetivamente, puede verdaderamente asumir una posición objetiva. Puede decir, por ejemplo: “Siento que soy agresivo y comprendo por qué muchas personas reaccionan negativamente conmigo”. La verdadera objetividad exige una adecuada subjetividad.

Somos mucho más objetivos al considerar el comportamiento de otras personas que al pensar en el nuestro propio. Al asesorar a matrimonios he descubierto que cada cónyuge ve claramente los fallos del otro, pero ignora los propios. Un antiguo proverbio francés dice que las personas son como el cartero que lleva una alforja de correspondencia sobre sus hombros. En la bolsa de adelante están los fallos de los demás; la bolsa de atrás contiene sus propias debilidades. Esto implica que cada uno de nosotros está ciego a sus propios defectos. Literalmente no podemos vernos a nosotros mismos; sentimos sólo lo que sucede en nuestros cuerpos. Por esta razón, he convertido en una práctica personal no discutir con nadie que critique mi comportamiento. Noto que la crítica siempre tiene algún acierto.

Para ser verdaderamente objetivos, debemos reconocer y declarar nuestra propia actitud personal y sentimientos. Sin esta base subjetiva, el intento de ser objetivo es finalmente pseudoobjetividad. El término psicológico para pseudoobjetividad es racionalización. El mecanismo de la racionalización consiste en negar el sentimiento subjetivo que motiva un pensamiento o acción y en justificar la propia
actitud o comportamiento con un razonamiento causal. Cuando una persona dice: “Hice esto porque está atribuyendo la responsabilidad de su comportamiento a una
fuerza exterior. A veces esto puede ser válido, pero con más frecuencia es una excusa por un fracaso o error. Sólo rara vez estas justificaciones satisfacen a la otra persona. En lugar de dar razones, es mejor expresar los propios sentimientos y deseos. Will Durant observa que “la razón, como nos diría cualquier escolar, puede ser sólo la técnica para racionalizar el deseo”.

El pensamiento objetivo ofrece escasa ayuda en la multitud de problemas y conflictos que enfrentamos diariamente. Ninguna madre podría responderle a su hijo sobre la base del pensamiento objetivo. Si interpreta correctamente el llanto de su bebé será porque percibe la sensación que motiva el llanto y responde con sentimiento a la necesidad del bebé. La madre que intenta ser objetiva con sus hijos rechaza su función natural y efectivamente los abandona. Ya no es una madre sino una fuerza impersonal.
No podemos relacionarnos con otra persona objetivamente, ya que la relación objetiva reduce a las personas a objetos. El pensamiento nunca puede divorciarse del sentimiento. Dado que todo lo que hace una persona está determinado por su deseo de placer o su temor al dolor, ningún acto puede ser enteramente imparcial, ninguna acción puede carecer de interés personal. Todo pensamiento está relacionado con un sentimiento al cual aprobará, o bien se opondrá, según la estructura del carácter del individuo.

En un individuo sano el pensamiento y el sentimiento siguen líneas paralelas, reflejando la unidad de la personalidad. En el individuo neurótico, generalmente el pensamiento se opone al sentimiento, especialmente en aquellas áreas en las que hay conflictos. El estado esquizofrénico se caracteriza por la disociación del pensamiento y el sentimiento, lo cual es uno de los síntomas típicos de la
enfermedad.

Lo que resulta evidente en todo trabajo psiquiátrico es la impotencia del pensamiento puramente objetivo para resolver los problemas emocionales de un individuo. Tal pensamiento es en realidad una forma de resistencia al esfuerzo terapéutico, ya que mantiene el estado de disociación que subyace al trastorno emocional. Todos los procedimientos analíticos, desde el psicoanálisis hasta el
análisis bioenergético, apuntan a superar la pseudoobjetividad del paciente frente a sus sentimientos. Hasta que esto se logre, la comunicación entre paciente y  médico se mantiene como un ejercicio intelectual que no surte efecto en el comportamiento del paciente. El paciente más difícil de tratar es generalmente el que mantiene un distanciamiento intelectual con respecto al esfuerzo terapéutico.

Me pregunto por qué el pensamiento objetivo está tan bien visto y por qué se considera el pensamiento abstracto como el logro más elevado de la mente humana. El mayor énfasis en nuestro esfuerzo educativo está dirigido al desarrollo de esta capacidad. Pero aún mientras me hago estas preguntas, surgen razones para explicar esta actitud popular. El pensamiento objetivo, especialmente el
abstracto, es la materia prima del saber, y saber es poder. Las sociedades civilizadas son jerarquías de poder. La persona que tiene poder, o puede dar poder, ocupa una posición superior en tales sociedades. El poder del conocimiento es también una ventaja muy importante para la seguridad de una comunidad. Tiene escaso valor, sin embargo, en la determinación del bienestar emocional del  individuo.

El pensamiento creativo, en cambio, está profundamente arraigado en la actitud subjetiva. Todos los grandes pensamientos filosóficos contienen una fuerte
inclinación subjetiva, que se manifiesta al lector sensible. Esta orientación personal o subjetiva no sólo le añade sabor a los escritos filosóficos sino que transforma el trabajo intelectual en un documento humano. La literatura que carece de esta cualidad es árida y poco atrayente. Todas las demás formas de pensamiento creativo, sea en las ciencias, las artes, o la simple vida, comienzan con una base
subjetiva. La persona creativa no es incapaz de pensar en forma abstracta; muy por el contrario. Sin embargo, sus abstracciones surgen de sus sentimientos y los reflejan. La base subjetiva y el desarrollo abstracto del pensamiento creativo constituyen una unidad orgánica que no existe en el denominado pensamiento puramente objetivo.

Las personas no piensan en forma creativa porque su pensamiento subjetivo esté trastornado. Les han enseñado: 1) a considerar ese pensamiento como inferior; 2) a desconfiar de sus sentimientos y a justificar sus acciones con razones y 3) que el placer no es un objetivo suficiente en la vida. Debido a este trastorno, utilizan sus capacidades intelectuales para racionalizar su comportamiento o las desvían hada asuntos impersonales. Es común ver a un buen pensador abstracto que carece del denominado sentido común.

El pensamiento surge con el sentimiento y se desarrolla a partir de la necesidad de adaptar nuestras acciones a la realidad de nuestra situación. Termina con la sabiduría, que es la apreciación de la relación del hombre con el universo del cual forma parte. La esencia de la sabiduría, como lo señaló el gran Sócrates, es conocerse a sí mismo. La persona que no se conoce a sí misma no puede pensar por sí misma y no puede pensar en forma creativa.
 
 

viernes, 2 de enero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 25

 CAPITULO 6

Verdad, belleza y gracia

VERDAD Y ENGAÑO

Durante algún tiempo, los biólogos se mostraron impresionados con el ascenso del hombre hacia el dominio del reino animal. En vista de su inmenso poder actual, nadie cuestiona su dominio. Pero esto no siempre fue así. Antes de obtener este poder, estaba en relativa desventaja física, comparado con los animales que cazaba o que lo cazaban a él. No tenía ni gran velocidad ni gran fuerza. Le faltaban los largos dientes caninos con los que se protege un babuino. Estaba desnudo, expuesto y era vulnerable. En algún momento de su evolución aprendió a utilizar el palo y el cuchillo de piedra, pero éstos no eran grandes armas. La gran ventaja que poseía el hombre en la lucha por la supervivencia era su mejor cerebro. Si bien no podía luchar mejor ni correr más rápido que los otros animales, sí los superaba en astucia.

El hombre vive de su astucia más que cualquier otro animal. En cualquier medio natural, la supervivencia depende generalmente de la astucia. El cazado debe estar siempre alerta ante la posibilidad del peligro y conocer las vías de escape. El cazador debe conocer el rumbo de la presa, saber cómo acercarse a ella y cómo matarla. Pero el cazador debe también ser experto en el uso del sigilo y el engaño, ya que la cautelosa presa a menudo debe ser tomada por sorpresa. En esta lucha por la supervivencia, el hombre ha superado a sus rivales.

En toda discusión sobre la verdad y el engaño debemos reconocer que éste juega un importante papel en los asuntos del hombre y de la bestia. En muchos aspectos de la vida, tiene un valor positivo. En el fútbol, por ejemplo, admiramos mucho al jugador que sabe cómo utilizar el engaño para desequilibrar a su adversario y sacar ventaja. Se ocultan y disfrazan jugadas por la misma razón. En el boxeo, la suavidad de una finta que engaña a un adversario es considerada como una característica de un campeón.

Una parte importante de la estrategia de la guerra está basada en el uso del engaño. Ningún general astuto informaría de su ataque al enemigo; por el contrario, haría todos los esfuerzos posibles para ocultar y disfrazar sus  movimientos. Pero no es sólo en el campo del combate físico donde el engaño juega un rol importante. El juego de póquer perdería su atractivo si se prohibiera el engaño. Y el ajedrez no sería el desafío que es, si el engaño no fuera un aspecto integrante del juego. En muchas situaciones el correcto uso del engaño puede determinar la diferencia entre victoria y derrota.

Hablando en general, la habilidad para el engaño es una ventaja importante en todas las situaciones de oposición o contienda. En consecuencia, en todas las situaciones en las que el dominio o el poder son un problema, sería ingenuo no  estar atentos ante la posibilidad del engaño. El engaño está fuera de lugar y tiene un obvio valor negativo en las situaciones que exigen cooperación y comprensión. Engañar a una persona a quien se dice amar es un acto de traición.

El engaño destruye el placer que la relación estaba destinada a fomentar. Pero mucho más grave es el engaño a sí mismo. El autoengaño es desastroso. En situaciones de conflicto, el uso consciente del engaño exige un grado de objetividad que aumenta el nivel de la conciencia. Para evaluar correctamente el valor de un engaño, hay que ubicarse en la posición del adversario.

Ante todo en la mente de la persona que planifica un engaño se encuentra la respuesta del adversario. “Si hago este movimiento o digo esto, ¿qué hará o pensará él?” Y el éxito del engaño depende de la exactitud con que haya medido esta respuesta. El uso efectivo del engaño exige que la persona salga del sí-mismo y se tome consciente del otro y de sí misma.

La significación del engaño para la autoconciencia atrajo mi atención a partir de una observación de una de mis pacientes. Me dijo que ella recordaba el momento en que por primera vez fue autoconsciente, o consciente de su individualidad. Tenia aproximadamente cuatro o cinco años y sus padres le pidieron una explicación por algo que hizo y que ellos no aprobaban. Rápidamente, le pasó por la mente el pensamiento de que no tenia que responderles con sinceridad. “En ese momento”, dijo, “me volví consciente de mí misma como ser independiente. Advertí que tenía el poder de engañarlos.” Aunque oí esta frase hace más de veinte años, no la he olvidado, ya que me impresionó porque contenía una visión penetrante de la personalidad humana.

La conciencia surge del reconocimiento de las diferencias. Erich Neumann expone y desarrolla este concepto en su libro Origins and History of Consciousness. Esto significa que si somos conscientes de la luz, debemos haber experimentado la oscuridad. Una persona o animal que vive sólo en la luz o en la oscuridad no sería consciente de ninguna de ellas. De manera similar, para saber qué es “arriba”, debemos saber también qué representa “abajo”.

Para ser conscientes de nuestro propio sí-mismo, debemos ser igualmente conscientes del otro. La autoconciencia debe depender, así, del reconocimiento de un par de opuestos o alternativas de la autoexpresión. Si un individuo sólo puede  decir la verdad, carece de opciones. Sin una opción, su autoexpresión es limitada y su conciencia, reducida. Reconocer que se tiene la opción de responder  sinceramente o no, fortalece el dominio del comportamiento por el ego, ya que éste, actuando a través del intelecto, es el juez de la verdad. Esta opción efectivamente coloca al ego en el asiento del conductor de la personalidad. A través de su habilidad para discernir entre verdad y engaño, bien y mal, el ego, que está identificado con el intelecto, se convierte en el centro de la autoconciencia.

¿Puede una persona adquirir esta habilidad para discernir la verdad de la falsedad sin explorar el reino del engaño? Creo que no. Muchos niños atraviesan una fase  temprana de desarrollo, en la que mienten. La mentira consiste generalmente en la negación de alguna acción que los padres considerarían mala. Por ejemplo, un niño puede tomar dinero de algún lugar y ocultarlo. Cuando se enfrente con la convicción de sus padres de que él tomó el dinero, el niño negará, de la manera más inocente, saber algo sobre el asunto. Un tiempo después, puede admitir la acción o se puede hallar el dinero entre sus pertenencias. La mayoría de los padres harían una escena horrible y castigarían al niño por la mentira, pero si son inteligentes considerarán el incidente como una exploración infantil del engaño y  confiarán en que aprenda a usarlo apropiadamente.

La represión de la habilidad del niño para el engaño puede tener un efecto destructivo en su personalidad en desarrollo. Yo no había pensado mucho en este problema hasta que una paciente lo mencionó después de una conferencia que di sobre el rol del engaño en el pensamiento. Esta paciente sufría una grave deficiencia en su sentido del sí-mismo. Inclusive carecía de la fachada normal con la que la mayoría de las personas enfrentan el mundo. Estaba muy abierta a expresar sentimientos, pero éstos no eran sinceros. Insistía en declarar su intención de mejorar, de cuidar mejor de sí misma, por ejemplo, pero esto no afectaba su comportamiento. A pesar de que yo marcaba insistentemente el contraste entre sus afirmaciones y su comportamiento, ella no podía ver que sus palabras eran frases vacías destinadas exclusivamente a obtener mi aprobación. Su actitud era única en cuanto a la medida en que se resistía a mi sugerencia de que su aparente cooperación ocultaba una negatividad subyacente.

Mi conferencia tocó una cuerda en la paciente y produjo el siguiente material. Citaré sus frases:“Nunca he podido mentir. Siempre he tenido que decir la verdad. A mi madre le importaba todo lo que yo pensaba o sentía o deseaba y yo me enorgullecía de su interés. No sé cómo se me cruzó la idea de que no podía ocultarle nada.” “No podía ser mentirosa, pero siempre admiré esta habilidad. No temía ser una mala niña sino ser una niña que ocultaba cosas. Sentía que no tenía derecho de ocultarle nada a mi madre. Ella siempre tenía razón. Tenía el extraño don de detectar que le ocultaba algo. Ella leía un diario que yo llevaba. Yo esperaba su aprobación, pero mi madre nunca me aprobaba. La única manera de recibir amor que yo conocía era seguirle el juego. Yo no sentía que tuviera derecho a la intimidad.”

Lo que le sucedía a esta paciente era que su necesidad de intimidad, de ocultar información personal, de conservar un sentido del sí-mismo y de engañar si era necesario, para proteger a este sí-mismo, se transformaba en autoengaño a través de la represión de esta tendencia natural. Habiendo renunciado a su intimidad, perdió el sentido del sí-mismo. Incapaz de mentir, no conocía la verdad. Pocas veces he encontrado un caso más difícil en mi práctica profesional. Si bien a mi paciente se le negaba el derecho a  engañar, su madre ejercía este arte con su hija. Su fingido interés ocultaba su deseo de dominar. “Me educaron como un experimento. Yo debía ser diferente”, decía mi paciente.

A pesar de estas afirmaciones, no podía reconocer hasta qué punto era destructiva su madre. Nunca vio el engaño. Los niños en nuestra cultura son educados para  considerar que mentir es algo malo o pecaminoso. Esto se basa en el hecho de que es destructivo mentir en relaciones que están basadas en la confianza y el afecto o en situaciones que exigen un esfuerzo cooperativo para alcanzar un fin común. La mentira socava la confianza e introduce antagonismos que destruyen el placer que brindan estas relaciones. Sin embargo, si la honestidad expone a la persona al castigo y al dolor, necesitará fuerza de voluntad para ser honesta, ya que la tendencia natural de todos los organismos es a evitar el dolor. La persona hará el esfuerzo si la amenaza de dolor es leve. Cuando la amenaza de dolor excede el nivel aceptable, forzar a la persona a decir la verdad en contra de su propio interés la coloca en conflicto consigo misma y rompe la integridad de su personalidad. Los gobiernos democráticos protegen a sus ciudadanos contra este efecto dañino brindándoles garantías constitucionales contra la autoinculpación.

Desafortunadamente, la relación entre padres e hijos no tiene tales salvaguardas. Hay una famosa máxima que dice que las normas están hechas para violarlas y los jóvenes se destacan especialmente por su desatención a las normas. Ávidos de libertad y en busca del placer, los niños se revelan naturalmente contra las restricciones. Si los padres utilizan castigos para hacerles cumplir las normas, es difícil imaginar cómo los niños pueden evitar decir mentiras. La única  alternativa para el niño que ha violado una norma es no decir nada. Desafortunadamente, en la mayoría de los hogares no se respeta el derecho al silencio. El resultado es un niño que miente o un niño que no puede mentir porque   se le ha privado de su sentido del sí-mismo.

El derecho de establecer normas y de infligir castigos es propio del ejercicio de poder. Está basado en la suposición de que las fuerzas hostiles y negativas de la comunidad sólo pueden controlarse por tales medios. Pero el poder en sí mismo crea antagonismos que interfieren en la vida cooperativa y comunitaria. Debemos aceptar que dichas fuerzas negativas existen en las grandes comunidades en las que vivimos y que, seamos realistas, se necesitan algunas leyes y algún poder para la vida armónica de las grandes sociedades. Pero si introducimos este concepto en la situación del hogar y la familia, socavamos la base del placer y de la alegría en estas relaciones. Cuando el poder entra al hogar por la puerta principal, en forma de padres que castigan, la desconfianza y el engaño entran por la puerta de servicio en forma de hijos rebeldes y mentirosos.

El hogar que se rige por el principio del placer, a diferencia del que se rige por el poder, produce hijos seguros de sí mismos, que conocen la diferencia entre verdad y engaño y que pueden cooperar para fomentar el placer y la alegría. Esto no significa que esos hijos no mientan ocasionalmente. En todos los hogares hay normas: siempre existe alguna amenaza de castigo, algún ejercicio de poder. Para mantener la confianza y el afecto que unen a la familia hay normas mínimas destinadas a aumentar el placer de todos los miembros. El uso del castigo y el poder es una clara manifestación de que la confianza y el afecto se han debilitado y que han disminuido la cooperación y el placer mutuo. Nunca debe castigarse la mentira en sí, ya que es una clara señal de que se debe mostrar más confianza.

El derecho a castigar a un niño es una traición a la confianza que el niño tiene en su padre. El niño confía en que el padre no hará nada que le cause dolor sino que hará todo para brindarle placer y fomentar su felicidad. Sin embargo, cuando los padres proclaman este objetivo de palabra pero infligen dolor y castigo, el niño se siente traicionado y engañado. La idea de que el castigo se inflige por el bien de la víctima es reconocida hoy como una racionalización. Encarcelamos a un convicto para proteger a la sociedad y castigamos a un niño para asegurar su sumisión a la voluntad y al poder de sus padres. Sin embargo, muchos padres creen que el castigo es bueno para el niño. “Ahórrese el castigo y echará a perder al niño”, ésta es una antigua máxima que pertenecía a una cultura que negaba el sexo y el placer. Representa un enfoque no creativo de la vida.

No hay un solo factor que determine más la pérdida del potencial creativo de una persona que el autoengaño. Este toma muchas formas. En el primer capítulo señalé cómo nos engañamos a nosotros mismos a través de la moral de la  diversión. La fe en el poder es otra forma de autoengaño, el egotismo una tercera y la creencia en que el castigo tiene un efecto positivo es una cuarta. Una persona se engaña a sí misma cada vez que no es veraz consigo misma. Pero para ser veraz consigo misma, la persona debe saber quién es y qué siente. Si sus sentimientos están reprimidos, su comportamiento será un reflejo de las ideas que le han inculcado y no una expresión de su verdadero ser o sí mismo.

El autoengaño es la consecuencia de una pérdida de contacto con el sí-mismo corporal. La persona que no siente lo que sucede en su cuerpo no está en contacto consigo misma. Su sensibilidad y por lo tanto sus sentidos están confundidos. Incapaz de confiar en sus sentidos, cree lo que le dicen o lo que lee cuando se le presenta como un hecho objetivo porque no tiene forma de determinar la verdad.

Está predispuesto a atender a la publicidad y a los slogans y es vulnerable a la gran mentira. Cuando sigue todos los caprichos de la moda, piensa que es un individuo, cuando en realidad es sólo un hombre masa. Nadie elige engañarse a sí mismo. El autoengaño se desarrolla cuando una persona ha sido engañada tan profundamente en sus relaciones personales que ya no confía en sus propios sentidos.