EL SUEÑO DE LA FELICIDAD
La infancia ha sido universalmente considerada como la época más feliz de la vida. Sin embargo, los niños no son conscientes de que son felices. Si le preguntamos a un niño: “¿Eres feliz?”, no podría responder. Dudo mucho de que conozca el significado de la palabra. Podría muy bien decir si se está divirtiendo o no. Los adultos tienden a ver sus primeros años como felices porque retrospectivamente aparecen despejados, libres de las preocupaciones y problemas de los que está plagada la madurez. Pero el pasado, al igual que el futuro, es sólo un sueño. Sólo el presente tiene realidad perceptiva.
¿La felicidad es un sueño del pasado o del futuro? ¿Es sólo un sueño o tiene una realidad presente? ¿Existen personas verdaderamente felices? Estas son preguntas que honestamente no puedo responder. La persona que ha consagrado su vida a un fin superior puede experimentar este sentimiento. Por ejemplo, una monja que realiza fielmente la tarea de Dios como la concibe, podría conscientemente afirmar: “Soy feliz”. Sin embargo, en muchos sentidos su vida es similar a la de un niño. Al estar bajo el cuidado de la madre superiora, no tiene ninguna de las responsabilidades que recaen sobre la persona madura en el mundo. Su consagración puede eliminar todas las ansiedades personales y dejarle la mente libre para contemplar la majestad de su Señor. Pero su situación es única y contiene elementos irreales cuando se la compara con la de la mujer común.
Se dice que Confucio afirmó que él no podría ser feliz mientras viera sufrir a una persona. Una sola persona que sufriera era una nube en su cielo que empañaría la dicha de la perfección. Si la perfección es el criterio de la felicidad, entoncesla felicidad es un sueño que no puede realizarse plenamente. Sin embargo, puede ser el objeto de nuestra lucha, ya que todos buscamos la perfección aun cuando reconozcamos que es un ideal inalcanzable. La Declaración de la Independencia de los Estados Unidos garantiza a todos los hombres el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Inteligentemente se abstiene de asegurarle a cada hombre que éstos son algo más que objetivos legítimos.
He escuchado a personas exclamar “Soy tan feliz”,cuando les ha sucedido algo afortunado. Y no tengo ninguna duda de que la exclamación era sincera. El final de la guerra de Vietnam haría muy felices a muchas personas. Pero, ¿por cuánto tiempo? El tiempo que durara el estado de euforia que seguiría a ese hecho.* Recuerdo el júbilo que provocó el fin de la Segunda Guerra Mundial. Durante un día o dos, o en algunos casos más, los espíritus de las personas se elevaron al desaparecer la carga de esta lucha de los hombres y el peso de la tragedia de los corazones. Al poco tiempo, sin embargo, otras luchas consumieron sus energías y otras preocupaciones pesaron en sus corazones. Su felicidad fue real pero breve.
Un monarca oriental señaló una vez: “Durante más de treinta años he hecho lo que he deseado, he fantaseado libremente; sin embargo, no puedo decir que durante todos esos años haya experimentado más de uno o dos momentos de felicidad”. Si un gobernante poderoso no puede alcanzar un estado de felicidad, ¿hasta qué punto no le resultará difícil a una persona común? Sin embargo, no coincido con Lobsenz en que el hombre no está destinado a ser feliz. No sé a qué está destinado. Yo deduciría que la felicidad es un sentimiento que surge de situaciones especiales y que desaparece cuando la situación cambia.
Si hoy alguien dijera “Soy feliz”, sería apropiado preguntar: “¿Por qué estás feliz? ¿Ganaste la lotería?”. Damos por sentado que una persona debe sentirse feliz por algo. No somos tan ingenuos como para creer que alguien puede sentirse feliz sin ningún motivo. El motivo será siempre haber evitado una tragedia o haber conseguido un éxito, monetario o de otro tipo. Es un motivo válido, si es capaz de transportar a la persona, momentáneamente al menos.
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