La Experiencia del Placer, parte 5
LA NATURALEZA DEL PLACER
En toda experiencia de verdadera diversión o felicidad subyace una sensación corporal de placer. Para ser una diversión, una actividad debe ser placentera. Si fuera dolorosa, sería difícil definirla como diversión. Al carecer de placer, la “simulación de la diversión” es una triste parodia.
Lo mismo ocurre con la felicidad. Sin el sentimiento de placer, la felicidad es sólo una ilusión. El significado de la verdadera diversión y de la auténtica felicidad deriva del placer que se experimenta en la situación. Pero no es necesario divertirse o ser feliz para experimentar placer. Se puede sentir placer en las circunstancias comunes de la vida, ya que el placer es un modo de ser. Una persona se encuentra en un estado placentero cuando los movimientos de su cuerpo fluyen libres, rítmicamente y en armonía con lo que lo rodea.
Ilustraré este concepto con varios ejemplos. Generalmente, no se considera al trabajo como una ocasión para la diversión o un motivo para ser feliz; sin embargo, como todos sabemos, puede ser una fuente de placer. Esto depende, por supuesto, de las condiciones del trabajo y de la actitud frente a la tarea. Conocí a muchas personas que encontraban placer en su trabajo, pero ninguna de ellas decía que era una diversión ni que la hacía feliz. El trabajo es serio, exige cierta disciplina y un compromiso con la actividad. Apunta hacia un resultado deseado por el cual se trabaja y en esto se diferencia del juego, en el cual el resultado puede ser indiferente para la persona. Pero el trabajo puede ser un placer cuando las exigencias de un empleo ocupan libre y equitativamente las energías de una persona.
Nadie puede disfrutar de una actividad si una fuerza externa lo obliga a realizarla, o si ésta le exige un desgaste de energía mayor que el que puede realizar. Si se acepta voluntariamente la situación laboral, la persona experimentará placer a tal punto que sus energías fluirán fácil y rítmicamente hacia al actividad. Y además de la satisfacción que sentirá por su logro, experimentará un sentimiento definido de placer en la rítmica respuesta de su cuerpo.
Observe a un buen carpintero en su trabajo y sentirá el placer que él siente en los movimientos coordinados de su cuerpo. Parece trabajar sin esfuerzo porque sus movimientos son tan cómodos y suaves. Si, por el contrario, sus movimientos fueran torpes y mal coordinados, sería difícil ver cómo puede disfrutar de su trabajo o ser un buen carpintero. Es indiferente que digamos que un hombre es un buen trabajador porque siente placer en su trabajo o que disfruta de su trabajo porque lo realiza bien. Ambos están claramente relacionados. El placer que experimenta en su cuerpo se corresponde con el producto que refleja en su calidad el placer con que fue hecho.
Por la misma razón, algunas mujeres disfrutan de las tareas del hogar. La mujer que encuentra placer en la limpieza realmente disfruta del trabajo físico que esto implica. . El placer de cocinar radica en la facilidad con que se realice esta tarea y esto depende de la identificación de la persona con la actividad. Cuando usted se identifica con la actividad, fluye hacia ella libre y espontáneamente. El placer es este flujo de sentimientos.
La conversación, para tomar otro ejemplo, es uno de los placeres comunes de la vida, pero no toda conversación es placentera. Al tartamudo le resulta penoso hablar y al que escucha le resulta igualmente penoso. Las personas que se sienten inhibidas para expresar sus sentimientos no son buenas conversadoras. No hay nada más aburrido que escuchar a una persona hablar de forma monótona, sin sentimientos. Disfrutamos de una conversación cuando hay una comunicación de sentimientos. Sentimos placer al expresar nuestros sentimientos y respondemos placenteramente a la expresión de los sentimientos de otra persona.
La voz, al igual que el cuerpo, es un medio a través del cual fluye el sentimiento y cuando se produce este flujo en forma ágil y rítmica es un placer tanto para el que habla como para el que escucha.
Dado que el placer es un flujo hacia afuera de sentimientos que responden al medio, generalmente lo atribuimos al objeto o situación que provoca esta respuesta. Así, las personas piensan en el placer en términos de entretenimiento, relaciones sexuales, cenar en restaurantes o practicar algún deporte. Ciertamente, se experimenta placer en las situaciones que estimulan el flujo de sentimientos, pero la visión que lo identifica con la situación es limitada e irreal. Un entretenimiento es placentero sólo cuando la persona está de humor como para entretenerse; en realidad, puede ser desagradable cuando la persona desea estar tranquila. Y hay pocas situaciones más angustiosas y desagradables que una relación sexual en la que los sentimientos no se desarrollan o fluyen. Incluso una comida exquisita no es una delicia para la persona a quien le gustan las comidas simples. De la misma manera, si bien las malas condiciones laborales pueden quitarle placer al trabajo, las buenas condiciones no necesariamente hacen que el trabajo resulte placentero.
Para comprender la naturaleza del placer deberíamos contrastarlo con el dolor. Ambos describen el carácter de la respuesta de una persona a una situación. Cuando esta respuesta es positiva y los sentimientos fluyen hacia afuera, la persona dirá que ha sentido placer. Cuando la respuesta es negativa y no hay flujo rítmico de sentimientos, describirá la situación como desagradable o dolorosa. Pero dado que la experiencia de placer o dolor está determinada por lo que sucede en el cuerpo, cualquier trastorno interno que bloquee el flujo de sentimientos dará origen a una experiencia de dolor, más allá del atractivo de la situación externa.
El placer y el dolor guardan una relación polar, ejemplificada por el hecho de que el cese del dolor se experimenta invariablemente como placer. Y, por la misma razón, la pérdida de placer deja a la persona en una situación dolorosa. Pero debido a que asociamos al placer con situaciones específicas y al dolor con males específicos, no advertimos que nuestra autopercepción consciente está siempre condicionada por estas sensaciones. Un individuo normal nunca es ajeno a cierto conocimiento del estado de su cuerpo. Respondiendo a la pregunta “¿Cómo está?”, dirá: “Me siento bien, regular, o mal”. Si dijera “No siento nada, estaría admitiendo su muerte espiritual. Durante todas las horas de vigilia, nuestras sensaciones fluctúan a lo largo del eje placer-dolor.
Sin embargo, existen otras diferencias entre dolor y placer. El dolor parece tener un carácter material. Su severidad estácon frecuencia relacionada directamente con la intensidad del agente nocivo. Una quemadura de segundo grado es invariablemente más dolorosa que una de primer grado. Si bien las personas tienen diferentes umbrales de dolor, muy pocas disentirían en cuanto a la naturaleza o efecto del dolor. El dolor tiende también a ser localizado, porque el cuerpo contiene receptores específicos de dolor y nervios que sirven para localizar la fuente del dolor. Si se bloquean estos nervios con un agente anestésico, el dolor desaparece.
Por el contrario, el placer parece ser inmaterial. Si un buen bistec puede despertar nuestros apetitos, dos buenos bistecs pueden producirnos una indigestión. Con frecuencia sucede que una buena cena que disfrutamos ayer no nos tentará hoy. El placer depende mucho del estado de ánimo de la persona. Es tan difícil para una persona disfrutar de algo bello cuando está deprimida como oler una rosa cuando está resfriada. Pero si bien un buen estado de ánimo es indispensable para disfrutar, no es garantía de placer.
Son demasiadas las ocasiones en las que he ido a un teatro o a un cine con viva expectación y de buen humor y he salido desanimado y decepcionado. El placer exige una coincidencia entre el estado interior y la situación externa.
Las diferencias en nuestras reacciones frente al dolor y al placer pueden explicarse, al menos en parte, por el hecho de que el dolor es una señal de peligro. Denota una amenaza a la integridad del organismo y apela a la movilización de los recursos conscientes ante emergencia. Todos los sentidos están alerta y la musculatura está tensa y preparada para reaccionar. Para enfrentar la amenaza, se debe conocer la exacta localización del peligro, medir su intensidad y suspender todas las demás actividades hasta que se afirme la seguridad.
El placer tiene un gran componente inconsciente, que explica su naturaleza espontánea. No está sujeto a órdenes. Puede surgir en los lugares más inesperados: una flor que crece a la vera del camino, una conversación con un extraño o una reunión social inoportuna que resulta ser una velada deliciosa. Por otra parte, puede eludir los mejores preparativos para pasarlo bien. De hecho, cuanto más difícil es buscarlo, menos probable será que se lo encuentre. Y si una vez que usted ha encontrado el placer se aferra a él con demasiada avaricia, desaparecerá de su puño. Robert Burns escribió: Pero los placeres son como amapolas dispersas, Tomas la flor, su belleza se oculta.
En el placer la voluntad cede y el ego renuncia a su hegemonía sobre el cuerpo. Tal como el que escucha un concierto cierra los ojos y se deja absorber por la música, la persona que experimenta placer deja que esta sensación domine su ser. El flujo de sentimientos precede a la deliberación y a la volición. El placer no puede ser poseído.
La persona debe entregarse al placer, es decir, dejar que el placer tome posesión de su ser.
La respuesta al dolor implica el aumento de la autoconciencia, mientras que la respuesta al placer conlleva y exige una disminución de la autoconciencia. El placer elude al individuo autoconsciente, tal como se le niega al egotista. Para sentir placer, la persona debe “liberarse”, es decir dejar que el cuerpo responda libremente. Una persona inhibida no puede experimentar placer porque los frenos inconscientes restringe el flujo de sentimientos en su cuerpo y bloquean su motilidad corporal natural. En consecuencia, sus movimientos son torpes y arrítmicos. El egotista, aun cuando aparentemente actúa sin inhibiciones, no disfruta de su exhibicionismo, ya que concentra toda su atención y energías en la imagen que espera ofrecer. Su conducta está dominada por su ego y dirigida a la obtención del poder, no a la experiencia del placer.