martes, 3 de febrero de 2026

La Experiencia del Placer, parte 29

 AUTODOMINIO Y “NO”

Todo organismo está rodeado de una membrana que lo separa de su medio y determina su existencia individual. Esto significa que se trata de un sistema de energía autocontenida y que todos sus intercambios con el medio se producen a través de esta membrana, cuyo funcionamiento normal determina la salud del organismo. Si es demasiado porosa, el organismo se derramará sobre lo que lo rodea; si es impermeable, no entrará nada. Toda membrana viva tiene una permeabilidad selectiva que, por ejemplo, permite que entren los alimentos y que los productos de desecho fluyan hacia afuera.

En un ser humano, la membrana funcional del cuerpo está compuesta por la piel, el tejido adiposo y conectivo subyacente y los músculos estriados o voluntarios. Estos músculos están incluidos en esta membrana porque forman una funda alrededor de todo el cuerpo debajo de la piel y, al igual que la piel, juegan un rol en la función de la percepción.

La piel y los órganos sensoriales de la superficie del cuerpo reciben todos los estímulos que ingresan. Los músculos voluntarios, junto con los nervios propioceptivos participan en la percepción de los impulsos que salen. Existen otras  membranas superficiales en el cuerpo humano, tales como las que envuelven a las vías digestivas y al sistema respiratorio, pero éstas no están directamente vinculadas a la personalidad.


La relación de esta membrana funcional con la conciencia puede comprenderse mejor si se considera al cuerpo como una célula única. Los estímulos que actúan
sobre la superficie desde fuera, dan origen a sensaciones si su intensidad es suficiente como para producir un efecto sobre la superficie De la misma manera, los impulsos que provienen del interior del cuerpo se perciben cuando llegan a la superficie. La conciencia es un fenómeno de la superficie: en él participan la superficie de la mente y la superficie del cuerpo. Freud definió al ego, que abarca las funciones de percepción y conciencia, como “la proyección de una superficie sobre una superficie”. Lo que sucede en la superficie del cuerpo se proyecta sobre la superficie de la mente, donde tiene lugar la percepción.

Dentro del cuerpo se producen muchos hechos o movimientos que no llegan a la conciencia. Comúnmente no somos conscientes de la acción del corazón, no percibimos nuestros movimientos intestinales y no sentimos la producción ni el flujo interno de la orina. Generalmente, surge la sensación y se produce la percepción cuando una actividad interna afecta lasuperficie del cuerpo. Por ejemplo, cuando el corazón late con tanta fuerza que provoca un golpe en el pecho, sentimos que el corazón salta.
Teóricamente, los impulsos se originan en el centro de un organismo y se dirigen hacia afuera, hacia los objetos del mundo exterior. Sin embargo, no somos conscientes de estos impulsos hasta que llegan al sistema muscular, donde puede tener lugar una acción que satisfará el objetivo del impulso. La percepción no depende de la contracción real de los músculos. Se percibe un impulso cuando los músculos están “dispuestos” a actuar o “preparados” para responder.

Un sistema muscular demasiado flexible o carente de cohesión deja pasar los impulsos sin un adecuado control del ego y antes de que estén completamente registrados en la conciencia. El comportamiento de las personas con este defecto será demasiado impulsivo o histérico. A pesar de su hiperactividad o de sus explosiones violentas, en estas personas se reduce la sensibilidad. Muestran una deficiencia en la autocontención o autodominio y sus egos pueden calificarse de débiles. La impulsividad y el comportamiento histérico son comunes en ciertas personalidades esquizoides. En cambio, una membrana inflexible, que obedece a una pauta general de rigidez muscular, bloquea la expresión de sentimientos y limita la liberación de los impulsos. La persona rígida muestra una falta de
espontaneidad y su comportamiento tiende a ser compulsivo y mecánico. La rigidez muscular también disminuye la sensibilidad, ya que el sistema muscular no
puede reaccionar ni responder libremente.

La membrana límite, especialmente la piel, cumple también una función protectora con respecto a las fuerzas que entran. Le permite al individuo tamizar los estímulos y distinguir los que requieren respuesta de los que se pueden ignorar. Cuando la piel está insuficientemente cargada, como en el estado esquizofrénico, el individuo se siente fácilmente agobiado por los estímulos que provienen de su medio. En nuestro lenguaje común, hipersensibilidad equivale a ser de piel fina, e insensibilidad, a ser de piel gruesa. Cualquier parte del cuerpo que quede
temporalmente desnuda de piel, es tan sensible que aún soplar suavemente sobre la zona es extremadamente doloroso.

El “no” funciona como membrana psicológica que es en muchos aspectos similar a la membrana fisiológica descrita arriba. Impide que las presiones externas agobien al individuo y le permite discriminar entre las demandas y los incentivos a los cuales siempre está sometido. Lo protege de una impulsividad exagerada, ya que la persona que puede decirles “no” a los demás puede también decirle “no” a sus propios deseos cuando sea necesario. Define las fronteras del ego de un individuo, tal como la membrana física define las fronteras del cuerpo.

Decir “no” es una expresión de oposición que sirve de piedra angular al sentimiento de identidad. Oponiéndose a otro, la persona está efectivamente diciendo: “Yo soy yo, no soy tú, yo tengo mi propia mente”. ¿Pero qué sucede con la persona que constantemente parece decir “no” y no puede decir “sí”? Siempre surge esta pregunta cuando toco este tema en las conferencias. La persona que no puede decir “sí” teme que su asentimiento la comprometa irrevocablemente con un curso de acción. No cree tener derecho a cambiar de opinión y su posición negativa es una defensa contra el temor a ser dominada. Su “no” no es una declaración de oposición sino de retirada o de no participación. Es un freno pasivo, no un acto para contrarrestar al otro. Cuando su “no” se analiza en el diván, su poder vocal es débil y sus movimientos carecen de coordinación. Generalmente, cae frente a un desafío.

La fuerza del “no” como expresión de autoafirmación deriva del conocimiento del sí-mismo. Para poder decir “no” con efectividad, la persona debe saber quién es y qué quiere. Los deseos y el impulso sólo pueden conocerse cuando llegan a la superficie o a la membrana límite del organismo. La fuerza de esta membrana depende, en consecuencia, de la carga interna del organismo. Sin embargo, al mismo tiempo, protege la integridad de éste. El derecho a decir “no” garantiza el derecho a saber. Existe una relación de doble dirección entre la lucha por el placer y la capacidad de decir “no”, entre la autoexpresión y la autoafirmación.

La autoafirmación implica que la persona tiene su propia opinión. Implícito en el concepto de tener una opinión propia está el derecho y la capacidad de cambiar de opinión. Habiendo expresado su propia opinión y afirmado su propia personalidad, la persona estará más dispuesta a escuchar el punto de vista de los demás. Cambiar un “no” por un “sí” es relativamente fácil; es mucho más difícil invertir el
procedimiento. Más aún, el “no” le da a la persona tiempo para pensar y decidirse y su asentimiento final puede considerarse entonces como el resultado de una decisión madura. Para conocer su mente, le debería importar su“no”.

Sin la capacidad de decir “no”, el asentimiento es meramente una forma de sumisión y no la libre expresión de la voluntad. Podemos sospechar que hay una capa de negatividad reprimida subyacente a esta actitud de sumisión e instintivamente desconfiamos de una persona que no puede decir “no”. En mi trabajo terapéutico he visto reiteradamente cómo los pacientes que desarrollan la capacidad de decir “no” tienen actitudes más positivas y se tornan más seguros de su identidad. Ganan autodominio. Esta mejora se ejemplifica con el siguiente caso.

Algunos años atrás traté a una joven, Lucy, de aproximadamente dieciocho años que era marcadamente retrasada en su desarrollo emocional e intelectual. Además, su coordinación muscular estaba gravemente afectada, condición típica de los retrasados. Superficialmente, era una persona muy agradable y placentera que hacía, un leve esfuerzo por realizar los ejercicios y movimientos que yo le  sugerí. Sin embargo, sus movimientos tenían una duración muy limitada y representaban un gesto de cooperación en lugar de un compromiso serio con la actividad. Por ejemplo, pateaba el diván varias veces, diciendo “No” en voz baja y
sin convicción. Luego se detenía, después de unos cortos instantes de actividad, y me miraba para ver si yo lo aprobaba o no. Era obvio que Lucy necesitaba mi
aprobación y así lo hice, alentándola al mismo tiempo a dejarse llevar más plenamente por estas expresiones.

El tratamiento de Lucy apuntaba al fortalecimiento del ego a través de su oposición
afirmativa y al desarrollo de una mejor coordinación muscular. Se utilizaron también ejercicios de bioenergética para profundizar su respiración y aflojar su cuerpo. Me complació observar que al final de cada sesión había una notable mejoría en la paciente. Levantaba la voz con más facilidad y sus ideas comenzaron a fluir más
libremente. Sobre todo, disminuyó la tristeza de sus ojos y gestos.

Su capacidad para expresar sus sentimientos estaba bloqueada por extremas tensiones físicas en el cuerpo. Los músculos de la parte posterior de su cuello estaban contraídos en duros nódulos. El intento de deshacerlos con masajes era doloroso y yo siempre me detenía cuando se atemorizaba. Sin embargo, en cada sesión podía trabajar con algo más de fuerza con ella. Al principio, Lucy no podía
tolerar ningún estrés durante más de unos instantes. Su tolerancia aumentó lentamente cuando aflojaron las tensiones y su respiración se hizo más libre y profunda. Inicialmente movía los brazos y las piernas como una marioneta, sin ritmo ni sentimiento. Cuando ganó una sensación de libertad, al expresarse, sus movimientos se cargaron más de sensibilidad. Golpeaba y pataleaba con más vigor y se elevó el timbre y la intensidad de su voz cuando gritaba “No” y “No lo haré”. El resultado fue una mejoría constante en su coordinación.

La terapia de Lucy finalizó cuando su familia se mudó a otro lugar de Estados Unidos. Habíamos trabajado juntos una vez por semana, durante dos años. Al final, hubo ocasiones en las que un observador casual habría tomado a Lucy por una persona normal. Había progresado considerablemente y yo esperaba que, con aliento y apoyo, continuaría haciéndolo. Tuvo la fortuna de encontrar este tipo de apoyo en un miembro de su familia.

La causa del retraso mental es generalmente la lesión cerebral y probablemente los casos más severos tengan este origen, pero en este caso la historia clínica no revelaba ningún trauma o enfermedad que pudiera justificar el estado de Lucy. Fuera de la práctica médica he visto otros dos casos en los que se desarrolló una incapacidad emocional e intelectual en niños normales que, agobiados por sus padres, se volvieron sumisos por temor. Pueden caber escasas dudas de que el temor, especialmente un temor constante, tenga un efecto de anulación de la
personalidad. Sólo se puede lavar el cerebro de la persona cuando el temor la ha privado de su juicio.

El “no” de un niño puede suprimirse, pero no eliminarse. Se mantiene operativo en el inconsciente y se estructura en tensiones musculares crónicas, principalmente en la región del cuello y la cabeza. Los músculos que hacen rotar la cabeza de un lado a otro en el gesto de negación se vuelven rígidos y espásticos para inhibir este gesto. Se endurece el cuello de la persona y su “no” silencioso se transforma en obstinación inconsciente. Los músculos de la mandíbula se contraen de manera tal que ésta adquiere una expresión rígida y desafiante o una actitud de encerrarse en el sí mismo.

Se desarrollan tensiones musculares en la garganta para reprimir el grito desafiante. Estas tensiones musculares crónicas representan una negación inconsciente. Dado que estas tensiones musculares reducen la motilidad del individuo, éste está efectivamente diciendo: “No me moveré”. Su rigidez corporal constituye una resistencia inconsciente que toma el lugar de la oposición que él no podría expresar. Desafortunadamente, se transforma en una actitud generalizada contra cualquier demanda del medio y en consecuencia se autoanula.

Si no se reprime el “no”, sino que se bloquea su expresión normal, esto conduce al comportamiento negativo irracional. Este es un problema que enfrentan muchos
maestros en su esfuerzo por mantener el orden en el aula. Una de mis pacientes, que enseñaba en primer grado en el sistema escolar de Nueva York, lo resolvió muy ingeniosamente. La mayoría de sus alumnos provenían de hogares de bajos recursos y muchos de ellos sufrían perturbaciones emocionales. Generalmente, su trabajo en el aula se veía interrumpido por una constante inquietud que  ocasionalmente estallaba en desobediencia activa. En lugar de intentar luchar contra esta inquietud con disciplina más estricta, que tal vez no habría dado resultado, organizaba la negatividad bloqueada de los niños. En la mitad de cada
sesión de la mañana, o de la tarde, hacía que sus alumnos formaran una fila y marcharan por el aula golpeando el piso con los pies y gritando: “No, no lo haré. No, no lo haré”. Este procedimiento iba seguido de ejercicios de respiración. Mi
paciente no intentó evaluar objetivamente los resultados de su experimento, pero me dijo cuánto le sorprendió la efectividad del procedimiento. Después de expresar sus sentimientos negativos, los alumnos eran mucho más receptivos con ella y con el trabajo escolar.

LA CAPACIDAD CRITICA