martes, 26 de agosto de 2025

 La Experiencia del Placer, parte 3

Capítulo1(continuación)

La negación de la realidad interior es una forma de enfermedad mental. La diferencia entre imaginación e ilusión, entre simulación creativa y autoengaño, depende de la habilidad para permanecer fiel a la propia realidad interior, de saber lo que uno es y lo que siente. Es la misma diferencia que separa la diversión como placer de la denominada diversión como huida de la vida.

En mi imaginación, puedo verme como un gran científico, un intrépido explorador o un dotado artista. Pero creo que no me hago ilusiones en cuanto a estas imágenes mentales. Mi imaginación puede explorar las posibilidades de lograrlo; mis percepciones deben confirmar los hechos de mi existencia. Mis pensamientos pueden volar, mis pies deben permanecer sobre la tierra. Sólo si una persona está segura de su identidad y es consciente de la realidad de su cuerpo, la simulación es una diversión. Sin un adecuado sentido de la propia personalidad, la simulación de la fantasía se transforma en el delirio de la paranoia y eso no es diversión.

Una de las razones de la falta de placer en nuestras vidas es que intentamos divertimos con cosas serias, mientras que actuamos seriamente cuando deberíamos divertimos. Un juego de pelota o de cartas son actividades que generalmente no traen consecuencias serias; podrían jugarse por diversión, pero muchas personas toman estas actividades seriamente como si la vida o la muerte dependieran del resultado. El problema no está en que jueguen seriamente, porque también los niños lo hacen: es la seriedad con que consideran el resultado lo que disipa el placer. (¡Cuánto placer se pierde en un partido de golf, por ejemplo, debido a que el resultado no satisfizo las expectativas!) 

Por otra parte, actividades realmente serias, tales como el sexo, el consumo de drogas y la conducción a alta velocidad, se practican a menudo como diversiones.

El énfasis que se pone actualmente en la diversión es una reacción ante el aspecto siniestro de la vida. Esto explica por qué Nueva York, que puede ser justificadamente descrita como una de las ciudades más siniestras, se ufana de ser la “Ciudad de la Diversión”. La búsqueda de diversiones se origina en la necesidad de huir de los problemas, conflictos y sentimientos que parecen insoportables y abrumadores. Es por eso que la diversión de los adultos está tan asociada al alcohol. Para muchos, la idea de la diversión es achisparse, embriagarse o huir de su opresiva sensación de vacío y aburrimiento a través de la droga.  

Los jóvenes frecuentemente se escapan para dar riendasuelta a sus resentimientos frente a una realidad que ha reprimido su imaginación y limitado su placer. Cuando las aventuras son realmente inocentes, es decir, cuando no representan ningún peligro ni son destructivas, forman parte de la diversión de la adolescencia y sirven para atravesar el período que va de la niñez a la edad adulta. Sin embargo, cuando no es éste el caso, la aventura pierde su carácter de diversión y se convierte en un desesperado movimiento de huida de la realidad. La búsqueda de diversiones de los adultos socava su capacidad de sentir placer. El placer exige una actitud seria hacia la vida, un compromiso con la propia existencia  

Sandor Rado señaló que “el placer es la cuerda que nos ata”. En mi opinión, esto significa que el placer nos ata a nuestros cuerpos, a la realidad, a nuestros amigos y a nuestro trabajo. Si una persona piensa que siente placer en su vida diaria, no deseará huir.

La moral de la diversión reemplaza a la moral puritana que rigió el comportamiento de muchos norteamericanos durante varios siglos. El puritanismo era un estricto credo que desaprobaba la frivolidad. Por ejemplo, el juego y el baile estaban prohibidos.  

La vida no fue sencilla para los pilgrims*y sus descendientes. Su lucha por sobrevivir les dejaba poco tiempo para la diversión o la simulación. Sin embargo, sería un error pensar que la forma de vida puritana estaba desprovista de placer. Sus placeres eran simples, consistían en los buenos sentimientos que se tienen cuando la vida fluye suavemente y en armonía con el ambiente. El encanto tranquilo de un pueblo de Nueva Inglaterra, que aún hoy puede apreciarse, ofrece un claro testimonio de los placeres que conocían.

Las reacciones llegan a extremos. Hoy, la moral de la diversión está basada en la creencia de que “todo vale”. Según los partidarios de esta perspectiva, la persona que se aparta es un renegado o un traidor. No sólo empaña el entusiasmo de los demás sino que también coloca un manto de duda sobre su afirmación básica. Por otra parte, los puritanos miraban al amante de la diversión con la misma sospecha, pero como un seguidor del diablo. Este, se sostiene, posee toda la diversión y obviamente en nuestras vidas hay un lugar para el diablo y sus diabluras. 

La verdadera diversión agrega mucho a la alegría de vivir. Pero si hemos de evitar convertimos en demonios, no debemos adoptar la moral de la diversión del “todo vale” como código de conducta.

Hemos visto que el placer es un ingrediente esencial de la diversión, pero que no todo lo que sucede por diversión es placentero. La felicidad está también relacionada con el placer. En la próxima sección exploraremos el significado de la felicidad y su relación con el placer.

jueves, 21 de agosto de 2025

La Experiencia del Placer, parte 2 

 La Psicología del Placer


 La Moral de la Diversión

Para un observador casual, Estados Unidos parecería una tierra de placer. Su pueblo parece estar empeñado en pasarlo bien; utiliza la mayor parte de su tiempo y dinero en perseguir el placer. La publicidad refleja y explota este anhelo. Casi todos los productos y servicios se venden con la promesa de que transformarán la rutina de la vida en diversión. Un nuevo detergente hará que lavar los platos sea una diversión, un nuevo alimento procesado hará que las comidas sean fáciles de preparar, un nuevo automóvil supuestamente hará que conducir por nuestras congestionadas autopistas sea una diversión. Si estos productos de la tecnología no brindan el placer que prometen, se nos exhorta a huir a algún lejano lugar de encanto donde todos se divierten.

La pregunta surge naturalmente: ¿realmente disfrutan de la vida los norteamericanos? La mayoría de los observadores serios de la vida corriente creen que no. Sienten que laobsesión por la diversión revela una falta de placer. Norman M. Lobsenz publicó, en 1960, un estudio sobre el empeño de los norteamericanos en pasarlo bien, con el título Is Anybody Happy? Lobsenz sostenía que no encontraba a ninguna persona feliz y en su conclusión se preguntaba si el hombre podía alcanzar la felicidad. Lo que sí descubrió fue que “detrás de la máscara de alegría se oculta una creciente incapacidad de sentir verdadero placer”. 

Observó la nueva moral de la diversión y la definió así: “Hoy lo importante es divertirse o dar la impresión de que uno se divierte o pensar que uno se divierte o por lo menos fingir que uno se divierte... El que no se divierte es sospechoso”.Se sospecha que es un hereje y que desobedece este nuevo código moral. Si se esfuerza por ser uno de los que se divierten pero fracasa, los demás se compadecerán de él.

La moral de la diversión representa un intento de recuperar los placeres de la infancia mediante el fingimiento. La mayor parte de los juegos de niños, especialmente los que imitan las actividades de los adultos, contienen la actitud, explícita o implícita, de “supongamos que”. La ficción puede consistir en que masas de barro sean pasteles verdaderos o en que Johnnie sea doctor. Esta ficción es necesaria, porque permite al niño comprometerse totalmente con la actividad lúdica. El adulto que participa en un juego de niños debe también aceptar las situaciones simuladas como reales; de lo contrario queda fuera del juego. Sin la ficción, los niños no podrían comprometerse seriamente con su actividad, y sin ese compromiso no habría placer.

El adulto que participa en la “simulación de la diversión” X invierte el proceso. Realiza actividades serias tales como la bebida y el sexo, actuando como si lo hiciera por diversión. Intenta transformar los asuntos serios de la vida, tales como ganarse la vida y mantener una familia, en diversiones. Por supuesto que no lo logra. En primer lugar, estas actividades conllevan importantes responsabilidades; y en segundo lugar, se elude el compromiso serio que caracteriza al juego de niños. La moral de la diversión parece estar específicamente destinada a impedir este compromiso. Si es por diversión, no es necesario comprometerse.

Una de las principales premisas de este estudio consiste en que el compromiso absoluto con lo que se hace es la condición básica del placer. Un compromiso parcial deja a la persona dividida y en conflicto. Los niños tienen la habilidad de comprometerse completamente con sus juegos y actividades lúdicas. Cuando un niño dice que su juego fue una diversión, no quiere decir que fuera divertido. Significa que, en virtud de una simulación, participó con entusiasmo en una actividad lúdica que le brindó una gran cuota de placer mediante la autoexpresión.

Está ampliamente reconocido que en sus juegos, los niños manifiestan el impulso creativo que actúa en la personalidad humana. Con frecuencia, en estas actividades hay un alto grado de imaginación. La facilidad con que un niño puede imaginar o simular muestra que su mundo es mayormente interno y que contiene una rica gama de sentimientos entre los cuales puede elegir. Dado que está relativamente libre de responsabilidades y presiones, su imaginación es capaz de transformar lo que le rodea en un mundo de fantasía que le ofrece oportunidades ilimitadas de autoexpresión creativa y placer.

En los adultos, la creatividad proviene de las mismas fuentes y tiene las mismas motivaciones que el juego creativo de los niños. Se origina en el deseo de placer y en la necesidad de autoexpresión. Está marcada por la misma actitud seria que caracteriza al juego de los niños, y, al igual que el juego de los niños, produce placer. Incluso hay un elemento de diversión en el proceso creativo, ya que la creatividad comienza con una simulación, es decir, exige  suspender lo que se sabe de la realidad exterior a fin de permitir que lo nuevo e inesperado emerja de la imaginación. 

En esto, todo individuo creativo es como un niño. Los adultos pueden, y de hecho lo hacen, comprometerse con sus suposiciones y fingimientos, como los niños, aunque con menos facilidad. Su imaginación puede transformar la apariencia de las cosas con fines lúdicos o de trabajo. Por ejemplo, una mujer decora, en su imaginación, una habitación de su casa y puede hallar considerable placer en este uso de su talento creativo. Puede asimismo definir este uso de su talento creativo como una diversión. Por supuesto, cuando se trata de efectuar cambios reales, el elemento de diversión disminuye ya que las consecuencias son más serias. Con frecuencia la actividad se convierte en un trabajo, pero puede seguir siendo placentera. Cuando tanto el juego como el trabajo requieren imaginación y son experiencias placenteras, la diferencia entre ellos radica en la importancia de las consecuencias. Los adultos pueden divertirse cuando sus actividades no tienen consecuencias serias y se realizan con la actitud “supongamos que”. Por lo tanto, un payaso es divertido cuando se sabe que está simulando. No lo sería en caso contrario. El humor se basa en la capacidad de suspender la realidad exterior para permitir el libre juego de la imaginación.

Hay diversión cuando la realidad se suspende sólo en la propia imaginación consciente, con un efecto placentero. No hay diversión cuando desaparece el placer, como lo sabe cualquier niño. Sea cual fuere la simulación, un niño se mantiene en contacto con sus sentimientos y es consciente de su cuerpo. Esta realidad interior nunca se suspende: si un niño siente hambre, se lastima o por cualquier motivo deja de experimentar placer, el juego habrá terminado para él. No cae en el autoengaño. Un niño nunca pasa por alto esta realidad interior mientras juega; su imaginación sólo transforma la apariencia exterior de las cosas.

 

lunes, 18 de agosto de 2025

La Experiencia del Placer, parte 1

 

Tomado del Libro de Alexander Lowen, 1970.. Ed. Paidós Ibérica, S.A. 1994.

La Experiencia del Placer

El placer no está dentro de la esfera de lo que el hombre puede regir o controlar. Según Goethe es el don de Dios para aquellos que se sienten identificados con la vida y se alegran con su esplendor y belleza. A su vez, la vida los dota de amor y gracia. Pero Dios les advierte a sus hijos no caídos y verdaderos creyentes: Aunque el placer es efímero e insignificante, consolidadlo en vuestras mentes, ya que contiene el significado de la vida.

 Y sin embargo, a la mayoría de las personas, la palabra placer les evoca sentimientos mezclados. Por una parte, en nuestras mentes está asociada a la idea de “bien”. Las sensaciones placenteras hacen sentir bien, la comida que nos brinda placer sabe bien y se dice que un libro cuya lectura nos produce placer es un buen libro. Sin embargo, la mayoría de las personas considerarían una vida dedicada al placer como un desperdicio.

Nuestra reacción positiva frente al placer está con frecuencia rodeada de temores. Tememos que el placer, si no se lo controla, lleve a una persona por caminos peligrosos, la haga olvidar sus deberes y obligaciones e inclusive corrompa su espíritu. Para algunos el placer tiene una connotación lasciva; especialmente el placer carnal, que ha sido siempre considerado como la mayor tentación del diablo. Para los calvinistas la mayoría de los placeres eran pecaminosos.

En nuestra cultura, el temor al placer es general. Estamos más orientados hacia el ego que hacia el cuerpo; en consecuencia, el poder se ha convertido en el principal valor, mientras que el placer ha sido relegado a la categoría de valor secundario. La ambición del hombre moderno es dominar el mundo y controlarse a sí mismo. Al mismo tiempo, teme que esto no sea posible y duda de que, en caso de lograrlo, sea para su bien. Sin embargo, dado que el placer es la fuerza sustentadora y creativa de su personalidad, su esperanza (o ilusión) es que el logro de estos objetivos haga posible una vida de placer.

En consecuencia, su ego lo lleva a perseguir metas que le prometen placer pero le exigen que lo niegue. La situación del hombre moderno es similar a la de Fausto, que vendió su alma a Mefistófeles por una promesa que no podía ser cumplida. Aunque la promesa de placer es la tentación del diablo, el placer en sí mismo no está dentro de lo que éste puede dar.

La historia de Fausto no es hoy menos significativa que en la época de Goethe. Como señala Bertram Jessup en el prefacio de su traducción de Fausto al inglés: “Entre la magia del siglo dieciséis y la ciencia del siglo Veinte no hay ruptura en la ambición o intención de dominar y controlar la vida. En todo caso, su importancia ha crecido a medida que declinaba la autoridad moral de un Dios omnipotente”. Elias Canetti dice: “El hombre ha robado a su propio Dios”. Ha obtenido el poder de condenar y destruir, poder que antes era la prerrogativa de una deidad castigadora. Con este poder aparentemente ilimitado y sin una fuerza que lo frene, ¿qué evitará que el hombre se destruya a sí mismo?

Debemos ser conscientes de que todos nosotros, al igual que el Doctor Fausto, estamos dispuestos a aceptar los incentivos del diablo. El diablo está dentro de cada uno de nosotros en la forma de un ego que promete la satisfacción del deseo a condición de que nos hagamos subordinados suyos en su lucha por dominar. El dominio de la personalidad por el ego es una perversión diabólica de la naturaleza humana. El ego nunca estuvo destinado a dominar el cuerpo, sino a ser su siervo leal y obediente. 

Elcuerpo, en contraposición al ego, desea el placer, no el poder. El placer es la fuente de la que surgen nuestros sentimientos y pensamientos positivos. Si se priva a un individuo del placer corporal, éste se torna iracundo, frustrado y odioso. Se distorsiona su pensamiento y pierde su potencial creativo. Desarrolla actitudes autodestructivas.

El placer es la fuerza creativa de la vida. Es la única fuerza suficientemente poderosa como para contrarrestar el potencial destructivo del poder. Muchas personas creen que este rol le corresponde al amor. Pero si el amor ha de ser algo más que una palabra, deberá apoyarse en la experiencia del placer. En este libro mostraré cómo la experiencia del placer o del dolor determina nuestras emociones, nuestro pensamiento y nuestra conducta.

Hablaré de la psicología y de la biología del placer y exploraré sus raíces en el cuerpo, en la naturaleza y en el universo. Así comprenderemos que el placer es la clave para una vida creativa.