lunes, 1 de septiembre de 2025

La Experiencia del Placer, parte 4

 EL SUEÑO DE LA FELICIDAD

La infancia ha sido universalmente considerada como la época más feliz de la vida. Sin embargo, los niños no son conscientes de que son felices. Si le preguntamos a un niño: “¿Eres feliz?”, no podría responder. Dudo mucho de que conozca el significado de la palabra. Podría muy bien decir si se está divirtiendo o no. Los adultos tienden a ver sus primeros años como felices porque retrospectivamente aparecen despejados, libres de las preocupaciones y problemas de los que está plagada la madurez. Pero el pasado, al igual que el futuro, es sólo un sueño. Sólo el presente tiene realidad perceptiva.

¿La felicidad es un sueño del pasado o del futuro? ¿Es sólo un sueño o tiene una realidad presente? ¿Existen personas verdaderamente felices? Estas son preguntas que honestamente  no puedo responder. La persona que ha consagrado su vida a un fin superior puede experimentar este sentimiento. Por ejemplo, una monja que realiza fielmente la tarea de Dios como la concibe, podría conscientemente afirmar: “Soy feliz”. Sin embargo, en muchos sentidos su vida es similar a la de un niño. Al estar bajo el cuidado de la madre superiora, no tiene ninguna de las responsabilidades que recaen sobre la persona madura en el mundo. Su consagración puede eliminar todas las ansiedades personales y dejarle la mente libre para contemplar la majestad de su Señor. Pero su situación es única y contiene elementos irreales cuando se la compara con la de la mujer común.

Se dice que Confucio afirmó que él no podría ser feliz mientras viera sufrir a una persona. Una sola persona que sufriera era una nube en su cielo que empañaría la dicha de la perfección. Si la perfección es el criterio de la felicidad, entoncesla felicidad es un sueño que no puede realizarse plenamente. Sin embargo, puede ser el objeto de nuestra lucha, ya que todos buscamos la perfección aun cuando reconozcamos que es un ideal inalcanzable. La Declaración de la Independencia de los Estados Unidos garantiza a todos los hombres el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Inteligentemente se abstiene de asegurarle a cada hombre que éstos son algo más que objetivos legítimos.

He escuchado a personas exclamar “Soy tan feliz”,cuando les ha sucedido algo afortunado. Y no tengo ninguna duda de que la exclamación era sincera. El final de la guerra de Vietnam haría muy felices a muchas personas. Pero, ¿por cuánto tiempo? El tiempo que durara el estado de euforia que seguiría a ese hecho.* Recuerdo el júbilo que provocó el fin de la Segunda Guerra Mundial. Durante un día o dos, o en algunos casos más, los espíritus de las personas se elevaron al desaparecer la carga de esta lucha de los hombres y el peso de la tragedia de los corazones. Al poco tiempo, sin embargo, otras luchas consumieron sus energías y otras preocupaciones pesaron en sus corazones. Su felicidad fue real pero breve.

Un monarca oriental señaló una vez: “Durante más de treinta años he hecho lo que he deseado, he fantaseado libremente; sin embargo, no puedo decir que durante todos esos años haya experimentado más de uno o dos momentos de felicidad”. Si un gobernante poderoso no puede alcanzar un estado de felicidad, ¿hasta qué punto no le resultará difícil a una persona común? Sin embargo, no coincido con Lobsenz en que el hombre no está destinado a ser feliz. No sé a qué está destinado. Yo deduciría que la felicidad es un sentimiento  que surge de situaciones especiales y que desaparece cuando la situación cambia.

Si hoy alguien dijera “Soy feliz”, sería apropiado preguntar: “¿Por qué estás feliz? ¿Ganaste la lotería?”. Damos por sentado que una persona debe sentirse feliz por algo. No somos tan ingenuos como para creer que alguien puede sentirse feliz sin ningún motivo. El motivo será siempre haber evitado una tragedia o haber conseguido un éxito, monetario o de otro tipo. Es un motivo válido, si es capaz de transportar a la persona, momentáneamente al menos.

El sentimiento de felicidad surge cuando somos transportados más allá de nosotros mismos o llevados fuera de nosotros mismos. Esto está claro si pensamos en la felicidad del enamorado. El enamorado camina por las nubes, sus pies parecen no tocar la tierra. No sólo está fuera de sí, está fuera de este mundo. Por el momento lo mundano desaparece o está oculto como el capullo de la mariposa. Se siente liberado de todas las inquietudes del
ego y esta liberación es la base de su sentimiento de felicidad.

La idea de liberación implica una limitación previa, es decir que la felicidad es la liberación de un estado de infelicidad. Dado que nos sentimos infelices debido a la guerra de Vietnam, seremos felices cuando ésta termine. La persona que se siente infeliz debido a su situación
financiera, sería feliz si supiera que ha heredado una considerable suma de dinero. Si la búsqueda de la felicidad es un compromiso universal, esto debe significar que la
mayoría de los seres humanos están abrumados por preocupaciones que pesan mucho sobre su espíritu.

Asimismo son capaces de imaginar un futuro en el cual estas preocupaciones desaparezcan. Esta imagen es su sueño de felicidad. Sin un sueño es imposible conocer la felicidad.
Cuando una situación de infelicidad cambia, es como un sueño hecho realidad y el estado de euforia que surge es similaral estado de sueño. Resulta difícil creer plenamente que es real, ya que se parece tanto a un sueño. Cuando el sentimiento de felicidad es muy intenso, una persona puede decir: “No puedo creer que sea verdad; debe de ser un sueño”. La mente, abrumada por el torrente de excitación, pierde su control normal de la realidad. “Déjame tocarte de nuevo”, dice la madre regocijada, “no puedo creer que seas real”. O la persona puede pellizcarse para comprobar que está despierta. Y como el sueño, la felicidad también se desvanece, dejando sólo el recuerdo. El estado de euforia se desvanece rápidamente cuando las exigencias y problemas de la vida diaria afirman su dominio en la mente.

Felicidad y diversión pertenecen a la categoría de experiencias trascendentales. En ambas hay una suspensión de la realidad ordinaria de la vida de una persona. En ambas se libera el espíritu con un sentimiento de gozo. Desafortunadamente, todas las experiencias   trascendentales duran un tiempo limitado. El espíritu no queda ni puede quedar libre. Vuelve al cuerpo, su morada física, y a la prisión del sí-mismo, donde se subordina nuevamente a la hegemonía del ego y su orientación hacia la realidad.

Todos sentimos que la vida debería ser algo más que una lucha por sobrevivir, que debería ser una experiencia gozosa y que las personas deberían estar imbuidas de amor.
Pero cuando nuestra vida carece de amor y de goce, soñamos con la felicidad y corremos en pos de la diversión.
No nos damos cuenta de que el fundamento de una vida feliz es el placer que sentimos en nuestros cuerpos y de que sin este placer corporal de estar vivos, vivir se transforma
en la necesidad sombría de sobrevivir, de la cual nunca está ausente la amenaza de la tragedia.

 

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