lunes, 9 de febrero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 30


LA CAPACIDAD CRITICA

En su maravillosa serie de   Portraits from Memory, Bertrand Russell hace el siguiente comentario sobre sí mismo: “Cuando más deseaba que se quedara en silencio, mi intelecto escéptico me susurraba dudas, me aislaba de los entusiasmos fáciles de los demás y me transportaba a una desoladora soledad”. Aunque era consciente de que sufría debido a su intelecto escéptico, Russell no podía acallarlo. Era intrínsecamente parte del hombre y pasó a ser parte de su trabajo. Esta declaración da lugar a dos importantes preguntas: ¿Sería Russell el pensador que es,sin su intelecto escéptico? y ¿podría alguien tener un intelecto real si no incluyera un tamiz de escepticismo? Mi respuesta a ambas preguntas es “No”.

El escepticismo de Russell es una expresión de su individualidad e independencia. Es el atributo de un pensador libre que forma sus propios juicios sobre la base de su propia experiencia. Es la mente de un hombre que puede decir “no”. Nadie puede dudar de la capacidad deRussell de sostener una opinión opuesta. Lo detuvieron en 1915 por expresar su oposición al ingreso de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial. Sus colegas liberales lo condenaron al ostracismo por oponerse al comunismo ruso en los años veinte. Fue condenado por organizar la oposición a la guerra de Vietnam en 1965. A pesar de lo que se pueda pensar sobre sus acciones, nadie puede cuestionar el coraje y la integridad que movieron a esas acciones. Esta integridad es evidente en todas las obras de Russell porque es la cualidad del hombre. Sería un grave error creer que Russell carece de entusiasmo. Todo en el hombre y todas las líneas de sus obras lo muestran  enamorado de la vida, positivo en su perspectiva y constructivo en su punto de vista. Su escepticismo intelectual es el freno moderador que ejerce un ego seguro  sobre un carácter entusiasta. 

En cambio, los entusiasmos fáciles del individuo común son una búsqueda desesperada de significado y seguridad. Carente de un centro interior de  convicción, el hombre masa se vincula a cualquier idea nueva que momentáneamente pueda servir para sostener su vacilante ego. El entusiasmo fácil es el signo de un amante inconstante.

La capacidad crítica o intelecto escéptico no es lo mismo que ser negativo o desconfiado. La verdadera crítica exige un punto de vista basado en la experiencia y sostenido por un razonamiento objetivo y claro. La experiencia de la cual depende la capacidad crítica debe ser personal, no un dogma que nos han enseñado. Criticar desde el punto de vista de un dogma es la señal de una mente cerrada. Russell no es incrédulo. Cree en la humanidad. Cree que los seres humanos tienen una capacidad innata de vivir en armonía con su mundo y de se   felices. Pero no es ingenuo ni tiene la ilusión de que exista una respuesta simple al dilema humano. Es un erudito que estudió el pensamiento de otras personas y está, en consecuencia, bien informado. Su creatividad deriva de su persistente esfuerzo por integrar estos dos mundos, el subjetivo y el objetivo.

La crítica es esencial para el pensamiento creativo. Cada avance en la adquisición del conocimiento nace a partir del cuestionamiento y la negación de los conceptos  establecidos. No puede realizarse ningún movimiento hacia adelante en el pensamiento sin trascender y, en consecuencia, modificar una interpretación o formulación anterior. Copérnico rechazó el concepto ptolomeico por el cual la Tierra era el centro del universo y demostró que era un planeta que giraba en una órbita alrededor del sol.

Darwin negó la visión escolástica según la cual Dios había creado a cada especie animal. Así nació la teoría de la evolución. Einstein negó que la física de Newton fuera aplicable a los fenómenos astronómicos e introdujo la teoría de la relatividad. El psicoanálisis no habría revelado los secretos del inconsciente si Freud no hubiera desafiado las ideas aceptadas de la histeria. En consecuencia, estos  logros fueron posibles porque cada uno de estos hombres tuvo su propia opinión y el coraje de decir “no”. La mente inquisitiva es el intelecto escéptico de una persona entusiasta y curiosa.

Todos los individuos tienen algo que añadir a su reserva de conocimiento, basándose en el carácter único de sus experiencias personales. No hay dos personas que vean el mundo con los mismos ojos. Cada persona tiene un cuerpo  único y vive una existencia única. En consecuencia, todos podemos ser pensadores creativos si aceptamos nuestra individualidad. Sin embargo, rechazamos nuestra individualidad cuando subordinamos nuestro propio  pensamiento a la voz de la autoridad. Debemos aprender lo que sabe la autoridad, pero sólo aprenderemos cuando escuchemos a la autoridad con nuestra capacidad crítica activa.

Se adquiere conocimiento cuando se desglosa la información y se la asimila a la personalidad. Hasta que no se haga esto, la información es como una herramienta que es inútil porque la persona no sabe cómo usarla. Aprender no es simplemente cuestión de adquirir información. La persona erudita sabe cómo aplicar esta información a la vida, especialmente a su s propia vida. La ha relacionado con sus sentimientos y la ha integrado en su experiencia. Se ha convertido en un segundo sentido, que es la verdadera naturaleza del conocimiento. Esto es lo que queremos expresar cuando decimos, por ejemplo, que un carpintero sabe cómo construir un armario. Obviamente tiene la información necesaria pero también posee la habilidad que le permite utilizar esta información sin pensar demasiado en ella. Su información forma parte de su habilidad, que es verdadero conocimiento. Su pericia lleva el sello de su experiencia y en su área de trabajo identifica su individualidad.

Un carpintero aprende su oficio realizándolo y un niño aprende sobre la vida viviéndola. No podemos enseñarle a un niño cómo vivir. La enseñanza imparte información que debe transformarse en conocimiento para ser útil. El catalizador de esta transformación es la experiencia personal. La información que se ensambla con la experiencia propia se convierte en conocimiento; el resto pasa por la mente sin ser asimilado y pronto se lo olvida.

¿Cuántos recordamos las matemáticas o la historia de nuestra escuela secundaria? ¿Cuánto retuvimos para la vida posterior de lo que nos enseñaron nuestros profesores en la universidad? Mucho del aprendizaje real que se realiza en la universidad es extracurricular; lo recibimos de nuestros compañeros, en las reuniones sociales y a través de las actividades externas. Sin embargo, esto a menudo justifica el precio de la educación universitaria.

El énfasis que pone el sistema educativo de Estados Unidos en la enseñanza en lugar del aprendizaje refleja la creencia inconsciente en que la información es más valiosa que el pensamiento. Conscientemente, todos los educadores desean que sus alumnos aprendan, pero consideran que es mucho más importante transmitirles la información que se les ha encargado impartir. ¿Por qué se hace tanto hincapié en la información? ¿Es un artificio para impedir que las mentes jóvenes cuestionen los valores que subyacen a una cultura? Con seguridad, la cantidad de información que se exige que aprendan los alumnos no les deja tiempo para el pensamiento creativo. Se supone que habrá creatividad una vez que se haya adquirido la información, pero en ese momento se habrá perdido el  placer de aprender y se habrá sofocado el impulso creativo.

La tesis doctoral de posgrado, el último paso en el proceso educativo, revela la propensión del sistema educativo norteamericano hacia la información en lugar del conocimiento. Se desalienta el pensamiento creativo en favor de la investigación. Resulta irrelevante que la investigación no tenga ningún significado personal para el estudiante y que la información que brinda no tenga valor para la sociedad. Es información y, en nuestra era informatizada, suponemos ingenuamente que con la suficiente información podemos resolver todos los  problemas de la humanidad.

¿Qué lugar puede ocupar el pensamiento creativo en un mundo informatizado? Si lo único que necesitamos es información, ¿no estamos abandonando la función creativa de la personalidad humana? Sin una chispa creativa desaparece el placer de la vida. Nos convertimos en robots cuyo comportamiento está determinado electrónicamente porque nuestras acciones pueden calcularse electrónicamente. Esta no es una perspectiva placentera, pero puede suceder si no afirmamos nuestra individualidad.

Debemos conservar el derecho de pensar por nosotros mismos, pero no podemos hacerlo si nuestro pensamiento se basa sólo en estadísticas. Supongamos que cuatro de cada cinco personas prefieren cierto producto, ¿es ésta una razón para que usted prefiera ese producto? Si es así, significa que usted no tiene gusto y que no puede juzgar por sí mismo. Pero usted sostendría que una preferencia tan marcada indica que el producto es superior. Sin embargo, su intelecto escéptico  debería informarle que en un mercado masivo las preferencias se crean por la publicidad. Aunque es común que el valor de un producto puede comprobarse  personalmente, los publicistas saben que el público en general tiene escaso gusto y carece de capacidad crítica. Si pensaran de otra manera, no basarían su publicidad en encuestas de preferencia.

El gusto es el fundamento de la función crítica. Sin sentido del gusto, la persona no tiene la base para la crítica. El juicio que no expresa un sentimiento personal es  moralizante. El crítico que, por ejemplo, aprueba o desaprueba una obra dramática debido a sus ideas, sin decir si disfrutó con ella o no, emite un juicio moral, no un  análisis crítico. Si el gusto personal de un crítico no constituye el criterio para su juicio, aquél está actuando como una autoridad que cree que tiene un conocimiento superior de lo bueno y lo malo. Mi intelecto escéptico cuestiona su derecho a emitir tales juicios. El gusto de una persona puede coincidir o no con el mío, pero si lo expresa honestamente puedo respetar su juicio.

Si una persona tiene gusto, puede expresarlo sobre la base de sus sentimientos, ya sea que le agrade o no una cosa. Saber lo que nos agrada y nos desagrada es un conocimiento subjetivo. Puede decirse que esa persona sabe lo que quiere. Si, además, la persona puede decir por qué le agrada o le desagrada algo, es decir, si puede sustentar su gusto con razones sensatas, tiene capacidad crítica.

Aunque queramos que nuestros hijos sean pensadores creativos y desarrollen la capacidad crítica, negamos su gusto y les imponemos el nuestro. En casa y en la escuela intentamos mejorar su gusto diciéndoles lo que debería agradarles. No advertimos que el sentido del gusto nace en la persona y que, si bien es posible perfeccionarlo, no se lo puede crear. Puede ampliarse el gusto exponiéndolo a  nuevas experiencias, pero la persona que no sabe lo que le agrada o desagrada no logra nada de esta manera.

Nacemos con sentido del gusto, porque desde ese momento somos capaces de distinguir el placer del dolor. Perdemos el sentido del gusto cuando no se tienen en cuenta nuestras elecciones y se nos priva del derecho a decir “No”.

Todos los cursos de apreciación artística, programas de apreciación musical, la literatura que se enseña en la escuela sólo reúnen información. Rara vez contribuyen a desarrollar el gusto. Si se pregunta por qué, la respuesta es que se los presenta autoritariamente. De antemano nos dicen que éste es un arte elevado, una bella música o buena literatura y que deberían gustamos. Estamos en la  misma posición que el niño cuya madre le dice lo que debe gustarle, ya que ella sabe más. ¿Quién puede responder con placer a esta persuasión? Y si no respondemos con placer, ¿cómo podemos considerar lo que nos ofrecen como un  objeto bello? Lo que obtenemos de la presentación autoritaria es información, no conocimiento y ciertamente no una apreciación de lo bello.

El resultado concomitante a la sociedad de masas es la producción de una cultura de masas. Tal vez parezca una gran bendición para la humanidad la reproducción de las obras de los grandes maestros a precios que todos puedan pagar, pero el efecto real de este esfuerzo comercial es la reducción del valor de estas obras a mera información. El exceso de información puede ofuscar la mente y el exceso de exposición puede adormecer el gusto. Cuando la escultura se convierte en un fenómeno de masas, se pierde el buen gusto. Las distinciones entre alto y bajo, bueno y malo se desvanecen cuando desaparece el gusto.

No me opongo a la idea de que todas las personas tengan derecho a conocer la cultura en que viven. Sin embargo, no creo que pueda acercarse la cultura a las  masas. El rol de la cultura es transformar al hombre masa en un verdadero hombre, pero para hacerlo se debe reconocer la individualidad de cada persona, apoyar su lucha por el placer y respetar plenamente su derecho a decir “no”. No deberíamos confundir información con conocimiento. Este último se adquiere sometiendo la información al juicio de los sentidos. El individuo no aprende sólo con la cabeza, sino con el corazón y con todo su ser. Se conoce verdaderamente aquello que se aprende de esta manera. Lo que se conoce sólo con la cabeza es  información.

El aprendizaje es una actividad creativa. La promesa de placer nos inspira a aprender y esta promesa se cumple cuando efectivamente aprendemos algo. Buscamos información para profundizar nuestro conocimiento y aumentar nuestro placer. No necesitamos que nos fuercen a adquirirlo, como lo hacen tantos sistemas educativos. Cuando la educación está orientada hacia el placer, la  escuela se convierte en una aventura gozosa hacia el autodescubrimiento.



 

martes, 3 de febrero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 29

 AUTODOMINIO Y “NO”

Todo organismo está rodeado de una membrana que lo separa de su medio y determina su existencia individual. Esto significa que se trata de un sistema de energía autocontenida y que todos sus intercambios con el medio se producen a través de esta membrana, cuyo funcionamiento normal determina la salud del organismo. Si es demasiado porosa, el organismo se derramará sobre lo que lo rodea; si es impermeable, no entrará nada. Toda membrana viva tiene una permeabilidad selectiva que, por ejemplo, permite que entren los alimentos y que los productos de desecho fluyan hacia afuera.

En un ser humano, la membrana funcional del cuerpo está compuesta por la piel, el tejido adiposo y conectivo subyacente y los músculos estriados o voluntarios. Estos músculos están incluidos en esta membrana porque forman una funda alrededor de todo el cuerpo debajo de la piel y, al igual que la piel, juegan un rol en la función de la percepción.

La piel y los órganos sensoriales de la superficie del cuerpo reciben todos los estímulos que ingresan. Los músculos voluntarios, junto con los nervios propioceptivos participan en la percepción de los impulsos que salen. Existen otras  membranas superficiales en el cuerpo humano, tales como las que envuelven a las vías digestivas y al sistema respiratorio, pero éstas no están directamente vinculadas a la personalidad.


La relación de esta membrana funcional con la conciencia puede comprenderse mejor si se considera al cuerpo como una célula única. Los estímulos que actúan
sobre la superficie desde fuera, dan origen a sensaciones si su intensidad es suficiente como para producir un efecto sobre la superficie De la misma manera, los impulsos que provienen del interior del cuerpo se perciben cuando llegan a la superficie. La conciencia es un fenómeno de la superficie: en él participan la superficie de la mente y la superficie del cuerpo. Freud definió al ego, que abarca las funciones de percepción y conciencia, como “la proyección de una superficie sobre una superficie”. Lo que sucede en la superficie del cuerpo se proyecta sobre la superficie de la mente, donde tiene lugar la percepción.

Dentro del cuerpo se producen muchos hechos o movimientos que no llegan a la conciencia. Comúnmente no somos conscientes de la acción del corazón, no percibimos nuestros movimientos intestinales y no sentimos la producción ni el flujo interno de la orina. Generalmente, surge la sensación y se produce la percepción cuando una actividad interna afecta lasuperficie del cuerpo. Por ejemplo, cuando el corazón late con tanta fuerza que provoca un golpe en el pecho, sentimos que el corazón salta.
Teóricamente, los impulsos se originan en el centro de un organismo y se dirigen hacia afuera, hacia los objetos del mundo exterior. Sin embargo, no somos conscientes de estos impulsos hasta que llegan al sistema muscular, donde puede tener lugar una acción que satisfará el objetivo del impulso. La percepción no depende de la contracción real de los músculos. Se percibe un impulso cuando los músculos están “dispuestos” a actuar o “preparados” para responder.

Un sistema muscular demasiado flexible o carente de cohesión deja pasar los impulsos sin un adecuado control del ego y antes de que estén completamente registrados en la conciencia. El comportamiento de las personas con este defecto será demasiado impulsivo o histérico. A pesar de su hiperactividad o de sus explosiones violentas, en estas personas se reduce la sensibilidad. Muestran una deficiencia en la autocontención o autodominio y sus egos pueden calificarse de débiles. La impulsividad y el comportamiento histérico son comunes en ciertas personalidades esquizoides. En cambio, una membrana inflexible, que obedece a una pauta general de rigidez muscular, bloquea la expresión de sentimientos y limita la liberación de los impulsos. La persona rígida muestra una falta de
espontaneidad y su comportamiento tiende a ser compulsivo y mecánico. La rigidez muscular también disminuye la sensibilidad, ya que el sistema muscular no
puede reaccionar ni responder libremente.

La membrana límite, especialmente la piel, cumple también una función protectora con respecto a las fuerzas que entran. Le permite al individuo tamizar los estímulos y distinguir los que requieren respuesta de los que se pueden ignorar. Cuando la piel está insuficientemente cargada, como en el estado esquizofrénico, el individuo se siente fácilmente agobiado por los estímulos que provienen de su medio. En nuestro lenguaje común, hipersensibilidad equivale a ser de piel fina, e insensibilidad, a ser de piel gruesa. Cualquier parte del cuerpo que quede
temporalmente desnuda de piel, es tan sensible que aún soplar suavemente sobre la zona es extremadamente doloroso.

El “no” funciona como membrana psicológica que es en muchos aspectos similar a la membrana fisiológica descrita arriba. Impide que las presiones externas agobien al individuo y le permite discriminar entre las demandas y los incentivos a los cuales siempre está sometido. Lo protege de una impulsividad exagerada, ya que la persona que puede decirles “no” a los demás puede también decirle “no” a sus propios deseos cuando sea necesario. Define las fronteras del ego de un individuo, tal como la membrana física define las fronteras del cuerpo.

Decir “no” es una expresión de oposición que sirve de piedra angular al sentimiento de identidad. Oponiéndose a otro, la persona está efectivamente diciendo: “Yo soy yo, no soy tú, yo tengo mi propia mente”. ¿Pero qué sucede con la persona que constantemente parece decir “no” y no puede decir “sí”? Siempre surge esta pregunta cuando toco este tema en las conferencias. La persona que no puede decir “sí” teme que su asentimiento la comprometa irrevocablemente con un curso de acción. No cree tener derecho a cambiar de opinión y su posición negativa es una defensa contra el temor a ser dominada. Su “no” no es una declaración de oposición sino de retirada o de no participación. Es un freno pasivo, no un acto para contrarrestar al otro. Cuando su “no” se analiza en el diván, su poder vocal es débil y sus movimientos carecen de coordinación. Generalmente, cae frente a un desafío.

La fuerza del “no” como expresión de autoafirmación deriva del conocimiento del sí-mismo. Para poder decir “no” con efectividad, la persona debe saber quién es y qué quiere. Los deseos y el impulso sólo pueden conocerse cuando llegan a la superficie o a la membrana límite del organismo. La fuerza de esta membrana depende, en consecuencia, de la carga interna del organismo. Sin embargo, al mismo tiempo, protege la integridad de éste. El derecho a decir “no” garantiza el derecho a saber. Existe una relación de doble dirección entre la lucha por el placer y la capacidad de decir “no”, entre la autoexpresión y la autoafirmación.

La autoafirmación implica que la persona tiene su propia opinión. Implícito en el concepto de tener una opinión propia está el derecho y la capacidad de cambiar de opinión. Habiendo expresado su propia opinión y afirmado su propia personalidad, la persona estará más dispuesta a escuchar el punto de vista de los demás. Cambiar un “no” por un “sí” es relativamente fácil; es mucho más difícil invertir el
procedimiento. Más aún, el “no” le da a la persona tiempo para pensar y decidirse y su asentimiento final puede considerarse entonces como el resultado de una decisión madura. Para conocer su mente, le debería importar su“no”.

Sin la capacidad de decir “no”, el asentimiento es meramente una forma de sumisión y no la libre expresión de la voluntad. Podemos sospechar que hay una capa de negatividad reprimida subyacente a esta actitud de sumisión e instintivamente desconfiamos de una persona que no puede decir “no”. En mi trabajo terapéutico he visto reiteradamente cómo los pacientes que desarrollan la capacidad de decir “no” tienen actitudes más positivas y se tornan más seguros de su identidad. Ganan autodominio. Esta mejora se ejemplifica con el siguiente caso.

Algunos años atrás traté a una joven, Lucy, de aproximadamente dieciocho años que era marcadamente retrasada en su desarrollo emocional e intelectual. Además, su coordinación muscular estaba gravemente afectada, condición típica de los retrasados. Superficialmente, era una persona muy agradable y placentera que hacía, un leve esfuerzo por realizar los ejercicios y movimientos que yo le  sugerí. Sin embargo, sus movimientos tenían una duración muy limitada y representaban un gesto de cooperación en lugar de un compromiso serio con la actividad. Por ejemplo, pateaba el diván varias veces, diciendo “No” en voz baja y
sin convicción. Luego se detenía, después de unos cortos instantes de actividad, y me miraba para ver si yo lo aprobaba o no. Era obvio que Lucy necesitaba mi
aprobación y así lo hice, alentándola al mismo tiempo a dejarse llevar más plenamente por estas expresiones.

El tratamiento de Lucy apuntaba al fortalecimiento del ego a través de su oposición
afirmativa y al desarrollo de una mejor coordinación muscular. Se utilizaron también ejercicios de bioenergética para profundizar su respiración y aflojar su cuerpo. Me complació observar que al final de cada sesión había una notable mejoría en la paciente. Levantaba la voz con más facilidad y sus ideas comenzaron a fluir más
libremente. Sobre todo, disminuyó la tristeza de sus ojos y gestos.

Su capacidad para expresar sus sentimientos estaba bloqueada por extremas tensiones físicas en el cuerpo. Los músculos de la parte posterior de su cuello estaban contraídos en duros nódulos. El intento de deshacerlos con masajes era doloroso y yo siempre me detenía cuando se atemorizaba. Sin embargo, en cada sesión podía trabajar con algo más de fuerza con ella. Al principio, Lucy no podía
tolerar ningún estrés durante más de unos instantes. Su tolerancia aumentó lentamente cuando aflojaron las tensiones y su respiración se hizo más libre y profunda. Inicialmente movía los brazos y las piernas como una marioneta, sin ritmo ni sentimiento. Cuando ganó una sensación de libertad, al expresarse, sus movimientos se cargaron más de sensibilidad. Golpeaba y pataleaba con más vigor y se elevó el timbre y la intensidad de su voz cuando gritaba “No” y “No lo haré”. El resultado fue una mejoría constante en su coordinación.

La terapia de Lucy finalizó cuando su familia se mudó a otro lugar de Estados Unidos. Habíamos trabajado juntos una vez por semana, durante dos años. Al final, hubo ocasiones en las que un observador casual habría tomado a Lucy por una persona normal. Había progresado considerablemente y yo esperaba que, con aliento y apoyo, continuaría haciéndolo. Tuvo la fortuna de encontrar este tipo de apoyo en un miembro de su familia.

La causa del retraso mental es generalmente la lesión cerebral y probablemente los casos más severos tengan este origen, pero en este caso la historia clínica no revelaba ningún trauma o enfermedad que pudiera justificar el estado de Lucy. Fuera de la práctica médica he visto otros dos casos en los que se desarrolló una incapacidad emocional e intelectual en niños normales que, agobiados por sus padres, se volvieron sumisos por temor. Pueden caber escasas dudas de que el temor, especialmente un temor constante, tenga un efecto de anulación de la
personalidad. Sólo se puede lavar el cerebro de la persona cuando el temor la ha privado de su juicio.

El “no” de un niño puede suprimirse, pero no eliminarse. Se mantiene operativo en el inconsciente y se estructura en tensiones musculares crónicas, principalmente en la región del cuello y la cabeza. Los músculos que hacen rotar la cabeza de un lado a otro en el gesto de negación se vuelven rígidos y espásticos para inhibir este gesto. Se endurece el cuello de la persona y su “no” silencioso se transforma en obstinación inconsciente. Los músculos de la mandíbula se contraen de manera tal que ésta adquiere una expresión rígida y desafiante o una actitud de encerrarse en el sí mismo.

Se desarrollan tensiones musculares en la garganta para reprimir el grito desafiante. Estas tensiones musculares crónicas representan una negación inconsciente. Dado que estas tensiones musculares reducen la motilidad del individuo, éste está efectivamente diciendo: “No me moveré”. Su rigidez corporal constituye una resistencia inconsciente que toma el lugar de la oposición que él no podría expresar. Desafortunadamente, se transforma en una actitud generalizada contra cualquier demanda del medio y en consecuencia se autoanula.

Si no se reprime el “no”, sino que se bloquea su expresión normal, esto conduce al comportamiento negativo irracional. Este es un problema que enfrentan muchos
maestros en su esfuerzo por mantener el orden en el aula. Una de mis pacientes, que enseñaba en primer grado en el sistema escolar de Nueva York, lo resolvió muy ingeniosamente. La mayoría de sus alumnos provenían de hogares de bajos recursos y muchos de ellos sufrían perturbaciones emocionales. Generalmente, su trabajo en el aula se veía interrumpido por una constante inquietud que  ocasionalmente estallaba en desobediencia activa. En lugar de intentar luchar contra esta inquietud con disciplina más estricta, que tal vez no habría dado resultado, organizaba la negatividad bloqueada de los niños. En la mitad de cada
sesión de la mañana, o de la tarde, hacía que sus alumnos formaran una fila y marcharan por el aula golpeando el piso con los pies y gritando: “No, no lo haré. No, no lo haré”. Este procedimiento iba seguido de ejercicios de respiración. Mi
paciente no intentó evaluar objetivamente los resultados de su experimento, pero me dijo cuánto le sorprendió la efectividad del procedimiento. Después de expresar sus sentimientos negativos, los alumnos eran mucho más receptivos con ella y con el trabajo escolar.

LA CAPACIDAD CRITICA